RECUERDOS OLVIDADOS

Disclaimer: El mundo de «Rurouni Kenshin» pertenece a Nobuhiro Watsuki. La siguiente historia no tiene ánimo de lucro, ni nada parecido. Sólo es una historia creada por divertimento.


Notas por la actualización/revisión:

Al igual que con «Un final alternativo», a este fic le he hecho una revisión importante, así que lo iré subiendo poco a poco. Sin embargo, he visto que, no contenta con eso, según lo voy revisando para subir de nuevo, vuelvo a modificar y reescribir escenas, así que me he encontrado haciendo la revisión de la revisión X_X. Total, que no dejo de actualizarlo, pero la frecuencia de subida se toma su tiempo. Son capítulos largos y tengo un fic en publicación y unas oposiciones a la vuelta de la esquina. Así que tranquilidad y recordad las que ya lo habéis leído que en el fondo ya os sabéis la trama XD


Notas de la autora sobre el fic:

Este fic surge porque una lectora me pidió un fic con Battosai y sin comerlo ni beberlo, apareció esta historia con mi Battosai particular. Para las nuevas, un aviso sobre él. No entiendo a «Battosai» como lo suelen pintar en otros fics (una especie de energúmeno sediento de sangre que es una doble personalidad de Kenshin y que sale para hacer lo que el vagabundo no hace con Kaoru ¬_¬º). Este Battosai es algo a medias entre cómo le veo yo y cómo lo ven por el fandom. Y bueno... así me quedó XD.

Y muy importante sobre esto, en su día, para que la gente entendiera que cuando hablo de uno u otro no es por una doble personalidad, denominaba a Kenshin como «yo íntegro» cuando en lo personal le habría llamado «otro yo». Bien, en esta revisión lo he corregido a como quiero tenerlo, así que le llama «otro yo» (para las que lo habéis leído ya, sabéis a lo que me refiero; y para las nuevas, esperad un par de capítulos y ya lo entenderéis XD). Pero no es porque él se vea a sí mismo como una doble personalidad, quiero dejarlo bien claro.

Espero que os guste el fic (para las que lo lean de nuevas) y os siga gustando (para las que lo releáis) :-D


RECUERDOS OLVIDADOS

CAPÍTULO 1: El accidente

Kaoru no podía creer en la buena suerte que había tenido ese día. Era muy difícil encontrar tela de aquel color y, por eso, cada vez que encontraba un puesto donde la expusieran, cogía varias piezas para tener en los momentos de necesidad. Era una desgracia necesitar tanto un color que tan raro era de localizar.

—¡Kenshin, ven! —llamó la chica al pelirrojo que se entretenía contemplando verduras varios puestos atrás.

—Un segundo —le contestó entre el gentío.

Kenshin terminó de comprar algunas hortalizas, las metió en el canasto y se acercó a ella. Sin perder tiempo, Kaoru cogió su manga y la comparó con la tela que se exponía.

—¡Por fin! —exclamó entusiasmada—. Se me había acabado ya la tela para hacerte los arreglos.

—Kaoru, mi yukata* está bien. No es necesario coger…

—¡Tú calla! —le ordenó—. No pasaría esto si llevaras un color más normal.

Kaoru pasó su mirada por el resto de telas expuestas. De hecho, había colores que le sentarían mejor que el magenta que llevaba. Volvió a mirar su ropa. En realidad, Kenshin no llevaba aquel color de inicio; estaba descolorido.

Cuando la adquirió seguro que debió ser roja, pero después de tanto tiempo usándola por no tener ropa de repuesto, había hecho que tuviera aquel color que tan difícil era de encontrar. El fucsia era un color que recientemente se había importado desde Europa. Kaoru miró con resignación la yukata de Kenshin y suspiró. Esa prenda debía tener tanto tiempo que estaba segura de que, cuando la adquirió, ese color todavía ni habría llegado a Japón.

—Oye, Kenshin, ¿no has pensado en cambiar esa yukata por una de otro color? —le sugirió ella. Se ahorraría muchos quebraderos de cabeza si consiguiese cambiarle la que tenía por otra—. Un color más frío te quedaría bien. Piensa que con tu pelo no puedes vestir cualquier cosa —se mofó con una sonrisa perversa.

Kaoru pasó su mano por algunos de los colores que pensaba que le irían mejor. Un azul oscuro o un malva a juego con sus ojos. Tonalidades más frías que el magenta que llevaba puesto siempre.

—No es necesario, Kaoru, de verdad. Comprar una yukata nueva es un gasto que no necesitamos hacer.

—Si es por eso, tú tranquilo —le dijo despreocupada—. No tenemos que comprar una; sólo la tela. Te la haré yo.

Kaoru vio que Kenshin ocultaba una expresión escéptica. Si no fuese porque en ese momento le observaba fijamente, ni se habría dado cuenta del gesto. Kaoru se encontraba a medias entre la ofensa y la indignación. Era de las pocas habilidades femeninas que se le daban bien, claro que desde que habían entrado todos en su vida, no habían visto esa faceta.

—Sé coser muy bien —recriminó la chica al ver que Kenshin no confiaba en sus habilidades de costura.

—No lo dudo —se defendió él—. Me has arreglado muchas veces la ropa cuando se ha roto.

No siguió y Kaoru supo que se había dejado un «pero» en el tintero. Concretamente: «pero no es lo mismo coser que hacer una prenda».

—Cuando digo «coser», me refiero a en todos los sentidos. —Kenshin no añadió nada ni mudó su expresión de «no quiero decir nada porque me voy a meter en problemas»—. Lo diré de otra forma: hace años que no me compro una yukata nueva.

Kenshin entrecerró sus ojos y la miró de arriba abajo. La yukata que llevaba puesta no era nueva, pero tampoco tenía «años», como ella había dicho.

—Es cierto —dijo el vendedor metiéndose así en la conversación—. La señorita Kaoru compra muchas de las telas que utiliza para su ropa aquí. Aunque hace meses que sólo la veo adquirir tela de este color —añadió mientras señalaba el rollo de tela magenta—. Creo que usted no cuida la ropa tan bien como ella —criticó con sorna.

Kaoru se cruzó de brazos y se giró hacia Kenshin con mirada altiva.

—No, no lo hace —afirmó muy ufana.

Kenshin sonrió al ver que era reprendido por las dos personas que tenía delante. Era consciente de que a Kaoru le costaba encontrar tela del color de su yukata cuando tenía que hacerle arreglos por los destrozos que se ocasionaban en ella con sus enfrentamientos, los cuales, por desgracia, eran más habituales de lo que querría.

—Está bien —concedió con cierto aire resignado—, pero sólo si eso te facilita el trabajo. No quiero generar gastos innecesarios.

Kaoru juntó sus manos entusiasmada y sonrió al sentirse ganadora de aquella pequeña batalla.

—Esta tarde te tomaré las medidas y mañana vendré a por la tela. ¿Qué color te gustaría más? —le preguntó.

Cogió un extremo de la tela azul que le había gustado para él y se la puso cerca del rostro para tapar una parte de la yukata magenta.

—Ese color le iría bien —asintió el vendedor—. Es un color más discreto y no llamaría tanto la atención.

Kenshin estaba por completo de acuerdo con esa última parte. Mientras combatió en la guerra, toda su ropa había sido oscura: azules, negros, grises… Pero desde que terminó, había cambiado radicalmente de color y había utilizado colores más claros en su afán por romper con aquella época.

—Preferiría un color que no fuese oscuro.

Kaoru echó mano de su segunda opción, que era un color más alegre. Adoraba los ojos de Kenshin y pensar que iría vestido del mismo color que ellos, casi la hizo suspirar. Cogió el extremo de la tela y repitió la operación que había hecho con la azul.

—Éste es más claro y combina con tus ojos —comentó Kaoru. Kenshin la miró como si se hubiera vuelto loca—. Hazme caso. Ya he visto que tienes tan poco gusto para elegir los colores como el resto de hombres. Menos mal que estamos nosotras para atender a esta cuestión. —Para Kaoru era agradable superar por fin en algo a Kenshin. Pensó en que debería regodearse más a menudo con ese tema.

Kenshin vio por encima del hombro de Kaoru que el vendedor asentía a las palabras de la joven. No era que él entendiese sobre qué colores debían combinar con su pelo, sus ojos o incluso su color de piel. Kenshin siempre había sido muy funcional con la ropa. Servía para abrigar y punto. Pero vio que a Kaoru aquel asunto le alegraba y decidió complacerla.

—Si te gusta, me parece bien —accedió con una sonrisa.

Kaoru sonrió feliz y el corazón de Kenshin dio un vuelco. Con todo el tiempo que llevaba allí y ella seguía provocándole aquella reacción. Nunca se cansaría de verla feliz; era lo que le levantaba el ánimo todos los días. Cogió el canasto que había dejado en el suelo y comenzó su vuelta a casa. Con las últimas compras que había realizado, habían terminado por varios días.

—Señorita Kaoru, ¿le guardo también tela de este color? —preguntó mientras señalaba la tela de la discordia.

Y era normal que se lo preguntara, pues a pesar de no ser habitual para kimonos completos, el color se usaba mucho para motivos decorativos como las flores al ser un color tan exótico. Era difícil de encontrar y de ahí que fuese tan solicitado.

—Sí, claro…

Pero Kaoru hizo un gesto de negación con la cabeza al mismo tiempo para que el tendero supiera sus verdaderas intenciones. Aunque Kenshin vio su pequeña treta, la ignoró por completo y sonrió. Era evidente que Kaoru pretendía aprovechar aquella batalla ganada para deshacerse de su escaso vestuario.

Se pusieron de camino y Kaoru le cogió del brazo.

—Puedo aprovechar y hacerte otra. No puedes ir toda la vida sin ni siquiera una prenda de recambio.

—Kaoru, en serio, no te molestes por ello —le dijo mientras sorteaban a la gente del mercado.

—Pero no es molestia —replicó entusiasmada. Se aferró a su brazo con más fuerza y continuó—: La tela en sí no es cara. Lo que encarece la ropa es la confección y a mí no me cuesta hacerlo.

Kenshin pudo ver que Kaoru se encontraba muy complacida de sí misma y, al principio, le costó entender por qué podía ser. Tampoco le costaba hacer otras tareas, pero nunca se ponía así de feliz por hacerlas. Debería estar más atento a sus sentimientos. Siempre se lamentaba porque él era capaz de hacer las tareas domésticas mejor que ella y acababa de mostrarle una en la que ella destacaba.

Las mujeres eran criaturas muy extrañas. Aunque le había dado la sensación de que a Kaoru no le molestaba que un hombre hiciera las tareas de la casa mejor que ella, debería haber sabido que, como mujer, aquello constituía una espina en su orgullo. Kenshin había vagado lo suficiente por Japón como para ser perfectamente capaz de realizar cualquier tarea que le pusieran delante y no sentirse atado por los convencionalismos. Pero, si fuese otro hombre, todas las tareas de la casa recaerían sobre Kaoru, la cual se defendía pero poco más.

—Está bien, me fiaré de ti. A fin de cuentas, eres la entendida —le dijo y, en respuesta, Kaoru se recostó contra su brazo.

Como pudo comprobar, aquello reforzó su ánimo. Si no fuese porque la economía familiar no era demasiado holgada, le habría dejado que le compusiera todo un guardarropa si eso la hacía sentir mejor.

Kaoru no demoró mucho tiempo en ponerse con la tarea de medirle de arriba abajo. Según habían vuelto a casa, Kenshin se había dedicado a limpiar el suelo y, después de comer, se había dado un baño. Ni siquiera había salido de él cuando Kaoru le pidió que no se vistiera del todo para así poder medirle. Cuando había llegado a su habitación con sólo una toalla, se había sorprendido al verla sacar un costurero bien surtido que no era el que solía utilizar para los remiendos. Nunca se lo había visto, de lo contrario, le habría dado indicios de que a ella le gustaba confeccionar ropa.

—Tienes que buscar a Sanosuke y decirle que mañana a primera hora tiene que estar en el dojo* —comentó al tiempo que le medía los contornos del brazo.

—¿A Sanosuke? —dijo con curiosidad mientras Kaoru apuntaba números en un papel.

—¿Te acuerdas de los tres chicos de ayer? —Kenshin asintió refunfuñando al acordarse del suceso—. Han venido mientras te bañabas.

—¿Ah, sí?

Kaoru no parecía muy contenta así que supuso que la conversación no había ido bien, después de todo.

La tarde anterior, tres chicos se habían acercado para preguntar por las clases de kendo y le habían preguntado si él también era instructor. Kaoru, ni corta ni perezosa, les había corregido y adornado la verdad —o más bien, mentido con descaro— al informarles de que él era un alumno más de la Escuela Kamiya.

—Pues resulta que quieren… ¡empezar las lecciones mañana! —exclamó ilusionada. Se puso a dar saltitos y la medición del contorno de su torso quedó a la espera de tiempos mejores.

—¡Eso es fantástico! —La abrazó en respuesta cuando ella se colgó de su cuello—. ¡Tres alumnos a la vez! Es un buen comienzo. —Se separó y depositó un casto beso en su frente.

—Sí, y por eso necesito que estéis.

Kenshin se quejó con un gemido mientras le frotaba los brazos con ternura. Esperaba que Kaoru no retomara aquella mentira, pero podía ver que le caería esa cruz: iba a tener que hacer de aprendiz de la técnica «Kamiya Kassin Ryu».

En el fondo, sabía que no le llevaría mucho tiempo aprenderla pues todos los fundamentos del kendo los conocía incluso mejor que Kaoru.

Lo que no llegaba a entender era por qué Sanosuke debía estar en las clases. Si pretendía que él también aprendiera la técnica de espada, lo llevaba claro.

—¿Y para qué necesitas a Sanosuke?

—Porque ha perdido la apuesta —contestó con rapidez—. Esos tres chicos me preguntaron si Sanosuke podía enseñarles técnicas de lucha cuerpo a cuerpo.

—¿Preguntaron por él explícitamente? —se asombró.

—¡Cómo no! —resopló Kaoru irritada—. Igual que también preguntaron por ti como profesor. Pero me da igual —añadió al momento—. Si me tengo que aprovechar de vuestra fama para levantar la escuela, ten por seguro que lo haré.

Kenshin sonrió ante esa determinación por hacer lo que fuese necesario para volver a conseguir alumnos. Mientras no tuviera que enseñar su técnica, colaboraría en lo que fuese oportuno.

—¿Y de qué iba esa apuesta?

—Mientras preparabas la cena ayer, le comenté la charla con esos tres chicos y le hablé sobre la posibilidad de que diera algunas clases si fuese necesario. Además, le dije que no estaría solo, pues tú también participarías como alumno junto a los chicos. —Kaoru frunció el ceño—. Se jactó de que no lo harías —refunfuñó molesta—. Así que aposté con él a que, si conseguía que hicieras de alumno, él también se implicaría en la escuela.

—¿Y dices que has ganado la apuesta? —se rio Kenshin—. Pero si ni siquiera me lo has pedido…

Kaoru le miró con cara de pocos amigos.

—No hay problema. Haré de discípulo obediente.

Kaoru sonrió animada otra vez.

—Además, no debería quejarse. Siempre que viene aquí come gratis, luego bien podía colaborar un poco en la escuela.

—Mmm… Tienes razón. A Sanosuke no le vendría mal un poco de disciplina —meditó Kenshin por lo bajo—. Como no empiece a asentarse, la pobre acabará con otro hombre —murmuró para sí mismo.

—¿No me digas? —dijo con voz melosa—. ¿A Sanosuke le interesa alguna mujer?

—Está en ello… Pero debe empezar a espabilar.

—¿Y quién es? ¿La conozco?

Kenshin se hizo el completo desentendido.

—Es su vida privada. Si quiere, que te lo cuente él.

—Pero ¿lo has intuido o te lo ha contado él? —preguntó muerta de curiosidad.

—Eres bastante cotilla, por lo que veo —se burló el hombre con una sonrisa perversa.

—¿En cuestiones románticas? Pero ¿acaso lo dudabas? —replicó toda ella inocencia.

Kenshin rio y la estrechó contra su cuerpo. Kaoru subió sus manos hasta sus hombros y él aprovechó el movimiento para acercarse a ella y posar un suave beso en sus labios. Pero en cuanto Kaoru intentó profundizarlo, Kenshin se retiró y la miró fijamente.

—Prométeme que no vas a entrometerte —la instó con un tono más serio—. Deja que se las apañe él solo.

—Pero ¿por qué? —se quejó ella—. Quiero que Sanosuke también tenga algo como lo nuestro.

—Las interferencias no siempre son buenas. Si se presiona el punto incorrecto, se puede hacer mucho daño. Cada cosa a su momento.

Kaoru refunfuñó no muy conforme con la sugerencia de Kenshin y por eso no pudo evitar repasar en su mente las posibles candidatas. Por desgracia, Kaoru no conocía a las amistades de Sanosuke. Apenas conocía a dos o tres amigos con los que jugaba a los dados y poco más.

—Está bien —concedió a regañadientes ante la mirada inquisitiva de Kenshin.

—Eso está mejor —contestó complacido.

Kenshin subió una mano hasta su cuello y la pasó por su nuca. La acercó a él y la besó con firmeza. Kaoru abrió sus labios y Kenshin se reunió con ella en su boca. La chica suspiró y dejó caer la cinta métrica que aún conservaba en su mano para poder acariciar su espalda desnuda. A Kaoru le gustaba mucho cómo besaba Kenshin, si bien era cierto que no había tenido más contacto de ese tipo con otros chicos. A la única persona a la que había besado así era al hombre que tenía en sus brazos. Pero, aunque no tuviera con quien comparar, dudaba que pudiera complacerla más. Amaba a Kenshin con toda su alma y besar de esa forma tan íntima no era algo que le apeteciera hacer con otra persona que no fuese él.

—¿Ya estáis otra vez? —se quejó Yahiko desde la puerta de la habitación de Kaoru—. Pero ¿es que no os aburrís de estar siempre igual?

Kenshin y Kaoru se separaron riendo.

—Eres demasiado pequeño para entender por qué a nosotros no nos aburre —respondió Kaoru mordaz.

—¿Eso crees? —repuso con malicia—. ¿Y también soy lo suficientemente pequeño para saber que deberíais empezar a pensar en casaros? —les recriminó, y señaló al pelirrojo con un dedo acusador—. Kenshin está casi desnudo. —Kaoru se llevó la mano a la boca para reprimir un jadeo de vergüenza. Se había olvidado por completo de que Kenshin no estaba vestido de forma adecuada. Empezó a ponerse muy roja al caer en la cuenta—. Lo mínimo que podríais hacer la próxima vez es cerrar la puerta —les reprochó mientras seguía su camino—. Al menos no me quedaré ciego al veros —terminó diciendo por el pasillo.

Se quedaron unos momentos en silencio esperando a dejar de oír sus pisadas y luego Kenshin empezó a reírse a carcajadas.

—No deberías haberle dicho eso. Sabes que Yahiko es muy despierto para su edad —rio él sin remordimiento alguno—. Te has buscado la réplica.

—¿Te parece gracioso? —le reprendió una muy roja Kaoru—. ¿Mira cómo nos ha pillado?

—Te recuerdo que el que va vestido con una toalla soy yo —se burló Kenshin. Lo cierto era que, a diferencia de él, Kaoru estaba mucho más azorada y por eso se divertía con su reacción.

—Cierto… Pero Yahiko tiene razón: deberíamos ser más discretos.

—Por supuesto que tiene razón —corroboró él—. Pero no sólo con el tema de las puertas. —Kenshin pasó la mano por su flequillo para retirar un mechón de pelo y suspiró—. Sé que llegará un punto en el que esto se asiente y recobre mi paz mental, pero de momento no veo que ese día llegue. Porque con cada minuto que pasa, me siento más unido a ti.

—¡Kenshin! —dijo llena de júbilo—. Te quiero tanto…

Kaoru se abrazó a él emocionada, sin tener claro qué le hacía más ilusión: si las palabras que le había dicho, o que hiciera referencia al matrimonio. No estaba muy segura de cuándo Kenshin se decidiría a proponérselo. Aunque hacía casi un año que vivían juntos, como pareja oficial, sólo llevaban unas semanas. No estaba muy al día de los tiempos prudenciales de cortejo, pero tampoco creía que su caso fuese normal. Las parejas no tendían a vivir juntas antes de casarse —que era lo que ellos hacían—, si bien la convivencia había iniciado sólo como amistad.

—Será mejor que me vista y vaya a buscar a Sanosuke. A media tarde ya empieza a ser difícil encontrarle, así que, si quieres que esté mañana aquí temprano, será mejor que lo localice antes de que decida marcharse de juerga con sus amigos.

—Claro, no hay problema. —Se agachó y cogió la cinta métrica que estaba en el suelo—. Termino en un momento y te dejo marchar.

Y en verdad tardó poco. Diez minutos después se había vestido y salía por la puerta en busca de Sanosuke.

Como todavía era temprano aquella tarde, no tardó en encontrarle. Estaba en la casa de juegos con varios de sus amigos que habían ido allí después de comer.

Kenshin no tardó en ponerle al corriente de los planes de Kaoru, para su mayor desconcierto.

—¡¿Que quiere que vaya a primera hora de la mañana?! —Los dados salieron despedidos del cubilete que los contenía ante un gesto brusco de Sanosuke—. ¡¿A dar clases?! ¿Es que se ha vuelto loca?

—Tengo entendido que has perdido una apuesta con ella —le informó Kenshin con inocencia.

Sanosuke entrecerró sus ojos y le miró con suspicacia.

—¿Vas a dejar que Kaoru te entrene?

—No es para tanto. Si es la forma en la que puedo aportar a la escuela, no tengo problema.

—Vamos… Que era una apuesta perdida de antemano… —se quejó el joven.

—Lo que me sorprende es que no creyeras que lo hiciese —expresó divertido él. Sanosuke recogió los dados que habían quedado tirados por el suelo y volvió a lanzarlos en el tapete—. En realidad, si lo piensas bien, es una oportunidad para ti. Si la escuela empieza a tener alumnos y también solicitan entrenarse en una disciplina de lucha, podrías acabar siendo instructor. —Levantó el cubilete y mostró otra jugada perdedora más. Sanosuke resopló por su mala fortuna de ese día—. Podrías tener un sueldo y no depender de los juegos de azar —volvió Kenshin a la carga.

—Sí, y más vale que hagas algo pronto —comentó uno de sus compañeros de juegos—. La otra tarde vi a tu doctora de paseo con un hombre y no parecía que tuviera que ver con una urgencia médica.

Aquello llamó poderosamente la atención de Sanosuke. Katsu era un amigo de la infancia y sabía que no jugaría con algo así; o, al menos, no con algo que sabía que era tan importante para él.

—Sería algún familiar de un enfermo —negó el aludido.

—No, no lo creo —le contradijo Kenshin—. Yo también la he visto. Ayer fue la tercera vez que la vi pasear por la ribera del río con el mismo hombre en menos de dos semanas.

—¿Y por qué no me lo dijiste? —cuestionó muy irritado.

—Porque hasta ayer, no estaba seguro sobre mis sospechas. Incluso ahora sólo son conjeturas. Podría ser que esté atendiendo a un familiar con una enfermedad prolongada. —Kenshin hizo una mueca con la boca—. Aunque no lo creo.

Se hizo un tenso silencio entre los presentes, pero no completo. Las conversaciones de los demás jugadores de la estancia resonaban como ruidos sordos en sus oídos.

Sanosuke no estaba seguro de cómo encajar aquello. Megumi era una mujer de gran carácter; en especial, dirigido contra él. Como luchador que era, le gustaban hasta las peleas verbales y le encantaban las que tenía con la doctora. Era una mujer muy lista y aunque deberían motivarle más las victorias, se sentía plenamente complacido cuando ella se quedaba con la última palabra —que era más veces de las que le gustaría admitir—. Esas confrontaciones le hacían subir las pulsaciones. Se sentía tan vivo en esos momentos que había llegado a pensar que a ella también le gustaban. Incluso que al igual que le había ocurrido a él, sintiera algo por aquella persona que la mantenía en constante alerta.

Pero quizás se equivocaba, reflexionó. Quizás para ella sólo fuesen discusiones que tenía que soportar de él; que, en realidad, lo que buscaba era un compañero tranquilo con el que compartir su vida.

—Megumi es una mujer adulta que tiene que pensar en su futuro —prosiguió Kenshin—. Si quiere formar una familia, es evidente que buscará un hombre que le dé estabilidad, algo que tú no…

Un fuerte estruendo proveniente de la calle le interrumpió y a eso se unieron varios gritos de niños. Kenshin se había levantado incluso antes de que Sanosuke se girara para mirar hacia la puerta. Un instante después, estaba saliendo del recinto.

Cuando alcanzó la puerta se encontró un escenario inesperado. Calle abajo, un grupo de hombres armados había tirado al suelo la puerta de un edificio. A pesar de ir con frecuencia por allí al salón de juegos, Sanosuke no conocía muy bien los establecimientos de aquella zona. Al bordear la legalidad, la casa de juegos se encontraba en una zona marginal de la ciudad.

Con cierta sorpresa, vio que la poca gente de la calle se escondía presa del pánico. Aunque era cierto que era una banda, en otras zonas de Tokio muchos transeúntes se quedaban a mirar lo que ocurría a una distancia prudencial. Sin embargo, era evidente que estaban en un barrio peligroso. La gente huía por sus vidas; no se quedaban a mirar lo que pasaba.

La casa de juegos también se cerró a cal y canto, pero segundos después escuchó a su amigo Katsu protestar y salir del lugar. Según lo hizo, la puerta se volvió a cerrar y Sanosuke oyó cómo pasaban el seguro.

—¿Ése no es el orfanato? —preguntó con sorpresa Katsu a nadie en particular.

Salieron corriendo y se juntaron con Kenshin que ya había abatido a varios hombres. Había algunos en la puerta y otros habían entrado dentro del edificio. Los gritos aterrorizados de los niños provenientes del interior continuaban sin cesar.

—¡No te metas, enano! —amenazó a Kenshin uno de los hombres que parecía el líder—. No se te ha perdido nada aquí. Los niños son nuestros.

—No permitiré que os llevéis a esos niños —replicó su amigo con voz fría—. Ya han sufrido bastante con la pérdida de sus padres. No merecen que vengáis a darles más problemas.

Dos hombres se les acercaron y Sanosuke y Katsu los dejaron tirados al momento. El líder ni siquiera se inmutó por las bajas de dos de sus secuaces; de hecho, incluso compuso una sonrisa perversa.

—A estos niños no los va a echar de menos nadie y son muy valiosos en el mercado negro.

Sanosuke vio que a Kenshin le aparecía un brillo especial en los ojos, más propio de cuando estaba en verdaderos apuros, que de la situación en la que se encontraba. No entendía muy bien por qué aquel hombre estaba espoleando la parte más agresiva de Kenshin y con la que nadie en su sano juicio le gustaría tropezar. Se veía de lejos que no eran más que matones de cuarta categoría. La única ventaja que tenían era su número.

—Son traficantes de esclavos —le susurró Katsu al darse cuenta de la intención de los hombres—. He oído que en otras zonas de Japón han secuestrado niños para venderlos a empresarios y señores adinerados sin escrúpulos. —Katsu resopló con enfado antes de seguir con su explicación—: Se aprovechan de unos pobres críos que nadie reclamará para enriquecerse. ¡Menudos bastardos!

Sanosuke miró perplejo a Katsu. Se suponía que, tras la abolición de clases, la esclavitud estaba prohibida. Pero era evidente que, al igual que con las armas o las drogas, habían buscado la manera de hacer contrabando con ellos.

Y lo que era más importante: aquellas palabras habían conseguido que conectara la situación con la actitud de Kenshin. Él había sido un esclavo de niño desde que murieron sus padres y hasta que su maestro le salvó de una banda que mató a todos los integrantes de la caravana en la que viajaba.

—No permitiré que quedéis en libertad —dijo Kenshin con una voz que helaría el infierno—. No dejaré que esos niños sufran ese destino.

El líder rio y sacó un arma de fuego. No debería haberle sorprendido. Si aquellos hombres traficaban con personas, también debían hacerlo con armas.

Y fue tras eso que se desató el caos. Cerca de una treintena frente a tres, y dos de ellos, desarmados. Sin contar con que dentro había más hombres. Había venido un numeroso grupo para llevarse a todos y cada uno de los niños que allí hubiera.

Incluso habiendo peleado multitud de veces con Kenshin, era la primera vez que veía al Battosai de antaño nada más comenzar una pelea y sin un rasguño en su cuerpo. Siempre aparecía cuando Kenshin o alguien cercano a él seguía en peligro tras una ardua batalla, no desde inicio y por algo que afectaba a sus emociones. Kaoru le había contado que la primera vez que lo vio contra Jine se encontraba en aquel estado y fue escalofriante.

En esa ocasión no fue menos y dejó fuera de combate a más de la mitad sin importarle lo más mínimo que algunos llevaran pistolas, dejándoles a Katsu y a él otros tantos. Una nueva remesa apareció por la puerta del edificio. Algunos llevaban niños llorosos encima, pero otros salieron para unirse a la refriega. Katsu sacó de un bolsillo un par de explosivos y los lanzó contra los que se unieron a la pelea.

—¿Acaso siempre llevas explosivos encima o qué? —le preguntó con sorna Sanosuke. Los explosivos estallaron mientras decía aquello y varios hombres salieron despedidos por los aires, con lo que quedaron inconscientes en el suelo.

—No sería yo mismo si no los llevara —se jactó, y sacó algunos más.

Volvió a lanzar dos con idéntico resultado, pero cuando lanzó los últimos dos explosivos que le quedaban, más por suerte que por habilidad, uno de los hombres los desvió y fueron a parar contra el edificio. La pared quedó gravemente dañada y todo el edificio se tambaleó.

Todos los presentes se quedaron inmóviles contemplando la escena. Cuando el edificio pareció estabilizarse, Kenshin se puso en marcha con un semblante aún más amenazador.

—Os dejo a éstos —gritó mientras se dirigía al edificio.

Prácticamente habían despejado la entrada y quedaban los que llevaban a varios niños encima. Como maleantes del tres al cuarto, eran unos cobardes que se escondían tras unos críos. A Sanosuke le crispó como pocas cosas y crujió sus dedos para prepararlos. Quería machacar a esos malnacidos.

Pero ni siquiera pudo dar un paso antes de que parte del edificio empezara a desplomarse. Los hombres se asustaron y soltaron a los niños presas del miedo. Huyeron sin mirar atrás y dejaron a sus compinches tirados en el patio.

O la policía se había alertado por las explosiones, o alguien les había avisado, porque empezaron a llegar varios guardias. Sanosuke apenas podía articular palabra mientras Katsu intentaba ponerles al corriente.

—¡Kenshin! —gritó hacia los escombros.

Kenshin no había salido, aunque oía gritos dentro. Había chicos atrapados y varias voces de adultos que intentaban mantener la calma. Además de los policías, varios vecinos se acercaron al ver que se caía el edificio y el lugar se llenaba de guardias. Sanosuke se acercó a los escombros y empezó a revolver. Consiguieron entre varios abrir un agujero por donde empezaron a salir algunos niños y lo que parecían dos tutores.

Algunos presentaban heridas de distinto tipo, pero no aparentaban gravedad.

—¿Queda alguien dentro? —preguntó con impaciencia al adulto que parecía más lúcido.

—Todos los hombres salieron al oír las explosiones y nosotros reunimos a los chicos en una de las salas.

Sanosuke miró más atentamente la construcción: lo que se había derruido era la entrada.

—¿Estáis todos bien?

—No, una de las niñas está atrapada con un hombre pelirrojo que entró después.

—Kenshin —susurró. Le cogió del brazo y le zarandeó con fuerza—. ¿Dónde está? —preguntó con urgencia.

—Se les cayó el primer piso encima —dijo el hombre horrorizado con los ojos vidriosos.

A Sanosuke se le detuvo la respiración. No podía ser verdad. Se giró hacia el edificio y vio la montaña de escombros. No podía estar enterrado bajo toda esa cantidad de cemento y maderas.

Entró por el agujero al interior de la casa. Por cómo estaba todo dispuesto, se dio cuenta de que los tutores se habían escondido en la sala que había a la izquierda y desde la cual había un estrecho pasillo por el que se podía trepar y llegar a la puerta. Pero el hall tenía los escombros del piso superior dispersados por toda la estancia.

—¡Kenshin! —le llamó desesperado. Empezó a trepar por los fragmentos de cemento y comenzó a quitarlos—. ¡Ayudadme! —exigió a los hombres que le habían ayudado a hacer el agujero de la puerta—. Hay personas atrapadas ahí abajo.

No paraba de llamarle mientras quitaban piedra a piedra la montaña de escombros. Unos minutos después, la voz de una niña les respondió.

—Estoy aquí —dijo la voz amortiguada bajo el cemento. Sanosuke supuso que acababa de despertarse, pues les debería haber oído antes con todo el ruido que se estaba generando.

—Pequeña, ¿cómo te encuentras? ¿Estás bien?

—Estoy atrapada; no puedo moverme. —La niña empezó a llorar.

—Tranquila —dijo uno de los hombres que ayudaba en el rescate. Sanosuke se movió en dirección al sonido de la voz—. Te vamos a sacar de ahí. ¿Cómo te llamas?

—Midori —contestó entre sollozos.

Sanosuke señaló un punto al lado de donde se encontraba.

—Están aquí abajo.

Y comenzó a quitar escombros de nuevo mientras hablaban con calma a la chiquilla.

—Hay mucha sangre —añadió de pronto la niña y se puso a llorar con fuerza.

—Midori, ¿es tuya? ¿Tienes algo roto? —Sanosuke utilizó un tono de voz conciliador para intentar tranquilizarla.

—No creo. Es del hombre que tengo encima —le tembló la voz—. Está sangrando mucho.

—¿Está Kenshin contigo? ¿Está vivo? —Por unos momentos Sanosuke dejó de respirar y el pecho se le contrajo en un puño.

—Creo que sí, pero le sangra mucho la cabeza.

—Hay que darse prisa —urgió Sanosuke.

Quitaron las piedras lo más rápido que pudieron. Mantuvieron entretenida a Midori para que siguiera consciente. La chica, en el proceso, les hizo una descripción de la situación en la que estaban: una viga cruzaba por encima de ellos y eso había evitado que les aplastaran los escombros de mayor consideración.

Tras varios minutos que se le hicieron interminables, por fin dieron con ellos. La niña estaba bajo Kenshin —el cual la había protegido con su cuerpo— y a pocos centímetros por encima de ellos, la viga que Midori había mencionado. Quizás aquél no había sido el día de suerte de Sanosuke con los juegos, pero comenzaba a ver una explicación: Kenshin había acaparado el cupo de suerte de varias personas. Era prácticamente un milagro que se encontraran en ese hueco vacío.

Cuando consiguieron sacarlos se dio cuenta, con bastante sorpresa, que no parecía tener nada roto. Sí heridas de distinta consideración, pero ningún hueso roto. Kenshin era tan resistente como él, pensó con regocijo.

Estaba inconsciente y había perdido bastante sangre. En cuanto lo sacaron al patio intentó despertarle. Un par de doctores locales se habían acercado para ayudar con los heridos. Se hicieron cargo de Kenshin al instante, el cual, paradójicamente, era el peor parado de todos los presentes a pesar de haber dejado fuera de combate a un montón de hombres entre su espada, los puños de Sanosuke y los explosivos de Katsu.

Le hicieron unas primeras curas y le vendaron las heridas, en especial, las de la cabeza y la espalda que había recibido diversos impactos. Sanosuke no paraba de darle toquecitos en la cara para intentar despertarle. Los médicos le habían dicho que no estaba en coma, pero le estaba costando salir de su estado de inconsciencia debido al golpe recibido en la cabeza y la pérdida de sangre.

Cuando le curaron el brazo por fin reaccionó.

—¡Ey, Kenshin! —le saludó Sanosuke con alivio, y volvió a darle un toquecito en la mejilla—. Vamos, despierta dormilón. No es hora de echar una siesta.

Kenshin abrió los ojos y Sanosuke pudo comprobar que, incluso inconsciente como había estado, seguía alterado por la pelea.

—No me toques —gruñó el herido.

—Bueno, tranquilo, si te dolía haberlo dicho antes —comentó en tono de broma.

Kenshin aún tenía el reflejo dorado de Battosai en los ojos. Aquella trifulca le tenía que haber alterado mucho, pues nunca había visto que aquellos ojos le perduraran tras terminar la pelea. Kenshin se movió y se encogió por el dolor de la espalda.

—Es mejor que no se mueva demasiado —le pidió uno de los doctores—. Su espalda no está en condiciones de soportar movimientos bruscos.

Pero Kenshin se llevó una mano a la cabeza y, tras soltar un quejido, se tumbó y volvió a perder la consciencia.

—Será mejor que lo traslademos con cuidado —habló de nuevo el doctor—. Y su médico tendrá que revisarle estas heridas durante varios días. Va a necesitar mucho reposo.

—Kenshin es duro; no se preocupe.

—Puede que lo más conveniente sea llevarlo en camilla. ¿Su casa queda lejos? Si es así, quizás necesiten algún medio de transporte.

—No será necesario. Le podremos llevar nosotros.

Improvisaron una camilla mientras los doctores atendían las heridas menores de los hombres que se encontraban apresados. Habían tenido que traer varios coches y muchos más agentes para poder hacerse cargo de aquel grupo tan numeroso.

Entre varios de sus amigos subieron a Kenshin a la camilla y lo llevaron hasta el dojo. Donde mejor descansaría sería en su propia casa. Uno de sus amigos había ido a avisar del percance a la clínica del doctor Gensai para que fuesen al dojo Kamiya a revisarle las heridas.

El problema fue que el buen doctor llegó al dojo antes que ellos —los cuales habían tenido que ir con cuidado todo el trayecto a casa—, y Kaoru estaba alteradísima.

—Pero ¿qué ha pasado? —les interrogó en cuanto los vio aparecer calle abajo.

Cogió una de las manos de Kenshin y la apretó con suavidad mientras caminaban hacia la casa. El doctor también se acercó y echó un primer vistazo al herido.

—Parece más grave de lo que es. Lo cierto es que todos nos sorprendimos bastante —informó Sanosuke.

—¡Y tanto! Con la montaña de escombros que tenía encima pensé que no sobreviviría —comentó a la ligera uno de sus acompañantes. Sanosuke también lo había pensado, pero por nada del mundo habría dicho algo así delante de Kaoru—. Le cayó todo un piso encima —añadió sorprendido.

Sanosuke le censuró con la mirada mientras veía a Kaoru ponerse lívida. Le llevaron a su habitación y, una vez cumplida su misión, los amigos de Sanosuke se marcharon. Gensai comenzó a revisarle los vendajes y las heridas.

—¿Por qué no despierta? No está en coma —cuestionó el doctor.

—Se despertó unos momentos cuando le realizaban las curas. Se ha dado un golpe muy fuerte en la cabeza y ha perdido bastante sangre.

—Las heridas de la cabeza suelen ser muy aparatosas. Sangran menos de lo que parece, pero son más llamativas que el resto. No era una herida tan profunda como en un principio pensé. —Gensai cerró su maletín y se quedó a la espera—. Creo que me quedaré hasta que despierte para asegurarme de que está bien.

—¿Megumi está en la clínica? —le preguntó Sanosuke intentando no mostrar interés.

—No, la he tenido que cerrar, aunque a estas horas de la tarde no suele aparecer mucha gente.

—¿Y dónde se ha metido? —inquirió indignado a la vez que se cruzaba de brazos.

El doctor Gensai hizo una mueca de disgusto mientras miraba de reojo a Sanosuke.

—Eso sólo la atañe a ella —respondió crípticamente—. No te pienso decir nada.

Un escalofrío le pasó por la espalda a Sanosuke. Después de la conversación que habían tenido en el salón de juego, estaba muy susceptible con el tema. Pero no consiguió sacarle más información y lo único que pudo hacer fue imaginarse la escena que le habían comentado en el salón de juegos: Megumi de paseo por el río con un pretendiente.

Aquello le puso de muy mal humor.

Se quedaron supervisando el estado de Kenshin mientras hablaban de trivialidades. Kaoru no perdió la oportunidad de recordarle que al día siguiente tendría que estar en el dojo para la primera clase de sus nuevos alumnos. Sanosuke se excusó y alegó que Kenshin no estaría como discípulo —que era el punto sobre el que giraba la apuesta—, pero sabía que discutía con ella por discutir.

Kenshin apretó la mano que tenía sujeta Kaoru y ella centró su atención en él.

—Kenshin, ¿cómo te encuentras?

—¿Tomoe? —susurró tan bajo que apenas se le escuchó.

Kaoru frunció el ceño desconcertada. Sanosuke se acercó a él justo cuando abría los ojos. Seguía aquel destello dorado en ellos y paseó su mirada por la estancia como si la viese por primera vez.

Un segundo escalofrío le recorrió por la espalda, pero aquél era distinto al anterior. Algo no iba bien. No podía seguir alterado por la pelea que habían tenido hacía unas horas.

Kenshin detuvo el recorrido de sus ojos en cuanto le vio.

—¿Tú otra vez?

—¿Cómo que «yo otra vez»? —replicó a la defensiva Sanosuke.

—Kenshin, pareces aturdido —dijo en el acto Gensai, el cual entró en su campo de visión—. ¿Recuerdas lo que te ha pasado? ¿Sabes dónde estás?

Kenshin volvió a mirar a su alrededor sin luz de reconocimiento en sus ojos.

—No —contestó con sequedad.

Kaoru apretó su mano para atraer su atención, pero Kenshin observó sus manos unidas como si no entendiese lo que veía.

—Kenshin —se extrañó Kaoru—, estás en casa; es tu habitación.

El aludido se soltó de su agarre con brusquedad y escrutó a Kaoru de forma amenazante. Kaoru se echó hacia atrás más desconcertada aún que cuando Kenshin había preguntado por su primera esposa.

—¿Y quién demonios eres tú?


Notas del fic:

*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que el kimono.

*Dojo: Lugar de entrenamiento.


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Fin del Capítulo 1 - 3 Junio 2013

Revisión - 2 Abril 2018