N/A: Me declaro total y absolutamente en contra del plagio o del robo de material de autor. Y del mismo modo, agradecería que aquellos que lo apoyan se desvinculen de mi trabajo.


20. Cómo sobrevivir al odio

¡INCARCEROUS!

¡IMPEDIMENTA! —exclamó Draco. De un empujón apartó a Hermione y levantó la varita de nuevo— ¡FUMOS! —Una nube de humo comenzó a salir de la punta de su varita, creando un muro infranqueable para la vista entre ellos y Theodore— ¡Corre! ¡CORRE! —gritó, empujándola hacia el interior oscuro de la selva.

Hermione comenzó a correr. Un zumbido de pánico inundaba sus oídos mientras Teddy lloraba entre sus brazos desconsoladamente, sin sonido. Las plantas de sus pies comenzaron a sangrar a causa de las pequeñas ramas y piedras que pisaba sin miramientos. En más de una ocasión sintió cómo sus tobillos se doblaban de manera grotesca al pisar una raíz o un desnivel del camino. Sin embargo, nada de eso impidió que siguiese corriendo. Escuchaba a Draco a su espalda, lanzando hechizos que pretendían protegerles mientras escapaban. Entonces, en medio de toda la confusión y el terror, su mente comenzó a funcionar, trazando senderos que conocían a la perfección pero que para alguien ajeno a la isla resultarían casi imposibles de seguir. Teddy lloraba mientras ella le apretaba contra su pecho y la respiración acelerada de Draco llegaba desde su espalda. Por algún motivo tenerle detrás le hacía sentirse extrañamente protegida, a pesar de que había hecho un lumos para evitar tropiezos y sabía que eso podía delatarles.

—¡Hacia la charca! —Le escuchó jadear a su espalda.

Torció a la derecha y, justo cuando iba a esquivar un tocón caído en el camino, un rayo rojizo atravesó el sendero, incendiando el árbol que había a su izquierda. Hermione emitió un grito ahogado y continuó corriendo, esquivando las llamas.

¡FIANTO DURI! —escuchó cómo Draco pronunciaba. Se giró y vio cómo el rubio desdibujaba una pantalla semitransparente en medio del camino y entre los árboles— ¡Vamos, vamos!

Hermione volvió a correr, con la mano de Draco a su espalda. Teddy no dejaba de llorar, mientras ella susurraba palabras de consuelo entre jadeos ahogados. Empezaba a sentir cómo su gemelo se resentía.

—¿POR QUÉ A LA CHAR…?

Un rayo amarillento impactó en medio del camino, creando un agujero a los pies de Hermione. Sin poder evitarlo y con un grito de sorpresa, tropezó y rodó por el mismo protegiendo a Teddy con sus brazos y piernas.

—¡HERMIONE!

Draco sintió la furia y el miedo trepar por su pecho. Aún más. Aún más que hacía un segundo, cuando la sangre se le congeló en las venas al ver a Hermione esquivar por un centímetro aquel hechizo, aún más que cuando Theo reveló sus verdaderas intenciones. Se giró sobre sí mismo y sintió que perdía la cabeza. De su boca empezaron a salir hechizos que hacía mucho que no escuchaba. Maldiciones de magia negra que había aprendido de los mejores. Los árboles comenzaban a quejarse a su alrededor, con sus ramas partidas y sus troncos astillándose. Una bola de fuego salió de su varita, volando con velocidad entre los árboles hasta estrellarse contra un tocón caído, impregnando de llamas los árboles cercanos. Estaba ahí. A un par de metros de ellos. No podía verle, pero le sentía.

—¡DRACO!

¡DIFFINDO! —exclamó, haciendo que una rama especialmente grande se partiese y cayese dividiendo el camino en dos, protegiéndoles de lo que se encontraba al otro lado.

Draco se giró y vio a Hermione en el fondo del agujero, le miraba con la mano tendida hacia él, llena de arena. Una brecha abierta sobre uno de sus ojos sangraba levemente por su sien. Giró la cabeza, desconfiando de dar la espalda al bosque, y se agachó para sacarla de allí.

—¿Por qué hace esto? —inquirió la chica cuando finalmente llegó a su lado.

Draco cogió aire y negó con la cabeza.

—No lo sé…

—Tenemos que escondernos. ¡O volver! Quizá podamos llegar al barco antes que él.

—No. No sabemos si habrá alguien esperándole —comentó en un susurro, agarrándola del brazo—. Tienes que ir hacia la charca. Cuando llegues, sigue un sendero que hay a la derecha hasta que te encuentres con una roca grande. Ahí gira a la izquierda hasta que llegues a un lago y espérame allí.

—¿QUÉ? —exclamó—. No, ¡NO! ¿Y tú? ¿Por qué no vienes con nosotros?

—¡NO HAY TIEMPO, HERMIONE! —bramó, empujándola hacia delante. La chica se giró, a un metro de él, con el rostro contraído por la indecisión—. Le entretendré y luego iré con vosotros.

—Pero…

—¿Draco Malfoy arriesgando su vida por una sangre sucia?

Draco sintió cómo el bello de su nuca se erizaba. La voz de Theo se expandía entre los árboles, como un susurro que naciese de la propia selva. El recuerdo del mismo hechizo en Hogwarts le generó una sensación de pavor que pesó sobre su estómago como una roca puntiaguda.

—¡Corre! —susurró. Hermione cogió aire mirándole y finalmente se giró, desapareciendo entre las sombras de la noche.

El pavor aumentó, casi impulsándole a correr detrás de ella. Pero en su lugar cogió aire y se giró, mirando a su alrededor en busca del que una vez fue su compañero de habitación.

—¿Qué quieres de nosotros, Nott? —preguntó elevando la voz, con rabia— ¿Por qué haces esto? —El silencio le rodeó, lo que aumentó su miedo—. Fuiste tú el que hundió ese barco, ¿no es así? —Probó de nuevo, entrecerrando los ojos para intentar ver entre las sombras—. Y ahora has venido hasta aquí buscándonos para matarnos. ¿Por qué? Siempre te mantuviste al margen. Ni si quiera tu padre apoyaba la violencia…

—¿Te atreves a hablar de mi padre, Malfoy? —Draco se giró con rapidez, levantando la varita. Theo estaba entre dos árboles, mirándole con seriedad. Su falso semblante simpático y alegre había desaparecido, dejando paso a un odio inhumano que desfiguraba sus facciones. Draco jamás había visto algo más allá de indiferencia o hastío en la cara de su compañero de casa; alguna que otra vez, incluso, había detectado cierta vena de condescendencia y repugnancia en sus ojos claros, dirigida a él y a la crueldad que le había dominado durante su época en Hogwarts. Theodore Nott siempre había sido correcto, con una ética fastidiosamente intachable que le había mantenido alejado de todos los demás—. Precisamente tú, ¿te atreves a hablar de él? —La incomprensión brotó entrecerrando sus ojos, lo que pareció enfurecerle—. Ni si quiera lo recuerdas ¿verdad? Ni si quiera recuerdas que fuiste tú el que le mató —Draco cogió aire, dando un paso atrás— ¡TÚ MATASTE A MI PADRE! Ni el Señor Oscuro, ni los estúpidos de la Órden, ¡TÚ! El niñato imbécil que en el último momento sintió remordimientos y decidió desviar las maldiciones de su propio bando. ¡TÚ HICISTE QUE MI PADRE MURIESE CON TAL DE SALVARLA A ELLA!

Un recuerdo acudió a la mente de Draco. Era de la Batalla de Hogwarts, después de salir de la Sala de los Menesteres. Después de que Potter, Weasley y Hermione le salvasen el pellejo. Se había quedado a un lado, espectador de todo lo que pasaba, sin saber qué hacer, cuando lo vio. Vio a Rookwood apuntar al otro lado de la sala, donde Weasley y Granger corrían esquivando escombros que habían caído a causa de las maldiciones. Vio, en cámara lenta, sus labios moverse pronunciando la maldición asesina y, antes si quiera de preguntarse por qué, levantó la varita y desvío el hechizo. Sus ojos siguieron el camino de sus dos enemigos de la infancia, que se escabulleron por una de las escaleras que conducía a las mazmorras, perdiéndose el destino final de aquella maldición. Jamás le había contado aquello a nadie y pensaba que nunca nadie sabría que, gracias a él, Granger y Weasley seguían vivos.

—¿Estás haciendo memoria? —inquirió suavizando la voz pero otorgando un matiz aterciopelado que ocultaba aún más peligro.

—Oye, Nott… todo esto es un gran malentendido.

—Ah… El gran Draco Malfoy, príncipe de Slytherin, azote de los hijos de muggles y sangre sucias de Hogwarts. Mírate… —silabeó con burla, señalándole—. Has pasado unas vacaciones rebozándote con la hija de muggles más odiada del mundo mágico y ahora intentas parecer razonable —escupió, acercándose a él. Draco pudo ver, a través del reflejo de la luna, sus rasgos constreñidos por la ira contenida—. Pero a mí no me engañas. Debajo de ese aspecto mugroso sigue estando el asesino de mi padre.

—¡Yo no sabía que ese hechizo iba a matarle! —exclamó, observando su alrededor en busca de una salida en caso de que todo se complicase.

—¡ESO NO IMPORTA! Yo me cuidé de participar en toda esa basura. Me mantuve alejado, ignorando vuestras miradas de superioridad, prefiriendo la humillación a la implicación en todo aquello —explicó caminando en un círculo que Draco se apresuró a seguir—. Pero mi padre no podía alejarse de ellos. Lo intentó, incluso arriesgó su vida tratando de escapar. ¡Entonces cuando estábamos a punto de lograrlo, de acabar con todo, tu conciencia te reconcomió y le mataste a él! ¡A ÉL! ¡A LA ÚNICA PERSONA ÍNTEGRA DE VERDAD! ¡A LA ÚNICA PERSONA QUE QUERÍA!

Draco se estremeció al escuchar el dolor aterido de su voz. Las esquinas de cada sílaba crujían bajo el peso de su sufrimiento, un sufrimiento negro y supurante, acumulado debajo de la piel blanca e impoluta.

—¡YO NO LE MATÉ! —gritó, resistiéndose a sus intentos por hacerle sentir culpable— Yo no lancé ese hechizo, fue Rookwood.

—¡SÍ, LO HICISTE! —bramó, y chispas verdosas y azuladas escaparon de su varita. Las copas de los árboles comenzaron a moverse al ritmo de un viento ajeno a la isla. Draco cogió aire y se dijo que ya no había vuelta atrás.

—Has matado a miles de personas. Hundiste ese barco en el que había niños y mujeres inocentes, Nott, y todo para vengar la muerte de tu padre conmigo, aun cuando sabes que no fue mi culpa —Theodore levantó aún más la varita—. Yo creía que eras diferente. Te odiaba por ser capaz de mantenerte al margen. Y ahora estás haciendo esto… pretendes continuar con ello. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matarnos a los tres? ¿A Granger por haberse salvado en lugar de tu padre? ¿Al niño? Es sólo un bebé.

Una sonrisa sibilina titiló en la boca de Theodore, que le miraba fijamente. Sus ojos, negros por la oscuridad reinante, parecían contener todo el odio del planeta.

—¿Te has enamorado, Malfoy? —Se burló, entrecerrando los ojos— ¿Acaso ahora crees que ellos son tu familia? —inquirió con maldad—. Porque tu familia está en Azkaban y ha hecho todo lo posible por ayudarme a encontrarte para matarte. Todo el mundo te odia: Zabini, Parkinson, tus padres… ¿No tienes a nadie y por eso vas a refugiarte en los brazos de la amiga de Potter y el hijo de un hombre lobo y una traidora a la sangre?

Draco levantó la barbilla, sintiendo cómo su corazón temblaba ante la mención de la gente a la que más había querido. Pero entonces pensó en Teddy, en sus manos diminutas acariciándole la cara, en el olor de su pelo cuando dormía, en sus algarabías sin sentido que le hacían sonreír. Y luego pensó en ella. Pensó en Hermione, en su pelo enmarañado y en sus ojos chispeantes. En el sonido de sus carcajadas cuando le hacía cosquillas y de sus gemidos cuando le hacía el amor. Sí. El amor. Y asintió.

—Sí.

—Entonces… —susurró, desdibujando una sonrisa tenebrosa que le cristalizó la sangre en las venas—, los mataré a ellos primero. ¡OPPUGNO!

Un gemido salió de la garganta de Draco cuando los cocos de un cocotero cercano se lanzaron a por él con furia. Se tiró al suelo, perdiendo el aliento cuando una piedra se le clavó en el costado, y giró, huyendo de los golpes secos de los cocos escondiéndose tras un seto.

¡BOMBARDA! —exclamó, sin saber muy bien a dónde apuntaba mientras se levantaba ganando tiempo.

—¡No tienes dónde esconderte!

Draco intentó regular su respiración, mirando a la oscuridad que le rodeaba. Necesitaba encontrar una salida. Trazar un plan que le permitiese distraerle el tiempo suficiente como para llegar hasta Hermione y Teddy. Se agazapó intentando alejarse del camino. En medio de la selva él tendría más oportunidades.

¡Homenun Revelio!

Unas chispas rojizas se crearon justo sobre su cabeza y salieron disparadas hacia el cielo, marcando su posición. Draco gruñó y conjuró un escudo justo cuando un rayo anaranjado iba a impactar contra él. Tenía que distraerle. Tenía que impedir que pudiese ir tras él.

—SAL DE AHÍ, MALFOY, ¡ENFRÉNTATE A MÍ! —Le escuchó bramar encolerizado.

Cogió aire, cerrando los ojos, y contó hasta tres. Entonces se decidió. Necesitaba ganar tiempo, noquearle o desarmarle, para poder llevar a cabo la mierda de plan que tenía en mente. No podía escapar sin que el jodido maníaco en el que se había convertido el antiguo Theodore Nott, callado y tímido, le persiguiese, poniendo en peligro a Hermione y a Teddy. Y sabía, en lo más profundo de ese pecho que una vez creyó vacío de todo, que jamás permitiría que algo les sucediese.

Dando un par de pasos, se puso a la vista de Theodore, que sonrió con una llamarada de victoria iluminando sus ojos.

—Aquí me tienes, Nott. Terminemos de una jodida vez con esto.

-O-

Harry observó con el ceño fruncido a Daphne. La recordaba de Hogwarts. Era una chica guapa sin ser llamativa. Solía esconderse detrás de su melena oscura, sonriendo cada vez que alguien se dirigía a ella, apartada del resto de los Slytherins que siempre iban a la cabeza. Y aun así, jamás había pensado que fuese diferente a ellos.

—La señorita Greengrass vino hace unas horas preocupada por algunas cosas que están pasando en su casa, ¿no es cierto? —comenzó Shacklebolt, animándola a hablar.

Pudo ver el titubeo en la garganta de la chica casi como si fuese él mismo el que estuviese delatando a su familia. La observó mirar a Robards, que asintió con la cabeza con una sonrisa de aliento, y entonces cogió aire.

—Creo que mis padres y mi hermana están preparando la vuelta de Lor… de Quien-vosotros-sabéis —Se corrigió con rapidez.

Harry miró a Ron, notando que una oleada fría empezaba a recorrerle.

—¿Cómo que están…

—De momento no sabemos nada más, Harry. Estamos intentando sacar algo en claro de todo esto —intervino el señor Weasley, sentado en una de las butacas frente al escritorio de Shacklebolt. En la otra estaba Digley y detrás de él, cruzado de brazos, estaba Charlie. Ron le miraba con sorpresa y gesticulaba intentando preguntarle a su hermano qué demonios estaba haciendo allí, pero el pelirrojo sólo sonrió y miró hacia Robards, que había comenzado a hablar.

—La señorita Greengrass me ha dicho que recuerda una ocasión en la que Blaise Zabini y su hermana intercambiaron una mirada extraña en la sala de visitas de Azkaban. Davies ya está solicitando el registro de visitas de los últimos meses. Quizá podamos comprobar de ese modo si hay alguna conexión entre ellos.

Shacklebolt asintió, mirándose las manos, pensativo. Cogió aire, preparándose para decir algo, cuando otra persona cruzó la antesala y traspasó el umbral de la puerta, provocando que Sherly se levantase de su sitio y la cerrase, dispuesta a no permitir que nadie más se saltase su control de acceso.

—Buenos días a todos —saludó Rubenstein entrando en la sala acalorado, con las mejillas rojas y un par de mechones de pelo fino húmedos por el sudor—. Los padres de Parkinson nos han contado muchas cosas interesantes, señor Ministro —Se acercó hasta el escritorio y posó sobre él una carpeta marrón—. Parece ser que había rumores de todo esto en las altas esferas. He apuntado algunos nombres de familias sangre pura a las que podemos llamar a declarar.

—Esperad… —masculló Harry, sintiéndose perdido en todo aquello— ¿Traer de vuelta a Voldemort?

Shalcklebolt levantó una mano frenando el descontrol que empezaba a levantarse entre los presentes, que mantuvieron silencio. Harry, sin entender nada pero comenzando a hacerse una idea general de la gravedad de todo aquello, observó cómo Daphne se frotaba las manos con preocupación, mirando con el ceño fruncido a Robards.

—Está claro que tenemos que seguir investigando y reuniendo información, pero creo que debemos priorizar algunas cosas —Cogió aire y miró a Daphne, adoptando una sonrisa cálida—. Señorita Greengrass, le doy las gracias de parte de toda la nación mágica por haber tenido el valor de venir a contarnos lo que le preocupaba. Sé que ha debido resultarle muy difícil. Sin su ayuda jamás habríamos podido llegar a comprender la magnitud de lo que sucede. Es usted una muchacha asombrosa y valiente. Nos ha enseñado que siempre habrá esperanza mientras haya personas que sepan escoger lo correcto —Daphne agachó la cabeza, sonrojada, y dio las gracias en un murmullo—. Ahora puede retirarse a descansar. Los aurores la llevarán a un lugar seguro.

Robards la agarró suavemente de un codo y le indicó en voz baja que le siguiese. Ambos desaparecieron tras la puerta, que volvió a cerrarse en cuanto hubieron salido por ella.

Shacklebolt sacó la varita y apuntó a la misma. Un velo azulado se esparció como agua por la madera. Harry supuso que habría insonorizado o cerrado el despacho como precaución.

—Ahora es momento de poner en orden toda la información que nos ha ido llegando a lo largo del día —anunció, sentándose de nuevo. Con una mano indicó a Rubenstein que podía comenzar.

—La señorita Greengrass nos ha proporcionado una fuente de información inestimable. Gracias a ella hemos procedido a la detención de Ifigenia y Astoria Greengrass, su madre y hermana, que se han negado a colaborar sin presencia de su defensor legal. Estamos a la espera de que llegue para poder continuar con el interrogatorio —explicó, abriendo una carpeta y señalando con la varita dos fotografías: la de una mujer elegante y menuda y la de una chiquilla joven con ojos cristalinos. Las fotos levitaron manteniéndose juntas justo a un lado de los presentes —. Además, ha proporcionado el nombre de algunos reclusos de Azkaban, entre ellos su padre, que sospecha que podrían estar colaborando con su familia —Otras cuantas fotografías de hombres con el pijama rayado de la cárcel mágica, sosteniendo su número de identificación, volaron colocándose debajo de las otras dos. Todas menos la de un hombre con aspecto desvencijado pero gesto decidido, que se colocó a su lado. Harry supuso que sería el señor Greengrass, el padre de Daphne—. Por otro lado, la memoria de la señorita Pansy Parkinson nos ha mostrado que Blaise Zabini está buscando al señor Malfoy por algún tipo de venganza personal, y está usando magia negra muy avanzada para ello. No tiene reparos en hacer lo que sea para conseguirlo —La foto de un simpático y apuesto Zabini voló hasta colocarse a un palmo de distancia de la de Astoria. Luego otra foto de un Malfoy petulante y serio se situó en el centro de todo aquello—. Lo único que nos faltaba era una unión entre Zabini y la familia Greengrass, pero, según me acaban de informar, la señorita Daphne ha recordado un comportamiento extraño entre ambos en una de las visitas a Azkaban. Aún no tenemos pruebas fehacientes de ello pero en cuanto tengamos el registro de visitas podremos ver si hay algo que nos indique que está en lo cierto —finalizó. Apuntando a la mesa, el dibujo que una vez Harry y Neville vieron de Colmillo voló colocándose mucho más apartado del resto, en la periferia de un círculo que a Harry le provocaba escalofríos—. Hay muchas cosas que nos faltan por saber. Una de ellas es si la señorita Granger y el pequeño Ted Lupin tienen algo que ver en todo esto o si sólo fueron un daño colateral —Una foto de una sonriente Hermione y otra de un bebé haciendo pucheros a la cámara, volaron colocándose al otro lado del círculo.

Shacklebolt asintió y entonces se giró hacia Harry y Ron. Ron le dio un codazo disimulado y Harry titubeó un momento, antes de carraspear intentando apartar de su cabeza la marabunta de información surrealista que acababan de lanzarle.

—Colmillo nos ha dicho que Zabini fue a verle cuando ya estaba enterizado. Sólo fue a verle esa vez, y fue para pedirle el hechizo localizador. Al parecer alguien ya le había dado antes un hechizo muy poderoso que fue el que le hizo perder la cabeza.

—Si eso es cierto, para que un hechizo afecte así a una persona sólo puede significar que implica magia muy negra y muy potente, seguramente con multitud de muertos —intervino el señor Weasley.

—Exacto. Sólo puede ser el hundimiento del barco —insistió Harry.

—En ese caso la opción de que Zabini no trabaja solo cobra más fuerza y el hecho de que pueda ser el ejecutor de todo el entramado que hay detrás tiene más sentido —masculló Digley, mirando a Shacklebolt—. Pero seguimos sin saber el papel que juega en todo esto la señorita Granger y el niño.

—Colmillo nos dijo algo… —masculló Harry mirando a Ron— Nos dio a entender que la persona que le había pedido el hechizo para hundir el barco le había pedido algo más y que necesitaba a Hermione y a Malfoy para ello.

—Y luego dijo eso de que ellos no permitirían que se cruzase la línea —masculló Ron, abriendo los ojos—. Quizá estaba hablando sobre traer a Voldemort de vuelta, ¿no?

El Primer Ministro asintió, pensativo.

—¿Cuándo podremos tener información fiable, Erick?

—Estamos esperando que el Wizengamot nos proporcione las Órdenes de la Verdad para proceder con el veritaserum, al menos en los mayores de edad —respondió Rubenstein—. Calculamos que para finales de la semana que viene podrán estar listas. Sin embargo, según Daphne Greengrass, lo que sea que están preparando tendrá lugar ese fin de semana, por lo que iríamos muy justos de tiempo. Ya sabe cómo se ponen desde el Tribunal cuando intentamos meterles prisa…

Harry observó a Rubenstein y luego miró a Shaklebolt. No podía ser que se quedasen de brazos cruzados. Si necesitaban esos permisos, entonces que los consiguiesen.

—¿Lo que están preparando? —inquirió Ron a su lado, cada vez con más cara de sorpresa.

Harry le miró, en silencio. Él tampoco podía creer que, lo que en un momento habían considerado un simple atentado o un accidente en el cual había desaparecido su mejor amiga y su ahijado, se hubiese convertido en la parte más superficial de una operación que tenía como posible finalidad hacer retornar a Voldemort.

—La señorita Greengrass nos ha hablado de una fecha que su hermana y su padre nombraron en una de sus visitas a Azkaban.

—¿Qué fecha? —preguntó Harry.

—La noche de Guy Fawkes. El día 5 de Noviembre.

—¿Por qué esa noche? Guy Fawkes es una celebración muggle, ¿no es así?

—Bueno, los muggles celebran el fracaso de un atentado contra el palacio de Westminster por parte de una facción católica. La realidad es que hubo una revolución de los Walpurgis, magos de la época cansados de la caza de brujas a las que los sometían. La Noche de las Hogueras o, como muchos la llaman, la Noche de la Conspiración de la Pólvora no fue más que una batalla entre los magos conservadores y las autoridades muggles contra los magos revolucionarios — explicó el señor Weasley—. Pero lo más importante de todo es que en la noche de Guy Fawkes se reúnen miles de muggles en el centro de Londres.

Harry y Ron se miraron, confusos.

—¿Y qué importa eso?

Rubenstein les miró con seriedad.

—Creemos que, como con la Aurora Blanca, la muerte de miles de personas es parte del ritual que quieren llevar a cabo.

Harry miró a Shacklebolt en busca de una explicación más extensa.

—Es posible que el hundimiento de la Aurora Blanca fuese un simulacro o el intento de llevar a cabo ese plan que tienen entre manos, pero que, por algún motivo, falló. Y creemos que el motivo es que la señorita Granger, el señor Malfoy y el pequeño Lupin sobrevivieron, o al menos el señor Malfoy. Por qué necesitaban que precisamente ellos muriesen en el hundimiento es algo que aún no sabemos —Se apresuró a aclarar, viendo la intención de Harry de soltar un montón de preguntas que saciasen su curiosidad.

—Entonces… —comenzó el señor Weasley rascándose la barbilla—, podríamos sacar una teoría de todo esto —masculló, levantando la cabeza y mirando a Rubenstein—. Podríamos decir que desde hace tiempo se viene gestando en las altas esferas un plan para, posiblemente, devolver a la vida a Voldemort —pronunció con decisión—. No sabemos exactamente cómo, pero sí que es posible que el hechizo para hacerlo haya sido proporcionado por Colmillo y que implique, de algún modo, la muerte de miles de muggles, de Malfoy y, posiblemente, de Hermione y Teddy —Todos los presentes le observaban en silencio, procesando sus palabras—. Y, según parece, ese chico… Blaise Zabini, es el que ha sido la mano ejecutora de todo esto. Hizo un primer intento con La Aurora Blanca y fracasó porque, creemos, Malfoy, Hermione y Teddy sobrevivieron. Luego utilizó a la señorita Parkinson para encontrarlos de nuevo, al menos a Malfoy, y ahora que sabe dónde está planea ir a por él, traerle a Londres y realizar otra masacre.

El silencio se expandió por la sala mientras Harry, con el ceño fruncido, observaba sus cordones desatados. Si eso era así, significaba que habían estado a punto de hacer que Voldemort regresase. Un escalofrío bajó por su columna, repitiendo un mantra de pánico que suplicaba para que aquello no fuese así. Todas sus pesadillas, todo el pasado que creía haber dejado atrás, las muertes, el miedo… Tenían que evitarlo. Como fuese. Ya no se trataba únicamente de encontrar a su mejor amiga, sino de evitar que la mayor amenaza del mundo mágico regresase. Una chispa de energía prendió en su pecho, seguramente encendida a causa del pavor que comenzaba a erizar su piel. Si era cierto que Hermione, Teddy y Malfoy eran necesarios y por eso seguían buscándoles, ellos tenían que encontrarlos antes que Zabini. Y podían conseguirlo porque poseían algo que podría evitar cualquier desenlace fatal: la localización de Malfoy.

—Pero nosotros tenemos el mapa —bramó, excitado, rompiendo el silencio—. El señor Digley hizo una copia del resultado del hechizo localizador que hizo Zabini. Sabemos dónde está Malfoy y es posible que Hermione y Teddy estén con él. Tenemos que darnos prisa antes de que él llegue a ellos. Tenemos que ponernos ya en marcha o si no podrán hacer lo que sea que están preparando.

—Hay un problema, Harry —intervino Charlie. Todos los presentes se giraron hacia el hombre fornido, con las manos apergaminadas de viejas quemaduras y la cara repleta de pecas.

Shacklebolt hizo un gesto hacia Digley que, abriendo la solapa de su túnica mostaza, extrajo la cartera de cuero de la que hizo levitar la pequeña imagen en negativo del mapa. Dándole un toque, esta se amplió lo suficiente como para que todos pudiesen apreciar los detalles. Charlie caminó hasta situarse en lo que, con un círculo negro, marcaba el punto donde el hechizo había indicado que Malfoy se encontraba.

—No hay nada… —masculló Ron, frunciendo el ceño.

Harry tuvo que acercarse para poder estar seguro de lo que veían sus ojos. El círculo no rodeaba nada. Ni una isla, ni una península. Sólo marcaba un lugar en medio del basto océano.

—Sí que hay. Justo ahí está la Insûla Balaur. O lo que en rumano quiere decir Isla Dragón —explicó el chico con gesto amable—. Rumanía ocultó la isla hace ya algunos siglos de ojos indiscretos. Era un lugar de observación natural de las especies de dragón que iban descubriendo, la primera fase de los proyectos de estudio. Sin embargo, hace ya más de 50 años que fue abandonada después de que una de las especies de dragón más peligrosas jamás encontrada se escapase a su control. Los hechizos de ocultación y las barreras protectoras para impedir que saliesen al exterior siguen intactos, lo que explicaría que no os percataseis de ella cuando sobrevolabais la zona.

—¿Estás diciendo que puede que Hermione y Teddy estén en esa isla con Malfoy y un montón de dragones tan peligrosos que ni si quiera vosotros pudisteis controlarlos? —preguntó Ron con incredulidad.

Charlie sonrió de medio lado, metiéndose las manos en los bolsillos.

—Exacto.

-O-

Llevaba al menos media hora agazapada entre dos troncos en la oscuridad de la noche. Casi había perdido la cordura al verse incapaz de lograr que Teddy dejase de llorar, asustado por su pulso acelerado y la tensión de su cuerpo. Su mente pensaba a una velocidad escalofriante, dando vueltas por la misma solución una y otra vez: no podía ayudarle. Por más que quisiese, por más que su mente idease el plan perfecto, no tenía varita y era inútil, una carga para él.

Y eso sólo le hacía sentirse más asustada. Ni si quiera podía acercarse, ir a ver si estaba bien, porque tenía a Teddy y debía protegerle. Se notaba lívida, con los nervios colgando de sus dedos paralizados, los ojos abiertos y expectantes, escuchando por si conseguía distinguir algo que le dijese que estaba bien, que estaba vivo, que no la había dejado sola.

De pronto, un bramido escalofriante la sobresaltó, encogiéndose más en el suelo y apretando a Teddy contra su pecho. Parecía el bufido o el grito desesperado de algo… de un animal. Lo primero que Hermione pensó fue que, a todo aquel caos, a aquella amenaza aparecida de la nada, se le sumaría la persecución de un animal salvaje y furioso. Pero, volviendo a escuchar el sonido, que sin lugar a dudas no provenía de un animal pequeño, recordó lo que Draco le había dicho. Que fuese hasta allí, precisamente al lago que estaba a escasos metros de ella y de donde parecía provenir el bramido. Y una idea alocada le cruzó por la mente.

Tragó saliva y se levantó, escuchando el crujir furioso de algo pesado golpeando la tierra. Podía sentir la vibración del suelo a medida que se aproximaba al origen del escándalo. Entonces, entre los troncos retorcidos y cubiertos de musgo, lo vio.

El dragón era exactamente como lo recordaba. El verdor de sus escamas dejaba escapar fulgores que se disparaban a todas partes como esquirlas, mientras un humo que exudaba azufre se esparcía por el claro empotrado en el acantilado de piedra en el que estaba encerrado. Porque lo estaba. Pudo ver cómo se esforzaba por salir de allí, estrellándose una y otra vez contra la pared invisible que se desdibujaba después de la primera fila de árboles. Hermione frunció el ceño con curiosidad cuando vio su desesperación, una profunda desesperación por ir al lugar en el que, casi imperceptiblemente, la luna iluminaba con frialdad el humo que ascendía desde los árboles que estaban en llamas. Algo le dijo que ese dragón quería ir a buscar a Draco porque intuía que estaba en peligro.

Una emoción extraña subió por su pecho y le impulsó a dar un par de pasos hacia delante. Y entonces él se quedó quieto, con la cabeza levantada alerta y los ojos amarillos brillando oscuros bajo el velo de la noche. Teddy, ya libre del hechizo silenciador, emitió un gemido contenido que hizo que Tragón enfocase su vista directamente a la zona en la que ellos se encontraban. Hermione se quedó quieta, asustada, pero entonces el dragón olfateó el aire y sacó la lengua, como lamiendo cuidadosamente lo que este le traía.

Respiró profundamente, diciéndose que no tenía nada que temer. Siempre y cuando no atravesase el muro transparente que lo mantenía preso, estaría a salvo. Dando un par de pasos se puso a la vista del animal, que bufó amenazadoramente, retirando hacia atrás la piel del morro para dejar a la vista unos dientes blanquecinos y una mirada rasgada. Entonces Teddy volvió a emitir un ruido de jolgorio y el dragón cambió su posición a una cauta y curiosa. Se acercó lentamente a ellos, olfateando, y cuando llegó a la barrera invisible se quedó allí, con la cabeza gacha a la altura de su pecho, a tan sólo medio metro de ella. Hermione avanzó un par de pequeños pasos, reduciendo la distancia aún más. Como en un baile ceremonial, Tragón retrocedió a su vez un poco, pero luego volvió a acercarse, esta vez a tan sólo unos centímetros, separados por la barrera. Una tensión silenciosa se cernía en torno a su hocico, curioso y asustado, y a las manos temblorosas de Hermione, que poco a poco iba trazando un plan estúpido y arriesgado que no sabía si sería posible de llevar a cabo.

Pero Teddy, ajeno en su inocencia al ritual de acercamiento, estiró la mano, traspasó la barrera y, antes de que Hermione pudiese hacer nada para evitarlo, la posó sobre el morro escarlata. Hermione estuvo a punto de alejarse con velocidad, pero cuando vio cómo el animal relajaba la tirantez de su piel escamosa y ladeaba el morro, sacando con timidez la lengua rugosa y ennegrecida para acariciar sus dedos diminutos, lo entendió.

—Draco está en peligro —anunció, con decisión, mirándole a los ojos—. Tenemos que ayudarle.

El animal la observó un segundo y luego, como poseído por una oleada de pavor e ira, bufó al aire, levantándose sobre sus patas traseras para bramar al cielo mirando hacia el lugar en el que el humo seguía ascendiendo.

Hermione respiró hasta cuatro veces, diciéndose que confiase en Draco y en ese animal con aspecto feroz y asesino, antes de dar un paso y traspasar la barrera. Tragón volvió a posarse sobre sus cuatro patas, respirando nervioso, y ella, con lentitud, se acercó hasta posar una mano en su lomo endurecido. El animal siguió mirando al frente, paralizado entre el miedo y la desconfianza. Por eso, antes de darle tiempo para pensárselo, se deshizo como pudo el nudo del pareo, retirándolo de su cintura, y lo ató para afianzarlo en una bandolera que pudiese soportar el peso de Teddy. Le colocó firmemente apretado contra su pecho y, sin pensarlo demasiado, agarró con fuerza una de las escamas de su espina dorsal y se impulsó para subirse a su lomo.

Confiaba en que funcionase. Confiaba en haber interpretado bien todo, en que Draco hubiese hecho exactamente lo que ella habría hecho si quisiese mantener encerrado a un animal. Así que, tras besar la cabeza de Teddy, que se removía inquieto contra ella, se agachó sobre el cuello de Tragón y cerró los ojos.

—Adelante.

Y no necesitó decirlo dos veces, porque Tragón sabía exactamente lo que quería. Se levantó sobre sus patas traseras estirando las alas con majestuosidad y comenzó a batirlas con fuerza. Hermione arrugó el gesto cuando sus muslos se rozaron con el filo de las escamas al escurrirse un par de centímetros hacia atrás. Apretó aún más las piernas sobre su piel y se agarró con desesperación a las escamas dorsales. Nunca le había gustado demasiado volar en escoba, pero aquello…

Cuando se separaron del suelo Hermione emitió un chillido que cabalgaba entre la excitación y el terror absoluto. Siempre había tenido miedo a las alturas. Entonces, antes de poder si quiera prepararse para ello, Tragón se impulsó con las patas traseras hacia delante y traspasaron la barrera sin un solo contratiempo.

—¡SI! —exclamó contaminada por una oleada de adrenalina.

Draco había usado un hechizo que impedía a los animales que saliesen del lugar acotado, pero no a los humanos. Ni a los animales acompañados por humanos.

Se apretó fuertemente contra su cuerpo, permitiendo que el aire frío de la noche la recorriese, buscando el lugar en el que podría encontrar a Draco.

Quizá no tuviese varita, pero tenía un dragón.

-O-

Supo que moriría. Lo supo cómo se sabe que si llueve, te mojarás. Y por primera vez tuvo miedo, pero no por sí mismo. No podía dejar de ver la imagen de ese cabronazo matándole para luego ir a por Hermione y Teddy. Y eso estaba empezando a desquiciarle y a oprimirle el pecho a partes iguales.

Sí, él era bueno en hechizos. Era el mejor de su casa en Defensa Contra las Artes Oscuras, en Pociones y Encantamientos, pero nada le había preparado para despertarse en mitad de la noche después de tres meses de sol y agua —y todo un libreto dramático sobre relaciones sentimentales— para enfrentarse a un antiguo compañero que había intentado matarle una vez y que, repleto del odio más oscuro y ancestral, estaba decidido a intentarlo de nuevo. Y de momento podría jurar que la balanza se inclinaba vertiginosamente en su contra.

Ni el pavor ni la desesperación se acercaban si quiera a la determinación que Theodore mostraba por matarle. No podía hacer más que defenderse, utilizando todos los hechizos que conocía, sin tener tiempo para atacar. Su ex compañero mostraba una habilidad que jamás hubiese imaginado, se deshacía en hechizos demasiado complicados si quiera como para predecir su efecto, le seguía funesta y concienzudamente, haciéndole recular.

De pronto, una piedra se interpuso haciéndole tropezar. Con el sudor resbalando por la nariz y una bocanada de pánico subiendo como espuma por su pecho, rodó intentando evitar quedarse en un punto donde pudiese arremeter contra él. Pero sabía que era inútil. Estaba vendido, expuesto, y en lo único que pudo pensar en ese momento fue en lo injusto que era terminar así justo cuando había encontrado el modo de redimirse.

Theodore se acercó a él sigiloso y agresivo, con una sonrisa, mientras Draco trataba de ponerse en pie.

¡Levicorpus!

Una fuerza invisible tiró de su tobillo, poniéndole boca abajo y provocando que se golpease la sien contra un tronco caído en el suelo. Un mareo inestable y una desagradable sensación de nausea le recorrió cuando se encontró colgando de la nada.

—¿Ya has tenido suficiente? —exclamó, acercándose a él después de haber pronunciado un expeliarmus que Draco no pudo esquivar.

Empezaba a sentir cómo la sangre se agolpaba en su cabeza, quitándole la capacidad de moverse o pensar. Sólo cerrando los ojos aliviaba mínimamente el mareo que luchaba por dominarle, mientras en su mente imágenes de Hermione sin varita frente a Theodore le producían arcadas. Todo aquello. La muerte de cientos de personas, el sufrimiento de Hermione, de Teddy, el suyo propio. Meses sin tener nada más que harapos, el hambre, los lloros. Todo era producto de aquel chico callado y amable que había dormido a su lado durante siete años.

Pero todo eso también había traído las risas, los besos, a Teddy buscándole en medio de la noche, a Hermione abrazada a él como si no hubiese nada más.

Porque durante aquel tiempo no lo había habido. Durante aquel tiempo, perdidos del mundo, solos, cuando ya no les quedaba nada, es cuando lo habían encontrado todo.

Y no pensaba perderlo ahora.

Apretó los dientes y se balanceó hacia atrás, cogiendo impulso para incorporarse en el aire y rebajar la tensión de su cabeza. Un par de carcajadas llegaron hasta sus oídos cuando su primer intento se vio frustrado.

—Te juro que vas a pagar lo que le hiciste, Malfoy —gruñó con rabia entre dientes—: Crucio.

Miles de cuchillos le cortaron la respiración, que escapó entre sus dientes como humo. Y aun así gritó. Sin un ápice de oxígeno en su cuerpo, aulló a la arena que le había caldeado los pies, la misma arena sobre la que había besado a Hermione, sobre la que se había hundido en ella por primera vez, sintiéndose en casa. Gritó sintiendo cómo la presión de su sangre empujaba sobre las cuencas de sus ojos, incapaz de doblarse sobre sí mismo para mitigar la sensación de estar siendo destripado, despellejado, agujereado por miles de agujas afiladas; la sensación de estar perdiéndose, de estar ensuciándolo todo. Y le odió. Finalmente le odió. Por haber manchado la isla, los recuerdos. Por estar rompiéndolo todo.

Con un último bramido de desesperación se dejó colgar de la nada, respirando levemente a pesar de que el dolor había desaparecido por completo. Parpadeó un par de veces, viendo cómo el resplandor anaranjado de un fuego distante alumbraba la oscuridad.

—¿Lo has sentido? —susurró, rodeándole— Porque así es como yo me siento cada día desde que tú le mataste.

—Yo… yo no le maté.

¡Crucio!

El dolor regresó con mayor intensidad. Sentía los párpados pesados como si estuviesen tapizados en agujas, y cómo su cuerpo, que ya no podía controlar, colgaba desmadejado siendo cortado por miles de cuchillos invisibles. Creía que explotaría, que se desharía como si ácido hirviendo estuviese descomponiendo sus órganos. Y gritó. Un grito nacido desde lo más profundo de su garganta, que salía deshinchándole, siendo eso lo único que podía hacer para aliviar su sufrimiento.

—¿Sabes lo que voy a hacer? —inquirió Theodore, dejando que respirase de nuevo, con los ojos cerrados, notando cómo su conciencia luchaba por quedarse— Voy a hacerte sufrir. Durante horas. Hasta que consiga sentirme mejor. Y luego voy a ir a por Granger y ese niño y voy a hacerles lo mismo. Y cuando no quede de vosotros más que un despojo, voy a llevaros a Londres y os voy a matar.

Pestañeó un par de veces, notando que las náuseas le vencerían en cualquier momento.

—¿Por… por qué no acabas aquí con esto?

Theo se rió. Con ese ronquido metálico que sabía a ansia de sangre.

—Porque vosotros vais a arreglarlo todo —explicó con sencillez—. Vosotros vais a traerle de vuelta.

Draco intentó coger aire, pero sin poder evitarlo una arcada le invadió y vomitó sobre la arena, sintiendo la presión de la sangre sobre su frente con mayor intensidad.

—Estás loco…

¡Crucio!

Y justo cuando pensaba que no podría soportarlo más, cuando estaba a punto de darse por vencido, un bramido cortó el cielo provocando que la maldición se desvaneciese. El silencio del bosque inundó sus oídos, demasiado confundidos y perdidos en el dolor como para ser consciente de lo que estaba pasando.

Entonces otro bramido furioso resonó entre las nubes, más cerca, haciendo que Theodore levantase la varita nervioso, sin saber a dónde apuntar. Draco suspiró, aliviado y a la vez resignado a dejarse salvar por aquellos a los que tenía que proteger.

—Creo que has olvidado algo, Nott —masculló con la lengua pesada contra el paladar, rozando la arena con la punta de los dedos colgantes.

—¿De qué estás hablando?

Draco se tomó un segundo, escuchando cada vez más cercano el batir furioso de alas cortando la noche.

—De Hermione Granger.

De pronto, la copa de un enorme guanacaste se desplomó sobre el suelo, al lado de ellos, haciendo que Theo perdiese la concentración en el hechizo que mantenía a Draco colgando. Se desplomó tosiendo, intentando no ahogarse con el polvo levantado, mientras un sonido similar a un huracán se expandía a su alrededor. No era capaz de centrar la vista, pero podía hacerse una idea de lo que estaba pasando.

—¡DRACO!

Hermione observó aterrada cómo el dragón pisaba con firmeza sobre la tierra, como si el árbol que acababa de derribar no fuese más que paja entre sus pezuñas. Un nuevo bramido del animal hizo que el llanto de Teddy se incrementase, mientras el grito furioso se convertía en una llamarada de fuego que bañó de llamas todo su alrededor.

—¡DRACO! —repitió angustiada, cuando le vio tirado a un lado, tosiendo contra el suelo.

Draco levantó la vista, viendo a Hermione sobre Tragón, con pequeños cortes manchando su piel morena. Parecía una amazona y supo que jamás podría quitarse esa imagen de la cabeza, de ella rodeada de llamas, con Teddy contra su pecho y Tragón entre sus piernas, arriesgando la vida de todos sólo por salvarle. Hizo a un lado aquel pensamiento que le oprimió el corazón y buscó a Theodore con la mirada. Le vio al otro lado del árbol caído y prendido, luchando contra las llamaradas del animal. Intentó incorporarse, pero los músculos le fallaban.

—¡Corre!

La escuchó gritar, mientras manchas blanquecinas chispeaban en sus ojos a causa del dolor aun tan presente, impidiéndole enfocar la mirada. Tenía que ponerse de pie. Tenía que llegar hasta ellos para poder irse. Buscó a su alrededor, luchando por encontrar su varita.

Un chillido le heló la sangre. Hermione se agachaba contra la grupa de Tragón, esquivando hechizos que pasaban sin control demasiado cerca de ella.

Tenía que darse prisa.

Gateó en la dirección en la que creía haber visto volar su varita. Pero el que hubiese estado boca abajo le impedía estar seguro de si estaba buscando en la dirección correcta.

—¡DRACO!

La angustia le hacía temblar, aumentando la sensación de debilidad que le habían dejado los crucios. Rebuscó entre la arena, apartando palos y piedras. No podían irse sin la varita. No sobrevivirían.

Oía los hechizos volar a su alrededor, mientras bramidos de Tragón, de dolor y furia, le impedían escuchar su propia respiración.

Y cuando pensaba que no lo lograría, la encontró. Giró con rapidez sobre sus rodillas sujetándola con fuerza, haciendo un último esfuerzo por ponerse en pie y correr hasta ellos. Tuvo que tirarse al suelo cuando un hechizo pasó por debajo de la cabeza de Tragón, que se había enderezado sobre sus patas traseras provocando que Hermione gritase en un intento de mantenerse sobre él. Volvió a levantarse con desesperación, acortando los escasos metros que quedaban hasta ellos. Tragón se dejó caer levantando una polvareda que le escoció en los ojos, pero la mano de Hermione acudió a su ayuda, agarrándole con fuerza y gritando entre dientes para subirle a su lado.

Draco casi lloró de puro alivio e incredulidad cuando se sentó a su espalda y notó su cuerpo tembloroso entre sus piernas y brazos. Pero dejando a un lado sus casi irresistibles ganas de abrazarla, de asegurarse de que Teddy estuviese bien, se inclinó pasando las manos alrededor de su cintura y se agarró a una de las escamas de Tragón.

—¡VAMOS TRAGÓN, VUELA!

Y Tragón, lanzando una última llamarada, se elevó con un par de aleteos que avivaron las llamas que les rodeaban, alejándose de la tierra y de un malherido Theodore con los ojos brillantes de rabia y deseo de venganza.

El silencio, sólo roto por el rugir de las alas abanicando el viento nocturno, acunó sus respiraciones aceleradas.

—¿Estáis bien? —inquirió, asomándose sobre el hombro de Hermione para ver a Teddy, que seguía llorando pegado a su pecho.

—Sí, sí… yo… no sabía si esto es lo que querías. No… —Un par de lágrimas cayeron por sus mejillas—. ¿Tú estás bien? Pensaba que ibas a morir.

Draco tragó saliva y asintió, rozando su mejilla y sintiendo por primera vez en su vida que era incapaz de mantener sus emociones bajo cuerda. Por Merlín, jamás hubiese imaginado que sería capaz de pensar antes en ella y Teddy que en él mismo, y menos con su muerte pendiendo de un hilo. Y esa tensión. Esa desesperación. La impotencia de poder hacer nada más para ayudarles, aparecía ahora en forma de un alivio tan absoluto que sólo quería abrazarles con fuerza y llorar. Pero en lugar de eso observó su alrededor. Tenían que ponerse a salvo.

Tragón comenzó a planear, llegando al borde de la isla. Un bufido en forma de azufre les hizo toser y, cuando se dieron cuenta, fueron conscientes de que Tragón estaba rodeando la isla en lugar de alejarse de ella.

—No sabe a dónde ir —masculló Hermione.

Draco se miró la mano, donde agarraba con fuerza desmesurada su varita.

Oriéntame —susurró.

Haciendo presión con las rodillas y los brazos, Draco consiguió que Tragón se dirigiese hacia el oeste. Pero el animal mostraba cierta reticencia a dejarse gobernar.

—Vamos… tienes que sacarnos de aquí —Le increpó, dando un par de palmadas sobre su vientre. Pero Tragón se negó a seguir en línea recta, girando mínimamente mientras planeaba sobre las aguas de la orilla, que se dibujaba bajo sus pies casi como arena soplada por viento en la oscuridad de la noche.

—Es como si hubiese algo que se lo impidiese.

Draco estaba perdiendo la paciencia. Con los nervios a flor de piel, presionó más los costados de Tragón en un intento de dominar su vuelo, sin embargo, un nuevo bufido les hizo toser. Entonces Hermione se puso tensa.

—Mira eso.

Draco siguió la dirección de su mirada. La ascensión del humo que se elevaba desde los árboles en llamas se veía iluminada por la luna, que dibujaba sus recortes grisáceos contra el cielo negro. El humo subía hasta llegar a una altura de más de treinta metros. Entonces se quedaba ahí, acumulado en lo que parecía un techo transparente.

—¿Qué cojones…?

—Estamos atrapados —masculló Hermione—. Por eso no quiere irse. Porque sabe que no puede.

Se quedaron callados un rato, observando el curioso efecto visual, dejando que Tragón volase trazando una circunferencia enorme alrededor de la isla.

—Tenemos que romper ese hechizo.

—¿Cómo?

—No lo sé, tú eres la rata de biblioteca, ¿no se te ocurre nada?

Hermione frunció el ceño, mirando el humo ascender. Y Draco observó su perfil. Por Circe, quería a esa mujer. Maldita sea, sí, la quería. Estaba dispuesto a dar su vida por ella —casi lo había hecho— y el verla ahí, tiritando por el frío aire de la noche, sujetando a Teddy contra su pecho y buscando un modo de salir volando de una isla desierta con él, sobre un dragón, era tan surrealista como todo lo que tenía que ver con ella. Como el hundimiento, como sus arrebatos de dignidad, sus risas medio desnuda, sus gemidos. Todo era locura e irrealidad con ella, todo eran sentimientos a flor de piel y valores cabeza abajo. Porque sí, la quería. Y él no había tenido ni idea de lo que era amar a nadie, en absoluto. Pero cuando algo es tan evidente, cuando es imposible para uno negar lo que ven sus ojos, no caben las dudas ni el miedo, sólo la resignación ante lo que es. Y él era un hombre enamorado de esa mujer.

Un chillido de Tragón acompañado de una sacudida le hicieron volver a la realidad. El animal había comenzado a aletear desesperado, esquivando varios hechizos que trataban de alcanzarles.

¡Protego!

—¡Tenemos que salir de aquí!

Los hechizos comenzaron a rebotar en ellos, pero el vuelo de Tragón era demasiado irregular. Miró hacia abajo y vio dos figuras en la playa. Ese malnacido no estaba solo. Observó cómo una de aquellas personas no llevaba varita y se hallaba justo delante de lo que parecía un bote encallado en las rocas, en medio de la oscuridad. Unos metros más allá la cabaña se escondía bajo las copas de las palmeras.

—Nosotros llegamos por agua y ellos también. ¡La burbuja de contención permite que se acceda por agua! —exclamó Hermione, sobresaltándole—. O quizá sólo se pueda entrar y no salir… —añadió bajando la voz.

Draco gruñó, consiguiendo que Tragón se alejase con rapidez de esa zona hacia el interior de la isla. No podían arriesgarse. No allí, tan cerca de ese loco. Tenían que buscar una solución en un lugar tranquilo, donde todos pudiesen descansar un poco. Comenzaron a elevar su altitud, esquivando la ladera de la montaña, que se agitaba bajo el viento y la noche. Llegaron más alto de lo que Draco jamás había llegado a pie, notando el frío pellizcar sus mejillas. Y de pronto, un claro casi desértico se abrió ante ellos.

—Espera… ¿Qué demonios?

Huesos y huesos gigantescos brillaban a la luz de la luna. Cráneos enormes con dientes puntiagudos que resaltaban aún más bajo el astro pálido, sin carne donde incrustarse.

—Es un cementerio de dragones —susurró Hermione.

Tragón comenzó a descender trazando círculos, hasta posarse en el centro de aquel paraje desolador.

Draco desmontó de su lomo, sintiendo cómo sus piernas aun temblaban, y tendió la mano a Hermione, que bajó agarrando la cabeza de Teddy. Les observó en silencio, acariciando la mejilla del niño, que había dejado de llorar pero se mostraba asustado. Luego levantó los ojos hacia ella, que aun en medio de la oscuridad brillaba mirándole.

—Gracias por venir a por mí.

Una sonrisa dejó a la vista sus dientes, blancos en mitad de la noche.

—Cuidado, Malfoy. Estás ablandándote.

Draco se rio entre dientes, inclinándose para besarla. Hermione se puso de puntillas, con cuidado de no aplastar a Teddy, y sintió un alivio enorme aclarando las brumas de su pecho. Se separaron lentamente, como si hubiesen supuesto el uno para el otro una bocanada de oxígeno en medio de las profundidades del océano.

—Tenemos que conseguir salir de aquí cuanto antes —comentó separándose de ella para mirarla a los ojos—. Si descubren dónde estamos podrán desaparecerse hasta nosotros.

Hermione se alejó de él, acariciando a Teddy con dulzura, pero mirando al cielo.

—Estamos justo en el centro… —susurró, casi para sí misma.

—¿Cómo?

—Estamos en el centro de la isla —repitió, girándose hacia él—. En el centro de la cúpula.

—El sitio de más poder para un hechizo de este tipo.

Hermione cogió aire, pensativa, volviendo a levantar la mirada al cielo.

—Es enorme… tuvieron que convocarla decenas de magos —Negó con la cabeza—. No podemos hacerlo sólo con una varita.

El silencio volvió a recorrerles, permitiendo que Draco observase cómo Tragón lamía sus heridas, apartado a un lado. Entonces miró hacia el frente, donde un segundo pico montañoso, mucho más bajo que ese en el que se encontraban, se recortaba brumosamente contra las nubes teñidas de luna.

Miró a Hermione y sonrió.

—O tal vez sí.

-O-

Astoria miró de reojo a su madre cuando el campo transparente de aislamiento donde las tenían recluidas se desvaneció. Ifigenia cogió aire, con el labio inferior temblando, y estiró aristocráticamente la cabeza cuando Roger Davies entró en la habitación.

—Astoria Greengrass.

—Hemos dicho que no vamos a hablar hasta que no esté aquí nuestro defensor legal.

—Ya ha llegado, señora —contestó el chico, cruzándose de brazos ante ellas—. Y primero se reunirá con la señorita Greengrass.

—Mi hija es menor de edad —respondió con velocidad, poniéndose en pie. Astoria percibió el nerviosismo casi desesperado en su voz y se levantó a su vez, haciéndole a su madre un gesto con la mano.

—Tranquila, madre, ¿um? —masculló con voz aflautada y perversa—. No tenemos nada que ocultar.

La mujer observó a su hija con duda y miedo en la mirada. Astoria sabía que su madre no estaba asustada por lo que pudiese pasarle. Más bien tenía miedo de no realizar el trabajo que le había sido encomendado. Y la entendía. Al final su madre era una mujer de principios y, como todos en su familia, el amor no jugaba una carta especialmente importante en sus decisiones. Sólo había que ver a la estúpida de su hermana.

Davies revisó los grilletes que tenía alrededor de las manos y le hizo un gesto con la cabeza para que saliese de la sala. Con la cabeza levantada y el brillante y liso pelo negro flotando a su espalda, caminó inocentemente a lo largo del pasillo, donde media docena de aurores estaban apostados haciendo guardia.

Imbéciles… como si ellos supusiesen la más mínima resistencia contra lo que se les viene encima…

Los pasos cortos resonaban infantilmente contra el mármol negro, que hacía rebotar los destellos de las fuentes de luz de las paredes, generando una sensación confusa y opresiva. Uno de los aurores, uno especialmente mayor, esperaba en medio del corredor junto a una puerta.

—Adelante.

Astoria entró en la sala para encontrarse con un hombre serio y pálido sentado con rigidez a un lado de la mesa. Frente a él estaba el jefe de aurores, Gawain Robards, mirando una carpeta de documentos que cerró con parsimonia. El hombre tenía ese modo paternalista de mirarla que a ella tanto le divertía. Así siempre resultaba todo más entretenido.

—Bien, señorita Greengrass, el señor Billigurts ya ha llegado para su interrogatorio. Así que si nos hace el favor de sentarse empezaremos.

Astoria caminó con leves pasos falsamente infantiles hasta la silla situada al lado de aquel hombre enjuto y se sentó, observando cómo Robards apuntaba con la varita sobre una cajita negra de la que al momento comenzó a salir un humo dorado hacia el techo.

—Yo, Gawain Robards, como jefe de la Sección de Seguridad Mágica, procedo a interrogar a Astoria Greengrass por el caso Aurora Blanca en presencia de su defensor legal, Thomas Billigurts. Les informo de que según la Ley de Responsabilidad Mágica, pueden acceder a sus derechos como acusados. Como ya saben, todo esto quedará recogido en el archivo de testimonios —silabeó con tranquilidad, mirando a Astoria directamente a los ojos—. Dígame, señorita Greengrass. ¿Tiene usted conocimiento del hecho acontecido el pasado mes de Julio en relación con el transatlántico Aurora Blanca?

—Todo Londres y parte del resto del mundo conoce ese fatal accidente, señor Robards —respondió, con voz fina, torciendo la cabeza con dulzura.

—Lo que mucha gente no conoce es que el accidente no fue tal, señorita. De hecho, fue provocado desde Londres y creemos que usted puede saber quién lo hizo.

—¿Se puede conocer la razón por la cual se relaciona a mi cliente con ese hecho?

Astoria mantuvo la mirada al jefe de aurores, de un modo intenso que casi le provocó una sonrisa. Aquel hombre era como todos los demás, no sería ningún problema arrastrarlo hacia sus redes de falsa inocencia y dulzura. Con un par de parpadeos comenzaría a dejarse llevar por la incredulidad de pensar que ella pudiese tener algo que ver con aquello.

—Tenemos información acerca de las relaciones que últimamente la señorita Greengrass estuvo frecuentando. Además, su propia hermana la señala a usted como el centro de esta situación.

—¿Y va a creerla? Mi cliente sólo tiene 16 años. Seguramente se trate de algún tipo de celo fraternal o algún shock por el encarcelamiento del señor Greengrass. Pensar que una niña de 16 años es capaz de hundir un transatlántico situado a miles de…

Gawain dejó de escuchar al hombre, sin dejar de observar a Astoria. La chica había enarcado la ceja imperceptiblemente ante la mención de su edad y su supuesta incapacidad para llevar a cabo un plan tan macabro y tan ambicioso. Si algo definía a Gawain Robards era su capacidad de leer en la gente. No por nada tenía varias condecoraciones por su habilidad como interrogador. Y había trabajado con muchas chicas y chicos como Astoria Greengrass. Chavales ricos y mimados que querían su minuto de gloria, que se creían capaces de pasar por encima de todo y de todos. Chicos ambiciosos, caprichosos y petulantes. Y sabía manejarlos a la perfección.

—Dígame, señorita Greengrass —intervino, interrumpiendo al defensor legal que continuaba exponiendo los puntos para considerar increíble la participación de Astoria en aquello—. ¿Cree usted que lo que dice el señor Billigurst es cierto? ¿Está usted insuficientemente preparada para idear algo tan… brillante?

Los ojos de Astoria temblaron de forma casi imperceptible.

—Esa no es la cuestión, señor Robards, ¿um? La cuestión es si lo hice o no. Y no, no lo hice. Yo no hundí ese barco.

—Yo no le he preguntado si usted lo hundió. Sabemos quién lo hizo. Lo que me interesa saber es cómo una niña de 16 años puede orquestar una operación tan arriesgada, compleja y ambiciosa.

—¡Esto es una tontería! —exclamó Billigurst— ¿Dónde están las pruebas para insinuar algo así?

—Pansy Parkinson —comenzó, sacando de la carpeta verde una foto de la chica postrada en la cama de hospital—. Fue encontrada malherida después de una tortura y un hechizo de magia negra. Los exámenes forenses nos mostraron que quien lo hizo fue —sacó otra fotografía de un Blaise Zabini serio y apuesto ante la cámara. De nuevo la comisura de los labios de la chica tembló, a punto de sonreír. Qué diferencia con el Blaise Zabini que ella había visto hacía unas horas—, Blaise Zabini. ¿Le conoce?

—Estaba en el mismo curso de Hogwarts que mi hermana. Sólo le conozco de vista.

—Eso no es lo que dicen los registros de visitas de Azkaban. Al parecer el señor Zabini visitó en varias ocasiones a Rabastan Lestrange y al propio Lucius Malfoy, dos de los integrantes más cercanos a la antigua cúpula de seguidores de Quien-usted-sabe. Y casualmente todas las visitas fueron escasas horas o después de que usted misma visitase a su padre.

—Eso no demuestra nada —Volvió a intervenir el señor Billigurst—. Por lo que dice parece que ese tal Zabini es el que está detrás de todo esto. No sé qué hacen perdiendo el tiempo con…

—El hecho de que la señorita Daphne Greengrass, su hermana, accediese a someterse voluntariamente a la toma de Veritaserum y nos contase explícitas conversaciones desarrolladas entre usted y sus progenitores es, sin embargo, una prueba mucho más fiable. O que el señor Parkinson haya asegurado que recibió presiones de parte de su familia para apoyar una revuelta proveniente de las facciones más oscuras de Mortífagos. O, sin ir más lejos, que se haya negado a asistir este año a Hogwarts, acusando asuntos familiares inaplazables.

El silencio se expandió por la habitación como humo ennegrecido. Y en medio de todo él, sólo los ojos brillantes de excitación de la propia Astoria mostraban una falta de miedo total y absoluta. Pero Gawain, a pesar de su experiencia, de haber estado sobre aviso y haber querido adelantarse a ella, terminó cayendo sobre la trampa de sus prejuicios y, finalmente, no pudo evitar ver nada más que el humo.

—Creo que mi cliente prefiere no continuar con el interrogatorio.

Gawain tomó aire y se inclinó sobre la mesa, mirando directamente a la chica.

—Seamos sinceros, señorita Greengrass. Usted ha promovido una revuelta ilegal entre los seguidores de cierto mago ya desaparecido y cree que puede engañarnos con su apariencia angelical. Pero les hemos pillado. Hemos enviado una patrulla de aurores al lugar donde Blaise Zabini cree que están el señor Malfoy, la señorita Granger y Teddy Lupin. Tenemos pruebas reales de su participación, junto a sus padres, en esta locura arcaica y sin sentido. Y ahora usted tiene dos opciones: colaborar o dejar que nosotros lo descubramos todo. Pero le juro que si opta por la segunda opción, no saldrá de Azkaban en todo lo que le queda de su joven vida.

Ya estaba. Ahora se asustaría y cedería. Reconocería llorando que se había equivocado y pediría perdón, para ella y su familia.

Pero, en ese momento, el jefe de aurores comprendió una cosa. Astoria Greengrass no era una niña estúpida que se había creído capaz de reavivar una guerra sobreestimado sus habilidades. No era una imbécil hija de papá con falsas pretensiones. No. Astoria Greengrass no estaba asustada, ni sorprendida. Estaba jugando un juego mucho más peligroso. Y él había caído directamente en la trampa.

Una sonrisa de hielo dejó a la vista los pequeños incisivos blancos como la nieve que se escondían tras sus labios pálidos y endurecidos. En un futuro, Gawain Robards los recordaría casi puntiagudos, afilados y monstruosos como las uñas de una banshee, en línea con el azul impersonal de sus ojos y la profundidad de sus pupilas diminutas. Sorprendido, observó cómo, haciendo caso omiso a los avisos de su defensor legal, la joven Greengrass se apoyaba sobre la mesa, imitando su gesto y acercándose a él. Entonces, sin dejar de sonreír, susurró:

—No sea estúpido —Enredada en la lengua, una arcada amarga de placer—. Ustedes no tienen modo de frenar lo que ya ha sido puesto en marcha. ¿Um?


Aquí está. No digo que he vuelto porque nunca me fui (aunque algún lector así lo crea). Espero que os haya gustado porque, aunque no es el cap más largo, las escenas de acción me agotan de verdad. Estoy demasiado acostumbrada a la playa y el sol y de pronto esto me descoloca hasta a mí xD.

Quiero agradeceros haber llegado a los 344 reviews, a los 361 favs y a los 387 follows. El fic está en la recta final y es para mí pura felicidad leer vuestros comentarios y ver que esto que nació como una locura sin sentido está siendo lo mejor que he escrito nunca. Por eso, gracias a todos los que comentaron en el último cap (y en los anteriores, por supuesto):

Zhallytha, Dralu, Vigrid, Justcallmebaby, BereLestrange, Marycielo Felton, Ceci Tonks, lesiramuc, Yaro Alex, alerejon, LidiaaIsabel, LuNaChocoO, Doristarazona, artipinck94, PeaceLilith, Claus mart, , Baruka84, , FeltonNat88, Palmmy, dianetonks, Bombom Kou y diversos guest, incluso a vega que me regaña por no actualizar y me acusa de no querer mi propia obra (no te pongas así, mujer, tan sólo soy lentorra)

Especialmente a Iris (Sam Wallflower) que me adora y yo la adoro y gracias a ella escribir siempre es más fácil (I Love You my friend) y a vickyy-pinkk, por darme ilusión y ánimos para seguir.

Acabo de mudarme a otra ciudad, por lo que no tengo internet aun (estoy enchufada al wifi de una cafetería ahora mismo), así que estoy un poco desconectada de todo y se me dificulta responder PMs y reviews, pero lo haré. I promise.

Sin más, el próximo cap vendrá, y así hasta acabar el fic. No desesperéis. Este es un proyecto muy importante para mí y no quedará sin final.

Un beso amoroso de Hermione Khaleesi Granger,

Ilisia Brongar