¡Antes de continuar varias cosas! Quería agradecérselo a Cristina, por ayudarme con los datos médicos, y a Amaranta, por ayudarme con las ideas. Gracias a las dos pude crear este fic en pocos días. Espero que lo disfruten y... Antes de que pregunten, NO aparece John.


Capítulo 01

Gregory Lestrade amaba a su trabajo y a su esposa, pero puede que por culpa del primero hubiera descuidado lo segundo. Y en un trabajo tan peligroso como el de inspector de policía, lo segundo era mucho más importante.

Durante varias semanas su mujer había estado distante con él y lo más seguro es que hubiera sido por la cantidad de horas que se pasaba en el trabajo. Demasiadas para una mujer que no trabajaba y que se quedaba en casa, esperándole. La mayoría de las veces con la cena fría y luego, solo un beso antes de dormir y Greg caía rendido.

El policía temía lo peor, que le pidiera el divorcio, así que se cogió el último Fin de Semana de Marzo libre para poder acudir a un hotelito romántico. Lo había reservado todo, la suite principal, flores, champán… Todo para que perdonara tantos meses de descuido. Incluso la informó, para que ni se le ocurriera irse a ver a su madre. Parecía ilusionada, lo que animó a Greg. Quizás así su matrimonio pudiera salvarse.

El viernes salió del trabajo a las una en punto. Se montó en el coche, y puso rumbo a casa. Tendría un montón de papeleo el lunes, pero merecería la pena.

No se había separado unos metros de Scotland Yard cuando su teléfono comenzó a sonar. Lo sacó del bolsillo de su chaqueta y miró de reojo la pantalla.

—¿Desconocido? —se preguntó confundido.

Activó el manos libres y dejó el teléfono sobre una de sus manos.

—¿Sí? —preguntó.

Una voz profunda, que nunca había oído, habló al otro lado del teléfono.

—¿Inspector Gregory Lestrade? —susurró la voz.

—Sí, soy yo —respondió Greg —. Dígame, ¿qué desea?

—Soy Mycroft Holmes, el hermano mayor de Sherlock. El aspirante a detective que le ayuda en alguno de sus casos más macabros.

Greg alzó las cejas sorprendido. Sherlock era un chico muy joven y solitario. Jamás hablaba de su vida privada y solo acudía a él cuando el caso era realmente difícil e interesante. Habían tratado muy pocas veces y no le había dado tiempo a saber siquiera cuantos años tenía en realidad.

—Sí. Dígame, ¿le ha pasado algo? —preguntó Greg.

La voz de Mycroft era pausada pero a su vez sonaba como si las frases ya la tuviera pensadas, como si supiera que iba a decir Greg en cada momento.

—El comisario jefe de Bedfort lo ha detenido y lo ha encarcelado por ser sospechoso de un crimen, además de por insultar a toda su plantilla de trabajadores. No es culpable del asesinato, pero aun así el comisario se siente muy ofendido del trato que le ha dado Sherlock. Sobre todo porque ni tan siquiera lo llamaron. Acudió y se dedicó a insultarles.

Greg hizo una mueca. Sabía de sobras como era aquel chico, a veces entraban ganas de estrangularle.

—¿Y por qué me llama a mí? —preguntó al fin Greg.

—Quiero que vaya a por él.

—¿¡Cómo!? —preguntó Greg sin entenderlo —. Tengo cosas que hacer, hágalo usted. Es su hermano —dijo apresuradamente.

—El dinero de la fianza para recoger a mi hermano ya está ingresado en su cuenta. Vaya a recogerle, tráigalo de regreso a Londres y déjelo en el Club Diógenes —dijo Mycroft —. Gracias Inspector.

—¡ESPERE! —gritó Lestrade y de la frustración casi atropella a un peatón —. Tengo el Fin de Semana libre, yo, tenía que salir con…

—Estoy seguro de que su mujer puede esperar un par de horas más para ir a ese hotel romántico. Vaya a por mi hermano tal y como le he pedio. Gracias —repitió Mycroft antes de colgar.

Lestrade miró fijamente el teléfono antes de lanzarlo furiosamente contra el asiento del conductor. ¿Por qué diablos Sherlock era tan problemático? ¿Y por qué iba a aceptar una orden de alguien que ni tan siquiera conocía?

Bien podría ir él, o bien podría dejar a Sherlock allí, pero el tono de voz de Mycroft era tan neutro que casi te obligaba a hacer lo que te estaba pidiendo. Miró su reloj. En ir y volver se le irían dos horas y media, más otra hora de papeleo… Tres horas y media, cuatro como mucho. Aún era pronto así que si lo hacía ya aún podría tener tiempo para cenar y dedicarle toda una noche a su mujer.

El único problema iba a ser contárselo.

Cogió de nuevo su teléfono y buscó en él, el teléfono de "Alicia". Suspiró y pulsó la tecla verde. Luego se llevó el teléfono a la oreja.

—¡Greg! —exclamó ella —. Cariño, ¿cuándo llegas? Estoy deseosa por…

—Alice… —susurró Greg mientras cerraba los ojos.

Un bufido se escuchó al otro lado del teléfono.

—¿Se cancela? —gruñó.

—¡No! —se apresuró a decir Greg —. Se retrasa un poco. Solo serán cuatro horas cielo. Tengo que ir a recoger al jefe de policía a un pueblo, quizás si voy yo podamos hablar y me haga un aumento. Te prometo que solo serán cuatro horas. Llegaré para recogerte, cenaremos y disfrutaremos de nuestra primera noche en el hotel. Por favor, no te enfades…

Un largo suspira al otro lado de la línea le tensó.

—Te esperaré —respondió Alice al final —. Quería ir a hacer la compra para el domingo, para cuando volvamos, aprovecharé. Solo cuatro horas, ¿vale?

—Sólo cuatro horas —aseguró Greg —. Gracias cariño. Te quiero.

—Yo también Greg —le dijo ella antes de colgar.

El detective suspiró y dejó el móvil en el salpicadero. Su mujer estaba molesta y Greg lo sabía, así que intentaría ir lo más rápido posible. Incluso rebasaría los límites de velocidad si era necesario.

La primera parada la hizo en su banco para recoger el dinero que había ingresado allí Mycroft Holmes. La idea de averiguar cómo había sabido su número de cuenta le rondaba en la mente, pero dadas las circunstancias, no quería saberla. Tras eso, arrancó el coche y se puso rumbo a Bedfort.

Tardó una hora y veinte minutos en llegar por carreteras secundarias, pasando pueblos y más pueblos. Sintonizando la radio, esperando que alguna emisora pusiera música de la época y no de mucho antes de que el naciera.

Fue directamente a la comisaría y tras hablar con uno de los agentes, pudo ir al despacho del jefe. El señor Edwards era un hombre mayor y amable al borde de jubilarse, no conocía a Sherlock de nada y obviamente le había ofendido mucho todo lo que había dicho.

—Bueno, yo tardé en acostumbrarme —le dijo Greg intentando quitarle hierro al asunto —. Pero es un genio.

—Ya… —susurró Edwards mientras hacía resonar la punta de los dedos en el escritorio.

Greg estuvo unos segundos en silencio antes de toser.

—¿Me lo puedo llevar ya? Tengo el dinero de la fianza y así estoy seguro de que dejará de molestarle.

—Sí. Sí —dijo el hombre inmediatamente poniéndose de pie.

Lestrade suspiró aliviado y le siguió. Entregó el dinero a uno de los policías de administración y luego bajó al sótano. Sherlock estaba tumbado en el suelo, con las manos sobre el pecho y los ojos cerrados. Su rostro era tan blanco comparado con el resto de la celda que parecía un cadáver.

Por suerte, se le escuchaba respirar.

—Friki —dijo Edward en voz alta —. Han venido a por ti.

Sherlock alzó un poco la cabeza para mirar hacia la puerta, en cuanto vio a Greg se echó a reír.

—Veo que mi hermano Mycroft te acaba de contratar como niñera. Felicidades Lestrade, es una alta aspiración —dijo divertido mientras se levantaba.

Se sacudió el abrigo y salió de la celda ignorando los gruñidos del inspector.

—¿No le entran ganas de golpearle? —preguntó Edwards.

Greg suspiró pesadamente y le extendió una mano.

—Adiós Señor Edwards —le dijo —. Es un placer haberle conocido.

El hombre le devolvió el apretón de manos y lo acompañó en silencio hasta la salida de la comisaría. Sherlock esperaba sentado en el capó del coche. Mirando el cielo.

Greg se acercó, desactivó el cierre y se metió dentro del vehículo, luego lo hizo Sherlock.

—Deberías de ponerte el cinturón —le dijo Greg mientras lo hacía.

—Puede que seas mi niñera, pero no mi madre. Así que cállate —dijo Sherlock moviendo la mano.

Greg contuvo un bufido y aferró el volante con fuerza. Arrancó y salió de allí. Puso la radio para evitar tener que hablar con Sherlock. El que pensara que fuera su canguro le molestaba, apenas conocía a ese chaval, ¿por qué tenía que ir a por él? ¿Es que acaso no era lo suficientemente mayor?

—¿Cómo llegaste allí? —preguntó de pronto Greg.

—En taxi —respondió Sherlock mientras se ponía el cinturón.

—¿En taxi? —exclamó Greg —. Es más de una hora de viaje…

—Lo sé. Al igual que tú. Así que no preguntes estupideces —gruñó Sherlock.

Lestrade agitó la cabeza y continuó en silencio durante 20 minutos más.

—¿Qué? —dijo Sherlock rompiendo el silencio y apagando la radio —. ¿He estropeado una velada romántica?

—¿Disculpa? —preguntó Greg haciéndose el loco.

—Ibas a pasar el Fin de Semana con tu mujer, supongo que lo habrás retrasado —le dijo Sherlock.

—No sé de qué me estás hablando —dijo Greg mientras aumentaba la velocidad del coche.

Sherlock se rió flojito abrió la boca.

—Es más que evidente Lestrade —susurró Sherlock —. En primer lugar, apestas a Hugo Boss, las últimas veces que he quedado contigo ni tan siquiera olías a colonia barata así que supongo que alguien te la habrá prestado antes de salir, Anderson supongo. Suele oler a ella. Y es evidente que te la has puesto para impresionar a alguien, a tu mujer. Eres un hombre ajetreado así que supongo que dicha forma de querer impresionarla se debe a que has librado y quieres llevarla a algún sitio bonito. Del bolsillo de tu chaqueta sobresale la publicidad de un hotel, así que supongo que irás allí. Además. Sé que tengo razón porque conforme hablo estás aumentando rápidamente la velocidad del coche.

—Mira Sherlock —dijo Greg de pronto girando la cabeza hacia él.

—¡CUIDADO! —gritó Sherlock mirando al frente.

Cuando Greg regresó la vista a la carretera, todo fue tan rápido que no lo pudo evitar. Tenían un camión que había salido de la nada e iba a una velocidad altísima. Greg giró a la izquierda para deshacerse de él con demasiada violencia y el coche volcó.

Una vuelta de campana, dos. El lado izquierdo del coche chocó contra el asfalto y Greg pudo ver como la cabeza de Sherlock golpeaba la gravilla. El cristal se reventó y luego, el airbag se abrió de repente y se quedó inconsciente.

Lo primero que vio al recuperar la consciencia fue el rostro de un médico de ambulancia. Estaba inmovilizado en una camilla y le dolía terriblemente el brazo. Veía borroso.

—Señor, señor —oyó que le llamaban.

Alguien pasó una luz por sus pupilas y, aunque fue molesta, pudo ver mejor.

—Señor —repitió el hombre —. ¿Recuerda cómo se llama? ¿Puede decirme su nombre?

—Greg… —susurró este.

—¿Sabe que ha pasado? —preguntó de nuevo el médico mientras le miraba.

Notó como la camilla temblaba y dejó de ver el cielo para ver el techo de la ambulancia.

—Accidente… Coche —articuló Greg vagamente —. ¿Y Sherlock…? —fue capaz de preguntar.

El médico, que le estaba auscultando, bajó el estetoscopio.

—¿Disculpe? —preguntó.

—Mi amigo… —susurró Greg antes de notar como el brazo izquierdo comenzaba a dolerle más y más.

—Su amigo se recuperará. Está en otra ambulancia —dijo el hombre antes de volver a auscultarle.

Greg, más aliviado, fue cuando dirigió la vista al brazo para averiguar por qué le dolía tanto. Se puso a gritar nervioso cuando vio el hueso fuera de la carne. Luego, debieron de sedarlo porque volvió a caer en la inconciencia y no supo nada más de nada. Ni siquiera del dolor.