Arribaron a Osgiliath al mediodía del primer día de marcha. Faramir ordenó desmontar para tomar los alimentos, y no debían demorarse en ello más de una hora, así que los caballeros que estaban de guardia en la antigua ciudad de los reyes ayudaron a atender las necesidades de la compañía para apresurar el proceso.

"¿Puedo acompañarle, mi Señor?" preguntó Elénnor, el joven arquero que le asistía en el mantenimiento de las armas, mientras le extendía un cuenco con sopa al capitán, quien mantenía su vista sobre el mapa. Faramir asintió con la cabeza y tomó el trasto, simplemente para dejarlo a un lado en el suelo; sabía que tenía que alimentarse bien, pero el apetito no llegaba.

"¿Puedo preguntar por la salud de Lord Boromir?" dijo el caballero engullendo un pedazo de pan "No han permitido que nadie entre a visitarlo desde que arribaron de la misión en Ithilien, y todos sus hombres están preocupados por su desarrollo." "Mi hermano está bien," contestó el capitán "Lord Denethor es muy precavido cuando se trata de la salud de Boromir, y no permite que nadie a parte de nosotros ingrese a la Casa de Curación donde está instalado, pero no existen razones para temer por su vida, lo más grave ya ha pasado."

"Esas son noticias alentadoras mi Señor, aunque personalmente nunca dudé de su recuperación, porque si usted me permite el atrevimiento, Lord Denethor fue bendecido por los Dioses con dos hijos poseedores de tan admirable valentía y vigor, y en definitiva, difíciles de roer" dijo con una pequeña sonrisa en el rostro "Gondor no podría estar en mejores manos."

Los ojos de Faramir estudiaron al joven caballero, tratando de detectar alguna pretensión de burla en sus palabras, pero no advirtió más que sinceridad y le agradeció. Se preguntó qué era lo que veían los guerreros de Gondor en él; si alguien había sido capaz de detectar su debilidad, sus inseguridades… ¿Cómo era posible que le trataran con tanto respeto si muchos de ellos habían atestiguado los informes que rendía ante su padre cuando volvía de alguna misión? ¿Cómo seguían confiando en él cuando cometía tantos errores?... sus ojos siguieron encima del comandante aunque sin prestarle atención, inmerso en sus propios pensamientos; en cambio, ante la potente mirada del capitán, el caballero preguntó nervioso "¿Le he molestado mi Señor?", los ojos de Faramir volvieron al presente y permitiéndose sonreír, contestó "en absoluto, estaba pensando en otra cosa." Y con esto su atención volvió a centrarse en el mapa.

Esta vez fue Elénnor quien sostuvo la mirada. La admiración que sentía por Faramir era lo que le había arrastrado a tomar parte de las misiones más peligrosas que se le presentaban a cualquier oportunidad, aunque no fuera su obligación tener que asistirlas. Quería hacerse notar por sus habilidades, quería que el capitán de Ithilien viera en él una opción para su comando, pero al parecer no había tenido mucho éxito, y el único modo que había encontrado para acercarse a Faramir era con las tareas de mantenimiento de las armas. Hecho que disfrutaba en sobremanera, por cierto.

En esos largos turnos trabajando en la torre, el capitán se mostraba cordial y abierto a conversaciones casuales, a diferencia de su hermano mayor, con quien era imposible cruzar palabra fuera de las horas de servicio y al que se le debía hablar con absoluta puntualidad; Faramir era mucho más accesible y transmitía una agradable sensación de comodidad, por lo que sus hombres habían aprendido no solo a respetarlo sino que también a valorar su buen corazón. No tuvo que pasar mucho tiempo para que el comandante notara que el capitán era víctima de grandes tormentos. Faramir no hablaba de sí mismo, era un excelente oyente, pero nunca había entablado una verdadera amistad con nadie, ni siquiera cuando era un niño y sus ojos fueran la imagen de la inocencia, nadie sabía qué clase de demonios lograban oscurecer su semblante, y quizás nadie lo iba a saber nunca.

"Es hora de partir."

La voz del capitán lo sacó de su ensimismamiento, y rápidamente comenzó a tomar parte de los arreglos para continuar con el viaje.

Media hora más tarde y la compañía estaba ya abandonando la antigua fortaleza, cabalgando hacia el este.

Mientras tanto en Minas Tirith, Gandalf se encargaba de otra clase de empresa.

"Dime todo lo que sabes." Su potente voz aterrorizaba al curador que había interceptado mientras salía de la habitación de Boromir. "Si no quieres que te convierta en parte de mi admirable repertorio de fuegos artificiales que tú mismo disfrutas, será mejor que hables."

La noche anterior había cometido la proeza de seguir al Senescal de Gondor en medio de la penumbra. La curiosidad y una repentina corazonada obligó al mago a repetir sus pasos, y cada vez que Denethor se acercaba a su destino, todo se tornaba más y más sospechoso. Al llegar al pasillo de las estancias de Faramir, el mago no pudo continuar con su acecho, puesto que iba a ser imposible pasar desapercibido por los guardias que custodiaban al pie de las escaleras.

No tuvo más remedio que ocultarse en los alrededores; por suerte, era demasiado bueno en ello. La preocupación y unas espantosas conjeturas sometieron su corazón el largo tiempo que se mantuvo a la espera de la salida del Senescal. ¿Qué clase de asuntos deliberaba Denethor en las estancias de su hijo? ¿Quizás algo que ver con las vísperas del viaje?, Gandalf no era capaz de creerlo. Denethor nunca estuvo interesado en la misión desde un inicio, de hecho, el mago tuvo la impresión de que el Senescal estaba seguro de que Faramir no iba a regresar y claramente la idea no le suponía ningún tipo de zozobra.

Tuvieron que pasar alrededor de cinco horas para que Gandalf viera a Denethor marcharse. Debatió unos momentos consigo mismo, ¿cuál era el siguiente paso?, definitivamente no habían razones para seguir a Denethor, puesto que su próximo destino ya no importaba más. Su preocupación giraba ahora en torno a Faramir, no podía saber exactamente por qué, pero su corazón le decía que definitivamente algo no andaba bien.

Esperó hasta que algo más sucediera, no podía pasar con los guardias custodiando la entrada al piso por lo que aguardó en su escondite a la expectativa de una oportunidad. Y esta eventualmente llegó. El sol estaba a punto de salir y los dos guardias subieron a las estancias para luego bajar minutos después en compañía de Faramir. Para suerte del mago, los tres Hombres se perdieron en el recodo y repentinamente no quedaron rastros de personas en el sector. Sin embargo decidió que no debía confiarse demasiado y que la inspección debía realizarse rápida y sigilosamente. Se deslizó de su escondite y se dirigió escaleras arriba, atravesando el corredor con rapidez hasta llegar a la puerta de las estancias del capitán.

"Cerrada con llave…" dijo con una pequeña sonrisilla taimada en el rostro. Aquello no podría ser tan difícil. Unos segundos después y ya estaba cerrando de nuevo la puerta desde adentro.

Sus voraces ojos rodaron por toda la estancia aún en penumbras. El escritorio lleno de pergaminos, libros y botes de tinta; un laúd de oro sobre su base junto al lecho, un ropero, una escultura de él mismo representando con propiedad su majestuosidad y hermosura, herramientas para limpiar y afilar espadas sobre otra mesa más rústica y la cama envuelta en bellas sedas al centro de la estancia. Gandalf se acercó y se sentó al borde.

Un grueso cobertor había sido rápidamente puesto sobre el revoltijo de mantas, claramente con intensiones de ocultar algo. Gandalf lo removió con delicadeza y su corazón se laceró de impresión. La tenue luz del amanecer próximo le proporcionó un poco de más visión y el horror le dominó. Sangre. Pequeñas manchas de sangre herían la integridad de las pulcras sábanas. ¿Podría ser posible? ¿Podría ser posible que hubiera atinado en sus sospechas? El hacerse a la idea le revolvió el estomago. ¿Estaba Denethor infligiendo algún tipo de daño a su propio hijo? Gandalf tocó las áreas teñidas de rojo y notó que aún estaban frescas, sea lo que sea que fuera, sucedió mientras Denethor estuvo dentro.

Rápidamente saltó hacia el escritorio y revolvió los pergaminos, en busca de alguna evidencia de desahogo que hubiera cometido Faramir sobre papel, pero no encontró más que poemas heroicos y de amor.

Si no era la primera vez que Denethor lastimaba a su hijo, entonces el capitán alguna vez tuvo que haber acudido a alguien para que sanara sus heridas… e indudablemente, siendo este alguien experto en lesiones de combate, seguro notó de inmediato que aquellas heridas no eran infligidas por ningún tipo de arma.

Y así fue como horas después, cuando finalizó su visita con Boromir, Gandalf interceptó al jefe de las Casas de Curación y le ordenó explicaciones.

"Habla viejo cobarde" dijo, y su voz se escuchó como si proviniera de algún otro lugar recóndito y misterioso "o haré cumplir ahora mismo mis amenazas."

"¡Le juro por Valar que no sé nada mi Señor!" chillaba el curador bajo las manos del mago "L-L-L-Lord Faramir solo acude a nosotros al regresar de una misión. Los dos hermanos siempre han gozado de una salud excelente, por lo que n-n-n-nunca nos hemos visto en la tarea de asistirlos p-p-p-por alguna enfermedad." El Hombre anciano continuó murmurando palabras de perdón y Gandalf no tuvo más opción que aceptar que decía la verdad. Dándole unas palmaditas en la espalda exclamó "Te librarás de mis encantamientos solo por esta vez, pero…" se acercó al viejo hasta que sus narices se toparon, y el aterrorizado Hombre vio como el día se oscurecía "si te atreves a hablarle a alguien más sobre nuestra pequeña charla, lo sabré de inmediato, mi asustadizo amigo, y mis hechizos harán que tu propia lengua se retuerza y te ahogue mucho antes de que logres finalizar tu relato. Desde ahora en adelante, mis ojos estarán siempre sobre ti, así que más te vale acatar mis recomendaciones." Gandalf rió para sus adentros al ver como el color abandonaba la piel del curador y este se desplomaba sobre sus rodillas sollozando "¡L-L-L-L-Le juro por V-V-Valar que no diré nada mi S-S-Señor!" "Cuento con ello" contestó el mago "ahora arriba, viejo cobarde" ayudándole a ponerse de pie, lo sentó cuidadosamente sobre una silla y dándole pequeños golpesitos amistosos en el hombro se despidió "Buen día, mi buen amigo" y abandonando al anciano, salió de las Casas de Curación con más preguntas que respuestas.