Hoy tengo un sabor agridulce en la boca y en el corazón. Esta historia que fue, es y será mi bebé ahora sí llegó a un final definitivo. Amé escribir cada palabra y amé tener su cariño y apoyo. Crecí muchísimo mientras escribía cada línea y ustedes hicieron que mis ganas por escribir aumentaran. Los amo muchísimo y les doy gracias infinitas por cada comentario y favorito.

También es un dolor en mi corazón dedicar este ultimo capítulo a quien fue de mis grandes, Gabriel García Márquez. Jamás llegaré a ser como este grande de la literatura de mi país, y no habrá nadie que lo reemplace. Las obras que he tenido el placer de leer de él son indescriptibles y para mí vivirá por siempre entre las páginas de sus escritos.

Les dejo estas palabras de él, que son de muchísimas que me marcaron:

"Escribo porque quiero que me quieran."

"Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más.

En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal porque soy muy bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo. Peleo a trompadas con cada palabra, y casi siempre es ella la que sale ganando. [...] "

Espero les guste lo que con amor escribí para ustedes y para mí.


Épilogo.

"Y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra." Gabriel García Márquez.


"Toca."

"Tengo miedo."

"Por Dios santo, es tu padre Isabella, ¿miedo de qué debes tener?" acaricié el dije que adornaba mi garganta. Desde que Damon lo había colocado en mi cuello, no hace más de dos meses, jugaba con él cuando estaba ansiosa o aburrida.

Y en ese momento definitivamente no estaba aburrida.

"No lo sé Damon, quizá de que vaya a odiarme de por vida por no haber venido antes, no avisarle que estaba viva, no sé… pero créeme," lo miré, "puedo ser muy imaginativa sobre ello."

Estábamos frente a la puerta de mi adorable casa en Mystic Falls. Sabía que mi padre, y Liz, estaban del otro lado porque podía oír perfectamente sus latidos. Damon estaba arregostado a una de las columnas que mantenían el techo del porche mientras que yo veía el pomo de la puerta como una idiota.

"No va a odiarte Isabella."

"Eso no lo sabes."

"Él no es la clase de hombre que odia a su hija por no llamarle cuando creía que estaba muerta pero realmente estaba sin memoria al otro lado del país," me quejé por lo bajo.

"He tenido memoria desde hace dos meses y a penas hasta ahora vengo."

"Estará feliz de que estés viva."

"Pero va a querer ahorcarme…"

"Isabella."

Callamos abruptamente ante el susurro de Charlie. Lentamente giré mi cabeza para encontrar el rostro de mi padre a pocos centímetros de mí. Un nudo se hizo en mi garganta y sentí mi corazón explotar en mi pecho.

"Papá," mascullé soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Mis manos comenzaron a temblar y mis ojos a picar. Los años se veían claramente en su rostro y arrugas, pero cuando trabé mi mirada en él, el peso que estaba en sus ojos se desvaneció por completo y solo había alivio en su expresión.

"¿Y bien, te quedarás allí viéndome la cara o le darás a tu viejo padre un abrazo?" dejé que las lágrimas corrieran y prácticamente salté a sus brazos extendidos. Me envolvió en un abrazo tan fuerte y lleno de amor que me hizo retroceder muchos años a cuando yo aún aprendía a caminar, "estás viva," susurró en medio de un suspiro de alivio. Afiancé el agarre a él y enterré mi cabeza en su cuello.

"Estoy viva papá," sollocé, "lo siento tanto, no sabes lo mucho que…"

"Shh," me calló, "estás bien y estás aquí, lo demás no importa," tomé una respiración antes de sepárame de él y mirarle a los ojos, tan iguales a los míos, "entra y cuéntamelo todo," le dio un vistazo a Damon y rodó los ojos, "y supongo que tú también Salvatore," masculló sin muchas ganas aunque pude identificar una sonrisa no dada por completo.

Las horas pasaron mientras le contaba todo lo que había sucedido a mi padre, no dejando detalle por fuera. Bueno, uno que otro que no necesariamente necesitaba saber.

Me tendió un vaso de whisky. Mi padre, Charles Swan me dio a mí, su sobre protegida por mucho tiempo, única hija, un vaso de whisky. Lo tomé con cautela, pero el parecía distraído. Probablemente no le estaba dando mucha importancia pero para mí era algo novedoso y totalmente fuera de este planeta que él hiciese eso.

"Y bueno, desde hace dos meses he estado libre de todo vampiro o bruja malévola que quiera mi cabeza," finalicé. Me miró desde su sillón. La casa lucía más organizada desde la última vez que la había visto. Supongo que todo se debía a la presencia de Liz. Caroline me había dicho que ellos estaban viviendo juntos y estaban planeando comprar una casa lejos de Mystic Falls. Pero lo dudaba, ambos tenían muchos asuntos pendientes en este pueblo.

"¿Y qué estabas haciendo en estos dos últimos meses?" miré a Damon que estaba más preocupado en viejas fotografía y archivos familiares.

"Pues… cuando recobré la memoria estuve un tiempo corto en Nueva Orleans, y luego viajé a Essox a encontrarme con Elena y Stefan, y estuve un poco más de tiempo con ellos," comencé, "luego dejé a Anabel con Alaric en la antigua casa que compartía con Piper, y tuve que someterme a un estúpido interrogatorio por parte de los Voulturi," expliqué brevemente. No es que no hubiese querido verlo antes, pero había otros asuntos que me urgían solucionar antes de verlo a él y dejar Estados Unidos. Además, él sabía que estaba viva y con memoria. Anabel lo había llamado poco después de la pelea.

"Ya veo," sus ojos calculadores pasaron de mí a Damon varias veces.

"¿Qué piensas hacer ahora Bella?" preguntó enterrando su cuerpo aún más en su sillón. Tomé un largo sorbo del alcohol en el vaso antes de mirarlo. Volví a tomar otro poco hasta dejar el vaso vacío.

"Me iré con Damon a Italia," dije. No estaba segura si Charlie me había escuchado porque podía jurar que mi voz había salido más como un susurro que una afirmación. Tamborileó los dedos contra los brazos del mueble. Finalmente pareció que la atención de Damon regresó a lo que sucedía en la habitación, y desde su lugar clavó sus ojos en mí y me hizo saber que él me estaba apoyando.

"Irás a vivir con Damon a Italia," no era una pregunta, y mucho menos había sonado como un susurro. Mi padre habló con voz clara y firme. Recorrí nuevamente la cadena. Suspiró, "supongo que deberé pedirte que llames seguido," se puso en pie y yo le imité.

"Y te visitaré seguido, eso no lo dudes," me apresuré a agregar. Asintió con el ceño fruncido. Miró a Damon que estaba tumbado en una de las sillas del comedor con su mirada fija en el rostro de Charlie. Extrañamente no había dicho ni una sola palabra desde que llegamos, se había limitado a observar, escuchar y hacer nada.

"No me agradas Salvatore."

"Eso lo sé," respondió desde su asiento.

"Y aparentemente eres el único que la haces verdaderamente feliz, y por alguna razón bizarra y fuera de mi alcance ella te ama," sonrió con tanta suficiencia y seguridad que quise golpearlo. Rodé los ojos y caminé a su lado.

"Sí, eso también lo sé," finalmente se puso en pie, haciéndome lucir pequeña, "valla, jamás he tenido un suegro tan amable."

"Jamás has tenido uno," respondí. Me regaló una mirada rápida y divertida.

"Ese es un buen punto."

"¿Cómo es que siempre eliges los hombres que menos me gustan para salir?" preguntó mi padre sin apartar sus ojos de mi novio. Sentí mis mejillas calentarse, "te estoy vigilando, Damon."

"Lo tendré en cuenta."

Me acerqué al único hombre que amaba más que a Damon y lo tomé por los hombros.

"Gracias por aceptarme y confiar en mí, papá," para él no era fácil tener una hija vampiro que se metía en problemas cada minuto, aunque… ¿para quién era fácil? A pesar de que no era un hombre que mostraba particularmente sus sentimientos, sabía que a él no le importaba si yo era vampiro o no, si tenía o no memoria, si cometía idiotez tras idiotez, él me amaba y me apoyaba y para él lo único realmente importante era mi felicidad, lo demás era segundo. Me regaló una de esas pocas sonrisas sinceras y salidas del alma que rara vez se le veían.

"Mantente lejos de problemas, niña."

"Eso es algo que ella no puede prometer," respondió Damon por mí desde la puerta.

"Lo haré papá, cuídate mucho," asintió sin abandonar sus ojos café de Damon. Le di un beso en la mejilla y le susurré un nos vemos pronto.

Salí de la casa dándole un vistazo al lugar y guardándolo en la memoria. Charlie de pie en el porche viéndome ir, la antigua casa de Elena, en la que ahora vivía Jeremy con Bonnie. El vecindario tranquilo pero a la vez lleno de vida.

Eché un vistazo a Damon cuya mirada estaba fija en la que solía ser la ventana de la habitación de Elena.

"Es raro," dijo dándose cuenta que lo miraba.

"¿Qué cosa?"

"Hace dos años estaba aquí afuera, en este mismo lugar, mirando esa ventana y pensando algo completamente distinto," respondió, "deseando algo completamente distinto," me miró. Su rostro estaba teñido de una seriedad muy poco común en él, "y ahora… todo eso se siente tan ajeno a mí, es como si…" calló y simplemente se dedicó a mirarme por un momento. Me acerqué a él.

"¿Es como si qué?"

"¿Habré confundido la necesidad con el amor?" preguntó. Fruncí el ceño.

"¿A qué te refieres?"

"Lo que sentía por Elena no es lo mismo que siento por ti," comenzó, había cierta cautela en sus ojos mientras hablaba pero le mostré que tenía seguridad en lo nuestro. Una parte de él había querido a mi mejor amiga y debía lidiar con ello, "cuando quería estar con ella, quería hacerlo porque sentía la necesidad de estar con alguien, de que alguien me viese y no le importase nadie más que yo, que estuviera dispuesta a sacrificar todo por mí, y Elena tiene esa cualidad cuando ama porque podía verlo en la forma como hablaba con y de Stefan… yo quería eso para mí."

"¿Crees que no la amaste?" pregunté sin malicia. Lo vi pensar fuerte. Estaba realmente curiosa por la conclusión a la que había llegado. ¿Será que yo había hecho lo mismo con Edward?

"Sé que la quise pero cuando comparo lo que sentía por ella y como me sentía, no es lo mismo que como contigo, es…"

"Diferente," respondí por él. Sonrió.

"Sí, diferente."

"Diferente es bueno," tomé su mano y la entrelacé con la mía.

"Es más que bueno."

Apretó mi mano y la dejó ir solo para abrirme la puerta del auto. Una vez dentro miré a mi casa por última vez. Charlie ya había entrado pero podía ver su cabeza asomarse por la ventana.

"¿Europa?" preguntó.

"Europa."

-…-

"Estás molesta."

"Por supuesto que no estoy molesta."

"Lo estás."

"¿Por qué debería estar molesta que mi novio hable muy animadamente con un mujer con la que se acostó?" me miró con los ojos entre cerrados desde la cama. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho y sus labios eran una fina línea. Probablemente no hubiese sido una buena idea haberle dicho que me había acostado con Crystal después de haber hablado con ella. Sin embargo…

"¿Estás… celosa?" pregunté con cautela. La idea de que estuviese celosa no debería haberme hecho sentir feliz como lo hizo. Pero… estaba feliz. Bueno, no feliz… feliz, era más bien como una satisfacción.

"No lo sé, ¿debería?" preguntó. Rodé los ojos y me acerqué a la cama.

"No," respondí jugando con su bufanda. Ella estaba sentada en la cama mientas que yo estaba de pie frente a ella por lo que era necesario que levantase la mirada, "pero no te miento cuando te digo que me gusta verte así," golpeó mi estómago.

"¡Lo haces a propósito!" exclamó saltando de la cama con una media sonrisa y apartándome a un lado.

"Yo no planeo encontrarme con las mujeres con las que he estado en Estados Unidos en Moscú para poner a mi novia celosa," tomé su mano y la pegué más a mí.

Habíamos llegado a Rusia hacía dos días, y ayer mientras entrabamos a un restaurante nos habíamos… bueno, yo me había encontrado con Crystal. Ni si quiera recordaba su nombre pero si su rostro. Me había acostado con ella un par de veces muchísimo antes de conocer a Isabella, quizá incluso antes de conocer a Elena.

"Estaba toqueteándote mucho," pasé su cabello detrás de sus orejas, "pude haberle quitado las manos…"

"Desmembrar a la gente es de mal gusto Isabella," me sonrió, "la violencia nunca es buena," enarcó una ceja. Sus manos jugueteaban con los botones de mi abrigo.

"¿Solamente cuando tú la practicas?"

"Ves, nos vamos entendiendo," rodó los ojos y se empinó, dándome un corto beso en los labios.

"Vamos," susurró antes de volver a besarme, esta vez durando un poco más.

Tomé su mano y la encaminé fuera del hotel. Mis pensamientos estaban divididos en dos mientras caminábamos las calles de la capital rusa. Por un lado veía a Isabella y su sonrisa incrementarse más a cada paso. De vez en cuando señalaba un par de cosas y comentaba algo, pero del resto se mantuvo en silencio absorbiendo cada pedazo de la ciudad. Verla tan encimada con Moscú, tan deslumbrada y llena de vida era un sentimiento que no podía explicar.

Por otro lado, mi cabeza recorría estas calles contrastándolas con la visión de hace un año, cuando las vívidas avenidas lucían opacas para mí. Estaba sorprendido por la diferencia que una persona podía hacer en la forma como uno veía las cosas. Mi vida fácilmente podía marcarse por dos periodos de tiempo, antes de Isabella y después de Isabella.

La vi detenerse y murmurar algo que iba destinado a mí, pero estaba tan absorto que no escuché ni una sola palabra.

"¿Qué?"

"¿Dónde está esa cabeza tuya?" preguntó. El sol iluminaba su rostro y hacía brillar sus ojos chocolates.

"Lo siento," sonrió.

"Entremos, al fin y al cabo es nuestra última parada antes de Grecia," su emoción era contagiosa.

Entramos a la catedral y el frío cesó de repente siendo reemplazado por una sensación de calor y familiaridad que se iba extendiendo dentro de mí al tiempo que mis ojos instintivamente recorrían el lugar buscando un rostro que no me tomó mucho tiempo identificar.

Nuestras miradas se trabaron y me sorprendí de ver un brillo de reconocimiento en sus ojos. El tipo probablemente veía millones de personas al año, y aun así recodaba mi rostro. Casi podía apostar que recordaba todos esos millones de rostros. Su sonrisa como siempre era amable, vestía de blanco y tenía un plumero en la mano. Justo como la última vez.

Caminó en nuestra dirección. Vi a Isabella tensarse.

"No pasa nada," hablé. Ella se pegó más a mí y escaneó el lugar con admiración pero alerta de todo movimiento.

"Cuando personas como tu regresan, no siempre traen buenas noticias," comentó una vez estaba lo suficientemente cerca.

"Siempre soy la excepción a la regla," le sonreí. El hombre escaneó a Isabella, y ella a su vez hizo lo mismo. Nos mantuvimos en silencio mirándonos los rostros por lo que fueron cinco minutos.

"¿Y bien, hijo, qué quieres decirme?" sus ojos no se apartaban de la mujer a mi lado. Había algo que me inquietaba en su mirada, algo que no podía descifrar.

"¿Por qué pensaría que quisiera decirle algo?" rió.

"Me lo dicen tus ojos," miré a Isabella y luego al hombre. No vacilé. No hubo un murmullo ni mucho menos un susurro. Mi voz salió clara, segura y sin duda.

"Ni se muere el amor ni se enamora la muerte, se sigue amando la vida."

Por un momento me pareció que el lugar había caído en silencio, y solamente la aprobación en los ojos de aquel viejo importaba. Había orgullo y satisfacción en sus facciones. Asintió. Sabía que no tenía que explicarle más, él entendía a la perfección a qué me refería.

Cuando me hizo aquella pregunta ninguno de los dos tenía una respuesta. O quizás el sí la tenía y simplemente quiso probar mi capacidad deductiva y emocional. Realmente no lo sabía, lo único que sabía o más bien, lo que había aprendido y de lo que me había dado cuenta era de esa oración simple.

Cuando alguien que amábamos moría, el amor que sentíamos por ellos no moría con ellos. Cuando moría alguien que amábamos, la muerte no se enamoraba de ellos, todo lo contrario los dejaba vivir en oscuridad y soledad a su lado. Cuando quienes amábamos, morían, nosotros seguíamos amando sus recuerdos. La idea de lo que fueron y aquello que nunca pudieron ser. Seguíamos sus ideas, y sus ojos. Sus cuerpos y todo su ser. Y todo ello… era vida. Cuando morían seguíamos amando… la vida.

"Esa es una buena conclusión."

Por un momento creí que había estado en mi cabeza registrando el hilo de mis pensamientos, pero de inmediato deseché la idea.

Su mirada se desvió a la entrada, y sus ojos adquirieron un brillo intenso y conocedor. Seguí la dirección, y una mujer con andar perdido caminó por uno de los pasillos.

"Debe irse," dije. El hombre salió de su trance y me miró.

"Ha sido bueno verte nuevamente, hijo," miró a mi lado, "Isabella y tú son bienvenidos a Moscú, siempre," asintió en modo de despedida, y se perdió con rapidez entre la multitud, en busca de la mujer que había llamado su atención.

"Jamás le dijiste mi nombre," comentó Isabella. Ambos miramos la dirección por la que se había ido y tuve que usar bastante autocontrol para no moverme y seguirlo.

"Nunca."

"Es un tipo extraño, hay más en él de lo que deja ver," asentí, "¿por qué se fue tan de repente?"

"Vio a alguien que necesitaba de él," respondí mirándola finalmente. Frunció el ceño.

"¿Cómo sabe que ella necesitaba de él?" así que Isabella había visto a la misma mujer. Le sonreí.

"Ella llegó justo como yo lo hice hace tiempo atrás," su ceño se profundizó, "perdido, confundido y sin esperanza. Con la mirada puesta en un futuro sin anhelos y sueños."

Me miró con intensidad antes de sonreír y darme un corto beso.

"Mi hombre se está volviendo todo un poeta," rodé los ojos y tomé su mano, ajustando mi abrigo con la otra.

"No te acostumbres, estas son cosas de momentos," escuché el tintineo de su risa contra el viento helado de las calles. El frío enrojecía sus mejillas y su nariz, pero a pesar de que ambos sabíamos cuánto odiamos el frío estábamos disfrutando de la helada que recorría nuestros cuerpos.

Muy a pesar que el clima era un verdadero martirio y que los copos de nieve jugasen con nuestros cabellos, internamente sentía un calor que impedía que el frío realmente calara a mis huesos.

Ver la sonrisa de Isabella y sus alegres ojos, me hicieron tomar el clima y lo que había sucedido como una metáfora. Incluso cuando el exterior se viese como un tempano de hielo, bien se podía tener en lo más profundo del alma un corazón cálido, y sin embargo pudiera ser que nadie acuda a acogerse jamás a el porque les da miedo congelarse en el proceso. Pero, ¿qué es un amor si no se vive entre peligros y se toman riesgos? Preferiría mil veces morir congelado por intentar alcanzar un amor que vale la pena, que vivir con calidez toda la vida al lado de uno por el que no se luchó por conseguir. Después de todo, un amor que se encuentre por debajo de sacrificios, fuera de dolores y donde se vive en una utopía sin reformar constante, ese era un amor por el que simplemente no valía la pena ni el esfuerzo.

Daba gracias a todo lo bueno que existía en la tierra y fuera de esta por Isabella, por ella y su capacidad de acogerse a mi corazón cálido refugiado bajo un iceberg nórtico.

Se apegó a mí y rodeó mi cintura con sus delgados brazos. Le devolví el abrazo y entre charlas triviales nos abrimos paso por una transitada calle llena de gente desconocida e historias incontables.

-…-

"¡Damon!" grité por la ventana de la cocina. Lo vi jugar con nuestra pequeña niña de cabellos negros y ojos azules. Era un clon de él, o su versión femenina como todos la llamaban. Tan parecida a él que las personas preguntaban si yo realmente era su madre.

"Mamá," parpadeé y levanté mi cabeza. Allí estaba otra réplica de Damon. De hecho agradecía a Dios de que todos mis hijos hubiesen salido su padre, porque de no ser así ellos estarían atravesando por una grave situación.

"¿Qué pasa?" rascó la parte de atrás de su cabeza desordenando sus cabellos azabaches. Unos ojos azules más oscuros que los de Damon me miraban.

"¿Puedo traer a una chica hoy para cenar?" preguntó con timidez. Alguien hubiese pensado que con el parecido a su padre tendría el mismo carácter y personalidad. Pero definitivamente, de este si podían probar que yo era su madre al momento de conocerlo.

"Estoy seguro que a tu padre le encantaría," sonrió.

"Es por ello que te he preguntado a ti," besó mi coronilla, "por favor cállalo lo más que puedas durante la cena, de hecho, si nada más puede saludarla y dedicarse a comer sería perfecto," me guiñó un ojo antes de desaparecer por el jardín y tomar su hermana en brazos haciéndola girar. Los observé reír y juguetear. Era de los momentos que más esperaba del día.

Sentí sus manos rodear mi cuerpo y descansar sobre mi prominente barriga. Mi espalda dolía pero la sensación de estar entre sus brazos anulaba todo dolor que pudiese sentir.

"Una chica," susurró en mi oído. Mi cuerpo se derritió ante él.

"Sé bueno, ya sabes no tan… tú," giré para encararlo. Enarcó una ceja y clavó su mirada en mi barriga.

"Me portaré bien," acarició con ternura donde estaba su otro bebé.

"¿Lo prometes?" una sonrisa juguetona bailó en sus labios, levantó la mirada con malicia.

"Puedo decirte que lo prometo, pero, ¿me creerás?" rodé los ojos.

"Oh Dios, por supuesto que no, mejor le digo a…" fue rápido y corto pero lo suficiente como para silenciarme.

"Seré bueno… al menos lo intentaré," otro beso, reí e intenté tomarlo por el cuello de la camisa pero… desapareció. Junto con mis hijos, mi casa y… todo.

Abrí los ojos. Y me senté de golpe en la cama. Busqué a Damon a mi lado, para encontrarlo con su mirada fija en mí. Aún estaba acostado, con las sabanas hasta la cintura y un brazo por detrás de su cabeza.

"¿Mal sueño?" preguntó. Froté mis ojos con las palmas de mis manos.

"No," respondí, "de hecho fue todo lo contrario, tú… ¿lo implantaste en mí?" frunció el ceño.

"Sabes que no uso mis habilidades sobre ti," negué quitándole importancia.

"Fue solo un sueño."

"¿De qué trataba?" preguntó sentándose en la cama con su espalda contra la madera antigua de la cabecera.

"Éramos tú y yo, uhm, teníamos… una familia," respondí, "dos hijos, bueno, tres," sonreí involuntariamente, "yo estaba embarazada del tercero, y todos ellos lucían como tú," sonrió, "teníamos un chico de diecisiete, y una niña de seis años, ambos idénticos a ti…" lo miré y había añoranza en sus ojos.

"Suena como algo perfecto."

"Lo era, nuestro hijo iba a llevar a una chica a cenar," comenté soltando un suspiro. Mi corazón dolía por aquella vislumbre de vida que había visto y no podía tener, y en mi pecho se instaló un vacío producto de dos hijos que había visto y solo fueron parte de un sueño. Era una sensación extraña, como si realmente hubiesen sido míos y yo los hubiese criado y de repente me fueron arrebatados.

"Tú tenías la posibilidad de tener una vida como esa," su rostro estaba sin expresión. Asentí.

"Es cierto, pero en esa vida no te hubiese tenido a ti, y si tú no estabas en ella yo no quería vivir esa clase de vida normal," se cruzó de brazos.

"Aun así, ¿no añoras la idea de tener una familia? ¿Tener hijos, un esposo al cual cocinarle por las tardes de sábado mientras ambos se cuentan cómo les fue en el trabajo?"

Me moví por la cama para acercarme más a él, y ello tomaba más tiempo del que creía si lo hacía a velocidad humana y con mis manos ocupadas en la sabana a mí alrededor. Nuestra cama en esta casa era gigante. Tan grande que había ocasiones en las noches que palpaba a mi lado en busca de Damon y no le encontraba porque él estaba en el otro extremo. Pero era demasiado suave, cómoda y perfecta que no podía encontrarle queja. Además, según Damon estas eran las camas propias de las haciendas italianas.

"Eso hubiese sido bonito," hablé, "pero nunca fui la clase de mujer que añoraba una familia propiamente conformada," ladeé la cabeza provocando que mi cabello cayera a un lado de mi hombro, "¿hijos? Quizás. ¿Un esposo y hacer con él actividades humanas? Me extraña Damon Salvatore que tú me digas eso," me dio una sonrisa suave, "si no estoy mal yo te cocino por las tardes mientras hablamos de las estupideces más grandes del mundo porque no trabajamos y nos entretenemos viajando, conociendo y aprendiendo…"

"Y en ocasiones fastidiando a mi hermano y su vida normal," comentó.

"No te olvides de Elena y la mayor parte de la población de Mystic Falls," le sonreí. Dejé ir la sabana y acuné su rostro en mis manos, "tú eres mi familia, todo lo que quiero y todo lo que querré, no estamos casados pero eres mi esposo, eres mío y yo tuya…"

"Porque no hay un solo átomo de mi cuerpo que no te pertenezca," lo besé con ternura.

"Exactamente, ahora sé un buen hombre y ven a bañarte conmigo, tenemos mucho por hacer," no tuve que decirle otra palabra más para que saltase de la cama y me arrastrara con él a la bañera.

.

.

La casa se sentía demasiado hogareña, y no es que eso fuese malo, todo lo contrario era bueno, demasiado bueno. Y con el tiempo, y a pesar de que ya no teníamos locos vampiros, brujos, o seres sobre naturales tras de nosotros, había aprendido que las cosas demasiado buenas tienden a durar muy poco. Por eso tenía miedo.

Sin embargo iba a deshacerme de la idea, porque después de todo era navidad y todos estaban aquí. Damon me había dicho una vez que esta era la época favorita suya y de Stefan y podía ver el por qué. El lugar cambiaba radicalmente en épocas decembrinas, la gente, el clima, el paisaje. Todo se volvía más cálido y plácito. Era como un pequeño pedazo de cuento sacado y puesto justo frente a nosotros.

Él y yo llevábamos viviendo un año en Italia, en la hacienda que le pertenecía a los Salvatore, y esta era nuestra primera navidad con nuestra pequeña improvisada familia. Stefan estaba metido en la cocina junto con Damon. Esos dos habían restaurado su hermandad. Supongo que dejar de estar enamorados de la misma mujer fue el gran paso. Y eso de que los italianos eran los mejores cocineros no lo ponía en duda una vez que los hermanos se apoderaban de la cocina y podíamos comprobarlo porque de allí desprendía un olor magnifico. Alaric junto a Bonnie y Jeremy hablaban de Dios sabe qué cosa mientras jugaban billar, mientras Elena, Caroline, Anabel y Liz adornaban la casa.

Me había quedado al margen viendo a todos moverse de un lado a otro, de vez en cuando caíamos todos en la sala y habían pequeños besos furtivos entre Damon y yo. Pero en este momento todos estaban en sus tareas y yo simplemente los observaba. No eran la familia que había visto en sueños, pero de sueños no podemos vivir siempre, y ellos eran todo lo que yo deseaba en este momento.

Crucé una mirada significativa con mi padre que bajaba medio somnoliento por las escaleras. Me dio una seca sonrisa y caminó al lado de Liz. Desvié la mirada de todos, y me moví un par de pasos más al ventanal que daba a uno de los gigantes jardines traseros y dejé que mi mirada se perdiese en el precioso atardecer que mantenía de colores tierra el cielo.

Froté mis brazos con mis manos. Era increíble lo lejos que todos habíamos llegado. Cómo habíamos crecido y en qué clase de personas nos habíamos convertido. Si me hubiesen preguntado cinco años atrás como pensaba que sería mi vida, en definitiva nada de esto estaba en mis planes. Tampoco es que me hubiese imaginado una utopía pero en definitiva no una casi mansión en Italia, tampoco un hombre como Damon en mi vida y mucho menos yo siendo vampiro.

"Oye, ¿qué haces?" susurró Damon. Estaba de pie a mi lado con la mirada perdida en el mismo atardecer.

"Estoy pensando."

"Piensas demasiado," sonreí.

"Uno de nosotros debe hacerlo," me miró de soslayo. Su ascendencia mediterránea era tan evidente en él. En su cabello negro y su piel, además de la cabezonería y la altivez.

"¿Qué pasa por esa pequeña y peligrosa cabeza tuya?"

"Todo, nada."

"Es sobre el sueño."

"Eso también."

"Esto es lo que es real, lamentablemente debemos adaptarnos a esta vida."

"¿Crees que nuestra vida será aburrida ahora que no tenemos acción?" pregunté en broma y desviando el tema.

"La tasa de mortandad será nula entre nosotros, eso es bueno."

Nos esperaban muchas cosas más adelante. ¿Cuánto viviríamos en esta tierra antes de que alguno de los dos, o los dos muriésemos? ¿O alguno de nuestra familia? ¿Cuánto tiempo pasarían antes de que un problema se avecinase sobre nosotros y nos obligara a tomar decisiones desesperadas? Porque estaba segura que con la capacidad que teníamos todos, en especial Damon y yo de encontrar problemas y que los problemas nos encontrasen a nosotros, íbamos a tener que lidiar con situaciones de vida o muerte. ¿Duraríamos eternamente? ¿Seguiríamos enamorados y teniendo nuestra familia con nosotros? ¿Seguiremos viviendo lo que para nosotros es una utopía de vida?

Eran muchas preguntas y pocas respuestas, y todas aquellas dudas eran para ser respondidas por el dueño de nuestros destinos.

Estaba feliz, muchísimo. Amaba todo lo que tenía y todo lo que el mundo tenía para ofrecerme, pero… sabía, más por escarmiento que por experiencia, que una felicidad tan fácil no podía durar mucho tiempo. Solo esperaba que me durara lo suficiente como para disfrutarla.

Me acerqué a Damon para sentir su calor y para que mi cuerpo se relajase. Él me traía la paz que necesitaba cuando mis momentos de dudas y angustias me atacaban. No dudo en pasar sus brazos a mí alrededor.

Escuchaba el bullicio de las conversaciones y las risas provenir de la sala. El olor de la comida a punto de estar, y de vasos chocando contra la madera para ser servidos con otra ronda de bourboun. Sabía que había personas que asociaban olores y sabores con la felicidad, aquello que escuchaba en ese momento, aquello que olía en ese momento, era no solo lo que yo asociaba con felicidad, si no lo que yo asociaba con vida.

"Damon."

"¿Uhm?"

"¿Cambiarías algo de lo que nos pasó?" escuchaba los latidos de su corazón y su tranquila respiración.

"No, ni un solo momento, ¿y tú?" negué fijando mis ojos en él. Su mirada bajó a mí.

"Volvería a repetirlo todo nuevamente de ser necesario," sonrió y besó mi coronilla con dulzura. Cerré los ojos y dejé que aroma y el momento se metieran en mi cabeza tan profundo que no hubiese manera alguna de sacarlos de allí.

Independientemente de todo lo que pudiera pasar de ahora en adelante, me sentía segura y llena de plenitud. La historia de mi vida, mi historia con Damon, eran de esa clase de cosas que no se cuentan ni se admiten a la ligera. Después de todo, ¿cuántas personas podían decir que habían encontrado un amor irrepetible, de esos antiguos, de aquellos que se quieren con el alma y sin mirar atrás?

Dejé que Damon me arrastrase nuevamente a la sala, y entre conversaciones triviales, recuerdos y varias copas pasé la navidad. Levanté mi vaso en una ocasión y busqué los ojos azules de Damon que rápidamente hicieron contacto con los míos. Fue una mirada suave acompañada de una sonrisa pícara.

Todos deberían ser capaces de encontrar un amor como el nuestro, un amor a prueba de muerte, de conflictos y dolor. Un amor que es capaz de estar firme incluso en la peor tormenta.

Un amor eterno.

FIN.


Σοφία.