Quien dice jueves dice viernes casi sábado, pero lo importante es acabar la historia, no cuándo (?

Este capítulo fue escrito con Crystal de Mando Diao en repetición, y gran parte del fic también, y sólo aviso de que es una canción preciosa pero muy, MUY triste, y estaría bien que la escuchaseis. Si no queréis morir en un mar de lágrimas no lo hagáis, pero hacedlo (?

Ha sido un placer escribir esta historia y compartirla con vosotras.

(Más abajo os doy un poco la lata y os aclaro un par de cosas, ahora leed, almas de Dios)


Epílogo.

El día que Danny llegó a Carolina fue el día más brillante de la historia. El sol reinaba en un cielo abierto carente de nubes, y los rayos viajaban por el aire acariciando a su paso hasta el más mínimo resquicio de vida. La luz, la inmensa y anaranjada luz que vertía sobre la Tierra era cálida, amable, y resultaba arenosa al contacto con la piel.

Extendió una mano al aire y dejó que la fina brisa del mar convirtiera su piel en un caos de emociones, contempló cómo el agua se movía oscilante delante de él, ajeno a su presencia, mientras a su alrededor la vida seguía como si al otro lado del mundo no se hubiera desarrollado por más de cinco años la peor guerra de la historia de la humanidad. La arena de la playa era clara, y el agua tan completamente azul que parecía irreal. Iba y venía, a merced de una inteligencia superior, y teñía de oscuro la orilla que bañaba. Imprevisible, imparable. Un puñado de niños de corta edad correteaban con los bajos de los pantalones salpicados por la espuma que les mojaba los pies, y sus huellas no permanecían más de unos segundas plasmadas contra los dorados granos.

Danny contempló a aquellos niños aún con el brazo extendido, las manos vacías y el corazón a los pies. Observó sus cabelleras, moviéndose rebeldes fruto de las carreras y los saltos, y sus piernas, ágiles, fuertes, el apabullante poder de sus pequeños cuerpos aún sin desarrollar. Contempló las ropas, las sonrisas, los empujones, los abrazos, las burlas, las provocaciones. Sentado en el banco del paseo marítimo, dejó que la brisa acariciara su destrozado cuerpo, y sintió que el viento curaba sus heridas, que le arrancaba años de encima. Como si fuera una falsa piel, sentía cómo ésta ardía al desprenderse de él, y no quedaba bajo ella más que el Danny que una vez soñó con volver a la playa con su familia, con poder hacerle ahogadillas a Vicky y correr junto a la orilla evitando que ella se las devolviera.

Reposó de nuevo el brazo en su regazo, y la yema del dedo pulgar se paseó por la ajada piel de sus nudillos aún sin cicatrizar. "Ojalá fuera lo único", pensó.

Un segundo después se echó a llorar.

Se dio cuenta de lo pequeño que se sentía, de lo equivocado que había estado todo ese tiempo, todos esos meses tirados a la basura, todos esos años de sufrimiento y sacrificio en vano. Se dio cuenta de que la verdadera grandeza de una persona no reside en la fidelidad a los principios o el orgullo, se dio cuenta de que al llegar la noche de nada sirve que hayas defendido una creencia si tus seres queridos no están allí para mostrarte su apoyo, para hacerte consciente de que no luchaste para nada. Mientras el mar golpeaba a aquellos niños rebosantes de vida, ajeno a su existencia, sus penas, sus lágrimas y sus remordimientos, se dio cuenta de que de nada servía haber sobrevivido a la guerra, a una de las peores guerras que conocería nunca el mundo, porque no tenía a nadie a su lado.

Miró a izquierda y derecha, y se encontró sentado solo en aquel banco, justo en el centro de las planchas de madera, como si aguardara que algún familiar se uniera a él a disfrutar de aquella vista, tan perfecta que podría ser retratada en alguna de las postales que luego comprar en una tienda de algún país europeo. Pacífica, irreal. Y sintió frío, bajo aquél sol abrasador de principios de mayo, su vello se erizó cuando extendió las manos a ambos lados del banco y nadie entrelazó sus dedos a los suyos.

Elevó la mirada de las puntas de sus desgastados zapatos, ahora cubiertos no sólo del barro de la huída sino también de arena, y clavó sus ojos azules en la línea del horizonte. Se preguntó cuánto tardaría en ahogarse si recorriera aquél mar camino a través, y si Dougie le esperaría al otro lado. El sol debía brillar tanto por algo, y la causa debía ser su enano. Debía encontrarse tras aquella línea interminable de agua azul, sonriendo con toda la fuerza de su noble corazón. Y sus ojos desaparecerían sepultados por decenas de miles de arrugitas, y su pecho convulsionaría hasta que terminara llorando de la risa. Entonces llovería, y Danny sabría que sí, que le esperaba al otro lado.

Sólo consiguió llorar con más fuerza, asustando a un par de personas que paseaban por allí.

No entendía nada de lo que ellos hablaban, apenas palabras sueltas que no significaban nada para él, y extrañó la presencia de Dougie a su lado para que le hiciera de traductor, aunque ambos terminarían profiriendo insultos en alemán a las personas con las que se cruzaran, confiados en que nadie allí supiera hablar su lengua materna.

- Aún podemos hacerlo. Mira a ese hombre.

Danny cerró los ojos, y las lágrimas, como las olas del mar, arrasaron la piel de sus mejillas creando ríos de agua salada.

Sintió la persistente brisa del mar en su cara, refrescándole, y los dedos de Dougie entrelazándose en sus dedos aún extendidos. Aún. Era la palabra que mejor definía su relación. "Aún te quiero, aún te espero, aún te perdono". Su historia estaba llena de "aún", y ahora ya no habría más.

- Abre los ojos, mírale – le pidió. Danny podía escucharle, de verdad. Aunque lo estuviera imaginando todo, aunque el Dougie al que ahora contemplaba sentado a su lado no existiera en realidad, y la sonrisa de ojos achinados que éste le mostraba sólo existiera en su perturbada mente, de verdad podía verle. Le llevaba tan adentro, le quería tanto, que no necesitaba su presencia para verle, escucharle, o sentirle. Sólo tenía que concentrarse un poco, desearlo con muchas ganas, y sería como si el enano no hubiera muerto. La culpa pesaba menos si imaginaba al risueño y vivaz Dougie que él había conocido. – Tiene las piernas arqueadas. Seguro que monta a caballo. Los americanos son muy de ir a caballo. ¿Tú qué opinas?

Danny miró al hombre. Llevaba un bañador hasta la rodilla y una fina camisa blanca que no lograba ocultar su enorme barriga. Sus piernas se arqueaban tanto que parecía que no le sostendrían mucho más tiempo.

Regresó la mirada al Dougie de su imaginación, sin añadir una palabra.

- O aquella chica – continuó él, mirando al horizonte y las personas que se cruzaban por su campo visual. – Se ha quemado las piernas. No va a poder montar a caballo. Estoy seguro de que todos los americanos van a caballo a por el pan.

- Lo siento.

Dougie apretó sus dedos en torno a los dedos de Danny, y tomó una honda bocanada de aire que supo a salitre, a sol, a vida y a perdón. A todo lo que él ya no podría disfrutar. Sonrió al cielo y asintió con la cabeza.

- Lo sé.

- Lo siento tantísimo, enano.

Apretó tanto los dedos en torno a los de Dougie que sintió que le hacía daño, pero no le importó. Ya nada de lo que le hiciera podría dañarle, y si iba a volver a perderlo cuando aquella ilusión se desvaneciera, quería absorber de él lo más que pudiera.

- No fue tan malo – dijo el rubio, sin devolverle la mirada. – No dolió.

- No mientas.

- Está bien. Dolió un poquito – rió. – Pero llegó un momento en que dejó de importarme. Sabía lo que venía a continuación, y soy feliz.

Danny sintió que algo le arañaba el pecho, físicamente, como si una garra hubiera incrustado sus uñas en su piel, carne y músculos, y la hubiera abierto de un zarpazo. Un dolor tan psíquico pero tan agudo, tan resonante en sus pensamientos, que encontró en la locura la determinación que no había encontrado en la cordura para acabar con su vida y buscar a Dougie más allá del horizonte.

- No lo hagas – le pidió el rubio, girando el cuello y clavando en él sus ojos verdes, casi amarillos bajo la luz del sol.

- No puedo seguir... No quiero... Sin ti no.

- No soy lo mejor de la vida, Dan – le dijo, y sonrió amablemente, acariciando con un dedo el reverso de la pecosa mano de Danny, un gesto sin remedio. – No sé nadar, no sé llevarme bien con la gente, me gustan los bichos, comer queso a todas horas y dormir días enteros. Vas a encontrar a alguien mejor que...

- No.

- Sí.

- ¡No quiero!

El abrazo de ambas manos se hizo más férreo, y Dougie respiró hondo de nuevo para soltar todo el aire en un largo suspiro cansado pero esperanzador al mismo tiempo.

- Observa las olas – le pidió, y Danny lo hizo. Apartó su añil mirada de Dougie y observó el movimiento de vaivén del mar. – Nos conocimos rodeados de agua, y nos despedimos rodeados de agua. Es bonito. Es como cerrar el círculo. ¿Lo entiendes? Soy como el agua. Soy Agua. Soy parte de ti, estoy dentro de ti, pero no puedes atarte a mí, simplemente no puedes. Puedes malgastar energías, puedes perder toda tu vida intentando buscarme, venir conmigo, convertirte en agua como yo, pero nunca estaremos más cerca y más unidos de lo que lo estamos ahora. Ni siquiera aquél día en el granero, bajo el cielo de estrellas del Polo Norte. Ahora estoy en ti, recorriendo tu sangre, tu cerebro, pero tienes que aprender a dejarme marchar. El agua estancada se pudre, y no quiero que te pudras conmigo.

- Pero no puedo... – tuvo que morderse la lengua, observando cómo las largas pestañas rubias de Dougie aleteaban al aire, para poder continuar hablando. – No sé cómo hacerlo...

- Déjalo ir. La ira, el arrepentimiento, la culpa. Deja que todo se vaya.

- Pero te irás con todo ello.

- Pero soy Agua, Danny. Una vez me salvaste de no morir ahogado, ahora tienes que ser tú quien me ahogue. Ahoga mi dolor, y mis gritos, y todo eso que escucho ahora en tu cabeza. Ahoga aquella noche, y los recuerdos que dejó en ti. Hemos vivido mucho más que aquella horrible noche. Hemos vivido meses juntos, y te he querido como a nadie. Tienes que recordar eso, todo lo que me mantuvo contigo, no la única cosa que me alejó de ti. Recuerda el día de las naranjas en la despensa bajo la escalera, o el picnic en el salón hablando de mi tía. Recuerda el lazo rosa, las gallinas, o lo grande que me quedaban tus pijamas. ¿No te parecen motivos de peso? Recuerda que habría muerto mucho antes si no hubieras cuidado de mí, o que no habría soportado Nuremberg si no hubiera sido porque tu recuerdo me mantuvo vivo, me hacía seguir adelante. Tienes que quedarte con lo bueno, con las miles de veces que me reía de ti, de tus payasadas, de los ruiditos que hacías cuando hacíamos el amor o de las veces que me dejabas sin respiración al hacerme cosquillas. Yo de ti sólo me llevo lo bueno.

- ¿Aunque lo malo pese más?

- El amor es eso, ¿no crees? Anteponer lo bueno a lo malo, la felicidad del otro a la tuya. Dijiste que te antepondrías a una bala por mí, porque me querías. Lo que no imaginaste nunca fue que yo también lo haría por ti.

- No tendrías que haberlo hecho.

- Es un poco tarde para eso, ¿no crees?.

Una nueva ola rompió contra la orilla, y empapó de lleno a los niños que correteaban demasiado cerca. Durante un segundo se mantuvieron estáticos, como si se hubieran convertido en estatuas, y al segundo siguiente estallaron en estruendosas carcajadas, con el pelo pegado a la cara y las ropas al cuerpo, y siguieron corriendo como si no tuvieran otra cosa que hacer que disfrutar de aquel momento.

- Este era el lugar – dijo Dougie, y Danny siguió el sonido de su voz porque ya no estaba a su lado. Su mano había dejado escapar la suya en un largo suspiro y ahora se encontraba de pie frente a él, tapando figuradamente el sol que incidía de lleno sobre sus ojos añiles. – Este era el lugar que había en mi cabeza cuando me imaginaba a salvo y feliz a tu lado.

- ¿Cómo sabes que era éste?

- Porque el mar es del mismo color que tus ojos. Y mirarte a los ojos siempre me dejó sin respiración.

Danny parpadeó repetidas veces bajo la luz abrasadora del sol, y contempló las olas. Más allá de la primera línea de la playa, de la espuma y los gritos de los niños, más allá, el mar era de un azul imperturbable, sereno y aterrador. Inmenso, como si no tuviera fin. Como un gran manto, y comprendió en ese momento que Dougie no tenía miedo al agua, sino a su magnitud, su magnificencia. Y así se sintió él, como debió sentirse el enano aquél día de verano en que estuvo a punto de ahogarse y alguien se tiró al agua a salvarle. Se sintió salvado, salvado del mar de lágrimas que oleaba en su pecho y estallaba contra sus lacrimales, salvado de una vida de remordimientos y arrepentimientos, y cuando su rostro accedió de nuevo a la superficie y respiró aire otra vez, el recuerdo de Dougie se fue desvaneciendo poco a poco.

- Perdóname por abandonarte. Te dejé allí y...

- Era sólo un cuerpo, Dan – le consoló, aunque parecía sincero. – Un cuerpo muy bonito, lo admito, pero sólo era eso: un envoltorio. Lo que ves ahora es lo que realmente soy. Y mira, ahora no tengo cuerpo y sigues queriéndome como siempre.

- ¿Cómo puedes ser feliz? – le preguntó, haciendo referencia a algo que el mismo Dougie había dicho minutos atrás. - ¿Cómo?

- La muerte no es lo peor que podía pasarme, pecoso – dijo, tan seguro de sí mismo que ya no aparentaba diecisiete años, sino muchos más. Miles. Milenios. El aplomo de un alma que ha encontrado la calma y ya no tiene nada que perder. – Y puedo ser feliz porque tú estás vivo, porque lo hiciste. Te salvaste. Estás aquí, y respiras. Y sé que me echas de menos, y que querrías que estuviera a tu lado, y que te costará superarme y seguir con tu vida, pero sé que lo harás, porque ya lo has hecho antes. Eres un superviviente, y yo sólo soy un capítulo, uno muy largo y muy triste, pero no soy toda tu vida.

- Sí que lo eres.

- Lo sé, sólo quería oírtelo decir.

Ambos rieron, y la imagen se difuminó tanto en el aire que casi se la confundió con un rayo de sol.

- Busca a Tom – añadió, como una orden. – Recupera a tu familia, que vean que eres valiente, que sobreviviste, y que nunca viviste de rodillas. Estoy muy orgulloso de haberte conocido.

- ¿Puedo hablarle de ti?

- Sé que lo harás.

Danny rió, con las marcas de las lágrimas aún frescas en sus mejillas, con su chata nariz enrojecida por el llanto, con el pulso tembloroso por las emociones, rió al viento y el viento se llevó su risa, en un bucle rizado ascendiendo hacia el cielo, y tanto la risa como Dougie desaparecieron para siempre, convertidas en aire, en luz y en vida.

- Te quiero, enano.

Se lo susurró a la nada, y escuchó la cantarina risa de Dougie junto a sus oídos, retumbando en su cabeza, y supo que, allá donde ahora estuviera, le había escuchado.

Abandonó aquél banco cuando el sol empezó a ponerse. La piel no le quemaba por la exposición a los rayos, pero supo que debía levantarse e ir en busca de su familia porque era todo lo que le quedaba en el mundo. Y se dio cuenta de que aún seguía siendo afortunado. Se arrepintió de enfadarse con Tom cuando abandonó Alemania y se mudó a Carolina porque le dejaba solo; si no se hubiera ido, ahora probablemente no le quedara nadie.

Se puso en pie y extendió las rodillas para desentumecerlas, resintiéndose todavía de la herida de bala de la pierna, y se ayudó de la muleta de madera que aquél pescador le había entregado horas después de subir al barco.

Escuchó los últimos gritos de los niños, disfrutando de los últimos minutos en el agua, y observó a las madres persiguiendo a críos de cinco años con una toalla en la mano para que se secaran el pelo. Sonrió, miró las puntas de sus zapatos, y buscó la casa de Tom.

Mientras paseaba por entre las calles y observaba su arquitectura, se hizo partícipe de las múltiples diferencias que aquella ciudad guardaba con Munich. El tipo de edificaciones, el empedrado e incluso la iluminación o los buzones eran distintos. Un tipo de vida nuevo y distinto, ideal para superar el anterior.

Llegó frente a la puerta cuando el reloj de su muñeca indicaba las seis y diecisiete de la tarde, y sintió que estaba frente a un espejismo.

Se sabía aquella dirección de memoria, había memorizado obsesivamente el número de la casa de su primo, y ver aquellos cuatro dígitos clavados a la madera del marco de la puerta hizo que las piernas le fallaran.

¿Y si no le reconocían? ¿Y si después de seis años ya no querían saber nada de él? ¿Y si habían muerto a pesar de todo y allí vivía ahora otra familia? ¿Y si le culpaban de la muerte de su hermana y su madre y no permitían que se quedara con ellos? ¿Dónde iría entonces?

Dio un paso atrás, y se mordió compulsivamente las uñas, algo que Dougie odiaba porque luego no podía hacerle cosquillitas en la espalda antes de dormir, así que metió la mano libre en el bolsillo. El reloj parecía pesar una tonelada dado que era el único objeto personal que llevaba consigo, y sintió que la correa le quemaba contra la piel, como si el espíritu del enano se hubiera apoderado de él y le exigiera que siguiera adelante.

Respiró hondo y tocó al timbre dos veces. ¿Cómo estaría Tom? ¿Habría cambiado mucho? ¿Seguiría siendo el mismo chico noble y amable que él quería o el exilio le habría convertido en otra persona? ¿Tendría novia? ¿Seguiría vivo su gato?

Escuchó una voz familiar al otro lado de la puerta y se dio cuenta de que ésta no tenía mirilla. Tampoco había entendido qué había dicho quien quiera que hubiera al otro lado ya que seguía teniendo las mismas nociones de inglés que una semana atrás, es decir, no las suficientes ni para sobrevivir, pero contestó lo que sólo se podía contestar en esos casos, a pesar de pensar que le observarían antes de abrir y que no tendría que hablar ni explicar nada, pero se aclaró la voz y cuadró los hombros, recordando.

- Cabo Williams, mi señor.

Ahogó una risa.

Y la puerta se abrió inmediatamente.

Antes de que estallara, a los niños les gustaba mucho jugar a las guerras. También a ellos dos. Tom siempre se pedía al general y se ponía diversos nombres cada vez que ganaba una batalla. Decía que no le gustaba acumular éxitos bajo un mismo apellido porque el poder podía subírsele a la cabeza, pero Danny siempre era Cabo Williams, nunca ascendía de rango porque Tom no se lo permitía y moría casi siempre en la primera batalla. Mandaban una medalla a su familia reconociendo el honor del soldado muerto y él se llevaba todas las condecoraciones. No eran batallas muy justas, pero la vida tampoco lo era.

Por eso, cuando Tom escuchó aquél nombre al otro lado de la hoja de madera, se dejó los dedos en abrir la puerta y sintió que, como Danny, lo que tenía delante era sólo un espejismo.

- Me merezco un ascenso después de tant...

Ni siquiera le dejó continuar. Salió de la vivienda y se abalanzó sobre él como un felino sobre su presa, y con la misma fuerza que uno de esos mamíferos, abrazó a su primo como si estuviera defendiendo su vida del rey de la selva.

Danny apenas tuvo tiempo de advertir que su primo Tom estaba más moreno, y su pelo rubio tenía una tonalidad distinta a la que él recordaba, seguramente por culpa de la exposición al sol y el efecto del agua salada del mar. No tuvo tiempo de advertir que estaba muy alto, tanto como él, que su hoyuelo seguía presente en su mejilla izquierda, y que el color castaño de sus ojos seguía siendo tan puro y bondadoso como siempre.

El abrazo se prolongó por mucho tiempo, fuerte, casi doloroso, recuperando todo lo que habían perdido durante aquellos seis años, y Danny se echó de nuevo a llorar. Porque estaba en casa, aunque su alma estuviera perdida, su cuerpo volvía a tener un hogar, y sabía que con Tom a su lado, podría afrontar de una manera más positiva la pérdida de toda su familia y de la persona a la que más quería en el mundo, porque Tom aportaba eso. Hacía la vida más fácil, más luminosa, hacía que valiera la pena vivirla.

- Seis años – oyó que decía el rubio, aún apretado contra su hombro. – Seis años, Cabo Williams, seis años...

- Prometió que sería una batalla corta – dijo Danny, y se separaron para mirarse. – Y como no volvía, he venido yo a por usted.

- Te he echado mucho de menos, primo – confesó Tom por fin.

Y esta vez lloraron los dos.

El interior de la casa era cálido, acogedor y se respiraba el toque de la madre de Tom allá donde miraras. Todo era agradable, todo estaba limpio, y todo olía bien. Incluso sintió pánico de sentarse en el sofá por miedo a ensuciar el tapizado con sus pantalones, pero no tuvo opción a réplica. Tom le obligó a sentarse, le trajo un vaso con limonada fresca y espero a que lo bebiera para empezar a hacer preguntas, pero Danny se le adelantó.

- ¿Dónde están los tíos?

- Han ido al mercado. Se van a morir cuando te vean aquí, Dios mío, les va a dar algo.

Danny sonrió pesaroso, y dejó el vaso en la mesita del té. Quería otro, y quizá algo de comida. No había comido nada en varios días y hacía años que no probaba la limonada, pero abusar de la hospitalidad de Tom y su familia después de seis años sin verse le parecía indecente.

- ¿Dónde están Vicky y los tíos? – preguntó entonces el rubio, y Danny elevó hacia él una mirada rota. - ¿Has venido solo?

Lo había hecho, pero no respondió. Dejó que el silencio hablara por él y que Tom entendiera que si no estaban allí en ese momento, no lo estarían nunca. Y Tom lo entendió. Tom siempre lo entendía todo.

- Oh – musitó, y la sonrisa desapareció de su rostro. – Bueno, lo importante es que tú estás vivo, y estás aquí.

- Y respiro – dijo él, tal y como le había dicho Dougie.

- Estás más pecoso que cuando eras pequeño.

Se echaron a reír, y siguieron riendo durante horas y horas hablando de lo que había acontecido en sus vidas durante todos esos años. Tom había estudiado, y seguía estudiando, y había una chica que le quitaba el sueño, y su gato Marvin estaba más gordo que la mitad de la población alemana porque comía todo lo que encontraba. Y Danny le habló de Vicky, de lo buena enfermera que fue, de sus sueños de grandeza en Hollywood, y de que era, sencillamente, la mejor hermana que nadie hubiera podido desear; y de su madre, de su lucha, de su fuerza para superarlo todo. Su voz se rompió recordando la noche de los cristales rotos, su noche de los cristales rotos, y todo lo que aconteció en ella, e inconscientemente comenzó a acariciar la correa del reloj porque sentía a Dougie en ella, su mirada de reptil y el tacto cálido de su cuerpo.

Tom lo advirtió.

- ¿Y ese reloj? – exclamó. Tomó su muñeca y la acercó a sus ojos para apreciar el ejemplar que colgaba de ella. – He visto alguno que otro en la Universidad. Sólo los profesores pueden permitírselos. ¡¿LO HAS ROBADO?! ¿O me mentías en las cartas y en realidad hicisteis una fortuna?

Danny no pudo evitar reír. Había echado mucho de menos la veloz mente de Tom, pero negó con la cabeza y recordó el momento en que Dougie se lo dio, y que más tarde le dijo que lo llevara siempre con él.

- Es un regalo de alguien a quien conocí.

- ¿Un regalo? Pues debía quererte mucho para regalarte algo así.

- Eso decía...

Sonrió para sí mismo, y sintió que Dougie le pegaba un codazo y soltaba un "eh" indignado para después hacer un puchero. Danny le miró, viéndole nítidamente en el fondo de su mente, límpido como el día, pero intangible como el aire, como un sueño lejano. Tom también se percató de aquello, y no añadió nada. Sabía que Danny había perdido a su familia y a muchos amigos, no era de extrañar que también hubiera perdido un amor.

- Algún día te hablaré de él.

- ¿Él? – inquirió Tom con la duda en la voz.

- Era un chico – confesó. – Te habría caído bien.

- ¿Te quería?

No fue una pregunta curiosa, si no protectora. Que estuvieran separados no significaba que hubiera dejado de preocuparse por él, y no quería que saliera herido de una relación amorosa, pero cuando vio cómo Danny asentía sin decir una palabra, se percató de que era algo más que eso. Lo que su primo hubiera tenido con aquella persona no se trataba sólo de amor. Lo había sido todo. Y ahora él estaba roto.

- ¿Y tú? ¿Le querías tú?

Se miraron durante un segundo, y la conexión sólo se rompió cuando Danny descendió sus añiles ojitos a la esfera del reloj. Las nueve menos doce minutos. Pensó en qué respuesta darle a su primo, porque no sólo le quería. Dougie era algo más. ¿Cómo se le llama a alguien que da la vida por ti? Pero a alguien que la da de verdad, no sólo de palabra. ¿Cómo se llama a alguien que se interpone entre una bala y tú y muere entre tus brazos riendo mientras tose sangre y las lágrimas ruedan mejillas abajo y aún así, aún muriéndose en tus malditos brazos, te dice que te salves y que luches? ¿Cómo se le llama a una persona que se enfrenta a su padre, a la guerra, a las bombas y a sus poderosos miedos internos sólo para que seas feliz? ¿Cómo se le llama a alguien a quien le has dado hasta el átomo más pequeño, ridículo, insignificante y moribundo de tu maldito ser? ¿Qué nombre se le pone a alguien que vive por ti, muere por ti, y aún así no te guarda un ápice de rencor? ¿Cómo se le llama a alguien que estará para siempre, y siempre es mucho tiempo, enraizado en el fondo de tu alma, mente y corazón? ¿Existe siquiera un nombre para ello?

Aquella tarde-noche en que Danny pisó por primera vez en su vida Carolina del Norte y recuperó a su familia, sentados en el sofá de un salón en una casa cualquiera de una calle cualquiera en un país que no sufría bombardeos a cada hora, ni fusilaba a judíos en los callejones, Tom le preguntó a su primo si se había enamorado de aquél chico, y si este le quería. Y Danny sonrió. Sonrió durante toda su vida mientras sacaba adelante su negocio, su propia relojería bautizada con el nombre del único hombre al que había amado. Sonrió mientras su cuerpo sufría los achaques de la edad y su pelo se volvía cano y escaso en su cabeza. Sonrió mientras vivía una vida pacífica y ajena a las guerras y conflictos que mantuviera el mundo en su constante egoísmo y búsqueda de poder. Jamás se interesó por el final de la guerra, ni por el estado en que ésta había dejado a su país, a su ciudad o su casa. Había vivido demasiadas batallas, y las desterró de su mente aquél día, ante aquella pregunta. Sonrió durante toda su vida recordando la pregunta que Tom le hizo aquella noche. Sonrió porque siempre vio a Dougie en el fondo de su mente, en sus eternos diecisiete años, aunque él ya contara treinta y seis, cincuenta y cuatro, setenta y ocho o sus últimos ochenta y dos años. Siguió viendo sus ojos verdes de herpetólogo en el fondo de su corazón, siguió escuchando su risa durante todos los días de su solitaria vida, y siguió ignorando los intentos del enano porque rehiciera su vida y buscara la felicidad junto a otra persona.

Por eso, cuando aquella tarde Tom le preguntó si quería a Dougie, Danny sonrió.

Pasó toda su vida solo, pero nunca estuvo en soledad. Porque Dougie era agua, y estaba dentro de él.

Sonrió a su primo, acarició la correa del reloj, y entre unas lágrimas que eran de la más pura tristeza y la más pura felicidad al mismo tiempo, le dio la respuesta más sincera que pudiera haberle dado.

- Era toda mi vida.

Porque Vicky se lo dijo: la vida ya te pone bastante la zancadilla como para encima hacerla más difícil nosotros mismos. Era complicado encontrar el amor en los tiempos que corrían, pero él lo hizo. Un amor que pudo ser muchas cosas, pero sobre todo fue real. Y si ya había encontrado el amor verdadero una vez, todos los demás serían únicamente para olvidar el primero o intentar cubrir la pérdida. Nadie se merece un amor por caridad, y él no lo quería. Había tenido a Dougie, y nadie más que él podría saber cuánto había significado eso para él.

Sólo quiso a un hombre en toda su vida, y eso fue más que suficiente.

- Fin -


Bien. Así es como se dice adiós a una historia.

Ahora un par de cosas:

1. A lo mejor queda un poco fuera de lugar el comienzo del epílogo, eso del fantasma de Dougie, pero necesitaba que se despidieran como Dios manda y con Dougie muerto era eso o la ouija, y no sé si en los 40 se había inventado todavía. A parte, creo que no ha quedado del todo mal y explica un poco a dónde va el alma de Dougie cuando su padre lo mata, que no es a otro lugar que con Danny. Es una manera de explicar que muere, pero seguirán juntos a pesar de todo.

2. En un inicio esto no acababa así. En un inicio os hablo de mayo del año pasado, cuando empecé esta historia. Dougie y Danny se conocían pero no se enamoraban, no mutuamente. Danny sí. Dougie a lo mejor, pero sólo un poco, no lo suficiente como para dar su vida por él. En la idea inicial, Dougie traicionaba a Danny y a su familia, y Gary y Harry masacraban a todos en aquella casa (eso lo dejé intacto, lo siento). Danny conseguía huir después de arreglárselas para que Dougie pereciera también con su familia, y durante su huída hacia el puerto de Hamburgo (el prólogo y el capítulo 30), rompía la fotografía de Dougie porque se había enamorado de él y no podía soportar saber que toda su familia estaba muerta por su culpa, porque había sido nacionalsocialista hasta el final y ahora no le quedaba nada por haber confiado en él. No sé cuál de las dos variantes, si esta o la que terminé escribiendo, tenía más drama, pero no podía hacer que Dougie hiciera eso. Habría sido interesante, pero prefería explorar las dudas que el enano ha ido teniendo sobre qué hacer en la vida, si ser feliz o contentar a su padre. Y creo que no ha quedado muy mal, ¿no?

3. Este fic existe porque una noche me aburría, me puse a hacer zapping en la tele y encontré una película en un canal regional que trataba sobre la Segunda Guerra Mundial. Se llama "Nicht alle waren Mörder", "Marcados por el Tercer Reich" en castellano, y aunque no tiene nada que ver con la historia que yo he creado, fue una chispa para decirme a escribir algo con lo que llevaba AÑOS queriendo escribir. Pones han sido la excusa perfecta para tocar esta época histórica y lo que ocurrió durante esos años.

4. Por supuesto, no soy historiadora ni filósofa ni nada de eso, y si alguna vez habéis visto algún párrafo hablando de política, ideología o ramas similares, que sepáis que lo he hecho lo mejor que he podido con los medios que he tenido. Me he informado y he intentado que la historia quedara coherente en la medida de lo posible. Si hay alguna errata (que seguramente la haya), o algo similar, disculpas de antemano. (Pero vamos, que para ser un fic creo que me ha quedado jodidamente bien, adiós la modestia. Jé.)

5. Prometo que el fic no iba a ser tan empalagoso, pero no me puedo resistir a un buen Pones trágico y lleno de algodón de azúcar.

6. Estoy orgullosa de la historia, aunque no sea políticamente correcto decirlo. Creo que es algo casi digno de ser leído, independientemente de que sea relacionado con McFly, porque llegó un momento en que para mí ya no eran Danny y Dougie de McFly, sino míos, personajes que yo había creado, con las vidas que yo les había dado. Espero haber transmitido bien eso. (Y no podía acabar el fic sin que Tom hiciera su aparición estelar, jé).

7. Y lo último: este fic tiene una banda sonora enorme, pero os recomiendo algunas canciones porque puedo y porque no deberíais morir sin escucharlas (y para que sintáis un poco lo que sentía yo al escribir si releéis esta historia): La anteriormente mencionada "Crystal"de Mando Diao, "Not With Haste" y"After The Storm"de Mumford and Sons, "Vampire Kiss"de John Gold, "Wings" de Birdy, "I know you care"de Ellie Goulding (Sí, me gusta, qué pasa), "The Memory"de Mayday Parade, "Make you feel my love"versión Adele, y por supuesto, la canción que da nombre a la historia, "Somewhere Only We Know"de Keane.

Gracias a todas las que se pasaron por aquí en algún momento, a las que leyeron algo y no acabaron, y cómo no, a las que habéis llegado hasta el final.

No sé si esta historia estará mucho tiempo aquí, porque como todas, probablemente llegue un día en que acabe borrándola, pero sabéis dónde encontrarme si queréis volver a leerla.

¡Un placer y que tengáis una buena vida!

Xx