¿A que no adivinan quién no tuvo clases pero sí mucho tiempo libre (en el cuál no avanzó nada en la tarea)?.
La canción es If I can't have you (duh), en la versión de Sharleen Spiteri. Me encanta esa versión, por cierto. Y se lo debo a un gran amigo que suele alcahuetearme con música. Pueden ver esto como es una especie de homenaje o como ocio. Yo le voy a una mezcla de ambas cosas ;)

Bendito Disclaimer Que Me Evita La Cárcel (O Algo Así): Hey Arnold! y las letras de la canción aquí plasmadas no son de mi propiedad. Se las debemos a gente maravillosa como Craig Bartlett y The Bee Gees, además de Sharleen Spiteri.

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La primera vez que realmente se da cuenta, Helga está mirando por la ventana mientras pasa la yema del indice por la orilla de la copa de cristal, ignorándolo con todo el descaro del que Arnold sabe que es capaz. Hace más de media hora que Helga llegó, tiró su mochila en el suelo y se sentó advirtiéndole que más le valía no hacerle perder el tiempo. Para cuando comienzan a intercambiar notas, el rubio se da cuenta de que algo anda mal. Helga es tosca, sí, pero su rudeza ahora mismo tiene algo distinto que no logra hallar tras lo dispersa que parece Pataki. Al final deciden ordenar algo y darse cinco minutos. Así que ahora están ahí, el uno frente al otro, con una mesa de por medio que más se asemeja a un abismo para Arnold.

Éste último toma un sorbo de su propia malteada y se aclara ruidosamente la garganta antes de atreverse una vez más a intentar romper el silencio entre ambos. Abre la boca y Helga se le adelanta musitando más para ella misma que para el rubio sentado frente a ella.

"Vaya ambientación."

Arnold levanta una ceja, "¿A qué te refieres?"

Helga le mira, por fin, y suelta una media sonrisa de lado que no le llega a los ojos con expresión cansada.

"La música, melenudo."

Arnold no comprende. Pero es que con Helga, es normal que eso le pase. Cuando cree entender, poder seguirle el paso, Helga da un giro en alguna esquina y desaparece, dejándolo caminar a su suerte una vez más. Lo único que se le ocurre es ponerle atención a la melodía que se deja escuchar de manera tenue en el café.

"Am I strong enough to see it through

Go crazy is what I will do"

Frunce el ceño porque le suena de alguna parte, pero no reconoce la voz femenina que le da vida a las letras de la canción. Le agrada, sin embargo; tiene una cierta determinación que le pone a mover los pies bajo la mesa sin que se percaté del todo.

"If I can't have you

I don't want nobody baby"

De nuevo se han quedado en silencio y Arnold abre los ojos como platos porque de súbito Helga ha unido su propia voz a la de la grabación en el coro. No le está mirando, se ha vuelto hacia la calle tras el cristal otra vez y parece casi absorta. Arnold apostaría a que ni siquiera se ha dado cuenta de que está cantando en voz baja, los párpados entrecerrados y una mano cuyos dedos tamborilean sobre la mesa, el batido de vainilla olvidado de momento entre los cuadernos y los libros. Helga sigue repitiendo la letra como si no existiera nada más que ésta. El coro se repite y Arnold se da cuenta.

"If I can't have you

I don't want nobody baby

If I can't have you, oh oh oh..."

Le ha tomado casi diecisiete años y a decir verdad debería sentirse avergonzado, pero no puede porque se le está viniendo poco más de una década de repente y se queda paralizado, abrumado ante algo tan evidente y ¿cómo es que se le había escapado? Helga está ahí, frente a él, y es la primera vez que se le ocurre que Helga es realmente una chica. Que probablemente le guste alguien, que alguna vez habrá usado tacones y un vestido distinto al de su infancia, que quizás suela cantar tal y como ahora lo hace, en su habitación y elevando la voz. Que esa expresión de ligera tristeza que se asoma a su rostro la ha llevado puesta antes. Se le ocurre también que tal vez esté pensando en alguien cuando casi susurra las letras y If I can't have you que ahora entiende la sonrisa cansada de Helga I don't want nobody baby, la música que insinua más de lo dice.

Es cuestión de segundos y con eso basta porque se alarga en la eternidad y parece no tener fin.

Helga con el cabello rubio revuelto en una coleta alta y sin gorra azul ni moño rosa. Helga con la ropa que le queda holgada y en la cual se le ve cómoda. Helga sin la uniceja, que desapareció un día a principios del año escolar junto con los accesorios en el cabello y sin que nadie se atreviera a pedir explicaciones. Helga sin fruncir el entrecejo, sin sarcasmo en la voz, sin impaciencia en los gestos. Helga con la mirada perdida, la voz curvada en un tono suave; Helga irradiando algo que tira de él y que no sabe qué es, pero le está carcomiendo por dentro repentinamente porque le han dado ganas de acercársele, de decirle algo o de levantarse y marcharse en silencio.

Pero no se decide a moverse porque, así como él no es simplemente distraído, la rubia no es simplemente una chica. Es Helga. Es la misma Helga que los acompañaba a tirar piedras en el lago, la única que se les unía a los chicos cuando jugaban en lugares tan inciertos como el basurero y a quién no le importaba llenarse de lodo y rasparse codos y rodillas, la que gritaba y se tomaba tan en serio los partidos de beisbol y les exigía que le dejaran participar. La misma que también se había aprendido todas las líneas de Julieta para una obra escolar y que un día de tantos había aparecido con flores trenzadas en el pelo y unos ojos que echaban chispas. Helga G. Pataki, quién nunca había tenido sentido para Arnold, pero que siempre se descubría tratando de adivinar. Aquella rubia maleducada de ojos azules con la que choca cada dos por tres y no sólo en las esquinas, sino también en los momentos cruciales de su vida. De una manera u otra, siempre ha estado ahí y a Arnold no le cabe en la cabeza que se haya pasado tanto tiempo viendo sin ver.

La música termina y es como si algo hubiera cambiado en el aire que se respira entre ambos. Helga se vuelve a mirarle y alza una ceja ante la cara de sorpresa que sabe que está poniendo. Es que le ha pillado desprevenido y todavía no acaba de sacudirse el peso de su epifanía de encima.

"Quita esa cara de idiota, en serio." Se lleva la copa a los labios, ignorando la pajilla y continúa en tono casual. "Es de los Bee Gees. La original, al menos. No reconozco a quién pertenece esta versión."

Arnold la mira, desorbitado y en silencio. Parece que su compañera de proyecto cree que se encuentra pasmado debido a que no conoce la melodía. Helga frunce el ceño y pone esa mueca de irritada que le conoce de toda la vida porque se la ha dirigido especialmente a él demasiadas veces. Le quiere hacer un montón de preguntas, pero las palabras se niegan a dejar su boca.

"Hey, tierra a Arnoldo. ¿Qué demonios pasa por esa hueca cabeza tuya?"

Eso parece traerle de vuelta e ignora el comentario para decir algo, lo que sea.

"If I can't have you" no puede evitar decirlo en tonada "Estabas cantando."

Lo que fuera, pero eso no. Arnold se da una patada mentalmente cuando Helga le mira como miraría a Curly corriendo en calzoncillos por el patio. Está a punto de corregirse pero a la rubia se le suaviza la expresión y suelta un suspiro que suena a exasperación y simpatía.

"Olga solía ponerla de vez en cuando. La música es uno de los pocos gustos que compartimos." Se encoge de hombros y ahora pone una expresión que huele a reto tras la sonrisa maliciosa "Y sí, me la sé. ¿Algún problema, cabeza de balón?"

Piensa que sí. No solamente uno, sino muchos problemas, Helga. Se han ido acumulando uno tras otro y Arnold se descubre cansado de dejarlos pasar, de hacer la vista gorda y guardarlos en un rincón empolvado de su mente. Ya no puede porque acaba de ver a Helga cantando con esa cara y porque siente que el coro de la mentada canción le sigue tirando de las mangas, pidiéndole que le escuche atentamente porque, como Helga, esconde mucho más de lo que uno podría creer.

Y debe de estar perdiendo la cabeza, porque saca valor de no sabe dónde y le sonríe de oreja a oreja. Se está volviendo demente, eso es. En definitiva.

"No, ninguno en absoluto Helga."

La muchacha pone cara de extrañeza ante la repentina sonrisa, pero no comenta nada al respecto. "Más te vale." Una pausa. "Como sea, terminemos con esto de una vez. Tengo mejores cosas que hacer que sentarme a ver autos pasar mientras disfruto de tu invaluable compañía."

El rubio rueda los ojos. A Helga parece haberle vuelto el humor, incluso si aún tiene ese dejo decaído en la mirada.

"Lo siento, Helga, es sólo que tenía curiosidad." En presente. Tiene curiosidad, siempre la ha tenido cuando se trata de ella. No importa que ahora le perfore el estómago con sensaciones raras, que ahora sea más fuerte que nunca y le esté matando por encontrar respuestas a las que asirse. "Me tomaste por sorpresa."

"Maldita sea, Arnold, entiendo que eres de mente corta pero ¿vas a decirme que nunca en tu vida se te ocurrió que podía aprenderme algo tan simple como una canción?" Hay una mezcla de burla y condescendencia en la pregunta, pero también un ligero disgusto que se trasparenta cuando dice "Me siento ofendida, zopenco."

Arnold se ríe un poco, pero no puede evitar sentirse él también un poco ofendido porque la rubia con mohín ha dado en el blanco: de momento se siente, efectivamente, de mente corta. Y porque no tiene idea de qué, en el nombre del cierlo, está pasando. No acaba de entender las implicaciones de su epifanía. "No era mi intención ofenderte, Pataki. Pero comprenderás que me deje boquiabierto el ver a la "matona" de la escuela cantando algo de los Bee Gees."

Casi se arrepiente de haber respondido algo así, con comillas en el aire y todo. Eso, claro, hasta que ve a Helga ponerse roja hasta las orejas y lanzándole miradas de indignación. De un tiempo para acá, ya no se le antoja tan amenazadora (ahora menos) y sonríe de lado ante una incrédula rubia.

"No seas idiota, una cosa no tiene nada que ver con la otra. Si le dieras un mejor uso a tu enorme cabeza en vez de pasártela fantaseando con Lila lo sabrías."

Arnold frunce el ceño antes de subir la bandera de guerra una vez más porque, se ha dado cuenta, sí. Pero sigue siendo un despistado sin remedio y todavía le falta darse cuenta de muchas más cosas.


Finalmente, en algún momento entre las discusiones que no terminan, las copas vacías de contenido y la música que ahora cambia sin que le presten atención, logran terminar el borrador para su proyecto de historia. Pgan la cuenta y mientras esperan el cambio Helga está estirada en la silla mirando al techo sin decidirse a guardar sus cosas y levantarse. Arnold la mira de reojo al mismo tiempo que apila los cuadernos y los libros en la mesa. Se la ha pasado bien al lado del torbellino que es Pataki y le cuesta admitir que no se le dificulta admitirlo. También está el hecho de que no le abandona la imagen de Helga siguiendo la música para sí pero con la mirada en otra parte. Sí, probablemente a Helga le gusta alguien. Y Arnold pone cara de confusión ante la sensación que le embarga de que ha perdido el suelo así sin más.

Por fin Helga se levanta de un salto cuando el mesero se acerca con varias monedas y un billete y comienza a meter cuadernos y libros en la mochila sin decir palabra. Arnold también se pone de pie.

Salen en silencio y el aire cálido les pega en la cara y les revuelve el cabello cuando comienzan a caminar en sentido contrario al suyo. Arnold sabe que faltan varias calles más para que se separen, pero la apremiante necesidad de decir algo se le atora en la garganta sin que pueda impedirlo. ¿Y qué le va a decir exactamente? No le parece conveniente soltar de pronto "Oye Helga, perdona, pero eres una chica ¿cierto?" "Oye Helga, ¿pensabas en alguien particular mientras decías 'If I can't have you'?" "Oye Helga, tienes razón. Soy un zopenco."

En cambio se maravilla de su propio arrojo cuando manda el nudo en su garganta al diablo y habla con la voz más tranquila del mundo.

"¿Mañana a la misma hora?" Y es una pregunta que se muere de ansias en la espera y también es una pregunta que suena más como una promesa. Helga se vuelve tan rápido a verlo que el gesto le parece cómico, los ojos bien abiertos y la boca ligeramente antes de alzar las cejas para contestar con un sarcasmo apurado antes de desviar la mirada.

"Brillante idea, Arnoldo; pasar más tiempo juntos. Así podremos acabar de arrancarnos los cabellos el uno al otro."

"Te verás guapísima sin pelo."

Ahora definitivamente su cordura se ha ido de paseo. Y la rubia también parece creerlo porque se detiene y parece debatirse entre la risa y la confusión.

"Qué jodidamente raro eres, Arnold. Había algo en tu bebida ¿verdad?" Le da un golpe ligero en el brazo y le sonríe con precaución, como si fuera a morderle, porque no reconoce a este rubio que ha estado extraño todo el día y de pronto se suelta a decir cosas tan a la ligera.

Arnold se pasa la mano por el rostro e inhala en un intento por recuperar el sentido.

"Quizás sí. Quién sabe."

Helga sigue confundida y alza una ceja, un poco perdida "Ya. Apresúrate si quieres llegar temprano a casa y desintoxicarte."

"Sí..." El rubio hace una pausa y suspira porque sigue sin darse por vencido "Helga, tenemos que terminar de redactar el trabajo."

"Por si no te diste cuenta, melenudo, eso hicimos hoy. Hace no mucho, de hecho."

Sabe que la está molestando, que está tentando su suerte más de lo que debería. Lo nota en el resoplido de la muchacha a su lado y en cómo apura el paso, pero no se detiene.

"Sí, pero debemos pasarlo en limpio y hay algunos detalles que quisiera agregar." Mentiroso parece decirle la mirada incrédula de Helga y no puede más que darle la razón en su mente; no sabe que le pasa para que ahora esté inventando excusas. Pésimas excusas, además, porque le hace falta ingenio para estas cosas.

"Pues agrégalos tú entonces, no hace falta ser un genio para poner uno o dos párrafos más sin ayuda." Le da unas palmadas socarronas en la espalda y Arnold por poco se clava al suelo "Confío en el criterio de tu cabeza de balón. No puede estar llena de aire, contrario a mis creencias"

"Helga..."

Ésta saca todo el aire por la nariz, molesta y resignada al contestarle "Ya vale Arnaldo. Entiendo que no dejarás de atormentarme con tu odiosa presencia hasta que terminemos el bendito proyecto. No me queda de otra al parecer."

"Gracias Helga."

"Sí, lo que sea."

Arnold le sonríe y Helga lo ignora a propósito en pos de mascullar para ella sobre necios que no saben mejor como para ocuparse de sus propios asuntos. Llegan a la calle en que cada uno tomará un rumbo distinto y Arnold no deja de sonreír.

"Te veré mañana entonces."

"Pff, claro. Ya estoy contando los segundos que faltan."

"Lo que tú digas, Helga."

La rubia pone los ojos en blanco una vez más antes de alejarse y despedirse con la mano sin mirar atrás.

Arnold comienza a caminar de nuevo mientras piensa en todas las preguntas que quiere hacerle a Helga al otro día y en las respuestas que ya tiene. Es todo muy raro y familiar a la vez. Helga y él: caos y desorden que se niega a desenmarañarse del todo. Por ahora al menos, porque Arnold está decidido a encontrarle sentido. Como siempre, como nunca antes.

El viento se lleva las notas de la melodía que va silbando, pero le deja el recuerdo de la tarde coloreado tras las pestañas.


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Las cosas que a una se le ocurren en el camión. En fin, espero que la idea en general se haya entendido y que la actualización haya sido de su agrado; que esto como un comienzo vaya.
Nos leemos en otra ocasión, me largaré a cantar (el anuncio publicitario del día es descarado y lleva por título Rilo Kiley. Jo, son buenísimos [si te va su estilo, claro.]) y a tratar de apaciguar la gripe, así que no sé para cuando subiré algo nuevo.

Ah, y Arnold es un tonto sin remedio. Todos lo sabemos, pero vaya. Tenía que decirlo.

Hasta pronto :P