Título: Breathing

Personajes: Harry y Draco.

Clasificación: No menores de 18 años.

Género: Romance/Drama.

Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece, claro está, a J.K. Rowling y a los otros que adquirieron sus derechos. No escribo con fines de lucro, sólo lo hago por puro gusto y obsesión. El argumento tampoco es mío, ya que la idea original es de FanFiker-FanFinal, quien muy amablemente aceptó mi petición de poder desarrollara. ¡Gracias querida! Espero de corazón que sea de tu agrado.

Advertencias: Slash/Lemon/EWE. Ésta es una historia que narra relaciones homosexuales y su contenido puede resultar ofensivo para algunas mentes. Si no te sientes a gusto con el tema, ruego abandones este fanfiction. Dicho está, sobre aviso no hay engaño.

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A FanFiker-FanFinal.

Porque si algún corazón se conmueve,

unos labios sonríen,

o unos ojos se humedecen,

es gracias a ella.

Breathing

Por:

PukitChan

"...and you're miles away... and yesterday you were here with me.."

Capítulo 1. Autumn Leaves

La llovizna de aquella tarde cayó de manera tan imprevista que, viéndose imposibilitado a usar magia al estar rodeado de muggles, a Harry no le quedó más remedio que correr. Y eso fue exactamente lo que hizo: en cuanto sintió las gotas de agua tocar su piel, aceleró sus pasos hasta que estos se volvieron una carrera contra la lluvia, aunque de antemano sabía que ella ganaría.

Sus latidos se elevaron y su piel se estremeció cuando sintió el agua traspasar la delgada tela de su ropa para mojarlo. Una sonrisa se formó en sus labios al darse cuenta de cómo se presentaría en ese lugar y la expresión tan poética que seguramente él le dedicaría al verlo llegar de ese modo. Pero no se lo reprocharía en palabras directas, sino en sutilezas, en gestos, en miradas. La sonrisa de su boca se acentuó al imaginarlo sentado en su rincón favorito de aquel café.

Obligándose a prestar atención al solitario camino, Harry reconoció el coloquial edificio de rojizo color que destacaba en la gris tarde. Sus pasos redujeron considerablemente la velocidad hasta finalmente quedarse quietos mientras esperaba que ése lejano automóvil avanzara y le permitiera cruzar la calle hacia un callejón. La lluvia arreció, pero eso no pareció importarle demasiado porque, a fin de cuentas, empapado ya estaba y faltaba poco para llegar. Hundió sus manos en los bolsillos del pantalón cuando avanzó por la solitaria calle hasta que sus ojos reconocieron el discreto lugar.

Situado en el corazón de Angel Islington, el Candid Cafe se había vuelto en muy poco tiempo en uno de sus lugares favoritos. El mago reconoció la puerta blanca que hubiese pasado desapercibida, si encima de ella no estuviera la escultura de un caballo que daba la impresión de estar saliendo del edificio, atravesando la pared. En esta ocasión, el caballo estaba mojado al igual que él. Volvió a retomar su caminata e ingresó al edificio, aguardando al pie de las escaleras. Miró a su alrededor y, tras comprobar que no había nadie cerca, deslizó de su pantalón la varita para susurrar un hechizo sencillo que si bien no lo secaría totalmente, al menos le permitiría entrar y no crear pequeñas lagunas a cada paso que diera. Al subir los escalones, inútilmente empezó a contarlos pese a saber cuántos eran porque no era la primera vez que lo hacía. En el camino se tocó el cabello sintiendo su humedad y se frotó las manos intentando darse un poco de calor. Sólo dejó sus movimientos inquietos cuando llegó al piso memorizado y todo a su alrededor cambió, volviéndose un lugar más cálido y hogareño.

En cuanto ingresó, un hombre de su misma edad le dedicó una sonrisa a modo de bienvenida y observó hacía el fondo, invitando al recién llegado a seguir la dirección de su mirada: tal y como Harry lo había imaginado minutos atrás, él se encontraba en la última mesa que estaba junto a una amplia ventana, cuyo cristal seguramente distorsionaba el mundo exterior gracias a las gotas de lluvia.

Harry caminó en silencio, grabando en su retina la imagen del hombre rubio de apariencia elegante que miraba hacía la ventana. Había un periódico extendido sobre la mesa y también una taza cuyo contenido aún humeaba. En algún momento debió haber sentido su presencia pues ese rostro afilado se elevó y sus pupilas se contrajeron al divisarlo. No le sonrió. Simplemente se dedicó a mirarlo hasta que Harry llegó a su lado.

―¿Qué estás esperando? ―preguntó, impaciente al notar que el moreno no pretendía apartarse de su lado. ―Siéntate.

Como si fuese la orden que hubiera estado esperando, Harry asintió, rodeó la pequeña mesa de madera y se sentó en la silla de frente, dejando salir un suspiro lento cuando sintió que su cuerpo comenzaba a relajarse.

―La lluvia me atrapó en el camino, lo siento ―exclamó. A cambio recibió una mirada cargada de obviedad mientras una rubia ceja se arqueaba, dándole a ese atractivo rostro una expresión de superioridad. Harry tuvo que reprimir sus ganas de reír.

―Algunas veces me pregunto cómo le haces para declarar tantas veces lo que es obvio, Potter ―exclamó Draco, sonriendo tras su taza, luego de beber de su contenido.

El gesto animado de Harry regresó. Para quien los conociera, quizá ésa podría ser una escena extraña pero, para ellos, era el encuentro acordado de la cita de cada tercer día en el mundo muggle. El moreno contempló al hombre que tenía frente a él: Draco Malfoy, con su postura recta, con el cabello cuidadosamente arreglado y esa mirada gris que parecía decirlo todo y a la vez nada, había adquirido con el paso de los años la madurez con tanta naturalidad que simplemente aumentaba su elegancia innata. En esos momentos transmitía una asombrosa tranquilidad.

Repentinamente el mesero se acercó, sacándolo de su análisis mientras le preguntaba a Draco si deseaba algo más para luego girar hacia Harry, reafirmando la orden de siempre. Ambos aceptaron y, al estar una vez más solos, finalmente se miraron a los ojos y se sonrieron. Harry alargó el brazo sobre la mesa y su mano buscó la de Draco, entrelazando sus dedos. Él le respondió con un sutil apretón a su piel fría.

Harry Potter y Draco Malfoy eran pareja desde hacía casi ocho meses.

Su encuentro fue accidental. Y realmente lo había sido porque, tras seis años después de la guerra, no habían tenido interés alguno en buscarse. Mentirían si dijeran que pensaron el uno en el otro constantemente: por aquel entonces, Harry había tenido que encontrar la manera de lidiar con su nuevo mundo ahora que era el mago que había asesinado a Voldemort. La paz no había llegado de inmediato pues quedaron familias destrozadas, vidas perdidas, y todo un nuevo lugar que reconstruir, incluyendo su vida. Separarse de Ginny había sido una decisión complicada y dolorosa, pero tras un largo análisis, Harry supo que no era ella lo que necesitaba y, por supuesto, Ginny no se merecía tener a su lado a alguien que no la amara. Luego llegó su entrenamiento como Auror, al que se dedicó en alma y cuerpo.

La única persona que estuvo siempre fue Teddy. Aunque, Harry no podía negarlo, también hubo alguien en su vida, una pareja con quien inesperadamente se entendió; un hombre que con el avanzar del tiempo, simplemente se fue de su lado.

Entonces, un año y tres meses atrás, en una misión para atrapar a un antiguo seguidor de Voldemort, Draco apareció. No era la primera vez que se producía un ataque contra los Malfoy, pero sí era el más serio de todos los que se habían efectuado. Harry sabía que aún existían toda clase de personas contra los ex Mortífagos. Desde simples opiniones que creían que no era posible que no los hubieran encerrado en Azkaban hasta maniacos seguidores del Señor Tenebroso que, era obvio que creían, los Malfoy deberían estar muertos. Lógicamente, Draco se vio involucrado en todo ello.

Lo que empezó como un interrogatorio cotidiano de la labor de un Auror, se volvió en una irrefrenable curiosidad por aquel hombre que ya no conocía y que en realidad, nunca se había molestado por conocer en verdad. Y tal vez, sólo tal vez, aún no era demasiado tarde para intentar.

A partir de ese momento, su tiempo comenzó a medirse en encuentros casuales en el Ministerio, saludos lejanos y sonrisas llenas de cortesía que pronto se transformaron en movimientos más sinceros, pláticas cada vez más largas y reuniones menos esporádicas. Entre ellos fluía el sarcasmo, las bromas, la sinceridad y también una base de confianza que más adelante se volvería una inesperada y agradable amistad. Surgieron las confesiones, los temores, las dudas, los secretos íntimos. Y la noche en la que Draco afirmó que prefería a los hombres, algo dentro de Harry cambió. No supo cómo empezó todo aquello, pero logró mirar a Draco de una manera distinta: como el hombre atractivo que era y que se había negando a ver por más obvio que esto fuera. Luego, comenzaron las citas llenas de café del mundo muggle, paseos por Londres, tardes de frío y lluvia, y finalmente su primer beso aquella noche, a las orillas del Tower Bridge, que cruzaba el río Támesis.

Nunca escondieron su relación y, como era inevitable, eso les trajo algunos contratiempos. La relación del Salvador con el Mortífago estuvo ―y aún seguía estando―, en la boca de muchos. Nunca pretendieron esconderse del mundo que los rodeaba, pero siempre prefirieron el anonimato del mundo muggle por la privacidad que éste les ofrecía. Porque ninguno permitiría que se metieran en su relación, no de ese modo.

Tal vez fue también por eso que comenzaron a reunirse en lugares como esa hermosa cafetería.

―¿Harry?

―Estaba pensando…

―¿Puedes hacerlo?

―…que deseo vivir contigo… ¿me explico? Juntos… en el mismo sitio.

Los labios de Draco se separaron sutilmente y sus ojos apenas se abrieron mientras sus mejillas pálidas adquirían un poco de color. Era la tercera vez que veía a Draco quedarse sin argumentos para combatirle. Y Harry sonrió al recordar que la primera vez había sido en una tarde igualmente lluviosa.

No desapartó su mano de la de Draco cuando el mesero trajo su orden y se retiró, dedicándoles una sonrisa. Esperó pacientemente a que el rubio decidiera que era el momento de retomar la palabra, aunque dentro de sí, Harry temblaba ansiosamente por una respuesta a su proposición. Sabía que era una decisión importante la que le estaba ofreciendo al rubio y que muchos pensarían que ocho meses no eran suficientes para conocer a una persona, pero, ¿qué importaba? Los demás no podrían entender cómo Draco y Harry se complementaban en tardes como ésas, en caricias y riñas, en un extraño paraíso donde conocieron una soledad compartida.

―¿Te has vuelto loco, Potter? ―cuestionó, pero una sonrisa sincera apareció en sus labios mientras estrechaba más a la mano que sostenía la suya.

―La verdad es que he estado dudando de mi cordura el último año ―exclamó, divertido y a la vez ilusionado―, pero, ¿no ya desde niño el Profeta me trataba como loco?

Draco levantó una ceja y miró por unos instantes su café, el aspecto hogareño y tranquilo del lugar, el murmullo lejano de la platica de un grupo personas que no se percató de cuándo habían llegado.

―No estaban tan lejos de la verdad.

―Y aun así estás aquí ―aseveró.

Estamos aquí ―corrigió.

―¿Eso es un sí? ―preguntó con suavidad.

Malfoy deseó poder formular alguna respuesta irónica con la que pudiera expresar lo que pensaba. Sin embargo, sólo atinó a sentir cómo su corazón latía desbocado por algo que en el fondo había añorado desde las noches en las que Harry no estaba en su cama, abrazándole, luego de hacer el amor. Entonces comprendió que aquello nunca había sido un juego o una simple casualidad en su vida. Inhaló con suavidad y buscó los ojos destellantes y verdes de Harry.

―Sí.


~•~

No era la primera vez que se dejaba arrastrar por la impulsividad del Gryffindor, quien le había hecho experimentar lo que era volver a sentirse vivo. En realidad no importaba qué vez fuera ésa, porque sería igual de abrumadora que la primera, la última, la única y todas las veces que así se requirieran.

Los detalles de dónde y cómo vivirían podrían arreglarlos después. Todo lo que importaba en ese momento era fundirse contra su piel, lamer cada rincón de ésta y explorarlo como si nunca antes lo hubiera hecho. Necesitaba cerrar los ojos y simplemente escuchar sus arrítmicas respiraciones que nunca lograrían sincronizarse a la perfección. Los gemidos de Harry, ansiosos y profundos, se mezclaban con los de él.

Su cuerpo, empapado de sudor, tembló de anticipación cuando sintió cómo unas gotas tibias mojaban su entrada preparada. Apretó sus ojos al sentir las manos de Harry colocarse en su cintura y ayudarle a descender para que lo aceptara en su interior. El suave vaivén de su cuerpo, las maldiciones, las caricias y los besos inacabados al que ese atardecer de lluvia los había llevado, se volvieron una necesidad que debía ser cumplida hasta que ambos estuvieran satisfechos.

Y los ojos verdes de Harry ―esos malditos ojos―, brillaban por la lujuria que sentía, mientras esa torcida sonrisa en sus labios le suplicaba que siguiera subiendo y bajando. Y Draco hundía sus uñas sobre los pectorales, estimulaba las tetillas, jadeaba, apretando su trasero, temblando cuando el falo del moreno acariciaba su próstata. Harry vibraba, sollozaba y acariciaba las nalgas. El rubio sonreía, disfrutando de estar encima de Harry pero siendo penetrado por él. De montarlo a su ritmo y que el auror agonizara por ello. Escuchar el sonido de sus cuerpos chocando, el aroma, el sabor salado, todo ello mientras sus cuerpos se mecían el uno para el otro, tocando los sitios que se encontraron luego del tiempo donde aprendieron a conocerse.

Por eso, si alguna duda antes invadió su mente, fue eliminada por completo en el momento en el que contrajo su cuerpo y sus labios buscaron ansiosamente los de Potter, jadeando sobre el inevitable orgasmo que se avecinaba sobre él. Pocos movimientos más, se derramó sobre ambos, tensando su cuerpo, deseando llevar a Harry hasta el límite, algo que ocurrió algunas estocadas después, al mismo tiempo que escuchaba las delirantes palabras que los labios del moreno intentaban muy débilmente formular.

Afuera, aún llovía. Sin embargo, dentro de esa habitación, todo ardía y estallaba, producto de una unión que iba más allá de lo esperado. Capricho, obsesión, tensión sexual. Existían muchas palabras con las que otros definieron su relación. Algunas veces, ellos mismos dudaron. Después de todo, qué sádico y caprichoso juego sería ése en el que su existencia dio un vuelco.

Qué insignificante podía parecer el pasado cuando tienes el más inesperado presente, aferrándose a ti con ambos brazos.


~•~

El vaho que emergió de su boca le provocó a Harry una sonrisa divertida. Le relajó el sentir la brisa helada que había dejado tras de sí la intensa lluvia que había durado varias horas. Levantó la vista hacia el cielo nocturno, maldiciendo mentalmente el hecho de tener que ir a Diagon a esas horas. ¿Diez de la noche? Bien, era una hora relativamente temprana en lugares como Soho, pero, ¿en el callejón Diagon? Sonrió al admitir que Draco era el único al que se le podían ocurrir semejantes situaciones.

Giró el rostro cuando comenzó a escuchar unas pisadas. Notó a Draco bajando por las escaleras del edificio mientras se cubría las manos con unos guantes negros. Su piel nívea estaba sonrojada por la temperatura fría, lo cual, de cierta manera, a los ojos de Harry le hacía ver adorable.

―¿Es necesario ir a estas horas? ―reprochó Harry de inmediato cuando el rubio llegó a su lado. Su pareja le miró de soslayo y comenzó a andar.

―Es tu culpa Potter. Si no hubieras estado rogando por más, probablemente ya estaríamos caminando de regreso.

―No fui el único que gritó allá dentro ―exclamó, sintiendo un leve calor acumularse en sus mejillas―. De cualquier manera, ¿aún estará abierto a estas horas?

―Ya deberías haber aprendido a no subestimar mis capacidades, Potter ―musitó, levantando una ceja en un gesto sumamente característico de él.

―¿A quién amenazaste? ―ironizó, deteniendo sus pasos para buscar la mirada de Draco.

―A nadie ―replicó, inocente, incitando el otro a seguirle. Sin más, repentinamente añadió: ―Siempre me ha gustado Westminster.

El primer deseo que Harry tuvo fue el de frenar una vez más sus pasos y preguntar qué tenía que ver aquella hermosa zona de Londres con respecto a su plática. Más contrario a lo que pensó, aceleró su andar al notar que Draco también lo hacía. El rubio miraba a cualquier otro lado con tal de no encontrarse con la figura del auror y, por primera vez, Harry se preguntó si aquel sonrojo en las mejillas del rubio de verdad se debía al frío.

Pensó en todas las mañanas en las que Draco se despertaba, su cabello cayéndole por la frente y cubriéndole los grises ojos. La expresión somnolienta y también imaginó un hogar a su lado. Entonces, Harry comprendió el mensaje.

El bufido que cubrió la carcajada que luchaba por salir de los labios de Harry apenas se escuchó. No tardó demasiado en ponerse al mismo ritmo de andar del rubio, mientras asentía con la cabeza y sus manos realizaban ademanes exagerados, como si con ello pudiese reafirmar mejor la idea que cruzaba por su cabeza.

―Westminster es perfecto ―coincidió Harry, estando de acuerdo en que ése lugar sería el adecuado para vivir. Sin más, el auror estiró su mano hacía la muñeca de Draco, quien giró su cara para ver la animada del otro. En una sonrisa que lo expresaba todo, Harry entrelazó su mano con su pareja y se encogió de hombros―. Vamos, aquí no hay muggles. Podremos aparecernos en Diagon.

En cuanto terminó de pronunciar la oración, los ojos de Harry y Draco se cerraron, dejando atrás la zona en la que se encontraban para aparecer frente al Caldero Chorreante. Harry de inmediato sintió algunas miradas sobre ellos, lo cual indicaba que habían llegado al sitio correcto. Sabía que todos aquellos que tenían la Marca Tenebrosa tatuada en su piel aún eran repudiados por muchos. Probablemente, la razón de que ahora mismo no les dijeran nada era, en primer lugar porque Draco sabía como ignorar a todos aquellos que pretendían humillarlo sin éxito. La segunda y menos importante razón, al parecer era porque no tenían ganas de enfrentarse a Harry por ello.

―¿Estás bien? ―preguntó a Draco cuando recordó a qué habían ido a ese lugar.

―Sí, por supuesto ―murmuró el otro. Ambos comenzaron a andar en silencio, ignorando las miradas despectivas y los murmullos que de tanto en tanto se encontraban. Sería más bien extraño si no se enfrentaran a ello. Pero ambos estaban dispuestos a hacerlo.

Porque no todo podía terminar mal, ¿verdad?

―Harry…

No sería hasta mucho tiempo después cuando el auror recordaría con perfecta claridad ese momento: Draco volteando a verlo, pronunciando su nombre, con una sonrisa en sus labios y una oración que nunca más llegaría a ser completada. Y Harry siempre se preguntaría qué era lo que Draco quiso decirle esa noche, segundos antes de que aquella explosión resonara en sus oídos, arrancara a Malfoy de su lado y lo arrojara a él contra el suelo en un golpe que, durante unos segundos, le arrebataría la consciencia, obligándolo a cambiar su vida totalmente…


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Autora al habla:

¡Buenas madrugadas! Quise publicar el inicio de esta historia exclusivamente hoy, que es el cumpleaños de Draco. ¡Feliz cumpleaños Draco! Que Harry te dé lo que mereces. LOL. Por otra parte, también quiero contar que es gracias a FanFiker-FanFinal que este relato está ahora publicado. Querida, estoy en esta historia, espero que sea lo que anhelas conforme vayan pasando los capítulos planeados. Tendrás que disculparme si se me van un poco las letras a la hora de publicar. ¡Para ti, con amor!

Ahora, muchísimas gracias a todas las personas que se animen a acompañarme en esta historia, es un gusto tenerlos por aquí. Muchas gracias a quienes leen y más gracias si les nace un review para su humilde escritora. Un beso enorme, mucho slash en su vida y que sea un buen miércoles. ¡Besos!