Harry Potter, ni ninguno de sus parsonajes me pertenece, es propiedad de J. K. Rowling.


Capítulo uno: Potter, al final del túnel.


—Tome asiento, señor Malfoy —señaló el abogado, indicando la silla que estaba frente a su escritorio.

Draco, tieso y callado, se sentó lenta y elegantemente sobre la silla tapizada de color bordo que combinaba con el despacho hecho de madera oscura y muebles tapizados del mismo color. Odiaba los trámites judiciales; principalmente porque le hacían recordar todos esos años que estuvo de acá para allá luego de la guerra, tratando de no ser enviado a Azkaban. O de quedar en la calle; en cualquier caso, ambas opciones eran malas. Y ahora, ahí estaba, observando como su abogado lo penetraba con su mirada fija y seria, sabiendo que eso sólo podría traerle malas noticias.

—¿Y bien? ¿Lo encontró? —preguntó Draco, tratando de disimular su impaciencia.

La cara demacrada y lastimera del hombre lo dijo todo.

—Lo sentimos, señor Malfoy, su padre no dejó nada —sentenció—. Le darán tres días para empacar todo lo que usted necesite. El Ministerio pondrá Malfoy Manor a la venta y…

Pero ciertamente el rubio ya no lo escuchaba. Lo único que rondaba en su mente era que todo se había acabado; había puesto tanto empeño, tanto trabajo y esfuerzo porque no le sacaran sus cosas, su casa, su herencia; había tratado por todos los medios darle un lugar seguro a su hijo, Scorpius, lo único que le quedaba en la vida y lo único por lo que merecía luchar.

Maldijo internamente al desgraciado de su padre; no se terminaba de creer que el viejo no hubiera hecho un testamento, ¿acaso no había pensado en él o en su nieto? ¿Siquiera consideró la posibilidad de dejarle algo? ¡Por Merlín, era su padre de quién estaba hablando, su adorado padre! No había sido ayer cuando se había enterado de que estaba terminalmente enfermo. Entonces, ¿cómo era posible que él, junto a su hijo, se estuviera quedando en la calle? Porque sí, Malfoy no tenía nada, absolutamente nada, ni siquiera un trabajo, porque los negocios que atendía su padre no contaban debido a que no le pertenecían; todo lo que poseía, era propiedad del jodido Ministerio -hijo de puta- de Magia. Para colmo, se tenía que sentir agradecido de que le concedieran tres días para desalojar, ¡tres días! ¿Y luego qué? ¿Qué haría?

La desesperación comenzó a embargarlo y la realidad de la situación también: no tenía a nadie a quién pedirle alojamiento. Su madre había muerto hace meses en manos de algún resentido; en base a eso, su padre había enfermado gravemente de manera terminal; su ex esposa, Astoria Greengrass, vaya uno a saber dónde estaría, y con la familia de ella, se llevaba muy mal, pues sostenían que él fue, es, y seguiría siendo un asqueroso Mortífago; sus amigos, muertos o en Azkaban; y sus ex compañeros del colegio con los que se había llevado bien, de ninguno sabía nada. Estaba perdido. Solo, sin casa, sin dinero y con un hijo de seis años.

Solo. Sin casa. Con un hijo.

Las manos le temblaban cada vez que pensaba en esas tres cuestiones. Decidió no aparecerse, estaba demasiado alterado como para concentrarse, así que comenzó a caminar a paso rápido, ya que algunos todavía tenían la manía de querer hechizarlo, hacia el Caldero Chorreante para utilizar la Red Flú hasta Wiltshire. Iba con la cabeza gacha, algo estúpido y extraño de su parte, cuando chocó con alguien.

—Fíjate por donde vas, idiota —gruñó el rubio.

—¿Malfoy?

¡Oh, mierda! ¿De todos los magos en el mundo, justo él? ¿Justo ahora?, secuestionó Draco mentalmente, sintiendo las repentinas ganas de maldecir a quién sea y lo qué fuera —preferentemente, al intento de ser humano que tenía frente a él—, ¿podía tener peor suerte? ¿Podía la vida odiarlo tanto? Sí, efectivamente, sí podía. Potter estaba parado frente a él, estúpidamente sorprendido, horriblemente vestido, con las mismas gafas anticuadas de siempre, y con un perro muerto en la cabeza de color negro, que se hacía pasar por cabello. Sí, el mismo Harry Potter, el mismo hombre-con-más-suerte-en-la-puta-tierra-que-vivió.

—Ahora que ya confirmaste lo obvio, Potter, ¿te importaría soltarme? —espetó Draco, aunque lo cierto era que no sentía ganas de empezar una discusión con él.

Draco notó que Potter se sorprendió por un segundo cuando comprobó que, efectivamente, su mano estaba cerrada alrededor de su pálida muñeca. Como si se tratara de fuego, retiró la mano rápidamente, frunciendo el ceño; acción que molestó a Draco. Pero, como bien había dicho antes, estaba demasiado agotado como para discutir o insultarlo, así que dio media vuelta dispuesto a irse y alejarse del ex Gryffindor.

—¡Espera, Malfoy! —Lo llamó el moreno. El aludido puso los ojos en blanco, irritado.

—¿Qué quieres, Potter? —preguntó, fastidiado. Había tenido un día largo, ¿qué el destino no podía dejarlo en paz?

Potter carraspeó cuando se dio cuenta de que se había quedado sorprendido de nuevo, como si jamás se hubiera esperado que Draco se detuviera.

—Yo… bueno, sé que nunca nos llevamos bien en el pasado y eso, y que hace mucho no nos vemos tampoco…

—Sigues remarcando lo obvio con tu elocuencia, Potter —Lo interrumpió Draco, apretando el puente su nariz. Creyó escuchar un "tranquilo, Harry, no debes golpearlo", pero decidió ignorarlo—. ¿Hay algo que en verdad quieras preguntar?

—Bueno, yo… ¿te sucede algo? —preguntó Harry, al fin.

Tuvo que parpadear varias veces antes de confirmar que no había escuchado mal. Por extraño que pareciera, el hecho de que Potter fuera el único que le preguntara si estaba bien lo enfureció más. ¿Harry Potter, su enemigo del colegio, el chico que le había hecho la vida imposible, el que tenía la culpa de todas sus desgracias, le estaba preguntando si le sucedía algo? ¿Justo él? Al parecer, hoy la vida se había levantado decidida a joderle por todos lados, era evidente. Sin embargo, aunque Draco deseara desahogarse con alguien, no iba a mostrar debilidad o vulnerabilidad frente al idiota de Potter; nunca, antes muerto. Menos sabiendo la perfecta vida que llevaba su némesis y que resplandecía todos los días en el chupaculos del diario El Profeta: había logrado ser el jefe de Aurores; se había casado con la comadreja y había tenido tres comadrejitas, seguro que con pecas hasta en el trasero; tenía más casas y propiedades de las que podía contar y hasta sabía que tenía un perro llamado Sirius. Que originalidad,pensó Draco, en su momento, con sarcasmo.

—Vete a la mierda, Potter.

Después ya no supo más nada del cara rajada y no se detuvo a esperar la reacción de este. Había logrado llegar a su casa y se había tomado, mínimo, unas tres botellas de whisky de fuego, teniendo la borrachera de su vida y despreocupándose de todas las obligaciones que, al cabo de tres días, ya no serían su responsabilidad. Incluso se olvidó de que su hijo probablemente estaría observándolo desde la puerta de su estudio.

Como todo niño, Scorpius tendía a hacer preguntas, algo que irritaba de todas las formas posibles a Draco, sobre todo cuando tuvo que contarle que tendrían que irse de Malfoy Manor y tuvo que explicarle más de siete veces el por qué no podría empacar todos sus juguetes. Cabe destacar que, como buen Malfoy, el primogénito armó un escándalo terrible, alegando que tendrían que hechizarlo, si querían sacarlo de SU casa; porque era suya y de su padre, no del tonto ministerio —como había aprendido a llamarlo de tantas veces que había escuchado a Draco hacerlo—. Era comprensible, el pobre niño sólo tenía seis años y no contaba con nadie más que con su padre, el cual lucía un semblante triste y demasiado notorio para su gusto; al niño no le gustaba la situación y por eso reaccionaba de forma berrinchuda y dramática. A Draco no le quedaba más que aceptarlo.

—¿Puedo llevar mi dragón volador, papi?

—Por enésima vez, no, Scorpius; cuanto menos cosas llevemos, va a ser mejor.

—¡Qué malo eres, papi! ¿Por qué ya no me quieres?

El rubio mayor suspiró. Otra vez el puchero y la frasecita manipuladora que utilizaba su hijo cuando no se le concedía algún capricho. Era el tercer día; hoy mismo tendrían que irse y Draco no había conseguido ningún lugar al cual acudir. Estaba igual que cuando recibió la fúnebre noticia: perdido y solo. ¿Cómo iba a explicarle a su hijo que tendrían que dormir, probablemente, en la calle? La sola idea le aterraba.

—Lo siento, papi, no llevaré al dragón, pero ya no llores, ¿sí? —Escuchó la dulcecita voz de su hijo, mirándolo preocupado. ¿No tendría que ser al revés?, se preguntó Draco.

Le extrañó que su hijo dijera que no llorara, pero lo cierto era que, cuando tocó su mejilla, las lágrimas estaban ahí. ¿En qué momento se había sobrepasado? ¿Él, que era experto en ocultar emociones? ¿Un Malfoy, un ex Slytherin, llorando? El recuerdo de sexto año, con su rostro reflejado en el espejo, cubierto de lágrimas, atravesó su mente. La situación sería casi igual, si no fuera porque ahora estaba llorando su propia sentencia en la que él mismo, de algún modo, se había metido y que no era por él por quien lloraba. No, claro que no. Lo hacía por Scorpius, porque le había fallado; porque no tenía nada para darle; porque lo haría miserable. ¿Qué clase de padre se era cuando uno le fallaba a su propio hijo?

—¿Terminaste de empacar? —preguntó Draco, tratando de sonreír. El menor asintió, mirando con una mueca resignada los juguetes que no podía llevar consigo—. Vámonos —dijo, tomando la pequeña manita.

La cuestión era: ¿a dónde? Se mordió el labio inferior, nervioso. Apenas eran las cuatro de la tarde, pero como estaban próximos al invierno, dentro de dos horas oscurecería; de todas formas, probaría encontrar un lugar medianamente habitable. Odiaba pensar en sí mismo como un sin hogar, pero no pudo evitar preguntarse: ¿a dónde irían los que no tenían un techo donde acogerse? ¿Habría algún lugar dónde los recibían como pasaba en el mundo muggle? No es que supiera mucho de ello tampoco; simplemente recordaba a su antigua profesora de Estudios Muggles hablar de eso una vez con un chico con padres muggles. ¿Habrían creado algún lugar para desamparados? ¿Por qué mierda no averiguó antes?

Comenzó a caminar por las afueras del barrio: todas mansiones caras de renombre, calientes y aseguradas. Tal como creyó que era la suya. Cruzaron la última calle, mirando por última vez lo que un día fue su hogar, y Draco los desapareció a ambos hasta Hogsmeade. No tenía ni un knut en el bolsillo, era verdad, pero no perdía nada con preguntarle a los empleados si podían pasar la noche allí. El primer lugar al que recurrió fue, a su parecer, al más higiénico y donde posiblemente se apiadarían de ellos: Las Tres Escobas, propiedad de Madame Rosmerta. Esperaba que la mujer no le guardara rencor. Dejó a su hijo en la entrada, asegurándose de cubrirlo bien con un hechizo desilusionador

—¿Draco Malfoy? —preguntó ella, estupefacta— ¿El mismo que utilizó la maldición imperius contra mi? Tienes que estar bromeando. ¡De ninguna manera! ¡Lo que tienes es lo que te mereces! —Le ladró, echándolo, sin darle la posibilidad de explicarse.

Bueno, sabía que había un 99,9% de probabilidades de que lo echara de esa forma. Lo que sí no se esperaba era que todos lo echaran de la misma manera, bajo distintos insultos y agresiones. Se alivió de que su hijo no presenciara nada de eso, sabía lo sensible y susceptible que se ponía cuando a él lo trataban mal. Transitó el lugar una vez más, con aire taciturno, de la mano de Scorpius, quien ya se quejaba de que le dolían los pies de tanto caminar, hasta que chocó contra alguien.

—Creo que se nos está haciendo costumbre —dijo esa voz, esa maldita voz, con un deje de burla y fastidio.

—Potter, tanto tiempo sin vernos —comentó Draco, tratando de sonar irónico. ¿Por qué siempre que se cruzaba con Potter tenía que sonar tan cansado?

—Sí, desde la última vez que me mandaste a la mierda —puntualizó el Auror.

Draco se encogió de hombros; después de todo, no tenía nada que objetar, tenía razón. Sintió un ligero tirón en su brazo: se había olvidado de que Scorpius estaba ahí y miraba recelosamente a Potter, el cual lo miraba de vuelta, excepto que con curiosidad y una casi insultante sorpresa. ¿Qué el Gryffindor idiota tendía a sorprenderse por todo? Puso los ojos en blanco ante la impaciencia de su hijo por ser notado.

—Scorpius, él es Harry Potter, un ex compañero del colegio —resumió Malfoy, pronunciando despectivamente el nombre y apellido; no era su culpa, era un acto reflejo.

—¿Él es el mago estúpido al que siempre culpas, papi? —preguntó el niño, inocentemente.

Tanto Draco como Potter se quedaron helados; no es que al primero le importara mucho que el moreno supiera que todavía lo insultaba, sino porque lo había tomado desprevenido su comentario. Él creía que su hijo no andaba cerca cuando Draco, frustrado porque no le salían bien las cosas, tendía a calmarse insultando al renombrado héroe mágico. Lejos de toda reacción esperada por Potter, tales como enojo, indignación o protesta, el muy idiota se carcajeó en su cara.

—Vaya, tienes un hijo muy especial, Malfoy —Le dijo, con una sonrisa de retrasado bailándole en los labios.

Draco sintió ganas de mandarlo al carajo otra vez; sin embargo, se contuvo gracias a que Scorpius estaba presente. Bueno, no podía seguir perdiendo el tiempo con Potter; faltaba sólo media hora para el anochecer y tenía que ir a revisar que las bancas de Londres muggle fueran lo suficientemente cómodas para dormir. A lo qué tuvo que llegar. Casi no controló las ganas de darse cabezazos contra la pared.

—Si no te importa, Potter, nos tenemos que ir —dijo, pasando por al lado del Auror, quien sólo asintió con la cabeza.

—Pero papá, ¿a dónde iremos? ¡No podemos ir a casa! ¿Por qué no le preguntas a Potter —pronunció Scorpius, tratando de imitar el tono despectivo que su padre usaba al decir el apellido— si nos podemos quedar en su casa? —reprochó el infante.

Un bozal, eso tendría que haber comprado Malfoy en vez de miles de juguetes para el niño. Se giró rápidamente para apreciar la cara confusa de Potter. Oh, vaya, así que tiene otra expresión que no sea la de sorprenderse, se permitió bromear Draco consigo mismo.

—Malfoy, ¿es cierto? ¿En verdad no tienen a dónde ir? —preguntó el entrometido, curioso.

—No es asunto tuyo —replicó el rubio, tratando de retomar su camino, pero una mano lo retuvo.

—Ahora lo es. No puedo permitir que andes vagando por ahí con un niño, ¿por lo menos tienes dónde quedarte? ¿O dinero para pagar un lugar? —cuestionó, incrédulo ante las negativas de Draco. Potter pareció sopesar algo por unos minutos; con un chasquido de lengua, liberó su muñeca—. Maldición, Ginny va matarme por esto. No puedo dejarlo, no con un niño—murmuró, pasando una mano por su cabello, antes de clavar su mirada en él—. Bien, Malfoy, vendrán conmigo. Se quedarán en mi casa —decidió.

—¿¡Qué!? —chilló el ex Slytherin, escéptico ante que Potter estuviera decidiendo por él— ¡Olvidalo! No necesito tu lástima, estúpido —masculló.

—¿Quieres que tu hijo muera de frío o de hambre? ¡No es lástima, sólo te estoy brindando ayuda! —exclamó el otro.

De acuerdo, eso fue un golpe bajo. Draco no quería eso, por supuesto que no; su hijo era lo primordial y estaba dispuesto a darle todo lo que estuviera a su alcance antes de verlo sufrir o padecer alguna de esas ridiculeces que señaló su némesis. Podía asegurar que Potter decía la verdad, ¡por Merlín, era tan Gryffindor que ni siquiera le pediría nada a cambio de alojarlo en su casa! Pero eso no significaba que Draco estuviera dispuesto a aceptar la oferta.

—Sólo mi hijo —anunció el rubio.

—¿Qué? —preguntó Potter, desconcertado.

Draco no pudo evitar resoplar.

—Que te llevarás solamente a mi hijo a tu casa, hasta que yo pueda conseguir un lugar —explicó. Scorpius miró a su padre, tratando de ahogar un berrinche, pues sabía que no era apropiado hacerlos frente a un extraño; sin embargo, no quería irse con un desconocido sin su padre.

—¿Estás loco, Malfoy? No seas cabezadura, puedo acogerlos a ambos —Trató de razonar el Auror.

—Ese es el trato. Lo tomas o lo dejas, Potter.

Su orgullo estaba haciendo de las suyas otra vez. ¿Confiaba tanto en Potter como para dejarle a su hijo? Aparentemente, sí. Sabía que con el Auror estaría seguro y protegido, aparte de que no tendría que pasar ninguna necesidad básica. Incluso le daría más tiempo para encontrar algún lugar donde quedarse o idear algo, ya vería luego. Claro que Draco jamás previó que quién no estaría de acuerdo, sería justamente la personita involucrada.

—¡No, papi, no me dejes! ¡Por favor, me portaré bien, haré todo lo que tú quieras, pero no me dejes! —gritaba el niño, entre lágrimas.

Pudo escuchar perfectamente el crash de su corazón haciéndose trizas y su orgullo huyendo lejos, muy lejos. Segundos después, Potter mostraba una sonrisa triunfante en su horrible y bizcocha cara, al igual que el pequeño Scorpius, mientras Draco resoplaba y refunfuñaba quién-sabe-qué. Frente a ellos tres se encontraba la casa que al rubio se le hacía vagamente familiar.

—Bienvenidos a Grimmauld Place —presentó Potter.

—¡Yey! —festejó Scorpius.

—Mfsfms —gruñó Draco.


¿Continuará?


N/A: ¡Hoooooooooli! Nuevo fic, ¿por qué? Porque cuando una tiene mucha imaginación que expulsar, en vez de volcarla al fic que está haciendo, decide hacer otro. Tengo muchos problemas, lo sé.

Espero que les guste esta nueva idea; va a ser un fic cortito, pero espero que entretenido y derrochador de amor y situaciones confusas, :P. Ya saben, si les agrada o quieren hacer una observación, abajo de todo hay un cuadradito grande donde pueden escribir y mandarme un adorado "send" para satisfacerme y crear el tan apreciado y sobrevalorado review.

Agradecimiento infinito a Maye Malfter, quien beteará este fic, y tendrá paciencia infinita y más allá para que todo quede impecable. Ah, ella también beteó "Enfermedad", mi drabble Drarry. ¡Muchas gracias, corazón!

Besotes con cariño a ustedes, gracias por leer.