¡Muy buenas a todos!

Os ruego perdón. Soy bien consciente de que no he actualizado en todo el condenado verano. Cuando no tenía que estudiar estaba tratando de disfrutar de las vacaciones, y sin haberme dado cuenta se me ha escapado la temporada de las manos... tenía finiquitado este cap desde hacía bastante tiempo y el plan inicial era subirlo junto con el cap. 16, haciendo doble actualización por haber llegado a más de los 100 reviews, ¡y 60 favs y siguiendo! No sabéis lo mucho que alegra. Jamás creí que la historia llegara así de lejos, a sabiendas de no ser tan popular el pairing^^ Como siempre, gracias, gracias, gracias!

Ese era el plan como digo, pero no os haré esperar más. Ya he aprobado todo y estoy de vuelta en casa. No me entretengo mucho más, salvo para daros una buena noticia: tendréis el chapter 16 subido en apenas 3 días a lo sumo, y esta vez sí que cumpliré mi palabra:)

Sin más dilación, ¡a leer!

Disclaimer: Naruto pertenece a Masashi Kishimoto-sensei, mía es solo la historia y determinados personajes.


La Rosa del Desierto

por Lyldane

Capítulo XV: Sentencia firme

La maestra analizaba con ojo crítico el trabajo de Sakura, mientras ésta se encontraba mucho más pendiente de no perder las formas abriéndose ahí mismo el kimono y rascarse como un perro pulgoso en el costado derecho, zona donde la tela se había arrugado y le provocaba un intenso picor. Su cara cuando Nadeshiko le había informado de que tendría que volver a vestir de etiqueta había sido todo un poema, pero esta vez, el suplicio era mucho menor. Aquella mañana tocaba ikebana.

Por fin algo de estilo formal que a Sakura se le daba bien.

La Academia de Konoha se había cuidado de instruir a sus más jóvenes kunoichis en el arte del arreglo floral tradicional, especialmente dirigido a misiones de infiltración y espionaje en las que en un futuro se harían pasar por geishas, dueñas de casas de té y otras mujeres de las altas esferas. Y su amistad con Ino no había sino reportado beneficios en lo que a dicha arte se refería.

Podía estar tranquila mientras la mujer de avanzada edad y moño prieto evaluaba en busca del más mínimo fallo que reprocharle. Durante las dos horas de instrucción, ya se había presentado como una maestra implacable.

—La estructura está impecablemente ejecutada—murmuraba, apuntando en su libreta—. Perfecto triángulo escaleno conformado por las orquídeas amarillas y sus ramajes extendidos hacia las alturas. El detalle de las hojas de petunia es excelente—asintió con la cabeza—. Como sacado de manual. Felicidades, Sakura-sama.

Sus tres doncellas se le echaron encima con aplausos y halagos nada más la instructora abandonó la habitación, llevándose consigo su halo de elegancia. Nadeshiko sonrió orgullosa y le dio un par de palmaditas ligeras en la espalda.

—Estoy sorprendida, Sakura-sama. No conocía su pasión por el arte del ikebana.

—Sí... yo tampoco, a decir verdad.

Dejó que las otras tres la felicitaran, esforzándose por mantener una sonrisa tenue y complaciente. La mayor de todas la observó con los ojos entornados y un deje de preocupación en el rostro. Puede que su señora, a diferencia de ella misma, no fuese una apasionada del ikebana, pero tras descubrir la pulida técnica y experiencia de la pelirrosa, su resultado no le había sino confirmado lo desconectada con la actividad que se encontraba la kunoichi. De no haber permanecido con la cabeza en las nubes, el resultado habría sobrepasado toda expectativa.

Sakura advirtió enseguida el estudio interno de la pelinegra, y actuó de la mejor de las formas que se sabía.

Huyendo.

— ¿Os apetece ir a comer helado?

A las otras tres les brillaron los ojos, encantadas. Corearon su propuesta con alegría tatuada y la pelirrosa miró interrogante a la mayor de las mujeres.

—Yo me veo obligada a rechazar su oferta, Sakura-sama—sonrió Nadeshiko forzada—. Discúlpeme. Disfruten de su tiempo con cuidado.

Se despidieron con un rápido gesto de mano y Sumiko prácticamente la arrastró al calor de la calle, sin molestarse en darle tiempo a cambiar su precioso kimono aguamarina y obi escarlata. Sakura advirtió las decenas de miradas a cada paso que avanzaba, llamando la atención más que de costumbre dada su vestimenta. La tienda de helados se encontraba nada más doblar la esquina, pero por si las moscas, las chicas se colocaron en posición de escolta. Tenía gracia, siendo ella la única militar del cuarteto.

Llegaron al pequeño establecimiento de madera e hicieron fila como un pequeño grupo de clientes ordinarios más. Los ojos azulados de Sumiko se convirtieron en una rendija de lascivia colocando a la pelirrosa en un estado de alarma mental.

—Cuéntenos, Sakura-sama—la cogió del brazo—. Vistos sus progresos, ¿hasta dónde ha llegado con el Kazekage?

Aika se sonrojó y Narumi le propinó un manotazo en el antebrazo, espantada.

— ¡Sumiko! No seas tan descarada, es vergonzoso—agitó la cabeza y su elaborado recogido castaño amenazó con derrumbarse—. Podrían relegarte de tu puesto por tu insolencia. No le preste atención, Sakura-sama…

La pelirrosa se mantuvo impertérrita con la mirada fija en los cubos de sabores de helado, sin siquiera volverse.

—Está bien—esbozó un amago de sonrisa—. Creo que lo voy a elegir de pistacho.

En seguida les tocó el turno y la chunin señaló el cubo en cuestión al encargado, que parecía complacido de tener en su establecimiento a tan ilustre personaje. Mientras las otras tres debatían y se devanaban los sesos en la decisión de sus vidas, la pelirrosa suspiró y contempló el ir y venir de la gente a través de la cristalera del escaparate. Progresos. La palabra le escocía como la quemadura reciente en los hombros a la que se había visto expuesta por dejarse de aplicar convenientemente el protector solar.

Habían llegado a un punto de inflexión en el que Sakura no entendía nada de nada.

Una semana y media más había transcurrido desde el incidente en cuestión que puso en alerta a la pelirrosa. Había sido incapaz de dormir esa noche en el maremágnum de incoherencias que su confusa mente creaba, como una máquina sin botón para detener la producción. De haber actuado milésimas antes, su intento de primer beso habría sido rechazado.

Primer beso. Consecuencia de dejarse llevar por el momento de intimidad, había tenido la intención de besar a Sabaku no Gaara. El impacto había sido tal al llegar a dicha conclusión que Sakura se había estampado la almohada en la cara y ahogado un grito de rabia y frustración. La pelirrosa ni siquiera recordaba el momento en el que su cerebro había enviado las órdenes oportunas a músculos y articulaciones. En su lugar, en su psique únicamente se manifestaba la sensación de electricidad y ardor que le ponía los pelos de punta. Una mezcla de sensaciones a la que no se atrevía a poner nombre, que la asustaba y atraía a la par, como una polilla al candil de luz.

—Ya estamos—sus tres soles aparecieron con los cuatro cucuruchos de galleta, tendiéndole Aika a la pelirrosa el suyo correspondiente—. ¿Nos vamos?

Sakura accedió y caminaron de vuelta al edificio del Kazekage. Un grupo de hombres se las quedó viendo en la entrada de un bar, y con una risita, Sumiko lamió concienzudamente su helado de chocolate para deleite de los presentes. Sakura enarcó una ceja, recordándole inevitablemente a su amiga rubia de Konoha.

No tiene remedio.

—Para—sentenció Narumi.

La pelinegra soltó una carcajada.

— ¿Por qué? Es divertido, los hombres son todos tan fáciles, en cualquier lugar del mundo. Todos iguales—se acercó a su señora—. No se preocupe, Sakura-sama. Si sus progresos no la complacen, pronto tendrá su oportunidad en el festival.

Inmediatamente, Aika soltó un chillido antes de que a Sakura le diese tiempo a preguntar.

— ¡El festival, se me había olvidado por completo!

—Es la semana que viene, ¿verdad? —intervino Narumi.

—Exacto—asintió la mediana—. Y es tradición que sea el Kazekage quien dé comienzo a la festividad. Será el primer año que lo haga acompañado, después de tantos años. Esto tiene que ser un presagio de buena suerte.

Observaron a la más joven brincar de alegría en mitad de la calle, ganándose la mirada de desconcierto de los viandantes.

— ¡No puedo creerlo, es genial! El año pasado ya no hubo festival por falta de presupuesto. ¡No podía llegar en mejor momento…!

Aika dejó de trotar al distinguir la mirada suspicaz que recibió de parte de sus dos compañeras.

—Vaya si te alegras por tu señora—murmuró la mediana en tono aflautado—. Casi diría que sientes su felicidad en tus propias carnes, Aika-chan.

Le estiró de las mejillas provocando un berrinche que la mayor de las tres trató de detener cogiendo de las muñecas a Sumiko. Sakura contempló el cuadro sin saber exactamente cómo sentirse. Adoraba los festivales, pero los ratos a solas con Gaara se habían convertido desde su última vez en un absoluto tormento. Y eso que ahora, sólo se reducían a los entrenamientos. Quedaban a la hora acordaba, interactuaban lo justo para coordinar movimientos y se despedían con una tensa y formal reverencia.

Sakura odiaba aquello con todas sus fuerzas. De verdad que ella había tratado de ponerle remedio, los primeros días tras el desencuentro. Trataba de comportarse con naturalidad e iba a buscarlo a su despacho cuando terminaba su jornada, le invitaba a cenar con ella, le acompañaba en sus escasos ratos libres. Hacía bromas estúpidas para relajar el ambiente. Le echaba en cara tiernamente lo poco que descansaba y el reciente trazo todavía más negro y grueso que presentaban sus ojeras.

Pero él la evitaba. Respondía con monosílabos al más estilo Uchiha reflejando lo mucho que deseaba zanjar la conversación. Le señalaba la montaña de papeleo mientras le pedía amablemente que lo excusase, que el trabajo absorbía todo su tiempo. Que si reunión del Consejo. Que si audiencia con los ANBU. Al cuarto día captó el mensaje.

Sakura ya no le buscaba. Y progresivamente, dejaron de encontrarse.

—Estará aquí. Es casi seguro que para cuando el festival de comienzo, Shiro-kun ya haya llegado a la ciudad.

Aika se había escabullido de sus compañeras que discutían a la zaga, y le concedía una sonrisa adorable. Sakura se sintió miserable. ¿Desde hacía cuanto le estaba hablando?

— ¿Shiro?

—Mi novio—le susurró—. Está en camino. Y todo gracias a usted.

Sakura no pudo sino corresponder a su felicidad. En verdad se alegraba por la chica. Si tan sólo las cosas fueran igual de fáciles para el resto…

Llegaron sin ningún inconveniente al vestíbulo y a Sakura se le agrió el desayuno cuando divisó en la distancia al Kazekage acompañado por aquella que recientemente parecía haberse convertido en su sombra. Era la misma que la del banquete, que la del funesto día en la Academia. La chica de pelo castaño claro y ojos café, que no disimulaba su cara de asco al verla. Parecía estar hablando de algo muy serio con el pelirrojo, pues éste tenía toda su atención puesta en la kunoichi. La miró de reojo y Sakura estuvo a punto de resoplar cuando acortó distancias con el líder del país del Viento.

—Sería una pena que a alguien se le cayese el helado sobre el flamante chaleco de la muchacha—susurró Sumiko, en tono peligroso—. Dicen que las manchas de chocolate son muy difíciles de quitar…

Narumi entornó los ojos.

—Adelante—se pronunció—. Por una vez no pienso detenerte, Sumiko-chan.

De locos. Sakura soltó una carcajada. Fuera quien fuese esa desconocida, había conseguido lo imposible: poner de acuerdo a Narumi y Sumiko. Solamente ya por eso merecía su respeto.

—Quietas aquí. Nadie hará nada.

Las chicas notaron su desasosiego bajo la máscara imposta de diversión. La pelirrosa los miró desde la distancia y el Kazekage advirtió su presencia, concediéndole una leve reverencia a la que apenas tuvo tiempo de responder antes de que la joven recuperara toda su atención. Sakura afianzó la sonrisa sobre los labios.

Todo está bien.

— ¿Sakura-sama…?

—Voy a cambiarme—les indicó—. Nos vemos en el comedor.

Con suerte, él se encontraría demasiado ocupado para recibirlas durante la comida. Disfrutaría de un almuerzo agradable con sus chicas, Temari y Kankuro. Trató de controlar el manojo de nervios en el que se había convertido de camino a su habitación, deshaciéndose del obi durante el trayecto. Su zozobra era incoherente. Él no le debía nada. Y mucho menos, lealtad.

Todo está bien. Estaba en el primer día de su periodo, puede que aquello explicara su sensibilidad, fruto de un mero y mensual desarreglo hormonal.

Todo está bien. Echaba de menos como nunca a Ino. Era ella la que le repetía esas palabras y le acariciaba el cabello cuando el resto de niños se burlaban del color de su pelo y su frente de marquesina.

Todo está bien. Había aprendido a infundirse ánimos de esta manera, cada vez que la cagaba con Sasuke.

Por primera vez en meses, y aun a sabiendas de que su deseo no se haría realidad, Sakura sintió la imperiosa necesidad de regresar a su hogar en Konoha.

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Como era de esperar, el ala opuesta del Consejo había recibido la noticia con recelo. Sajo había chasqueado la lengua antes de dejar claras las malas vibraciones que le provocaba el encuentro entre la Hokage y la Mizukage.

—Konoha es nuestra aliada, a ver si os entra en la sesera de una condenada vez—se había sulfurado Temari.

—Entonces, ¿qué significan los últimos informes que avisan de la presencia no comunicada de ninjas de la Hoja en la frontera con el país de la Lluvia? —Yura sacudió la cabeza—. Están inmiscuyéndose en nuestro territorio. Perdemos soberanía, progresivamente.

—La Hokage envió una misiva en la que se disculpaba por la transgresión de fronteras—Kankuro frunció el ceño—. Los atacaron y buscaron refugio. Se desorientaron.

—Seguro.

El Kazekage recibió la mirada discreta de Chiyo-baasama por encima del barullo general que se desarrolló a colación del incidente. La anciana mostraba un gesto intranquilo impropio de ella, pero las razones no eran para menos.

Era, junto con Gaara, la única en la sala que conocía la verdad de los hechos. Y éstos se perfilaban decepcionantemente más oscuros que la artimaña de imprudente invasión que se habían inventado junto a la Godaime. Hacía un par de días de su encuentro con Tsunade Senjou. Un par de días desde que había recibido la noticia clarificada de manos de varios ANBU de máxima confianza, que le revelaron a Gaara la verdadera identidad de aquellos que habían sido avistados pululando por la frontera.

¿Raíz? —Tsunade había arrugado el ceño y entornado los ojos—. ¿Estás seguro?

Mis fuentes son de total fiabilidad. Pongo mi vida en sus manos, día tras día.

Tsunade había terminado por asentir lentamente con la cabeza, sin decir nada más. Tampoco hizo falta. El mero hecho de creer en las palabras del líder extranjero ya ponía en duda la tranquilidad de la Hokage con respecto a la facción liderada por Danzo. Con sus palabras, Gaara ponía a la Godaime en una peliaguda encrucijada en la que hubiera preferido no entrar, pero no podía hacer otra cosa. Los hechos hablaban por sí mismos.

Tsunade no podía emprender acciones contra Raíz sin desvelar sus encuentros secretos con el Kazekage. Y atender antes a la palabra de un extranjero que a la de los suyos se lo conocía por el nombre de traición. Con un poco de inteligencia podrían acusarla del delito, borrándola del mapa y dejando libre y a merced de Danzo el asiento del líder de una de las mayores naciones ninja. Y si de algo no dudaba Gaara era de la astucia del servicio secreto.

Su encuentro no duró mucho más, dada la pésima atmósfera que había creado el mensaje traído desde Suna. La Godaime había accedido a involucrarse en la investigación, y pactaron el informarse a través de mensajes codificados por correspondencia. Era lo más correcto. Sus encuentros serían advertidos, más temprano que tarde, y aquello no haría sino avivar la llama de la discordia.

Tsunade abandonó el tugurio con un gesto de enfado tal que Gaara temió que los descubrieran si hacía uso de su súper fuerza. Que Raiz se relacionara de cualquier manera con la Lluvia, a espaldas de la Hokage, no era buena señal. Y que la rubia hubiera aceptado tan rápida y amigablemente la mano que le tendía Mei Terumi desde la Niebla no hacía sino confirmar sus sospechas.

Aquel no era el estilo de la Hoja. Las cosas no debían estar yendo tan bien como se empeñaban en hacer creer de puertas para afuera.

—Algunos podrían dejar de lado su gravosa afición a perder el valioso tiempo de este Consejo y dedicarnos a hacer un balance de la situación con los rebeldes, por ejemplo—Baki suavizó ligeramente su mirada feroz al dejar sobre la mesa varios documentos unificados en gruesos volúmenes—. Estos son los últimos reportes recibidos.

Todos pudieron entrever el orgullo en su voz. Joseki no despegó sus manos de la mesa, pero Yura y el resto se abalanzaron sobre los informes como buitres hambrientos.

—Detenciones, disgregaciones, confesiones…

—Esto es bueno—afirmó el consejero Ryusa, con una sonrisa honesta.

Baki permaneció serio.

—Esto es el trabajo de cientos y cientos de ninjas que ponen en riesgo sus vidas día sí y noche también, aun cuando algunos se obcecan en proporcionar más impedimentos que apoyos.

Joseki parecía tranquilo.

—Jamás he dudado de la capacidad del cuerpo militar de este país—habló con voz pausada, consciente de ser uno de los objetivos de la pulla lanzada—. Por eso, estoy más que seguro de que extinguiremos esta lacra más pronto que tarde. Desde luego son buenas noticias—miró a Gaara—. Felicidades, Kazekage. Parece que las cosas están empezando a salir como todos queríamos.

El tono honesto no despistó al Kazekage, consciente de la ponzoña que velaba sus obsequiosas palabras. La reciente suavidad en el anciano no lo asustaba, pero de alguna manera u otra lo hacía mantenerse prudente. Prudente y despierto.

A dónde has ido a meterte, chaval. Esto es un auténtico nido de víboras.

—Konoha nos mantiene al tanto de cada uno de los pasos que da—afirmó Gaara, sobreponiéndose—. Dudar de su lealtad nos convierte en pésimos aliados. No nos conviene potenciar esa imagen al exterior.

No estaban rotos. Pero si llegaban los rumores oportunos a las naciones rivales, las cosas no harían sino dificultarse. Debilidad era lo último que necesitaban mostrar ahora.

—Debemos andar con pies de plomo—entendió Ryusa.

—Exacto. Por ahora, es lo único que nos queda. Y seguir actuando contra los insurgentes manteniendo la reciente eficacia. Quiero a las patrullas atentas como nunca. Se redoblarán los efectivos para el festival—Baki asintió con firmeza—. El pueblo se merece un paréntesis de inflexión con el que disfrutar en esta crisis. No permitiré que nada lo arruine.

Absolutamente nada.

Se puso fin a la reunión ordinaria del Consejo con la firma del acta y los miembros abandonaron la sala de uno en uno. Baki se acercó a su antiguo pupilo.

—Te remitiré el protocolo de actuación mañana mismo.

—Cuanta eficiencia—el jounin miró en derredor—. ¿Va todo bien?

Gaara asintió al tiempo que recogía sus cosas de la enorme mesa que presidía la sala de Reuniones.

—Los días previos al Tanabata siempre son ajetreados.

—No me refería únicamente a eso.

Su antiguo alumno lo miró de reojo, distinguiendo el jounin una mueca de cansancio y principio de suspiro.

—Todo está bien, Baki.

—Eso es exactamente lo que me dice ella—resopló—. No soy quién para meterme en vuestros asuntos, pero ver vuestras caras de culo día sí y noche también es más que irritante. Además, se la pega persiguiéndome cuando no tiene nada que hacer—entornó los ojos—. Ese era el tiempo que te dedicaba antes a ti. ¿Qué ha pasado?

Gaara salió ligeramente apresurado de la sala.

—No ha pasado nada.

—Bien, arregladlo de todas formas—hizo oídos sordos—. Vuestras peleas conyugales también me perjudican a mí. Y los rumores se extienden.

El pelirrojo parecía levemente hastiado.

— ¿Si tanta molestia te supone por qué no se lo dices directamente a ella? Sakura no es una niña, ni yo el padre responsable de su comportamiento.

—No podría hacerle eso—Baki agravó el tono—. Está sufriendo, Gaara.

El Kazekage se detuvo a mitad del pasillo. La rígida postura de su espalda denotaba una tensión creciente.

—Es lo mejor para ella.

— ¿Lo mejor para ella? Oh sí, desde luego, se la ve encantada con la nueva situación—rumió con sarcasmo—. Y a ti también.

—No me arrepiento de mi decisión—afirmó, palpándose las sienes—. Involucrarla sólo complicará más las cosas. Ambos tenemos nuestras obligaciones, ninguno necesitamos distracciones innecesarias. Ahora menos que nunca.

—Es tu amiga. De hecho, formalmente es tu esposa. No una distracción.

Lo mejor. No dejaba de repetírselo. Habían llegado a un punto de no retorno, y sólo tenía dos opciones. Retroceder a tiempo, la más conveniente y segura de todas, o saltar y precipitarse al vacío. No sabía lo que le esperaba allí abajo. No era su estilo avanzar a trompicones entre brumas tenebrosas, sin tener un ápice de idea de la magnitud de los enemigos que le salieran al paso. Gaara nunca había sido un amante del riesgo.

—Es la medida óptima. Entiéndeme.

—Entiendo que has cogido el mal hábito de Sakura de huir de los problemas—frunció el ceño—. Tú no eres así, Gaara. No te molesta salirte de tu zona de confort para hallar una solución válida, y esta déjame decirte que no lo es. Hablas de optimización, pero lo que has elegido es sólo una vía de escape. Lo mejor… ¿lo mejor para ti, tal vez?

El pelirrojo le confirió tal mirada que su instructor boqueó, consciente de haberse pasado de la raya. No quería sonar tan duro. Los ojos de Gaara titilaron con un brillo peligroso.

—Suficiente.

Dejó atrás a Baki de vuelta a sus asuntos, pero ninguna tarea que se auto-encomendara en ese momento ni lo poco que pensaba en sus palabras le quitaría la razón a su antiguo sensei. Gaara se encerró en su despacho, dejó de cualquier manera los papeles sobre el escritorio y se frotó con rabia el puente de la nariz, ofuscado. Guardar las distancias, eso era lo que le ordenaba a voz en grito la razón. Y tenía sentido. Conforme iban pasando los días, Gaara se sentía menos… abotagado, en cierta forma. Sus defensas se estaban reforzando. Los muros de contención ya solo hacían mención de tambalearse cuando se cruzaba con ella en el edificio y desde la distancia le dedicaba un rígido movimiento de cabeza. Como si se esforzara en manifestar su existencia. Como si quisiera demostrar que ella no lo había olvidado…

Déjate de gilipolleces y tíratela de una condenada vez. Te lo debe, como esposa tuya que es. Lo estás deseando casi tanto como yo.

Gaara no permitió que las soeces del demonio lo escandalizaran y lo relegó al último plano de su consciencia, en un ejercicio que le supuso un mayor esfuerzo del esperado. Su presencia se había hecho más viva a cada día que pasaba, y el Kazekage se veía obligado a destinar parte de su chakra constantemente trabajando en mantener a raya al Shukaku. Aquello explicaba sus acrecentadas ojeras. Su demonio disfrutaba del dilema al que el pelirrojo se enfrentaba, y su sufrimiento le confería especiales energías para rebelarse cuando menos se lo esperaba y llenarle la mente de palabras ponzoñosas y malintencionadas.

Si algún día creyó que llegaría a una tregua con la bestia de su interior, al estilo Uzumaki, estaba profundamente equivocado.

Debía mantenerla alejada. Alejada de los rebeldes, del Shukaku, de sí mismo. No podía detenerse ahí, no era suficiente. Gaara se hizo con pergamino y tintero y plasmó sus intenciones a través de una esmerada caligrafía y cuidado lenguaje, al más puro estilo de apaciguadora diplomacia en tiempos de guerra. De haber sido otro el contenido, casi parecía que se estuviera dirigiendo a la nación rival, y no a la esposa. Estuvo a punto de estampar el sello del Kazekage al final de la misiva, pero se contuvo en el último momento y firmó con su nombre de pila, con el que todos en su tierra lo conocían. Sabaku no Gaara. Contempló el manuscrito una vez concluido y dejó escapar el aire, mientras el peso de los acontecimientos le caía encima. Estaba agotado tanto física como mentalmente. No podía mantener la farsa más.

No estaba seguro, pero Gaara confiaba en que aquello rompiera con los puentes trazados y le trajera la paz que tanto ansiaba. Dejó la carta a buen recaudo en su primer cajón.

Tenía mucho trabajo por hacer.

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Trataba de evitarlo, pero a Sakura le temblaban tanto las manos que el papel que retenía entre las mismas oscilaba en el aire como la amenaza de la última hoja en el árbol antes del invierno. Su rostro en cambio permanecía sorprendentemente inmutable, con la excepción de la boca ahora convertida en una fina línea pálida y apretada. Kankuro había convivido con ella el suficiente tiempo como para saber que esas reacciones eran de lejos las peores, y disimuladamente se colocó en posición de ataque por si a la pelirrosa se le pasaba por la cabeza hacer uso de su fuerza colosal y tirar abajo el edificio.

Cuando ella le tendió la carta mirando al suelo y hablando con voz rota, supo que no ocurriría.

— ¿Qué significa esto?

Kankuro recogió la misiva y leyó en parapente. La pregunta, por supuesto, era retórica. Gaara había hecho gala de su certera prosa y era irritablemente preciso al redactar su deseo –orden- de suspender los entrenamientos vespertinos con la ninja de Konoha. La carta era una extraña fusión entre correspondencia personal y boletín oficial del Estado.

—No lo sé—fue lo menos estúpido que se le ocurrió decir.

Ni siquiera se esforzaba en justificar una excusa, quizás porque el trasfondo del asunto era mucho más serio. Se leía en las palabras, en la propia narrativa, en los signos de puntuación.

Gaara estaba prácticamente liberando de su cargo a Sakura.

No habría entrenamientos. Tampoco más lecciones de etiqueta ni protocolos establecidos. Mencionaba que la necesitaría a su lado en la inauguración del festival de la semana próxima, pero que a partir de ahí no se requeriría su presencia en ningún acto oficial –ni qué decir privado- más. A ojos del mundo seguiría siendo su esposa, y el acta matrimonial no diría otra cosa, pero eso sería lo único que tendrían en común. Sus firmas en un papel, una junto a la otra, conformando la realidad imposta que en el fondo nadie llegaba a creerse del todo.

Ni en sus peores experiencias con Sasuke. Sakura jamás se había sentido tan apartada de alguien.

—No entiendo nada.

Kankuro la contempló encogerse sobre la silla y disminuir hasta la mitad de su tamaño, sin saber bien qué hacer para consolarla. Había sido una suerte el toparse con el criado encargado por Gaara para llevar el mensaje y arrebatarle la misiva con un simple gesto. Quería ser él quien se encontrara con la pelirrosa. Pero ahora visto el contenido, hubiera preferido no hacerlo. Se le daba terriblemente mal.

—Debe haber una explicación para todo esto—apuntó—. Ya sabes lo del Tanabata. Gaara está muy preocupado por la seguridad y organización del evento. De seguro se trata de algo temporal…

Sakura no respondió. Era evidente que el tono del Kazekage aludía a una situación de permanencia; ella lo sabía, Kankuro lo sabía. El muchacho dudó antes de colocarle una mano sobre su hombro desnudo, desprovisto de mangas el chaleco, y la chica suspiró como casi agradeciendo el contacto.

—Escucha, deberías ir a hablar con él.

—Ya lo he intentado—se agazapó todavía más—. Pero sólo me evita.

Se encontraban a solas, en una pequeña salita de estar junto al vestíbulo del edificio principal. La mirada de Sakura parecía perdida en la cristalera que daba a una de las principales arterias de la ciudad, lo suficientemente cerca como para apreciar con precisión el ir y venir de cientos de personas a lo largo de la tarde.

La sonrisa triste que esbozó le revolvió a Kankuro el estómago.

—Todavía no sé qué he hecho mal. Tal vez haya pasado por alto alguna norma no enunciada de vuestra tierra, no lo sé—casi se carcajeó—. ¿Me equivoco?

Aquella fue una de las cientos de veces en las que Kankuro se repetía que de haber sido él, y no su hermano, la pelirrosa hubiera sido cientos de veces más feliz. Cientos de veces más sencillo.

—No es eso, Sakura. ¿Quieres que hable yo con él?

— ¡No! —se alteró ella—. No, no le digas nada. Si tan empeñado está en mantenerme al margen… dejaré que lo haga. Es el Kazekage, al fin y al cabo.

Y ella tampoco tenía la intención de arrastrarse, aunque le pesara.

Kankuro la meció suavemente.

—Escucha, creo que lo mejor sería que descansaras un poco por ahora.

—Imposible—se impuso ella, apartándolo con delicadeza—. Mi descanso termina en diez escasos minutos.

Kankuro soltó una carcajada con un deje amargo que la pelirrosa no pasó por alto.

—Sois tal para cual. ¿Lo sabes no? —Sacudió la cabeza—. Incorregibles.

Sakura le tomó una mano al marionetista.

—Gracias. De verdad.

Desapareció antes de que el moreno pudiera añadir nada más. A Sakura no le agradaba retrasarse con la reanudación de los turnos. Eso y que además, pretendía sumergirse en su trabajo al completo y dejar de lado las recientes preocupaciones. No pensar en ellas, aunque continuara con el corazón en un puño.

Cuando le comunicaron que le tocaban guardia y revisiones, Sakura supo que no conseguiría librarse de sus cavilaciones.

—Órdenes de Chiyo-baasama—le comunicó la jefa de enfermeras, con la ceja alzada—. Si tiene algo que objetar diríjase a ella, Sakura-sama.

Su actitud resentida, su pose malhumorada. Todo ello le indicaba que la encargada la estaba tentando a demostrar su trato de favor para con la institución y su directora. Sakura se calló la boca y optó por no darle la razón, resignándose a esas tareas tan poco absorbentes.

Las horas transcurrían irremediablemente lentas a través de idas y venidas entre boxes y salas de curas. Sakura revisaba constantes vitales y medía temperaturas, supervisaba la labor de los enfermeros y auxiliares, rellenaba informes médicos y daba las altas oportunas en un cupo fijo con el que dejar las suficientes camillas libres que se le exigía. La chunin obraba de manera mecánica, ejerciendo con el automatismo propio de la escasa dificultad que revestían dichas obligaciones. Y mientras, constantemente, el reguero de cuestionamientos no hacía sino aumentar.

Qué había fallado, se preguntaba Sakura mientras estiraba las articulaciones de un convaleciente. Cuál había sido su error. Ella se había acercado todo lo que Gaara le había permitido. Poco a poco, lo suficiente como para no considerarse ajena a él. Lo suficiente como para ser su amiga. Tampoco es como si él hubiera desdeñado su atención, a lo largo de todo ese tiempo: lo sentía a gusto junto a ella. Pero Sakura era lo suficientemente inteligente como para entender que algo lo había echado para atrás, y todo daba a entender que el origen de la cuestión radicaba en aquel determinante entrenamiento. Lo había asustado.

El cambio de tornas había resultado sorprendente. Si por ella fuera, se hubiera explicado como correspondía, hablando como personas maduras y adultas. Y de pesarle tanto al muchacho se hubiera incluso resignado a pedirle disculpas por su comportamiento. Pero Sakura había visto saboteado su primer intento de afrontar los problemas de frente, y ni el destino ni el esquivo Gaara parecían propensos a concederle la opción. A Sakura se le habían vetado todos los caminos disponibles e involuntariamente sólo le quedaba una única opción. Retroceso. Huída.

Se despidió del paciente con un resoplido y pasó a la siguiente habitación, localizada ligeramente más separada del resto. Tocó dos veces a la puerta y se decidió a entrar aun ante la falta de respuesta. El venerable Ebizo parecía inmerso garabateando en un folio junto a la ventana, atento al paisaje que se le ofrecía desde su habitación, las calles iluminadas bajo la luz de las farolas. Sin que hiciera mención a su presencia, Sakura comprobó la vía del gotero y cambió la dosis de suero. El anciano emitía un murmullo continuo irreconocible a oídos de la chica. Sacudió la cabeza y se respondió a sí mismo, rumiando. La pelirrosa comprobó que todavía no le habían recogido la bandeja de la cena. Apenas quedaban restos del arroz y pollo, pero no había tocado el puré de calabaza. Sakura torció el gesto, hablando con toda la delicadeza posible. No le importaba hacer las veces de auxiliar: ella se tomaba muy en serio las dietas y planes nutricionales de los pacientes.

—Debe comerse el puré, Ebizo-jiisama. Tiene muchas proteínas, y usted las necesita.

El viejo se sacudió como consciente por primera vez de la presencia de la chica, y le concedió una sonrisa desprovista de dientes. Agitó el folio garabateado ante sus narices.

— ¡Niña Sakura! Qué alegría verte de nuevo—se incorporó de un saltó y gateó hasta el extremo de la cama, donde se hizo con el tablero—. ¿Una partida, le apetece?

—Después. Primero debe terminarse el puré.

La profunda mueca de asco estuvo a punto de arrancarle una carcajada a la pelirrosa.

—Pero sabe muy mal.

—Como todos los días aquí, créame que lo sé—le sonrió—. Vamos, un par de cucharadas nada más. Y después le prometo una partida, aunque le advierto no soy nada buena al go—el anciano pareció considerarlo—. No pretenderá que le dé yo de comer como a los niños pequeños, ¿verdad?

Sacudió con energías la cabeza.

— ¡No, no!

Y poco a poco, se terminó el emplasto anaranjado del plato. Sakura se sentó en el borde de la cama cuando hizo mención de lamer la bandeja.

—Ya está bien Ebizo-jiisama—le arrebató con suavidad la fuente—. Ha cumplido su palabra. Traiga aquí ese tablero.

— ¿Blancas o negras?

Sakura resistió a duras penas los primeros diez minutos de partida. Ella no era una aficionada a los juegos de mesa, y su escasa práctica se limitaba a observar a Shikamaru en sus proezas al shogi. Era lo bastante inteligente como para entender los canales de acción y trazar una estrategia correcta, pero carecía de toda la lucidez y triquiñuelas de las que hacía gala el venerable hermano de Chiyo-baasama. Mientras jugaba, parecía más cuerdo que nunca. Sakura decidió aprovechar el momento para entablar una conversación mínimamente coherente.

—En apenas unos días se celebra el Tanabata. ¿Irá usted a verlo?

— ¡Sí, el festival! —asintió contento—. Vamos todos los años. Vienen mercaderes y feriantes de todos los rincones del país. Hay un chico del clan Dohei del norte que se traga docenas de katanas y luego las escupe envueltas en fuego. Es mi favorito. También el señor Takeshi; vende las mejores bolitas de pulpo. Madre suele comprarnos un par a mi hermana y a mí.

Sakura frunció ligeramente el ceño.

— ¿Ah, sí? —tanteó—. ¿Y qué opina de los fuegos artificiales?

—No me gustan—negó con la cabeza, repetidas veces—. Hacen mucho ruido y me dan miedo. Chiyo siempre se ríe de mí y padre me mira con cara rara. La mejor es madre. Ella me deja esconderme detrás de su falda y me habla sonriente hasta que me calmo. Los colores me gustan, son bonitos, pero el ruido no. Suena a guerra.

Sakura por fin entendió. Fruto de la demencia, el venerable anciano distorsionaba su propia concepción del tiempo y confundía las distintas épocas de su vida e historia. Inconscientemente, la había llevado hasta la Suna de setenta años atrás. Curiosa como ella sola, y segura de que se trataría de una experiencia al menos interesante, la pelirrosa trató de sumergirse en el nuevo escenario que se le planteaba. Dibujó en el mapa de su mente aquellas mismas calles, cubiertas del polvorín del desierto, crudo como nunca durante esos años. Instintivamente se imaginaba una Suna mucho más descarnada, donde olía a muerte en cada uno de sus callejones y el desmérito y fracaso se pagaban con la vida.

No se equivocaba.

— ¿Te cuenta madre muchas historias de la guerra?

Estaba hablándole al Ebizo de entonces, de unos seis años de edad. No veía mucho sentido en mantener el trato de usted.

—Oh no, madre siempre prefiere contarme historias de los grandes ninjas y sus aventuras. Ninjas buenos—le brillaban los ojos—. Mi favorito es Hashirama Senju de la Aldea de la hoja, pero a los profesores no les gusta y me castigan—tembló exageradamente—. Ellos sí quieren que lo aprendamos todo de la Primera Guerra. Nos dicen que tomemos ejemplo. Los temibles hermanos de Oro y Plata de la Armada Kinkaku son los que más le gustan a Kuroda-sensei. Un niño de mi clase confundió a Kinkaku con Ginkaku y lo abandonaron en una fosa del desierto. No volvimos a verlo. Era una pena, porque me caía bien…

—Vale—el anciano se estaba acelerando y Sakura trató de calmarlo para no dar al traste con el viaje emocional—. Entiendo. Vuestros entrenamientos deben de ser terriblemente duros. ¿Está también en la Academia la abu-eh…—sacudió la cabeza—… tu hermana Chiyo?

Ebizo hizo un mohín extraño.

—A ella ya le han dado su placa como genin. Ha sido la única de su promoción. Envenenó a todos sus compañeros en las pruebas, fue muy sencillo…—Sakura contuvo un escalofrío—. Ahora está trabajando con los químicos en los laboratorios. Padre está muy orgulloso, pero a mí a veces me pega. Madre llora porque se asusta, pero no hace nada porque teme que le pegue a ella también. No la culpo. Madre es frágil, como una muñeca de cristal, frágil y bonita, frágil…

Su voz se fue apagando hasta prácticamente desaparecer y Sakura tragó saliva. Acarició suavemente el colgante pellejo del brazo del anciano decrépito y este levantó la cabeza, mirándola bajo sus pobladísimas cejas sin verla en realidad.

—Tu madre te quiere mucho—le susurró—. Y tu hermana también.

—Lo sé, lo sé…—se frotó las sienes con demasiada fuerza—. Él me dice lo mismo. Todos los días lo repite. Bishamon. Yo…—cada palabra lo desconectaba cada vez más—. Padre me mataría si supiera que lo visito casi todas las mañanas. Él me ayuda. Duele, pero me ayuda. Si sólo fuera como Chiyo… como él…

Algo parecía forzarlo a detenerse. No era la primera vez que Sakura escuchaba ese nombre. Ni ella ni nadie con un mínimo de cultura general: todos sabían de Bishamon, dios y señor de la Guerra. Pero jamás lo había oído anclado a la figura de alguien mortal, de un humano. Era pretencioso, y hasta sacrílego.

— ¿Quién es Bishamon?

—Es un secreto—le susurró, con los ojos desorbitados—. Fui un niño malo y lo descubrí. Prometí que no se lo diría a nadie, pero no me escucharon. Me castigaron. Creí que me moría… pero él los detuvo. Me salvó. Me salvó —se tapó los oídos con violencia—. Le debo mi vida. Es bueno, aunque se esfuercen en hacer creer lo contrario. ¡Él es bueno! ¡Él…!

Sakura lo sostuvo con fuerza por los hombros huesudos cuando comenzó a hiperventilar y las constantes vitales marcadas por el aparato se dispararon. Era peligroso, dada su condición. Lo zarandeó con la menor brusquedad posible para despertarlo de su letargo. Se le había ido de las manos.

—¡Despierte, Ebizo-jiisama! ¡Ya es suficiente!

El anciano detuvo las convulsiones, y repentinamente echó a llorar en un quedo sollozo. Sakura lo abrazó y dejó que moqueara contra su pecho. Se sentía terriblemente miserable por lo que había hecho. De haber sabido que terminaría de esa manera, no habría dado cuerda a la locura del venerable anciano.

—Lo siento—habló de corazón—. Por Kami-sama, perdóneme…

Una risita desconcertante la tomó por sorpresa. Sakura bajó la vista y se encontró al viejo arrimado contra su pecho, dedicándole su típica sonrisa desprovista de dientes y los surcos de lágrimas todavía cruzándole el rostro.

—Sólo bromeaba—le tembló ligeramente la voz—. Es lo que hago cuando quiero repetir postre y las enfermeras se niegan. Suena bien, ¿verdad?

Se terminó de limpiar las mejillas a base de refrotones con las mangas de la camisa, empleando más fuerza de la requerida. Sakura alzó una ceja pero no dijo nada, con el peso de la culpa todavía martilleándole en las sienes.

—Gran actor.

Se separó del venerable con delicadeza, acomodándose en el borde de la cama. Fue su turno para echarse a reír descontroladamente. No sabía si era contagio del ambiente en el que vivía el anciano demente, o producto de su última triquiñuela. Ebizo-jiisama la contempló sujetarse el estómago con fuerza y retener las primeras gotas que amenazaban con verterse desde sus lacrimales. Aún tardó unos minutos en recomponerse, después de varias intentonas de serio carraspeo y posterior reanudación del ataque de risa.

—Eres buena persona—sentenció una vez terminado su escrutinio.

No era una pregunta. Sakura parpadeó y lo contempló con ternura.

—No tanto como me gustaría, pero se intenta.

El anciano asintió.

—Me alegra que Gaara te tenga a su lado. Es un buen chico… y todo el mundo merece un poquito de felicidad. ¿No crees?

A Sakura se le descompuso el rostro cuando pensó en lo mínimamente que contribuía a la felicidad del Kazekage en aquellos momentos, cuando parecía que no quería verla ni en pintura. Profirió un bufido sarcástico que no escapó a la audacia de la inestable mente del anciano.

—No sé qué clase de historias os tenéis entre los dos—murmuró inocente—. Pero desde que tú llegaste, cada vez que el niño de Rasa me visita puedo verlo reflejado en su rostro. Antiguos vestigios de la luz que una vez pobló sus ojos. Un pequeño brillo alegre, alegre y juguetón, tal y como él era de pequeño. Siempre andaba correteando por las calles, a la búsqueda de posibles niños con los que trabar una amistad—ahogó una risa—. Se empeñaba tanto… prácticamente se les lanzaba encima, lo que no aportaba a la causa, no, no, en absoluto… ¡Ja, ja! No veas como huían, los pequeños…

Sakura permaneció en silencio mientras el anciano continuaba con su perorata en voz baja e inentendible. Se imaginó un niño bajo y escuálido para su edad, con una mata de pelo rojo coronándole la sesera y persiguiendo potenciales amigos como si de presas se tratasen. Con una apariencia similar a la actual y el pesado yugo del Shukaku en la conciencia de todos, el resultado parecía fácilmente predecible. Predecible y triste. La imagen de un niño callado y reservado habría casado mucho mejor con la proyección que era hoy Gaara.

—El niño es ahora Kazekage—susurró ella, más para sí misma que para el anciano.

—Sí, pero sigue siendo persona. Se ha convertido en alguien solitario, pero no está el serlo en su naturaleza. Los pocos amigos que tiene los atesora como al más grande de los erarios—la señaló con el hueso que tenía por dedo—. Y tú, niña, eres una de las joyas más grandes de la corona. Diga lo que diga. Haga lo que haga pensar. Le interesas. Le importas. La experiencia le ha enseñado que el dolor es algo inherente a estar a su lado. No quiere que sufras. Te quiere a salvo. Te quiere...

Las palabras cobraban sentido a oídos de Sakura. Se había repetido mil y una veces el no hacerse ilusiones, acostumbrada como estaba a verlas destruirse en mil pedacitos. A pensar de manera lógica, fría y racional como la ninja que siempre le hubiera gustado ser, al más puro estilo estoico de los Hyuga. E inesperadamente, el viejo le abría de par en par la puerta que tanto ella se había empeñado en cerrar. No debían ser imaginaciones suyas, si alguien tan distraído y ajeno a la realidad como Ebizo-jiisama se había percatado. Su presencia le había afectado. Algo, al menos. El mero hecho de provocar alguna clase de sentimientos en el aparentemente apático Gaara le aceleraba el pulso hasta límites insospechados. Se llevó las manos al rostro cuando notó el calor de la sangre acumulándose en las mejillas.

—Deja de perder el tiempo con necedades y ve a arreglar lo que sea que os ocurra—le soltó el viejo, empujándola fuera de la cama—. Hazme caso. Merece la pena.

De verdad la merece.

Las piernas le temblaron ligeramente al ponerse en pie. Sakura tragó grueso, asintió con energías y se despidió con presteza del anciano, zanqueando a través de los corredores al ritmo de los latidos desbocados de su corazón. Era una completa locura, pero tampoco era como si tuviera nada que perder. En caso de permanecer callada, en caso de no hacer nada para remediarlo, la pérdida entonces sí sería definitiva. Y si de algo estaba segura, era de que, de quedarse quieta, no se lo perdonaría jamás.

Voló como una exhalación frenando en seco hasta detenerse frente a la puerta del ya conocido despacho del Kazekage, donde sin ninguna duda sabía que éste se encontraría. Se limpió las palmas de sudor en el borde de la falda antes de acercar una mano temblorosa al pomo de la puerta. Había sido rápida pero silenciosa. Todavía tenía la opción de echarse atrás… o eso es lo que habría pensado la antigua Sakura. La nueva se estiró los músculos del cuello en un movimiento circular, y armándose de oxígeno y valor empujó de la manilla.

—¡Gaara, tenemos que hab-

Fue como si el tiempo se detuviera. Matsuri separó sus labios de los del Kazekage a un ritmo insolentemente pausado a ojos vista de la pelirrosa. Aunque la castaña la miró con un deje de fastidio, se notaba primordialmente asustada. Sakura no reparó en los matices de su expresión, clavada la mirada en el rostro pétreo de Gaara. Con gesto perdido, tardó unos segundos en denotar su presencia. Finalmente, sus ojos se encontraron, turquesa helado contra jade resquebrajado. Ambos contuvieron el aire. Pero cuando Gaara hizo ademán de hablar y su rostro permaneció tan imperturbable como siempre, sintió que se le rompía el corazón.

—Sakura…

Como el disparo señal de salida en una carrera. La kunoichi de la Hoja abandonó la estancia veloz como el rayo, casi a trompicones, sin molestarse apenas en esquivar a los sirvientes y shinobis varios que se encontraba a su frenético paso.

—¿Pero qué demo-…? —chocó contra Temari en el camino—¿Sakura?

Continuó sin responder, sin darle tiempo a decir o hacer nada más. Se encerró en su cuarto con el pestillo echado y se sostuvo a duras penas sobre el escritorio, con los codos temblorosos como chamizos bajo la ventisca. Alzó la cabeza y sus propios ojos le devolvieron la mirada en el espejo apostado en el tocador. Se descubrió ojerosa y con una expresión compungida como nunca. Le dolía el pecho, casi tanto como la cabeza al sentir lo mucho que aquella intromisión inoportuna la había afectado. Esa chica… debería haberlo imaginado. Ellos no tenían nada en común. Eran simples extraños a los que las circunstancias habían obligado a permanecer en el mismo bando. Fuera de aquel propicio teatro, cada uno tenía su vida. Gaara junto a aquella chica que bebía los vientos por él. Y ella…

La imagen de Sasuke apareció distorsionada y lejana como nunca. Ya no pertenecía a aquel lugar. Y en cambio, la sombra de un pelo rojo y ojos de un azul cristalino se le aparecía hasta llenarle los ojos de lágrimas, augurando el espanto de lloros que le esperaba aquella noche. Se había prometido no volver a cometer el mismo error. Y como en todo lo que se proponía, había fallado estrepitosamente. Consciente de que se había enamorado inevitablemente de Sabaku no Gaara, se retiró a la intimidad de su enorme camastro entre sollozos.

Una vez pasado el festival, y terminada su última obligación como esposa imposta del Kazekage, Sakura abandonaría la Villa Oculta de la Arena. Por y para siempre.

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Continuará...