Introducción

Privet Drive era un suburbio donde vivía gente normal y monótona, aburrida, poco tolerante a los rompe reglas y de clase media. Las casas eran todas iguales, cuadradas, con sus jardines tanto traseros como delanteros, con sus garajes, faroles en las medianeras y con sus autos modernos en buenas condiciones. Todo era igual, tanto sus habitantes como sus casas. Casi nada se salía de esa forma de vida.

Casi.

En el comedor de la casa número cuatro había una leve discusión. Los señores Dursley discutían sobre esa pequeña y significativa excepción. Los pequeños de la casa dormían ajenos a lo que pasaba bajo el mismo techo, uno de ellos sin saber que esa discusión era sobre él y que podría decidir su destino. El futuro de ese pequeño dependía de esa discusión.

- ¡Que no, Vernon! –dijo en voz alta la señora Dursley.

- Podemos quedárnoslo y evitar que se repita la historia con él, Petunia. Podemos quitársela y hacer de él el chico normal que debería ser –dijo el señor Dursley.

Los esposos no levantaban más la voz porque no querían despertar a los bebés.

- No lo quiero en nuestras vidas –decía Petunia Dursley-. Con ella ya tuve suficiente para toda una vida.

Vernon Dursley se daba cuenta de que su esposa estaba decidida, pero debía intentarlo.

- No puedes, es una locura. Eso no. Si no lo quieres criar, si no lo quieres en nuestras vidas, podemos dejarlo en un orfanato. Lo que pretendes hacer es una crueldad.

- No me importa. ¡No lo quiero! Me importa nada lo que diga la carta. No me interesa y listo. No quiero a uno de ellos aquí. No quiero más de nada de eso. Ese niño no es normal, y yo no quiero bichos raros en mi vida nunca más. No voy a aceptarlo. Punto y final. El niño se va y fin de la discusión.

Se levantó de la mesa y subió al piso superior. Vernon se quedó viendo la puerta abierta y luego oyó los ruidos que hacía su esposa en el piso de arriba.

Momentos después, el matrimonio Dursley, su bebé y el otro bebé, estaban yendo a Londres en auto.

La señora Dursley llevaba a su hijo en brazos bien vestido, abrigado y envuelto en una manta. El otro pequeño estaba poco abrigado y envuelto en una manta.

El pequeño iba en el asiento trasero solo y de la misma forma en la que lo dejaron en la puerta de la casa de los Dursley.

La señora Dursley miró el cielo. Lloviznaba y estaba fresco, pero a ella no le importaba. El niño debía irse y no importaba ni cómo ni cuándo.