Nota de la autora. Hola a todas. Os prometí un pequeño epílogo para la historia hace un par de días, y aquí lo tenéis. No aporta mucho ni cierra nada, soy consciente de ello; el verdadero final sigue siendo ese momento en el que Loki, con las narices muy hinchadas de verse siempre relegado al segundo lugar, decide liarse la manta a la cabeza y luchar por una felicidad que resultará tener un precio demasiado alto. Pero quería darle a la historia un cierre poético que funcionara como reflejo del prólogo: de ese momento, visto a través de los ojos de Sigyn, en el que ella y Loki se conocen y surge por primera vez la extraña sensación de una conexión especial y única. El epílogo me servirá para redondear la figura de Sigyn pero también para dar unas pinceladas acerca de cómo imagino yo que sigue la historia de amor delos chicos una vez que se desencadenan los eventos de "Thor" y Loki descubre su terrible verdad: de forma oscura, terrible y dolorosa, y sin embargo llena de pasión, a su manera. Sólo puntualizaré que en mi imaginación el reinado/regencia de Loki dura más que el medio telediario que en la película le daban Sif y los Guarros Zrí antes de traicionarle para ir a buscar a Thor; semanas, puede que meses. Tiempo para que pasen cosas buenas y malas, terribles y sublimes. ¿Queréis saber a qué me refiero? Pues adelante, lean, lean...


EPÍLOGO

Dicen que todas las memorias son arena en el Mar del Tiempo excepto la memoria de los olores. Dicen que los recuerdos normales se disuelven con los años hasta desaparecer por completo, pero que aquello cuyo aroma llegamos a amar permanece para siempre porque no está sólo en nuestra mente sino que lo llevamos entreverado en la carne, prendido sin remedio de nosotros. Dicen que no importa cuántos años hayan pasado desde que perdimos el objeto de nuestro amor, porque si tuvo una esencia que prendió en nosotros para nuestra piel siempre será el día siguiente al de su partida.

Y es cierto.

Asgard, la dorada, huele a sol y a verano perpetuo, una vez disipadas las negras nubes de tormenta en que la sumió el breve reinado de Loki y la vertiginosa espiral de locura y destrucción que vino de su mano. Sin embargo, en el corazón de Sigyn, el invierno ha llegado para quedarse.

Ahora siempre tiene frío.

A veces siente ese frío perenne tomar la forma de unas manos delicadas y suaves que atormentan su piel. A veces se encarna en unos largos brazos que envuelven su cuerpo hasta asfixiarlo de nostalgia. A veces se materializa en el olor de la nieve temprana a su alrededor, y en esas ocasiones resulta tan cercano y tan vivo que Sigyn sabe que acabará volviéndose loca.

A veces, muchas veces, se pregunta si no habrá enloquecido ya.

La primavera es cálida en la dorada Asgard, pero desde que Loki cayó al abismo Sigyn vive con el cuerpo helado. Ahora se estremece bajo su capa cerca del borde del Bifrost mientras mira, una noche más, el espacio vacío que ha quedado donde antes estuvo el Observatorio.

Siempre acude sola. Nunca mira hacia abajo; todavía no es capaz de hacerlo.

Lejos de ella se yergue Heimdall. En ocasiones Sigyn siente su mirada sobre sí, quemando como cera líquida. Hasta ahora el Guardián ha sido lo bastante piadoso como para no recordar en voz alta que se lo advirtió, pero Sigyn sabe que lo piensa. Algún día tendrá que sentarse a hablar con él; reconocer su arrogancia, su error, su fracaso.

Algún día, también, tendrá que reunir el valor de acercarse hasta el mismo borde del arco iris roto y contemplar el negro vacío magnético que se arremolina debajo de él: la tumba de Loki, que ella misma ha cavado al experimentar con el Bifrost.

Soñando despierta durante el día, ya que por las noches el sueño la esquiva, Sigyn fantasea a menudo con volver atrás en el tiempo, hasta el momento en que tuvo la desdichada idea de manipular el puente para crear un portal. Sueña con una historia paralela en la que ha escuchado los argumentos de Heimdall y no ha jugado con poderes que se escapaban a su control. Sueña con otra vida en la que no tiene que vivir con el peso insoportable de haber ayudado a abrir el abismo que se ha tragado a Loki para siempre. Sueña hasta la obsesión con esa otra Sigyn cuyo Loki aún sigue a su lado. Y la sensación del invierno es a veces tan sólida y real dentro de ella y en torno a ella que empieza a serle difícil , casi imposible, diferenciar el sueño de la realidad.

Y sabe que en el fondo no quiere diferenciarlos.

Acabará volviéndose loca, es un hecho, y quizá ya lo está, pero hay momentos en que la locura se perfila como la opción más deseable. Enloquecer podría ser su única esperanza de olvidar. Y olvidar parece el paraíso cuando la realidad es demasiado espantosa como para mirarla de frente, cuando se saben más cosas de las que es posible soportar y los recuerdos duelen tanto que matan.

Si ahora pudiera desterrar de su memoria todo lo sucedido tras la frustrada coronación de Thor tal vez conseguiría seguir adelante, enferma del dolor de haber perdido a Loki pero sin el tormento adicional de saber lo desesperado, lo fuera de sí que estaba cuando lo perdió. Porque es eso lo que no le deja respirar, lo que envenena sus días y tiene su corazón tan entumecido de pena que ni siquiera lo siente latir: la consciencia de que Loki se ha ido de este mundo convencido de ser un monstruo, intentando lavar con sangre su vergüenza.

Un monstruo.

Pero no es un monstruo lo que Sigyn recuerda cuando piensa en él y desea tan ardientemente que siga vivo que casi le parece oír su voz viniendo de la nada. Recuerda al niño delicado de sus primeros días juntos, al adolescente desgarbado y altivo del que se enamoró, al hombre increíble que la hizo suya en cuerpo y alma. Recuerda lo dolorosamente bello que era cuando sonreía, cuando maquinaba, cuando la retaba, cuando discutía con ella, cuando la acariciaba con su magia, cuando la besaba. Recuerda cómo en su olor y en sus brazos estaba su verdadero hogar, su único hogar. Ni siquiera cuando lo evoca tal y como lo vio por una única vez en su forma verdadera consigue encontrar nada monstruoso en él, porque saber qué había debajo de la superficie de Loki no basta para corromper todo lo que Loki ha sido y todavía es para ella.

En ocasiones, cuando recuerda que a causa de la locura de Loki ha muerto gente y que podrían haber muerto millares más si Thor no lo hubiera detenido, Sigyn se siente culpable de seguir deseando su vuelta contra toda esperanza, de seguir amando a su fantasma. Así que trata de tener presente todo el mal que él hizo: a Thor, Asgard, a Midgard, a Jötunheim, a ella misma. Trata de evocar cada gesto frío, cada recriminación injusta, cada palabra pronunciada con deseo de herir. Trata de evocar el momento de ira en que él le mostró su verdadero rostro y ella no fue capaz de convencerlo de que tras su estupor podía haber miedo pero no repugnancia ni rechazo. Trata de evocarlo negando su amor por él, apartándola de sí como si fuera ella la que diera asco. Trata de evocarlo así en la débil esperanza de que el camino al olvido sea más corto desde el odio que desde el amor, pero no es capaz de odiarle.

Todavía lo ama demasiado.

Todavía cree que en medio de su locura y su desesperación Loki la quiso hasta el último de sus días.

Todavía se siente amada por él.

Sabe que sólo cree lo que quiere creer. Que se aferra a la convicción de que Loki nunca dejó de quererla por la misma razón que le hace aferrarse a la ilusión de que no ha muerto y sigue a su lado. Que es patética en su incapacidad de aceptar lo innegable y lo irrevocable. Que se está volviendo loca. Y la locura parece un territorio tan acogedor comparado con la gélida realidad de la ausencia de Loki que Sigyn desearía mudarse a él de inmediato y para siempre, pero no puede hacerlo. Le guste o no, siente que le debe su cordura a alguien que no merece pagar por los errores de nadie. Envolviéndose en su capa, helada en medio de un cálido atardecer de primavera en Asgard, Sigyn mira las estrellas infinitas y se rodea la cintura con los brazos, como si así pudiera abrigar a la fuente del frío que le hiela los huesos día y noche.

A esa "innecesaria abominación".

Casi no puede contener las lágrimas al recordar a Loki pronunciando esas palabras, al saber del tremendo odio por sí mismo que encerraban. Y no quiere preguntarse si Loki habría dicho lo mismo -pensado lo mismo, sentido lo mismo- de haber llegado a saber que cuando escupió aquel insulto la hipotética abominación era ya una realidad tangible. Teme demasiado que la respuesta sea un sí.

Los pasos que oye a su espalda delatan a Thor, que se acerca en silencio. Él acude allí a menudo, casi tanto como ella, aunque normalmente consiguen no coincidir. Las pocas veces que eso sucede se limitan a estar el uno junto al otro con la mirada perdida en las estrellas, sin apenas hablarse. Sigyn apenas se siente capaz de mirar a Thor a la cara, demasiado dividida entre la ira y la compasión cuando lo tiene delante. Imagina que a Thor le pasa lo mismo. Hermanados en el mismo dolor, son sin embargo incapaces de ayudarse, de ofrecerse consuelo el uno al otro. Lo sucedido aún pesa demasiado entre ellos. Puede que nunca deje de pesar.

No deberías acercarte tanto al borde.

No hay el menor asomo de broma en la voz de Thor. El agujero de gusano sigue abierto, y parece preocuparle de veras que Sigyn caiga si se acerca demasiado. ¿O tal vez "caer" no es la palabra?
—No voy a saltar, si es lo que temes.

No es eso lo que temo, sino a tu torpeza: éste no es un lugar en el que podamos dejarte tropezar a gusto.

Pese a su tono de broma y su indiferente encogerse de hombros, la expresión en los amables ojos azules de Thor delata su preocupación. Nunca ha sido bueno mintiendo y Sigyn encuentra un poco enternecedor que todavía no se haya dado cuenta.

Ya sé que Vanaheim no cría a sus hijas para que se arrojen a la pira de sus esposos —añade Thor en voz baja.

Las entrañas de Sigyn se retuercen todavía un poco más al oírle, algo que habría creído imposible. Aparte de la reina Frigga, nadie más que Thor -precisamente Thor, de entre todas las almas de Asgard- se refiere a ella y Loki como marido y mujer. Porque da igual que los esponsales, celebrados a puerta cerrada, se hicieran ante los testigos necesarios y estuvieran ajustados a la norma y la tradición: Asgard los cuestiona como cuestiona todo lo que no se haga de manera pública y ruidosa ante una multitud enfervorecida que sirva de testigo, como cuestiona la legitimidad de la entronización de Loki y los pocos aciertos de su breve regencia. En la corte se habla poco del asunto y nunca en voz alta. El propio Odín pasa de puntillas por encima del tema, fiel a su convicción de que basta con ignorar una verdad inoportuna para que ésta acabe desapareciendo. A ojos de casi todos, es como si nunca hubiera sucedido. Pero Thor insiste en dar a Loki y Sigyn el título de esposos cuando habla de ellos, delante de quien sea. Y Sigyn sabe que hay algo más que cariño y deferencia hacia el hermano muerto en esa obstinación. Sabe que es un cierto egoísmo lo que hace a Thor remarcar de forma pública y continua que Sigyn es la viuda de otro y que por tanto ya no es posible su boda con un futuro rey de Asgard. Sabe que es su amor por la mujer de Midgard lo que ha convertido a Thor en valedor de la causa que hará definitivamente imposible su matrimonio con ella. Pero no le importa. Por amor, por egoísmo, por la simple inercia de su rabiosa locura, por la maldita razón que fuese, Loki la convirtió en su esposa a pesar de todo. La ligó a él de manera irrevocable, nunca lo bastante asqueado de su condición de monstruo, nunca lo bastante cegado por su empeño en apartarla de su lado como para dejar de quererla para él solo. La hizo suya y se hizo suyo, decidido por encima de cualquier dolor y duda a que pasara lo que pasara Thor no pudiera tenerla. E incluso en medio de la oscuridad y la rabia de aquellos días hubo instantes de felicidad y destellos de amor genuino que para Sigyn legitiman absolutamente su matrimonio. Interesado o no, el reconocimiento de Thor a esa verdad es un bálsamo para ella, un minúsculo triunfo en medio de la derrota.

Creo que aún no te he agradecido que te refieras a mí como su esposa y no como su puta —musita ella, estudiando el perfil de Thor mientras él pierde la mirada en el abismo.

En las noches en que acude a las ruinas del Bifrost, a diferencia de Sigyn, Thor sí mira hacia el agujero negro que se arremolina debajo de ellas. Lo hace solo y en silencio, a veces de rodillas como si velara frente a una tumba invisible. Sigyn le ha visto hacerlo, mirándole desde lejos sin encontrar ganas ni fuerzas ni valor para intentar consolarlo. Se pregunta si algún día Thor será capaz de mirar hacia ese abismo sin ver a su hermano soltarse de su mano para precipitarse a él. Se pregunta si también Thor soñará con una realidad paralela en la que ha sido capaz de salvar a Loki. Se pregunta si el ahora único príncipe de Asgard sabrá hasta qué punto su consentimiento a casarse con ella fue, para Loki, la enorme gota que rebosó un vaso demasiado lleno de agravios. Sigyn se hace muchas preguntas acerca de lo que siente y piensa Thor y hasta hace poco la respuesta a todas ellas habría sido "no". Pero Midgard le ha cambiado. Y después del exilio y de la mujer mortal, perder a Loki de la manera en que lo ha perdido parece haberlo resquebrajado de manera irreparable.

Ya no es el mismo.

Nada es lo mismo.

Tendría que haberme dado cuenta —le oye decir, también en voz muy baja—. Vosotros dos, quiero decir. Nunca me imaginé...

Cuando Loki quería mantener algo en secreto no había nadie en los Nueve Reinos capaz de descubrirlo, así que deja de culparte por eso. No eres el único al que le ocultó cosas. Hay verdades que ninguno nos habríamos podido imaginar acerca de Loki, Thor

Ni siquiera ella.

Ni siquiera él mismo.

El silencio cae sobre Sigyn y Thor, denso, pesado. La naturaleza jotunn de Loki todavía es un tema delicado y secreto del que los pocos enterados hablan sin hablar, otro tema incómodo sobre el que pasar de puntillas. Pero Sigyn siente que la necesidad de Thor de abordarlo es casi tan grande como la suya. Se recuerda de niña, cogida de la elegante y fría mano de Loki, temblando de miedo ante las historias de los Gigantes de Hielo que contaba Volstagg. Está segura de que Thor se recuerda en mil momentos de su vida en que manifestó su asco y su desprecio por la raza jotunn y juró, delante de Loki, exterminarla entera con sus propias manos. Ambos se recuerdan a sí mismos y se imaginan a Loki tras saber de su verdadera naturaleza, lo imaginan con su cerebro girando a toda velocidad en una danza demencial, seguro de ser aborrecido por aquellos a quienes más ama. De alguna forma, sin querer, todos han ayudado a pavimentar la senda por la que Loki se ha adentrado en su propia locura. Sigyn no cree que Thor pueda soportar esa idea mejor de lo que la soporta ella.

Pero si lo hubiera sabido...

¿Te habrías negado en ese caso, Thor?

¡Por supuesto que sí!

¿Habrías desobedecido a tu padre? —casi solloza Sigyn a la vez que ríe sin ganas, irónica, amarga—. Si tu propia felicidad te daba igual, ¿debo creer ahora que la de Loki te habría importado tanto como para rebelarte?

¡Yo le quería, Sigyn! ¡Era mi hermano!

Thor suena vehemente, furioso casi, indignado de que alguien pueda poner eso en duda, con una insoportable nota de angustia vibrando en el fondo de su voz. Sigyn contiene el aliento. "Su hermano". Aun sabiendo lo que era Loki, aun después de todo lo ocurrido, de todas las mentiras, de la destrucción y la muerte, del odio y las lágrimas...

Todavía llamas hermano a un Gigante de Hielo que hace semanas intentó matarte en este mismo lugar —observa con voz cansada, temblando.

¿Y me lo dices tú, que a pesar de todo cuanto hizo aún lo llamas esposo?—dice Thor a su vez, igual de exhausto—. Hay cosas más sagradas que la sangre. Todo lo que vivimos juntos Loki y yo, todo lo que hemos compartido durante tantos años... Me da igual lo que todo el mundo crea, lo que Loki mismo creyera. Hace falta algo más que un desencuentro y unos litros de estúpida sangre jotunn para que yo repudie a mi hermano.

Sigyn no sabe si reír o llorar ante las palabras de Thor, ante su tozudez, sobrecogida por la certeza de que por primera vez desde que se conocen podrían llegar a comprenderse.

Al final resultará que Loki tenía razón y Midgard te ha ablandado.

No me he ablandado —gruñeThor.

El dorado Dios del Trueno sigue oliendo como huele Asgard, a sol invencible y a vigor de juventud, pero su esencia feliz de antaño le llega a Sigyn tan entreverada de dolor que sólo su propio dolor paralizante la frena ahora de abrazarlo.

Ojalá Loki hubiera sabido esto que me estás diciendo a mí —murmura—. Ojalá hubiera sabido que tú nunca dejarías de ser su hermano, que yo me mataría antes que dejar de quererle. Ojalá...

La aflicción de Thor es desarmante. Sigyn se pregunta cómo será llorar la muerte de Loki sin el demente consuelo de sentirlo vivo que la sostiene a ella. No puede imaginarse un pesar semejante. Por un instante desea con todas sus fuerzas que Thor pueda volver a ser el grandullón arrogante que ignoraba el significado de las palabras responsabilidad y culpa, pero sabe que eso ya es del todo imposible.

¿Qué harás ahora, Sigyn?

¿Qué hará ahora? Sigyn se encoge de hombros. Destruido el Bifrost, volver a Vanaheim es físicamente imposible. Pero aunque no fuera así... ¿Querría volver? ¿Su patria es ahora una opción segura para ella? ¿Acaso el ser la sucesora legal de Udre no la convierte, a ojos de él, en su enemiga? ¿Cuenta todavía con la protección de Odín después de lo que ella y Loki le hicieron a sus planes? ¿Qué le aguarda en Vanaheim? ¿Qué le aguarda en cualquier lugar, dentro y fuera de Asgard? Sigyn no es ninguna ingenua. Sabe que la gente murmura y que los rumores viajan a veces más deprisa que la luz. Sabe que había personas al tanto de su compromiso con Thor ,del que ella no supo nada hasta que ya era demasiado tarde para frenar lo hecho por Loki; y sabe que esas personas hablarán, si es que no han hablado ya. Antes o después, allí donde vaya, Sigyn no será más que la princesa indigna que estando destinada a un hombre se unió por amor a su hermano, la deshonra vanir que nadie querrá cerca de los suyos, la mujer marcada, la querida de un usurpador, la puta del asesino que estuvo a punto de destruir Jötunheim. Nada más que el rechazo y los murmullos apuñalando su espalda la aguardan a lo largo de los Nueve Reinos. En Asgard, seguramente, será peor que en ninguna otra parte. Sin embargo, Sigyn no quiere irse. Hace años que su único hogar está allí donde se encuentra Loki; y sobre el Bifrost, al borde del abismo que lo ha engullido, la irracional ilusión de que él no se ha ido del todo es tan sólida que Sigyn casi puede tocarla.
Marcharse será como perderlo de nuevo. Será perderlo del todo.

¿Debería reconocer que ya está loca, por sentir así?

No puedo ayudarte a volver con tu familia si es eso lo que deseas. Los caminos de Yggrasdil se han roto y aún tardarán en repararse. Pero mientras no puedas regresar a Vanaheim, y mientras tú lo desees, nuestra casa sigue siendo tu casa. Ahora más que nunca eres parte de mi familia, Sigyn —dice Thor, convencido— .Y si estás dispuesta a quedarte en Asgard y a trabajar con nosotros, te prometo que me encargaré en persona de que nadie olvide el respeto que se te debe.

¿Trabajar con vosotros? —pregunta Sigyn, curiosa.

Thor sonríe y se encoge de hombros, con un vago aire azorado en su rostro.

La conexión entre los Nueve Reinos tiene que reestablecerse cuanto antes. El Bifrost ha de ser reconstruido. Y en todo el mundo sólo Heimdall lo conoce mejor que tú. Te necesitamos.

Sigyn no disimula su sorpresa, su incredulidad. ¿Quién ese ese hombre, y qué ha hecho con Thor? ¿Qué ha pasado con el tarugo que definía sus experimentos con el puente como "esas jodidas tonterías"? Su anhelo de volver a establecer una vía hacia Midgard debe de ser en verdad poderoso, si ha conseguido semejante transformación.

Odín no me lo permitirá.

Mi padre es el primer interesado en arreglar las comunicaciones. Y esa gente hostil de las estrellas sigue ahí, amenazando los mundos de Yggrasdil. Él sabe mejor que nadie lo imprescindible que eres ahora, no importa lo que...

¡No me lo permitirá, Thor! He desafiado sus designios, aunque no fuera consciente de que lo estaba haciendo. No puede tenerme delante sin pensar en que ya no puede casarme contigo, en el daño que Loki y yo le hemos causado a su glorioso plan para la Paz Perpetua. Ni siquiera me mira a la cara, ¿no te das cuenta? Él nunca...

Yo me encargaré de mi padre —asegura Thor, obstinado.

¿En serio? ¿Te enfrentarás a él por mí? —inquiere ella, incrédula—. ¿Serás el valedor de la oveja descarriada de los Lyrsson?

No: seré el valedor de la viuda de mi hermano.

La viuda de su hermano.

Y también la madre de su sobrino, piensa Sigyn, intentando ofrecerle a Thor un rostro amable en respuesta a sus palabras de apoyo pero sintiendo en las tripas, como cada vez que recuerda que está embarazada, el frío mordisco de la incertidumbre y la amargura.

Todavía no se le ha dicho a nadie. No ha estado segura hasta hace apenas unos días, cuando lo ha sentido moverse corpóreo y frío dentro de su útero. Pero ahora lo sabe, y sabe también en lo más hondo de su instinto que es un varón, y está muerta de miedo. Lleva dentro el hijo póstumo de Loki; el inocente al que él mismo se refirió como "una innecesaria abominación" pocos días antes del fin, ignorante, como ella, de que ya lo habían engendrado. Su vientre alberga una criatura mestiza e imprevisible que seguramente no llegue a nacer, incapaz de desarrollarse con normalidad dentro de un cálido cuerpo vanir, y Sigyn aún no puede decidir si esa idea la entristece o la alivia. La posibilidad de parir un bebé muerto resulta tan angustiosa y paralizante como la de alumbrar un monstruo, como la de ser ella quien no sobreviva al parto. Sin embargo, no es nada de eso lo que Sigyn teme más. Es Odín.

Sigyn admite que quizá no está siendo lógica ni justa con quien aun hoy se llama padre del padre de su hijo, pero tiene miedo de Odín. Porque si llega a nacer, este niño no será cualquier niño. No sólo le pertenecerá por ley la corona de estrellas de plata tan duramente ganada por la estirpe de Sigyn tras décadas de guerra, ni serán los vanir el único pueblo sobre el que pueda reclamar sus derechos de sangre. ¿Y cómo no va Asgard a ver en él una amenaza? ¿Vanaheim y Jotunnheim regidos bajo la misma mano? Odín jamás lo permitirá; no a menos que él pueda controlarlo y manejar los hilos desde Asgard, como pretendió hacer en su día con el reino de los Gigantes de Hielo al adoptar a Loki. Quizá el hijo de Loki sólo nazca para conocer una muerte temprana en aras del bien de Asgard; o quizá su destino sea crecer manipulado entre mentiras, para servir como otro instrumento a los designios de Odín. Y Sigyn no está segura de cual de las dos posibilidades la aterra más.

Pero la pequeña parte de ella que no fantasea con perder el niño, la que contra toda lógica quiere desesperadamente que el fruto de su amor por Loki llegue a nacer, quiere también que lo haga en Asgard y que sea allí donde crezca porque es su derecho natural, porque ése y no otro es su lugar en el mundo. Y la vehemencia con la que Thor todavía llama hermano a Loki , la certeza de que dentro de la obstinada bondad de su ahora cuñado hay convicciones más fuertes que la sangre, hacen que en el corazón de Sigyn la esperanza quiera levantar el vuelo.

Sospecha que eso la convierte ya en una loca, pero ¿importa realmente?

No quiero irme, Thor —le confiesa al fin.

Entonces no lo hagas.

No, no lo hará. No puede hacerlo. Huir a algún rincón aislado de las montañas de Asgard en el que nadie conozca su rostro ni su nombre es tentador pero no es una opción. Encontrar un refugio donde no la asocien con Loki ni la señalen por sus errores es la salida equivocada, porque es la más fácil y la más cobarde. Es esconderse. Es robarle a un niño aún por nacer su verdadera identidad sólo por miedo de enfrentarse, en el futuro, a las preguntas incómodas y a las explicaciones dolorosas. Y Sigyn, princesa de los vanir pese a todo el dolor que le ha acarreado serlo, no va a tomar ningún camino que implique agachar la cabeza; no la han criado para eso.

Proteger a un niño de la verdad es lo mismo que decirle que esa verdad es algo malo, vergonzoso. Loki ha pagado demasiado caro ese error de sus padres. Ella no piensa repetirlo.

Algunos dirán que eres demasiado generoso, Thor.

No. Lo que dirán es que soy idiota, pero por mí como si les zurcen. Quiero pensar que Loki haría lo mismo en mi lugar.

Cada uno lidia como puede con su aflicción. Thor defiende la memoria de su hermano muerto en contra de las evidencias y del parecer de todo Asgard. Sigyn se aferra a la posibilidad de un milagro y siente magia donde quizá no hay más que ausencia. Thor se limita a cumplir con el viejo tópico de idealizar a los muertos. Sigyn transita a ciegas por su pesar, con un pie en el terreno de la locura. Distintas estrategias pero idéntica pena. Sigyn estudia el perfil de Thor, siente en las entrañas el tirón de un impulso ingobernable, respira hondo.

Si te dijera una cosa, Thor... Si te dijera que estoy segura de que Loki no está muerto, tan segura como de mi propio nombre, ¿qué pensarías?

Sigyn no sabe qué le ha impulsado a decir eso. Hasta ahora se ha guardado mucho de compartir su locura con nadie, temerosa de las consecuencias de mostrarse como una demente incapaz de distinguir deseo y realidad. Pero de pronto ha sentido la necesidad de corresponder al inesperado apoyo que Thor le está brindando. Le ha parecido correcto, oportuno, casi necesario ofrecerle al menos un poco de la irracional esperanza que la sostiene a ella. ¿Por qué no han de poder unirse, ser aliados contra el dolor que es su enemigo común?

Pensaría que le extrañas más de lo que puede ser sano, Sigyn —replica él, con todo el aire del que ya ha contestado mil veces a esa misma pregunta en la soledad de su propia mente.

No, Thor. En serio. Si te dijera que la mayor parte del tiempo, y te aseguro que es muchísimo tiempo porque apenas duermo, estoy convencida de que Loki no ha muerto y de que sigue ahí, en alguna parte... Si te dijera que tengo una especie de prueba de que es verdad, si te dijera que creo que podría encontrarle ahí fuera y buscar la manera de llegar hasta él... —insiste, señalando el cielo inmenso y oscuro de la noche—. ¿Tú dirías que me he vuelto loca?

La mirada de Thor es intensa cuando se desvía del abismo para encontrar la de Sigyn, y está llena de genuina preocupación, pero también brilla de curiosidad.

Diría que sí —admite, expectante—. De remate, además.

Pero si resultara que yo tengo razón... ¿Traerías a Loki de vuelta a casa, cuando yo lo encontrara?

Por un momento -un brevísimo pero suficiente momento-, el Thor que sonríe a Sigyn parece el mismo muchacho radiante y despreocupado que le diera la bienvenida a Asgard en lo que ya parece otra vida. Midgard lo ha transformado en verdad, si ahora sabe distinguir cuándo la aparente locura de una mujer no es más que el fuego de una convicción capaz de derribar montañas. Entre los dos el aire se aligera, vibrante de algo que se parece mucho a la esperanza. A Sigyn no le hace falta una respuesta en voz alta para saber que Thor y ella tienen un trato.

¿Puedes sentir tú también el olor del invierno, Thor?

Lo pregunta sin mirarle, con la mente perdida ya en las estrellas. Tampoco necesita esta respuesta. También se la sabe de antemano.

Pero si estamos en plena primavera, Sigyn...

Ella niega con la cabeza, cierra los ojos y respira hondo. El aire que viene del abismo huele como el final del otoño bajo un temporal de viento del norte, huele como el bosque bajo las primeras nieves del invierno. Fluye hacia ella como una envolvente marea desde alguna parte de la inmensidad del Universo. Es la esencia de Loki, intensa, viva, presente sobre todas las cosas que la rodean. Es algo tan fuera de lugar en la dorada y cálida primavera de Asgard que la sobrecoge con la sensación de lo sobrenatural, de lo maravilloso. Y es real. No está loca. El vínculo entre ella y Loki aún existe, y sólo puede seguir vivo si Loki está vivo también.

Va a buscarlo. Va a encontrarlo allí donde él esté, cueste lo que cueste, y a traerlo de regreso a su lado.

Envuelta en los brazos invisibles del perfume del invierno, por primera vez en semanas, Sigyn sonríe.


Ahora sí que no hay más tela que cortar. Así termina todo, con esperanzas a pesar del dolor y el vínculo sobrenatural entre Loki y Sigyn todavía vivo y poderoso, reforzando la férrea voluntad de nuestra chica.
Si alguna se pregunta si esta historia tiene intenciones de continuar, os diré que podría ser, pues es algo que está en la naturaleza de los finales abiertos como éste, pero que no hay nada planeado ni escrito, y que de suceder será a largo plazo. Pero si el día que suceda queréis volver a hacer el camino conmigo, yo estaré encantada de volver a teneros de compañeras. Ha sido un verdadero placer.
¡Nos leemos!

MARYS CRANE.