La Fragilidad de las Apariencias


"Usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme."

Mario Benedetti


V. A tientas

No fue cómodo el golpe en la parte baja de su espalda, cuando Sasuke la arremetió, desnuda, contra la biblioteca. «Eso fue mi sacro», dedujo, siendo el único pensamiento frío y coherente que reflotó del cerebro de Sakura, fundido en un soufflé grumoso y esponjoso, desde que los insistentes besos de Sasuke comenzaron a dejarla embelesada y algo estúpida. Ella, con sus pies torpes y todavía agarrotados por el frío, no percibió cuáles fueron las pisadas en que ambos se desanduvieron, hasta chocar con el límite que el mueble les impuso. Los libros se hundieron al interior de los estantes bajo la presión de su cuerpo, y varios cayeron al suelo sin que ninguno de los dos lo advirtieran. Sakura sentía sobre su vientre expuesto la abultada hombría de Sasuke haciendo presión, sus manos grandes rodeaban su cintura, y no podía ignorar la ola de nerviosismo que la había asaltado, ante esa reacción tan… pasional de Sasuke. Besándola, como si la vida se le fuese sin ello.

Sakura rogaba a sus pulmones para que aguantaran un poco más, pero terminó cediendo a la necesidad de pedir tregua:

—Aire —boqueó como pez.

Él se separó de su boca con la misma fuerza con la que se había unido, y los dos respiraron bocanadas que le llenaran nuevamente los pulmones, para poder continuar. Sasuke buscó su rostro, y ella se aferró a la repisa, esperando contenerse, de alguna manera, de la forma desaforada en que sus ojos parecían querer devorarla. Tanto tenía aprendida de memoria su mirada apagada, sus movimientos justos y calculados, o su seca emotividad, que Sakura apenas podía reconocer en aquel sujeto a su silencioso Hokage, a su parco compañero de aventuras de Genin. ¿Quién era, ese gigante dormido, que ella había despertado?

«¿Dónde estuviste escondido todo este tiempo, Sasuke-kun?», rumió, mirando directamente a sus chispeantes ojos oscuros.

—No sabes… —gruñó, y lo que fuera a decirle a continuación quedó latente, porque le hundió el rostro en el cuello, y ella, con un vaporoso quejido, sintió la suavidad de sus labios probando su piel. Enterró todos sus dedos en su cabello negro, fresco y húmedo, y el aire alrededor de su nariz se llenó a madera. Con los ojos entreabiertos contempló la oficina del Hokage.

¿Iban a hacerlo allí? Podía ver a sus recuerdos haciéndose corpóreos y caminando alrededor del salón. Ella abría la puerta pidiéndole a Tsunade-sama ser su discípula; ella recibía de las manos de su orgullosa maestra su primer uniforme de Chūnin, y también, fue allí donde…

—¡Ah!

Barriendo como la punta de un pincel humedecido, la lengua de Sasuke probaba la rugosidad de su pezón, abandonando rastros de saliva tibia en la tarea. Retozaba con sus labios su areola rosada, enviándole a través de sus ramificaciones nerviosas, cosquilleos hasta entonces desconocidos. Ambos pezones respondieron tiesos entre los dedos cálidos de Sasuke, y sus dos manos, tan grandes y fuertes, sopesaron la redondez de sus senos, acariciando con suavidad sus contornos. Sakura agradeció poder estar apoyada en algo, porque las rodillas habían perdido las intenciones de continuar soportando su peso. Demasiadas emociones para una noche, y demasiadas sensaciones para su menudo cuerpo de cuarenta y cinco kilos, que tanto había esperado e imaginado esas caricias. No, no eran así de deliciosas en sus fantasías solitarias.

—¿Eres real? —preguntó, y Sasuke levantó la cabeza de entre sus pechos, parar mirarla—. Esto no es un genjutsu, ¿verdad Sasuke?

Creyó que Sakura estaba bromeando con él, como a veces gustaba de hacer para sacarlo de su parsimonia, y alzó la comisura de sus labios en una sonrisa, hasta que de su rostro entendió que aquello no eran bromas, sino dudas: estaba mortalmente seria, casi asustada. Apoyó sus manos sobre la biblioteca, a ambos lados de sus caderas, y se desasió de sus botas usando sus pies, imitando la facilidad con la que veía a Sakura siempre hacerlo. Quedó descalzo.

—Tú siempre fuiste la mejor en eso, deberías saberlo —respondió, atrayendo nuevamente su cabeza, y los dedos de sus pies rozaron, sin querer, los de ella. Fue un golpe tan frío que se vio obligado a apartarlos. Arrugó el ceño—. Tienes los pies helados.

Ella miró hacia otro lado, abochornada.

—Hace… hace frío afuera —titubeó, cruzándose de brazos para zanjar el tema. Pero él le sostuvo ese gesto de cejas fruncidas y ojos regañones, que era imposible de ignorar, y se sintió con la presión de dar explicaciones. No le gustaba cuando se ponía así con ella, porque la hacía sentirse igual que en las visitas a su madre, siempre lista para sulfurarle la cabeza con sermones—. Es que yo no entendía, y necesitaba verte Sasuke, y yo… no pensé.

Su boca se torció en una mueca molesta. «Testaruda. Impulsiva», pensó, mirándola sin disimular su enojo. Como Iryō-nin ejemplar, ella era inteligente, madura y fría en el campo de su profesión, y actuaba con raciocinio cuando las circunstancias lo exigían. Sabía que había aprendido a controlar mejor sus emociones sensibleras, no tan así su impredecible temperamento. Pero, cuando se trataba de él mismo, Sakura parecía despojarse de pronto de todo aquello y se lanzaba a la acción, sin detenerse a pensar en los peligros. El dolor cercenador del sello de Orochimaru no había sido lo bastante potente para borrar su razón, y aún hoy recuerda una confusa imagen de ella interponiéndose entre él y la monstruosidad sedienta de sangre de Gaara, decidida a protegerlo con la fuerza de un insignificante kunai.

No le gustaba, porque no lo merecía. Y era incapaz de entenderla.

—Eres una necia.

Sakura ahogó un grito cuando él la levantó en volandas, cargándola sobre un hombro, y no tuvo ocasión para reprochar, porque repentinamente se vio transportada hasta el escritorio del Hokage. Sasuke la sentó sobre la añeja madera de roble, y sus piernas quedaron colgando; balanceándose en el aire como una niña que aún no alcanza la altura adecuada. Apoyando una rodilla en el suelo, él se hincó frente a ella, y Sakura notó como le escrutaba con reprobación sus pies, rígidos y algo morados. Al unir las manos alzando solo sus dedos índices, Sakura reconoció el Sello del Tigre, y adivinó lo que planeaba hacer.

—Sasuke, no hace falta, yo puedo hacer eso. —protestó débilmente. Pero él, invocando al elemento que corría por sus venas, aquel recibido por herencia, la ignoró.

Katon.

Ante la mirada desconcertada de Sakura, de la boca de Sasuke emergieron varias pequeñas bolas de fuego, del tamaño de canicas, que él dirigió a sus pies. La kunoichi observó, pasmada, como las volutas de fuego flotaban alrededor de sus pies sin acercarse demasiado. Una sensación confortable de calor la fue llenando desde la punta de sus dedos hacia sus tobillos, y se permitió cerrar los ojos con un suspiro de placer.

Ella era quién siempre iba cuidando y procurando el bienestar de los demás, llegando al final del día feliz por la tarea cumplida, pero desecada como una pasa de uva. No era fácil moverse en un mundo mayoritariamente masculino, y sostenido, además, por la importancia de pertenecer a la dinastía de algún clan. Ella era hija de civiles; debía demostrar su valía a pesar de no estar vinculada a una familia patricia de Konoha. Y aunque era un objetivo imposible, también debía intentar mantenerse a la altura de sus dos compañeros de equipo; ser fuerte, independiente, y dejar bien en alto la reputación de su maestra.

Ser la digna sucesora de una Sannin.

Pero, en su corazón, Sakura también deseaba ser cuidada. Había olvidado lo que era eso, hasta que Sasuke regresó a su bando, a su lado, a su día a día. Sólo su viejo amor le daba la preciosa creencia de sentirse segura y protegida. Naruto y Kakashi lo habían intentado, a su manera. Pero en su compañía, con su sola taciturna presencia, ella se sentía cómo una mujer única y especial.

Y ahora, él estaba ocupado en algo tan simple como calentarle los pies. Ese saber la colmaba de tanta felicidad, que no fue consciente de que había comenzado a tararear una canción.

—Sakura.

Abrió los ojos, justo para ver como las espirales de fuego se iban consumiendo hasta desaparecer. Probó la flexibilidad de sus músculos arqueando la planta del pie, haciendo rotaciones con el tobillo, y moviendo los dedos. Cuando estos respondieron sin problemas, ella le esbozó una sonrisa agradecida, que se desdibujó de inmediato.

Habían sido unos instantes tan idílicos, que había olvidado estar completamente desnuda frente a él, con las piernas sutilmente abiertas, y su velada intimidad expuesta a la panorámica de sus dominantes orbes negros. No necesitaba de los poderes de los Yamanaka, para leer las intenciones del Uchiha entre sus piernas. Le bailoteaban por los ojos, por todo el rostro, y por ese asomo de sonrisa, peligrosa y sugestiva. Instintivamente, ella empezó a cerrar sus rodillas, pero él se las detuvo y la observó, analíticamente.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

Hubiese querido responder que no, pero Sasuke siempre había tenido la capacidad de percibir sus temores, de interpretar el diccionario de sus miedos. Continuó en silencio.

—Recuéstate.

Fue obediente, y se reclinó sobre la madera del escritorio, haciendo a un lado las pilas de papeles que siempre habían ocupado ese viejo mueble. Fijó los ojos en el antiguo techo de la oficina, con las manos sobre su estómago. Sakura se preguntó, si acaso, alguna vez en toda la historia de la aldea, algo como lo que estaban a punto de hacer, había ocurrido allí.

¿Si alguien entraba y los pillaba?, ¿y desde cuando ella se había vuelto tan miedosa? Con la misma fuerza con la que Sasuke había despertado, su valentía se había hecho un embrión buscando refugio. En realidad, antes no había hecho más que aplicar, además de su amor, ciertas técnicas de seducción en las que Tsunade-sama la había instruido durante sus chácharas de borracha. Pero ahora, ¿dónde estaba esa maldita perra interna suya que siempre salía para hacerse la valiente?, ¿en qué recoveco de su mente se había ido a hibernar hasta su próxima salida estelar? La buscaba entre sus pensamientos, rogando para que la espabile y la ponga al mando de la situación, otra vez.

«Sal de ahí cobarde, y ayúdame en esto.»

Acostada no podía ver qué era lo que él estaba haciendo (o mirando), pero lo prefería así. Los nervios le estrujaban las tripas, hasta que lo sintió; sus manos apartándole las rodillas. Los talones se arrastraron hacia los costados, cuando él le abrió las piernas. Las mejillas de Sakura explotaron de color. Una hundida, como una bajada abrupta en un tobogán, se removió en su bajo vientre, y se transformó en el néctar que se fue derritiendo entre los únicos rizos de su cuerpo. Sintió como las manos de Sasuke le acariciaban los muslos, trazando espirales ascendentes, y luego, conteniendo el aliento, sintió a su cabeza, a las puntas de su cabello, haciendo cosquillas en la piel de su entrepierna. Su respiración caliente, avanzando y cada vez más cerca de la unión final de sus piernas. Las caderas de la kunoichi se removieron, y cerró los ojos con fuerza, mordiéndose un labio.

«¡Que alguien pare esto!»

Pero nadie llegó, y, sobre la mesa más burocrática de Konoha, Sakura supo de la experiencia de otros dedos que no eran los propios, y de una lengua, tocando y saboreando la descarga de su feminidad.

«Quizás… mejor no.»


Esta era de una de esas noches que parecían no tener fin. Con los músculos soportando el cansancio acumulado de la misión (de la que había regresado ese mismo día por la tarde), Shikamaru seguía, entre trompicones y suspiros, a su novia por las calles de la aldea. Nunca había recapacitado en cuán grande podía ser Konoha, cuando se buscaba a alguien en particular.

«¿En qué momento me metí en esto?»

Ino, luego de la salida intempestiva de Sakura, se había vuelto literalmente histérica. Después de haberse recuperado de la impresión de haber leído el testamento del Uchiha, la rubia había tomado a Shikamaru de la muñeca y se lo había llevado a las rastras por todo Konoha, buscando a su amiga y preguntando por ella. Sasuke debía cumplir su papel en la ceremonia, y se suponía que también debía estar allí. Aquello era predecible y fácil como sumar uno más uno. Y para la Yamanaka, el resultado de esa aritmética no podía ser más que problemas.

Pero él ya estaba remotamente cansado, y algo más que harto.

—Ino —Shikamaru estancó sus pies y se plantó en el lugar, negándose a continuar en ese loco trajín de algo que no les incumbía—, no podemos entrometernos en esto.

Ella se detuvo y lo observó, algo mosqueada. Como el buen haragán que era, Ino sabía que él siempre optaba por lo más fácil: dejarse llevar por la corriente de sus caprichos. Pero, con toda una vida compartida, también sabía que las veces en que él se mantenía irreductible en su postura, era porque esta, sin duda, era la correcta.

—Sakura irá a increparlo —explicó, con un sentimiento angustiante en su garganta, y sus ojos celestes removiéndose en preocupación—, y lo sé, sé que la rechazará.

—Pero…

—¡Tú no conoces a Sakura!

Shikamaru cerró la boca, y observó a su novia, que parecía estar a punto de llorar. Aunque incomprensible para él, sabía que la amistad con Sakura era un lazo fuerte e importante para ella, y le impresionaba el sentimiento maternal que su novia tenía para con la ninja médico. Siempre iba por ahí fastidiándola por el tamaño de su frente o de su pecho, compitiendo por cualquier nimiedad, pero, cuando algo grave le ocurría, no dudaba en salir corriendo a auxiliarla.

A pesar de ser un adulto, el estratega número uno de Konoha, siempre retornaba a la misma conclusión de cuando era solo un niño: las mujeres eran los seres más extraños de todo el mundo.

—Sasuke es un idiota, la frentuda lo presionará, y no obtendrá de él más que rechazo y desprecio —Ino suspiró, oteando entre la marea de gente y sondeando sus cabelleras, rogando por toparse con una de color rosa. Volvió la mirada hacia él—. Ella no lo soportará una vez más. Tú sabes cómo estaba cuando él se fue, el tiempo que me llevó sacarle una sonrisa real, ¿lo recuerdas?

Para Shikamaru sería imposible lo contrario. Sakura y su falsa sonrisa al abrir las cortinas de la habitación del hospital, donde Naruto se recuperaba luego de la batalla con Sasuke, estaba intrínsecamente unido al recuerdo del desastroso resultado en su primera misión, como capitán de equipo. La alegría de esa chica se había ido disecando en ella, como una flor a la que olvidan alimentar con agua. Esa primera y real experiencia como ninja, fuera de la egida de Asuma, permaneció marcada en él como una gran cicatriz; y la tristeza de la chica, como un constante recuerdo de su fracaso.

—¿Hablan de Sakura-san?

Ambos voltearon a la vez, encontrándose con la adolescente Moegui, quien acompañada de Konohamaru, los miraban con curiosidad.

—Sí, ¿la has visto?

La joven asintió, y señaló hacia la zona donde las cabezas talladas de los Hokages, vigilaban todo con su imponente presencia.

—La vimos irse en dirección a la torre del Hokage.

Ino emprendió la carrera, pero Shikamaru la jaló del brazo, deteniéndola.

—¡Shikamaru!

—No, no irás. Déjala.

—¡Pero estamos a tiempo de detenerla!

—¡Sakura no es un bebé Ino! —gritó, exasperado, y ella dio un respingo, sorprendida por su inusual actitud—. Sabe lo que hace, siempre supo qué hacer y cómo manejar a Sasuke, ¿o no lo recuerdas? —El shinobi supuso que no eran necesarias las aclaraciones, ambos sabían a qué se estaba refiriendo. Lentamente, liberó el brazo de su agarre, hasta convertirlo en un amistoso apretón—. Confía en ella.

Ino bufó irritada, echando a volar el flequillo de su frente, y se cruzó de brazos, aceptando a regañadientes la situación.

—Esto —dijo Shikamaru—, era inevitable.


Sakura era de él.

Lo fue así desde un principio, cuando ella aún era una niña tímida y miedosa que le robaba miradas en el aula, sentada en su pupitre, y él, recto e indiferente, fingía no advertir ese insólito color de cabello y ese par de ojos verdes, que resaltaban por sobre la vulgaridad general.

Lo confirmó al abandonar Konoha, cuando debió dormirla para poder marcharse sin mirar atrás. Había pasado más de una década desde aquello, y aunque el tiempo y sus mundos habían seguido su curso, ambos sabían que se habían quedado detenidos en esa despedida. Un algoritmo irresuelto, según Sakura; una deuda pendiente, para Sasuke.

Esto era, entonces, el comienzo de algo que desde el principio había sido inevitable.

El cuerpo de Sakura se estremeció una última vez, despidiendo la electricidad que la había apoderado. Un silencio profundo que le ensordeció los oídos; un golpeteo insistente en su pecho, y los ojos oscuros de Sasuke, flotando como un hechizo entre sus piernas abiertas.

Sasuke disfrutó en su nariz, una vez más, el aroma picante y salado de Sakura, y subió el camino de su estómago plano, besándolo, hasta llegar a su rostro. Con la luz mezquina que proyectaban los faroles de la calle, vio en sus ojos claros, ahora grises, nubes de excitación: había sido un espectáculo memorable, el del cuerpo de Sakura convulsionando bajo los juegos de sus dedos y de su lengua.

—Sasuke...—susurró, relamiéndose los labios.

Él sonrió, y la alzó con facilidad tomándola por la espalda. Estaba flácida y cansada, y lo lamentaba por ella, porque no pretendía que eso terminara allí. No, habían sido demasiados los instintos bajos que había contenido a lo largo de los últimos años, en el papel asumido de su superior, y de un buen amigo.

Ella se colgó de su cuello y abrazó su cadera con sus piernas. Sasuke recibió sus labios perezosos con una mueca burlona, porque parecía una muñeca de trapo, entregada a la voluntad de su portador. La alejó del escritorio, y los pies de Sakura tocaron nuevamente el piso.

Reparó en como él se detenía a observarla nuevamente, de pies a cabeza, tomándose su tiempo. Ahora comprendía lo que sentían sus pacientes cuando, desnudos, ella buscaba con ojo clínico protuberancias o manchas extrañas en sus cuerpos. Pero la forma en que la miraba Sasuke estaba muy lejos de ser profesional. La temperatura de su cuerpo no había siquiera llegado a enfriarse, cuando él comenzó a desvestirse.

Frente a sus ojos, apenas alumbrados por la luz que atravesaba los ventanales, Sakura vio como Sasuke se quitaba la camiseta y desataba el nudo del cordón de sus pantalones, sin un atisbo de duda. Sasuke era tan diferente a ella. Él se iba moviendo por el mundo con toda la seguridad sobre su cuerpo. Todos los movimientos que él hacía tenían su elegancia y poderosa atracción personal, que, a pesar de la costumbre, seguían produciendo en ella los mismos escalofríos que en la pubertad.

Sasuke quedó desnudo, y la mirada de Sakura se enfocó tozudamente en su barbilla, evitando que viaje hacia la erección prominente que parecía saludarla. Conteniendo la respiración, se avergonzó de su propia actitud, que aunque comprensible en cierto punto, no podía dejar de considerarla absurda, ridícula, y algo infantiloide.

«Que patética eres Sakura, tienes veinticinco años y eres médico», rumió, en su cabeza.

En su joven carrera como Iryō-nin, los cuerpos desnudos desfilaban frente a ella con la misma normalidad que el de una costurera con sus telas. Nada la sorprendía o la espantaba, inoculada como estaba a los cuerpos cincelados de los ninjas que pasaban por su consultorio. Pero con Sasuke nunca había sido lo mismo. Aun siendo ella su médica personal, aun sabiendo de memoria las cicatrices que marcaban su torso, habiendo palpado la anatomía maciza de sus hombros, o la rigidez de sus brazos, siempre era verlo como la primera vez.

—¿No eras médico Sakura? —él preguntó, destilando cinismo, y Sasuke se felicitó mentalmente cuando recibió de ella una mueca entre enojada y desafiante.

Sakura se acercó y lo besó en la boca, lentamente, madurando ese beso sosegado a un asalto de sus lenguas, y, escurriendo una mano titubeante a través de su estómago, tomó valentía y envolvió su virilidad con todos sus dedos. Sasuke respondió con un bajo silbido, y Sakura, fervorosa y deleitada por la dureza, el peso, y el calor de lo que tenía entre las manos, comenzó a acariciarlo. Oyó como la respiración de su compañero fue creciendo en intensidad, lo que le dijo que, a pesar de su inexperiencia, no lo estaba haciendo tan mal después de todo.

—Soy buena en anatomía, me dijeron. —le murmuró en un oído, procurando sonar segura y atrevida. Él sonrió y apoyó su frente sobre su hombro.

Sakura sintió en la comisura de sus labios, saliva, uno de los elementos más útiles en la tarea de dar placer a un hombre según Ino, y recordando los consejos que su amiga le daba (que ella consideraba inútiles por su condición de virgen eterna), dispuso su boca, su lengua, y sus rodillas a la tarea. Se mordió un labio y comenzó a hincarse, pero Sasuke la retuvo de los codos, y la volvió a poner de pie. Ella lo miró, extrañada.

—No —impuso. La tomó de los brazos y la giró, apoyando su espalda contra su pecho. La mano de Sasuke recorrió el vientre hasta su pubis, y la apretó contra él para que lo sintiera. Su vigorosa masculinidad hizo contacto con las curvas de sus nalgas, y él le susurró al oído, con urgencia, rozando el lóbulo de su oreja—. Ya no puedo esperar.

Sakura asintió febrilmente a su exigencia: ella tampoco quería más juegos, ya no podía cargar más con ese inmoral apetito por tenerlo. Este era Sasuke, un hombre, pero sobre todo un ninja, y como tal, pondría en ello la misma pasión que en un combate. Y ella quería estar a su altura: se deslizó sobre su espalda y se agachó, apoyándose sobre sus manos y rodillas. Esperándolo.

El Hokage tenía en su cabeza un revoltijo de olores, sabores, sonidos de su boca que lo volvían loco. Pero cuando la vio así, con todos sus secretos expuestos hacia él, un instinto animal, algo que provenía de su más profunda naturaleza, lo atravesó en el cuerpo. Así. Así era como la había deseado.

Allí estaba su precioso trasero, que tantos sueños calientes ella le había regalado sin sospecharlo, al mirarla casualmente e imaginar las formas que abrazaban sus pantalones. Su canoa desnuda ahora brillaba invitándolo a subirse. Sasuke rodeó con su mano su longitud, orgulloso por lo duro, palpitante y erecto que estaba. Sakura lo ponía así. Pasó una mano, lenta y suave, por la rosada delicadeza de su abertura; el tajo de una fruta, jugosa y abierta. Ella suspiró, y Sasuke se lubricó su punta, con los fluidos que de ella emanaban.

Esto era el paraíso.

Desde atrás, se acercó a ella y le rodeó la cintura. Sakura tembló, y Sasuke se preguntó cuánto deseo a punto de colapsar habían contenido, para que, con sólo un roce de sus dedos, su carne trémula se convirtiera en piel de gallina.

Acercó su pelvis a su trasero, y la longitud de él se cobijó en la hendidura entre sus nalgas. Él gruñó ante el contacto, y ella hizo un largo Oh, removiéndose contra él. El cuerpo de ella brillaba de sudor, como el de él, y se inclinó sobre su espalda, contorneándose a su columna vertebral, poniendo una mano sobre el piso para sostenerse.

Los ojos de Sasuke centellearon, y la boca hizo una sonrisa depredadora. Ahora era él quien jugaba con ella.

—Sakura —la llamó, y ella giró la cabeza para verlo. Lo suyo no era el lenguaje de palabras, y sin embargo… Ella sería siempre la excepción a todas las cosas— Fantaseaba con esto —continuó, y vio como sus ojos verdes se ampliaban de sorpresa. Él hizo un movimiento, y volvió a rozarla. Sakura gimió y volvió su cabeza, dejándola caer hacia el suelo— Despertarte en el medio de la noche. Despertarte, hacerte esto y mucho más.

Comenzó a entrar, y la barrera entre sus paredes le golpeó el cerebro. Sintió como ella se tensaba con un quejido de incomodidad. No era la mejor posición para iniciarse; ya tendrían tiempo para esa descarga casi animal.

—Sakura, date la vuelta.

Ella volteó. Un brillo de sudor le mojaba el cuerpo y en su mirada, uno de traviesa excitación. Hace unos días eran apenas dos viejos amigos que compartían una taza de té a dos brazos de distancia y ahora…

—Aquí.

Sakura interrumpió su cadena de pensamientos. La vio separar las rodillas, meter una mano en su intimidad, y separar sus deliciosos pliegues rosados para él. Las esquinas de sus labios salivaban con sólo verla.

—Ponlo aquí, Sasuke.

Esta mujer, iba llevarlo a la locura.

Se acomodó entre sus largas piernas, y abrazándose a su cadera hizo que su miembro acariciara su entrada, tentadoramente. Ella estaba húmedamente resbaladiza, tibia, y apenas podía contener la tentación de enterrarse en una estocada salvaje y desesperada. Bajó a besarla, porque a pesar de su actitud provocadora o traviesa, Sasuke aún hallaba en sus ojos un poco de miedo. La besó, largamente, y ella cerró los ojos, abrazándose a su cuello.

—Confío en ti. —Ella le cuchicheó, pasando una mano cariñosa sobre sus cabellos negros, y él obtuvo el permiso largamente esperado.

Sakura abrió los ojos cuando lo sintió, atravesándola. Era doloroso y cortante, pero al mismo tiempo quemaba, y el cerebro se le derritió al sentir el cuerpo de Sasuke sobre ella, avasallante, tan grande y tan inmenso, comprimiendo el suyo, moviéndose cautelosamente y con los dientes apretados, sacando un aire desflorado entre ellos. Su rostro perdió la monotonía diaria en gestos de placer contenido; sus ojos negros la miraban como si quisiera tragársela en el abismo de su iris. Gimió a pesar del dolor, porque el poder de lo que les estaba ocurriendo allí era tan magno, que enterraba el dolor y lo reemplazaba por lujuria y pasión corriendo por las venas.

No deseaba que él se reprimiera; rodeó con una pierna la cadera de Sasuke y este se precipitó sobre ella.

—¿Te gusta así, Sasuke-kun?

Lo usó. Usó esa forma tan inocente y candente de llamar su nombre, como cuando eran niños, y con eso, encendió el ultimo carbón que mantenía prendido el motor de su cuerpo, y la levantó de la cintura, la sentó sobre él, y comenzó a batir sus caderas contra las de ella. Hacía tiempo que de su garganta salían rugidos, ya no gemidos.

Sakura subió y bajó sus caderas, adolorida pero extasiada por la fricción, el calor y la mezcla de sonidos febriles, que ya no sabía a quién pertenecían. Los ojos verdes se posaron sobre los negros, y ella lo abrazó, lo besó, enterró su rostro en su cuello y con una embestida más, sintió como el mundo se perdía; pero también, el largo y caliente rugido de la garganta de Sasuke, mientras él entrelazaba sus dedos y se aferraba a su mano, bien fuerte.

"Quisiera darte todo lo que nunca hubieras tenido y ni aun así, sabrías la maravilla que es poder quererte."

Frida Kahlo


Notas de la autora:

Vamos por partes, diría Jack The Ripper.

Primero, mil disculpas por la demora en la actualización. No voy a detenerme a explicar las causas, ya que son varías, pero sobre todo, el bloqueo mental que tuve, y que aún arrastro.

Luego, muchísimas gracias por todos los reviews y mensajes privados que me enviaron con el último capítulo. De verdad, no me esperaba tal recepción y fue maravilloso leerlos. Muchas gracias.

Este capítulo va dedicado a la linda de Dulce, que siempre anda preocupada y ocupada por todas nosotras. ¡Feliz cumpleaños!

Y gracias Anita, por aguantarme.

Gracias por leer y seguir la historia, esperaré con muchas ganas sus comentarios.

Si la musa acompaña, nos estaremos viendo en la próxima actualización.

¡Abrazos!

Nadesiko-san