Cosas mías: ¡Haymitch Abernathy es mío! Lloré y sufrí tanto por él y con él, que eso hace que me lo apropie. Esta adaptación también es mía.

Cosas no mías: Los Juegos del Hambre y En Llamas, personajes, contexto, en fin, aquello que tenga el sello de Suzanne Collins, no me pertenece. U_U.


Vencedora.

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Una mano fuerte me sostiene. Alzo la vista sólo para encontrarme a Tresh. Me está ayudando a subir a la Cornucopia.

Escucho un fuerte golpe debajo de mí. Creo que los mutos han chocado contra el metal dorado, pero no se detienen: aúllan, raspan, el sonido chirriante de sus uñas al querer trepar es insoportable. Prim me toca, susurra un 'Gracias' repetidamente y habla con Tresh. No distingo muy bien lo que dicen pero sé que hablan de Rue.

Momentos después, no sé cómo, pero estoy de pie, tratando de proteger a Prim.

—Te salvé, así que tú y yo no nos debemos nada. Por Rue, ¿entiendes? Pero eso no significa que los dejaré ganar —dice Tresh, apuntándome.

—No. Deja ir a Prim, no le hagas daño. Esto es entre tú y yo.

Él no puede hacerle daño a Prim. Sería monstruoso siquiera pensar en matar a una niña.

—No te quieras pasar de listo, Doce —me mira amenazadoramente—. Estoy a punto de regresar a mi Distrito y…

Y lo entiendo. A él no le importa hacer lo que sea por regresar, incluso si eso significa matar a mi compañera. Entonces, ¿por qué se molestó de esa manera al pensar que yo había asesinado a Rue? Es un maldito hipócrita. Pero yo sé lo que tengo qué hacer. Es mi última oportunidad y no la voy a desaprovechar. Prim ganará.

—Está bien, está bien —lo corto—. Sólo… sólo hazlo rápido, ¿sí? —levanto mis manos para que vea que no estoy armado. Quiero que confíe en mi vulnerabilidad. Veo por sobre mi hombro a mi pequeña y susurro—: Perdóname, Pequeña.

Le pido perdón por todo lo que le hice sufrir estos días, por las veces que le grité, le traté mal o le lastimé. Pero, sobre todo, perdón por tener que ser testigo del final tan horrible que tendré. No me gusta la idea de que me vea siendo devorado por los mutos pero si quiero que gane es necesario.

Inhalo y exhalo. Trato de no pensarlo mucho. Y ya está: rodeo con todas mis fuerzas a Tresh, tomándolo por sorpresa, y con las últimas fuerzas que tengo, me lanzo al suelo, arrastrándolo al mismo final.

Impacto en el suelo, pero no me duele como tendría que hacerlo.

Abro los ojos. Estoy en un cuarto blanco. No hay puertas ni ventanas; sólo mi cama y unos cuantos tubos que salen de detrás de la pared y están insertados en mi brazo derecho. ¡Mi brazo! Lo veo sin entender nada: está curado, no hay rastro del golpe que me dio Tresh. Es como si nunca hubiera ido a Los Juegos. Me atrevo a jurar que se ve mejor que antes. No hay siquiera rastro de mis quemaduras en la panadería.

Intento sentarme, pero un tipo de correa de sujeción me rodea la cintura; sólo me incorporo unos centímetros, los suficientes para percatarme de lo adolorido que estoy. Me duele todo el cuerpo, siento un fuerte ardor en la pierna izquierda y la cabeza me punza constantemente. Estoy tan cansado pero no quiero seguir durmiendo. No sé dónde estoy, y me temo que esto sólo es un truco de los Vigilantes. Tengo miedo de que en algún momento un incendio llene la pequeña habitación, o peor, manden a un muto a atacarme. En mis circunstancias, sería imposible defenderme, ni siquiera pensar en cómo proteger a Prim. ¡Prim! ¡¿Dónde está?!

—Prim —grito, pero es más como un graznido. Me arde la garganta—. Prim, ¿dónde estás? ¿Me escuchas? ¿Hay alguien aquí? ¡Respondan!

Entonces, se desliza una parte de la pared, como si fuera una puerta, y por ella entra una chica Avox pelirroja con una bandeja. Me parece conocida, sé que la he visto antes pero no consigo recordar dónde.

Estoy a punto de atacarla de preguntas pero me muerdo la lengua al recordar que no puede hablar. Deja la bandeja sobre mis muslos y aprieta algo detrás de mi cama que me coloca en posición sentada. Arregla mis almohadas y me atrevo a preguntarle dónde estoy y sobre mi pequeña.

— ¿Sigo en la Arena?

Ella niega. Me pone una cuchara en la mano.

— ¿Prim está aquí?

Niega.

— ¿Dónde está? ¿Qué lugar es este? —la desesperación hace acto de presencia; tengo que apretar los dientes para evitar gritarle.

Vuelve a negar.

— ¿Está… está viva, verdad?

Primero me mira fijamente, con los ojos abiertos como platos. Está asustada; después, con un simple gesto, me destroza: niega, con la tristeza impregnada en sus ojos.

— ¿Estoy… estamos en el Capitolio? ¿Los Juegos terminaron? —pregunto lentamente y con la voz quebrada. Quiero que entienda cada una de mis palabras. No quiero errores, no quiero malos entendidos.

Ella asiente y me toma de la mano delicadamente, dándome un leve apretón. Pero esto es justo lo que me hace explotar. No quiero su maldita lastima, quiero a Prim…

Y me vuelvo loco de dolor, de rabia, de impotencia, de frustración.

Me retuerzo en mi lugar, tratando de liberarme de la correa, y mando lejos la bandeja, desperdigando la comida. Grito tanto que el dolor en mi garganta no hace más que crecer. Le grito que se largue, que Prim no puede estar muerta, que la odio; grito tanto que ya no entiendo lo que digo. Grito hasta que la voz me queda ronca. Grito sin poder controlar las lágrimas. Grito y me revuelco sin importarme el dolor.

Esto no puede ser verdad. Hice todo lo posible para proteger a mi pequeña pero todo fue en vano. Ella está muerta. Muerta. Muerta. Muerta.

Y ni siquiera recuerdo qué fue lo que pasó.

Un líquido frío me recorre el brazo y pierdo la consciencia.

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Estamos en el suelo, antes de que intente levantarme, el lobo me muerde la pierna y me arrastra. Escucho a Tresh gritar, jadear, pelear contra el otro lobo. Le pido perdón por hacerle esto y por los pensamientos crueles sobre asesinarlo. En estos momentos entiendo que no fue su culpa la muerte de Rue, tampoco de Marvel. Yo soy el único culpable. Ella confío en mí, dejo su vida en mis manos y le fallé.

El muto me suelta. El dolor en mi pierna es insoportable. Me rodea, me olisquea y me gruñe con ferocidad, enseñándome sus colmillos. Hubiera sido mejor que me matara en ese momento: esa bestia monstruosa tiene los ojos de Rue. Esos ojos castaños, grandes, tan llenos de vida, ahora me ven con odio. Es más de lo que puedo soportar.

Siento que mis lágrimas queman, el pecho me arde y mi cuerpo se mueve al compás de los sollozos.

Abro los ojos y me doy cuenta que estoy en la misma habitación blanca. Todo fue un sueño, más bien, un recuerdo, pero mi llanto y el dolor es real.

Recuerdo también que Prim está muerta y yo sólo quiero alcanzarla. No quiero vivir una vida sin ella. No podría. Comienzo a gritar y a sacudirme de nueva cuenta. Necesito que alguien me escuche, que vengan y me saquen de mi miseria.

El mismo líquido frío se introduce en mi cuerpo y la pesadez gana a mis deseos de morir.

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Tengo miedo.

En estos últimos días no había sentido el miedo en toda su magnitud. Quisiera estar en casa, horneando en la panadería, viendo el siempre ceño fruncido de mi madre, la siempre sonrisa amable de mi padre, las burlas y bromas de mis hermanos; no me importaría tener que amar desde la distancia a Katniss por el resto de mi vida.

Pero me digo que todas las oportunidades que tuve de hacer algo y cambiar lo que pude haber cambiado, se fueron. Las desperdicié y no merezco una oportunidad más. Prim sí, y ya es hora de dejarme ir.

—Por favor, hazlo, sube a la Cornucopia antes de que envíen otra vez a esos animales o a otra cosa peor.

—No puedo hacerlo. No puedo dejarte aquí. No quiero que mueras.

El sueño y el dolor se apoderan de mí.

—Pequeña, estoy cansado. Tresh realmente me dio la paliza de mi vida. Necesito dormir.

—No, no, no. No te duermas, por favor.

—Sólo un poco, unos minutos —aflojo el cuerpo—. No lo van a lograr. No me van a cambiar. No voy a matarte —murmuro porque sé que eso es lo que quieren, pero aunque tuviera la fuerza para hacerlo, no lo haría.

—Peeta, despierta, resiste un poco más, ¿sí? —Me sacude, pero es más fuerte la extraña sensación de lejanía—. Peeta, Peeta…

Siento que la vida se me va. Es diferente a cómo lo imaginé. Pensé que dolería más, obviando el hecho de mi pierna herida, pero la muerte es amable conmigo. Me abraza con sus brazos fríos, me besa con sus labios helados y me arrastra a la oscuridad delicadamente, tanto que siento que floto.

—Peeta, Peeta, ¡respóndeme! —escucho su voz a lo lejos, pero ya nada puedo hacer—. Peeta, Peeta, Peeta…

Me quedo en la oscuridad total.

Retazos de mi vida pasan por mi cabeza…

No queda nada más que dejarme ir profundamente.

Lo último que escucho es un cañonazo.

Prim ha ganado.

Sentí caer al vacío; justo en ese momento despierto.

Parpadeo un par de veces para acostumbrarme a la suave luz amarilla que destila el techo. Me remuevo, dándome cuenta que los tubos en mi brazo y la correa que me sujetaba de la cintura, han desaparecido; pero no hago esfuerzo alguno por levantarme. Lo único que deseo es dejarme ir. Y mientras me quedo quieto, sin nada que hacer más que pensar, hundiéndome en los recuerdos, escuchando sólo silencio, el miedo me envuelve. Ella no volverá. Se ha ido. Estoy solo.

Obligo a mi mente a recordar cómo es que Prim murió pero lo último que recuerdo es oscuridad y el sonido de un cañonazo. No más. No queda más que el sabor amargo y los ecos de los recuerdos.

Mi pequeña Prim, tan valiente, tan hermosa, tan inteligente, tan inocente y tan fiera a la vez; esa pequeñita que le dio luz y sentido a mi vida me ha dejado solo; esa gran personita con la que pasé mis mejores momentos, a pesar de las circunstancias, se adelantó; esa gran sanadora de cuerpo, alma y mente, se esfumó de mi vida sin siquiera la oportunidad de poder decirle cuánto la quiero…

¡No¡ No se fue. Me la arrebataron, la arrancaron de mí sin misericordia así como se la quitaron a su familia el día de la Cosecha. Así como cada año hacen con 24 niños para diversión de otros.

Se me nubla la vista sólo de imaginarme la forma en que lo hicieron. ¿Habrá sido un muto? ¿Tresh? No, él no pudo haber sido; él murió antes de que yo perdiera la consciencia. ¿Entonces, qué pasó?

— ¿Cuánto tiempo piensa quedarse así el panadero? —una voz rasposa hace eco en la habitación—. ¿Ya pasaron los gritos y maldiciones? ¿Se te ha ido la voz?

Me incorporo hasta quedar sentado y lo veo: en la esquina de la habitación, desparramado en una silla y sosteniendo una botella de licor, se encuentra Haymitch.

Inhalo y exhalo, calmando mi respiración, tratando de ahogar el dolor lacerante en mi pecho; me trago el rasposo nudo de la garganta, abro la boca para hacer la pregunta que mi corazón no resistirá pero que mi mente se empeña en saber, pero no logro articular nada y me suelto a llorar.

Ver a Haymitch aquí sólo hace más real el hecho de que mi pequeña ya no está; además de las emociones contradictorias que siento al verlo. Alegría por ver un rostro conocido; nostalgia por la conexión que representa con el Distrito 12 y el equipo que formamos los tres; rabia por permitir que yo sobreviviera; decepción porque no cumplió su promesa de ayudar a Prim; tristeza porque es lo que refleja su mirada.

— ¿Por qué…? ¿Qué…? —los sollozos me impiden hablar—. Quiero… a… Prim…

—Tienes que alistarte —da un sorbo a su botella sin despegarme la vista—, hoy en la noche es la coronación del Vencedor y, como sabrás, tienes que estar presente.

Me esperaba cualquier cosa, incluso una respuesta acida y sarcástica, pero nunca esta indiferencia.

Todas mis emociones se concentran en una: odio. Y se disparan sin poder detenerlas.

— ¡Eres un idiota! ¡¿Cómo puedes estar como si nada cuando…?! ¡Lárgate de aquí! ¡No quiero verte! ¡No quiero ver a nadie! ¡Y puedes ir e informarle a quien lo tengas que hacer, que no me presentaré! ¡No voy a salir de aquí! ¡No sin ella!

—No te estoy pidiendo permiso o preguntándote si quieres honrarnos con tu presencia —dice, con la misma indiferencia—. Tienes que alistarte, y no quiero más dramas. ¿Entendido?

Suficiente. No voy a soportar su frialdad. ¿Es que acaso no entiende lo que siento? ¿No resiente, ni siquiera un poco, la muerte de Prim?

Aparto con brusquedad la sabana que me cubre y me levanto, dispuesto a ponerlo en su lugar, a descargar todo mi dolor sobre él.

— ¡No! —grita sorpresivamente, levantándose de un salto.

Pero antes de que llegue a mí, caigo al suelo fuertemente y me doy cuenta de lo que sucede: Veo con sorpresivo horror que me falta una parte de mi pierna, de la rodilla hacia abajo. Estoy asustado. Nunca en mi vida había visto algo así. Trato de alejarme de lo que queda de mi pierna, pero en cuanto me arrastro hacia atrás, ésta me sigue. Y me causa terror. Lo veo como algo ajeno a mí; como una de esas pesadillas que me persiguen hasta que logro despertar; un ente extraño que quiere hacerme daño.

No pienso, no razono, no coordino algún pensamiento coherente. Lloro por el incontenible miedo que me provoca a pesar de saber que no hay nada ahí que pueda dañarme; por la confusión al ver el vacío cuando mi mente me dice que sigue ahí, incluso trato de moverla y siento que lo hago.

—Chico… ¿estás bien? ¿Te lastimaste? —pregunta Haymitch, tomándome por los hombros y con la preocupación impregnada en su voz.

Pero lo ignoro. Arranco desesperadamente el pedazo de venda que me cubre la punta de lo que antes era mi pierna y, ¡maldición!, es más traumatizante de lo que pensé: ahora tengo un muñón, con una horrible y profunda cicatriz, y está hinchado. Lloro, poseído por la tristeza, y se me revuelve el estómago por lo humillante de mi situación.

—Tranquilízate —dice, dándome un fuerte abrazo—. Todo va a estar bien. Sólo fue la pierna, Chico. Estás vivo y eso es lo que importa.

Pero yo no lo veo así. No es como que me hayan quitado un cabello de la cabeza y que después me crezca. No. Me quitaron una parte de mí.

Las náuseas se vuelven más fuertes y no puedo evitar vomitar encima de mi Mentor. Esto no es justo. Es demasiado cruel. Estoy vivo, sin Prim, sin pierna, sin nada más que desear morir. Es demasiado insoportable para llevarlo a cuestas.

—Saca todo, Peeta. Desahógate —me consuela Haymitch; no hay rastro de enojo en su voz por haberle vomitado encima, tampoco de lastima, ni siquiera de hartazgo o indiferencia.

No me lo tiene que repetir dos veces porque mi llanto ya es incontrolable. Lo abrazo con fuerza buscando su protección. Me siento tan indefenso, tan solo, tan incompleto, tan perdido, que, quien lo diría, pero me siento con la suficiente confianza de verme completamente derrotado en los brazos del borracho de mi Mentor.

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Han pasado tres semanas desde la victoria de Peeta y Prim, pero aún me parece que fue ayer cuando salieron cosechados. Todo me parece un mal sueño, una terrible pesadilla que, afortunadamente, está a punto de terminar.

Hoy en la noche los volveré a ver, será la coronación y la repetición de los mejores momentos durante Los Juegos; mañana será la entrevista oficial y, después, regresarán. Solamente tengo que esperar tres días más. Tres días que serán mucho más agonizantes que el último mes, una semana y 10 horas desde que salieron en el Desfile de Tributos con sus trajes en llamas.

¿En qué momento me volví una obsesiva que cuenta los días, horas y minutos? No lo sé.

Quizá se deba a los programas de televisión que hablan a cada momento de Los Chicos en Llamas del Distrito 12 y su trágico camino a la felicidad. Son la sensación del momento, tanto que son una fuente de inspiración para los ciudadanos del Capitolio: las mujeres peinan sus estrafalarias cabelleras en dos trenzas, justo como mi hermanita –aunque no se ven inocentes, ni lindas, ni nada parecido; las niñas quieren ser doctoras y los niños admiran a los panaderos; los hombres regalan ramos de flores a sus amadas y las aludidas les devuelven la atención regalándoles una insignia de sinsajo, parecida a la que Prim le dio a Peeta, como muestra de su amor.

A simple vista eso parece muy romántico y esas cosas, pero no creo que aquello contenga la misma carga emocional de mis chicos. En el Capitolio lo hacen por moda, porque lo vieron en otros y no porque lo sientan de verdad; en cuanto sean los próximos Juegos, estoy segura que encontrarán algo nuevo para adaptar. En cambio, Peeta y Prim, lo hicieron movidos por sus sentimientos, por su necesidad de proteger al otro y demostrar su cariño. Todo en ellos fue real, no orquestado.

Lo que me lleva al punto de la integridad de Prim.

Hace unos días, se mencionó que, al llevar a Prim al hospital para su recuperación –no estaba muy herida, sólo unos cuantos moretones, rasguños, raspones, cosas así; y una leve debilidad a causa de la falta de una buena alimentación-, entre sus ropas encontraron unas bayas comestibles, pero entre ellas había unas cuantas que eran venenosas.

Un grupo de médicos expertos en botánica, o algo así, se presentaron en televisión para hablar de estas peligrosas plantas: tienen la misma apariencia comestible y saludable de los arándanos pero también de la belladona, lo que suele confundirlas y hacerlas parecer inofensivas; pero el veneno es más parecido y mortífero que el de la cicuta. Belladona y cicuta, apariencia y efectos, se combinan en estas bayas mortales. Los médicos las llaman Atropa conium y dijeron que su efecto es igual de potente que el cianuro de potasio. Yo no tengo idea de qué es lo que es el tal cianuro, pero en cuanto las vi, yo les di otro nombre, uno muy conocido por mí y que me enseñó mi padre: "Estas no, Katniss. Estas nunca. Son Jaulas de Noche. Estarías muerta antes de que lleguen a tu estómago."

Teorizaron sobre las posibles causas de que Prim tuviera esto escondido, algunos dijeron que, seguramente, a pesar de ser una casi experta en plantas y frutos, se confundió. La mayoría de la gente apoya este argumento. Pero hubo otros que, implacablemente, aseguraron que mi hermana tenía toda la intención de asesinar a Peeta. La controversia no se hizo esperar y los fieles admiradores de Prim estallaron en su defensa, argumentando que, de ser así, entonces, por qué se puso como loca cuando creyó que Peeta había muerto. Los opositores respondieron que, quizá, se trataba de un plan bien trazado para no perder el cariño del público y esconder sus perversas intenciones. La pelea es encarnecida desde ese entonces, pero ambos bandos están de acuerdo en que la única forma de saber la verdad es preguntándole directamente a mi Patito mañana en la entrevista.

Me enfurece que piensen esas cosas de mi hermana cuando ella demostró en todo momento ser una persona leal, pero más me enfurece ver y escuchar a aquellos que la atacan. Lo hacen de una forma tan dura que, como dijo Gale, pareciera que quieren desacreditarla y convencernos de que todo es parte de un sucio truco.

¿Un truco? Los sentimientos y las buenas intenciones no se pueden manipular; hay algunos casos en que sí, la gente suele ser tan hipócrita que es capaz de hacerlo, pero cualquiera que piense que ese es el caso de ellos dos, es un estúpido, un imbécil. Ojalá que cuando Prim diga que fue una confusión de su parte, nos muestren las caras de aquellos que piensan mal de ella. Pagaría lo que no tengo sólo por la dicha de ver la vergüenza en sus rostros.

Me calmo, repitiéndome que hoy los volveré a ver y alejo de momento mi indignación, y me repito que no me importa lo que esa gente piense, yo conozco a mi hermana demasiado bien, y con eso me basta.

Escucho a mi madre llamarme y dejo de ordeñar a Lady. Es hora de desayunar y no tarda en comenzar el programa de hoy.

Espero que hoy sí comenten algo sobre el estado de Peeta. Todo lo relacionado a él ha sido un completo misterio, ni siquiera han mencionado si está bien o no.

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Después de llorar por horas y encontrar un poco de consuelo en Haymitch, un grupo de Avox vino por mí y me trasladaron a mi antiguo cuarto en el Centro de Entrenamiento. Me dejaron en la ducha, tenían toda la intención de ayudarme a tomar un baño pero mi "responsable" Mentor los echó y él fue quien se encargó de mí. Un par de horas después, un doctor del Capitolio se apareció y trajo consigo lo que será mi nueva pierna, una prótesis de metal y plástico con un tipo de esponja en la parte donde tendré que apoyar mí ahora muñón.

Realmente no presté atención a todo el parloteo médico y a las miles de alabanzas sobre lo buena, eficiente, espectacular y de excelente calidad con la que está hecha la pierna falsa. No tenía cabeza para otra cosa más que sentirme miserable. Con pierna o sin pierna, sigo sin tener a Prim, así que me da igual que la prótesis sea de oro, de plata, cubierta de diamantes o cualquier cosa parecida.

Haymitch, harto de mi mutismo, me dejo solo. Hizo todo lo posible, en la medida de sus posibilidades y su agria personalidad, para reconfortarme o hacer un poco de plática. Me da pena mi comportamiento pero, en verdad, no tengo ánimos de nada. Siento un vacío tan hondo en el pecho que no creo que haya cosa en el mundo para llenarlo. Pienso en mi familia y el hueco se hace más grande y doloroso; pienso en Katniss, en su mamá, y el dolor se vuelve insoportable; pienso que tengo que salir ante toda la multitud y presentarme como Vencedor, y el llanto me azota nuevamente.

Entonces, la puerta de mi habitación se abre y entra Portia con lo que parece ser mi traje para el evento y un bastón. Me incorporo rápidamente de la cama, olvidando el hecho de que no tengo pierna, y caigo otra vez. Esto no hace más que sentirme humillado y un inútil, pero, a diferencia de la primera vez, me sostengo de la cama y trato de levantarme. Portia se abalanza sobre mí y me ayuda.

Sé que puedo confiar en ella y que me dará las respuestas a todas mis preguntas, por muy dolorosas que sean.

—Portia, por favor, dime qué pasó —hablo rápidamente—. ¿Qué le pasó a Prim? ¿Por qué estoy vivo?

—Peeta, escúchame —toma mi cara entre sus manos y me mira fijamente—, te juro que te diré todo lo que quieras, pero no ahora, no en este momento. Después del programa de hoy, ¿sí?

Alejo bruscamente mi cara de sus manos, dolido. ¿Tan grave es que no me quieren decir nada? ¿Tan crueles son como para dejar que me entere de todo durante la repetición de tres horas de hoy? ¿No merezco siquiera un poco de información para las terribles horas que me esperan?

— ¡Siquiera dime qué demonios fue lo que hice mal! —Reclamo, al borde de las lágrimas—. ¡En qué me equivoqué! ¡Solamente quiero saber por qué no morí yo!

—Cariño, lo siento —y sé que lo hace. Su mirada emana una profunda tristeza e impotencia. Sé que quiere hablar y decirme toda la verdad pero algo la detiene—. Quisiera decirte muchas cosas y desaparecer tu sufrimiento pero no puedo… al menos no ahora. Pero recuerda algo: estoy orgullosa de ti, de lo que eres, de lo que haces. Y, durante la próxima hora, metete en esta cabecita —me toca con su dedo— que no todo fue en vano. Obtendrás una hermosa recompensa. Te lo juro.

Me planta un beso en la frente y comienza a prepararme.

Ignoro sus palabras y me dejo hacer, convencido de que todos se quedarán en el más absoluto silencio. Pasa por mi cabeza el pensamiento fugaz de que, quizá, Effie me dirá algo pero lo descarto inmediatamente; ni siquiera ha venido a verme, lo más seguro es que no le importe y se encuentre festejando lo que significa para ella y su carrera, mi victoria.

Portia me maquilla mientras trato de contener las lágrimas; me ayuda a vestirme mientras yo sólo hago movimientos robóticos; me ayuda a ponerme la prótesis mientras decido que esto no se quedará así. Una vez que salga al escenario les diré todo lo que pienso de su retorcida diversión y les gritaré hasta quedarme sin voz lo tanto que los odio. Los culparé de todas y cada una de las muertes en estos Juegos, y anteriores, y, oh, lo juro, no habrá poder alguno que me haga callar.

A menos que me maten.

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Estoy debajo del escenario, en una pequeña plataforma que servirá para elevarme; a unos diez metros de mí, hay una pared improvisada. Escucho un par de gritos, alguien dando indicaciones detrás de ésta, quizá, aunque no distingo bien.

— ¿Te molesta la prótesis? —pregunta Haymitch, sobresaltándome, y posándose a un lado de mí.

—Un poco —susurro, sin mirarlo.

—Chico, no hagas nada estúpido —dice; ahora sí lo encaro. ¿Cómo supo? —. Pase lo que pase, no sueltes el bastón, te puedes lastimar —posa una mano sobre mi hombro y me da una pequeña sonrisa traviesa—. Es su noche, disfrútenla.

¿Su noche? ¿De qué habla? Pero antes de que pueda preguntar, me interrumpe.

—Bien hecho, Peeta —murmura; ahora es él quien no me mira y se da la vuelta, dejándome completamente solo.

Suena el himno a todo volumen.

El show está por comenzar.

El rugido de la gente en el escenario es ensordecedor. Escucho que Caesar se presenta, dice unas cuantas palabras inentendibles por los aplausos; después, escucho que presenta a mi equipo de preparación y al de Prim, siguiendo Effie, quien, seguramente, estará maravillada; continúan con Portia y Cinna, y le sigue Haymitch. Los reciben con aplausos y chiflidos.

Un momento… ¿Cinna y el equipo de preparación de Prim? No recuerdo muy bien, pero, según yo, sólo se presenta al equipo y estilista del ganador. Quién sabe. Recuerdo nuestros trajes en llamas el día del Desfile y, quizá, han tenido éxito con sus creaciones…

Noto que la plataforma comienza a vibrar. No tengo miedo. Comienzo a elevarme lentamente. No estoy nervioso. Las luces son cegadoras. Me siento vacío. La gente aplaude como loca, gritan, chillan. Me pica la pierna amputada. Me lanzan flores, besos. Ni siquiera me siento enojado por su ridícula reacción.

Después de un par de minutos de estar parado ahí, impávido y sin mirar a nadie en particular, en el centro del escenario, Caesar Flickerman se acerca a mí y me hace una seña para dirigirme al lujoso sofá blanco. Cuando estoy a punto de sentarme, cavilando sobre todo lo que voy a decir, Caesar me detiene.

—No, Peeta, antes hay que cederle el asiento a las damas. ¿Dónde quedó tu caballerosidad? —lanza una fuerte carcajada dirigida al público y éstos responden igual.

¿Las damas? ¿Se referirá a Portia? ¿O a Effie? Todo es demasiado confuso.

Y se vuelve aún más desconcertante.

El estrafalario presentador señala al centro del escenario; durante unos segundos no pasa nada, no veo a nadie. El estudio se sume en un silencio perturbador. Todos están atentos, miran de mí al espacio vacío. No se oye ni un solo respiro.

Y, de repente, como si estuviera sumido en un sueño, veo como una pequeña figura va emergiendo. Tiene un vestido blanco con destellos amarillos, el cabello suelto y ondeando con una hermosa flor adornándolo. Esa hermosa flor, amarillo y blanco, es lo que le da nombre a la persona que estoy viendo.

Es Prim. Mi pequeñita. Mi valiente guerrera. Mi preciosa compañera.

Mi corazón late con tanta fuerza que parece salírseme del pecho; mis lágrimas se arremolinan en mis ojos y pierdo la capacidad de hablar. Camino vacilante hacia ella, lo más lento que puedo para no ahuyentarla. ¿Y si es una alucinación? ¿Y si se convierte en un horroroso muto como hicieron con Rue? ¿Y si solamente se están burlando de mí?

— ¡Peeta! —grita y corre hacía mí.

— ¿Prim, eres tú? ¿En verdad? —pregunto, tomándola de la cara y agachándome un poco para quedar a su altura.

La gente grita, chilla, llora, aplaude, suspira, pisotean en el suelo. Todo es un completo caos. Pero no me interesan ellos, sino el inmenso disparate de emociones en mí.

— ¡Sí, Peeta, soy yo! —me sonríe.

Y esa sonrisa no es falsa, ni producto de mi imaginación ni cosa del Capitolio. Ellos, aun con toda su tecnología y maravillas, jamás podrían igualar esa sonrisa, la profundidad de esos ojos ni lo que me provoca…

La abrazo desesperadamente y me pierdo en el mar de sensaciones.

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Guerra, una guerra terrible. Viudas, huérfanos, madres sin hijos, eso fue lo que el levantamiento trajo a nuestro país.

13 Distritos se rebelaron contra el país que los alimentó, amó y protegió. Hermano se volvió contra hermano hasta que nada quedó. Y, entonces, la paz llegó, del corazón, del alma; el pueblo se levantó de las cenizas y una nueva era nació. Pero la libertad tiene un precio. Y cuando los traidores fueron derrotados, juramos como nación que nunca olvidaríamos esta traición. Y así fue decretado que cada año, los distintos Distritos de Panem, enviarían un Tributo al Capitolio. Un joven y una joven que lucharían hasta la muerte en una festividad de honor, coraje y sacrificio. El único Vencedor, cargado de riquezas, servirá como recordatorio de nuestra generosidad y perdón.

Esta es la forma en que recordamos nuestro pasado; esta es la forma en que salvaguardamos nuestro futuro.

Desde que terminaron Los Juegos, antes de cada programa especial, repiten el video que nos muestran en cada Cosecha. Diario, tres veces al día, nos recuerdan los errores de nuestros antepasados. Nos plagan de imágenes de la Tercera Gran Guerra. Graban en nuestra memoria que no debemos repetir la historia: sequias, peleas, bombas, hambre, ruinas, polvo, sangre… muerte. Es difícil olvidar la catástrofe que dio lugar a esta reorganización de la sociedad… a Los Juegos del Hambre. Y, más difícil aún, olvidar que tenemos que pagar por eso.

Si bien es algo que aprendemos en el colegio y cargamos con ello en nuestras miserables vidas, además de que se reafirma en todas y cada una de las Cosechas, no entiendo la necesidad de restregarlo en nuestras caras una vez más.

Es inusual.

Mi madre se levanta y retira los platos de la cena, los lava en tiempo record, y regresa a su asiento. Está ansiosa. Aunque ha tratado de calmarse, todo el día ha estado desesperada por ver a Prim… y a Peeta también. No sé cómo ha logrado no sucumbir a la locura estando encerrada en la casa acompañada sólo por el tic-tac del reloj y el eterno camino de las manecillas. Es demasiado paciente.

Quién lo diría.

Por mi parte, yo no soporto el encierro. No soporto la espera. No soporto no saber. Y como quedarme encerrada acompañando a mi madre en las profundidades del silencio no es una opción para mí, hice lo mejor que sé: huir.

Terminados Los Juegos, la cantidad exorbitante de Agentes de la Paz en el Distrito ha disminuido, los cortes de luz vuelven a ser los mismos de antes y sólo la hay en horarios específicos (una de la tarde, cinco de la tarde y diez de la noche) para los programas. Lo que quiere decir que puedo regresar a mi bosque.

En las mañanas, Gale y yo, cruzamos la alambrada, recorremos nuestro bosque y armamos trampas tomándonos nuestro tiempo. Es bueno ver que la rutina no se ha perdido. Nadie habla sobre Los Juegos o lo que va a pasar cuando mi hermana y Peeta regresen; tampoco mencionamos nada sobre aquel beso o cualquier cosa que no tenga que ver con la caza. Por la tarde regresamos, verificamos las trampas, recolectamos bayas, nueces, fresas, huevos, plantas para mi madre y tratamos de cazar algo más sustancioso que unos cuantos conejos y ardillas atrapados en las trampas. Después vamos al Quemador –que ya está en funcionamiento otra vez, siendo un tanto discreto aún- e intercambiamos como de costumbre.

En el Distrito se siente un ambiente de plena felicidad. La gente derrocha sonrisas; todos son amables con todos y se ayudan en las labores de limpieza para la llegada de nuestros Vencedores. Comerciantes y los de la Veta, olvidan la marcada diferencia y rencores que siempre han existido y se juntan para barrer las calles, limpiar las ventanas de los comercios, adornar las puertas de las casas con moños hechos de listones viejos color blanco.

Cada año, como muestra simbólica a nuestros Tributos caídos, colgamos un listón color negro en nuestras puertas para indicar que estamos de luto. A los tres meses, lo quitamos; excepto los familiares de los chicos muertos. Ellos los dejan indefinidamente o hasta que éste se cae por sí solo. Este año, no habrá moños depresivos. Serán esperanzadores.

El himno termina y aparece en escena un sonriente y deslumbrante Caesar Flickerman, ataviado con un traje azul salpicado de miles de diminutas bombillas que centellan como estrellas, acompañado de los vítores del público.

— ¡Buenas noches, queridos ciudadanos! Esta será una noche muy especial y llena de emociones, no sólo por revivir los mejores momentos de esta septuagésima cuarta edición o por la coronación… ¡Seremos testigos del reencuentro del Trágico Distrito! ¡Mostraremos las primeras reacciones!

La gente aplaude como loca y Caesar suelta una carcajada, mostrando sus blanquísimos dientes que resaltan entre el azul de su atuendo. Presenta al estrafalario equipo de preparación de Peeta, seguido del de Prim, quienes saludan con inmensa alegría y emoción al público. Con un traje lila de holanes negros y cabello rosa, aparece una elegante Effie Trinket con la sonrisa más deslumbrante que le haya visto. Portia, Cinna y Haymitch, con atuendos un poco más discretos, tanto en color como en diseño, causan verdadera euforia entre el público.

Caesar los despide educadamente del escenario y comienza la cuenta regresiva de diez segundos para la presentación de los Vencedores.

Diez… Nueve… Ocho… Siete… Seis…

Una deslumbrante luz ilumina un hueco al centro del escenario. La gente aguanta la respiración. Mi madre juega con sus manos compulsivamente. Siento miles de sensaciones en el estómago.

Cinco… Cuatro… Tres… Dos… Uno.

Gritos y aplausos sonoros; flores y besos vuelan hacia el chico que emerge del suelo. Se queda parado, sin hacer nada, sin emoción alguna, en el mismo lugar recargando un poco de peso sobre un bastón. No queda rastro de las múltiples heridas de hace unos días. Lleva el cabello completamente aplastado y peinado hacia atrás, lo que deja ver su rostro intacto. Vestido con un pantalón negro, botas del mismo color, una camisa amarilla que resalta el azul de su mirada… Y el pequeño prendedor de sinsajo, prendido a su camisa, como toque final, se ve impresionante.

Un nerviosismo desconocido se concentra, cada vez más fuerte, en mi estómago y pecho.

El alegre presentador se acerca a Peeta y lo dirige al fino sofá blanco; cuando está a punto de sentarse, Caesar lo detiene.

—No, Peeta, antes hay que cederle el asiento a las damas. ¿Dónde quedó tu caballerosidad? —dice, divertido y lanzando una carcajada; la gente responde de igual manera.

La expresión del Chico del Pan es completamente extraña: genuina confusión es la que cubre su rostro.

Caesar señala al centro del escenario, a unos cuantos metros del lugar de donde emergió Peeta… y esperamos. Cuento mentalmente hasta diez… ¡y ahí está! La pequeña figura de Prim aparece poco a poco hasta que queda totalmente expuesta. Viste un bonito vestido blanco con destellos amarillos. Es similar al que usó en la entrevista: en vez de dos tirantes, sólo es uno; entallado hasta la cadera y con volantes hasta la rodilla que destellan un brillo amarillo. Su cabello, un poco más corto, lo lleva suelto y con rulos en las puntas, pero lo que hace resaltar su belleza es la pequeña flor, un poco arriba de su oído derecho, que sujeta su cabello.

Es una Prímula.

Mi hermana saluda sonriente a la audiencia, quienes se desviven en aplausos. Peeta sigue con la misma expresión de incredulidad, es como si no creyera lo que ve. Esto es extraño. ¿Por qué iba a sorprenderse de ver a Prim ahí? No entiendo.

Camina lentamente hacia ella, como si temiera algo; suelta el bastón y extiende temblorosamente sus brazos…

— ¡Peeta! —voltea Prim y corre a él.

— ¿Prim, eres tú? ¿En verdad? —envuelve su carita en sus nerviosas manos y se agacha hasta quedar a su altura.

¿Qué demonios le pasa? ¿Quién si no iba a ser Prim? ¿Habrá quedado… mal de la cabeza después de Los Juegos?

— ¡Sí, Peeta, soy yo! —exclama Prim, emocionada, y se abrazan desesperadamente.

Cuando pensé que la gente del Capitolio no podía ser más escandalosa, me demostraron cuan equivocada estaba. Gritan y lloran como si estuvieran dementes. Vitorean sus nombres y su mirada es de pura ternura y cariño a ellos. Realmente los quieren, no es cosa de un solo momento. Son sinceros.

Peeta se aferra a mi hermana, levanta la vista hacia el público, con la mirada llorosa, y les da las gracias repetidamente, lo que hace enloquecer aún más a la audiencia. Caesar se acerca a ellos y los anima a seguir con el espectáculo, pero el Chico del Pan mueve su mano en señal de no darle importancia y sin mirarlo siquiera… y, de esta manera, el público pierde la cabeza. ¿Peeta se dará cuenta del efecto que causa en las personas? ¿Serán actitudes conscientes o lo hará a propósito?

Después de varios minutos así, Haymitch es quien interrumpe el abrazo de nuestros chicos y les da un leve empujón hacia el sillón de los Vencedores. Le entrega el bastón a Peeta y sale de escena.

Los Vencedores se sientan tan cerca del otro que poco falta para que Prim esté encima de Peeta. Él rodea protectoramente los hombros de mi hermana; ella lo rodea de la cintura y apoya su cabeza en su pecho.

Caesar levanta las manos, en gesto silenciador a la audiencia, y explica brevemente el desarrollo del espectáculo: durará exactamente tres horas en las que se resumirá tanto los sucesos anteriores al estadio como el desarrollo de Los Juegos.

Reducen la intensidad de las luces en el escenario y aparece la bandera de Panem. Acto seguido, en la esquina de la pantalla enfocan a Peeta, Prim y Caesar –con la finalidad de seguir sus reacciones-, y comienza la reviviscencia de lo ocurrido.

Empieza a latirme el corazón con fuerza y se me revuelve el estómago. Sé que no estoy preparada para esto. Creo que no soportaré ver cómo el nombre de Prim es el que sale de la urna, seguido de Peeta; no quiero volver a ver todas esas muertes… ni siquiera puedo imaginarme lo que estarán sintiendo ellos al estar sentados en el estudio, con todos los ojos del país encima para ver sus reacciones. A pesar de ser visión obligatoria, bien podría esconderme bajo las cobijas y evitarlo, pero siento la necesidad de quedarme para darles todo mi apoyo emocional a base de pensamientos. Aunque quisiera, no puedo hacer más por ellos.

En la primera hora del programa vemos la Cosecha, el Desfile de Tributos, las calificaciones del entrenamiento y las entrevistas. Nuestros Vencedores se muestran relajados y regalan una sonrisa tímida de vez en cuando, incluso Peeta llega a besar la coronilla de Prim un par de veces, lo que agita a la audiencia.

Una vez que las escenas cambian al campo de batalla, donde se ofrece una detallada cobertura del baño de sangre, la hostilidad de Peeta hacía con mi hermana, imágenes alternadas de los Tributos muriendo y el reencuentro del Distrito 12, no es difícil imaginar sus emociones: desesperación, sorpresa y, finalmente, calma al verse juntos de nuevo. Pero es desde este momento que comienzo a preocuparme.

Imágenes de Rue volando entre los árboles, platicando y riendo con ellos; el descomunal incendio, los Profesionales, la explosión; la muerte de Clove y de Jeff, junto con la chica del 5; la muerte de Marvel, la dolorosa muerte de la pequeña del 11; la petición de ayuda de Prim para la medicina, el banquete; el ataque de Cato a Peeta, la sorpresiva llegada de mi hermana y el desenlace de Glimmer; la pelea entre Cato y Tresh, la mentira del primero y la furia del segundo; el día final… el enfrentamiento, los mutos, la muerte de uno y la casi muerte del otro; una Prim desesperada por salvarle la vida a su compañero, el anuncio, la llegada de Haymitch y Cinna; el estado primitivo y violento de mi hermana, su desmayo y la voz de Claudius Templesmith confirmando su Victoria…

Dos horas bastaron para resumir el horror, para ver el dolor y la desaprobación en el leve ceño fruncido de mi hermana y el gesto de rabia e impotencia del Chico del Pan.

Dos horas en las que sentí vergüenza de todos nosotros por permitir que durante 74 años consecutivos nos arrebaten a nuestros seres queridos y no movamos un dedo por evitarlo.

Dos horas que no nos mostraron a unos Vencedores encantados o alzando el puño por la satisfacción de la desgracia ajena.

Dos horas que fueron más reveladoras que tantos años; que nos permitieron ver a través de ese par de ojos azules que todo esto está mal, que no es justo...

Las luces hacen acto de presencia en el escenario; la audiencia y el presentador aplauden con ganas al término del resumen. Los Vencedores no se unen a la celebración. No hay sonrisas discretas, emotivas ni fingidas o de agradecimiento, sólo seriedad. Al comenzar el himno, se levantan -más por obligación que por respeto, supongo- y levantan la mirada, sin soltar sus manos.

El presidente Snow sale a escena, seguido de una niñita con el cojín que sostiene la corona. Sin embargo, sólo hay una, y noto la perplejidad de la multitud. Dan grititos de sorpresa y murmuran con expresión de susto un ¿para quién será? Mi madre y yo estamos igual pero no mencionamos nada. Si ellos que son del Capitolio no saben qué pasa, mucho menos nosotras.

—Enhorabuena, Vencedores del Distrito 12 —habla el Presidente, con voz tranquila. La multitud acalla sus cuchicheos y miran expectantes—. Aunque estamos muy orgullosos de su victoria, las reglas son estrictas en cuanto al portador de la corona —la gente contiene la respiración—. Dadas las circunstancias, y por respeto a nuestros antepasados que, con gran esfuerzo y sabiduría, con el inquebrantable sentimiento de justicia y el sueño de preservar la paz, redactaron El Tratado de la Traición… solamente uno de ustedes podrá ser coronado, simbólicamente, como Vencedor.

Estupefactos. Así es como estamos.

Antes de terminar de preguntarme quién será proclamado como Vencedor, Peeta se adelanta: extiende sus manos hacia la corona pero antes de siquiera tocarla, mira al Presidente, pidiéndole su aprobación; éste asiente, con una sonrisa un tanto petulante, y el Chico del Pan la coge.

Diría que es un acto de soberbia pura por parte de Peeta, pero como bien dijeron una vez, es impredecible… y así es, porque en vez de coronarse, como todos creíamos, coloca la corona en la cabeza de Prim. Y para enfatizar, besa la mano de mi hermana y la levanta, señalando su triunfo.

La audiencia explota en emoción; unos cuantos se atreven a dejar sus asientos y bajar al escenario para saludar a los chicos del Distrito más pobre y marginado que, pese a las reglas, los ven como Vencedores. Estrechan sus manos con devoción, los besan, los abrazan, hacen reverencias y los vitorean. Después de varios minutos viendo las muestras de cariño, Caesar se dirige a nosotros los televidentes y nos invita a sintonizar la última entrevista de mañana…

Todo ante la atenta, seria y fija mirada del Presidente Snow.

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Antes que todo: Neo GS, ¡no me odies por lo que le hice a Peeta! Y si lo haces, dímelo ahora para ponerme a picar cebolla y justificar mi llanto. T.T


Bueno, como Collins nos privó de todas las emociones genuinas del Chico del Pan, me permití presentarles lo que, en mi cabeza, pudo pasar durante los días de recuperación. Sé que Peeta es todo amabilidad y dulzura y muchas cosas más, pero, ¡caray!, perdió una pierna, y Katniss -a menos que yo no haya leído bien los libros- tampoco le tomó importancia a este hecho. Sólo se sintió mal por un momento y ya. Pero, ¿cómo es vivir sin una parte de tu cuerpo? ¿Qué consecuencias psicológicas, anímicas, físicas, etecé, trae una situación así? ¿De qué manera te cambia, si es que lo hace? Fue una situación que Suzanne no explotó a pesar de tener todos los elementos. En algún momento pensé en omitir esta parte y dejarle la pierna, pero, a diferencia de los productores de la película, este es un suceso que yo no puedo separar y, a pesar de que a lo largo de los otros libros prácticamente se me olvidaba este hecho, creo que también es una característica que nos muestra la fortaleza de Peeta. Díganme tonta, táchenme de ridícula, pero yo no sé si podría vivir así. No lo digo tanto por la apariencia, sino por todas las actividades físicas que complementan mi vida y hacen que la disfrute más (correr, ejercicio, kick boxing, bailar...). Ya, ya, ya, mucho choro, mejor paso a lo importante.

Anfitrite (Bueno, espero que hoy no te desveles por mi culpa), Hijadelaluna (Aquí está la reacción de nuestro Peeta inconsciente y sin tener idea de lo que pasó), Hadelqui (Oh, no te preocupes. Muchas felicidades por lo de tu bebé :D ), Katri Wishart (Y aquí vemos más reacciones del Presidente Snow. Será imparable, y cruel, mucho), Alemman (Oh, yeah! Sin Seneca no hubiéramos tenido historia. Te apoyo, Seneca rocks!), Neo GS (T_T No te digo, si eres fan, fan, fan. También contaste los días de ausencia), Robstar (Así es, un pobre peón como la mayoría de la gente del Capitolio. Me imagino que sólo aquellos que están en el poder son los que tienen un control verdadero, aunque claro, habrá sus excepciones), Dannie (Pues no te hice esperar y aquí están nuestros chicos ;) ), XkanakoX (Ahora sí, sin tanto rollo –creo-, ya vimos qué pasó con los Vencedores. Ojalá sea de tu agrado), Bere Mellark (Muchas gracias, y pues ya, fuera las ansias que aquí está el capítulo), ShaPer (Wow! Gracias por la efusiva bienvenida. A mí también me da gusto volver a leer sus comentarios), Treeofsakuras (No agradezcas, al contrario, soy yo quien lo hace por el buen recibimiento), Alicia22 (¿Te refieres al summary? En la descripción viene Peeta/Prim, más que nada porque ellos son los protagonistas, los que van a Los Juegos. Juntarlos como pareja, mmm… es algo que no te puedo contestar por aquí porque no quiero adelantarle nada a otros que prefieren la intriga. Pero si gustas dejarme un correo o la forma de contactarte y si te desespera el no saber, podría adelantarte algo de manera individual. De cualquier forma, en mi perfil está el enlace de mi Tumblr. Cualquier cosa, ahí me encuentras), LuisaAndrea (Ojalá sea de tu agrado este capítulo), Alexa-Angel (Sí, yo también odio que pongan a Peeta como un inútil. Siempre he tenido la idea de que el empezó todo por el simple hecho de querer dar su vida por Katniss. No hay más. Los Juegos se tratan de ver como enemigo a los otros y salvarte tú, no importando lo que tengas qué hacer. Y ese, claramente, no era el caso de nuestro sensual panadero), Guest (Hermoso (a) tú también), Aria Odair (claro que seguiré con la historia. ¡Aquí estamos!), MariiHellCarrasco (Oh, gracias. También te amo, linda. Un beso), Ady Mellark87 (Fuera las ansias, chica, que aquí está el capítulo): Gracias, en serio, muchísimas gracias por la bienvenida y sus comentarios. Espero que les agrade el capítulo y si no, pues ya saben, yo recibiré todas sus quejas y reclamos.

Gracias también a los lectores anónimos. Ojalá se animarán a dejarme saber sus impresiones.

Sin más, nos vemos pronto (espero). Un beso a todos.