El batir de sus largas alas blancas fue el único sonido que perturbó el gélido silencio que paseaba por aquella estancia en ruinas, como un fantasma testigo del horror que sucedió durante tres agónicas horas. Se cubrió la boca y la nariz con la mano tratando de eludir el olor dulzón de la muerte. Cuerpos faes y humanos, no podía diferenciarlos, tendidos en el suelo, inanimados, muertos… Sobrevoló el Gran Salón lentamente. La imagen macabra atravesó sus retinas para grabarse en su mente como la horrenda pesadilla que era: escombros, cicatrices de una batalla encarnizada que quedaron grabadas en las paredes y adornadas en sangre…

Contuvo la respiración examinando con sus ojos acuosos toda la estancia. Entonces la vio, arrastrándose entre los cuerpos. Aquella mujer de cabellos platino seguía viva después de todo. No dudó en descender hacia su encuentro. Las largas alas de plumaje blanco se batieron con fuerza, levantando nubes de polvo cuando el aire chocó contra el suelo. La escuchó toser cuando apoyó sus pies sobre el mármol del piso. Casi podía oír el tenue gemido de terror de su víctima. Caminó hacia la mujer con paso enérgico, haciéndose escuchar, quería incrementar el temor que recorría el maltrecho cuerpo de aquella valquiria.

—Aela… —sollozó cuando la majestuosa arconte se postró frente a ella con la mirada enfurecida. La valquiria de nombre Sirina elevó sus ojos hacia la Ash, aquellos ojos se llenaron de lágrimas sabiendo que su final ya estaba cerca. Una valquiria siempre moría con honor, pero ella no podía dejar de temblar ante la presencia de Aela, que se agachó enfrente. Sin embargo, a la valquiria aún le quedaba valor para enfrentarla y morir con cierto orgullo—. No pudiste detenerlo —le dijo con la voz temblorosa—, los faes han sido expuestos y los humanos han demostrado ser unos rivales a la altura. Los más antiguos poderosos faes de las Luces están muertos entre este reguero de escombros y el Círculo de las Sombras seguirá su mismo destino.

—¿Por qué has hecho esto? —inquirió la Ash con ira y confusión, aunque ya no estaba segura de si seguía siendo una Ash después de lo que había pasado—. ¿Es que quieres que acabemos todos los faes muertos?

—¿No es lo que buscaba Dögun, la ansiada revolución? —le gritó con histeria mientras pegaba el cuerpo contra el suelo.

—¡No así! —replicó Aela mirando a su alrededor con horror. Casi podía respirar la calidez y frescura de toda la sangre derramada allí—. ¡Casi has revelado a la humanidad cómo extinguirnos!

—El sistema fae ya era un fraude, esa era la misión de Dögun, plantar esa idea entre los faes. Y ahora…

La mano de Aela se aferró a la garganta de la valquiria, impidiendo que siguiera hablando. La espalda de Siriana se arqueó dolorosamente por la acción de la otra mujer y cerró los ojos con fuerza reprimiendo un grito en su garganta a medida que los dedos de la Ash bordeaban su garganta tirando de su cabeza hacia arriba.

—¿Te aliaste con Ryan Lambert para revivir a Dögun de sus cenizas? —preguntó Aela. Era evidente el tono peligroso de sus palabras al formular aquella cuestión, eso provocó escalofríos por la piel de Siriana.

—Dögun solo fue nuestra marioneta —masculló con esfuerzo la valquiria.

—¡Explícate! —le exigió la Ash apretando sus dedos sobre la garganta de la mujer rubia.

—Ryan Lambert no tiene nada que ver —le confesó con una sonrisa. Aquella valquiria aún tenía fuerzas para ser arrogante—. Usamos sus recursos para que nadie descubriera la verdad sobre Dögun, así todos pensarían que él estaba detrás de todo y nos daría ventaja.

—¿A quiénes daría ventaja? —continuó preguntando Aela a Siriana.

—Valquirias —irrumpió una voz masculina, con evidente fatiga.

La Ash giró su rostro hacia el origen de la voz y lo vio allí, sentado entre pedazos de lo que fue parte de la bóveda de la sala. El hombre mantenía un semblante serio, molestado por algún gesto de dolor que cruzaba su cara. Lo que anteriormente habría sido un elegante y caro traje, se había convertido en girones de tela alrededor de su cuerpo. Ojos negros, cabeza rapada, una fina barba canosa y la tez oscura, Aela supo de inmediato que se trataba de Guy DuCharme, el Blackthorn, uno de los más antiguos emisarios del Consejo de las Luces. La Ash tuvo la tentación de soltar a Siriana y correr hasta él, pero DuCharme levantó su mano obligándola a detenerse, como si hubiera leído los pensamientos de la mujer.

—No te molestes —dijo el Blackthorn—, no hay tiempo que perder. Los altos mandos de las Luces están muertos, y si lo que dice esa valquiria es cierto, los de las Sombras también. Las Leyes de Sangre que rigen a todos los faes se debilitan por momentos con nuestro sistema destruido. Sin las leyes los faes estamos destinados a la extinción. Las leyes que escribió el Rey Sangriento no solo son nuestras normas, son lo que impide que nuestra raza pueda desaparecer. Aela Keogh, fuiste elegida legítimamente como Ash, así que tienes el poder de hacerlo.

—¿Hacer qué? —exclamó impaciente ella, todavía con la garganta de la valquiria entre sus dedos.

—Reunirte con el Rey Sangriento e invocar a los Una Mens —dijo tranquilamente.

—¿Los Una Mens? ¿Qué bien podrían hacer los Una Mens en todo este desastre? —preguntó Aela con desconcierto—. ¿Y reunirme con el Rey Sangriento? ¿Has perdido la cordura? Por empezar que ni sé quién es…

—Le prometí que no revelaría nunca su identidad a cambio de no buscar a su hija Aife —comenzó a explicar el hombre pero una punzada dolor en el abdomen ahogaron sus palabras en un quejido de dolor.

—¿Quién es el Rey Sangriento? —inquirió casi en un grito, aunque Aela ya podía intuir la respuesta con lo que había dicho DuCharme.

—Fitzpatrick McCorrigan —dijo el Blackthorn con apenas voz audible.

—¿Me estás diciendo que me alíe con uno de los mayores tiranos de la historia fae para salvarnos? ¿Sabes lo ridículo que suena eso? Por culpa del Rey Sangriento y su sed de conquista casi acabamos extinguidos en la Gran Guerra Fae —rebatió la Ash con recelo.

—Fitzpatrick McCorrigan es el único que queda con vida que debe saber cómo se invoca a los Una Mens —le replicó el Blackthorn arrugando el rostro mientras soportaba el dolor agudo que atravesaba su cuerpo.

—Estamos en una guerra abierta contra los humanos, los faes no se quedarán parados ante este ataque, ¿cómo nos protegerán los Una Mens? —volvió a protestar Aela.

—Los Una Mens harán lo que sea por mantener las Leyes de Sangre vivas y mientras eso pase, los faes seguiremos existiendo —dijo él en apenas un susurro. Luego su rostro palideció y su mirada cayó hacia el polvoriento suelo.

—¿DuCharme? —inquirió con preocupación al ver la extraña expresión que tenía el hombre.

No hubo respuesta. El Blackthorn se desplomó contra los escombros en los que se hallaba sentado y Aela supo con seguridad que había muerto. La Ash suspiro con resignación mientras sus ojos volvían hacia la valquiria que seguía sujetando por la garganta. Ambas cruzaron miradas silenciosas de sentimientos encontrados entre el miedo y el odio.

—¿Le vas a hacer caso? —masculló la valquiria—. Lo que de verdad necesitan los faes es un nuevo líder, uno que los una a todos. Faes, humanos, Luces y Sombras…

—¿Ahora vas a tratar a venderme de nuevo la mierda de Dögun? —le espetó con furia mientras sus dedos se aferraban con más fuerza a la garganta de la valquiria. Siriana sonrió, a pesar de que el aire comenzaba a circular con dificultad hacia sus pulmones.

—Si al final te animas a encontrarte con el Rey Sangriento deberías preguntarle… por Dögun —susurró sin apenas voz mientras trataba de vencer el agarre de Aela con sus propias en una lucha desesperada por volver a respirar con normalidad.

En algún momento, la valquiria comenzó a ofrecer cada vez menos resistencia. Siriana se encontró incapaz de vencer a aquella arconte, empezó a comprender entre los delirios de su mente próxima a la muerte, por qué los arcontes habían sido llevados a la extinción en el pasado, como otras tantas especies faes peligrosas.

—Creo que lo que vio Odín en ti fue una amenaza… —susurró la valquiria con los últimos esfuerzos que le permitió su cuerpo—. Por eso quería que te detuviera…

—¿Como dijiste? ¿Odín? —exclamó Aela con cierto temor.

La valquiria solo sonrió al ver cómo el miedo había cruzado por el rostro de la arconte por primera vez desde que se había encontrado con ella. Sin embargo, Aela solo pudo ver cómo el azul de los ojos se Siriana se desvanecía y la vida se escapaba de su cuerpo.

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Sus grandes ojos marrones la observaron con preocupación, quizá algo más, Bo no estuvo segura. Enseguida Lauren volvió su atención a la herida que tenía la súcubo en su hombro. La fae hizo una mueca de dolor cuando el algodón empapado en antiséptico hizo contacto con su corte.

—Lo siento —dijo Lauren en un susurro. Bo notó el tono inseguro en el que le habló la otra mujer. Realmente había dicho muy poco desde que llegaron de rescatar a Kenzi y además parecía algo distante. La súcubo no estaba segura si es que se había puesto en su 'modo doctora' o había algo más dentro de la cabeza de ella.

—¿Estás bien? —le preguntó sin dejar de mirar cada expresión del rostro de Lauren.

—Sí —respondió y trató de sonreír, pero simplemente esbozó una extraña mueca con la boca.

—¿Qué te pasa? —insistió Bo agarrando las manos de Lauren, impidiendo que continuara con la tarea de limpiar la herida que la fae tenía en el hombro. La humana solo suspiró y agachó la mirada—. Eh, dime lo que pasa —volvió a decir Bo con un tono dulce.

Lauren trataba de mantener su cabeza fría, lo intentaba con todo el esmero que podía, pero cuando Tamsin, con el rostro desencajado, le había confesado que había matado a Massimo, Lauren se vino abajo junto con todas las esperanzas de salvar a Kenzi del cruel e injusto destino que estaba esperando por ella. La humana volvió a fijar su atención en Bo, en la mujer que amaba. Su interior se agitó angustiado.

—Tenemos que hablar, Bo —le dijo evitando sus ojos.

Unas simples palabras que provocaron una punzada de miedo en la súcubo, sensación que se fue incrementando cuando observó el semblante serio de Lauren. Ya no le parecía que solo estuviera siendo fría, porque era su modo de ser cuando estaba trabajando, ella estaba preocupada, quizá tenía miedo o lo que estaba ocultando era dolor… La súcubo tomó aire profundamente como si eso la fuera a proteger de lo que estaba por ocurrir. La incertidumbre se instauró en la boca de su estómago como un hormigueo mientras observaba la mirada perdida en el suelo de Lauren.

—Hablemos —dijo la súcubo tratando de vencer el molesto nudo que se había formado en su garganta.

—Es sobre Kenzi —le habló en un susurro tembloroso—. Ella… —La sonrisa amarga de Lauren hizo un preludio de las palabras que casi no podían salir de su garganta. El corazón de Bo se encogió de angustia cuando vio los ojos de su novia anegarse de lágrimas que comenzaron a resbalar con lentitud por sus mejillas.

La súcubo trató de escuchar en silencio lo que Lauren le explicó sobre Kenzi, cómo unos parásitos llamados unocas se extendían por su cuerpo y cómo era imposible eliminarlos, cómo la vida de su amiga, de la persona que la había acompañado durante todos aquellos difíciles años y se había convertido en su familia, sin ni siquiera compartir sangre, perecía sin remedio. Kenzi iba a morir. Aquella certeza hizo que su pecho se rompiera y los afilados pedazos arañaran su carne por dentro, fue cómo lo sintió, y sin embargo su rostro se quedó con la misma mueca impávida que tenía antes de escuchar las palabras de Lauren. La doctora la miró, vio el dolor y el miedo dibujados en aquel marrón de sus ojos, y fue cuando los dedos de la humana rozaron las manos de Bo que sus ojos se inundaron de lágrimas.

—Va a… Kenzi… ella… —masculló con dificultad la súcubo, las palabras quedaron atascadas en la garganta, temerosas de salir. Decirlas sería admitir algo que no podía suceder.

Lauren observó el rostro quebrado de Bo. Sus ojos ardieron rabiosos cuando su novia se derrumbó entre sus brazos. El llanto de la súcubo la atravesó como un puñal ardiente de culpa. Massimo había muerto y a ella se le habían agotado las ideas. Se sentía tan impotente de saber que Kenzi se moría en sus manos y que no podía hacer nada que evitara aquel injusto destino.

—Bo, yo no me voy a ir de tu lado, ¿me oyes? —le dijo entre sollozos mientras aferraba el cuerpo de su novia entre sus brazos—. Yo estaré contigo en cada momento.

Los dedos de Bo se enredaron en los pliegues de la ropa de Lauren mientras sus lágrimas se derramaban sin descanso sobre la camisa de ella. La mano tranquilizadora de la doctora se mezclaba con su pelo proporcionándole caricias que trataban de consolarla de alguna manera inútil. De pronto, la idea de la muerte de Kenzi pareció irreal, parte de un mal sueño, no podía ser verdad. Hacía solo unos minutos la había visto durmiendo plácidamente en su cama. Antes de eso, Kenzi la había mirado con sus vivos ojos azules y con una enorme sonrisa. Quizá Lauren se equivocaba… Pero Lauren nunca se equivocaba, no al menos en algo así.

—Bo, tu hombro está sangrando otra vez —murmuró la doctora con evidencias en el tono de su voz de que a ella también le pesaba aquella situación, quizá también culpable por no poder remediarlo.

—Tú no tienes la culpa de nada —le dijo Bo, separándose ligeramente de ella y mirándola a sus rojizos y doloridos ojos con fijeza—. Yo sé que tú me amas y que harías cualquier cosa por salvar a Kenzi. Lo sé…

—Tu hombro… —masculló con un susurro tembloroso sin ser capaz de seguir observando la mirada desolada de su novia—. Toma un poco de mi chi para que se cierre la herida. Por favor…

Bo suspiró, ahuecando el rostro de Lauren entre sus manos, deslizando con cuidado sus pulgares sobre las mejillas de la humana para limpiar las lágrimas que ensuciaban la clara piel de su amada. La súcubo centró su atención en la cabizbaja mirada de Lauren y no era capaz de pensar en su propio dolor, era la agonía de ver a Lauren destruida, incapaz de dirigirle la mirada, como si hubiera la causante del aterrador destino de Kenzi; eso era lo que estaba perturbando a Bo, no podía permitir que después de todo ella se culpara de aquella situación. A la fae le daba igual la herida del hombro, solo quería abrazar a Lauren con fuerza hasta que todo a su alrededor se desvaneciera, como si hubiera sido una maldita broma que le había gastado el destino; sin embargo, accedió a lo que ella le pidió sin discutirle ni una sola palabra. Bo sabía que con la influencia de sus poderes podría tranquilizar a Lauren y así también dejaría de preocuparse de la estúpida herida del hombro. ¡Kenzi iba a morir, qué importaba que el maldito corte estuviera sangrando! Pero cuando sus labios rozaron los suaves de Lauren y el perfume afrutado de su novia llegó a ella como un dulce aroma confortador, todo lo que había en su cabeza pareció producto de su imaginación. Solo existía ese beso y la revitalizante energía que se escapó de la boca de la humana entrando con fuerza en las entrañas de la súcubo.

Bo se separó de los labios de Lauren lentamente, ignorando cuánto tiempo había estado sumergida en aquel enigmático beso y mirando los ojos de la mujer frente a ella con adoración. Sus emociones estaban al límite, ella de verdad no podía pensar con claridad y su mente era una pesada piedra de pensamientos imposibles de atender, quizá por eso le dio la impresión de que el chi de Lauren supo diferente esta vez.

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No supo dónde se había metido Tamsin después de que recibiera aquella extraña llamada que la había puesto de los nervios. La valquiria quería quedarse junto a Kenzi hasta que despertara, pero la Morrigan debió decirle algo sumamente importante y confidencial para que se fuera de allí sin revelarle la urgencia del asunto a Dyson. Dijo que volvería, pero de aquello hacía varias horas. Hale se había ausentado también de repente, su padre lo estaba buscando urgentemente y debía ser algo de cierta relevancia si su padre lo necesitaba. Así que solo quedaba él en aquella habitación, después de que Lauren se llevara a Bo para curarle las heridas.

Dyson suspiró mientras comenzó a estirar los músculos de su espalda y cuello. Había pasado demasiado tiempo sentado en aquella silla vigilando a Kenzi, decidió que era buen momento para salir de la habitación y mover un poco las piernas. Con esa idea cruzó el umbral de la puerta y caminó por el estrecho pasillo, hasta que unos sollozos lo sobresaltaron. Dyson se detuvo en mitad de camino y comenzó a seguir el sonido que lo llevó hasta la habitación de Bo. Su corazón comenzó a latir deprisa cuando reconoció el sonido de la súcubo, pero aún así decidió ser cauto y asomar discretamente la cabeza por la puerta. Sin embargo, cuando sus ojos azules encontraron la escena que aguardaba en aquella estancia de la casa, un nudo de rabia e impotencia se formó en su garganta. Él podría ser Lauren, él podría estar sosteniendo a Bo entre sus brazos mientras le decía que estaría a su lado para siempre. Pero no era él quien iba a estar junto a Bo, tuvo la certeza de eso cuando vio a la súcubo besar los labios de Lauren con cariño y devoción, y cómo seguidamente comenzó a alimentarse de ella, tomando su chi, algo que Bo nunca quiso hacer antes.

Pensó que podría, había tenido una vida más o menos solitaria, creyó podría soportar ver a Bo con otra persona además de él. Se equivocó. No era capaz.

Ya no eran palabras, Dyson había sido testigo del amor entre Bo y Lauren de una forma diferente, algo que le parecía demasiado real, la manera en la que la humana cuidaba de la otra mujer, el cariño que se profesaban… Aquello no era pasajero, Bo nunca lo había querido de aquella forma. Él no sabía por qué Bo estaba llorando, en primer lugar, pero cómo Lauren la consoló… Dyson no podía soportar esa imagen en su cabeza. De pronto una locura emergió en su cabeza y huyó de allí a toda prisa. Corrió por las calles sin detenerse y a cada paso, imágenes extrañas comenzaron a golpear su cabeza.

«Nunca te liberarás de ese amor», escuchó una voz en su cabeza. «Diste tu amor a una mujer que está enamorada de otra persona y jamás te corresponderá. Estás condenado para siempre», retumbó la misma voz en su cabeza. «Yo puedo liberarte de tu amor», esta vez la oyó como un recuerdo lejano.

Dyson dejó de correr de pronto. Su pesado jadeo fue el único sonido que lo acompañó en aquella solitaria calle en medio de la noche. Miró en todas direcciones, asaltado por una inquietud que no supo comprender mientras un deseo se metió en la cabeza. Necesitaba sostener en sus manos un colgante, pero no un colgante cualquiera, uno con un cordón negro del que colgaba un fino cristal azulado. Él no supo por qué, él solo sabía dónde encontrarlo.

Volvió a echarse a correr. La necesidad de encontrar aquel misterioso colgante lo llevó en apenas media hora hacia su apartamento. Rebuscó en sus cajones, en los armarios… y entonces lo halló bajo el colchón de su cama. Lo sostuvo en su mano, sujetando el cordón y observó el cristal azul balancearse de un lado a otro. Aquel enigmático movimiento despertó algo dentro de su cabeza. Recordó que él mismo trajo ese colgante del Valhalla porque se lo había entregado el mismo Odín. Entonces, recordó:

Dyson nunca se acostumbraría al brillante reflejo del mármol que cubría el suelo ni al blanco impoluto de las paredes y techo. Cada vez que observaba el interior del palacio del Valhalla, se quedaba maravillado. No obstante, en aquella ocasión, su mirada estaba más atenta a la intimidante figura que gobernaba en aquel lugar. Los ojos azules, impregnados de una frialdad escalofriante, miraban con fijeza al lobo y éste no podía apartar su atención de Odín, sintiendo que cada segundo que pasaba en aquel lugar con el viejo Rey de las Sombras, era un momento de peligro.

—Ysabeau fue concebida para ser uno de los más poderosos faes —dijo Odín con su voz impasible y profunda—, eso era importante para el destino que está escrito para ella. Pero ser tan poderosa sin estar preparada podía ser muy peligroso, por eso limité sus poderes antes de que naciera —continuó, desviando sus ojos hacia el colgante que sostenía entre sus manos. Aquel colgante de cordón negro del cual colgaba un cristal de color azulado—. Ella ahora está segura de lo que piensa, de lo que siente… Está preparada para alcanzar todo su potencial —explicó el padre de Bo volviendo su atención al lobo—. Para eso te necesito a ti, Dyson. Libera la naturaleza de mi hija y yo a cambio romperé la maldición de tu amor.

—Nunca haré eso. Jamás confiaré en ti —negó Dyson, retándolo con la mirada—. ¡No voy a traicionar a Bo!

—No entiendes nada, tonto lobo —bufó Odín con exasperación—. A ella no le pasará nada. Superó el Amanecer, viajó hasta aquí y consiguió salir sin mi ayuda. ¿Por qué? Por su poder. ¿Crees que tienes una oportunidad de estar con ella? Le di la posibilidad de elegir entre tú y esa doctora humana, ¿recuerdas? Tú te ofreciste como el buen idiota que eres, sacrificando tu vida por el amor efímero de ellas y ¿qué fue lo que eligió Ysabeau? A sí misma.

—Eso es falso —protestó Dyson con recelo y clavando sus ojos furiosos en los de Odín—. Puede ser tu hija pero no la conoces. Ella es el ser más bondadoso y justo que habrán visto tus miserables ojos. Es incapaz de hacer daño a alguien que le importa y por eso prefirió sacrificarse que elegir mi vida o la de Lauren.

—Esa no era tu amada Bo —le replicó con altanería—, era la oscuridad de su interior dominándola para sobrevivir, dándole las fuerzas que necesitaba para hundir mi lanza en sus propias carnes —se apresuró en explicarle Odín—. Esa misma oscuridad que la dominará si ella no la controla antes. Tú has tenido que ser testigo del poder de su naturaleza cuando se desata. Ella es tan poderosa ahora… Sé que será capaz de controlar su oscuridad completamente y no al revés. Lo acabarás comprendiendo, Dyson, y entonces lo harás…

Los recuerdos se dispersaron en su mente cuando observó horrorizado que había hecho añicos el cristal del colgante. Pedacitos de piedra azul se esparcían por el suelo de su apartamento. Entonces, algo recorrió la estancia. Dyson no estuvo seguro. Fue como una corriente de aire, algo que acarició su piel y erizó los vellos de la misma. Creyó ver una sombra bailar sobre las paredes de la habitación, pero no sabía si había sido producto de su nerviosa mente. Pronto sintió la incertidumbre y el miedo recorrerlo. ¿Qué había hecho exactamente? ¿Y si había puesto la vida de Bo en riesgo solo por aquel estúpido amor?

Se llevó la mano al pecho mientras por sus venas la ira parecía que iba hirviendo su sangre, pero entonces, sintió algo allí. Algo se liberó dentro de él. Dyson no pudo entender cómo de pronto sus temores se aliviaron, cómo en su pecho algo pareció entrar para reconfortarlo. Debió ser que su trato con Odín se había cumplido. La naturaleza de Bo se había liberado y su amor por ella había desaparecido. Algo dentro de Dyson se sintió vacío de repente.

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«Es la hora, Bo»

«Debes saber a lo que estás predestinada»

«No tengas miedo de mí. Soy parte de tu naturaleza. He sido despertada»

«Bo, estás lista. Lista para liderar el mundo. Ese es tu destino, para eso fuiste concebida»

Y abrió sus ojos. Su respiración agitada quemaba su garganta y su corazón latía rápidamente dentro de su pecho. Sus nudillos ardían, los observó, estaban magullados. Se llevó las manos a la cara, también había pequeños cortes en ella. Miró a su alrededor, no sabía dónde estaba, pero no se sentía asustada. Algo en sus entrañas serpenteaba llenándola de vitalidad y fuerza.

Observó las altas copas de los árboles en medio de la oscuridad, cubriendo parte de las estrellas. Respiró aliviada. Se sentía como si hubiese ganado la más cruda de las batallas y pronto descubrió a quien había vencido, aunque no recordaba lo que había pasado ni cómo había llegado a aquel bosque. Por primera vez en muchos años, no sintió el hambre voraz que dominaba siempre todos sus sentidos, que la sumía en una agotadora lucha por mantenerse en control. Bo había derrotado a su súcubo y ahora esa parte de ella era la sumisa.

Sonrió y dejó salir de su garganta varias carcajadas eufóricas mientras sus ojos se iluminaban en un azul intenso. Desde aquella vez donde había matado a Kyle, su primer novio, no se había sentido de aquella forma: libre.


NOTAS: Antes que nada quisiera agradecerles vuestra paciencia y que sigáis, ante todo, leyendo esta historia. Soy consciente de todos los meses en los que no he actualizado y pido muchísimas disculpas por ello, lo siento mucho de corazón, pero hay veces que se pierden las ganas y la inspiración se aleja del escritor, personalmente no encontraba ese "espíritu" que me dan ganas y me impulsa a seguir con la historia. Por eso quiero agradecer a aquellas personas que a pesar de todo me siguieron apoyando y animando a seguir, porque me ayudaron a volver a encontrar "el camino". Espero que les haya gustado esta segunda parte del capítulo y ya estoy trabajando en el siguiente para actualizarlo lo antes posible. Muchas muchas muchas gracias por seguir leyendo y apoyando esta historia.

Si hubo algún error, pido disculpas y agradecería que me lo hicieran llegar para corregirlo porque casi ni revisé el capítulo. También quisiera añadir dos cosas sobre la trama del capítulo:

(1) En la serie ya hacía alusión a un Consejo de Las Luces en la segunda temporada, donde mandaron al Blackthorn para la ceremonia de elección del nuevo Ash, así que he supuesto que este Consejo es el alto mando de Las Luces y ya de paso me he inventado un homólogo gobierno para los Sombras (El Círculo de las Sombras) para intentar darle un poco de realismo al sistema de gobierno fae ;)

(2) Quizá necesitéis repasar algunos detalles de capítulos anteriores. Concretamente se hacen alusión a dos hechos, el primero puedo decir que es el capítulo donde descubrimos qué ha sido de Bo y Dyson, luego de que Tamsin matara a Lauren y ésta se encontrara con ambos en Helheim, aquí el padre de Bo le hizo elegir a la súcubo entre Dyson y Lauren (matando uno de los dos) para que pudieran salir de aquel lugar. El segundo hecho tiene que ver con Lauren y con algo que se había quedado pendiente en capítulos anteriores, quizá si no recuerdan deberían leer el capítulo 42.