Renuncia: Fairy Tail es propiedad de Hiro Mashima. El cuento narrado y sus versos, son creación de Gabriela Mistral.


«Hay amores tan bellos,

Que justifican las locuras

Que hacen cometer»


The Perfect Victim:

Epílogo

«¿Has oído los rumores? Al parecer ha desaparecido otra persona».

«¿Es verdad que ahora es peligroso salir por las noches? Qué miedo…».

«Esas cosas son puros rumores, ¿saben? Hace ya mucho tiempo que no pasa nada en esta ciudad tan pequeña».

Ignoraba las charlas y quejas sinsentido de las personas a su alrededor. La cabeza le daba vueltas y le sudaban las manos ¡Es que ya no soportaba más! Una de las cosas que siempre había mantenido, desde su niñez, fue la intolerancia hacia la multitud de personas. Lucy Heartfilia contenía una impaciencia que ya le preocupaba. Hasta hace años atrás, fue capaz de ocultar ese lado introvertido suyo bajo su sonrisa radiante, pero desde hacía mucho que su optimismo fingido se iba deteriorando.

Caminaba por los pasillos, retumbantes de voces y figuras que parecían sombras andantes, con dos libros entre sus brazos tratando de pasar desapercibida. Si bien ya no sucedía, en los primeros tiempos cuando retornó a la universidad, su persona llamaba mucho la atención. Las personas que estudiaban con ella eran consideradas, pero Lucy notaba a la perfección cómo todos le miraban con una compasión y cómo la observaban mientras susurraban cosas detrás de ella.

«Ya estoy cansada de sentirme de esta forma. Es como…es como si no encajara con mi propio yo», pensó.

El mundo era como su propio bosque, uno eterno y oscuro, donde ella ya había perdido su caperuza roja y no había lobo del cual huir. El no saber quién era, debido a que había dejado que el resto del mundo la clasificara, le dejaba una desesperación más grande que cualquier otra.

Su vacío interior se perturbaba aún más con aquella incógnita personal. Hacía mucho que no pensaba en ella misma, ignorando el resto de su entorno o cualquier cosa que involucrara a quienes solían ser parte de su vida; pero también pensaba en Natsu…siempre en Natsu.

– ¡Lucy-san!

Se giró distraída, pero reconociendo a la perfección aquella voz.

–Ah…Lyon–Sonrió forzadamente, apretando los libros contra su pecho–. ¿Sucede algo?

Lyon, con la mirada siempre calmada y la sonrisa torcida, se detuvo frente a ella con la respiración algo agitada.

–Hey–Entrecerró sus ojos, bajo la mirada confundida de ella–. A que lo has pensado, ¿verdad? ¿Has pensado en lo que te dije? ¿Quieres salir esta noche?

Lucy retrocedió, soltando una risita nerviosa. Lyon había comenzado a hablarle desde hacía un poco menos de un año, y su confianza y entusiasmo no la dejaban alejarse lo suficiente. Hacía mucho que había olvidado lo que sentía cuando alguien intentaba coquetear con ella…sin lograr éxito alguno.

Volvió a mirarle, su mirada entusiasmada la desconcertaba.

–Oh, yo…estaré ocupada estudiando. Ya sabes, debo ponerme al día con esto–Señaló los libros, sonriendo aún más–. Estaré ocupada varias noches. Lo siento, Lyon.

Lyon arqueó una ceja, sin darle importancia al aspecto incómodo de la chica.

–Lucy-san, tú…–Se quedó con la mirada pensativa, bajo sus ojos confusos–. Tú…dime algo, ¿acaso tienes miedo?

Lucy se sorprendió de sobremanera ante esto, pero sabía a qué se refería. Lyon era uno de los pocos que nunca había mencionado algo sobre su pasado como víctima, pero era muy evidente que la curiosidad y el interés lo mataban. Lyon también debía pensar que ella continuaba viviendo con inseguridad y miedo hacia el resto del mundo.

Pero ella simplemente quería alejarse, con la frialdad y la hipocresía que la dominaban.

Repentinamente llegó a ella el recuerdo de teniendo aquella misma conversación con Loke, y él le había hecho la misma pregunta: «¡Vamos, Lucy! ¿Acaso tienes miedo?». Pero Loke se había referido a otro tipo de miedo…uno peor, uno que Lucy subestimó. Más allá de aquella reflexión, el recuerdo de Loke hizo que surgiera un dolor en su interior, poniéndole la piel de gallina.

– ¿Miedo? ¿Miedo de qué? –cuestionó con la mirada perdida, y se la hizo a ella misma más que al mismo Lyon.

¿Miedo de qué? Ya no había lobo del cual huir.

–Bueno, um…–Lyon se rascó la sien, nervioso, sin saber dónde continuar; no podía mencionarle nada que sonara grosero o le incomodara.

Lucy parpadeó, regresando en sí y espantando sus pensamientos, volviendo a mirarlo mientras soltaba un leve suspiro.

–De verdad no puedo, Lyon, lo lamento.

Se dio la vuelta para marcharse apresuradamente, pero Lyon tomó su brazo con fuerza.

–Lucy-san, por favor ten cuidado.

La chica se le quedó mirando, y el recuerdo de Loke volvió a ahogarla. Sabía que él era uno de los tantos fantasmas que le atormentaba la memoria. Recordó que ella lo ignoró con molestia, evitándolo a toda costa, pero Lyon era diferente. Lyon no sabía nada.

El chico aflojó la mano y Lucy pudo liberarse definitivamente, yéndose apresuradamente bajo la mirada de él sobre su espalda.


Algunas cosas pueden ser tan incomprensibles como naturales. Aquella etapa en su vida había sido extraña para Lucy, como si hubiera tenido aquellos momentos en un rincón lejano de su mente, como un sueño o un recuerdo de la infancia que es difícil de recordar con claridad. Pero era tan natural para ella…El alivio de que todo ese sufrimiento haya terminado, las interminables lágrimas y sobretodo, el inevitable amor que sentía hacia Natsu Dragnnel, quedaron en su pecho y su mente como una herida nostálgica.

A Natsu Dragnnel lo veía en todos lados.

Lo veía en sus sueños, en sus pesadillas, en las calles, en las noches y en los días. En medio de la madrugada, cuando no podía dormir, Lucy sentía la mirada del Natsu fantasmal contra su espalda, como si fuera un espectro que la observara desde el rincón de la habitación. Su mente estaba llena de él, a veces con ese amor ilógico encendiéndose nuevamente, a veces con ese terror nostálgico de la primera vez que observó sus ojos de pozo negro, pero siempre pensaba en él y añoraba su existencia. Lucy sentía que todo lo que había vivido con él había sido un sueño, o más bien, una vida pasada.

«Estoy obsesionada», pensó, y aquello era muy cierto.

Así como Natsu se obsesionó con la perfección, con algo que pudiera llenar el vacío que había nacido desde su atormentada niñez, ella ahora se encontraba obsesionada con él y con su imagen que desaparecía, intentando llenar el vacío del que ambos eran culpables.

Natsu Dragnnel se había convertido en un mito dentro de su mente.

Lucy pensaba en eso cada día y cada noche, dándose cuenta que realmente no podía seguir adelante. Levy lo sabía, todos los sabían: Lucy se había quedado estancada en el tiempo. Y a pesar de que intentó continuar, borrando aquellos recuerdos grisáceos de su mente, sentía que faltaba algo dentro de su vida.

Sí.

Lucy se sentía vacía, y el solo recuerdo nostálgico y oscuro de Natsu no lograba llenarla.

Suspiró.

– ¡…Lu-chan!

Se giró con una sonrisa sincera en sus labios.

– ¡Levy-chan!

La chica llegó con entusiasmo hacia ella, que llegaba desde los pasillos de la universidad. Lucy se detuvo en el último escalón de la entrada, lista para partir.

–Lu-chan, ¿ya te vas a casa? ¿No harás las clases de la tarde?

Lucy negó con la cabeza, apretando los libros contra su pecho.

–No hoy, Levy-chan, estoy bastante…agotada, sí.

Levy suspiró y arqueó una ceja, colocando sus manos sobre su cintura.

–Es Lyon Vastia, ¿verdad? No dejes que te agobien, Lu-chan, ya sabes que eso…

–No, no. En verdad estoy agotada–dijo, pero en el fondo sí se trataba de Lyon Vastia Iré a casa antes de que se haga de noche. ¿Mañana me ayudarás con el próximo examen?

Levy se quedó mirando la sonrisa espléndida de su amiga. Lucy había vuelto a actuar del mismo modo que solía ser de antes de conocer a Natsu. Sin embargo, Levy pensaba que a pesar de los esfuerzos de Lucy por olvidar todo, en el fondo el tormento continuaba. Y ella sólo deseaba poder ayudarla.

Lucy decidió volver a la universidad a comienzos de año, cuando le faltaba poco para cumplir sus veinte años. Las personas y el ambiente no habían cambiado mucho, pero Lucy sentía que aquel lugar era algo completamente nuevo, a pesar de que solía ser algo común para ella antes de que todo comenzara. Sin embargo, no era sorpresa alguna que todos se fijaran en ella, no sólo por ser atractiva e interesante, sino por su nuevo aire solitario.

–Ya…de acuerdo, lo haré–Levy le respondió con una leve sonrisa–. ¿No quieres quedarte esta noche en mi casa?

Lucy negó con la cabeza.

–No quiero ser una carga para ti, Levy chan–dijo–. Además…creo que necesito acostumbrarme.

Levy quiso reprochar a lo dicho por su amiga, pero calló. Confiaba en Lucy y estaba de segura de que todo, quizás, iría bien.

Repentinamente el corazón le latió con fuerza.

¿Por qué?


Lucy se echó sobre el sofá viejo y arrugado de su antiguo hogar. Dejó que el silencio la arrullara, aunque se tratase de uno sepulcral y misterioso, puesto a que la casa era grande para su acomodo y no llegaba a acostumbrarse del todo.

Se había mudado a la vieja casa de su padre, antes de que él la abandonara definitivamente tras su muerte. Nunca tuvo pensamientos o sentimientos definidos hacia su padre…Lucy había borrado todo recuerdo de su familia desde que se encontró con Natsu, ya que se olvidó de hasta ella misma y por eso, al tener que "seguir adelante" luego de la detención de Aries se vio obligada a volver allí. No tenía dinero suficiente ni tampoco quería pedirle nada a nadie, y la casa de su niñez era lo único en lo que ella tenía derecho desde que su padre falleció en medio de su desaparición.

Abrió los ojos, los viejos recuerdos de toda su nostalgia la invadían desde hacía mucho, mucho tiempo. Pensaba en su padre, en su querida madre y hasta en Michelle. ¿Cómo habrían reaccionado ellos ante todo lo que pasó, si acaso estuvieran vivos? Lucy negó fuertemente con su cabeza, queriendo espantar aquellos pensamientos. Pensaba mucho en Erza y su mirada dolida, en Juvia y su aura gris…entonces llegaba a su pensamiento Gray Fullbuster, su viejo amigo, en el fondo de un sótano.

«¡Basta!», gritó en su mente.

Volviendo a la realidad, el silencio de la casa le asustó. Estaba en la sala a oscuras, con esos recuerdos perturbándola, como si acaso la culparan de todo. El corazón le latió fuerte, como si acaso viejos espectros se asomaran por los umbrales de las puertas, de los pasillos, mirándola siempre a ella con sus cuerpos blancos y fantasmales.

«¿De qué tienes miedo?, se preguntó mentalmente, desesperada. ¿De qué? Ya no…ya no hay lobo, no. Ya no hay lobo que venga a buscarte».

Se puso de pie lentamente, rodeada de un frío imaginario que la hacía temblar. Odiaba estar rodeada de gente tanto tiempo, pero mucho más el estar con ella misma a solas, pues su propia mente la perturbaba.

Caminó lentamente hacia el interruptor, agotada de tanta oscuridad que la atemorizaba. Dirigió su mano hacia al interruptor y:«¡Una garra! Una garra va a colocarse sobre mi…».

No era nada.

Lucy suspiró y prendió la luz, espantando a todos esos espectros imaginarios que la observaban (los fantasmas de los que murieron). A su mente llegó un párrafo de un viejo poema que ella se sabía muy, muy bien:

«Caperucita roja visitará a la abuela que en el poblado próximo sufre un extraño mal».

–"Caperucita Roja, la de los rizos rubios, tiene el corazoncito tierno como un panal"–completó, esta vez hablando en voz alta, retumbando sus palabras en el eco de toda la casa.

Volvió al sofá y se echó frente al pequeño televisor…ni siquiera funcionaba. A su mente llegó, repentinamente, el momento en que ella llegó a casa de Natsu, cuando se enamoró de la faceta que él había creado. Recordó su hogar, también, amplio y con aquel sótano que la asustaba. Ella había planeado escapar muchas veces, pero muy en el fondo, simplemente no quería.

La imagen de Natsu, quien siempre se aparecía, interrumpió todos los otros pensamientos en su mente, incluso sus miedos sinsentido. Natsu aún continuaba siendo un misterio para ella, incluso si él le contó su historia, incluso si se abrió ante ella, incluso si la amó…Natsu era como una imagen mística, un misterio que ya nadie podía descifrar, pues había desaparecido del mundo.

Esa era su desesperación más grande.

«Si tan sólo él estuviera aquí, para verme…para que yo lo pueda ver y así comprender todos los pensamientos que tengo…». Sí, había muchas cosas que quería preguntar y decir a Natsu, tantas que la desesperaban, y el sólo hecho de que él no estuviera la rompía aún más. Quería comprender a Natsu, quería saber todo sobre él, sus miedos y su historia completa…pero no podía, ya no.

Soltó una risa nerviosa: «Estoy obsesionada…».

Recordó el relato de su niñez, la madre que tocaba el piano y el padre que lo abandonó; Minerva Orland quien sonreía con ojos crueles y la pequeña Wendy, pobre niña que acabó siendo sombra contra un rincón.

¿Y después de eso?

Loke, Aries…Karen. Todos esos nombres se imprimían en su mente. Esos nombres en la historia de Natsu podían ser olvidados, y Lucy no quería dejarlos desaparecer. Tomaba toda esa responsabilidad que él nunca tomó: recordarlos, tenerlos presentes…quererlos un poco si era necesario.

Ella era la única que podía lograr que todos esos nombres ni Natsu desaparecieran.

De repente pensó: «¿Y qué habrá sido de los cadáveres…? Wendy Marvell, Minerva Orland… ¿Qué ha sido de ellas? ¿Y el padre de Natsu?». Se relamió los labios, nerviosa, probablemente Natsu había hecho muchas más cosas que nunca le contó, ni pensaba hacerlo, al igual que el caso con Lisanna Strauss. También, hacía mucho tiempo que pensaba en el caso del cadáver de Sting Eucliffe, cuando Natsu lo encontró de niño.

«¿Y…y el cadáver de Karen?».

Miró a su alrededor, Natsu fue un caso que despertaba temor, pero también fue muy ignorado. Aquella era una ciudad pequeña, a comparación de muchas otras donde también había infinidad de criminales. Se preguntó si, sabiendo que podía ser buscado, Natsu se mudó a esa casa tan apartada y amplia. Lucy se golpeó mentalmente cuando su casa actual le recordó bastante a la de Natsu, más allá de que careciera de sótano o infinidad de habitaciones cerradas.

Se relamió los labios una vez más. Ella también huía del resto del mundo, al igual que Natsu lo hizo. Por diferentes razones, pero… ¿Qué habrá pensado Natsu en aquella época? Hay tantas cosas que nunca preguntó.

Más dudas comenzaron a aparecer, como si la ahogaran, como si acaso quisieran asfixiarla y distraerla de su realidad.

Repentinamente…algo llegó a su mente.

El pensamiento llegó a ella como un rayo que le electrocutó el alma, la vida entera; una duda y una curiosidad más grande que todas las planteadas anteriormente. El pensamiento fue insignificante, pero llenó de una pasión extraña y misteriosa a Lucy: ¿Cómo se habrá sentido Natsu ante su primera víctima?

Aquello nunca se lo planteó, al menos no del todo. Lucy se esforzó por amar el lado muerto de Natsu, aquel que él volvió a abrir ante ella, aquel con el que él murió: uno amable, que se arrepentía de sus manos manchadas de sangre. Pero nunca se esmeró en ver aquel lado que, guste o no, era completamente real en Natsu: el lobo.

«Natsu estaba solo. Siempre estuvo solo. Y yo…yo también estoy sola».

Se reacomodó en el sofá, viejo y gastado, y echó una mirada atenta hacia la pequeña ventana que se asomaba al otoño nocturno. ¿Quién fue la primera víctima de él? Y sobre todo… ¿Cómo se sintió él? ¿Qué fue lo que lo impulsó?

Todas estas cosas pueden parecer, a simple vista o lectura, pensamientos sin importancia. Sin embargo, estas dudas marcaban un cambio floreciente en Lucy, uno que definía este relato.

Amor, nostalgia, miedo, locura negra…todo aquello le cosquilleaban los nervios, de una forma un tanto dulce. Se desesperó, pero de manera…dulzona. ¿Así se sintió Natsu, también? ¿Así es como se sintió el lobo cuando se encontró con Caperucita a mitad del bosque?

«¿Cómo era…?», pensó de repente, ¿cómo es que continuaba ese cuento…?».

–"A las primeras luces ya se ha puesto en camino y va cruzando el camino con un pasito audaz"–recitó las viejas líneas que iban abriendo paso en su mente, sí…el viejo poema que Levy tanto adoraba–. "Sale al paso ese lobo, de ojos diabólicos: «Caperucita, cuéntame adónde vas»".

Carraspeó, tenía la garganta seca. Sus ojos se empañaron de agotamiento, como si el frío la envolviera en un abrigo imaginario, mientras observaba el paisaje seco del otoño.

Cerró sus ojos para oír la armonía del silencio de aquella casa, y quitando todas las reflexiones anteriores, pudo oír, en su imaginación, los pasos de ella de niña por aquella misma casa. Correteaba con Michelle, cuando su padre observaba esa misma ventana y eran tiempos en que él la amaba, sin amargura; y su madre sonriéndole desde el rincón junto el sillón de mimbre que en la actualidad ya no estaba. Y Lucy rompía en carcajadas y no tenía miedo al mundo, pues ella era una niña buena que jamás se acercaba al bosque.

Sí. Cuando ella era una niña buena…

Abrió los ojos:

–Secuestrar a Lyon Vastia no sería difícil…

Y se irguió con violencia, espantada de sus propias palabras, como si acaso lo dijera otra voz. Todas las reflexiones anteriores se alejaron, como si la liberaran y dejaran descansar por un tiempo, pero el sabor a amargura dulce continuaba en su paladar, mojándole la garganta.

«Ah, Natsu, Natsu, Natsu…estoy completamente herida».

Sorpresivamente, se durmió con la imagen de Lyon en su mente.


Poco después de la medianoche, el timbre del rincón la despertó. Se irguió lentamente, temblando de frío ya que la casa tampoco poseía calor, y tardó unos cuantos segundos en regresar a la realidad y caminar hacia la puerta.

Las luces débiles de la calle desierta se filtraban por la ventana de vidrios sucios, iluminando un rincón vacío y polvoriento. Se dirigió hasta la puerta soltando un suspiro, pero sin abandonar su sorpresa por la visita inesperada.

Colocó su oído contra la puerta:

– ¿Hola…?

– ¿Lu-chan?

Abrió la puerta rápidamente, como si fuera instinto.

– ¡Levy-chan!

Su amiga entró rápidamente, con algunas hojas sobre su cabello pues a mitad de camino el viento se había levantado con violencia. Se encaminó hacia la sala (que sólo era una amplia habitación con tan solo un viejo sofá, una mesita con un televisor que casi no funcionaba, y un teléfono en el rincón olvidado). Lucy la siguió por detrás, mirándola con reproche.

– ¿Qué haces aquí, Levy-chan? –Se apresuró–. ¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?

Levy se sacudió el abrigo amarillento, y sonrió con tranquilidad mientras que Lucy se sentaba a su lado.

–Lo siento, Lu-chan. Es sólo que Gajeel se ha ido esta noche y me sentía un poco sola. Ahora que lo pienso, he hecho mal en venir, lo…lo siento.

Lucy se quedó mirándola, y soltó un largo suspiro liberando toda la tensión en sus hombros.

–No, no es nada. Sabes que puedes venir cuando quieras. Sólo que sabes que es peligroso salir de noche, Levy-chan.

La nombrada bajó la cabeza, aún con una pequeña sonrisa en sus labios, y volvió a mirarla.

–Es extraño escucharte decir eso, Lu-chan.

Lucy se acurrucó.

– ¿Por qué?

–Umm…bueno…–Levy se sintió avergonzada–. Es sólo que incluso hoy en día no prestas atención a todo lo que se dice.

Lucy sonrió sin razón alguna, mirando hacia un punto indefinido.

–Nunca hago caso a los miedos. En realidad, en aquel tiempo, bueno…subestimé al mundo. Pero ahora es diferente.

Levy asintió, mirando hacia el mismo punto que ella.

–Es verdad…de todas formas, esta ciudad es muy pequeña.

Aquel último comentario lo repetía mucha gente, eso fue lo primero que se cruzó por la cabeza de Lucy. Sin embargo, su estado adormilado se rompió cuando comprendió que en ese momento estaba subestimando al miedo una vez más.

¿A qué temerle? ¿De qué huir? Ya no había lobo.

«Pero tampoco hay una Caperucita…», pensó. Sintió un fastidio extraño cuando pensó que ella seguía siéndolo, con o sin lobo.

–En realidad, Lu-chan–Levy interrumpió el silencio formado por los pensamientos de ambas, mentí un poco cuando dije que vine sin razón alguna. He venido a traerte algo.

Lucy arqueó una ceja mientras Levy rebuscaba en su bolso, ¿qué tan importante podía ser para que viniera a tal hora de la noche? Además, sus casas estaban algo distanciadas.

– ¿Qué es?

Levy quitó un papel algo arrugado, la arregló como pudo y se lo extendió a Lucy, aún con su sonrisita en los labios.

–Una carta para ti. Ha llegado hoy.

Lucy parpadeó confundida, y la tomó lentamente entre sus manos, observándola como si fuera la cosa más extraña que haya visto. Dio vuelta a la carta y, sobre el papel, decía con letra muy prolija el garabato del nombre «Mirajene Strauss».

–Una carta de…

–Mira-chan, sí.

Lucy continuó observándola, pero no la abrió.

– ¿La has leído, Levy-chan?

– ¿Cómo? ¡No, no! Me la ha traído Gajeel antes de marcharse. Él se ve muy raramente con Mira-san. Ya sabes que él viaja mucho, y eso…

Lucy continuaba mirando a la carta, confundida. Mirajene no le había escrito en los primeros tiempos luego de su separación. ¿Por qué ahora, entonces?

–Vas a leerla, ¿verdad?

Lucy alzó la vista hacia su amiga del alma y suspiró.

–Sí…lo haré. Pero estoy confundida, y agotada–Dejó la carta sobre su regazo–. Tengo miedo. Miedo de lo que pueda decir, miedo de que me devuelva más pensamientos.

Levy la miró, totalmente sorprendida, pero se acercó rápidamente para envolverla en un abrazo, siendo correspondida con debilidad.

–Lo lamento, Lu-chan. Pero tienes que saber que Mira-chan siempre te ha valorado mucho, dudo que esa carta sea algo malo, ¿verdad?

Negó con la cabeza, sonriendo. Dejó la carta de Mirajene en la mesa del rincón, donde se encontraba el teléfono que nunca era usado. Miró la carta una vez más, con tristeza reflejada en sus grandes ojos.

Se volteó hacia Levy, quien la observaba desde el sofá, con una gran sonrisa en sus labios.

–Muchas gracias, Levy-chan, en verdad.

Ella le sonrió en respuesta.

–Sé que Gajeel debe estar de vuelta, por cierto–dijo mientras se acercaba a la puerta bajo la mirada avergonzada de su amiga–. No puedes mentirme en esas cosas, Levy-chan. Anda, déjame acompañarte unas calles, por lo menos.

Su amiga la siguió a pesar de que se quejaba y negaba.


Levy McGarden se despidió desde la esquina de una acera iluminada, debido a que las casas comenzaban a ser abundantes por aquella zona, y Lucy le respondió el saludo desde lejos sin dejar de sonreír. La noche era oscura y fría, relajándola.

Comenzando a caminar hacia su hogar que se encontraba a tan solo dos calles, Lucy se preguntó cómo aquel miedo a la soledad y a la oscuridad no creció en ella. De hecho, Levy y Gajeel le remarcaban constantemente que ella sobrevivió muy sana mentalmente, debido a que se negó rotundamente a tratamiento psicológico e incluso insistió en regresar a la universidad, a su vieja vida.

Por un momento pensó en Yukino, quien salió de una manera muy…diferente a ella. En uno de sus últimos encuentros, Yukino también remarcó el hecho que le sorprendía la personalidad sin cambios de Lucy. Sin embargo, todos la subestimaban; nadie sabía de lo que crecía dentro suyo (ni siquiera ella misma, en un punto) ya que cubría todo con una personalidad diferente.

«Así fue Natsu, también».

Negó con la cabeza, odiándose por tantos pensamientos sin importancia. Suspiró, como si acaso quisiera liberar los fantasmas agobiantes que habitaban en su interior. La imagen del oscuro Natsu seguía haciéndola temblar, aunque sonriera en el exterior sobre todo para ya no causar más angustia en Levy McGarden.

Abriendo paso por el camino, la noche iba apagándose aún más, debido a que ella vivía en una de las zonas más solitarias. La noche era estrellada, para su felicidad, pero era también una oscuridad fría e inmensa. (Hay espectros, espectros que la observan detrás de los árboles con sus hojas caídas).

Recordó: «El lobo fabuloso de blanqueados dientes, ha pasado ya el bosque, el molino, el alcor y golpea en la plácida puerta de la abuelita, que le abre. (A la niña ha anunciado el traidor)».

Admitió para su propio orgullo que al fin y al cabo sí tenía miedo. Algunos miedos, como muchos que nacen desde la niñez, no pueden irse por más experiencias que se vivan. Por ende la soledad de la noche, el silencio fúnebre de la nada misma, le aterraban. Comenzó a caminar con más velocidad, abriendo paso hacia la calle como si acaso fuera un bosque imaginario.

Su poca tranquilidad se esfumó definitivamente cuando comenzó a sentir unos pasos detrás de ella, doblando la esquina. No se volteó. El viejo recuerdo golpeándola, como un deja vú, la hicieron asustar aún más. Comenzó a caminar con mayor velocidad, casi corriendo, claramente asustada cuando escuchaba cómo esos pasos imitaban su velocidad tratando de alcanzarla.

Comenzó a correr, sin importarle ya nada. Estaba a media calle de su casa, ya visualizando la puerta de madera, débilmente iluminada por las luces de la calle. Creía estar muy cerca de llegar…hasta que sintió cómo la tomaban fuertemente del brazo, deteniéndola.

Lucy soltó un grito de espanto, que resonó en el eco de la noche hueca, y se giró lista para defenderse de quien la seguía. Pero una mano la detuvo también, con fuerza.

– ¡Oye!

Abrió los ojos, ya empapados de las primeras lágrimas, y mostró su sorpresa cuando reconoció perfectamente de quién se trataba.

– ¿Lyon Vastia? –murmuró.

El nombrado le sonrió levemente, tratando de tranquilizarla.

–Lo siento si te asusté, pero te he visto desde lejos y pensé que es bastante peligroso que vayas sola.

Lyon aflojó el agarre dejando que Lucy se liberara, mientras esta le miraba con la respiración agitada y los labios entreabiertos. Suspiró, deseando tranquilizar su corazón ansioso, pero el miedo que habitaba dentro de ella, su vacío, aumentó al observarlo.

Solo era Lyon Vastia.

–Oh…lo siento–Lucy se tocó el cabello, tranquilizándose–. ¡Pero llama por mi nombre, al menos! Siguiéndome de esa forma…

Lyon soltó una risita nerviosa.

–Lo lamento, en verdad. ¿Qué haces por aquí a estas horas, por cierto?

–Lo mismo pregunto.

Ante aquella pregunta ambos, mirándose, recordaron silenciosamente la conversación que tuvieron a la tarde en la universidad. Cualquiera que los mirara pensaría que había sentimientos o alguna atracción entre ellos, o al menos por parte de Lyon, pero no se trataba de nada de eso. La inmensa curiosidad e interés de Lyon en Lucy era obvia, pero ella sabía que trataba por su vieja historia como víctima.

–Regresaba de casa de un amigo, sin embargo te vi a mitad de camino. No imaginé que vivieras en la última parte de la ciudad, Lucy-san.

La chica aflojó los hombros, abstraída en el rostro de Lyon que no borraba su pequeña sonrisa. Se imaginó que volvía de casa de Sherry Blendy, quien siempre andaba junto a Lyon y era una de las pocas que no se fijaba en ella (para su agradecimiento).

–Yo…sólo andaba por aquí, volviendo rápidamente a casa–explicó sin darle importancia, debido a que no quería estar más a sus insistencias–. Um, bueno, nos vemos mañana, Lyon.

Lucy se preparó para marcharse definitivamente, pero Lyon la tomó por el hombro.

–Um, Lucy-san…

Se asustó. Lucy siempre temía que Lyon quisiera hablarle de su vida de antes de regresar a la universidad, porque temía cómo podía reaccionar ella misma, y no quería que el mundo (su bosque) la continuaran mirando de aquella forma.

Natsu…

Se imaginó que el fantasma del chico de la bufanda la observaba desde la otra acera.

–Lyon.

Se volteó bajo su mirada atenta.

En su mente retumbaban los versos: «A tres días la bestia no sabe bocado. ¡Pobre abuelita inválida, quién la va a defender! …Se la comió riendo toda, y pausadamente se puso enseguida sus ropas de mujer».

– ¿Quieres…quieres pasar?


Lo primero que Lyon Vastia visualizó y grabó en su mente, fue el suelo de madera y un perchero viejo donde yacía solamente colgada una caperuza que le llamó levemente la atención. La casa se veía amplia, carecía de jardín, y a pesar de tener un solo piso tenía diversas habitaciones y pasillos.

Era como una casa vieja al fondo del bosque.

Lyon llegó a la conclusión de que la casa era tétrica pero también acogedora.

Lucy entró a paso más decidido, encendiendo las luces de la sala y de la cocina, mientras que el pasillo, asomándose por un umbral de la sala, continuaba a oscuras. Lyon se quedó de pie en un rincón, observando todo como si acaso estuviera fascinado, mientras Lucy se movía de aquí a allá.

–Lyon–le llamó Lucy–, puedes tomar asiento si quieres.

El chico se encaminó al sofá marrón, gastado y poco cuidado, sin despegar su mirada de toda la habitación. Le resultó sumamente extraño que Lucy Heartfilia le ofreciera pasar a su casa, puesto a que desde que le habló por primera vez, sus intentos de establecer lazos fueron nulos debido a que lo evitaba constantemente.

Volvió a dirigir la mirada hacia su izquierda, donde Lucy se encontraba en la cocina, y nuevamente se concentró en el perchero de madera donde se encontraba aquella extraña caperuza. Se notaba con una simple mirada que hacía mucho tiempo que no se usaba, pues la tela se veía gastada y rota, y por el color apagado y mugriento Lyon asumió que en sus tiempos había sido roja.

Lucy regresó secándose las manos contra su falda azul, tomando asiento junto a él, justo en la otra punta del sofá.

–Disculpa la intromisión–murmuró él. De hecho, Lyon Vastia era bastante serio, maduro y muchas veces parecía indiferente al mundo, pero su curiosidad e interés lo hacían parecer otra persona.

Lucy negó con la cabeza.

–No, está bien–Sonrió incómoda–. Yo…quería disculparme contigo por evitarte todo el tiempo.

Lyon la observó de reojo.

–No–Suspiró–. Lamento si ahogo tu espacio, Lucy-san, yo debería entender.

Lucy lo miró, totalmente sorprendida. Lyon rara vez sacaba esa madurez delante suyo; pensó que, si él no supiera o simplemente no estuviera interesado en su pasado, ella se llevaría muy bien con él. (¿Verdad?).

Hubo un silencio incómodo, pero con ambos sumidos en sus pensamientos. Lucy se preguntaba si Lyon comenzaría a preguntarle hechos que la incomodarían. Oh, ¿cómo llegaría a reaccionar ella? Lo invitó a pasar por extrema cortesía (¿o por algo más?), pero no la beneficiaba en mucho si realmente quería seguir evitándolo a toda costa.

Pensó los siguientes versos del cuento: «Tocan dedos menudos a la tornada puerta. De la arrugada cama dice el lobo: "¿Quién va?". La voz es ronca. "Pero la abuelita está enferma…", la niña ingenua explica. "De parte de mamá"».

Carraspeó.

–Lyon–habló, llamando su atención–. Dime, ¿hace cuánto estás en la universidad?

El chico se acomodó en su lugar.

–Hace un poco más de un año. Supongo que fue…unos dos meses antes de que tú, bueno, regresaras.

–Oh.

Lucy calló un momento, sin saber dónde continuar.

– ¿Sabes? Me es extraño el que estudies lo mismo que yo.

– ¿Te resulta extraño que estudie Traducción?

Lucy asintió. Antiguamente ella había comenzado a seguir sus ilusiones de ser escritora, pero terminó estudiando Traducción al fin y al cabo. Nunca se imaginó a Lyon Vastia, chico frío e indiferente, en alguna de aquellas artes.

–No es que sea de mi atención. Antes estudiaba otra cosa, algo que me era más interesante.

– ¿De verdad? ¿Qué cosa?

–Criminología.

Lucy abrió la boca, sorprendida. Repentinamente se fijó más en su perfil: serio y distante. Una parte de ella pensó que, sinceramente, aquello le iba muy bien a Lyon.

– ¿Y por qué dejaste de estudiarlo?

–Por…por varias razones.

Callaron. La conversación no tenía mucho rumbo y retornaron al silencio profundo e incómodo.

Lucy volvió a mirarlo, tratando de no chocar miradas con él. Lyon se veía distante, pero también entrometido. Pensó esto último debido a que él no tenía mucho miedo en mostrar su lado interesado en Lucy, y no por su atractivo o su figura. Suspiró. Lyon realmente parecía distante o indiferente, pero ella estaba segura de que saltaría a la acción si era necesario en cualquier situación.

De repente pensó que él le recordaba bastante a Gray Fullbuster.

Aquello la entristeció por un momento, y se le revolvió el estómago. Sin embargo, sorprendentemente esta tristeza por sus viejos seres queridos, no era tan fuerte en aquellos momentos. Lucy estaba más que sorprendida de ella misma.

–Apuesto a que estudiar crímenes debe ser muy difícil…–comentó distraídamente.

«Caperucita ha entrado, olorosa de bayas. Le tiemblan en las manos gajos de savia en flor. "Deja los pastelitos, ven a entibiarme el lecho". Caperucita cede al reclamo de amor».

De pronto una idea que había estado en su mente todo el día se estancó en su alma para ya no salir jamás, la sintió avanzar desde lo más profundo de sus entrañas, dominándola para siempre; la idea fría y turbia le tocó el corazón de manera helada: «¿Y si lo secuestrara?».

El corazón le latió tan fuerte que creyó escucharlo. Se llevó una mano a su pecho y miró aterrada a Lyon, pero éste seguía sumido en sus pensamientos.

«¿Y si lo secuestrara?».

El silencio habitaba en la casa, en lo más inhabitable de viejas habitaciones a las que Lucy aún no había entrado. Habitaciones donde ella jugaba con Michelle, habitaciones donde contaban cuentos para dormir, habitaciones que de niña temía porque la oscuridad de éstas le carcomía el corazón debido al miedo.

Silencio profundo y triste es el alma de Lucy.

La carta de una vieja amiga yacía sobre la mesita del teléfono. Firmada con letras amables y elegantes: «Mirajene Strauss». Una carta seguramente llena de palabras de amor, invitándola a renacer, deseando que ambas se encuentren una vez más. Pero más allá del silencio, de la niñez y de la amable Mirajene, las palabras retumbaban dentro de Lucy:

«¿Y si lo secuestrara?».

Volvió a mirarlo: Lyon ahora observaba hacia la ventana sucia y empañada, donde se asomaba el otoño. Una gran adrenalina se apoderó de Lucy.

Exclamó:

–Lyon.

El nombrado se giró, sorprendido.

– ¿Sí?

– ¿Quieres café? Voy a prepararme uno.

–Oh, está bien, gracias Lucy-san.

Asintió, dando una sonrisita alegre, y se dirigió rápidamente a la cocina.

Entró, caminando sobre el suelo de cuadros blanco y negro, yendo a paso rápido hacia la mesa del centro. Extrajo dos tazas tratando de ignorar el temblor dentro de ella. «¿Y si lo secuestrara?». Agitó su cabeza violentamente mientras tomaba el café: «¡Basta!».

Una sensación extraña se apoderaba de ella. Pero la sentía única, nueva pero como si estuviera allí desde hacía mucho tiempo. Se sentía renacer. Porque Lucy estaba vacía interiormente, no sólo por Natsu, sino también por su niñez perdida.

Lucy tomó un frasco y quitó un puñado de pastillas para dormir. Las había comprado meses atrás durante un insomnio insoportable que sufría, y del cual se negaba informar a Levy. La cantidad de esas pastillas eran lo suficiente como para provocar un desmayo, o un sueño de lo más profundo e impenetrable. Tomó un cuchillo y comenzó a cortar con mucha habilidad las pastillas, hasta que quedó un gran bulto de polvillo, y lo volcó sobre el café de Lyon.

– ¿Está todo bien, Lucy-san? –La voz de Lyon llamó desde la sala.

– ¡Sí, sí!–exclamó como respuesta–. Ya casi termino.

Las manos le temblaban tanto que le costó controlarlas, temió tirar alguna taza y romperla. ¡¿Pero qué estaba haciendo?! Era una total locura. Pero había algo que la estaba controlando…No. Estaba equivocada. Nada la controlaba. Era un algo o más bien un alguien que habitaba dentro de ella, y comenzaba a despertar.

Soltó una risa baja, nerviosa; una pasión, una especie de emoción…una alegría la carcomía por dentro. Era una sensación tan o más deliciosa que los primeros sentimientos románticos que desarrolló por Natsu.

Mientras una parte suya gritaba: «¡¿qué haces, qué haces?!», terminó de colocar todo el polvillo de las pastillas para dormir, y se aseguró de que las tazas fueran de diferente color para no confundirlas.

Se dirigió a la sala tomando ambas tazas, tratando de controlar el temblor de sus manos.

–Disculpa la tardanza–Sonrió.

–No es nada.

Lucy se fijó atentamente en darle la taza correcta, dejándosela sobre la mesa baja.

–Muchas gracias, Lucy-san.

Ella asintió, aún sonriente, y llevó la bebida hacia sus labios. El viento sopló con fuerza afuera, llenando el silencio hueco de los pasillos oscuros de la casa. Observó de reojo a Lyon, quien se encontraba soplando la humeante taza de café. Aún no lo bebía.

Lucy se estremeció violentamente recordando lo que acababa de hacer. Oh, dios… ¿estaba acaso cuerda en aquel momento? Seguramente no…pero el hacer lo que estaba haciendo le daba una paz interior bastante peculiar.

¿Secuestrar? ¿Secuestrar a Lyon Vastia? Pero… ¿Quién, en su sano juicio estando con un individuo, llega a pensar una cosa así? Lucy se preguntó si era común que, en cualquier momento cotidiano de nuestra vida, al azar, nos pasa por la mente la idea de arruinar la vida de una persona, aunque sea sólo un poco. Sin razón o remordimiento alguno: simplemente hacerlo, porque sí.

¿Secuestrarlo?

Por un momento pensó que aquello estaba previsto desde el día en que nació. Que la acción de arruinar la vida de Lyon, no…de cualquier persona, era un pecado que estaba previsto desde su nacimiento. Sí. Y muchas veces, la necesidad de ser pecadores, de cometer alguna pequeña o gran canallada, se apodera de nosotros por más mínima e inconsciente que se aparezca en nuestra mente. Aquel pensamiento hizo que Lucy se sintiera poderosa e invencible. La sensación de tener completa seguridad en ella misma la hizo sentir, luego de mucho tiempo, viva.

–Dime, Lucy-san.

La nombrada lo miró, atenta. Lyon no había bebido ni una gota aún.

–Esta es una casa bastante grande–comentó mientras miraba toda la sala–. ¿No te sientes algo sola?

Lucy dejó la taza, ahora a medio beber, sobre la mesa.

–Oh, no realmente. En realidad, viví en esta casa cuando era niña.

Lyon la miró con sorpresa y leve interés en sus ojos.

–Bueno, suena lógico. De todas formas luce bastante…antigua.

Lucy sonrió con nostalgia.

–Sí…en realidad, la dejé por mucho tiempo, pero estoy tratando de revivirla.

–Ya. ¿Te…fuiste por mucho tiempo? –Lyon no estaba seguro de si aquella pregunta era correcta, pues sabía dónde acabaría el tema de conversación.

Lucy se puso aún más nerviosa de lo que ya estaba. ¿Era correcto abrirse ante él?

–En realidad, sí. Me fui durante varios años…me fue extraño regresar aquí luego de lo sucedido.

Ambos abrieron los ojos. Era exactamente el tema de conversación que Lucy no quería hablar absolutamente con nadie. No quería que nadie le pregunte sobre su desaparición. Se mordió el labio, temiendo a dónde podían llegar. Mientras más aumentaba esa ansiedad, más deseaba que Lyon bebiera ese café.

–Lo lamento–murmuró Lyon Vastia, incómodo, con los ojos fijos hacia el suelo de madera vieja.

Lucy negó con la cabeza silenciosamente.

–Supongo que, en realidad, esa es la razón por la que te estuve evitando…Tú supiste enseguida quién era yo, ¿verdad, Lyon?

Se sintió terriblemente incómodo, pero asintió con seguridad.

–Sabía que aquella universidad estaba en estado de suspenso desde el momento en que llegué. Me mudé a esta ciudad por varias razones, y me enteré de…de tu caso, Lucy-san. Era bastante extraño que no se haya mencionado mucho en las ciudades más grandes, pero aquí por supuesto que era el mayor de los temores. Cuando me mudé aquí, bueno, tú ya habías aparecido…

Lucy sintió que la garganta le dolía, probablemente por el frío. Afuera el viento soplaba violentamente, golpeando las ventanas, mientras en las habitaciones de la casa los fantasmas se encontraban en los rincones polvorientos y oscuros.

Se mordió los labios, apenada.

–Sí–respondió ella, por fin–. No quise regresar, al comienzo, pues sabía cómo me recibirían. Si bien pudo haber pasado más tiempo, hay mucha gente nueva en la universidad…pero mi fama es bastante obvia.

Lyon asintió, mirando su taza de café.

–Para serte honesto Lucy-san, me sorprendí cuando te conocí. Siempre fuiste distante de todo, pero luego de estudiar Criminología, bueno…estaba acostumbrado a que las víctimas de los crímenes se oculten para siempre.

–Y dime–Lucy se rindió ante ocultarse de aquel tema, adoptando un aire un tanto distante–. Apuesto a que investigaste sobre el criminal, ¿no?

Lyon se encogió en su lugar.

–No tanto–confesó–. La fama de él era incluso más grande que la tuya.

Lucy asintió, sonriendo sin razón.

–De Natsu Dragnnel, sí.

El silencio se volvió fúnebre al decir aquel nombre.

Mientras Lyon continuaba en su mar de pensamientos ansiosos, Lucy observaba al suelo, tratando de continuar recordar aquel cuento: «De entre la cofia salen las orejas monstruosas. "¿Por qué tan largas?", dice la niña con candor. Y el velludo engañoso, abrazando a la niña: "¿Para qué son tan largas? Para oírte mejor"».

Y Natsu, Natsu le llenaba la boca, la sangre, las venas y la vida. Cuando pensaba en Natsu ella recordaba sus orígenes, su amor y podía superar hasta la misma muerte. Lo amaba como nadie sabe amar.

Cualquiera que oyera sus pensamientos, diría que se estaba volviendo terriblemente loca. Pero aquello era real y hermoso, y comenzó a nacer desde que ella lo conoció…o incluso de antes.

«Aunque pasen millones de años, nunca olvidaré a Natsu. Oh, ¿qué habría sido de él si no hubiera muerto? Él está dentro mío, clavado en mi alma, mi cuerpo y mi espíritu».

Una risa asusta y cruel resonó en su imaginación, como si acaso se escuchara tras nuestras espaldas, mientras sentimos unas garras gélidas y amarillentas tocarnos por detrás. Era la risita del lobo, que se burlaba de ella y de su locura naciente.

–Pero–continuó Lyon Vastia– debo admitir que la que siempre me llamó más la atención fuiste tú, Lucy-san. Algunos me decían que eras bastante expresiva y alegre, pero no te culpo para nada el volverte distante. De todos modos…

Calló, no sabía qué más podría llegar a decir.

Lucy comprendió que Lyon estaba tratando de descubrir no sólo sus pensamientos actuales, sino que sorprendentemente él estaba interesado también en la chica que ella solía ser antes de desaparecer. Al descubrir esto, Lucy sintió un golpe fuerte dentro de ella, comprendiendo que ni ella misma sería capaz de regresar a quien quería ser.

Dentro de Lucy había un estado de ruido. En su interior habitaba una pasión, una alegría cruel y lunática; era el nacimiento de algo nuevo en ella, algo que intentaba salir a la luz, pero la vieja Lucy Heartfilia (la víctima, la perfecta…la caperucita roja) intentaba que éste lado nuevo no pudiera nacer. Pero era imposible.

Porque Lucy ya no se pertenecía a ella misma nunca más.

¿Qué era lo que estaba naciendo?

«El lobo», pensó, y se estremeció.

–Bueno–Lucy comenzó a hablar, fuera de sí–. Generalmente, éstas son esas experiencias que te golpean en lo más profundo, obligándote a cambiar de manera rotunda.

El viento soplaba, el silencio en los pasillos asustaba y sobre la mesita estaba sin leer aún la carta.

– ¿Es que acaso no quieres ayuda, Lucy-san? –Lyon comenzó a hablar con más seguridad y confianza.

Ella le miró, claramente extrañada por la pregunta.

– ¿Cómo?

Lyon carraspeó.

–Sí, eso. Es que a ti sólo se te puede ayudar, Lucy-san.

Sorprendentemente, pero también lógicamente, Lucy se disgustó ante ese comentario. Estaba harta de ser la ayudada, de que el mundo entero intentara comprender su mente que se pudría lentamente, sin salvación alguna.

La vieja Lucy habría aceptado con amor y gratitud la ayuda de los demás. Pero ahora era diferente.

–Oh, claro–Lucy habló con sarcasmo y molestia–. A mí sólo se me puede ayudar.

Lyon se asustó por lo que acababa de crear.

– ¡No, no! Espera…lo siento. No debería entrometerme.

Lucy suspiró, intentando tranquilizarse. Aflojó los hombros liberando toda su tensión. Se quedó en silencio unos momentos, observándolo de reojo.

Lyon Vastia dio un gran sorbo a su café.

A Lucy le dolió la vida, de repente, y fue un dolor delicioso.

–No pasa nada, Lyon. No debería ser tan ruda contigo.

Lyon se relamió los labios, entrecerrando la mirada.

–Sí, lo siento. Es que siempre me ha llamado la atención tu forma de mantenerte de pie ante todo, Lucy-san.

Encarnó una ceja, mirándole con curiosidad. Levy juntaba con Lyon de vez en cuando, eso explicaba bastante…

La perturbadora risa volvió a hacer eco dentro de sus huesos.

Y pensó, continuando su narración en su cabeza: «El cuerpecito tierno le dilata los ojos. El terror en la niña los dilata también. "Abuelita, decidme: ¿por qué esos ojos grandes?". "Corazoncito mío, para mirarte bien…"».

–Dentro de mí–comenzó a explicar Lucy, casi perdiendo la cabeza–habita una diosa, Lyon. Una diosa hecha de bosques, árboles, senderos, tinieblas y ecos. Estoy segura de que existe hace mucho, mucho tiempo dentro de mí, pero nunca la desperté hasta ahora. Y sin embargo, aquello me da la fuerza suficiente para caminar durante la noche y no tenerle miedo a nada.

Lyon la observaba, con su mirada seria y casi inexpresiva, pero absorto por lo que escuchaba.

Lucy sonreía levemente mientras observaba hacia el suelo, con ambas manos sosteniendo su café, sin dejar de soltar aquellas idead. Comprendió que Lucy había comenzado a perderse en sus palabras, que hablaba más a ella misma que a él, pero totalmente segura de lo que decía.

El corazón del chico, de repente, latió con fuerza y velocidad.

Por primera vez en toda su vida, Lyon Vastia sintió que el corazón le palpitaba de miedo. Un miedo extraño e irreal. Él no sabía que era la primera persona en observar a Lucy en ese estado y sin embargo, le fue sumamente extraña el aura que Lucy comenzó a soltar.

–Tú me observaste como una persona débil y sin embargo, no me importa–prosiguió ella.

Natsu, Natsu…pensar en él era como pensar en el chico que ella amaba profundamente. Comenzó a quererlo con miedo, luego con piedad y finalmente con todo el cariño que ella podía entregar. Su amor podía ser ilógico, sin fundamentos, pero era un amor más sincero que muchos otros. Pensar en Natsu era dejar de sentirse sola, sentirse aliviada y completa…reencontrarse con aquella parte de ella misma.

La risa gasta y sin piedad aumentaba dentro de ella, haciendo eco de su garganta. Sentía que se alejaba de ella cada vez más.

Sentía que algo por fin tomaba forma.

Y entonces lo vio.

Desde un rincón de la sala, pudo ver –como ya era su costumbre– al espectro imaginario de Natsu Dragnnel. Y este le sonreía. Lucy no pudo interpretar si aquella sonrisa imaginaria se trataba de una cruel, amorosa o incluso una triste. Pero la sonrisa se le contagió levemente, sonriendo ella también, internamente. Oía la voz con palabras huecas que Lyon soltaba, ignorándolo, y Lucy volvió a sentir muy en el fondo de ella aquel cansancio, agotamiento y aburrimiento de ser una doncella rota.

Lo supo. Comprendió todo.

«¿A qué temerle? ¿Miedo de qué? Ya no hay lobo del cual huir?».

Lucy observó, embobada, cómo Lyon terminaba de tomar su café.

Lo comprendió. Sí.

«Porque el lobo está aquí, dentro mío. Está entre mis costillas, en mis entrañas…en mi corazón. Yo soy la Caperucita devorada por el lobo pero, ¡oh! Es el lobo quien está dentro de mí. Yo soy él. No debo tener miedo pues el lobo yace dentro de mí».

Dentro de ella era como un mar calmo, por fin. Una locura tranquila, casi amable con la sangre que derramaba, pues por fin había encontrado la verdad. Y pensó, cantarina:

«Y el viejo lobo ríe, y entre la boca negra, tienen los dientes blancos un terrible fulgor. "Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes dientes?". "Corazoncito, para devorarte mejor…"».

– ¿Sabe bien el café, Lyon?

Lyon Vastia (quien aparecería nueve días más tarde sin vida y degollado, justo en la plaza principal de la ciudad) sonrió forzadamente, queriendo romper con el miedo ilógico que crecía dentro de él. Las manos comenzaron a temblarle y los nervios lo conquistaron; entrelazó las manos para que ella no notara su estado sinsentido.

Miró hacia la ventana, donde el otoño nocturno se asomaba, y deseó por alguna razón estar afuera lo más pronto posible. Pero Lyon no sabía que nunca más saldría de esa casa.

El mundo es un bosque, y siempre hay una sombra pequeña e ingenua tratando de escapar de unas garras. Lucy fue esa sombra cubierta por una caperuza roja, enamorada del lobo que la perseguía, ignorando al resto del mundo que intentaba rescatarla.

Lucy creyó dejarse devorar por Natsu y por su amor hacia él, pero lo cierto es que ella se lo devoró completamente. Natsu estaba muerto, pero sus ojitos tristes y sus dientes de lobo feroz permanecerían siempre en su corazón. No hay bosque sin un lobo o caperucita, y es imposible que ambos existan si la existencia del otro. ¿Cuántos lobos habrán existido en este mundo antes de Natsu? Seguro que miles, incontables…Y muchísimas Caperucitas Rojas, así como las víctimas de Natsu y también muchas más.

Cada vez que alguno de los dos es devorado, con o sin cazador, con o sin abuelita, siempre por la oscuridad de nuestras habitaciones, de la calle, de los rincones, hay un lobo que renace para cumplir su papel. Y lo mismo ocurre con Caperucita Roja.

El ciclo del cuento continuará, piensa Lucy. Ambos personajes revivirán incontables de veces, para devorarse mutuamente.

Y así será, por los siglos de los siglos.

«Por siempre y para siempre» , pensó.

La noche era seca como el otoño y sus estrellas que se extinguían. Lyon sentía que todo dentro de él se adormitaba, justo como las estrellas de la noche. «Tengo mucho sueño…», pensó. De repente sintió el cuerpo pesado, durmiéndose en contra de su voluntad, y caía lentamente sobre el sofá.

– ¿Estás bien, Lyon?

Levantó la mirada, con la boca entreabierta y los ojos entrecerrados. Se encontró con la bella figura de Lucy, pero la imagen se borraba lentamente para sumirse en la oscuridad. El temor le caló los huesos y la vida entera, y pudo ver atentamente la sonrisita que había en el rostro de la chica.

El viento sopló tan violentamente que la puerta de entrada se agitó. Lucy se apresuró hacia la puerta, dejando a Lyon atrás.

Lentamente, los fantasmas desaparecían. Se desvanecía Gray Fullbuster con su cáscara rota de Humpty Dumpty, Jellal Fernández con la mirada seria, Loke con su traje negro manchado de sangre; y también Minerva Orland, Karen Lilica, la pequeña Wendy Marvell…Lisanna Strauss y todas las caperucitas desaparecieron para ya no volver jamás.

Y Natsu…Natsu la observaba desde el rincón, usando su bufanda blanca, sonriéndole junto al perchero con la caperuza roja. Como un viento tibio e imaginario el viejo amor que Natsu sentía hacia ella renació en Lucy, queriéndolo como nadie sabe querer en este mundo.

Sí.

Porque Lucy fue la perfección, y Natsu la tomó entre sus garras para descuartizarla…pero no tuvo el valor. Pero la quiso, la adoró y la amó hasta obsesionarse. Y Lucy estaba presa por ese cariño magno, y también era una prisionera del mundo. Pero eso no importaba. Nunca nadie comprendería el amor entre ambos, porque hay amores tan bellos en esta vida, que hasta justifican las locuras que cometen.

Pero…

Pero ya estaba cansada de ser «caperucita roja».

Natsu Dragnnel le sonrió por última vez, hasta desvanecerse para siempre pues su papel había terminado, hasta que ella soltó una leve risita, sonriendo.

Cerró la puerta con seguro, observando a Lyon Vastia que yacía tumbado sobre el sofá, completamente dormido, temeroso de la oscuridad que asomaba tras él y de la extraña sonrisa de la chica.

La noche acunó el silencio fúnebre que se había formado entre ambos, formando de repente una atmósfera que desbordaba de un terror casi mítico. Volvió a sonreírle.

Entre la arboleda de la ciudad, con sus hojas grises, se asomaba en la oscuridad de la calle la casa de quien ahora se deshace de la caperuza roja. Mientras se acerca al cuerpo inconsciente, y recuerda el momento en que Natsu la secuestró, Lucy finaliza el relato, con los siguientes versos:

«Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos, el cuerpecito trémulo, suave como un vellón; y ha molido las carnes, y ha molido los huesos, y ha exprimido como una cereza el corazón…».

Porque ahora ella tomaba el papel que nacía dentro suyo. Se despide definitivamente de la vieja Lucy que solía ser a comienzos de esta historia, para retornar al ciclo sin fin. Porque ya estaba cansada de aquel vacío eterno, porque dentro de ella renacía esa pasión extraña que seguramente es la misma que nació dentro de Natsu, cuando tomó ese mismo papel.

Porque Lucy ya no se pertenecía a sí misma nunca más.

Y sobre todas las cosas…

Lucy ya no quería ser la «víctima perfecta» de esta historia.


Fin


Notas finales: ¡Y bueno! Por fin, luego de tanta tardanza, he podido concluir este fic. Quise hacer un epílogo que sea un paralelo con el prólogo y el primer capítulo, dando a entender que esto sirve también como un "prólogo". La metáfora de Caperucita Roja y el Lobo comenzó como una especie de empujón para el suspenso, pero comenzó a encantarme a utilizar el cuento como un elemento y veo a que a la gran mayoría le gustó la idea. Le tengo un cariño inmenso a este fanfic, más que a cualquier otra cosa que haya escrito. He pasado por muchas cosas con esto, creo que se nota mi evolución como ficker, contando que pasé por mi primera experiencia de plagio y es el primer fic que publiqué alguna vez en mi vida.

Este fanfic siguió adelante por todos los comentarios, mensajes y lecturas que he estado recibiendo. En verdad. Al comienzo estaba a punto de eliminarlo, pero mucha gente tomó interés. Me sorprende el hecho de que guste tanto y agradezco de todo corazón la lectura constante, son la fuerza que mi sirvió siempre, a pesar de siempre dejarlos esperando. Las críticas también me han sido de gran apoyo, incluso las que apuntaban a los puntos malos de este fic. Quiero aprovechar para responder a algo que ha sido comentado y preguntado durante estos años: siempre recibí PMs y reviews cuestionando si está bien o mal el "romance" entre estos Natsu y Lucy. Mi respuesta es que lo dejo a total interpretación de los lectores, debido a que el Síndrome de Estocolmo es también un tema de debate en la vida real, así que me pone más que satisfecha el tener lectores con diferentes puntos de vista hacia este fic. Algunos verán esto como un romance válido, otros, no. He comenzado este fic con una idea determinada, que es la metáfora de que la relación entre lobo y caperucita es algo más simbólico que real, y la terminé del mismo modo. Creía que podía darle un final más alegre, pero opté por finalizarlo con la idea que tenía cuando comencé el fic.

No sé qué más decir, seguiré soltando palabrería que les aburrirá. Aceptaré todo tipo de críticas, buenas o malas, tanto sobre este epílogo y sobre el fic en general. Quiero repetir y va en serio que agradezco muchísimo el apoyo de todos los lectores, incluyendo el horrible episodio del plagio donde me ayudaron. Son geniales. En fin, gracias por leer y por darle una oportunidad a un NaLu tan...peculiar (aunque actualmente esta pareja está teniendo toneladas de angst en el manga, ughh), y que sigan leyendo en este fandom.

¡Gracias por la lectura!