Hola, hola, hola. Yo debería estar estudiando Psicología y estoy subiendo Pones, porque Ponesizada, la vida es más (? Olvidad eso. ¡Un Pones! *FIEFFFFFFFTAAAA*. Como veréis en el sumario no se dice casi nada *nada de nada...*, pero quiero manteneros con la intriga hasta que el capítulo 1 *tampoco tanto, eh*, excepto a Ariana que ya sabe de qué va, así que Ariana, shhhh.

Hope you like it!


Introducción.

Corre. Sus piernas se mueven tan aprisa que apenas si parecen esbozadas debajo de su pelvis, el sonido de la pana de cada pernera restregándose contra la otra en esa fricción vertiginosa.

Respira, aunque puede que no por mucho tiempo. Su pecho sube y baja, grandes bocanadas de aire entrando súbitamente en su cuerpo para salir instantes después tras clavarse en sus pulmones como cuchillos lacerantes. Cada respiración es como si en vez de alargar su vida, la acortara. Es culpa del frío. Hace demasiado frío.

Gira a la derecha, en el enésimo árbol, y el ardor de sus pulmones le obliga a parar. Su lengua está reseca y los labios ajados por el temporal, tan secos y llenos de polvo y restos de metralla que ni tan siquiera puede lamérselos para aliviar el escozor. Apoya la espalda contra un gran tronco, y se deja caer al suelo, procurando que tal movimiento no haga más ruido del deseado. Su trasero se apoya contra las ramificaciones y la maleza y sólo cuando para, puede notar las piernas como si fueran parte independiente de su cuerpo, también ardiendo por el ejercicio excesivo. Agudiza el oído y trata de calmar su respiración al mismo tiempo, colocándose una de sus manos en el pecho, obligando a este a adoptar un ritmo menor, más humano.

Ya no se oye nada. Hace minutos que no lo oye, pero sabe que están cerca, que siempre hay alguien cerca, siempre alguien detrás de cada esquina, de cada mirada comprensiva y palabra de ánimo. Siempre.

Relaja los hombros cuando se convence a sí mismo de que ha conseguido distraerlos y que ya no le siguen. Se vale de la noche que amenaza con su llegada para resguardarse de ellos, y amparado por las sombras que empiezan a engullir el bosque, saca el único objeto personal que lleva consigo. Una foto. Su foto. Apenas si es capaz de verla por esa oscuridad, pero aún puede distinguir los rasgos de su carita fina y paliducha, su pelo repeinado aunque no le gustase llevarlo así, y la sonrisa más falsa y forzada que jamás vio en nadie pero que aprendió a amar a pesar de las adversidades, una sonrisa que terminó por hacerle sonreír incluso a él.

Un instante después, ese trocito de papel está roto en miles de diminutos pedazos, y cada pedazo en otros miles más, para hacer imposible una futura recomposición. Para hacer imposible mantener vivo un recuerdo que, si no lo hace la guerra, terminará por matarle.

Y entonces, cuando se da cuenta de que ya no le queda nada, se echa a llorar.


CHANANANAAAAAA. ¿Comentarios? Sé que es cortito, pero sirve para sembrar intriga, ¿no? ¡Feliz finde!