Lo bueno de escribir en arranques, es que las historias caminan solas.

Disclaimer: Hey Arnold! y sus personajes no me pertenecen (ya quisiera), yo solamente me dedico a jugar con ellos para contar mis desvaríos.

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Helga se quedó mirando al techo. Era uno de esos días en que no sentía ganas, ni siquiera el libro frente a ella le provocaba. Pensaba en que, de poder disolverse ahí mismo sobre la silla, se daría por satisfecha, pero por desgracia las cosas nunca son así de sencillas. Cerró los ojos, aún desparramada sobre el asiento de la biblioteca y se le escapó un suspiro que en el silencio del lugar casi vacío, le hizo fruncir el ceño. Odiaba ponerse melancólica, Helga G. Pataki no se ponía melancólica: se enfurecía, era cínica y sarcástica, pero no soltaba suspiros así como así.

Claro, a quién engañaba. Estaba condenada desde el mismo momento en que había comenzado con los monólogos en voz alta proclamados desde cualquier rincón. Era la biblioteca, eso era. Iba cada viernes tras las clases porque usualmente, nadie se pasaba por ahí gracias a la perspectiva del fin de semana y aquellos que lo hacían, regularmente se limitaban al uso de las computadoras o a las mesas del centro.

A la rubia le gustaba la biblioteca porque era uno de esos pocos lugares donde le era posible estar en paz con el mundo; y si la mesa que consideraba como suya estaba en uno de los rincones más apartados de la biblioteca, bueno, eso no tenía nada que ver. Le gustaban los estantes atiborrados de literatura que le rodeaban cual muralla, las mesas solitarias cercanas a la suya y la luz tenue que entraba por el tragaluz justo encima suyo (o casi). Lo único que hubiera reclamado de poder hacerlo, era el frío que se colaba hasta el recinto en aquellos días faltos de sol.

Era algo molesto, le atacaba los dedos que sostenían las páginas de los libros que intentaba leer en balde cuando llovía. Trepaba hasta sus mejillas y súbitamente se sentía como un carámbano de hielo que no goteaba; es que Helga se lo guardaba todo y no soportaba el frío porque se unía al que ya llevaba consigo, aquel que le nacía de lo más hondo y nunca se apaciguaba del todo.

Hoy era uno de esos días. La luz, gris, entraba por el techo, mientras la lluvia se dejaba sonar, amortiguada por el edificio. Maldijo internamente a los tacaños que habían desechado la calefacción de la segunda planta en pos de "ahorrar energía"; no los culpaba del todo, el piso estaba casi siempre deshabitado, pero qué rayos, ella era una persona que se congelaba cada temporada de lluvia y ni hablar en otoño e invierno. No era su culpa, además, que la mayoría de los visitantes se concentraran en otras áreas, muchas de ellas concernientes a materias escolares, las cuales se hallaban en la planta baja. Se desató la descuidada coleta que se había hecho ese día en un intento de que su cabello le protegiera de la temperatura un poco más. Lo tenía aún más largo que cuando niña y si no lo cortaba era por nostalgia y porque no concebía un mundo en el cual el frío de uno de sus lugares preferidos y su cabello corto fueran capaces de coexistir.

Suspiró de nuevo, esta vez fastidiada, mientras se frotaba las manos en vano tratando de infundirles calor. Miró su mochila con tristeza; adentro se encontraba su cuaderno porque siempre le quedaba la opción de escribir cuando quisiera tomarse un descanso de la lectura, pero con las manos tan heladas ni siquiera podía escribir; aunque tampoco era como si tuviera ganas. El frío le arrebataba todo y le dejaba anonadada con una mezcla de apatía y melancolía aplastante.

No quería ir a casa aún; la perspectiva de una cena congelada (con sus ánimos no cocinaría, seguramente) y de Bob gritándole al televisor mientras su madre dormía en la cocina, no le emocionaba en lo más mínimo. De modo que, apoyando los brazos sobre la mesa y a su cabeza entre éstos, cerró los ojos.

Pronto, entre el sonido de las gotas golpeando el techo y el frío que le llenaba, Helga comenzó a caer en un sueño intranquilo.


Cuando a la rubia le tocaron el hombro, casi se cae de la silla. Después de lanzar tremendo grito, claro. Había estando soñando no-sé-qué sobre Arnold descubriéndola a medio monólogo y, por primera vez, captando las palabras. No era como si fuera a suceder porque ahora ya no tejía discursos en callejones, a lo mucho gesticulaba por las calles en voz baja, pero la paranoia de su sueño era intercambiable a la realidad.

- ¡AHHH! - con el impulso del movimiento brusco que le provocó el susto, ella y su asiento estaban a punto de irse hacia atrás, cuando la misma persona que habia causado todo el alboroto, detuvo su caída.

- ¿Tan interesante es el libro que te tomas una siesta?

Frente a ella y con una sonrisa de los mil demonios, estaba Arnold. Helga quería tallarse los ojos para comprobar que no seguía durmiendo y el rubio frente a ella no era parte de sus usualmente vívidos sueños, pero la expresion divertida del cabeza de balón no le daba más que para gruñirle y fruncir el ceño.

- Melenudo idiota, ¡¿qué te crees para andar asustando a las personas así como así?! - Arnold ni se inmutó, estaba acostumbrado ya a las maneras de Helga.

- Sólo quería saber si estabas dormida, hace mucho frío aquí, podrías resfriarte - se encogió de hombros y dejó la mochila en la silla frente a la suya para acto seguido, ponerse de pie y comenzar a buscar entre los estantes.

Helga le miraba mientras iba de aquí para allá, era usual que Arnoldo se preocupara por cualquier detalle y cualquier persona, pero eso no cambiaba el hecho de que su preocupación por ella y su posible resfriado le causaran gracia y una especie de enternecimiento que le nacía a causa de su naturaleza amable.

Joder con la amabilidad.

- Tengo puesto un suéter, genio, no voy a resfriarme. - Arnold volteó a mirarla brevemente, escéptico y Helga, alzando una ceja, continuó - Además, ¿qué hace un cabeza de balón como tú en una tierra como ésta?

- Es por mi clase de sociales. Tenemos un proyecto sobre discursos políticos en la literatura del siglo XX.

Helga abrió los ojos en sorpresa y para disimularlo, resopló. Aquello significaba que Arnold le invadiría el territorio por varios días. Aunque no negaba que le invadía una especie de anticipación, no estaba segura de poder con tanto. Pero estaba bien, eran Arnold y su rincón; de alguna manera el universo había conspirado para juntar a ambos y ella no iba a quejarse.

Arnold seguía dándole la espalda mientras sacaba libros del estante para hojearlos y después devolver algunos a su lugar. Habían caído en un silencio que no resultaba incómodo y Helga se volvió a apoyar en la mesa mirando discretamente de cuando en cuando al rubio, ¿quién diría que tormentor y víctima iban a poder convivir civilizadamente algún día? Ella culpaba a Phoebe y Gerald; desde que esos dos habían comenzado a salir al inicio de la preparatoria, Arnold y Helga se habían visto obligados a tolerarse y con el tiempo, habían formado una especie de amistad en la que, sin embargo, no faltaban los momentos bélicos. Pero Helga había aprendido a actuar con más naturalidad alrededor de Arnold, y él, por su parte, a empatarle el juego a la rubia. Así, habían logrado un balance, precario, pero balance al fin y al cabo.

Eso no era todo; ellos, como cualquiera, habían cambiado con el paso de los años. A Helga se le hacía ahora más difícil leer al cabeza de balón y cada vez lo entendía menos. Seguía siendo la misma persona, pero ya no se frustraba con los apodos ni las amenazas. En algún momento, al mismo tiempo que crecía en estatura, lo hizo en perspicacia y eso la ponía de los nervios la mitad del tiempo. Helga también, había bajado su guardia y si bien aún tomaba distancia de las personas, no se comparaba con el enorme tramo que ponía entre ella y los demás de chica.

Helga se había abstraído pensando en todo eso, cuando la voz de Arnold le devolvió a la realidad, rompiendo el silencio de súbito.

- Me imagino que habrás traído un paraguas. - Seguía sin mirarla y no parecía que estuviera poniendo mucha atención al libro entre sus manos.

Helga enarcó una ceja.

- No creí que llovería.

Por eso odiaba los días de verano. Tan soleados y calurosos, mintiendo con su promesa de clima agradable que se transformaba en lluvia helada por las tardes. Helga había decidido confiar en el pronóstico del clima y sólo guardar un suéter en la mochila por si acaso. 'Maldición', más de mil maldiciones le había lanzado entre dientes al bonachón del noticiero cuando las primeras gotas resonaron en el tragaluz de la biblioteca.

- Oh... - Helga estaba a punto de lanzar un comentario sobre como un poco de agua no era nada para ella, cuando Arnold siguió hablando con un tono que no supo reconocer - Entonces está bien si te acompaño a casa.

Helga se había quedado muda porque ahora el rubio se había volteado a mirarla con una sonrisa y (¿eso eran nervios?) se tocaba el cuello con la mano que no sostenía los libros en un gesto muy típico de él. Aún con cara de incredulidad, y un poco de sospecha a decir verdad, Helga le contestó en automático. Es decir, con la fachada de toda la vida que le servía en los momentos de apuro.

- No esperaba menos, Cabeza de balón. Serías un desalmado si me dejas bajo la lluvia y eso no va con tu caballerosidad entrometida- le sonrió maliciosamente y para su sorpresa, Arnold le devolvió una expresión similar antes de sentarse frente a ella y comenzar a leer.

- Lo que tú digas, Helga.


Para cuando salieron del edificio, la lluvia se había transformado en apenas llovizna, pero ninguno dijo nada cuando Arnold abrió el paraguas para ofrecerle a Helga refugio de las livianas gotas.

- Te va bien, Helga.

- ¿El qué?

- Tu cabello suelto.

Un silencio agradable se instaló de nuevo entre ambos. De pronto, Helga ya no sentía frío.


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Viñetas, maravillosas viñetas que prescinden de la continuidad. Espero la hayan disfrutado; nos leemos en otro arranque ;).