Buenas les traigo una historia que siento que estoy escribiendo hace como mil años pero solo llevo doce horas. Me desperté en la mañana con la idea y se apoderó de mi! No podía estar sin terminarla. En fin, espero que les guste. Nunca he leido omegaverse en español, asi que no estoy segura de haber utilizado los términos correctos. Si no lo hice, por favor hagan vista gorda jajajaj utilice mis traducciones de los términos en ingles. En fin, disfruten, lean y comenten que tal les pareció. Besos!


Un Buen Omega

John Watson era el alfa destinado a unirse a Sherlock Holmes.

Sherlock miró al otro niño, sosteniendo la mano de su mamá, todo sorprendido y abrumado por la situación. Tan simple y sin gracia. John… hasta su nombre hablaba de lo común que era.

- ¿Estás segura de que él es un alfa? – Levantó la cabeza para preguntarle a su madre. Mummy a su lado le lanzó una avergonzada mirada de reprimenda y otra de disculpas a los señores Watson.

El niño rubio se revolvió inquieto, con sus ojos azules fijos en la alfombra de la sala de la mansión Holmes.

Él no lucía como un alfa en lo absoluto, no al menos como los que Sherlock había visto en los libros que Mycroft le había regalado. No esos infantiles llenos de figuras, sino uno con muchas letras y palabras para buscar en el diccionario. En los libros de Mycroft los alfas eran figuras imponentes y poderosas, creaturas destinadas a proteger a sus omegas y proveerles de alimento y seguridad.

Sherlock inspeccionó al otro niño una vez más; ni siquiera era más alto que él. ¡Y Sherlock solo tenía cuatro años! ¿Cómo se suponía que lo iba a proteger?

Ridículo. Se suponía que siendo un omega tan sorprendente y brillante el alfa destinado a unirse con él tendría que estar a su par. Le dio una mirada a su hermano mayor, también un omega como él, la condescendiente sonrisa de Mycroft fue todo lo que necesitó para confirmar sus teorías.

No volvió a ver a John Watson hasta varios años después. Después de la pequeña cena de festejo que compartieron las dos familias próximas a unirse, el niño rubio no fue más que un nombre olvidado entre sus investigaciones y luego, sus planes para ser pirata. Eventuales regalos de cumpleaños y en ocasiones especiales, como el estuche de lápices con gatitos que recibió con la leyenda "feliz primer día de kínder", le recordaban que John existía aún como promesa de un futuro juntos.

- Ni siquiera me gustan los gatos.- Le dijo a Mycroft frunciendo su nariz. El mayor se encogió de hombros y volvió a sus estudios. Y él no dibujaba. ¿Qué se supone que haría con ellos?

La siguiente vez que vio a su futuro alfa, tenía ocho años y John recién había cumplido sus doce. El cumpleaños de Mummy había sido un evento social bastante llamativo ese año, una enorme fiesta de primavera en el jardín. Le habían obligado a usar un chaleco para diversión de las amigas de su madre que no paraban de halagarlo, y jalarle de sus mejillas.

Él no era lindo. Él no era un caballerito. Él era un pirata y los piratas no están limpios ni acicalados. Mummy tenía que entender que estaba haciendo un verdadero esfuerzo por no gritarle a la señora Murray que sus intentos tan obvios de ocultar su reciente affair con su chofer eran patéticos y salir corriendo lejos de todas esas personas.

- ¿No crees que es muy adorable, Johnny?

La mamá de John Watson comentó a su hijo, quien a diferencia de la vez anterior no estaba escondido tras sus piernas ni sosteniendo su mano. Esta vez mantenía la mirada brillante sobre el menor de los Holmes, sonriendo con amabilidad y asintiendo con la cabeza.

El muchacho Watson había sido bañado a conciencia y bien arreglado por su madre. Si bien sus vestimentas eran de segunda mano, estaban limpias y bien mantenidas, se notaba que era lo mejor de su guardarropa. Su cabello rubio y largo sobre las orejas, había sido cortado y prolijamente peinado. John sonreía amable a las señoras, respondiendo cortésmente y sin un gramo de la incomodidad que había demostrado años atrás.

Era detestable.

Sherlock podía ver bajo la fachada, solo un pre-adolescente con muchas ganas de complacer a los demás. Si había algo más patético que un alfa tímido y enclenque, era este lame botas.

- Lo aborrezco.- Le murmuró a Mycroft cuando pasó por su lado, el adolescente husmeaba en la cocina seguramente buscando un pastel. – Mummy dice que nadie quiere un omega gordo.

- Mummy no dice tal cosa.- Contestó su hermano mayor con indignación, tenía las mejillas con un leve rubor sin embargo.

- Lo aborrezco.- Repitió cruzándose de brazos.

- Tú aborreces a todo el mundo.- Sherlock inflo las mejillas y frunció la cejas todavía más descontento. Mycroft conocía un berrinche cuando lo veía. Suspiro profundamente, armándose de paciencia.- ¿Te importaría ampliar tu comentario?

- ¡John Watson! Es detestable. ¿Por qué nuestros padres me obligarían a unirme a tal imbécil?

- Lenguaje, Sherlock.

- ¡El ni siquiera luce como un verdadero alfa!- Exclamó moviendo los brazos dramáticamente.- Estoy seguro de que es algún tipo de castigo porque ya no querían tener más hijos.

- No seas ridículo.- Sherlock entrecerró sus ojos verdes, como retándolo a decir lo contrario. Técnicamente era cierto, Sherlock había sido un descuido de sus padres cuando ya no querían más hijos. Los Holmes no se habían caracterizado por una familia numerosa, el número suficiente para asegurar el apellido era lo deseado. Mycroft ya había cubierto ese aspecto, por lo que su hermano mayor fue una agregación a su ecuación cuando nadie lo esperaba. Pero sus padres jamás lo habían tratado como una molestia, de hecho, eran mucho más complacientes con él. Cuando el futuro del apellido ya estaba asegurado con Mycroft, Sherlock gozaba de libertades que el mayor jamás conocería.

- Los Watson son una buena familia.

- Son pobres.- Rebatió el menor.

- No son pobres. Si bien no son acaudalados como la nuestra,- agregó antes de que Sherlock pudiera reclamar.- descubrirás que están dotados de otras características que le añaden a las que nuestra familia posee. Son buenos alfa, respetables y sobre todo leales.

- Solo dices eso porque Padre decidió que Gustave fuera tu alfa. El es alto, interesante y planea llevarte por todo el mundo.

Ciertamente Gustave había comentado sus intenciones en la última visita formal, meses atrás, cuando Mycroft había estado de vacaciones de su escuela. El alfa provenía de una familia de artistas franceses, actualmente coleccionistas de artes, que habían tenido mucho aprecio y una estrecha relación con los Vernet, la familia de la madre de ambos. Era apuesto y extranjero, y se había mostrado ansioso de formalizar su unión con Mycroft tan pronto ambos terminaran la secundaria. Un alfa respetable.

- La lealtad, mi querido hermano, es una característica que aprenderás a encontrar invaluable con el tiempo.- Fue todo lo que respondió antes de abandonar la habitación.

Sherlock odiaba cuando Mycroft era tan críptico y lanzaba comentarios dando a entender que él era un idiota solo porque tenía menos edad. Pomposo arrogante, a él también lo detestaba.

Después de cortar el pastel se las arregló para escabullirse y jugar en su parte del jardín. Era el lugar donde Padre le había permitido construir su barco pirata. Con las mangas y los pantalones arremangados, sus zapatos olvidados en el camino, Sherlock blandía su espada y daba órdenes a oficiales invisibles. Fue vergonzoso que John Watson lo encontrara en ese momento.

Por eso cuando lo halló parado junto a su improvisado primer oficial (la calavera que había robado de la oficina de Padre), sonriendo divertido ante él, Sherlock le apuntó con su florín, justo en el centro del pecho.

- ¡Fuera!

- Aye, aye, Capitán.- Levantó ambas manos.- Vengo en son de paz, permiso para acercarme a su tripulación.

Sherlock entrecerró los ojos sospechosamente, el falso alfa continuaba sonriendo sin intimidarse por su presencia. Maldita sea la hora en que se había vuelto más alto que él.

- ¡Tú no eres un alfa! – Gritó, avergonzado porque había gritado lo primero que se le ocurrió para ofenderlo.

El comentario tuvo el efecto deseado, había logrado borrar la tonta sonrisa de John. Él no era como esas mujeres de la fiesta, no iba a ser comprado por unas cuantas palabras amables. El rubio bajo los brazos y retrocedió lo suficiente como para alejarse de la punta de su arma.

- ¿Por qué me odias?- La pregunta, tan sincera y frontal, lo dejó desorientado. Le importaba, a John en verdad parecía importarle su aprobación, y una sensación de suficiencia creció en su pecho. Pero no importaba cuantos regalos le diera o que tan impecable su mamá lo arreglara, él era un omega brillante y no se dejaría impresionar por menos que eso.

- Tú no luces como un alfa, eres bajo y enclenque, tu ropa es fea y jamás podrías protegerme. Eres…- frunció la nariz como si estuviera oliendo algo especialmente desagradable al buscar las palabras adecuadas.- común.

Los puños del chico rubio se cerraron con fuerza y su expresión dolida fue fugaz antes de mostrar una nueva sonrisa. Una tan falsa como las intenciones de Mycroft de perder peso. Él estaba siendo honesto. ¿No era eso ser considerado? Mummy le había dicho que siempre era bueno decir la verdad.

- Yo toco el violín, aprendo latín y ciencias, voy a ser un científico y un capitán pirata. No tengo tiempo para uniones ni cosas así. Así que anda, vete, estoy ocupado.- Desechó al muchacho con un gesto de mano.

John se fue tal como se lo había pedido. ¡Ni siquiera discutió al respecto! No, definitivamente no era el tipo de alfa que Sherlock había memorizado en los libros.

No volvió a ver esa tarde a ninguno de los Watson, o a cualquier otro invitado de la fiesta, hasta que todos se marcharon. Había tenido una tarde divertida y su madre no le había retado demasiado por el estado arruinado de sus ropas. El invierno siguiente, un regalo de cumpleaños llegó de parte de John, con una carta (que Sherlock sabia había sido escrita por su madre) explicando que el muchacho había enfermado de paperas y no se encontraba en condiciones de asistir a la fiesta de Sherlock. Era un hermoso cuaderno, de los que utilizaba para anotar las conclusiones de sus experimentos y observaciones, la tapa cubierta de calaveras con parches y sombreros de tres puntas.

No era, tan malo.

De hecho era una mejora notable desde el estuche con gatitos. Por más que intentó ocultarla, Mummy lo conocía lo suficiente como para notar la pequeña sonrisa complacida al ver el obsequio.

- Creo que deberíamos enviarle una nota de agradecimiento, ¿no lo crees?

Sherlock asintió levemente y su madre le acarició el cabello. Ella compró la tarjeta, el diseño era en tonalidades azules y pelotas de futbol adornaban el borde. Fue Sherlock quien escribió un simple: "Gracias" en ella.

-¿Eso es todo lo que vas a poner?- Inquirió Mycroft y él se encogió de hombros. No es como si hubiera algo más que decir al respecto.

Él no fue en verdad consciente de lo que significaba ser un omega hasta que abandonó la escuela para continuar su educación en casa. No es que fuera un verdadero problema, odiaba a sus compañeros y el sentimiento era mutuo. Pero sobre todo deshacerse de sus profesores era la mayor gratificación. Estaba harto de discutir y no ser escuchado. El era al menos tres veces más inteligente que cualquiera de esos adultos que le hacían callar en clases y murmuraban por lo bajo que solo era un omega, despectivamente.

Ser un omega no solo significaba que llegado el momento su cuerpo cambiaria para poder concebir hijos, y que su aroma se intensificaría, mutando en una esencia que sería irresistible para cualquier alfa no unido. Al parecer, también significaba que estudiar era una pérdida de tiempo cuando toda la capacidad que necesitaba era la de mantener una cama caliente para su alfa, y una casa bien atendida, con hijos sanos y numerosos.

Fue su Padre quien decidió que la educación con los tutores más capacitados, y en la seguridad de su casa, era lo ideal para él cuando cumplió doce años. Después de todo, no era seguro con todos esos adolescentes presentándose como alfas alrededor de él, y las escuelas exclusivas para omegas eran tan lamentables que hasta su padre se sentía indignado de enviar a su hijo ahí. Ellos no le dijeron que los omega no eran científicos ni piratas, ellos ni siquiera le dijeron que la universidad no estaba en sus planes de vida.

-¡¿Por qué John si va a ir a la universidad?!- Le gritó a su padre una tarde que su tutor de química le explicó que sus clases se suspenderían el mes entrante, cuando Sherlock ya habría adquirido todo el conocimiento que un omega realmente necesitaba para su vida. - ¡Es injusto!

Mycroft se apresuró a sacarlo del despacho antes de que su padre pudiera contestar.

- Yo me encargo de esto, mis disculpas padre.- Dijo rápidamente el joven mientras jalaba a su hermano menor de regreso a su habitación y lo sentaba en su escritorio.

-¡Incluso tú vas a ir a la universidad!- Exclamó despectivamente. Era detestable como Mycroft se las había arreglado para ser recibido en Cambridge el próximo otoño. Se había vuelto más pomposo e insoportable, con sus tontos trajes de tres piezas que le hacían verse diez años más viejo y no hacían nada por ocultar su barriga.

- Eso es porque soy inteligente, cosa que obviamente no estás imitando.

- ¡Soy brillante! Mucho más inteligente que tú.- Cruzó los brazos sobre la madera de su escritorio y escondió la cabeza entre ellos.

- No. Porque si lo fueras no estarías tratando de sortear esta situación a los gritos. ¿Es tu mente tan simple querido hermano que no te das cuenta que la violencia no te llevara a ningún lado? Mucho menos a Cambridge.

- Quiero ir a Oxford.- Murmuró el adolescente todavía con la cara oculta entre sus brazos.- No quiero ver tu gorda cara.

- Ahora solo estás siendo infantil.- Suspiró dramáticamente el mayor.- Yo, a diferencia de ti, cultive una muy buena y cordial relación con mi futuro alfa. Él es inteligente, pero como bien dijiste, nosotros somos brillantes. Esa misma inteligencia es la que utilice para convencer a mi futuro compañero para retrasar nuestra unión hasta después de mi graduación en la universidad. ¿Has probado en hablar con John al respecto? Podrías ir a Oxford siempre y cuando él lo permita.

- Mierda.

- Lenguaje, Sherlock.

El menor rodó sus ojos grises con expresión de fastidio.

- Estoy seguro de que apelando al buen carácter, John Watson no se negara a tu educación superior. ¿Has probado plantearle el tema?

- No. – Se masajeó los rizos rebeldes sobre de su nuca.- Ni siquiera hablo con él. Continúa mandándome e-mails hablando sobre sus entrenamientos de rugby. ¡Rugby, Mycroft! Estoy condenado a pedirle autorización a un troglodita alfa jugador de rugby y cabeza hueca. Tú los viste en la secundaria, los alfas más salvajes e imbéciles son los que acuden a los deportes de contacto.

- También tengo entendido que practica el clarinete.

- ¡Es un idiota!

- De hecho, tiene las mejores notas de toda su clase.

Sherlock gritó de pura frustración. Le había estado enviando mails a su correo electrónico desde que él abandonara la escuela. John mantenía ese tono amigable y cordial que lo caracterizaba. Le comentaba en interminables mensajes sobre sus tontos amigos, sus clases y lo fastidiosa que se había vuelto su hermana menor Harriet. Incluso alguna vez le había enviado fotografías suyas con su equipo de rugby. Había crecido y se había presentado ya como un alfa, su altura sin embargo, continuaba siendo menor a la del promedio. Era el más bajo en todo su equipo; empero su musculatura estaba creciendo y su cabello rubio se había oscurecido a dorado al igual que su piel, resultado de sus múltiples horas bajo el sol de las prácticas.

En la foto abrazaba a dos de sus compañeros, con su sonrisa franca y reluciente. En realidad tenía un aspecto bastante inofensivo y accesible. Pero el solo pensar que sus planes dependían de la palabra de John Watson, hacía que su sangre hirviera de furia.

- No puedo.

- Tonterías, siempre hay formas de convencer a alguien. Sobre todo para un omega a su propio alfa.

- Ni siquiera puedo usar eso Mycroft, todavía no me he presentado.

Ya tenía catorce años y su primer celo no había llegado. Mummy decía que Sherlock tenía más sangre Vernet que Holmes, y que por eso florecería un poco más tarde que el resto. Pero él se encontraba aliviado, no estaba ansioso de sufrir las torturas trimensuales que el celo provocaba a los de su especie.

El celo era ese momento que sucedía solo tres veces al año, en que los omega se volvían especialmente fértiles. Su instinto de procreación tomaba posesión de su mente y todo lo que querían era encontrar un buen alfa saludable al que unirse y llenar su matriz con la semilla de su compañero. Criar y tener hijos era todo lo que buscaban en esos momentos.

Fisiológicamente su aroma se volvía un potente afrodisiaco para cualquier alfa sin unir a tal punto de llevarlos a un frenesí violento. Los libros decían que en el estado de celo, el omega incluso disfrutaba del comportamiento posesivo y agresivo que despertaban en el alfa. Su matriz comenzaba a secretar el viscoso lubricante que le marcaba el comienzo del periodo de celo, cuando estaba listo para ser penetrado durante días antes de volver a su normalidad.

El celo compartido era descripto como una de las experiencias más gratificantes que tenía toda la especie, tanto para omega como el alfa. El mismo celo, sin un alfa para satisfacerlo, era un proceso largo y agonizante en el que se habían registrado casos extremos, donde el omega perdía totalmente la capacidad de racionalizar y acababa haciendo cosas que atentaban contra su vida.

Tales experiencias ya no eran comunes desde el desarrollo de la medicación supresora. Los supresores estaban permitidos a partir del segundo celo de un omega sin unir; las pastillas lograban disminuir los síntomas a una mínima molestia que incluso no interrumpía su rutina. Había quienes mantenían la medicación durante los días no correspondientes a su celo, logrando el efecto de suavizar su aroma de omega.

- Quiero ir a la universidad…- Susurró mientras revisaba la larga lista de correos electrónicos provenientes de John Watson. No había respondido ninguno de ellos, y sin embargo el rubio continuaba enviándoselos, haciendo preguntas que le instaban a contestar cada mensaje. – Supongo que no pierdo nada con preguntar…

- Deberías enviarle una fotografía.- Sugirió Mycroft. Sería una buena táctica para lograr algo en John, después de todo llevaban años sin verse y el gesto mostraría que al menos Sherlock leía sus mensajes.

- Ni siquiera tengo una.

Un flash proveniente de su derecha lo sorprendió. Mycroft había sacado su nuevo teléfono celular y tomado una fotografía suya con él.

- Ahora la tienes.

La foto en cuestión no era ni tan buena o halagadora como las que John había enviado. Era honesta sin embargo. Se encontraba sentado en su escritorio, uno de sus codos sosteniendo el peso de su cabeza, mientras miraba pensativamente la pantalla de su computadora. Vestía su camisa blanca con las mangas arremangadas y de fondo se veía todo el caos que era su escritorio y habitación, su mesa de química con frascos lleno de reactivos y los recortes de periódicos con los crímenes más relevantes de la época empapelando su pared.

- Es terrible.

- Te ves pálido y podrías poner algo de peso sobre esos huesos, pero yo diría que es bastante aceptable.

- Solo lo dices porque eres gordo y envidioso.

- Y tú repetitivo con tus insultos. Uno creería que con los años encontrarías algún otro defecto que apuntar.

Fulminó con la mirada a su hermano mayor antes de tomar con brusquedad el teléfono móvil y pasar la fotografía con destino a John Watson. Echó a Mycroft de su habitación sin embargo, no lo quería ahí merodeando mientras decidía el mensaje que iba a escribir.

"He estado estudiando muy duro y no he tenido tiempo para responder a tus mensajes, pero he leído cada uno de ellos. Química es mi asignatura favorita, tengo intensiones de continuar mi formación en Oxford, solo si lo permites. Buena suerte con tu próximo partido. ¿Está tu rodilla lo suficientemente curada como para participar sin reservas?

Sinceramente, S H."

Su tono condescendiente le enfermaba, pero iba a demostrar que era tan capaz como Mycroft de sortear su camino hacia el futuro que estaba deseando.

La respuesta llegó casi de inmediato, John sonaba más sorprendido y entusiasmado de lo que él había esperado, hasta había elogiado su fotografía. Le confesaba que se sentía orgulloso de tener una imagen para presumir con sus compañeros de rugby, pues Sherlock había crecido de forma muy halagadora y John sonaba conforme con eso.

Bueno, siempre era un merito poder satisfacer las expectativas de un deportista descerebrado, pensó con sarcasmo.

La frase que justificó todo el mensaje, la mejor oración, la que generó una sensación de victoria tan embriagadora como los halagos de John sobre su aspecto jamás iban a generar, fue la siguiente:

"… y me gusta la química también! Estoy seguro de que lo harás genial en la universidad, Oxford es muy difícil así que estudia mucho, no dudo que vayas a lograrlo…"

- ¡Sí!- Saltó sobre su escritorio, sosteniendo la calavera que había sido su primer oficial y ahora su único amigo. - ¡Es navidad, Billy! Ohh Dioss, es fantástico, iremos a la universidad y después de eso… Después de eso…

El no tenía decidido lo que harían después de eso, pero no dudaba que lo iba a decidir en el camino. La felicidad que trajo la buena noticia no duró mucho. Poco tiempo después, mientras estaba en el jardín juntando una muestra de huesos de un animal que no estaba seguro de si era un mapache o un ratón muy grande, la presentación de Sherlock llegó.

Fue dolorosa, desesperante, la peor experiencia en toda su vida. Su piel hervía de tal manera que creía que iba a derretir la carne debajo, todo su cuerpo estaba blando y empapado de sudor y el horrible lubricante que corría entre sus piernas. Era enloquecedor y los cuatro días encerrado en su habitación, luchando contra la necesidad de tener algo clavado en su cuerpo, penetrándolo y satisfaciéndolo, fueron una tortura. Jamás se había sentido en falta, pero a partir de ese día su cuerpo creo la conciencia de que había sido una mitad toda tu vida, una que necesitaba ser completada y llenada con el semen de su alfa.

Padre fue especialmente comprensivo después del evento y Mummy jamás estuvo más dichosa. No eran de naturaleza cariñosa pero con el celo terminado, abrazó a su hijo menor y Sherlock, quien siempre había sido reacio al contacto físico, se enterró hecho un ovillo desnudo en el abrazo de su madre. Tenía lágrimas contenidas en los ojos y no comprendía como su madre podía sonreír y murmurarle palabras de orgullo cuando Sherlock jamás se había sentido más humillado que nunca. "Quiero mis supresores" le dijo en un quejido a su madre y ella acariciándole ambas mejillas le aseguró que los tendría.

Ella tenía que hacer gran alarde de la debilidad de Sherlock, compartiendo con todas sus jodidas amigas la novedad de su presentación. El no había respondido más mensajes de John desde el asunto de la universidad, pero cuando tímidamente el alfa le mandó un mensaje de correo felicitándole por las buenas nuevas y preguntándole si se encontraba bien. Sherlock encontró el perfecto lugar para descargar todo los sentimientos que había tenido que callarse ante su familia.

"LO ODIO. No tengo deseos de volver a pasar una experiencia como esa nunca más. Odio esto, odio ser un omega. No tienes idea de lo desagradable que es tener que estar subyugado a un instinto que ni siquiera reconozco como propio. Yo NO quiero ser montado como una especie de animal salvaje, yo NO quiero tener hijos ni volver a sentir esa clase de debilidad. No necesito ningún alfa y aunque nuestra relación puede ser cultivada en el futuro hasta lograr, quizás, una amistad, yo no voy a someterme a ti John Watson. Debería haber nacido alfa, estoy seguro de que sería mejor que cualquiera de los cavernícolas que llamas amigos. Soy brillante y no voy a ser desperdiciado por mi genética ni a ser retrasado por una unión ni por hijos. Mamá dice que voy a empezar a tomar supresores tan pronto como pueda, y no voy a dejar de hacerlo hasta que el ultimo rastro de omega quede tan suprimido que ni tú mismo me vas a reconocer."

Se acurrucó en su cama, sofocando un grito en su almohada y pensando en todas las palabras que le había enviado al que estaba destinado a ser su compañero. No era justo y estaba consciente de ello, de todos a su alrededor John era el que menos se merecía la sarta de comentarios que había tipeado sin pensar, pero no había caso en ocultar sus intensiones, desde que tuviera conciencia de lo que significaba la promesa de unión que habían decidido sus familias, Sherlock sabía que iba a romperla. Era una cuestión de tiempo antes de comunicar sus verdaderos pensamientos a John Watson. Incluso, si tenía suerte, John podría desencantarse y buscar otro omega para unirse y criar hijos. Uno más dispuesto que elogiara sus características de alfa y no le mostrara sus faltas cada vez que tenía la posibilidad.

Un omega obediente con menos hambre de realización personal. Un buen omega.