Para Sara Lain.

Harry Potter ©J.K. Rowling. Hilo rojo ©Αγάπη, si agradó, por favor, recomienda el link de la historia.


α´

Κόκκινη

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Ella durmió al calor de las masas y yo desperté queriendo soñarla; algún tiempo atrás pensé en escribirle que nunca sorteé las trampas del amor…

De música ligera, Soda Stereo

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Cokeworth no era una ciudad cosmopolita, de hecho el término ciudad no cuadraba en su descripción: un asentamiento apretado y laberíntico de adoquinadas construcciones bordeado por la mina de carbón al este, la fábrica de lana al sur y el hediondo río perdido entre riberas de maleza al oeste. Pero parecía ser el lugar ideal para una familia de clase media-baja, donde el trabajo no escaseaba y el estricto sistema escolar (establecido por el arzobispo de Chichester), constituían una esperanza a que aferrarse.

—¡Estúpida!

El grito incitó a las palomas a revolotear por los simétricos tejados; tras un fuerte portazo, un pequeño y escuálido niño cruzó la calle de La Hilandera, los pocos vecinos a esas horas de la mañana se limitaron a observarlo; nadie haría nada por Eileen Snape, menos por su extraño hijo, y el chico lo sabía.

«Todo va a estar bien», se mentía a sí mismo mientras corría. «Todo… va-a…», el aire pareció abandonarlo, sus ojos anegados en lágrimas no distinguieron un socavón y cayó, rodando por la ribera hasta las oscuras aguas. «¡Basta, por favor!», deseó cerrando los ojos, el apestoso líquido lo cubrió.

—¡Severus!

Snape abrió los ojos y el apasionado destello verde, tras las aguas, fue como una soga al cual asirse, extendió la mano, una más pequeña la tomó y jaló hacia arriba. Aunque Severus no era pesado el movimiento lo hizo caer sobre su salvación.

—Lo siento —musitó apenado a escasos centímetros de una pecosa nariz, lentamente se separó.

Lily rió, contagiando a Severus. Por un momento los oscuros ojos del niño liberaron lágrimas de frustración y dolor, al notarlo la pelirroja se lanzó sobre él e inició una guerra de cosquillas.

Cuando las carcajadas se terminaron, los niños permanecieron sentados a la orilla del río, mirando el horizonte. De vez en cuando Lily flotaba margaritas hasta el cabello de Severus, adornándolo, los cabellos negros eran tan lacios que las flores terminaban resbalando, provocando una divertida risilla en la pelirroja.

—¿Crees que…? —empezó Snape. «¿…pueda ir a tu casa?», terminó en su mente.

—¿¡En Hogwarts encontremos hadas!? —completó Lily emocionada.

Severus esbozó una triste sonrisa, Lily era su única amiga, sin embargo, nunca había sido invitado al hogar de los Evans.

—Hadas y elfos —reveló, haciendo flotar un diente de león alrededor de Lily—, y te sirven pasteles de calabaza en el desayuno…

—¡Y en la cena de chocolate!

La niña tomó la flor y sopló, creando destellos multicolores. Severus la miró fascinado, Lily tenía menos de un año de haberse enterado de la existencia de la magia y la controlaba mejor que los niños sangre pura a quienes su madre llamaba primos. Snape tenía que ver en el gran avance de la pelirroja, con paciencia y entusiasmo le había enseñado todo sobre el mundo mágico.

—Y en la cena de chocolate —repitió feliz, tomando la mano izquierda de la niña entre las suyas.

Evans ladeó la cabeza, sus ojos verdes brillaron intensamente, aunque era más sociable que Severus, el trabajo de su padre como inspector de seguridad en las fábricas de lana de Su Majestad le impedía hacerse de amigos.

—¡Lily!

La chillona voz de Petunia llegó hasta ellos, ambos alzaron la vista, en el puente a la zona norte de la ciudad, una enfurruñada preadolescente aguardaba por la pelirroja.

Lily suspiró, no comprendía la actitud de su hermana, habitualmente Petunia era amable con conocidos y extraños, pero a Severus lo detestaba.

—Nos vemos mañana, Sev —dijo, poniéndose de pie.

Snape bajó la mirada a sus palmas abiertas, un hilo rojo amarrado a su dedo anular* izquierdo las cruzaba para terminar atado al dedo anular zurdo de Lily.

—Hasta mañana —susurró observando como el hilo se extendía conforme la pelirroja se alejaba. El encanto se rompió cuando una bola de lodo le dio en la frente, después siguieron muchas más.

—¡Raro! —gritaban entr chiquillos de diferentes edades, mientras lanzaban bolas de lodo y una que otra roca.

Severus se hizo ovillo, conteniendo las ganas de mandar un maleficio, conocía muchos y la manera de hechizar sin varita, pero si Tobías se enteraba ni él ni si madre verían la luz del día por mucho tiempo.

—Basta —murmuró Snape, cubriéndose la cabeza con las manos—, por favor. —Y como si el cielo hubiera escuchado sus ruegos una torrencial lluvia cayó sobre la ciudad, antes de que sus atacantes se alejaran siseó—: Mucus ad nauseam.—Nadie lo culparía por el "resfriado" de los abusadores, sus labios dibujaron una retorcida sonrisa. Se levantó despacio, echando la cabeza hacia atrás la lluvia lo bañó por completo—. En Hogwarts será mejor —dijo esperanzado, el hilo en su dedo palpitó, lo observó sonriente, probablemente Lily estaría riendo y eso lo hacía feliz.

«Sólo los descendientes de Ricardo Corazón de León pueden ver y sentir el hilo del destino», las palabras de su difunta abuela resonaron en su cabeza. «¡Eres un Prince!, nunca te inclines ante nadie y no tengas miedo de amar a tu persona predestinada, pase lo que pase ella estará contigo».

—Ella estará conmigo —pronunció saboreando cada palabra, con paso calmo regresó a casa.

—¡Por Merlín, Severus! —exclamó Eileen cuando al abrir la puerta encontró a su hijo empapado y con magulladuras en la cara.

Severus sonrió abiertamente, mostrando una dentadura incompleta.

—Estoy bien, mamá.

A Eileen se le hizo un nudo en la garganta.

«Si tan sólo…», se dijo a sí misma incapaz de completar la frase. Un golpe sordo en la sala la hizo estremecer, con rapidez envolvió al niño con su chalina y ordenó—: Sube a tu cuarto y no salgas de ahí.

El niño elevó el rostro, de entre la cortina de pelo negro, sobre el rostro de su madre, pudo distinguir un ojo morado.

Otro golpe más fuerte, ambos saltaron y miraron a la sala.

—Sube.

—Pero mami…

—¡Y no salgas!

Severus apretó los puños, subió por las escaleras, antes de llegar al último escalón giró.

Tobías estaba parado bajo el dintel de la puerta de la sala, evidentemente borracho, con pesadez levantó la mano izquierda, los rayos del atardecer chocaron con su hilo rojo. El golpe volteó el rostro de Eileen, quien se cubrió con las manos y dejó a la vista su propio hilo unido al de su esposo.

—Tobías, por favor.

El hombre no escuchó súplicas, entre incoherencias y gruñidos se lanzó hacia ella.

Severus tapó su boca, parpadeando para evitar que las lágrimas brotaran, escapó a su habitación.

Los gritos pararon dos horas después, Severus se había mantenido en un rincón del armario, repitiéndose a sí mismo que todo iba a estar bien. El estómago le dolía por el hambre, pero no se atrevió a moverse. De pronto todo se volvió azul, él no era él, sino un gallardo príncipe bailando en un luminoso salón con el escudo de Hogwarts y una elegante pelirroja como pareja.

—Cariño. —La suave voz de su madre lo arrebató de la fantasía.

Despertó en su cama, con ropa seca y un plato de salado estofado en la mesa de noche.

Más pálida de lo normal, Eileen permanecía sentada en una silla a un lado de la cama.

—Perdóname —habló en voz baja. Severus quiso replicarle, pero la resequedad en su garganta se lo impidió—. Él nos ama Severus. Es el alcohol que lo desquicia. —Tomó al pelinegro entre sus brazos y lo acunó—. Él nos ama.

«Todo será mejor en Hogwarts », pensó Severus, aferrándose a su madre.

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Más pronto de lo que Eileen hubiera deseado, madre e hijo se encontraron caminando por el andén 9 3/4

Emocionado por ir a Hogwarts, Severus no notó los cuchicheos a su alrededor, sin embargo, Eileen sí lo hizo.

El mundo mágico no comprendía porque la única hija de los Prince se casó con un muggle y, más impactante aún, enterarse por una breve nota en El profeta. Había rumores de que Tobías Snape era tan o más acaudalado que los herederos de Ricardo y había quienes aseguraban que, a pesar de su fortuna, noble y pura descendencia, difícilmente un mago se casaría con la insípida de Eileen.

La señora Snape sonrió altiva, ella era poseedora de un don legendario y envidiado: Estaba casada con su alma gemela, nada podía igualarlo u opacarlo, ni siquiera el hecho de que Tobías se había bebido su fortuna.

Con la elegancia que caracterizaba a su extinta familia, Eileen caminó al tren.

—Disfruta de Hogwarts, cariño. —Depositó un beso en la frente del niño—. Es donde todos los sueños se cumplen.

La sonrisa de Severus fue luminosa.

—No te defraudaré —expresó el pequeño—, iré a la misma Casa que el abuelo.

—En Slytherin encontrarás a tus verdaderos amigos, mi príncipe.

Severus hizo un mohín, él ya tenía a su verdadera y única amiga, no necesitaba más.

El silbido del tren anunció la pronta partida, el pequeño besó a su madre y corrió al vagón donde minutos antes había visto subir a Lily.

—En Hogwarts serás feliz —musitó Eileen, observando al Expreso desaparecer por el horizonte.

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Conforme el tren avanzó también lo hicieron las estaciones; cinco otoños desdichados ignorados por la señora Snape. Severus guardó muy bien que, gracias a los Merodeadores, Hogwarts era una copia estilizada de lo que vivía en casa, con la diferencia de que Tobías no estaba ahí para azotarlo cada vez que le daba la gana, que su relación con Lily era un agotador estira y afloja por su pasión a las artes oscuras y su desprecio "sin argumento" por James Potter, y que por primera vez tenía amigos.

—El azul está de moda y no me enteré —burló Lucius Malfoy, catando una copa de vino en una de las mesas más apartadas de Las tres escobas.

Severus resopló molesto por la mención de los mechones azules en su cabellera.

—Los inútiles —gruñó tomando asiento.

La burla desapareció del rostro de Lucius, detestaba a los Merodeadores, pero siendo honesto el contraste de colores daba cierto toque de rebeldía al moreno.

—Te hicieron un favor —afirmó. Severus lo miró furioso—. ¿Se lo dijiste a Dumbledore?

—¿Serviría? —contestó Snape en tono hiriente—. Ni cuando eras prefecto pudiste hacer algo.

Un rayo cruzó los ojos grises.

—Pude haber hecho algo.

Snape tensó la mandíbula; en la Casa Slytherin era respetado y admirado, incluso por personas como Malfoy, mayor por seis años y ex estudiante.

—De hecho —continuó Lucius—, toda la Casa puede hacer algo.

Severus tuvo ganas de refutar. Tomó la cerveza de mantequilla y bebió despacio.

—¿Si ella no hubiera sido —masculló Snape— hija de muggles, cambiaría algo?

Elegantemente Lucius tomó la copa de vino tinto y la llevó a sus labios; no era una conversación nueva, pero era la primera vez que el pelinegro preguntaba sin rodeos.

—No.

La respuesta impactó a Severus. Malfoy aprovechó para observarlo: de facciones casi aristocráticas, largas pestañas y mirada penetrante, el adolescente frente a él era un diamante en bruto rodeado de un aura de sensualidad y misterio.

El rubio bebió, lo que diría no sería sencillo.

—Lily Evans es una bruja muy talentosa —declaró con cierto retintín. La boca de Severus se abrió—. Pero es una estúpida arribista que se cree mejor por tener altas calificaciones, la atención de los profesores y la de Potter.

Snape cerró la boca, el fin de los tiempos todavía podía esperar.

—¿Desde cuándo te importa tanto una chiquilla?

—Desde que corres tras ella como si fueras su perro faldero.

—¿Y por eso…? —siseó entre dientes Snape, la entre mezclada emoción de furia y traición en el estómago—, ¿no hiciste nada?

—Eres un Prince —precisó Lucius—, uno de los magos más poderosos que he conocido, ¡un genio!, sumiso a los deseos de una…—Tragó las ganas de soltar "sangre sucia"—, chiquilla incapaz de abandonar el estúpido prejuicio Gryffindor por las artes oscuras y ponerle un alto a sus compañeros de Casa.

—Lily lo ha intentado…

—¡No la defiendas! —demandó Malfoy—. Si realmente ella lo quisiera este circo se hubiera acabado hace mucho.

Severus soltó una carcajada.

—Lo mismo podría decirse de ti.

Malfoy miró intensamente a los ojos negros.

—Si ella —pronunció arrastrando las palabras— hubiera demostrado preocupación por ti, incluso el Viejo hubiera intervenido. —Snape tuvo intenciones de argumentar que los Merodeadores no se detenían ni por Dumbledore, Lucius se le adelantó—: Por muy amante de los muggles y su repulsiva actitud por Slytherin, James Potter es un sangre pura, sabe que las artes oscuras son esenciales para un mago, sería absurdo de su parte ir contra lo que es, un guardián de la antigua religión y la ley de Merlín. Esto son sólo juegos de niños, Severus.

«¡Juego de niños!». El aludido apretó los labios. «Ajá, Remus Lupin convertido en lobo a punto de atacarme, un juego de niños». Contuvo las ganas de decirlo en voz alta; Dumbledore le había hecho jurar silencio y cuando rompió su promesa para contárselo a Lily, ella defendió a Remus y le recordó que James lo había salvado.

—Te guste o no —prosiguió el rubio— cuando Evans ponga un alto, James Potter se comportará a la altura del caballero que es, no importa si ella te elige a ti.

—Lily estará a mi lado —contestó Severus, acariciando el hilo en su dedo—, pero Potter no lo hace sencillo.

En un gesto poco elegante Malfoy rodó los ojos, era como hablar con la pared.

—Si tú lo dices. —Se levantó, dejando unas monedas aprovechó para extender un sobre nacarado sobre la mesa—. El enlace será el 30 de abril, a Narcissa y a mí nos encantaría que nos acompañaras.

Snape tomó la invitación. Lucius se ponía los guantes, el hilo rojo en su dedo llamó la atención del pelinegro, pocas veces prestaba atención al hilo de los demás, pero el hilo de Malfoy brillaba de un carmín intenso, por inercia guió la mirada por toda la extensión hasta que sus ojos se posaron en la puerta donde Remus Lupin entraba.

La invitación cayó al piso, el hilo de Lucius terminaba en el dedo anular del licántropo.

Malfoy murmuró una despedida, pasó de largo a Lupin y salió de la taberna.

Severus se quedó consternado. Miró a la barra, Remus sonreía tímido a alguna brillantez de Black, por un instante tuvo la impresión de que eran pareja, negó con la cabeza, como bien descubrió en primer año, el hilo de Black estaba unido al de Potter.

«Si están destinados a encontrarse, están destinados a estar juntos… Aunque lo lamento por Lucius».

En ese instante entró Potter, rodeado por atractivas chiquillas, miró a Snape y, después de decir una idiotez, soltó una carcajada muy pronto secundada.

—¿Hasta cuándo nos dejarás en paz? —farfulló Severus, apretando el hilo su palma sangró—. Si tan sólo eligieras a Black…

—Tonto aquel que cree… —La suave voz femenina hizo a Severus virar y toparse con una estudiante de Ravenclaw, cabellos hasta la cintura rubios y ojos gris-plata—. Que los obstáculos son puestos por los otros y niega su responsabilidad en los designios de su propia vida. —Snape parpadeó confuso. La chica se acercó, tomando la mano del pelinegro susurró—: Episkey. —La herida paró de sangrar—. Tu hilo es hermoso.

Saliendo de su estupor, Severus arrebató su mano de la extraña, se paró tirando la silla y se apresuró a la puerta, sin hacer caso de las burlas de los Merodeadores y sus fans, salió a todo lo que daban sus piernas.

—Tu romanticismo no te permite ver cuán poderoso eres, mi príncipe —susurró la rubia, viendo como la puerta se cerraba tras un asustado pelinegro.

—¿Estás bien? —preguntó un joven de cabellos blancos, también de Ravenclaw.

—Lo estoy.

—¿Qué pasa con Snape?

La chica esbozó una luminosa sonrisa y expresó:

—¡Xenophilius Lovegood estás celoso!

—No, sólo curioso.

Lovegood no era el único entrometido en la taberna, Sirius Black no había perdido de vista a Severus desde su ingreso al lugar.

Accio —musitó y el sobre en el suelo llegó hasta él—. Así que mi adorada prima se casa y Snivellus está invitado. —Sonrió ladino—. Prongs. —James volteó—. ¿Te gustaría ir a una fiesta?

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En el camino a Hogwarts, Severus intentaba poner sus pensamientos en orden.

«¿¡Cómo la dejé tocarme!? ¿Cómo pudo ver el hilo? ¿Y si no soy el único?». Su corazón parecía querer salir del pecho, realmente ni su madre ni su abuela habían ahondado sobre su don, dejándolo con una perspectiva romántica. Y, hasta ahora, él nunca se había preocupado por investigar la línea de su familia. Apresuró el paso, caminando sin fijarse entre los grupos de estudiantes, a más de uno golpeó a su paso.

—Sev.

Alterado pasó de largo a Lily, la pelirroja pestañeó incrédula.

—No sé porque sigues siendo su amiga —soltó Bertha Jorkings al pasar a lado de Evans—, probablemente ya te cambió por Florence.

La pelirroja abrió la boca para debatirlo, pero no salió nada de ella, Severus había cambiado tanto que la asustaba.

«¿O tal vez siempre fue así?», reflexionó, una dolorosa punzada apretó su corazón.

—¿Te conté que los vi besándose detrás de los invernaderos?

—Y por esa mentira —contradijo Evans— él te hechizó.

—Yo no miento —dijo Jorkings entre dientes y elevando la nariz—, si crees que Severus Snape seguirá tras de una… —Miró de arriba abajo a la pelirroja—. Estás muy equivocada, Evans. —Giró sobre sus pies y se alejó.

Con los puños blancos, Lily respiró un par de veces, los ojos le escocían, pero no derramó ni una lágrima. Decir que exclusivamente los Slytherin la denigraban por no provenir de una familia de magos o rica sería una mentira, más de la mitad de Hogwarts se dejaba llevar por lo popular y la moda, pero bajo la dirección de Albus Dumbledore los Slytherin eran los únicos en expresarlo.

—¿Lily? —llamó Remus.

Evans tragó el nudo en la garganta, respiró profundo y pidió:

—¿Me acompañas a la oficina de correos?

—Sí. —Lupin ofreció el brazo y la pelirroja lo asió—. No deberías tomártelo personal, son chiquillos diciendo cosas al calor del momento. La mayoría ni siquiera sabe lo que significa ser un sangre pura.

—¿Y tú sí?

—No, pero James tiene buena idea de ello.

Lily soltó una armoniosa carcajada, Lupin la acompañó.

«Estúpidos Merodeadores», pensó Evans dirigiéndose al correo, mientras bromeaba con Remus, «Hogwarts no sería lo mismo sin ustedes».

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Madame Pince vio un torbellino cruzar por la puerta de la biblioteca, antes de llamarle la atención, Severus ya había desaparecido por los anaqueles de historia. Tratándose de Snape, quien vivía prácticamente ahí, la bibliotecaria lo dejó pasar.

El moreno tomaba libros, buscaba entre sus páginas y leía ansioso, no fue hasta que sus ojos se posaron en las palabras de Steven Runciman que su corazón dio un vuelco.

«Fue mal hijo, mal esposo y mal rey, pero un valiente y espléndido soldado».

Conforme leía, la imagen épica que tenía sobre Ricardo Corazón de León era reemplazada por la del hombre sanguinario, violador, antisemita, obsesionado con recuperar Tierra Santa.

«No tuvo hijos legítimos, no obstante, en un documento de Juan I de Inglaterra, se reconoció a Felipe de Cognac como su hijo».

—Felipe de Cognac —subrayó Severus, había escuchado el nombre en otra parte.

Buscando entre libros de historia de la magia y genealogía, se encontró con que Felipe de Cognac era su antepasado directo, hijo de Matilde Prince, doncella de ascendencia druida a las órdenes de Leonor de Aquitania. Por insistencia de Ricardo, Felipe se casó con una princesa muggle, Amelia de Cognac, no tuvieron hijos y enviudó al año; a la muerte del rey, Felipe se recluyó con su madre (una bruja de la antigua religión), tomando el apellido materno, estableció a la familia como una de las familias más influyentes de la comunidad mágica, hasta el abuelo de Severus, Godofredo XVI (fallecido tres años antes de su nacimiento), los Prince habían fungido como consejeros de ministros y reyes.

«Es el patriarca el que transmite el don del destino», las palabras de su abuela repiquetearon en su memoria; según los escritos Ricardo I no había sido mago. Mordió su labio inferior, con los dedos índice y pulgar apretó el puente de su nariz.

—La corte de los Plantagenet estuvo inundada de diversas familias mágicas… Pero es la madre quien confiere el poder —mencionó soltando el aire—. Y si eso es verdad, hay otros magos capaces de ver el hilo, pero no de tener el poder. —Parpadeó ante su razonamiento, sabía que algo importante se le escaba.

—La historia. —La melosa voz de Dumbledore lo hizo dar un respingo, el director estaba detrás de él—. Puede ser interpretada de muchas maneras.

—¿Se-señor?

Los ojos azules de Albus brillaron misteriosos.

—Uno elige escribir su propia historia, Severus. —Con un hechizo no verbal le quitó el libro—. El pasado es el pasado muchacho. —Cerró el volumen y lo colocó en el estante—. Y el presente lo único que importa.

—Sí, señor. —Snape se levantó despacio, dio una breve inclinación y abandonó la biblioteca.

—Algún día me lo agradecerás —masculló Albus, siguiendo la figura del pelinegro con la mirada.

Ferviente creyente de dosificar la información para evitar una tragedia, Dumbledore ignoraba que Lord Voldemort era más generoso.

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*La leyenda china de El hilo rojo menciona que el hilo une a las almas predestinadas por el dedo meñique, sin embargo, hay otra leyenda china que indica el significado de cada dedo de la mano: los pulgares significan los padres, el índice a los amigos/hermanos, el medio a uno mismo, el meñique a los hijos y el anular a la pareja.