Un buen Omega: Tercera parte

Mientras investigaba en el laboratorio de St. Barts una tarde, Mike Stamford ingresó con otro individuo: "Es diferente a mis días." El hombre comenta casualmente. Sherlock se giró completamente al reconocer la voz. Es inconfundible, no hay suficiente tiempo en el mundo que borre la voz de su John Watson.

Él tiene una cojera y un bastón, psicosomática por la manera que permanece de pie. Su cabello corto a estilo militar es el mismo que recuerda de cierto video, pero su rostro poco tiene de aquel muchacho joven y rozagante. Maduro y agotado, sus ojos azules lo encuentran y le sostiene la mirada de la misma manera que casi una vida atrás, lo hiciera en la oficina de su padre.

-Sherlock…- Susurró con incredulidad, como si estuviera en frente de una visión y no del detective en sí. Su bastón cayó, y sin embargo se mantuvo de pie mientras Sherlock se acercaba, tensándose visiblemente cuando lo tuvo frente a frente.

- ¿Puedo usar tu teléfono?

Sin decir una palabra, ni dejar de mirarlo a los ojos, John sacó el celular de su bolsillo y extendió.

-Entonces, estás buscando un lugar donde vivir.- Declaró mientras tipeaba en el teléfono móvil.

-¿Le dijiste de mí?- Le preguntó a Mike.

- Ni una palabra.

- No es difícil de deducir, esta mañana le dije a Mike que me encuentro en una situación complicada y me sugirió conseguir un compañero de piso. ¿Quién compartiría piso conmigo? Le pregunté, y aquí estas. Un antiguo compañero de universidad, recién regresado de Afganistán, con una cojera psicosomática y una pensión del ejército.

- ¿Psicosomática?- Contestó incómodo pero sin poder ocultar su asombro.

- ¿Te molesta el violín? Toco el violín mientras estoy pensando. A veces no hablo durante días. Potenciales compañeros de piso deberían conocer lo peor de cada uno.

-¿Quién dijo algo sobre compañeros de piso?

- Yo lo hice. Tengo puesto el ojo en un departamento en el centro de Londres, juntos deberíamos ser capaces de solventar el gasto. Nos vemos mañana a las siete de la tarde, lo siento, me tengo que apurar, creo que deje mi fusta en la morgue. La dirección es 221B Barker Street.- Le guiñó el ojo antes de desaparecer.

Se marchó antes de escuchar algún tipo de respuesta porque sabía que cualquiera que obtuviese, seria producto de una reacción defensiva y apresurada por el shock. Toda una noche de meditación le daría la capacidad de tomar una decisión, una verdadera y honesta.

Cuando Mycroft le anuncio que John había sido herido pero que permanecía estable, supo que tenía que volverlo a ver. No pudo inmediatamente, tuvo que esperar a que fuera trasladado de regreso a Inglaterra y atendido apropiadamente. Cuando el momento fue oportuno, su hermano le dio la noticia: John no quería recibirlo.

Se rehusaba a aceptar que la familia Holmes solventara sus deudas hospitalarias, tampoco quería ayuda de Mycroft para conseguir vivienda y definitivamente quería volver a ver a Sherlock Holmes. En lo que a él respecta, podía dar el acuerdo de unión por terminado. Estaba muy cansado y herido para cumplir con una promesa que sus padres habían pactado para unirle con un omega que prácticamente no conocía. Él no tenía ningún deseo de unirse a nadie.

Y que después de casi seis meses, él se apareciera por una casualidad tan absurda como enorme en la puerta de su laboratorio, tenía que ser una oportunidad. Él no estaba más interesado en una unión que el mismo John, no era viejas promesas lo que quería reclamar. Solo el compartir vivienda y quizás, solo quizás, poder ver la verdadera sonrisa de John Watson, esa franca y divertida que tenía solo para sus amigos. Y mostrarle, especialmente mostrarle en qué se había convertido.

Contra todo pronóstico, John se presentó al día siguiente en las puertas de Baker Street.

-Sherlock.

- John.- Lo saludó estrechándole la mano y ofreciéndole una sonrisa cordial. El médico volvió incomodo la mirada hacia la puerta del edificio, como si la amabilidad de Sherlock o su misma presencia fuera una cosa imposible.

- Esta es una ubicación de primera, debe ser costoso.

- La señora Hudson, la dueña del lugar, me está dando un trato especial. Me debe un favor, hace uno años su esposo fue sentenciado a muerte en Florida, yo fui capaz de ayudar.

- Disculpa, ¿tu evitaste que fuera ejecutado?- Preguntó incrédulo el rubio.

- Oh no, me aseguré que lo fuera.- Sonrió enigmáticamente antes de entrar al edificio.

La señora Hudson era una omega como Sherlock, se conocían lo suficiente como para saber que John le encantaría de inmediato. Era la clase de buen hombre que ella encontraba entrañable. Al saludarlo, pudo dar cuenta de su aroma a alfa, y le lanzó una apreciativa mirada a Sherlock. ¿Estás seguro? Es lo que parecía preguntar. Él le sonrió con el mismo misterio que mostró segundo antes con John.

-Bueno, esto podría ser muy bueno. Muy bueno en realidad.- Concedió John mientras daba un vistazo general al departamento.

- Precisamente lo que pensé, por eso me mudé de inmediato…

- En cuanto saquemos toda esta basura… Oh.- Murmuró avergonzado al comprender lo que acaba de decir el omega. Sherlock enseguida se movió por el departamento haciendo un vago intento de ordenar las cosas. Clavando la correspondencia bajo una daga.

-Hey… ¡Lo conozco!- Señaló divertido con la punta de su bastón a la calavera sobre la chimenea. Esta vez Sherlock en verdad se sonrojó y balbuceo antes de poder explicar.

-Sí…Sí, un viejo amigo. Cuando digo amigo…

La señora Hudson irrumpió en el departamento justo en ese momento.

-¿Qué le parece Dr. Watson? Hay otra habitación arriba, si es que van a estar necesitando dos habitaciones…

- Por supuesto que vamos a necesitar dos habitaciones.- Miró a Sherlock para confirmar su comentario, pero este parecía ajeno a la conversación que se estaba tomando lugar frente suyo. En cambio inspeccionaba cajas y continuaba desempacando.

No prestó atención hasta que John volvió a hablarle.

-Te busqué ayer por internet.

-¿Algo interesante?

-Entonces tu sitio…"La ciencia de la Deducción".

-Oh sí, nombre pegajoso, ¿no lo crees? Se me fue sugerido años atrás.- Se encogió de hombros y creyó ver una sonrisa diminuta en los labios del alfa.

Cuando Lestrade entró en la escena, una idea nueva y emocionante también lo hizo, cometería un riesgo calculado e invitó a John Watson a la escena del crimen como su ayudante. El cuarto de una serie de asesinatos conocidos más tarde como "El Estudio en Rosa".

-Brillante.- Exclamó John delante el cuerpo de la mujer vestida en rosa, la primera vez que escuchó una deducción completa.

Esto era perfecto, la emoción del trabajo y la presencia de John Watson, vivo y trabajando con él era algo que había deseado toda su vida, y no tenía idea hasta el momento que lo tuvo.

-¿Por qué estamos aquí?- Quiso saber cuando tomaron asiento en Angelo´s.

- Persiguiendo un asesino serial, John. Ponte al día.- Regañó sin verdadera malicia. El doctor rodó sus ojos.

- No, me refiero, a que hacemos aquí y por qué este hombre piensa que soy tu cita.- En ese momento Ángelo regresó con la vela para dar un ambiente más romántico. John sonrió en una mueca incómoda mientras se alejaba.

-Tú eres un alfa, yo soy un omega. La gente tiende a asumir esas tonterías.- Comentó desechando el tema con un gesto de mano.

- Así que, todavía no estás unido, es decir, - carraspeó incómodo- no es que lo necesites, lo estás haciendo perfectamente por tu cuenta, eso puedo verlo. Pero, si.. es.

- No.- Contestó Sherlock mirándolo fijamente.

- Bien. Bien, como yo, sin uniones…

- John, tienes que entender algo.- Suspiró profundamente, sabiendo que esta conversación era inevitable.- No tengo ninguna intensión de forzar una unión, mis intenciones al invitarte a compartir una vivienda no fue reclamar ninguna antigua promesa familiar. Hiciste muy claro frente a mi hermano que tus intensiones son las mismas.

Una sonrisa amarga apareció en los labios de John, recordando los detalles de aquella conversación en el hospital militar.

-He vivido por mi cuenta toda mi vida y no necesito protección ni mantención. Pero después de todo soy un omega sin unir, ni siquiera yo soy tan idealista para saber que las leyes actuales y mi capacidad podría evitarme ser atacado en cualquier momento. Pero creo que puedo sentirme más seguro si eres tu quien vive bajo mi mismo techo, al conocer tus deseos de no formar una unión, estoy seguro de que podemos lograr una convivencia.

- Sí.- John finalmente se relajó y asintió.- Creo que vale la pena intentarlo…

Más tarde ese mismo día, un asesino serial en forma de taxista sedujo a Sherlock Holmes a tomar un veneno, pero el médico alfa lo asesinó antes de que pudiera lograr su cometido. El primer día de su convivencia, Sherlock Holmes curó su cojera psicosomática y John Watson mató por él, el segundo día, muda todas sus pertenencias a la habitación superior de Baker Street. Las cosas se veían prometedoras.

Los días pasaron y John descubrió que debajo de ese genio detective había un pasado de drogas, pero no se marchó. De hecho parecía estar más atento a sus movimientos desde que se había enterado de cierto hecho. Un omega sin unir e independiente como Sherlock debería sentirse ofendido por despertar el sentido de protección de un alfa de esa manera, pero al detective genio poco le importaba, hasta se encontraba disfrutándolo

Los días pasaron y Sherlock descubrió que si bien su deseo de no formar una unión seguía intacto, John no perdía oportunidad para seducir betas y meterlas en su cama. "¡Es solo sexo!" Exclamaba contrariado cuando Sherlock le dedicaba una larga deducción sobre un secreto embarazoso de la mujer de turno. Oh, él también parecía preferirlas mujeres. No en vano se había ganado el apodo de John "Tres Continentes" Watson en el ejército. "Aburrido" contestaba Sherlock despectivamente desde el otro lado de la habitación.

Sherlock Holmes tocaba el violín a las tres de la mañana y dejaba cabezas humanas en el refrigerador. Se acaba la leche y jamás iba a comprar más. Jamás iba a comprar nada, para el caso. Su habitación era impecable pero no era capaz de mover el culo para ordenar un solo papel en la sala. Utilizaba la computadora de John, adivinando la contraseña no importara cuanto intentara complicarla, leía en voz alta los poemas escritos para sus noviecitas betas, y durante el desayuno cuando John estaba más despistado, empezaba a recitar de memoria las partes especialmente vergonzosas antes de reírse como si fuera lo mejor de su jodido día. Era inevitable, tan ridículos que hasta el mismo John, pasada la vergüenza inicial, se sumaba a sus risas y podían estar todo el día con el tema.

Era un fastidio cuando utilizaba sus cosas sin permiso, era peor cuando tenía utilizaba la ducha antes que él, dejando toda la bañera con su olor a omega sin unir. John tenía que soportar toda la ducha con la erección más incómoda de su vida, una bastante difícil de bajar en los cinco minutos que tenía antes de llegar al trabajo. Cuando salía, con la cara toda roja y la expresión asesina dirigida hacia su compañero de piso, Sherlock solo sonreía inocentemente.

John podía ser muy molesto cuando la gente asumía que eran pareja. "¡No estamos juntos!" Exclamaba al borde del colapso nervioso después de la décima sexta vez en el mes que alguien asumía lo mismo. Sherlock rodaba los ojos con expresión cansada, intentar negar que un alfa y un omega sin unión estaban viviendo juntos pero no tenían sexo, era caso perdido. La gente seguía asumiendo que lo estaban haciendo o que en cualquier momento iba a pasar.

John tenía una obsesión con el orden. Maldita vida militar. No entendía que Sherlock necesitaba mantener el impecable equilibrio del desorden de la sala.

John le obligó a festejar su cumpleaños con una fiesta sorpresa y todos sus "amigos". Molly, Lestrade, la señora Hudson, hasta el mismo Mycroft estaba ahí.

-¡Él ni siquiera es mi amigo!- Apuntaba acusadoramente al omega del gobierno. Que con expresión cansada rodaba los ojos dramáticamente.

- Es tu hermano.

- Se va a comer todo el pastel.- Refunfuñaba Sherlock por lo bajo.

- ¡Tu ni siquiera comes pastel!- Espetaba John, ante la mirada divertida de sus invitados.

- No, pero aprecio la idea de que sea mío.

Mycroft se quedó toda una hora, un record en su tiempo. Cuando se marchó Sherlock hizo un comentario sobre cuantos países habrían comenzado una guerra por la culpa de su cumpleaños. La fiesta no fue tan desastrosa, pudo hacer todas las deducciones y comentarios sarcásticos posibles y la gente se mostró más tolerable que de costumbre. El pastel en cuestión tuvo un diseño de un pirata de caricatura con un loro en su hombro. John le sonrió divertido en complicidad y Sherlock supo que era una venganza por todas aquellas veces de los poemas. Dejó escapar una risa profunda y breve de todas formas.

El cumpleaños de John fue más caótico. Esa tarde tenía organizada una cita con una chica beta al menos diez años menor que él (recalcado por Sherlock), y Sherlock se había olvidado totalmente de la fecha. Por eso no reparó en aceptar un caso en el que quedaron involucrados todo el día. John jamás llegó a su cita, y tuvo que usar su arma una vez más para sacarlos de un problema con un asesino pagado de la mafia.

El sujeto era un alfa, uno especialmente violento. Tan pronto como Sherlock lo enfrentó, se vio superado en capacidad física y lo siguiente que supo fue que el alfa lo tenía reducido contra el suelo, con su bota en la garganta. No era muy frecuente que Sherlock se viera asaltado por su naturaleza de omega (era más común que la gente quisiera matarlo por su naturaleza de idiota), y esta vez el cuerpo del alfa de contorneo sobre el suyo, dando una profunda inspiración sobre su cuello, donde su bota había estado anteriormente.

Nunca nadie había hecho eso. Por regla general era un movimiento tan íntimo, inspirar la esencia del cuello de otra persona, que estaba solo reservado para los amantes. Sherlock permaneció estático por el desconcierto, y fue todo lo que John necesitó ver para sentir palpitar su instinto alfa. Los ojos de Sherlock cubierto de pánico. Otro alfa inspirando a su omega. Un paso, dos, y un disparo exactamente un punto sobre la sien. Sherlock sintió el peso muerto caer sobre él y lo alejó instintivamente. Lo siguiente en percibir fue un olor tranquilizador, profundo y familiar. John lo estaba abrazando posesivamente, con los ojos desenfocados y murmurando sin parar "mi omega".

-Shh… John. John, estoy bien.- El militar estiró el brazo apuntando al cuerpo sin vida.- Ya está muerto, John. – Murmuró con tranquilidad al oído del alfa. Sabía que los alfa recuperaban la calma en esa situaciones al oír el tono tranquilo de su omega.

John se giró para verlo y enterró su rostro en el largo y pálido cuello de Sherlock. Inspirando largamente, aquello provocó un escalofríos recorrer toda su espalda. Exhaló un suspiro quejoso, muy similar a un gemido. Lo que pareció sacar a John de su transe. Alejándose a una distancia prudente y recuperando la conciencia de todo lo sucedido.

Él estaba avergonzado por su comportamiento previo. Mortificado, de hecho. Sherlock quiso dejar pasar el asunto, solo un rush hormonal, nada por lo que sentirse apenado. Le había salvado su vida (nuevamente). Fue entonces que recordó la fecha en cuestión, y aunque ya había pasado la medianoche, lo obligó a detenerse en una tienda de veinticuatro horas a comprar un pastel de pudín. Comieron el postre sentados en el cordón de la vereda, y no hubo ni velas ni amigos, ni siquiera era el día correcto, pero habían logrado sobrevivir un día más y eso era algo digno que festejarse.

John jamás llegó a su cita de cumpleaños. "Ella era muy joven para mí de todas formas." Tampoco llegó a la siguiente "Beatrix y yo no compartimos los mismos objetivos, ella quiere casarse". A la tercera, Sherlock ni siquiera tuvo que preguntar, John entró a la sala exclamando: "¡Ella tiene treinta y un gato!"

Después de la mujer de los gatos y dos años de vivir en Baker Street, él lo dejó de intentar. Entonces su vida juntos entró en una especie de armonía extraña, esa calma que le precede a la tormenta. Podría decirse que la tormenta comenzó con el evento más perturbador del año.

-Oh Dios.- Sherlock le echó una mirada incrédula a Greg Lestrade antes de olfatear con descaro el aire a su alrededor.

-¡Sherlock!- Le regañó el médico, su compañero a veces parecía olvidar toda regla de comportamiento social. Este ni siquiera lo escuchó, estaba ocupado mirando con un aire de terror al detective inspector.

-¡Oh Dios eres DESAGRADABLE! ¡Apestas… APESTAS A MYCROFT!

-¡¿Qué?!- Exclamó en un quejido muy poco masculino el rubio. Lestrade por su parte solo atinó a sonreír avergonzado pero sin ocultar su felicidad.- ¿Greg?

- ¡OH DIOS MIOS USTEDES SE UNIERON! Ni siquiera puedo mirarte ahora mismo.

Dramáticamente Sherlock se giró sobre sus talones antes de salir de la estación de policía.

-¡Hey! ¡No creas que me olvide que tienes que hacer papeleo!

- Eh… ¿Felicidades?- Ofreció John.

- Sí gracias, estoy muy feliz de hecho.

Era una sorpresa en verdad, Greg llevaba años separados de su esposa, una beta infiel en serie, y John ni siquiera sabía que él y Mycroft tenían más contacto fuera de las reuniones en las que ambos habían estado presente con ellos. Era inesperado pero John era incapaz de negar la felicidad que sentía por su compañero.

-Ni siquiera yo puedo creerlo. Cinco a uno. Es lo que nos dicen en la escuela, ¿no? Por cada cinco alfas hay un omega. Jamás pensé que tuviera chance con uno. Pero puedo decírtelo John, es todo lo que dicen en los libros. Es la unión perfecta, uno no sabe lo incompleto que está hasta que se une con su otra mitad. Dos piezas que fueron creadas para estar juntas. No hay nada como eso, amigo.- Greg palmeo su espalda y John le felicitó una última vez antes de marcharse.

Sherlock se rehusaba a hablar del tema y cada vez que alguien lo tocaba se cubría los oídos con las manos como un jodido infante y murmuraba un himno en francés que John no conocía. Pero las palabras de Greg comenzaron a hacer mella en su conciencia, trayendo del pasado numerosas experiencias y asuntos no resueltos.

Se podría decir que la tormenta ya había empezado, pero Sherlock no la percibió hasta un caso especialmente largo y extenuante que requirió mucho esfuerzo físico. El se sentía revitalizado al final del mismo, abandonó la ducha con su pijama puesto y una sonrisa idiota de satisfacción; la misma le duró solo hasta que encontró a John sentado en el sofá, con masajeándose el hombro herido con expresión de dolor.

-¿Estás bien?

- Sí. Sólo es un calambre.- Sherlock asintió en reconocimiento.- Supongo que la edad ya no viene sola, ¿Eh?

- Pff… pamplinas. – Desestimó con un movimiento de mano, pero no se perdió la sonrisa amarga en los labios del alfa.

Semanas después, durante otro caso, un omega fue secuestrado. Era apenas una niña de diecisiete años, regresaba de sus clases de piano cuando fue interceptada. En una carrera contra reloj y sin sus supresores, Sherlock estimaba que tenían once horas para encontrarla antes de que la joven omega comenzara su celo en un lugar desconocido y probablemente desprotegida. John y Greg trabajaron sin descanzar ni comer, hasta el borde de sus energías para localizar a la muchacha.

Finalmente lograron su cometido una hora antes del inicio calculado de su celo. La hallaron en un refugio desmantelado cerca del río, atada a una silla, pero sola por completo. Los síntomas de su celo próximo ya se empezaban a notar cuando los tres hombres arribaron.

-Ella necesita un doctor.- Exclamó Lestrade a sus oficiales.

- ¡John es un doctor!- Repuso Sherlock como si el detective fuera el idiota más grande de la historia.- Ella está bien, ni siquiera ha comenzado.

- Tu eres un jodido omega, yo un alfa unido. John aquí presente es el único alfa sin unir entre los oficiales. No voy a dejar que se acerque ni un centímetro más del que ya está.

- Él no es una especie de pervertido, puede controlarse perfectamente, ella ni siquiera está en celo todavía.

Se volvió para ver la reacción de John y apoyar su argumento, pero su amigo se encontraba estático en su lugar, con las pupilas tan dilatadas que sus ojos azules parecían negros, su pulso elevado, boca seca.

-¡Sácalo de aquí!- Gritó Lestrade.

- No hace falta.- Murmuró la joven omega.- No estoy tan cerca todavía y estoy segura de poder controlarme…

- Tú eres solo una niña, no tienes idea de lo que dices.- Aseguró Greg.

- ¿Qué, acaso teme que vaya tirármele encima a un alfa viejo y común como este? Apenas si puedo olerlo. Estoy segura de que puedo arreglármelas.- Repuso ella con una nota burlista.

Sherlock se tensó y apretó los puños para contenerse de golpearla. Si lo hacía esa sería la última vez que Lestrade le permitiría ingresar a un caso. Cuando se volvió para ver a John, él ya no estaba ahí. El alfa había salido corriendo y ahora se encontraba fuera de la bodega, respirando aire puro a bocanadas gigantes.

-¿Estás bien?- Acercó una mano a su hombro.

-¡No me toques!

Sherlock se alejó exaltado. Se mantuvieron en silencio, separados por unos metros, mientras John recuperaba la compostura. Las inhalaciones se volvieron más lentas y superficiales, hasta retornar a su ritmo normal.

-Vamos a casa.- Dijo John, y Sherlock fue tras él.

Los días que le siguieron a ese evento, John se mantuvo más callado que de costumbre. Se veía pensativo cuando creía que nadie lo estaba mirando (Sherlock siempre lo estaba viendo), ni siquiera parecía disfrutar el trabajo de la misma forma. Su blog había estado sin actualizar durante dos semanas, y eso era mucho tiempo para los estándares de su pequeño hobbie.

Una vez Sherlock lo encontró haciendo limpieza de su habitación, sacando su ropa y colocándola sobre la cama.

-¿Te vas?

John resopló en un intentó burdo de humor.

-Sabes que no. Solo estoy limpiando, tirando viejas cosas. Lo usual, todo el mundo lo hace de vez en cuando.

-¿En serio? Oh.-

Sherlock dio una inspección rápida al bulto que John definía como "viejas cosas para tirar", una chaqueta de corte militar, una camiseta raída que tuvo mejores épocas. Cajas de zapatos de contenido misterioso.

-¿Qué es esto?- Sherlock señaló la caja. John se giró para darle una mirada fugaz a la caja en cuestión.

- Ah… papeles y cosas que traje de Afganistán.

- ¿Por qué las tirarías?

- ¿Por qué las conservaría? – Suspiró masajeándose el puente de su nariz, ante la expresión desconcertada de Sherlock. Realmente no tenía idea.- Mira, lo único que traje de la guerra que vale la pena conservar es mi vida, el resto son solo papeles que acumulan en basura y juntan bichos y enfermedades.

Sherlock asintió pensativamente y se agachó para estudiar la caja más de cerca. Sin esperar algún permiso de John, la tomó entre sus manos y la llevó hasta su habitación. Sobre su cama desparramó el contenido, inspeccionando cada papel a conciencia.

Ese día más tarde, John veía televisión tranquilamente cuando Sherlock salió de su cuarto con la misma caja de zapatos que John había intentado tirar. Crípticamente la dejó sobre la mesa de café y se sentó en su sillón, con las piernas recogidas en el asiento y abrazándolas con sus brazos.

-¿Qué?- Preguntó el rubio, anticipando que tanto dramatismo solo podía preceder a un comentario que el detective se moría por decir, el maldito adoraba generar expectación.

- Lo siento.

- ¿Qué rompiste?

Sherlock negó con la cabeza, su mirada sobre John.

-Lo siento. Creo entender lo que sientes.

-¿Ah sí? ¿Y te importaría explicarme que sería eso? Porque estoy perdido aquí, Sherlock.

- Yo estaba equivocado. – Cerró los ojos recordando con exactitud las palabras.- Tu te ves como un alfa. Eres fuerte y aunque no eres el hombre más alto de la habitación, apenas entras todos pueden notar que estás ahí. Eres hábil y tus manos son tan letales como sanadoras, eres la dualidad en persona, la combinación paradójica. Me has salvado una y otra vez, en más de un sentido, te has probado capaz de protegerme múltiples veces. No eres nada común. De hecho, jamás había conocido a una persona tan compleja como tú, John Watson. No se me ocurre una razón por la cual cualquier omega no querría tenerte.

-Sherlock…- Un nudo en su garganta le hizo imposible continuar hablando. El detective abrió los ojos y lo miró.

- Yo sé que soy la única causa por la cual te has mantenido tantos años sin unir. Puede que tus deseos actuales sean los de permanecer sin unión, pero yo sé que desde el principio ha sido una de las cosas que más has querido en tu vida.

- Sherlock…detente.- Pidió en un tono lamentoso.

- Lo siento mucho, John. Sé que soy el responsable de todo esto. Sé que estuve equivocado, y su hubiera sido menos egoísta e infantil te hubiera dicho muchos años atrás que no tenías que esperarme. Que buscaras otro omega. Porque te lo mereces. Si no te hubieras detenido por mí, si en vez de esas tontas betas hubieras ido por otro omega, estoy seguro de que no habría regla demográfica para ti John Watson, porque no hay quien pueda competir contigo ni compararse.

- Sherlock basta. Yo tomé mis decisiones, ¿por qué estás diciéndome todo esto?

- Lo siento.- La voz proveniente del detective salió como un suspiro grave y ronco, John encontró que sus hermosos ojos verdes se habían cristalizado por las lágrimas contenidas.- Tu te mereces todo eso.

Sherlock abrió la caja y sacó uno a uno los papeles. Varios de ellos no tenían importancia, pequeñas notas de su madre, uno de Bill Murray, notas sin sentido. Y una fotografía desgastada que había conocido tres continentes antes de llegar ahí. Una fotografía doblada con los bordes desgastados por el contante manoseo. La vieja foto que Mycroft tomó en su habitación casi dieciséis años atrás, poco antes de su presentación. Detrás tenía escrito "Mi omega, SH."

-Esto estuvo contigo en Afganistán.- No fue una pregunta, sino una aseveración.

- Sï… Dios, ha pasado mucho tiempo desde que la vi por última vez.- John tomó la fotografía en sus manos, alisándola suavemente como si fuera un objeto de preciado valor.- No tenía idea de que la estaba tirando.

Dio una larga mirada a los detalles de la fotografía. No había necesitado de aquel pedazo de papel desde que tuviera al verdadero Sherlock Holmes frente a sus ojos de forma diaria.

-Me sentía en verdad culpable, se sentía sucio y erróneo tener una fotografía tuya conmigo y mostrársela a mis amigos en el ejército. Es decir, por dios tendrías catorce años, ni siquiera te habías presentado. Pero era la única imagen que tenía de ti. La utilizaba cuando la imagen que tenía en mi cabeza se volvía confusa.

- ¿Cuál era esa?

- ¿No lo adivinas?- Le sonrió juguetonamente.- El día que fui a pedir tu permiso en casa de tus padres. Cuando llegaste azotando la puerta. Dios… te veías tan hermoso. Apenas podía mantenerte la mirada. No era para nada como los omegas patéticos que te enseñan en la escuela, sumisos y listos para complacer. Tú eras fuerte, jodidamente obstinado y estabas listo para presentar batalla. Eras excitante y la cosa más bella que he visto en mi vida. Eras la fantasía de cualquier alfa joven, tu, Sherlock Holmes, podías tener a cualquier alfa o beta en el mundo con solo tronar de dedos. Yo fui estúpido. Supe desde el comienzo que jamás sería suficiente para alguien como tú y sin embargo quise intentarlo. No quería ir tras ningún otro omega, y me convencí de que si esperaba lo suficiente y me volvía merecedor de…de tu admiración y respeto… entonces tal vez.- Miro al piso incapaz de seguir, el nudo en su garganta volvía a apretar.

- Yo solía ser así, ¿eh? No tenía idea.- John resopló como si estuviera escuchando una ridiculez.

- Tú todavía eres todo eso.

Sherlock se quedó observándolo con atención, John el niño, el adolescente, el hombre frente a él, todos pasando al mismo tiempo, simultáneamente frente a sus ojos.

-Me gustaría pasar mi próximo celo contigo.

La frase quedó flotando entre ellos, John procesaba cada palabra como si no estuviera seguro de que estuvieran en su mismo idioma.

-¿Qué?

- No estoy seguro de que sea capaz de tener uno.- Aclaró apresuradamente, mostrando una vulnerabilidad impropia de él, pero dolorosamente honesta.- He estado bajo supresores casi toda mi vida, uno más dañinos que otros, no… no estoy seguro de que pueda, pero quiero intentarlo. Y si es posible, quiero compartirlo contigo. Quiero poder darte eso que has buscado tantos años.

John se aproximó, quedando de rodillas sobre la alfombra y delante de Sherlock. Sosteniendo sus manos y acariciando el dorso para tranquilizarlo. El detective se inclinó hacia adelante para inhalar el cabello rubio. Esa estúpida niña omega, el aroma de John era profundo y embriagador, como el buen vino que se ha dejado añejar por el tiempo correcto. Un escalofrío recorrió su cuerpo, igual que la última vez.

-No tienes que darme nada, Sherlock.- Dijo con tono enronquecido.

-Pero yo quiero hacerlo. En verdad lo deseo, John.

En verdad te deseo, es lo que quiso decir. Pero el alfa pareció captar exactamente el mensaje, porque sus pupilas dilatas y la inconsciente inhalación en dirección al cuello de Sherlock, fueron sus respuesta.

Todavía quedaban unas semanas hasta el próximo celo de Sherlock, o al menos es lo que había calculado. Los primeros días fuera de supresores no sintió gran cambio, tantos años viviendo de ellos tomaría su tiempo hasta sacarlos del sistema. Luego, cuando el cambio apareció, sobrevino como olas de calor repentinas y un incremento considerable en su aroma de omega.

-Hueles delicioso.- Le dijo una mañana de esas, el alfa. Sherlock se sonrojó y asintió con una pequeña sonrisa. Días posteriores, mientras atravesaba el pasillo para entrar a la sala principal, John lo detuvo y tomó su muñeca, llevándosela a la nariz e inhalando rápido y profundo.- Creo que está funcionando. – El corazón de Sherlock comenzó a aumentar su ritmo, palpitando irregularmente en reacción al toque suave de la nariz del alfa contra su pulso.

- Creo que está funcionando.- Contestó. John le sonrió tímidamente.

¿Qué es lo que pasa cuando frenas un impulso por muchos años? Era malo contener los impulsos, la señora Watson lo repetía casi a diario. ¿Se desvanece si lo ignoras? Es como la basura, Harriet tiene la tarea de sacarla cada día, y ella lo odia. Qué pasa que Harry deja la basura acumularse, bolsa, tras bolsa, cierra la habitación y espera mucho tiempo. ¿Las bolsas habrán desaparecido? ¿O el calor, la humedad y el encierro habrán hecho diez veces más insoportable? Lo segundo, contestó el pequeño John. ¡Correcto! Y eso es exactamente por lo que la señora Watson, piensa que no es bueno usar píldoras supresoras.

Mucho antes de lo esperado, mucho más intenso e insoportable. El celo de Sherlock creció en olas que golpeaban la orilla cada vez más fuerte ruidosa. Conforme el omega se acerca al celo, su alfa experimenta un sentimiento de posesión y paranoia, tan intenso como el poder del aroma de su omega. John Watson bloqueo cada entrada a Baker Street con tablas y muebles pesados antes de entender lo que realmente estaba haciendo. Su omega estaba entrando en celo, no podía permitir otros alfas, debía cuidarlo.

-John.- Llamó Sherlock desde el interior de su habitación. La fricción de la tela era insoportable, dolorosa. Se fue desprendiendo de su ropa humedecida. Un espeso líquido en gran cantidad empezó a lubricar su entrada, rebosando y cayendo por sus piernas. ¿Había sido siempre así? – ¡JOHN!

Los pasos se escucharon del otro lado de la puerta y luego la apertura brusca de la misma, azotándola.

El aroma de un omega en celo puede llevar al completo frenesí y descontrol de su compañero alfa. John se veía hipnotizado, enceguecido por la lujuria palpitante en sus ojos y en el bulto apretado en sus pantalones. Sherlock jadeo ruidosamente ante visión del miembro grande y duro de su alfa debajo de la tela.

-¡Jooooooooohnnn!

El rubio se subió a la cama, donde Sherlock reposaba desnudo y desvergonzadamente erecto. La piel caliente y brillante de sudor, y el lubricante que provocativamente corría por sus muslos. Desde la cara interna de su pierna recorrió con un dedo el rastro de la viscosidad, subiendo lentamente hasta la entrada dilatada, tota preparada para recibirlo. Metio su dedo y saco llevándoselo a la boca. El aroma de Sherlock era sensual y dulce.

-Virgen.- Murmuró con deleite, succionando el lubricante de su dedo. Sherlock gimió desesperado ante la imagen. – Mío.- Susurró con voz profunda y cargada de deseo al oído de Sherlock, antes de lamerlo.

-Sisis tuyo. John por favoorrr.

Lo necesitaba dentro suyo y lo necesitaba urgente. El alfa se separó apenas para quitarse la ropa, quedando tan desnudo como el detective.

-Hermoso.- Murmuró Sherlock entre suspiros. Su alfa era fuerte y hermoso, era dorado y con los ojos más azules que haya visto. John se recostó atrayéndolo sobre él en un abrazo posesivo. Inhalándose mutuamente, en el cuello de su amante, donde una mordida desgarradora cimentaba la Unión. John pasó la lengua sobre la piel entre la unión de su cuello y hombro, mientras que sus miembros se frotaban con decadencia.

Con los ojos oscurecidos de deseo miro a pálidos de su amante, sin perder contacto mientras se posicionaba sobre sus piernas. Automáticamente las piernas de Sherlock se cerraron alrededor de su cintura.

-Mioooo.- Gritó el omega mientras lo penetraba. Entre suspiros fascinados y ruidosos, recibía encantado el pene de su alfa hinchado y listo para llenarlo.

- Dioss… Sherlock aaarg.- Gruñó cuando se sintió dentro por completo.

Tú no tienes idea que estás incompleto hasta que encuentras a tu otra mitad. El alfa y el omega están hechos para ser juntos. La expresión de deleite, con la sonrisa relajada y feliz que Sherlock tenía en su rostro, era la expresión gráfica más vivida de esa sensación. Sherlock y él habían nacido para estar juntos y era tan sencillo, tan obvio ahora. Sobre su omega y dentro de su omega, no había sensación más que de orgullo y propiedad. Mío, este perfecto omega es mío; me ha elegido a mí. Seguido de la necesidad imperiosa de confirmar su presencia llenándolo de su semen y preparándolo para criar. Hacer bebés, muchos de ellos, cientos, tantos como sus cuerpos pudiesen. No había sensación de mayor felicidad que esa.

Se movió, una, dos, tres estocadas rítmicas y ambos se volvieron una sola maraña de gemidos y jadeos. Mío, mío, mío. Lamió su cuello repetidas veces.

-¡Hazlo!

Se alejó lo suficiente para ver a Sherlock a los ojos. Su mirada, todavía cubierta de deseo, había recuperado mucha de su lucidez.

-Hazlo, muérdeme. Por favor hazme tuyo.

-Eres mío.

- Sí, sí, solo tuyo. Solo quiero ser tuyo, y tú solo mío. Tú sabes que debimos hacer esto hace mucho tiempo.

- Años, una vida completa.

- Si, siisis Jooooooohnnn.- Se arqueó con dolor y placer cuando los dientes desgarraron la piel de su cuello. La conexión indisoluble entre dos amantes formándose. Una unión.

El nudo de John hinchándose turgente en su interior lo golpeo como una segunda ola orgásmica. El médico acalló sus gemidos con un beso hambriento. Él no tenía idea de cómo hacerlo, pero su alfa se encargó de devorarlo con un beso profundo y posesivo, que fue menguando en una serie de toques delicado, lamidas y succiones a sus labios y lengua. Suave, lento y decadente. Era demasiado, los sonidos, el tacto, los sabores, el aroma; abrumado por las sensaciones cerró los ojos y no volvió en sí.

Dormido o desmayado, o ambos, Sherlock despertó minutos después para encontrarse con el rostro compuesto de su amante. El rostro de John reposaba sobre la almohada a su lado.

Hola.- Murmuró con una sonrisa de felicidad. Una completa y sincera, una que solo Sherlock había sido capaz de ver. Un cosquilleo vertiginoso en su vientre se generó con esas sonrisas.

-Hola.- Susurró con voz ronca. -¿Todavía estás en mí?

-¿Tu qué opinas?- Movía juguetonamente sus caderas, provocando que su miembro todavía atrapado en el interior de Sherlock por el nudo, se movilizada un poco hinchándose contra las paredes desatando una ola de placer. El omega gimió entrecerrando los ojos.

Los abrió y se separó lo suficiente para ver la unión todavía integra entre su cuerpo y el de John. Uno solo.

-¿Cuánto tiempo se va a quedar así?

- ¿Por qué, ya quieres que lo saque?

- Noo.- Ciñó sus piernas alrededor de la cintura de su amante, atrapándolo más profundo, esta vez fue John quien jadeo con placer.

Le sonrió juguetonamente al hombre rubio, entrecerrando los ojos y ocultándolos en la almohada.

-Esto no podría ser más perfecto.- John recorrió la cicatriz de su vínculo con su lengua, besándola donde la sangre aún estaba fresca. – Tú me completas.

Sherlock con la cara oculta en la almohada, inhaló el olor de sus cuerpos juntos, sintió el tacto de los labios de John sobre su unión reciente. Su valiente alfa tenía aquello por lo que tanto había luchado toda su vida por merecer. Y Sherlock tenía un hogar al que volver, tenía a John Watson y añoraba ser merecedor algún día de él. El vacío estaba completo.

No, sonrió dentro de su almohada, esto no podría ser más perfecto.