Holis :3 Ey, juraría que yo pasaba por aquí a hacer algo importante... hummm... algo relacionado con... ¿una secuela?...

Ok, dejo ya de hacer el mongui xD Después de un tortuoso (?) mes sin estar dándoos la murga con Pones, aquí vuelvo. Debo, primero, daros las gracias por poner tanto interés en esta secuela, ya que cuando se me ocurrió la idea pensé que quizás era excesivo porque ya estaríais cansadas de esta historia. So, it's a great pleasure comprobar que no :3 Segundo, perdonadme si no es lo que esperáis, me habéis puesto el listón muuuuuy alto tras HCW y ahora no sé si me meteré la hostia, pero bueno xDDD Aunque la verdad es que creo que la trama que tengo pensada llevar en es bastante chachi *se cubre de flores*. No sé, ya me lo diréis vosotras, ¿sí?

Una última cosa, si eres nuevo/a por aquí, I mean, si no tienes ni pajorela idea de qué coño estoy hablando porque no te has leído la primera parte de esto, te recomiendo que vayas primero a leer dicha parte, Hello Cold World, porque aunque trate de evitarlo, inconscientemente voy a dar muchas cosas por sabidas ya que aparecen en el otro fic. So, lees ese, y luego vuelves, que te aceptamos igual, ¿eh? :P

Ea, ya está :3

PD: era broma, JE. Este capi se lo quiero dedicar a M (mePonesPoynter). Espero que tengas mucha suerte en la PAU, y aunque no lo necesites porque te saldrá genial: may the odds be always in your favour :3

PD2: ¿Habíais echado o no mis kilométricas introducciones? Sí, que lo sé yo... JEJEJEJEJE ._.


-CAPÍTULO 1: LET'S CONVINCE OURSELVES IT'S ALL UNDER CONTROL.-

Dougie

Echo una última ojeada al espejo retrovisor de mi lado del coche, asegurándome de que queda suficiente espacio entre el culo de mi coche y el morro del de atrás. Asiento satisfecho al comprobar que sí, y en un ágil movimiento giro la llave en el contacto, apagando el motor. Tras comprobar que llevo todo y no me dejo nada a por lo que después tenga que bajar, salgo del vehículo, apretando el botón del control remoto que lo bloquea y echando a andar dirección al bloque de edificios que queda a unos metros.

No puedo evitar que un bostezo cansado me haga parecer el león de la Metro Goldwyn Mayer, y llevo la mano que no sujeta la bolsa de deporte llena de ropa y otras cosas alrededor de mi hombro a mi boca, tapándola. Esa misma mano es la que utilizo para frotarme un ojo después. Joder, sí que estoy cansado… Y eso que no me acosté tan tarde, serían las cinco de la mañana cuando me fui a la habitación del hotel que habían reservado para mí. Vale, sí, sí, lo admito, era tarde. Pero es lo que hay, no podía abandonar la fiesta cuando a mí me placiese, tenía un contrato que cumplir y respetar… Además, estoy seguro que mi cansancio también se ve influido por el hecho de haber dormido solo dos horas… Es que la cama se sentía tan fría, tan grande y tan vacía… Por eso odio trabajar fuera, porque me toca dormir solo, y me he acostumbrado tan bien a tener siempre unos brazos a mi alrededor, un cuerpo caliente junto a mí, que se me hace difícil conciliar el sueño en su ausencia.

A pesar de ello, no me quejo, porque tiene algo bueno: como no pude dormir, salí del hotel a las siete y cuarto, lo que ha adelantado mi llegada a casa casi dos horas. Echo una veloz ojeada a mi reloj de muñeca para confirmar que son las diez pasadas, para después sacar las llaves del portal del bolsillo.

-Buenos días, Dougie.-me saluda el portero del bloque de edificios, con una sonrisa de dientes blancos, cuando cruzo el vestíbulo que lleva a los ascensores.

-Hey, Steve.-sonrío, haciendo un gesto con la cabeza en su dirección, tras pulsar el botón para llamar al ascensor (porque, obviamente, no me apetece lo más mínimo subir cinco pisos a pata).

-¿Qué ha sido esta vez?-me pregunta rascándose la coronilla cubierta por una fina capa de cabello blanco. Sus ojillos azules me miran con amabilidad tras unas pobladas cejas a juego con el color de su pelo.

-Otra boda.-suspiro, sobreactuando como si me doliese la respuesta.

-No será tan malo…-comenta, inclinándose sobre el mostrador en el que está, desde donde vigila a todo el mundo que entra o sale del edificio, además de recoger el correo y… bueno, todas esas cosas que hacen los porteros de los edificios, vaya.-Hablando de bodas, mi hija se casa en unos meses, espero que me haga un precio especial…

Me río, girándome ya para cruzar las puertas metálicas que se acaban de abrir con un tintineo.

-Sabe que no está en mi mano, es cosa de la jefa… Aunque seguro que algo podremos hacer.-le guiño un ojo, apretando el botoncito del panel de control con el número cinco.

Antes de que se vuelvan a cerrar las puertas, escucho una carcajada por su parte, seguido de un 'y a ver si sigues ejemplo algún día', que me hace resoplar divertido.

Pongo los ojos en blanco mientras el ascensor se pone en marcha, una pequeña sonrisa en mis labios. Steve es un sesentón que lleva prácticamente toda la vida de portero en este edificio. Ya cuando lo conocí, al mudarnos a este bloque un poco más céntrico y más apartado de los suburbios hace unos nueve meses, nos preguntó a ver si estábamos casados. Al decirle que no, se llevó una gran decepción, y no hay día que no nos lance una pullita para motivarnos a subir al altar.

Niego con la cabeza, la sonrisa aun perfilando tenuemente mis labios, mientras jugueteo con el manojo de llaves de mi mano, esperando a llegar a mi planta.

No me malinterpretéis, por favor. No es que no quiera casarme. Solo… considero que tener un anillo en el dedo y unos cuantos papeles firmados no es signo de que quieras más a alguien. No digo que sea siempre fachada, por supuesto. Pero no es algo primordial en una relación. Además, siento que no estoy preparado para pertenecer a alguien de esa manera, porque, admitámoslo, ¿no os parece que ese anillo se asemeja demasiado a unas esposas? … Vale, quizás son solo paranoias mías, que busco una excusa metafórica y rimbombante para no admitir que, a mis veintiséis años, me acojona la idea de casarme… además, ¿y si me caso con la persona equivoc…? No, no es por eso, desde luego…

Carraspeando a pesar de estar solo en el ascensor, sacudo la cabeza, alejando de mi cabeza cualquier pensamiento relacionado con trajes, con invitados, con tartas enormes y con curas. Segundos después el ascensor se detiene con un pequeño bote y las puertas automáticas comienzan a abrirse.

Salgo del ascensor y enfilo por un ancho pasillo de paredes color pastel con puertas de madera oscura, hasta pararme frente a la que tiene la letra G. No tardo mucho en meter la llave en la cerradura y abrirla, sigilosamente, pues me da a mí en la nariz que a estas horas no va a haber nadie levantado dentro.

Reprimo un 'aja' victorioso cuando, al entrar en el apartamento, no me recibe más que un silencio tranquilo y casi dulce. Con cuidado de no hacer más ruido del necesario, dejo las llaves en el mueble de la entrada, así como la bolsa en el suelo, me quito los zapatos, la americana y la corbata (sí, he sido taaaan vago que ni me he cambiado la ropa de la boda… no me juzguéis, jopé), y luego voy desabotonándome la camisa bajo la que llevo una camiseta de tirantes plana, a la vez que camino por el pasillito, dirección a las habitaciones.

Mi intención es de ir directamente al dormitorio principal, pero no me resisto y, al pasar por al lado de una puerta blanca entornada, la empujo con delicadeza, colándome dentro de ese cuarto amplio y luminoso (aunque ahora está en penumbras porque la persiana está medio bajada) debido al azulito celeste de las paredes. Camino de puntillas hacia uno de los laterales, inconscientemente mordiéndome el labio inferior. Casi conteniendo la respiración, me inclino sobre la cuna, también blanca, mis ojos topándose con la pequeña figurilla arrebujada bajo las mantas. Una pequeña manita sobresale, y la aún más diminuta naricilla se arruga, casi como si notase mi presencia. ¿No son adorables los bebés?

-Hey, campeón, ¿qué pasa?-susurro, irresistible la tentación de pasar el dorso de mi dedo por su suave y regordeta mejilla. Frunce el ceño, a lo que yo reprimo una risita idiota. Cojo con cuidado el chupete que yace junto a su cabeza, entre el bracito y su cara, y se lo acerco a los labios. Según lo nota, lo atrapa y se pone a chuparlo como si fuera la vida en ello, y ahora sí que sí no contengo el gorgorito divertido que escapa de mi garganta.-Tranquilo, Jake, hombre, que nadie te lo va a quitar.

-Bueno, eso no se sabe. Además, de alguien habrá aprendido a hacer eso…-una voz me sobresalta, y me vuelvo para ver recortada contra la luz del pasillo una silueta, apoyada contra el umbral. Sonrío, me inclino una vez más para depositar un delicado beso en la frente de Jake, el bebé que hemos adoptado hará unos seis meses, y luego hago el camino inverso al de antes, igual de sigiloso.

-Shhh, no digas esas cosas pervertidas delante del niño, hombre. A ver si le causas un trauma.-bromeo, tras cerrar la puerta.

-¿Cosas pervertidas? ¿Qué cosas pervertidas? ¿Y por qué te has dado por aludido?-dice, sus ojos color ámbar brillando con un reflejo de picardía, a la vez que rodea mi cintura con los brazos, los míos hace ya rato alrededor de su cuello.

-Ahora intenta arreglarlo, Jem…-susurro, dejando que mi peso repose en él, antes de pegar mis labios a los suyos en un beso de buenos días.

-Mmm, ¿arreglar el qué?-tras separarse, sonríe, apoyando su frente en la mía, sus ojos derritiendo mis pupilas.

No contesto, solo me río por lo bajo antes de escaparme de su abrazo, eso sí, despeinando su cabello, un par de tonos más oscuro que el mío. Aunque no es que me haga sentir malévolo, porque ya lo tenía despeinado, seguramente porque se acaba de levantar. Sep, todavía lleva puesto el pijama, así que…

-¿Te he despertado o me estabas esperando?-pregunto, dirigiéndome hacia nuestra habitación, como tenía planeado en un principio, deshaciéndome ya de la camisa blanca, toda arrugada debido al viaje y a la fiesta de anoche. Al deshacerme de la camiseta interior, se me pone la carne de gallina, y aunque sé que ya no voy a encontrar nada más que un muy débil y tenue trazado, lanzo una fugaz mirada a mi pecho desnudo.

Jeremy me sigue, descalzo, estirando los brazos al aire hasta que su espalda cruje.

-Un poco de las dos.-confiesa, rascándose la mejilla.

Me hago el ofendido, tirándole la camiseta según pasa por la puerta. Él solo me pone ojitos, los cuales ignoro mientras rebusco en el enorme armario empotrado de este, el dormitorio principal, algo cómodo para ponerme.

Segundos después, y a pesar de que estoy con medio cuerpo dentro del armario rebuscando en busca de una camiseta vieja, noto como Jeremy se sienta en la cama de tamaño monárquico, aun sin hacer.

-¿Qué tal la boda?

-Como siempre. Mucho trabajo. Muchos invitados. Muchas fotos que sacar.-murmuro, extrayendo por fin algo que me vale.-Solo de pensar en que tengo que mirar todas y cada una para seleccionarlas y retocarlas… me voy a pegar un tiro.

-Hombre, no seas tan radical.-me giro, haciendo un gesto con la mano, antes de quitarme los pantalones, sustituyéndolos por unos deportivos anchos azul marino.- ¿Cuándo tienes que dárselas?

-Quería tenerlas en un par de días para que Alice no me ande dando la murga. Ya sabes cómo le gusta a esa mujer que los proyectos estén acabados casi antes de que los encarguen.

Ruedo los ojos, bufando, con lo que mi flequillo revolotea.

Alice es la dueña del estudio fotográfico en el que trabajo, y, a pesar de ser una persona genial, es como un sargento de hierro en lo que al trabajo se refiere.

Sí, ¡sorpresa!, estoy trabajando en algo que, si no es exactamente lo que quería, tiene algo que ver. Hace un año que acabé la carrera de periodismo en la universidad, pero encontrar el trabajo de mis sueños no es tan fácil como pensé en un principio. A ver, tampoco es que pensase que en cuanto me dieran el diploma y el título, los periódicos y revistas mundialmente conocidos me acosarían a llamadas para que trabajase para ellos. Pero, no sé, tuve muy buenas notas y no me esperé que cada vez que llamaba a una puerta me la cerraran prácticamente en las narices. Supongo que hay un montón de personas como yo, que darás una patada a una piedra y apareceremos veinte debajo. La cuestión es que después de unos meses buscando sin encontrar, desesperándome, me apareció este trabajillo de fotógrafo en un modesto estudio. Bodas, comuniones, sesiones por encargo… de acuerdo, no era viajar por el mundo capturando cada ínfimo detalle de cada cuidad, pero menos es nada.

-Hablando de bodas, Steve ha vuelto a mencionar lo de casarnos.-comento como quien no quiere la cosa, en voz un poco baja, aunque, sinceramente, no sé para qué he sacado el tema a colación.

Jeremy se remueve un poco en la cama, sentado en el borde, y juguetea con una de las esquinas del edredón.

-¿Qué te ha dicho esta vez?-pregunta, forzando un poco la sonrisa.

-Que debería aprender ejemplo viniendo de la boda.-suspiro y voy a sentarme a su lado.

-Bueno, no es tan grave, es mejor que esa vez que dijo que teníamos que aprovechar ahora que el matrimonio gay está legalizado.-intenta bromear, y yo tuerzo la boca, mirando a mis manos, las cuales he dejado reposando en mi regazo. Atrapo mi labio inferior entre los dientes, mordisqueándolo nervioso, y luego cojo aire y valor para alzar la mirada y clavar los ojos en los dorados de Jeremy.

-Oye, tú… ¿tú de verdad quieres casarte? Porque… porque ya me lo has pedido como, seis veces…

-Siete. Siete veces.-me interrumpe, un deje triste en su profunda voz.

-Siete veces,-me corrijo, aclarándome la garganta.-y todas te he dicho que no, y, no sé, igual te estás cansando de mí y de mi estúpida indecisión y cobardía…-me callo unos segundos, sin saber muy bien cómo continuar esta conversación que, tonto de mí, yo he empezado. Me froto la frente con los dedos, frustrado.

-Doug, no estoy cansado de ti.-una mano se apoya en mi hombro y vuelvo a dirigir la mirada hacia Jeremy.-Esperaré el tiempo que haga falta, ¿sí? No quiero forzarte ni que te sientas obligado a darme el sí quiero. Sé que me quieres, y yo te quiero a ti, y con eso sobra, ¿de acuerdo?-dice, una pequeña sonrisa torciendo una de las comisuras de su boca.

De nuevo, exhalo el aire de mis pulmones de forma dramática, y procedo a darle un abrazo muy fuerte.

-Eres el mejor, ¿lo sabes?-susurro en su oído, después de besarlo, sus manos contra mis omoplatos. Lo noto sonreír.

-Sí, lo sé…-pongo los ojos en blanco y le doy un capón, separándome.

Se queja, intentando retenerme, pero yo me escabullo porque mi estómago ya empieza a gruñir, exigiendo alimento.

-Voy a desayunar, ¿vienes?-informo, dedicándole una sonrisa.

-Primero voy a darme una ducha, que ya sabes que me gusta empezar el día fresco.-se levanta de un salto de la cama, da unas palmaditas y luego viene a darme un beso en la mejilla, antes de dirigirse al cuarto de baño de la habitación para ir templando el agua.

-Genial. Te dejaré un poco de café.-giro sobre mis talones, únicamente enfundados en calcetines.

Enfilo de nuevo por el pasillo, esta vez hacia la cocina, silbando por lo bajo, mientras las yemas de mis dedos recorren las paredes del apartamento. Debo admitir que me encanta. Es tan grande, tan espacioso y tan luminoso, que alegra estar en él. No ha sido barato, desde luego, más debido a la zona donde está, pero no tenemos problema para mantenerlo porque entre mi sueldo y el de Jeremy, pagamos la hipoteca de sobra y de más. Bueno, en realidad podríamos pagarlo perfectamente igual sin mis ingresos, porque Jem gana bastante con su trabajo de modelo a tiempo parcial, pero incluyéndome en los pagos me siento más realizado como persona y adulto, je.

Jeremy y yo nos conocimos hace tres años, en la universidad. Por aquel entonces él ya era modelo y posaba para algunas colecciones quizás no tan importantes como Emilio Tucci o Giorgio Armani, pero sí para algunas con cierto prestigio menos conocidas. Además, había estudiado escenográficas y había participado en papeles secundarios en algunas miniseries británicas. No era mundialmente famoso pero ya había amasado una buena reputación en sus por aquel entonces veintiocho años. Él había acudido a dar una pequeña charla sobre su carrera profesional y demás, y como yo necesitaba desconectar un poco de tanto examen, había ido. Al final de la misma me había acercado para preguntar por algo de información sobre el trabajo de fotógrafo en las revistas (hay que estar abierto a todas las posibilidades), empezamos a charlar, me invitó a un café… y, voilá, ahora vivimos juntos y acabamos de adoptar un bebé. ¿No es la vida perfecta? Sí, ¿verdad?

Mientras entro en la cocina y voy hacia la cafetera, me digo a mí mismo que sí, que es la vida perfecta que cualquiera podría desear, y ratifico una vez más que es la única que quiero, para ver si esa vocecilla dentro de mi cráneo que me increpa en siseos que una vida perfecta no tiene porqué ser la más feliz o la que uno desea. Yo soy feliz, ¿de acuerdo? Mucho. Tengo más de lo que podría querer, tengo un novio que me quiere, un trabajo que me gusta a pesar de todo, un piso bonito, incluso un hijo al que darle mi amor. No necesito más. Y no quiero otra…

Para intentar que mi mente vaya por derroteros y caminos fanganosos por los que no quiero entrar, enciendo la considerable televisión de LED atornillada a una de las paredes, esperando a que el café se termine de hacer, su amargo y delicioso olor ya inundando mis sentidos. Sintonizo el primer canal que pillo, que resultan ser las noticias, y dejo el mando sobre la encimera, dándole la espalda y yendo a buscar un par de tazas.

En menos de diez minutos ya estoy degustando un apetitoso croissant con mi cremoso café solo, sentado en uno de los taburetes de nuestra mesa alta. Estoy prestando más atención a la forma del crujiente hojaldre que a la tele, porque no dejan de salir noticias de lo mismo: que si la crisis, que si un accidente, que si el medio ambiente, que si este político ha robado no sé qué millonada… Sin embargo, parece que una antenita en mi cabeza sí que está al loro, porque las siguientes palabras del presentador hacen que vuelque absolutamente toda mi atención sobre la pantalla, mis ojos abiertos de par en par y, aunque no quiera admitirlo, el corazón desbocado en mi pecho.

Bajo del taburete casi sin darme cuenta y recojo el mando, subiéndole el volumen a la televisión.

-Contactamos entonces con nuestra corresponsal en el lugar del incidente, para saber la última hora sobre este incendio. ¿Cuáles son las novedades?

La imagen cambia y aparece en la tele una mujer, con micrófono y expresión seria, tras la cual se divisa, a unos metros y detrás el cordón policial, el coche de bomberos y una intensa y oscura humareda, mezclada con alargadas y brillantes llamas, ambos consumiendo un edificio grande de aspecto destartalado.

-Aquí, en el número 23 de la Sunshine Street, los bomberos siguen afanándose por controlar este incendio que, a las seis y media de la madrugada, ha comenzado en este almacén abandonado. A pesar de que las autoridades no pueden reunir pruebas hasta que el incendio quede erradicado, el jefe de Bomberos nos ha adelantado que barajan la hipótesis de que sea un fuego provocado. No se han encontrado de momento víctimas mortales, aunque no descartan la posibilidad, pues debido a la magnitud del incendio, los bomberos aún no han podido acceder al interior del edificio…

Tengo que apoyarme en la encimera porque siento que me mareo un poco. Número 23 de la Sunshine Street.

''Ven al almacén abandonado de la Sunshine Street Número 23.''

Las palabras pronunciadas por una voz inaudible reverberan sin embargo con total nitidez en las paredes de mi cráneo.

Ese almacén… ese es el almacén donde comenzó el principio del fin. El lugar donde Ian nos tuvo retenidos. El lugar del que se escapó. El lugar donde me marcó. El lugar donde, a pesar de mis intentos por sujetarla en ese hueco del montacargas que se abrió como un agujero directo al infierno, había dejado caer a Lilly, la hermana pelirroja, adolescente y angelical de Danny. Ese funesto lugar señalado por la muerte, por la impotencia, por la desesperación y por la culpa. Ahora mismo, ese lugar está siendo pasto de las llamas, como si por gracia divina se hubiera convertido en el tártaro que resultó ser.

A pesar de que mis ojos siguen fijos en la pantalla, ya no estoy viendo la sucesión de imágenes que plasma, sino que estoy sumido en mis pensamientos, esos en los que prometí que no volvería a caer. Así que el fuego es provocado… yo tengo una ligera idea de quién ha podido ser el causante… espera, ¿ligera idea? No, puedo asegurar al cien por cien y sin miedo alguno a equivocarme quién ha sido. ¿Quién si no iba a ser? Es mucha casualidad que ese, justamente ese almacén esté en llamas. Lo que me extraña es que no haya ardido antes…

No puedo evitar analizar eso que ha dicho la periodista de que no han confirmado aún si hay o no víctimas mortales. ¿Habrá…? No, seguro que salió, no pudo quedarse dentro, ni siquiera él querría morir en unas condiciones tan horribles como aquellas… ¿verdad?

Me doy cuenta entonces de lo mucho que tiembla mi mano, cerrada con tanta fuerza alrededor del mando que los nudillos y las puntas de los dedos han perdido por completo el color. Encuentro algo de dificultad para respirar, quizás por ese apretado nudo que ahora se cierne en la boca de mi estómago, o quizás por el ritmo errático y lacerante con el que se comprime mi corazón en el pecho, como si cada latido fuera una puñalada. Y tengo tentaciones, tentaciones irracionales y estúpidas de coger el teléfono y marcar un número que ni si quiera sé si existe ya después de estos cinco años, tengo tentaciones del llamarle y asegurarme de que por algún puto milagro o momento de sensatez no decidió quedarse dentro del edificio en llamas.

-Espero que me hayas dejado suficien… Doug, ¿estás bien?-una voz me sube de nuevo a la Tierra, y antes si quiera de saber qué hago mi dedo ya ha pulsado el botón rojo del mando que apaga la televisión. Me vuelvo hacia Jeremy, que acaba de entrar en la cocina con una toalla alrededor del cuello y unos pantalones vaqueros caídos, el pelo aún húmedo, y juro que nunca he dibujado una sonrisa falsa en mi rostro tan velozmente como esta. Y eso que antes aprendí a ser un maestro en esto…

-Mmm, claro, ¿por qué lo preguntas?-dejo el mando de nuevo sobre la encimera, secretamente orgulloso de poder controlar el temblor que, instantes antes, se había adueñado de mis dedos. Al menos, soy capaz de ocultar el exterior, porque siento que por dentro tiemblo como si fuera una hoja a merced de un huracán.

Jeremy me lanza una mirada de extrañeza, el ceño fruncido y un brillo entre preocupado y curioso en sus pupilas.

-Es que… estás muy pálido y juraría que… casi parece que has visto un fantasma.

Me río alegremente, retorciéndome por dentro porque, con su comentario, ha dado más que en el clavo: un fantasma, sí… Si él supiera… aunque, claro, nunca se lo he contado, y espero que nunca llegue el día en el que tenga que hacerlo.

-Me he atragantado con el café, eso es todo, por eso estoy pálido.-miento, tocándome las mejillas, pellizcándolas con el objetivo de que ganen algo de color, para luego caminar hacia él, sin borrar la sonrisa.- ¿Desayunas? Yo voy a despertar a Jakie, ¿sí?

Salgo de la cocina antes de que me replique, o de que haga algún otro inciso que amenace con romper la máscara de normalidad que rápidamente he levantado.

Esta, sin embargo, una vez fuera de su alcance se cae, se volatiliza tan rauda como apareció.

Entro en la habitación azul del bebé, aunque no avanzo más de dos pasos. Miro hacia atrás, mordiéndome el labio, dudando en ir a por el teléfono. ¿Cómo admitir que después de todo este tiempo me sigue importando su seguridad? ¿Qué excusa poner en el caso de que descolgase y escuchase mi voz por primera vez en más de cuatro años? ¿Cuál sería mi reacción al escuchar la suya? ¿Seguiría estando ronca, ebria y rota por los pedazos de un alma que nunca pudo recuperarse de la pérdida de su hermana, de la traición de su padre y de la promesa rota del que tanto le quiso en su día? ¿O él también habría rehecho su vida, una vez que yo estuve fuera de ella?

La necesidad de volver a escuchar su voz, fuese como fuese, me golpea con tanta fuerza que me asusta. Y por ello y por el gimoteo procedente de la cuna me doy la orden de bloquear y a tapiar con grueso hormigón cualquier pensamiento relacionado con él, con nosotros, con todo lo que paso antes y después. Ahora yo tengo una nueva vida. Una vida lejos del caos en el que antes estaba sumido, lejos de las personas que podían hacerme daño, lejos de lo que había sido y ahora ya no era. Soy feliz con Jeremy y con Jake, con mi trabajo, y de ninguna de las maneras cambiaría lo que tengo ahora por un mísero atisbo de lo que tiempo atrás tuve. Esto es mil veces mejor. Esto hace menos daño…

Mientras camino hacia la cuna con una nueva sonrisa de plástico en mi cara, dispuesto a achuchar a mi hijo y al de Jeremy, a nuestro hijo, me obligo a olvidar cualquier hecho o persona de mi pasado, me obligo a centrarme en el presente.

Porque Danny ya no es absolutamente nada para mí.

Danny

Atino a salir del ascensor sin caerme de bruces al suelo según se abren las puertas. Bueno, casi.

-Weeepaaaaaa.-suelto, cuando en mi intento de no caer tropiezo con mis propios pies y pierdo el equilibrio, por poco besando el suelo. Por suerte, tengo la pared cerca y puedo apoyarme en ella.

Tras unos momentos prácticamente sujeto por ella, en los que espero que el mundo deje girar tan sumamente rápido, me separo y continúo con mi colosal hazaña de llegar a la puerta del apartamento sin abrirme la crisma por el camino. Y, cuando lo consigo, me siento tan orgulloso que creo que merece una celebración, por lo que antes de sacar con dedos torpes las llaves del bolsillo de mi chaqueta pego un considerable trago a la botella de Jack Daniels que llevo en la otra mano.

Me cuesta como cinco intentos atinar con la llave en ese diminuto agujero que es la cerradura, pero lo logro y termino abriendo la puerta empujándola con el hombro. Esto se merece otro trago a mi salud, ¿verdad? Verdad.

Estoy separando la húmeda boquilla de mis labios cuando mis intoxicados ojos divisan, en la entrada del piso, una figura que mantiene los brazos fuertemente cruzados en el pecho y un ceño tan pronunciado que me recuerda al de Mister Potato.

-Bueeeenoooooos díaaaaas, Hazzzz.-saludo, tras reírme con mi genial ocurrencia.

-Danny, son las once de la mañana.-dice él, y considero una falta de respeto tal que no me conteste y me dé los buenos días también que dejo de sonreír.

-Ajá.-tamborileo en el cuello de la botella con los dedos, mi garganta empezando a exigir volver a tener el ardiente líquido bañando sus paredes.

-¿Estás borracho? ¿Otra vez?-en su tono de voz hay un reproche tan claro que, en otro estado, me hubiera hecho sentirme culpable. Pero ahora solo me hace gracia, Mucha gracia. Así que vuelvo a formar en mis labios una bobalicona sonrisa mientras busco sus ojos azules.

-Nope.-digo, y me empiezo a reír tan alto que mis propios oídos se quejan. Vale, puede que sí que esté un poco borracho… Pero ayer estaba más borracho, así que menos quejas.

Le escucho suspirar, y se aprieta el puente de la nariz, como si su paciencia se estuviese agotando.

-¿Dónde coño tienes el teléfono? Te he estado llamando desde las dos. ¿Tú sabes, pedazo alcornoque, que llevas más de dieciocho horas fuera de casa? Ya creí que te iba a tener que ir a buscar al depósito.

Su tono preocupado solo hace que hacerme reír (más), y trastabillo hasta él, colgándome de su cuello antes de que pueda recular.

-Aaaaaaaaaaw, ¿Haz estaba preocupado por Danny?-él arruga la nariz, tal vez porque le disgusta el olor a alcohol y a humo que desprende cada poro de mi piel, poniendo los ojos en blanco. Luego me separa de él lo suficiente como para quitarme mi preciada botella de la mano, a lo que yo empiezo a lloriquear.

-Joder, Danny, eres un gilipollas.-masculla, empezando a arrastrarme hacia la habitación que todavía ocupo en su casa después de más de cuatro años y pico.-Y un puto pirómano.

Me hago el sorprendido con ese último cometario, aunque se me empieza a escapar la risa.

-Shhhhhhhhhhh.-siseo, entre risitas, a la vez que me dejo tumbar en la cama. Me siento incapaz de retener por más tiempo el supuesto secreto a voces, por lo que confieso con vocecilla infantil.- ¿Lo viste? ¿Viste como ardió? ¿Viste, viste? Solo me hizo falta un par de garrafas de gasolina, una cerilla y ¡buuuuuum!, estalló por los aires…-suspiro, bajo la mirada cada vez más consternada de Harry.-Fue tan bonito… el fuego era rojo, muy rojo…-alzo las manos hacia el techo y muevo los dedos, observando su silueta con ojos maravillados.-Tan rojo… era como su pelo, Haz… como el pelo de Lilly… muy, muy, muy rojo… parecía que el edificio sangraba… la sangre también es roja, ¿verdad? Su pelo también era rojo…

Voy callándome, sin dejar de mirarme los dedos.

Harry espira, y me da unas palmaditas en la pierna.

-Lo sé, Dan, lo sé.-parece que va a decir algo más, pero lo interrumpo, bajando los brazos y apoyándolos en mi pecho que sube y baja erráticamente.

-¿Me dejas solo? Estoy cansado…-susurro, torciendo la cabeza para el lado contrario al que está él.

Duda, pero termina accediendo, asegurándome que estará en la cocina para cualquier cosa que necesite. Al salir, cierra la puerta con suavidad.

He fallado. He fallado miserablemente. Creí que si quemaba el lugar donde había muerto, el fantasma de Lilly dejaría de atormentarme, dejaría de perseguirme cada vez que cerraba los ojos. Creí que así recuperaría un poco la cordura que parece, hace siglos que he perdido. Pero no, no ha desaparecido, sigo notándolo aquí, justo al lado de donde debería latirme el corazón. Y lo noto en mi cabeza, como una presencia oscura, como una sombra más negra en la ya de por sí oscuridad que me consume.

Una parte de mí, sin embargo, se alegra de que quemar el almacén donde murió no haya funcionado. Porque así la sigo teniendo, se queda conmigo. La echo tanto de menos…

Me hago un ovillo en la cama, subiendo las rodillas al pecho, aunque la izquierda, esa llena de tornillos metálicos, se queja un poco con el movimiento. Cierro los ojos. Sí, la echo mucho de menos. Es como si, al perderla, unas tijeras imaginarias hubieran cercenado el hilo que me mantenía sujeto al mundo, a la vida. Y ahora estoy tan perdido, en la oscuridad, en el dolor, en mi propia miseria y en mi propia soledad…

Aprieto los párpados con fuerza, el uno contra el otro, deseando que nunca más se vuelvan a abrir. El sentimiento de soledad, de no tener absolutamente a nadie vuelve a burbujear en mi pecho, vuelve a comprimirse contra las paredes, vuelve a amenazar con estallar como si fuera una estrella, que luego se convertirá en un agujero negro, que me arrastrará, que me engullirá. Por favor, basta. Deja de apretar. Duele. Deja de crecer, no lo voy a poder soportar… ¿Por qué? ¿Por qué duele tanto la soledad? Es culpa mía, a fin de cuentas… Estar tan solo, me refiero. Desde la muerte de Lilly me he cerrado, he construido un grueso caparazón, y me niego a que el calor de cualquier otro ser humano derrita los muros de hielo que ahora encierran mi alma. Y, tenéis que creerme, no es que yo me quiera sentirme así, no es que yo haya decidido esto, ¿creéis que me gusta sufrir? Pero no puedo, me siento incapaz de actuar de ningún otro modo, y tenéis que creerme de verdad, lo he intentado… Sin embargo, parece que con intentarlo no siempre basta, que no es suficiente… Y ahora, ¿qué? Ahora estoy solo, he perdido a prácticamente todo el mundo que una vez había querido, me he distanciado de la gente a la que realmente le importaba y lo único que hago bien es emborracharme día sí día también, en un intento de ahogar la soledad en una marea de alcohol, pues comprobé hace tiempo que no era suficiente con la de mis lágrimas.

Y el único que, en el pasado, pudo atenuar este inmanente sentimiento que me lleva acompañando desde que era un adolescente, el único que logró coser los lacerantes bordes de la herida, también se ha ido hace tiempo…

-No sé fue, estúpido.-me recrimino a mí mismo, abriendo los ojos y poniéndome boca a arriba.-Tú lo echaste. Tú hiciste que Dougie se fuese de tu lado.

Pongo una mueca, el recuerdo del rubio haciendo que la burbuja de mi pecho crezca más, incluso obligándome a soltar un pequeño resuello. Sí, hice que se fuera de mi lado… yo y solo yo… Bastante hizo que aguantó todo un año, ¿no? ¿Quién en su situación, en mi situación, lo hubiera aguantado? Yo habría tirado mucho antes la toalla, porque sabía que no era el caballo ganador, sabía que no merecía la pena apostar por mí, sabía que estaba condenado a perder.

Con todos estos deprimentes recuerdos y pensamientos revoloteándome en la cabeza, fortalecidos debido al efecto depresivo del alcohol, me inclino sobre el borde de la cama, en busca de las latas de cerveza que escondo ahí debajo.

Cuando mis dedos topan con la cilíndrica figura, se cierran con fuerza en torno a ella, subiéndola hasta mi pecho. No me molesto si quiera en incorporarme, mi dedo haciendo presión hacia arriba en la argolla de aluminio que abre con un chasquido la boquilla de la lata.

-Por ti.-digo, alzando el recipiente al aire, sin saber muy bien por quién estoy brindando en solitario. Luego me lo llevo a los labios, dando un voraz trago, tratando de que el alcohol acabe por convertirse en el veneno que mate el monstruo que, desde que Lilly murió, lleva creciendo ahí, en mi interior, donde antes estuvo mi alma.


¿Una gominola? :D *huye perseguida por una orda de lectoras con horcas y antorchas, furiosas porque ha roto Pones*

PD: por si os interesa/no lo sabíais, he subido un nuevo fic titulado 'Bite me again'. Es aceptable, lo prometo... O casi.

PD2: Lots of love 3