Hola aqui el capitulo de hoy, espero lo disfruten

CAPÍTULO 16

El marqués de Dunstan mostró en su salón el jueves pasado, varios cuadros de Venecia, tan vívidos que el espectador estaba seguro de oír el chapoteo del agua y las canciones de los gondoleros. Estas exquisitas pinturas son obra de Lord Mac Grandchesteer, aunque él se ha ido a Escocia y se supone que ha terminado de pintar los canales de Venecia.

-Septiembre 1878

A Terry corazón le latía con rapidez mientras deslizaba su mano por detrás de la pesada trenza de Candy y la acercaba más. Querida mía, no me hagas esto. Su boca sabía a té dulce, y su cuerpo estaba maravillosamente desnudo debajo de su primoroso camisón. El pequeño volante de su cuello, le arañó la barbilla, y fue introduciendo sus dedos para desabrochar los botones. El beso de Candy era desesperado, sus labios se abrieron y le introdujo la lengua en la boca. El idiota de Leagan la había asustado, aunque Candy nunca lo admitiría. Ella era fuerte, su bella mujer, pero sentía las cosas profundamente. Con ese beso buscaba consuelo.

Terry no era tan orgulloso como para negarle ese consuelo. La estrechó contra su cuerpo, estremeciéndose al pensar en lo cerca que había estado de perderla, si no la hubiera seguido…

Pero lo había hecho, había detenido a Leagan, y ahora tenía Candy en sus brazos. Y maldito estaría, si alguna vez la dejaba alejarse de su vista otra vez. Candy intentó apartarse, como si hubiera recuperado el sentido. —No—, dijo Terry. —Quédate conmigo.

La garganta de Candy tragó detrás de los botones que él había abierto. —Estoy muy cansada.

—Yo también— Se interrumpió, tocó la herida en el lado de su boca de nuevo. —No quiero que me tengas miedo, Candy.

Ella sonrió de repente, la herida tiró de su boca en una línea torcida. —¿Miedo de qué? Nunca voy a tener miedo de ti, Terry Grandchester.

Terry no se rió. —Quiero decir que no quiero que pienses que soy como él.

—¿Igual que ese hombre, Leagan?— Candy sacudió la cabeza, la trenza golpeó su pecho. —Por supuesto que no.

—Se parece a mí, y ha decidido tratar de robar mi vida. Pero no voy a dejar que consiga ninguna parte de ella—. Apretó los brazos alrededor de ella. —Sobre todo esta parte.

Los ojos de Candy se suavizaron, adquiriendo el color brumoso de una pradera escocesa. —Si me decido a echarte de mi casa, Terry, será porque yo quiera, no porque Leagan me haya asustado—-.

—Esa es mi Candy—. La atrajo hacia él y rápidamente se deshizo del resto de los botones de su camisón. Su mujer cálida y flexible le esperaba. Terry la besó en los labios, pasando los dedos por sus pechos. En su noche de bodas, la había metido debajo de las sábanas mientras aún llevaba la bata que le había prestado. Había querido evitarle la vergüenza de desnudarse en medio de la habitación, sospechaba que ella no había estado desnuda delante de otro ser humano en su vida. Era probable que la hubieran enseñado a bañarse con su ropa interior. Una mojigatería de lo más ridícula. Entonces, como ahora, le había desabrochado la ropa una vez que estuvo con él debajo de las mantas, y le quitó la bata. Esa noche, Candy lo había besado con torpeza, esta noche, sus besos mostraban la habilidad de la experiencia. Querida, querida Candy. Los hombres eran tontos por no convertir a sus esposas en amantes. ¿Qué necesidad tenía Terry de cortesanas cuando poseía a su hermosa Candy? Aún más, podía dormir con ella, despertarse con ella, pasar el día con ella, irse a la cama con ella, y comenzar el ritual maravilloso de nuevo.

Sus pensamientos se interrumpieron mientras ella deslizaba una mano alrededor de su polla muy excitada. —No te burles de mí, cariño— susurró Terry. —Te necesito demasiado para detenerme.

La sonrisa en respuesta de Candy le hizo arder. Le acarició una vez más. —Te necesito, Terry—, dijo.

Todos los pensamientos de su tonto juego, de resistirse a Candy hasta que su reconciliación fuera completa, huyeron de su cabeza. ¡Al diablo con eso!. Terry la tomó por las caderas y la levantó a horcajadas. Guió su miembro hasta su húmeda apertura, y cerró los ojos mientras se deslizaba dentro de ella. Oh, sí. Candy le envolvía como un puño apretado. Mi querida, hermosa, Candy. Nada más importaba cuando respiraba el aroma de Candy y estaba enfundado en su estrecha vaina, nada. La primera noche haciendo el amor con ella, se le había roto el alma, y Terry aún no había encontrado todas las piezas. —Estar dentro de ti, es el cielo—, susurró.

Candy le besó en los labios, en el puente de la nariz. —Dijiste una vez que te habías casado conmigo porque pensabas que yo era un ángel—. Sus labios se curvaron en la sonrisa más malvada que le había visto mientras movía las caderas.

—Pequeño demonio—, gruñó. Ella extendió sus manos calientes sobre su pecho, inclinando la cabeza hacia atrás mientras lo montaba. Terry pensó que iba a morir. La luz del fuego iluminaba su cuerpo delgado, sus pezones oscuros contra la piel de color crema. Su pelo resbalaba por su cuerpo, suelto ahora, como un sutil manto dorado. La cara de Candy se suavizó, los ojos se oscurecieron, los labios se abrieron. La vista lo excitaba y se hundió dentro de ella, aún más profundo, balanceándose juntos durante mucho tiempo, esa unión alejó todo el temor, la cólera, todas las heridas. Nada importaba, fuera de ellos dos unidos, ya no eran dos sino uno solo. Candy le pasó su brazo sobre su pecho, apoyando la mano sobre su hombro mientras estallaba perdida en el placer. Él sabía que no estaba pensando en nada, no oía nada, sólo sintiéndole en su interior. Verla alcanzar el clímax, le excitó aún más. No cesó de empujar con fuerza dentro de ella, su propio grito de alegría salió junto con el suyo, cuando alcanzaron juntos la cima.

Candy se derrumbó sobre su pecho, el pelo suelto le cubría como un río de color oro. —Se siente tan bien. Nunca lo he sentido así. Es tan. . . — hizo una pausa buscando como continuar.

—¿Bueno?— Terry quería reirse, pero su cuerpo se estremeció con la liberación, y su risa sonó como un gemido. Se quedaron en silencio, Terry enterró sus dedos en su pelo largo y sedoso. Le encantaba esta parte, la quietud que se establecía entre ellos, mientras que sus cuerpos se hacían pesados, con todos los músculos relajados. Echaba de menos esos momentos posteriores a hacer el amor tanto como añoraba estar dentro de ella.

—Lo hicimos en Escocia—, dijo Candy después de un tiempo, con voz soñolienta. —Fue glorioso, pero esto ha sido aún mejor. Me pregunto por qué.

A Terry le importaba un comino por qué esta vez le había parecido más intenso que en su estudio, pero Candy quería una respuesta, aunque él solamente quería cerrar los ojos y abrazarla. —Es más cómodo en una cama—, murmuró. —Ha sido un día difícil.

—Pensé que nunca volvería a verte—, le susurró Candy, su aliento cálido rozaba su mejilla. —Y apareciste allí, rescatándome del peligro.

—Eso ha debido ser. Soy un héroe. Te he salvado y ahora debes amarme.

—No te burles—. Candy frunció el ceño. —No lo hagas.

—Lo siento, amor. No, no es un asunto para tomar a risa. — La besó en la línea de nacimiento de su cabello. Terry había llegado a tiempo para impedir el secuestro, o lo que Leagan hubiera previsto, pero él había estado cerca. Le ponía enfermo pensar en lo cerca que había estado de perderla. No, no podía seguir pensando en lo que podría haber pasado. La había llevado a casa, sana y salva. Relativamente sana y salva. Terry pensó en el labio herido y la rabia corrió por él de nuevo Leagan pagaría por ello.

Candy levantó la cabeza. Terry.

—Sí, ¿dulce ángel?

—No quiero dormir todavía.

—¿Te apetece una partida de cartas, ¿no? Tenis sobre hierba, ¿tal vez?

—No seas tonto. Quiero hacer algunas de las cosas que solíamos hacer, ya sabes— Sólo con pensarlo, Terry notó cómo se le aceleraba el pulso.

—Sí lo sé. Pervertida Lady —. Candy le besó la punta de la nariz. —Es que me enseñó un pervertido, un Lord pervertido— Él sonrió. —¿Qué tienes en mente?

Candy se lo mostró. Intentando algo con lo que habían disfrutado antes, Candy sentada a horcajadas sobre él, de espaldas, echándose hacia atrás hasta que su espalda descansó sobre su torso. Todos los músculos de Terry se contrajeron con el placer, su erección aumentó de forma increíble. En esta posición la penetró, la sensación de su calor húmedo, los sonidos de placer que emitía cuando él la acariciaba, le excitaron aún más. Llegaron al clímax juntos, sus gritos resonaron en la quietud de la noche. Todavía duro, Terry rodó con Candy en la cama y entró en ella otra vez, cara a cara. Una posición convencional, pensó, pero mejor porque podía besar sus labios y ver como brillaban sus ojos verdes con pasión. Si alguna vez pudiera plasmar en un lienzo su expresión cuando llegaba al orgasmo, atesoraría ese cuadro por encima de todos los demás. Y no se lo mostraría a nadie, por supuesto. Sería para su propio placer privado y decadente. Terry le hizo el amor hasta que ambos quedaron relajados por el agotamiento. Luego los cubrió a ambos con las mantas con gesto cansado, y se quedó dormido en un nido con su bella e increíble esposa sujeta.

Cuando Candy bajó a desayunar a la mañana siguiente, notaba ciertas molestias por las actividades nocturnas, encontró felizmente una carta de Paty al lado de su plato. Terry leía el periódico en la cabecera de la mesa, escondido tras las páginas, mientras comía una crujiente tostada con mantequilla. Candy agradeció a Morton que le sirviera un café y abrió la carta. Ella hizo un leve ruido, y Terry bajó el periódico.

—¿Qué pasa, amor?

La cara de Candy se ruborizó a medida que se encontraba con su mirada. Su conducta desvergonzada de la noche anterior se debía a que estaba muy inquieta y ansiosa para dormir. Había necesitado el tipo de agotamiento que sólo podía proporcionarle Terry Grandchester. Había buscado el olvido, pero encontró un placer tan grande que era indescriptible. Por el brillo en los ojos de Terry, supo que lo sabía y que estaba feliz de ser la causa. —La señora O Brian —, respondió Candy. —Dice que va a tratar de conseguir una nueva reunión con Annie, pero no sabe, cuando podrá lograrlo.

—Cuando vayas, te acompañaré—, dijo Terry.

—No es posible. A Paty le está resultando bastante difícil inventar excusas para salir solo con Annie, sin mi madre. Annie podría tener demasiado miedo de ir si supiera que la estás involucrado.

Terry dobló el periódico y lo puso a un lado, su rostro estaba terriblemente serio. —Candy, querida, no voy a permitir que estés fuera de mi vista. No le menciones a Paty que voy a estar allí si ella piensa que mi presencia podría complicar las cosas, pero voy a ir. — —Terry

—No.

Terryrara vez ejercía su autoridad marital. Le había dicho el primer día de su matrimonio que pensaba que era una tontería suponer que los hombres debían dictar órdenes a sus esposas, ¿qué pasaba si el marido era un tonto? ¿No sería la esposa aún más tonta si le obedecía? Candy gozó de completa libertad, porque, dijo Terry, sospechaba que Candy tenía mucho más sentido común que él. Candy vio ahora que Terry, simplemente había optado por no permitirle seguir haciendo su voluntad, que era sin lugar a dudas formidable. La mirada en sus ojos le dijo que no daría marcha atrás, sin importar lo que argumentara.

Candy lo intentó de todos modos. —Es mi hermana—. —Y hay un loco que te acecha en las calles esperando hacerte lo que sólo el diablo sabe. No vas a ninguna parte sin mí—. Candy parpadeó. —Por supuesto, querido—, dijo humildemente.

—Y no te atrevas a capitular y luego escaparte en cuanto me dé la vuelta. Tus sirvientes están de acuerdo conmigo y me dirán si intentas algo. Si tratas de salir de casa sin mí, te prometo que te arrastraré de vuelta a casa, te encadenaré en el sótano, y te tendré a pan y agua. —

El problema de hacer declaraciones tan estúpidas, era que con Terry, había una buena probabilidad de que las llevara a cabo. Además, él tenía razón. Leagan era un peligro. Candy recordó sus manos terriblemente fuertes y contuvo un escalofrío. Nunca, nunca quería volver a sentirse indefensa.

—Muy bien—, dijo en un tono tranquilo. —Encontraré alguna manera segura para encontrarme con mi hermana, y lo haré como tú dices

—¿De acuerdo?—, dijo Terry-. —Estoy diciéndotelo totalmente en serio. No salgas de casa sin mí. Te escoltaré adondequiera que desees ir. No confío en nadie más para mantenerte a salvo.

Candy untó mermelada en un trozo de pan tostado. —¿Esto no limitará tus propios asuntos en la ciudad?

—No. Mi único asunto en la ciudad eres tú.

—Oh—. Candy se calentó por dentro, con el placer que le produjeron sus palabras, pero no permitió que él lo notara. —Seguramente tendrás recados que hacer.

—Y una casa llena de sirvientes para hacerlos por mí. Cualquier persona con la que tenga que hacer negocios puede venir aquí—. Levantó su periódico de nuevo y lo sacudió para abrirlo. —De hecho, tengo una visita importante esta mañana, así que no vas a salir hasta después, ¿de acuerdo mi obediente esposa?

Candy le lanzó una mirada que podría haber reducido su periódico a cenizas. Pero a pesar de su irritación por su prepotente arrogancia, no podía dejar de sentir, en el fondo, una luz cálida por su sentido protector.

Ese cálido resplandor se atenuó una hora y media más tarde, cuando llegó el abogado de la familia Grandchester en Londres. Candy conocía también al señor Gordon. La había guiado primero a través de las ramificaciones legales de su matrimonio con Terry, y luego a través de la maraña de cuestiones relacionadas con su separación. El señor Gordon le había aconsejado en contra del divorcio, que explicó era costoso y difícil de lograr. Candy tendría que acusar a Terry por su conducta atroz, y Terry defenderse públicamente en los tribunales. Las separaciones eran menos escandalosas y daban menos dolores de cabeza, y después de todo, Candy sólo quería vivir en paz y cómodamente por su cuenta. Terry cubriría todos sus gastos, y ella podría hacer lo que le gustaba. El señor Gordon había sido amable y paciente durante todo el proceso, y Candy le estaría por siempre agradecida por ello.

—Milady—. Se inclinó Gordon y le estrechó la mano. A diferencia del estereotipo de abogado delgado y viejo, el señor Gordon era alto, rechoncho y de cara sonrosada, con una sonrisa amable. Estaba casado y tenía cinco hijos tan rechonchos y sonrosados como él.

—Señor Gordon, estoy encantada de verle. ¿Cómo está su familia? — Mientras que el señor Gordon hablaba sobre su prole cada vez más numerosa, Candy le condujo al salón. Entraron y encontraron a Terry a cuatro patas jugando a caballito con Aimee. Candy se detuvo en la puerta para contemplar la escena. Terry estaba en mangas de camisa y con chaleco, la chaqueta y la cadena del reloj se las había quitado. Aimee tenía las manos llenas de pelo de Terry, tirando de él cuando le venía en gana mientras galopaba por el suelo. Aimee chillaba de alegría.

—Esta debe ser la niña en cuestión—, dijo Gordon. Terry dejó a Aimee suavemente en el suelo y luego la lanzó hacia arriba haciéndola gritar de nuevo. Colocándola en su brazo, se volvió a saludar a Gordon.

—¿En cuestión?—, preguntó Candy. Pidió al señor Gordon que se sentara, mientras ella lo hacía en el sofá. Terry se sentó en el brazo del sofá, todavía sujetando a Aimee.

—Le he pedido a Gordon que viniera para hacer oficial la adopción. Voy a convertirme en el tutor de Aimee hasta que sea mayor de edad.

—¿Tú?— preguntó . —Pensé que era yo quien la adoptaría.

—Así se lo dije a Gordon, pero sugirió que sería mejor para Aimee a largo plazo convertirse en mi pupila, quedando bajo la protección de la familia Grandchester. Aunque serás tú la que la críes como quieras y tomes todas las decisiones cruciales, por supuesto.

Estaba siendo prepotente de nuevo, pero Candy sólo notó alivio. Temía que Terry mirara a Aimee de una manera diferente esta mañana, era la hija del hombre que la había atacado buscando hacerle sabe Dios qué cosas. Obviamente, no era así. Terry era capaz de separar las acciones de los culpables de las vidas de los inocentes, otra razón más para amarle.

—¿Está seguro de todo esto, milord?—, Preguntó el señor Gordon—. Tenga en cuenta que tutelar a un niño, sobre todo a una niña, conlleva muchas responsabilidades.

Terry hizo a Gordon un gesto quitándole importancia. —Ella necesita a alguien que pague por sus vestidos y sombreros, cintas y perifollos. La enviaremos a la academia de la señorita Pony y le daremos el mejor baile de presentación que nunca se haya visto en Londres—. Hizo un guiño a Candy. —Y le prohibiremos que se fugue con ningún pequeño lord pervertido.

—Muy divertido—, dijo Candy.

—Lo digo en serio. Su madre está muerta, la pobre, y su padre la ha abandonado. Además, su padre es un villano. Va a estar mucho más segura con nosotros.

Eso pareció ser suficiente para Gordon, el hombre siempre había sentido debilidad por Terry y sus hermanos. Se comportaba más como un tío simpático que el abogado de la familia.

—Aimee, evidentemente, te ha adoptado a tí—, dijo Candy, viendo jugar a Aimee contenta con un botón de chaleco de Terry.

—Se lo pregunté, ¿sabes?, lo que pensaba acerca de vivir con el tío Terry y la tía Candy para el resto de su vida. Lo aprobó.

Candy entrecerró los ojos. —¿Cómo pudo decirlo?

—Bueno, no sabe muchas palabras, aún, y todas ellas francesas, pero es de la opinión que tengo una nariz grande.

Candy apenas contenía la risa. —Bueno, cualquiera puede ver eso.

—Mi amor, me hieres.

No, no lo hacía. Terry era una de esas personas que siempre parecía a punto de sonreír o reír por una broma, y la risa en su cara le hacía devastadoramente guapo. Eso sólo cambiaba cuando estaba muy enojado, o, como cuando lo había visto en París, vacío.

—No deberíamos tener muchos problemas—, dijo Gordon. —Unas pocas formalidades. La niña es esencialmente huérfana.

Terry era muy rico y su familia muy poderosa. No era de extrañar que Gordon hubiera sugerido que fuera Terry el que adoptara a la niña él mismo. Leagan, era un pobre secretario de un abogado de Sheffield, difícilmente podría prevalecer contra el poder de Hart Grandchester, duque de Kilmorgan. Aimee sería suya.

La señorita Westlock entró en la habitación entonces, la profesional niñera había decidido que era el momento de que la niña volviera a su habitación. Aimee no protestó, lo que elevó la opinión que Candy tenía de la señorita Westlock. Aimee insistió en besar antes a Terry y Candy para despedirse. Candy abrazó el pequeño cuerpo cálido de Aimee brevemente, cuando le dio un pegajoso beso en la mejilla. Terry quería un hijo, era evidente. Él no había llevado a Gordon allí para iniciar la adopción sólo por amor a Candy. Adoraba a Aimee, eso quedaba claro por la forma en que la había dejado dormir en sus brazos en el tren y cabalgar feliz sobre su espalda en el salón.

Candy pensó en sus apasionados juegos en la cama de anoche y en el encuentro del estudio de Terry en Kilmorgan y se preguntó si habría ya un bebé en camino. Era posible. El corazón le latió más rápido mientras miraba a la señorita Westlock llevarse a Aimee a su habitación y cerrar la puerta.

—Y ahora, a por el otro asunto—, dijo Gordon. Levantó un fajo de documentos de aspecto jurídico y se los entregó a Terry. —Creo que están en orden.

—¿Qué otro asunto?—, preguntó Candy.

Gordon miró a Terry sorprendido. —¿Acaso no mencionó a Milady que iba a venir hoy?

Terry se entretuvo mirando los papeles, sin contestar.

—Milord debe haberse olvidado—, dijo Candy con voz tensa. —Hemos tenido bastante agitación en las últimas semanas. ¿Cual es este asunto?

—La revocación de su separación, por supuesto—, dijo Gordon. Le dirigió una sonrisa benevolente. —Estoy muy contento de realizar esta tarea, he esperado poder hacerlo todos estos años. Es un día feliz para mí, Milady.

Terry sintió hervir la ira de Candy otra vez. Se levantó del brazo del sofá, se trasladó a una silla y se dejó caer en ella, apoyando los pies sobre la mesa del té. Terry no miraba a Candy, pero sentía su mirada quemando el espacio entre ellos.

—¿La revocación de nuestra separación?— preguntó con voz fría.

—Sí…—, dijo Gordon. Iba a decir algo más, miró a Candy luego a Terry y se calló.

—Sólo eso tiene sentido, mi amor—. Terry centró su mirada en un cuadro en la pared opuesta. Era un paisaje firmado por Claude Lorrain que había comprado hacía años a Candy, como disculpa por una de sus repentinas desapariciones. El azul increíble del cielo y el verde grisáceo de la tierra con sus ruinas griegas, siempre le elevaban el espíritu pero ahora no lograban calmarle mucho. —He estado viviendo aquí contigo, de manera abierta y escandalosamente—, dijo. —La gente habla.

—Oh, ¿De verdad?

—Nuestros sirvientes han estado murmurando como locos, haciendo apuestas sobre nosotros, según me dice Bellamy. Tus vecinos cuentan nuestras idas y venidas. Es sólo una cuestión de tiempo antes de que la palabra reconciliación se extienda a lo largo y ancho.

—¿Reconciliación?— Su voz podría haber congelado el agua de una copa de cristal. —¿Qué reconciliación?

Terry finalmente se obligó a mirarla. Candy se sentaba en el borde del sofá, con la espalda recta, rígidamente altiva, con sus ojos verdes brillantes. Era impresionante, incluso cuando estaba furiosa, era como un sueño con un vestido de color azul claro y ribetes azul oscuro con encajes de color crema. Los dedos de Terry hormigueaban por un pincel, quería capturarla como estaba, con ese rayo de luz derramándose por su regazo. —Candy—, dijo. —Hemos vivido separados y sin hablarnos durante tres años y medio. Ahora nos hablamos, vivimos juntos, incluso compartimos la cama de vez en cuando. Todo el mundo va a asumir que nosotros ya no estamos separados. No hay ninguna razón para no hacerlo legal.

—Sólo que me gustaría seguir estando separada.

El genio de Terry se revolvió. —¿Incluso cuando yo estoy deseando hacer otro intento? Un buen abogado te aconsejaría que lo reconsideraras.

Gordon, como buen abogado, se mantuvo ocupado con sus papeles y fingió estar ocupado con otra cosa.

—Pero yo no quiero eso—. Dijo Candy, con una nota de pánico en su voz.

—¿Qué otra posibilidad tenemos, cariño? No te he dado ningún motivo para el divorcio. No te he golpeado, no te he sido infiel con otra mujer, no he probado una gota de whisky en años. No te he abandonado, de hecho, en los últimos tiempos he estado siempre a tu lado. Hemos estado viviendo como marido y mujer. Debemos serlo de verdad otra vez.

Candy se puso en pie. —¡Maldito seas, Terry Grandchester! ¿Por qué no puedes dejar las cosas en paz?

Gordon tosió discretamente. —Tal vez debería volver en otra ocasión, milord, después de que haya hablado de esto con milady.

—Por favor no se moleste, señor Gordon—, dijo Candy con frialdad. —Siento mucho que se haya visto obligado a presenciar esta sórdida escena. Por favor salude de mi parte a la señora Gordon—. Salió hacia el vestíbulo con sus faldas azules arremolinadas alrededor de sus piernas.

Gordon le miró angustiado, pero Terry se puso en pie y salió justo detrás de ella. —¿Dónde diablos vas?

—Fuera—, dijo Candy.

—No iras sola, por supuesto que no.

—No, por supuesto que no. George, envíe por el landó, y ¿podría decirle a Evans que suba a verme arriba? Gracias—. Subió las escaleras con la cabeza alta.

Cuando Gordon discretamente salió del estudio con su maletín en la mano. George entregó el abogado su sombrero.

—Gracias, Gordon—, le dijo Terry. —Te avisaré cuando todo esté solucionado.

—Sí, milord—, fue la discreta respuesta de Gordon, y se fue.

Arriba, se oyó un portazo. Terry plantó una silla junto a la puerta de la calle, se sentó en ella, y esperó. No tenía ninguna intención de dejar que Candy saliera de la casa sin él, no le importaba lo furiosa que estuviera. Sabía que había calculado mal, que se había precipitado. Pero, ¡maldición!, ella había mostrado todas las señales de querer reconciliarse... Anoche, ¡Dios Santo, qué noche! ¿Cómo podría haberse mantenido alejado de su hermosa y deseable Candy, todo este tiempo?, Terry no tenía ni idea. Se había convertido en su amante una vez más, la mujer a la que había enseñado todos los juegos del placer, la mujer que había aprendido muy bien sus lecciones. Candy tenía habilidades que le ponían duro sólo con pensar en ellas.

Su experimentada mujer bajó por las escaleras en el mismo momento que Terry oyó al landó detenerse fuera. Se había cambiado su vestido azul de volantes por una ajustada chaqueta de color verde botella sobre un vestido gris de paseo y un sombrero sujeto a sus rizos con alfileres con cuentas de colores. Se puso los guantes en su camino hacia la puerta. —Por favor sal de mi camino.

—Como quieras—. Terry cogió su sombrero del perchero del vestíbulo, le abrió la puerta y la siguió. En el landó, Candy ignoró la mano tendida de Terry y dejó que su lacayo la ayudara a subir al coche. El muchacho lanzó una mirada de disculpa a Terry, que le guiñó un ojo y subió después de Candy. El lacayo cerró la puerta, y el landó comenzó a andar cuando Terry se colocó en el asiento acolchado enfrente de ella.

Candy le lanzó una mirada de enojo. —¿No puedo tener un momento a solas?

—No mientras haya un loco que te ataca en los parques. No estaba bromeando cuando dije que no te dejaría alejarte de mi vista.

—Mi cochero y los lacayos no permitirían a nadie acercase a mí, y no tengo la intención de caminar por pasajes oscuros y apartados. No soy tonta y esto no es una novela gótica.

—No, yo creo que estamos en una comedia de situación, mi amor, pero eso no significa que ese hombre no sea condenadamente peligroso.

—Entonces, ¿por qué no envías a a Bellamy conmigo? Él es bastante peligroso por sí mismo.

—Porque lo necesito para cuidar la casa, en el caso de que nuestro amigo Leagan decida intentar hacerse pasar por mí. Incluso tú lo confundiste conmigo a primera vista.

—Sí, muy bien, de acuerdo—. Soltó su aliento, lo que hizo que su pecho se moviera de manera muy atractiva. —Debemos ser cuidadosos. Pero ¿la separación? ¿Por qué te has permitido decidir cuando va a terminar? ¿Por qué no me consultaste antes de avisar al señor Gordon? El pobre hombre estaba muy avergonzado.

Terry gruño. Ella estaba en lo cierto respecto a que no debía haber hecho suposiciones, ¡pero maldita sea!, estaba cansado de que todo fuera culpa suya. —¿Me consultaste tu cuando decidiste separarte? ¿Me consultaste cuando me dejaste? No, desapareciste enviándome una condenada nota. No ¡espera!, ni siquiera me enviaste la nota, se la enviaste a Ian.

La voz de Candy se elevó. —Porque sabía que si te la enviaba a ti, nunca la tomarías en serio. Confié en Ian para asegurarme de que la leerías, para asegurarme de que lo entendías. Temía que si te la enviaba directamente a tí, simplemente te reirías y la lanzarías al fuego.

—¿Reirme? ¿De qué demonios estás hablando? Reirme de que mi amada esposa había decidido abandonarme? ¿Que me dijera que no podía soportar vivir conmigo? Leí la maldita carta una y otra vez hasta que ya no veía las palabras. Tu idea de lo que me hace reír es condenadamente peculiar.

—Traté de decírtelo. Créeme, lo intenté. Pero sabía que si te enfrentaba, sólo comenzarías a hablar conmigo y me convencerías de que me quedara contigo en contra de mi mejor juicio.

—Por supuesto que lo hubiera hecho—, gritó Terry. —Te amo. Habría hecho cualquier cosa para conseguir que te quedaras, si me hubieras dado la oportunidad.

continuara...