Cuentos para dormir.

"Ceniciento"

¡Buenas, buenas! Finalmente llegamos al último cuento ¡El de Erza! Y no saben cómo se viene… Aunque no es el último capítulo del fic, el que viene será una especie de epílogo, cortito. Les agradezco muchísimo todo el apoyo que me dieron y espero que, te todo corazón, se hayan podido transportar a ese lugar tan maravilloso que dejamos sin quererlo: la infancia. Bueno, antes de que me ponga más sentimental y les mande un discurso digno de un drama de teatro (¿?) los dejo con la pelirroja, que ansiaba mucho contar su cuento.

Cenicienta no me pertenece, es un hermoso cuento infantil donde a todas las niñas nos enseñaron que podíamos ser princesas, no importa de dónde vengamos (aunque les digo la verdad, en cuestión de películas adaptadas de Disney, a mi me gusta más Cenicienta 2. Es como más, no sé, cálida).

Hagan silencio que se apagan las luces…. Espero que lo disfruten…

OoOoOoOOoOoOoOoOoO

El reloj daba las 5:01 a.m.

¡¿Ya eran las cinco de la madrugada?! ¡¿Cuándo corchos había pasado tanto tiempo?!

Si hacia nomas que cinco minutos atrás eran las doce de la noche… Bisca suspiró cansadísima, ignorando el terrible griterío de rugidos de leones –y leonas, cabe destacar- que se mezclaban originando un interminable eco. Dentro de poco, dejarían el palabrerío y empezaría la acción, por eso había decidido mantenerse a raya de la situación. Le parecía raro que su esposo decidiera unirse a la banda de psicópatas, que tendrían que estar en un manicomio ya, pero entendía una cosa: el hambre volvía loco a cualquiera y claramente Alzack no era la excepción.

-¿Mami, la tía Erza no va a contarme el cuento?

-Claro que lo hará pequeña –le acarició la cabeza con dulzura. Todavía aun se sorprendía de lo normal, o anormal, que Asuka era; ni se le inmutaba un solo pelo del susto con todo lo que pasaba- Sólo hay que dejar que termine sus… -miró a la pelirroja de refilón- …Sus cosas y ya.

Su hija asintió satisfecha con la respuesta y siguió jugando con su cabello.

El problema era cuánto tiempo tendrían que esperar. Había que analizar la situación con suma delicadeza y observar el paisaje con atención. Desde que la lucha por conseguir comida había comenzado, las situaciones habían cambiado considerablemente rápido. Y Bisca estaba preocupadísima. Si las cosas seguían marchando como hasta esos momentos, Fairy Tail se convertiría oficialmente en un gremio caníbal –aunque claro, si seguían gritándose como animales salvajes en plena etapa adolescente, no estaban tan lejos de lograrlo

Oh, ¿Y por qué oficialmente? En ese lugar, el hambre podía llevarlos a la locura en cualquiera momento, nadie era inmune a nada, ni siquiera el más sensato. ¿Ya mencionamos que la comida era sagrada, no? Bueno, ese terror a volverse caníbales se debía básicamente a una singular y peculiar experiencia…

Todos recordaban con horrible detalle la vez que Magnolia estuvo tapada por la nieve aquel invierno. Como todas las casitas alrededor, el gremio quedó hundido bajo la capa blanca y nadie podía lograr salir o entrar, absolutamente nadie. Al principio, no le dieron mucha importancia a tal asunto, considerándolo trivial, ni entraron en pánico. Había comida, bebida, música y ganas de charlar. Pero a medida que el tiempo fue pasando y los objetos de primerísima necesidad iban escaseando, el pánico los fue envolviendo con sus garras poco a poco, sin que se dieran cuenta que estaban al borde del colapso.

Se desató la locura cuando Cana descubrió que ya no había más cerveza en sus tantísimos barriles y alucinó con que Macao era una botella parlante que la saludaba invitándola a tomar. Al principio, el hombre pensó que la alcohólica estaba bromeando, pero cuando Cana intento exprimirlo para sacarle el "líquido de su interior" todos supieron que algo andaba mal, terriblemente mal –ya de por sí la imagen era traumática.

La anarquía reinó en seguida –mucho más rápido de lo que cualquiera se hubiera imaginado- y todos comenzaron a querer comerse entre todos. El apocalipsis se había desatado por fin en Fairy Tail. Muchos se agruparon en pequeños grupos, al mejor estilo de las tribus que habían habitado Fiore en el pasado lejano, y comenzaron con su delirio de conseguir comida: cualquiera que tuviera un poco más de carne de la necesaria se transformaba automáticamente en un pedazo de carne, pollo o, incluso, pescado. Las presas, aterradas, se unieron en una resistencia algo… pésima, aunque aguantaron todo lo que pudieron.

Lucy aun recuerda con espantoso terror la mirada desorbitada y empalagosamente lujuriosa que Natsu y Happy –sobre todo- le habían dirigido cuando la atraparon, con tenedor en mano, dispuestos a freírla y comérsela de un bocado. Si alguien ajeno al gremio hubiera presenciado tan terrible escenario, seguramente hubiera creído que se trataba de una filmación casera –y de muy mal gusto- para una película de terror, reparando en su error cuando Juvia o Gajeel, o alguno de los demás miembros, comenzara a perseguirlo con cuchillo y babero.

Cuando los rescatistas llegaron, no podían creer que ese era el mismo gremio de siempre. Incluso el Maestro Makarov había enloquecido: con taparrabos y todo, se creía el rey de la pequeña tribu "Rayo", que se disputaban al "chanchito y apetitoso Droy" –tironeándolo de los brazos y las piernas- con la tribu "Espada-Hielo-Fuego", liderada por una Erza también en taparrabos, como si el mundo fuese a acabarse. Además de la terrible vergüenza que les cayó encima cuando recobraron la conciencia y los rumores de lo caníbales que eran, que se esparcieron por todo el país, cuando los rescatistas habían llegado ni siquiera habían pasado veinticuatro horas. Definitivamente, había sido una experiencia horrible, que nadie podía siquiera mencionar.

Y Bisca seguía sin creer que al parecer, nadie podía recordar aquella terrible experiencia. Sobre todo, los hombres.

Hacía diez minutos atrás, Natsu estaba hecho una fiera destructora de hogares, amenazando con que terminaría rompiendo lo último que quedaba de escenario si no le daban más comida inmediatamente; en cambio, ahora, parecía un gatito de dos meses asustadizo, escondiéndose detrás de Lucy y evitando a toda costa la mirada de Erza (así es, el niño todavía no había aprendido que con la pelirroja NO se juega).

Gray también era un caso especial. Al igual que Natsu, se había hecho el guapo en varias ocasiones. Incluso –aunque JAMAS de los jamases lo admitiría en voz alta- había estado tentado a pedirle a Juvia con toda la amabilidad del mundo –y usando sus artimañas masculinas bien pulidas- que le cocinara algo, lo que fuera, no importaba si tenía su cara o cualquiera parte de su anatomía (Así es, cualquier parte de su anatomía, si saben a lo que me refiero). Sin embargo, como él sí tenía neuronas y sabia usarlas, lo pensó dos veces antes de hacerlo. Llegó a la conclusión de que si le decía apenas la primera letra de su nombre, la maga comenzaría a delirar diciendo cosas que aterrarían hasta al más valiente hombre. Y lo dejó ahí. Prefería morirse de hambre, por ahora.

Gajeel era otro tema. Uno de los temas principales de la discusión del siglo era quién estaba dispuesto a cocinar. El alegaba que no tenía ninguna clase de problema en hacerlo, lo había hecho muchísimas veces y nadie tendría que preocuparse, no quemaría ni rompería nada –insistía, las malas influencias en cuanto a romper y quemar no provenían de su interior, sino del exterior, y tenían cabello rosa. Claro que Lily aclaró que su comida apestaba -¿Quién en su sano juicio era tolerante al metal? ¡A cualquiera se le romperían los dientes!- y que si querían terminar comiendo chatarra era su problema. Todos lo pensaron y lo descartaron en seguida, de manera cruel y despiadada.

Ahora el Dragon Slayer de hierro no sabía a quién asesinar primero: si a su gato, por difamador, al resto, por no darle una mínima oportunidad de probarse a él mismo, o a su estómago, que no lo dejaba pensar con tranquilidad. Parecía una caldera a punto de estallar, hasta se le podía notar el humo saliendo de sus orejas y su nariz. ¡Ni siquiera la enana lo había apoyado!

Elfman también era un tema. Todos pensaron que al provenir de una familia de cocineras –Mirajane y Lissana eran como dos diosas del Olimpo en la cocina; Hermanas Strauss Rules- él sabría manejar a la perfección los utensilios de cocina y los ingredientes. Nada grata fue su sorpresa cuando descubrieron que no tenía habilidad alguna ni para esto ni para lo otro y casi que quisieron hacerlo a la parrilla. Si no hubiera sido porque Evergreen prometió que le daría su debido castigo –que casi todos mal interpretaron, en especial Erza- ahora mismo estarían comiendo Elfman a la parrilla con ensalada de tomate y huevo (aunque a muchos esa idea se les hacía por demás tentadora).

Increíblemente, Alzack también participaba activamente en la discusión. Alegaba que como padre de familia, la comida tendría que estar a su disposición de inmediato, y más de uno saltó en respuesta refutándole que nadie era prioridad de nada a la hora de comer. Y así, cuanto más tiempo pasaba, más difusa se hacia la discusión, y las ramas de los temas se iban bifurcando indefinidamente. El único que no omitía opinión del bando masculino, era Jellal. Ya había aprendido que era suficiente con intentar terminar todo de una vez, para no volver a intentarlo. Otra experiencia horrible dentro de las paredes del gremio, aunque esa era otra historia.

De hecho, el mago de celeste cabellera estaba a punto de sugerirle a Bisca y a Asuka irse a pasear por ahí –por unas dos o tres horas, o más- lo más alejados del gremio posible, cuando reparó en un pequeño y minúsculo detalle, que nadie antes, ni siquiera la madre y la hija, habían notado: los dos mininos no estaban por ningún lado. Extrañado, buscó con la mirada por todos los recovecos del gremio, y cuando sus ojos no fueron suficientes para cubrir el terreno, decidió levantarse y ponerse a investigar. Total, nadie iba a prestarle la más mínima de las atenciones.

Con pasos pausados y con toda la paciencia del mundo, comenzó a recorrer el gremio, buscando minuciosamente. No se sentía solo, para nada. Porque a pesar de estar o en la biblioteca o afuera revisando las piletas, los gritos incontrolables de todos le daban la sensación de estar acompañado. Como si hubiera prendido algún equipo de música o la radio y los murmullos se escucharan de fondo –aunque claro, ni el equipo de música ni la radio te asesinarían si les das la espalda o no los vigilas con cuidado.

Cuando revisó todo el lugar con atención, sin perder ni un solo detalle, no supo que más hacer. Los felinos desaparecidos no estaban por ningún lugar y, que él supiera, jamás se perderían el ultimo cuento; no cuando habían disfrutado tanto de los anteriores. Además, sospechaba que ni Happy ni Lily querían que sus cabezas rodaran -o que algún infortunado accidente les ocurriera- por no haber estado en un cuento de Erza. Pensó unos segundos, en el medio de la entrada, analizando si algún lugar le había quedado sin revisar. Visualizó una lista mental, y la recorrió rapidísimo, tanto como sus capacidades le permitían.

Cuando… ¡Ajá! ¡Le había faltado revisar el almacén de comida! Dando la vuelta –ni se le ocurría volver a entrar para pasar a través del círculo del infierno- intentaba encontrar una razón por la cual había evitado, a propósito, pasar por aquel lugar. Quizá era porque todo ese asunto de la comida y la discusión en torno a ella le traían, ejem, ciertos recuerditos algo vergonzosos que prefería olvidar. Si hasta el día de hoy que no podía quitarse de la mente la manera en cómo Erza lo había mirado cuando se habían quedado atrapados por la nieve. De sólo recordarlo, le daban escalofríos.

Si Lucy y la "Resistencia" no lo hubieran rescatado…

Se golpeó ligeramente los cachetes y siguió en su búsqueda. Cuando finalmente llegó a las puertas del almacén pegó su oreja contra este, intentando aislar los molestos sonidos que provenían de afuera para concentrarse en los de adentro. Si no lograba eso, los del Consejo habían sido bastante idiotas al darle el título de "Mago Santo". Tal fue su sorpresa –o quizá no tanta- que escuchó unos murmullos muy familiares y no pudo evitar sonreír ligeramente. Si alguna de las bestias que estaban afuera se enteraban que los gatos se habían encerrado para comer solos la poca comida que restaba… ¡Bye, Bye, amiguitos!

Quiso jugarles una broma, pero dada las circunstancias –no quería ser el responsable de la muerte de dos inocentes animalitos- prefirió evitarlas. A diferencia del resto de los magos de su gremio, él tenía bastante criterio a la hora de discernir entre el bien y el mal (aunque eso suene algo irónico proveniente de alguien como él. No lo negaba, en el pasado no había tenido criterio, pero ¡vamos! Era en el pasado, ahora se podía discutir). Sin ganas de ocasionar ningún mal, tocó la puerta y casi al instante la abrió. La cara de pánico que pusieron los dos felinos casi ni se comparó cuando su rostro se deformó de la risa que caía en forma de agua.

Happy y Lily se echaron un suspiro cuando descubrieron que no se trataba de nadie que quería colgarlos por haberlos encontrado in fraganti, sino el buenazo de Jellal. Escupieron la comida que se habían puesto en los cachetes como último deseo y decidieron seguir platicando sobre qué pescado podía rivalizar con el kiwi de las zonas caribeñas de Fiore, que era una terrible exquisitez. Aunque estaban algo disgustados por el terrible susto, el mago podía amenazarlos con contarle todo a todos, y las cosas estaban bien así. ¿Para qué echar leña al fuego innecesariamente?

Pasado el ataque de risa, Jellal miró con detenimiento el lugar, descubriendo otra cosa más: ¡estaba repleto de comida! Nada parecido a lo que había escuchado en la discusión, de que ya no se hacían más galletas y no se servía más leche porque los suministros estaban bajo cero. Ahí había comida para todo un regimiento de soldados. Y se extrañó, porque eso le olía a gato encerrado –tanto literal como metafóricamente.

-El almacén está repleto de comida –soltó al aire, pensativamente.

Happy y Lily lo miraron como si estuvieran viendo a un imbécil.

-Es un almacén de comida, se suuuupone… –ronroneó el gato azulado, con un gesto de sorna disimulada- Que debe estar lleno de ella ¡Aye, sir!

-Te tenía más inteligente, Jellal –admitió el gato negro, cruzándose de brazos.

-No me refería a eso –sus ojos viajaron de los estantes de comida a los dos gatos, que, sin saber por qué, comenzaron a sentirse nerviosos- Digo que, suponiendo, Natsu vino casi llorando diciendo que no había más comida. Aunque sospecho que, al ver esto, no entró. Alguien debió haberle dicho que no había más. ¿Tienen alguna idea de quién pudo ser?

Los dos mininos, que se la daban de inteligentes hacia unos segundos, cruzaron miradas preocupadas; y durante unos minutos, en los que el mago los escudriñó severamente –casi parecía que los estaba amenazando- se quedaron en silencio, sin saber qué hacer o cómo actuar. ¡Los había descubierto! ¡¿Y ahora?! ¿En dónde se habían metido? ¿Qué podían hacer?

Los ojos de Happy brillaron de determinación. El que actuara primero, ganaría.

-¡Fue Lily! –lloriqueó falsamente, volando hacia el pecho del mago y escondiendo su rostro en él- ¡Lily me obligó a hacer todo esto! ¡Yo no quería, pero él es más fuerte que yo!

-¿Qué-qué-qué-qué? –tartamudeó, nervioso- ¡Esssssssso-eso no es cierto!

-¡Si lo es! –lo acusó, siguiendo lagrimeando.

-¡No, no lo es!

-¡Que si!

-¡Que no!

-¡Que si!

-¡YA, ya! –los paró Jellal, sujetando a Happy para que dejara de volar- Ya es suficiente con la pelea que hay afuera, no tengo tiempo ni paciencia para otra más.

-¿Nos… nos vas a acusar con el resto? –preguntó Happy. Esta vez, parecía llorar en serio.

Jellal los miró, intercalando sus ojos entre los dos. La idea sonaba muy tentadora, de lo más tentadora. Sin embargo, si les decía al resto la verdad, probablemente presenciaría una ejecución al mejor estilo medieval o algún rito de sacrificio de animales de verdad y no quería arriesgar su pescuezo intentado defenderlos. Si se callaba la boca e inventaba alguna excusa barata, se ahorraría más problemas de los que se podría imaginar; y por fin, Erza podría contar su cuento y todos podrían irse a dormir felices de la vida.

Suspiró. ¿Por qué había pasado de ser el peor ser sobre la tierra a ser el más buenazo de los hombres? Tenía serios problemas de bipolaridad. Ya en algún momento tendría que consultar con un especialista. Por ahora, ya tenía suficiente tratando con las manías del resto como para intentar entender las suyas propias. Que linda que era la vida.

-No –dijo al fin, viendo como los dos mininos soltaban el aire- No los voy a acusar con nadie. Sin embargo, me deben una gorda. Ambos. ¿Trato?

Happy y Lily estuvieron tentados a darle un gran beso en la boca de los felices que estaban.

Bueno, no podían culparlo. Algún beneficio debía obtener por ayudar a la comunidad ¿no?

Así, Jellal volvió al círculo con buenas noticias. Costó muchísimo que le llevaran el apunte y no quisieran comérselo con la mirada, pero en cuanto menciono la palabra comida, todos prestaron la mayor de las atenciones, que incluso, daba miedo. Inventó toda una historia para que le creyeran y no quedara ni la más mínima sospecha en torno a los felinos.

Cuando Natsu preguntó porque Happy le había dicho semejante cosa –incluso parecía horrorizado- Jellal sonrió, diciéndole que el gato jamás había pisado dicho almacén, porque no sabía de su existencia hasta ese día. Ninguno dudó de sus palabras, puesto que muy pocas personas conocían la existencia de ese dichoso y rico compartimiento, que siempre estaba curiosamente cerrado con llave. También detalló en cómo fue que dio con él, aunque desconocía el hecho de por qué estaba abierto. Nadie puso ninguna objeción a sus sagradas palabras. Sintió que estaba abusando un poco de la confianza que le tenían, sin embargo, no era un ser perfecto.

Solucionado el problema tan armoniosamente, más de uno desconfió de que ahí los problemas se terminaran. En realidad, Bisca esperaba que al momento de hacer las nuevas raciones de comida, más problemas surgieran de esto. Sin embargo, como el problema del hambre ya se había resuelto, Erza ahora tenía en mente una sola cosa: quería contar lo que sería el mejor cuento de la historia, y nadie, NADIE, iba a retrasar más ese momento. La comida era una excepción justificable y probablemente la única.

Por eso, cada vez que alguien protestaba por cual o tal cosa –incluso, para apurar las cosas, los hombres se habían puesto a cocinar (aunque muchos fueran un cero a la izquierda)- era rodeado por el aura asesina de Erza, sin ésta estar siquiera presente, y esa persona se callaba la boca y seguía su cometido. Para darle más surrealismo a la situación, Gray y Natsu estaban irreconocibles. Parecían dos abuelas amigas de toda la vida preparando el desayuno de sus queridos nietos, felices de que la vida los haya tratado de tan hermosa manera. Juvia sospechaba cada vez más que su amado Gray pateaba para el otro lado, y Lucy no podía creer lo que sus ojos veían. ¡Hasta tenían puesto delantales rosas, por el amor de Mavis!

Acomodaron todo otra vez sobre el ahora círculo del paraíso –que era más aterrador que el anterior- y se dispusieron a comer y saborear las jarras de leche azucarada recién preparadas. Nadie decía una sola palabra y sólo se escuchaba el crujir de las mandíbulas mientras trituraban la comida y el tragar de las gargantas cuando pasaban el sabroso líquido por ellas. Parecían engatusados por una magia superior y Jellal no sabía que prefería; si esa aterradora imagen sacada de Alicia en al País de las Pesadillas o el mismo paisaje de gatos y perros en celo de hacia unos cuantos minutos atrás.

Sólo sabía, que ese cuento iba a ser memorable.

-¿Tía Erza, no vas a empezar ya?

Por supuesto, el único ser que podía plantarle cara al monstruo pelirrojo y no salir lastimado en esa particular situación, era Asuka. La niña le sonrió con sus bigotes de leche al aire, y Erza le devolvió el gesto, completamente desarmada de ternura. ¡Y ella que pensaba hacerlos divertir un poquito más! No podía resistirse ante esa carita de ángel azucarado. No señor.

-Por supuesto, Asuka-chan. Pero antes –miró a todos, cabeza por cabeza, y una larga espada apareció en su mano mientras sus ojos se ensombrecían- El que quiera interrumpirme, debe tener una duda legitima, si no… -y clavó la espada con fuerza, atravesando la madera del piso.

Todos tragaron saliva, y asintieron, temerosos.

-¿Cuál va a ser?

-Ceniciento, Asuka-chan. Ceniciento.

Jellal pusó los ojos en blanco, mientras el resto de la platea masculina se atragantaba la risa. ¿Por qué a él? ¿Por qué esas cosas le pasaban a él? ¿Qué había hecho tan malo que…? Ah, cierto, ya lo recordaba. Joder, y él lo único que quería era hacerse la victima mientras pudiera, pero no. No podía. Bien merecido se lo tenía, y más, si era un castigo proveniente de Erza.

Había una vez, en un reino no tan lejano, un joven llamado Ceniciento. Era muy trabajador y humilde, tal como lo era su padre, y un hombre muy apuesto, tal como lo era su madre. De ambos, había aprendido innumerables cosas, sobre todo, que el amor podía vencerlo todo. Día y noche, desde que era pequeño, observaba el ferviente amor que ambos se tenían, y en su fuero interno esperaba algún día encontrar una mujer tan especial como su madre lo era para su padre.

Creció rodeado de alegría, cariño, respeto y amor. Sus padres lo amaban como si fuera el tesoro más preciado del mundo. Para él, ambos eran su mundo. Adoraba la naturaleza, y era un joven muy capaz. Hasta que la tragedia chocó su pequeño mundo. Aunque ya era todo un hombrecito, Ceniciento no estaba preparado para que su dulce madre cayera enferma tan repentinamente y los abandonara de esa forma. No a su padre y a él, que jamás habían conocido algo más allá.

Aquel día en el que Lucy murió, Ceniciento notó un cambio considerable en Natsu, su padre.

-¡¿Qué Luce qué?! –interrumpió Natsu, con los ojos llorosos.

Más de uno, ya estaba más allá de la situación. Natsu simplemente no podía ser tan estúpidamente cuadrado.

-¡Erza! –exigió.

-Natsu, por Dios, es un cuento. ¡Un jodido cuento!

-Pero… Lucy… -el Dragon Slayer se veía puramente dolido y bajó la cabeza lentamente.

La rubia no pudo evitar sentirse realmente enternecida –y algo culpable por ser tan brusca- por sus gestos tan auténticos y, aunque todos los estuvieran mirando, lo abrazó cálidamente, inhalando y exhalando, visualizando en su mente que Natsu sólo estaba genuinamente preocupado por ella. Se sentía especial, sobre todo, porque el dragoncito no quería verla en peligro, ni siquiera en un jodido cuento.

-Está bien, no me va a pasar nada ¿Si? –le acarició la espalda, sintiendo como el hombre se aferraba a ella- Estoy aquí Natsu, y no me voy a ir a ningún lado.

Y antes de que saltara con algo más, Lucy le hiso señas a Erza.

Podía continuar.

Sin mencionar que ya casi no sonreía, su padre había perdido luz. No sabía cómo explicarlo, era raro. Así, fueron pasando semanas en las que Ceniciento casi ni lo veía, demasiado ocupado con el trabajo como lo estaba. Lo peor era que, cada vez que intentaba entablar alguna conversación con él, lo ignoraba totalmente, como si fuera un fantasma que no era real. Cansado de esa situación, decidió planteársele un día, explicándole que él ya era lo suficientemente grande como para entender ciertas cosas.

Natsu lo miró fijo, con sus increíbles gemas jade, iguales a las de él. El silencio se prolongó, hasta que por fin, las palabras de su padre se desatoraron de su boca. "Me voy a casar nuevamente, hijo". "¿Qué?" sin salir de su estupefacción, Ceniciento sintió un ligero escozor en sus ojos ¡Ni siquiera había pasado un año! "Necesitas a alguien que se ocupe de ti, y yo ya no estoy capacitado para eso. Sin tu madre… yo…" hubo una pausa, en las que los deseos de gritar del joven no se esfumaron "Ella es buena, tiene dos hijos varones de tu edad, te llevaras bien". "¿Y qué hay de ti, te irás? ¿Vas… vas a dejarme solo?". Su padre se paró y lo abrazó fuertemente, con cariño. "Volveré, lo prometo".

No supo por qué, pero sintió que ese abrazo, era el último que podría compartir con su padre.

Los días de la llegada de su madrastra y la partida indefinida de su padre, pasaron volando. Aunque la relación con Natsu cambio drásticamente, Ceniciento no podía evitar sentir que eso era una despedida para siempre. Se divirtió tanto esas semanas y la pasó tan bien con su padre, que recordó súbitamente los viejos tiempos, los que nunca volverían. La última noche que pasaron juntos, hablaron de todo y ninguno pudo dormirse. Las cosas serían demasiado diferentes a partir de ese momento.

A la mañana siguiente, Ceniciento se esmeró en tener la casa ordenada para la llegada de su "nueva familia". Al verlos entrar por la puerta, se sintió intimidado. La mujer vestía muy afanosamente, y sus dos hijos, le clavaron la mirada de una manera no tan buena apenas pasar por la puerta. Hasta que se fue su padre, los tres se mostraron cordiales con él, incluso, se mostraron cariñosos. Intentó decirle a su padre que se sentía incomodo en esa situación, que algo no le cerraba, mas cada vez que quería hablar, alguien lo interrumpía.

Después de verlo partir y que la carreta desapareciera de su campo visual, los tres nuevos inquilinos se adueñaron de todo. Y mostraron su verdadera faceta. Evergreen tomó el cuarto que había sido de sus padres y comenzó a tirar todos los retratos y la ropa que había sido de su madre. Cuando quiso detenerla, recibió un lindo bofetón en el rostro "Esta ya no es tu casa, lindo. Ahora es mía y de mis hijos. Ve sabiendo cuál es tu lugar, ¿Te queda claro?" Ante tales palabras, quiso protestar, cuando recibió otra bofetada.

-¡Un segundo! –interrumpió Evergreen- ¿Yo, madre? ¿De DOS hijos? ¿Qué tengo, cara de vieja arrugada?

-¿Quieres apostar? –soltó Erza, crujiendo sus nudillos entorno a la espada.

-Ya me gustaría, Erza –la retó con los ojos, amenazando con bajarse las gafas- Además, ¡¿Qué es eso de que siempre me ponen en el papel de mala?!

-Por algo será –silbó Gajeel.

-Ya me tienes cansada, cavernícola traga chatarra.

-Seré un cavernícola traga chatarra, pero por lo menos no soy una vieja arrugada. Gi hi –sonrió de lado, mostrando sus muy afilados dientes.

-Voy a destri…

-¡SUFICIENTE! –gritó la monstruo de cabellos escarlatas, levantando la espada y volviendo a clavarla en el piso, con fuerza contenida- Ya que Evergreen se sacó sus dudas, vamos a continuar ¿Alguien tiene algo que objetar? –la Reina de las Hadas estaba dispuesta a retrucar, sin embargo, Elfman le tapó la boca y nadie intentó algo más- Mejor así.

Ceniciento asintió, sin poder hacer algo más, mientras Evergreen sonreía triunfante. Cansado, y con la mejilla al rojo vivo, se fue hasta lo que era su cuarto. Lo que se encontró, lo desarmó aun más. Los dos hermanos ya se habían instalado en lo que antes había sido su cuarto, y sus cosas, que incluían ropa y libros, estaban destrozadas, en el piso, como si no fueran más que basura. Uno de ellos, el mayor, se percató de su presencia, y con sus ojos rojos lo taladró de punta a punta. "¿Algún problema, imbécil?"

Quiso protestar, en verdad que quiso. De nuevo, Evergreen apareció justo detrás de él, y les explico a sus hijos con dulzura disimulada, que parecía más un escupitajo de serpiente, que ahora Ceniciento les daría su cuarto y que él cómodamente si iría a dormir al ático. Que en la mañana les prepararía el desayuno, limpiaría la casa, lavaría sus ropas y haría todo lo que ellos le ordenasen, sin poner resistencia alguna, o las cosas irían en verdad muy mal. "Así que, Gray, Gajeel, no se olviden de pedirle lo QUE QUIERAN. ¿Si, mis niños?" "Si, madre" respondieron al unisonó.

-¡¿QUÉ QUÉ?! –gritaron los dichosos hermanitos, hiperventilando.

-¿Por qué mierda siempre me usan a mí, eh? –preguntó esta vez Gray, frustrado, casi sin ganas de reclamar algo que sospechaba no tendría respuesta positiva- ¡¿Qué mierda te he hecho, Erza?!

-Gray-sama… -suspiró Juvia, al verlo abatido- Si se siente tan mal, Juvia puede ayudar a que se recupere. ¡Tírese en los brazos de Juvia, sin miedo! –y los extendió hacia él, ligeramente ruborizada y cerrando los ojos.

Gray la miró horrorizado. ¿Qué diablos estaba pensado esa loca?

-Eh…

-Primero un cazador destripador, después un cuchillo inservible, luego una jodida y ridícula hada madrina… ¡Y ahora esto! –Gajeel bufó, cruzándose de brazos- ¿No quieren que también haga de payaso, ya que estamos?

-Ya, Gajeel –intentó calmarlo Levy, poniendo una mano sobre su brazo- ¿No es divertido que seas tan multifacético?

-¿Divertido? –enarcó una ceja, escéptico.

¡¿Por qué mierda todas las mujeres de Fairy Tail estaban putamente locas?!

Erza miró a todos, una vez más, y volvió a levantar la espada para aplastar el suelo. Ante el sonido de maderas crujir, todos volvieron a callarse y fijaron temerosos sus ojos en la princesa guerrera. El ambiente estaba tan cargado, que la mayoría no tendría problemas en caer desmayados de tanta presión. Era el último cuento y lo peor, era que Erza había quedado para el final. ¿Sería que Asuka tenía una mente perversa, como el resto de las mujeres del gremio, y había planeado todo desde un principio para hacerlos sufrir?

No sería de extrañar.

-Jellal no se está quejando –su voz hizo eco en las paredes- Así que ustedes no se quejen tampoco.

El Mago Celestial quiso que se lo tragara la tierra cuando más de uno lo miró de forma asesina. ¡No tenían ningún derecho a mirarlo de esa manera tan amenazante! Él solo hacia lo necesario para sobrevivir y si Erza lo usaba de ejemplo, él tampoco tenía la jodida culpa. Además, no era tan difícil estarse calladito en su lugar. ¿O sí?

Algo aturdido aun, subió hasta su nuevo cuarto y lo inspecciono con escepticismo. Era un lugar mugriento, que ni siquiera tenía cama, y que casi nunca lo habían utilizado. Sintió rabia, hacia su madre, hacia su padre y hacia el mundo, y con impotencia, se dejó caer en el suelo, mientras las lágrimas salían de sus ojos. No podía hacer nada, sin ser mayor de edad y sin dinero, estaba atado a la crueldad de esas personas indefinidamente. Y desde ese fatídico día en adelante, Ceniciento añoró con más fuerza los días pasados.

Su vida se transformó en una pesada rutina. Se levantaba a las seis de la mañana, preparaba el desayuno y limpiaba el patio. Cuando todo estaba listo, despertaba a la señora de la casa y a los hermanos, que siempre rompían, tiraban o destrozaban algo con la excusa de que él limpiara. Cuando se retiraban, limpiaba nuevamente, y pasaba el tiempo aseando esto o lo otro, o complaciendo los caprichos de su "familia". Hacia el almuerzo, la hora del té, y la cena, y apenas tenía tiempo para él.

-Pfff, y yo que me preguntaba quién iba arriba.

-¡Gajeel! –lo retó Levy, colorada de la cabeza a los pies.

-¿Qué? –se encogió de hombros- Es obvio que Titania está describiendo su vida cotidiana.

Los presentes lo miraron horrorizados, tiritando de miedo. ¡¿Acaso Gajeel no se daba cuenta de lo que estaba diciendo, eh?! Jellal miró de reojo a Erza; realmente no le importaba un pepino y medio lo que el resto pensara de su relación con ella –si lo hiciera, probablemente debería buscar ayuda, y urgente- el problema era que ya la habían interrumpido unas cuantas veces y tenía miedo de lo que fuera a hacer. Después de todo, él ya no iba a intervenir más. Lo lamentaba por el resto.

-Gajeel –carraspeó su garganta- Ese es un comentario algo machista. Estoy seguro que en la casa de Levy tú también lavas los platos –el susodicho se puso colorado, y estuvo a punto de retrucar. Jellal no le dio espacio y miró a su compañera- ¿Sigues, por favor?

Increíblemente, Erza le sonrió.

Sólo en las noches, cuando subía al ático, sentía que podía ser libre y volvía a rememorar los tiempo pasados; esperando el día en que su padre volviese. Había podido rescatar algunos libros, y aunque terminaba cansadísimo, siempre se hacia un espacio para dejar volar la imaginación. En general, no solían tratarlo tan mal y Evergreen apenas le daba alguna que otra cachetada. Sólo cuando llegaba una visita, lo trataban peor. Lo hacían parecer torpe, hueco, idiota. Y se aguantaba todas las ganas que tenia de gritarles.

Una vez lo había hecho, le había gritado a un invitado. Cuando este se fue, no le dieron comida por una semana, y apenas le daban agua como para sobrevivir, sin mencionar que los hermanos le dieron terrible paliza y le dieron el doble de trabajo. Todavía le dolía una costilla por culpa de ese episodio.

Sin embargo, y a pesar de todo eso, Ceniciento aun guardaba la esperanza de que su padre volviera. Soportaba todo ese calvario sin derramar una sola lágrima y sin luchar porque sabía que cuando su padre retornara, no habría forma de esconder todo eso. Y todas esas ilusiones se rompieron cuando llegó una carta desde la ciudad portuaria más importante del reino, comunicándoles que el Señor Natsu había muerto en una tormenta a la vera del mar. ¡Había muerto! Su padre le había mentido, y ahora no volvería. Nunca. La noticia fue peor que todos los golpes que hasta ese momento había recibido.

-¿Erza?

La pelirroja miró a Jellal, que estaba preocupado. Por unos momentos, se había quedado en trance, sin decir ni hacer nada y eso preocupo a más de uno. Negó con la cabeza, sonriendo tenuemente, y apoyó su mano sobre la rodilla de él, en un gesto suave, delicado, íntimo. El joven mago no sabía cómo reaccionar ante esa actitud tan extraña, por lo que le correspondió la caricia, y apoyo su mano sobre la de ella.

-¿Todo en orden?

-¿Te molesta mi cuento? –se puso colorada- Es decir, ¿Te molesta que…?

-Para nada –la interrumpió, apretando ligeramente su mano contra la de ella- Me gusta muchísimo. ¿Continuas por mí, por favor?

-¿Seguro, seguro? –quiso estar bien segura, no continuaría si algo le molestaba o no le cerraba.

-Seguro, Erza, seguro –y le sonrió con amor. Erza solo asintió, y antes de que abriera la boca para hablar, el mago le dio un dulce y tendido beso en la frente; sobra decir que los colores rojo y bordo se tatuaron en su cara casi al instante. E inmediatamente, se sintió como una estúpida colegiala.

-¡Ya tortolitos, nos van a matar de diabetes!

-¡Gajeel!

-¿Luce, que es diabetes?

-Hay, Natsu…

Salió corriendo del living como una bala, escuchando las burlescas risas de esas tres serpientes. Cayó de rodillas en el centro del ático, rendido ante el mundo, afligido y furioso con la persona que había amado ¡y que lo había traicionada vilmente! El sentido de la vida comenzó a perderse ante su mirada y desesperado tomó de un rincón unos pedazos de vidrios rotos. Eso le serviría. ¿Qué sentido tenía seguir, si ya no tenía nada en el mundo? Estaba solo, lo habían dejado solo.

Y justo cuando estaba a punto de cometer una estupidez, un rayo de sol se coló por la ventana y lo segó momentáneamente. Se cubrió los ojos y giró la cabeza, encontrándose de lleno con algo que no había visto antes: un hermoso cuadro de su familia. Pintado a mano con mucho cuidado y detalle, descubrió el estilo de su madre en el lienzo. En él, sus padres se abrazaban y se miraban amándose el uno al otro. Parecían irradiar luz propia. Y en el medio, sonriendo hacia el frente, sostenido por cuatro brazos, estaba él de bebé. Ceniciento quedó embelesado por la calidez de ese cuadro y sonrió. Sus padres aún seguían acompañándolo.

Tenía que seguir viviendo, aunque doliera.

Jellal le apretó la mano a Erza con fuerza. Las palabras hacían eco en su cabeza, una y otra vez.

No fue fácil. Pero como ya no dependía de la ayuda de su padre, él mismo tendría que encontrar una manera de salir de eso, solo. Siguió levantándose todas las mañanas tempranísimo, siguió preparando desayunos, almuerzos y cenas. Siguió haciendo diligencias y cumpliendo cada pequeño e irreverente capricho que le caía a sus manos. Ya había decidido que cuando cumpliera los veinte años, mayoría de edad, se iría, aunque se fuera sin nada. No podrían retenerlo más.

Un día, cerca de su cumpleaños, llegaron tres cartas. Dos de ellas eran dirigidas a los hermanos, Gajeel y Gray, y la tercera estaba dirigida increíblemente a él. Evergreen se la arrebató a su hijo mayor y los cuatro se concentraron en el living, mientras la madre leía, sorprendida, en voz alta. "Es un agrado comunicarnos a usted, ya que ha sido invitado al baile de la Princesa Erza, que se celebrará por su cumpleaños este sábado a partir de las diez. Por favor, no faltar. Amablemente, el Rey". "¡Un asqueroso baile! Diu, no pienso ir" sentenció Gajeel. Su hermano concordó. "¡Por supuesto que van a ir!" les rugió Evergreen. "Seguramente es más que un baile de cumpleaños, y ustedes estarán ahí".

Sorprendido, Ceniciento salió de la habitación justo en el momento en el que comenzaban a gritarse, y escondió la invitación en un lugar seguro. ¡Él también había sido invitado! Y aunque no tenía ropa formal, toda había sido confiscada, sabía que se las apañaría de alguna forma. Así, estuvo toda la semana trabajando de noche en su traje, desvelándose. El esfuerzo dio sus frutos porque, ese mismo sábado a apenas una hora del baile, su traje quedó perfectamente. Estaba orgulloso de su trabajo. Ver a la princesa podría traerle suerte y quien dice, tal vez también cambiar su destino.

-Un segundo –interrumpió Natsu, pensativo. Todos rodaron los ojos- ¿No se supone que había unos pequeños dragoncitos ayudando a hacerle el traje?

-Estoy más que segura que no eran dragoncitos, Natsu.

-¡Pero Lucy! Estoy segurísimo.

-¿Alguien puede, por favor, asesinarlo? –rogó Gray, mirando a los cielos.

Muchos rompieron a reír. Incluso Jellal, mientras observaba a Erza tragarse la frustración e intentar no gritar por primera vez en lo que iba de la noche. Se sintió repentinamente afortunado de estar ahí, con esas personas, aun cuando sufrían de algún –claramente- desorden mental. Era increíble como un pequeño grupo de personas, sencillas, con sus manías y personalidades, le hacían sentir tan bien, tan a gusto, tan en casa. Y era aun más increíble lo tercamente apartado que había estado de todo eso.

Y de ella.

-¡Que te digo que eran ratones, Salamander! –gritó Gajeel.

-¡Eran dragones, cerebro de metal!

-Juvia está muy segura de que eran gatitos.

-¡Opinar que eran caballos es de hombres!

-¿Es en serio? –Evergreen miró al gigante hombre, con los anteojos ligeramente corridos hacia abajo- ¿Caballos?

-Ejem –carraspeó su garganta cierta persona. Todos la miraron- Gracias.

Sin embargo, en cuanto llegó a la puerta de entrada, vestido y todo, supo que algo andaba mal. "¿A dónde crees que vas vestido así?" lo asaltó Evergreen. "Al… al baile" murmuró. La mujer y sus dos hijos, que aparecieron de la nada, se echaron a reír. "Tienes un gran sentido del humor, Ceniciento" la mujer miró a su hijos "Niños, háganlo". Sonó a sentencia. Gajeel lo sujetó de los brazos, con fuerza, y nada pudo hacer mientras Gray destruía el traje que le había llevado una semana entera, sangre, sudor y esfuerzo hacer. "Intenta ir a ahora, imbécil" sonrió el mayor. Se marcharon sin mirarlo a la cara, como si no valiera nada, y lo dejaron ahí.

Se levantó de su lugar y, de alguna manera, terminó en el patio. Ya estaba, todas sus posibilidades se había esfumado. No entendía por qué el destino era tan cruel con él, por qué esas personas lo trataban como si fuera un insecto, por qué su esfuerzo no era reconocido o valorado. Buscó en el cielo la ayuda de sus padres, y de pronto, pensando que ya estaba loco, una luz se materializó frente a sus ojos. Se apartó de un salto, con cuidado, y de ella dos hermosas mujeres salieron vestidas de capas azules, con una varita cada una. "Pf, que viaje, ¿verdad, Ultear-san?" dijo una. "¡Ni que lo digas, Meredy!".

"Estoy loco". "¡Pero claro que no, niño!" lo calmó la mayor "Mi nombre es Ultear, y ella es Meredy. Ambas somos tus hadas madrinas". "¿Hadas madrinas?". Las dos mujeres cruzaron miradas y se la devolvieron con ternura. "Es largo de explicar, pero tus padres querían que estés cuidado y nosotras podemos ayudarte". Ceniciento rió escéptico. "¿No nos crees?" habló Meredy "¡Observa entonces!". Y ambas agitaron sus varitas, riendo divertidas. De la nada un halo lo envolvió y sus ropas se transformaron, una calabaza se transformo en carreta y Meredy adoptó la forma de un caballo.

"Yo seré tu cochero" le comunico Ultear, muy seria "Pero todo esto no dura mucho tiempo, cuando escuches la tercera campana que anuncia la media noche el hechizo se romperá". Estaba atónito, y las miró. "Yo…" Ultear lo cortó con una carcajada. "Nos agradecerás después, ahora, hay un baile al que asistir, ¿quieres llegar tarde?". Por supuesto que no quería, por lo que negó, con una radiante sonrisa en sus labios.

-Ya falta poco, gracias a Dios… -susurró Alzack.

-¡Shh! –lo calló su mujer- ¿Quieres que Erza te escuche y nos cuelgue?

-Es que tengo sueño. ¿Tú no tienes sueño?

-¡Por supuesto que tengo sueño! Pero tu hija y el resto de los salvajes no parecen opinar lo mismo, así que calladito –Alzack concordó momentáneamente con su mujer, cerrando la boca. Estaba cansado, pero tendría que aguantárselo hasta el final. ¿Por qué rayos no había detenido toda esa locura cuenta-cuentos cuando tuvo la oportunidad?

Cuando arribó al castillo, lo primero que hizo fue seguir todos los consejos de Ultear: actuar natural. Había ido a reuniones así cuando su madre un vivía, y recordaba bastante bien el protocolo. A pesar de los nervios, se mescló fácil con la multitud. Cuando iba a acercarse a la mesa de los bocadillos, vio a Evergreen y sus secuaces, y en la desesperación de no lo vieran y/o reconocieran, chocó de lleno con alguien. Le pidió disculpas atolondradamente, sin mirarla a los ojos. Ella, era una mujer, rió y su risa…

Lo envolvió como un rayo de sol. Se animó a mirarla a los ojos, y aturdido, un estallido de rojo le inundó los ojos. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida, y era pelirroja. Sin saber cómo salir bien parado de la situación, la invitó a bailar, y ella accedió feliz. Los nervios lo traicionaron en varias ocasiones, pero la mujer parecía estar a gusto con él. Bailaron y bailaron toda la noche, sin que el resto les importase. "Por cierto, no me has dicho tu nombre" le dijo él. "Erza". "Oh, Dios… Erza de… ¿Erza la princesa?". Ella le sonrió con complicidad. "¿Y el tuyo?".

Estuvo a punto de decírselo, cuando la primera campanada sonó. ¡Era la medianoche! Sin ni siquiera despedirse adecuadamente, salió corriendo, mientras Erza lo llamaba. No quería dejarla, pero no podía permitir que lo viera como un mero sirviente. Tan apurado estuvo, que perdió uno de sus zapatos en las escaleras. Al llegar a su casa, corrió directamente hacia el ático, sin prestar atención a las preguntas de Ultear o Meredy. Había sido un sueño bonito, pero el sueño ya se había terminado.

A la mañana siguiente escuchó un griterío extraño proveniente de abajo. Cuando llegó a las escaleras, los colores se le subieron a la cara. Erza en persona y una comitiva de soldados del rey se encontraban en su casa, y la mujer lo miraba de pies a cabeza. Probablemente no lo reconocía. "¡Ja, yo sabía que había alguien más viviendo con ustedes! Hey, ven, baja" lo llamó ella, con ganas "Quiero que te pruebes algo". Y así lo hizo, sin saber muy bien por qué. Erza lo obligó a sentarse en un sillón y murmurando algo a un soldado, este extrajo de una cajita el dichoso zapato que había perdido la noche anterior. ¡Y él que pensaba que la magia se extinguía la medianoche! El zapato le quedó justo, para horror de su "madre y hermanos".

"Sabía que eras tú" Erza le sonrió "¿Vas a decirme tu nombre ahora?". Repentinamente se sintió raro, querido, valorado… feliz. Reconoció en los ojos de Erza la misma mirada que su padre ponía cuando observaba a hurtadillas a su madre, la misma mirada que su madre ponía cada vez que le regalaba una sonrisa a su padre. Comprendió entonces que una magia mucho más poderosa se había gestado la noche anterior, una magia que sobrepasaba cualquier obstáculo, una magia que había permitido que el zapato no desapareciera para que ambos pudieran encontrarse. "Ceniciento" y el también sonrió.

La magia del amor.

¿Fin?

-No sabía que Erza podía contar historias tan cursis.

-¡Natsu! –lo retó Lucy- ¡Puede escucharte!

De hecho, Erza sí lo escuchó, aun bajo el sonido de los aplausos. Pero no le importaba. Su cuento había sido definitivamente el más largo, sin duda; y el que más sentimentalismo tenia, incluso Natsu lo reconocía. Estaba orgullosa de ello. En ningún momento su meta había sido castigar a Jellal, ni que tampoco pasara un mal rato. Quizá el resto de sus compañeras tampoco habían tenido esa intención, pero les había salido así. A ella no. Tenía un significado mucho más profundo, que sabía que él había podido interpretar.

Y que nadie, salvo ellos dos, entendían.

Jellal se acercó a ella, con sus manos unidas todavía, y la rodeó de la cintura con su otra mano con ternura infinita. Las mejillas de ambos se encendieron rápidamente como dos faroles en la noche, pero como nadie les llevaba realmente el apunte –vaya uno a saber qué pasaba ahora- se sentían más seguros y sin duda menos nerviosos.

-¿Fue alguna clase de indirecta? –le preguntó, divertido.

-¿Eh? ¡No, no, no! ¡Para nada! ¿Lo sentiste así…? Yo sólo… yo…

-Erza –la apretó contra si, íntimamente- Me encantó, y lo digo de verdad. Fue un regalo maravilloso –le acarició la mano y hundió la cabeza entre su cuello y su hombro- Gracias.

-Jellal…

-Sólo… sólo no me dejes solo ¿Si?

-Jamás –y le devolvió el gesto de amor, besándole la cabeza.

Nunca tendría que haberlo dejado solo en primer lugar. Sin embargo, no era momento de arrepentirse de lo que pudo ser y no fue. Ahora, en esos instantes, se tenían el uno para el otro. Se podían abrazar, se podían acariciar, se podían tocar, se podían besar, se podían amar. Después de tantas dificultades, de tantos saltos, de tanto incansable dolor, por fin podía dar rienda suelta a lo que se había gestado desde que eran unos pequeños niños soñando con ver el mundo. Los errores los habían llevado a donde estaban y eso era más que suficiente.

Estaban juntos. Juntos.

Algo pasó volando cortando el aire y se estrelló directamente en la cabeza de Erza, cortando el hermoso ambiente.

-Natsu, Gray… -susurró Lucy.

-¿Si? –preguntaron ambos, paralizados por el miedo.

-Corran.

No hizo falta nada más. Fue una sentencia. Erza se levantó de su lugar como un león furioso y los dos susodichos comenzaron a correr en círculos lloriqueando y pidiendo ayuda. Todos contemplaron la escena riendo y comentando, acomodando todo en su lugar. Los cuentos de hadas traviesas habían terminado, por fin. Las magas ya no torturarían a sus amados, los magos ya no se quejarían de sus amadas, no más habría indirectas, sarcasmo, ironía, palabras melosas o retos de amor que eran innecesarios, porque allí se respiraba la pura magia del amor. Eso, sin embargo, no quería decir que el caos no estaba asegurado.

A fin de cuentas, eso era Fairy Tail.

...

...

NOTAS: ¡My Goddd! No tengo perdón para todo lo que tardé en actualizar. Digamos que me tomé unas vacaciones. Pero por fin, acá estoy, y espero que les haya gustado. Creo que es el cuento más largo, mas cursi y menos gracioso de todos, pero si fue de su agrado o no eso ya no es decisión mía. La relación de Erza y Jellal es una de las mas hermosas, y de las que más me gustan. ESTÁN hechos el uno para el otro, sin discusión. ¡No acepto otra cosa! Y quise reflejarlo acá, no estoy segura de que me haya salido bien. El cuento terminó un poco abruptamente, pero ya se estaba alargando demasiado. Paso a los agradecimientos: Valqiria, Nakamura Kaze, Gabe Logan, Shiro kokoro-chan, GlowMist12, Darkrius13, Franny-chan, Elie07, Nashi-chan, Sabaku no Sandra, Layla Redfox, edward121, Mirely Houndoom, Pierrot 14, Hime Shiraiwa, theONOFORE, Nao0607, SuperLuz, AnikaSukino 5d, Ale-chan. ¡MUCHISIMAS GRACIAS!

Bueno, llegamos al último cuento. Ojalá se hayan divertido. Como ya dije todavía falta un capítulo más, pero será cortito, un mini-epilogó. Y disculpen las faltas de ortografía. ¡No sean tímidos y dejen una contribución! Nos vemos en el próximo capítulo. ¡Saludos y Besos!

Atte, Misari.