Pequeño aviso para navegantes antes de que empecéis a leer:

-Fic mono en diez capítulos para leer con mente generosa. No esperéis ninguna trama compleja y brillante, ni fidelidad a la mitología, ni aventuras marvelianas ni (demasiado) porno. Tampoco os dejéis engañar por el lirismo garrafonero del prólogo. Por una vez en mi vida he querido hacer algo romántico y sencillito, así que si buscáis algo que transforme vuestra vida literaria, mejor que ni sigáis leyendo.

-Es Pre-"Thor". De hecho, acabará donde empieza la película (aproximadamente, día arriba, día abajo)

-Es un Loki/OC. Digo esto porque la protagonista femenina es Sigyn pero se llama Sigyn como podría llamarse Paca. Básicamente la llamé así porque me gusta el nombre. No sigo el canon mitológico ni el de los cómics. Podríamos decir que sigo el de la película... pero dado que en la película no hay Sigyn que valga, todas sabríamos que miento. Así soy yo, una desviada de los cánones y de la vida en general.

-Este fic ha sido previamente publicado en Facebook; de modo que si os suena de haberlo leído antes, que sepáis que soy la autora y que publico con permiso de mí misma ;)

-El inevitable disclaimer: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki. No saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.

-Creo que ya.

(Marys Crane)

SU OLOR, SOBRE TODAS LAS COSAS

PRÓLOGO

Dicen que es el olor lo primero que se descubre, todavía en el vientre materno, antes que ningún otro sentido. Es por el olor que empezamos a amar antes de ser capaces de abrir los ojos. Son los olores los pilares del palacio de las emociones, lo que las sostiene y las ayuda a crecer, lo último en caer cuando el olvido nos va robando los recuerdos de todo cuanto amamos. Son los olores lo que de vez en cuando nos traiciona, devolviéndonos una memoria amable que desde la distancia del tiempo perdido nos causa un dulce dolor.

Y es cierto.

Sigyn creía haberse preparado para su nuevo hogar, este mundo que nada tiene que ver con el suyo ni en clima ni en gentes ni en costumbres. Creía estar bien preparada pero nadie le había advertido de que los olores serían tan distintos. Sigyn viene del Norte de Vanaheim, de un mundo en guerra, de los sombríos dominios del bosque, del aroma de la penumbra y el musgo, la lluvia y la madera, el hierro y la sangre. Esos olores forman parte de su vida desde que puede recordar. Asgard, la Dorada, huele a sol, a verano perpetuo, a las irradiaciones de vida del árbol sagrado Yggrasdil. No es malo, en absoluto, pero es distinto. Demasiado distinto. Los nuevos olores la han golpeado nada más cruzar la frontera, como un azote que le recuerda su realidad de exiliada, de rehén en una tierra ajena que no sabe –nadie lo sabe- si algún día podrá abandonar.

Asgard es hermoso y sus olores lo son también, pero todo es dolorosamente extraño para ella. Sigyn se encoge en el carruaje detenido mientras siente a sus sirvientes bajar y tomar posiciones para la presentación formal a sus anfitriones, a sus nuevos amos. Todo a su alrededor es amabilidad y belleza pero ella no desea estar allí. Quiere volver a su hogar de los bosques. Quiere volver atrás en el tiempo y nacer varón, y así poder ser como sus dos hermanos, a quienes se les ha permitido quedarse en Vanaheim para combatir a sus enemigos al lado de su padre.

La puerta del carruaje se abre y Sigyn desciende, encontrándose a las impresionantes puertas del palacio real de Asgard. El rey Odín se ha adelantado de la línea de personas que aguarda para presentarle sus respetos y es el primero en saludarla. Sintiéndose minúscula frente al Todopoderoso Padre de Todos Sigyn intenta sonreír, mostrarse modesta y agradecida como su madre le ha aleccionado a hacer. Apenas entiende lo que el rey le dice. En realidad no quiere escucharle. Odín habla como un bondadoso benefactor pero Sigyn no puede olvidar que está allí a instancias de él, exigida como garantía de que su padre se mantendrá leal a la alianza recién sellada con Asgard si vence en la pugna por el trono de Vanaheim.

Y además está el olor, ese omnipresente olor a mundo privilegiado tan distinto del aire de Vanaheim, que lo empapa todo, que revuelve su miedo y ensombrece su ánimo.

Tras el rey la reina Frigga, radiante y hermosa, le ofrece un abrazo maternal que le sabe más honesto que todo el discurso de Odín y casi -casi, porque una princesa de los vanir no llora delante de extraños- llena los ojos de Sigyn de lágrimas. Sólo tiene once años y nunca hasta ahora se ha separado de su propia madre, y de pronto acaba de comprender hasta qué punto el pacto de su padre con Odín ha hecho de ella una huérfana.

—Haremos que te sientas como en tu casa, querida niña. Considera ésta como tu familia, a mí como a una madre y a mis hijos como tus hermanos. Thor, Loki, saludad a nuestra invitada.

Sigyn siente el nudo de la emoción en la boca de su estómago antes incluso de mirar al primogénito de Odín, turbada por la idea de ser presentada al que en todos los Nueve Reinos ya se conoce como Dios del Trueno. Aunque todavía es un muchacho, la fama de Thor ya es bien conocida en Vanaheim. Sigyn levanta su rostro para mirar al joven guerrero formidable, al príncipe que todos dan por seguro como heredero del trono de Odín. Sus ojos azules son amables, sus facciones deslumbran. Sólo tiene catorce años pero su cuerpo y sus maneras son ya los de un hombre; un hombre hermoso, fuerte y dorado como lo es la propia Asgard. Thor representa todo lo que a Sigyn le han enseñado a idolatrar y el corazón de la niña acusa con una punzada dolorosa su sonrisa y su voz –ya poderosa, ya la de un hombre- cuando él la saluda alegremente, con esa calidez que ha tenido que heredar de su madre ya que en nada recuerda a Odín.

En cambio el otro príncipe, el más joven de los dos hermanos, no sonríe cuando llega su turno de saludarla. Donde Thor es luz y calidez, su hermano Loki es un jarro de agua fría para la recién llegada, un torrente de sensaciones sombrías. Loki, todavía un niño por edad y por constitución, es larguirucho y flaco, delicado como una chica. Su rostro alargado y pálido refleja cualquier cosa menos amabilidad al dirigirse a ella, por mucho que sus palabras sean exquisitas e intachables al decir lo muy feliz que estará de considerarla una hermana. Loki da la impresión de recitar un discurso bien aprendido y de no estar haciendo nada por disimularlo, al menos ante los ojos de Sigyn. Le fastidia tenerla allí y quiere que ella lo sepa. Dice y hace lo correcto, pero sólo para contentar a sus padres y hermano. Todo en sus maneras es perfecto y habla maravillas de la educación que Asgard da a sus príncipes... Menos sus ojos.

En los ojos de Loki –verdes como los bosques que Sigyn añora e igual de lejanos, tan fríos que queman- parece haberse adelantado el invierno.

—Como mi madre ha dicho, haremos que consideres Asgard como tu hogar, Sigyn Lyrsdottir —concluye su teatro el príncipe Loki, rubricando la brillante actuación con un correcto beso que en la mejilla de Sigyn se siente como una bofetada.

Y sin embargo…

Thor huele como huele Asgard, a oro y felicidad, a eternidad y vigor, a sol invencible; y tal vez por eso mismo no ha llamado la atención de Sigyn en medio de todo lo demás. Pero Loki es otra cosa. Cuando se le ha acercado para rozarla con sus labios de esa manera tan cortés y al mismo tiempo tan insultante Sigyn ha cerrado los ojos, incómoda. Y al hacerlo, por un momento, se ha sentido en otro lugar, tan lejos de Asgard como a uno pueda llevarlo la imaginación y el deseo. Porque Loki huele como el final del otoño bajo un temporal de viento helado, huele como huele el bosque bajo las primeras nieves del invierno. Huele, en cierto modo, a su añorada tierra del Norte.

El beso dura un instante; la magia se extingue en lo que tarda en morir un suspiro. Sigyn abre los ojos y se encuentra de nuevo exiliada en Asgard, envuelta en sus omnipresentes aromas de grandeza, enfrentada a la hostil mirada de fastidio del más joven de sus príncipes.

Pero la certeza de haber percibido el peculiar olor de Loki Odinson está ahí, sobre todas las cosas. Lo ha sentido de veras. Ha sido algo tan fuera de lugar en la dorada y cálida Asgard que le ha encogido un poco el corazón y ahora tiene su piel erizada de escalofríos. Le da miedo, porque es demasiado extraño, casi irreal. Y a la vez, de alguna manera, la reconforta. El olor de Loki le recuerda un poco a su hogar perdido; lo suficiente como para haber deseado con todas sus fuerzas, durante un instante, abrazarse a él y no dejar escapar jamás esa inexplicable sensación de estar de vuelta en casa.