EL REENCUENTRO FUE EN UN RESTAURANTE

Warning: Spoilers. Este fic contiene las últimas noticias sobre la tercera temporada. Llegado el momento, los spoilers darán paso a mis deseos lo más respetuoso posible con el canon. No olviden que se trata de especulaciones.

Cap. III Lo que no cambia

La mujer fue directa al hombre tras la barra y le pidió las llaves del botiquín. No hubo ningún problema para dejarles pasar a la trastienda y curarle los efectos del recibimiento. Aunque había más que buena voluntad en sus intenciones.

— ¿Cuál es su nombre? —le preguntó al detective.

— No es relevante.

— ¿Y por qué mi prometido está tan furioso con usted? —dijo limpiándole la sangre seca. Sherlock rio ante esa palabra: prometido.

— No le importa—. La mujer le miró extrañada.

— Muy bien, señor misterioso, esto ya está —exclamó tirando la gasa manchada a la papelera y cerrando el botiquín.

— Ahora debo irme —el detective se encaminó hacia la salida y ella cogió el abrigo y fue tras él.

Fuera, miraron por donde John se había ido hacía ya un tiempo, como si esperaran su vuelta; pero no volvería y lo sabían.

— Dígale a John..., mejor no le diga nada —y Sherlock se marchó y se difuminó con la maleza.

Mary, así se llamaba la mujer, volvió para pagar la cuenta. Miró a su alrededor, a nadie parecía importarle lo ocurrido; el bullicioso y demasiado ocupado Londres atacaba de nuevo. Al salir, dirigió la vista al camino del joven desconocido, tomó un taxi al pasar y se fue a su casa temporal hasta el pronto casamiento; el 221B.

Al entrar al salón, John se volteó hacia ella con unos ojos que no parecían ver lo que deseaban, acompañados de tristeza y desaliento.

— Me dejaste allí —le recriminó la mujer.

— Lo siento, tenía que marcharme —contestó él devolviendo sus ojos cansados a las chispas de la chimenea.

— ¿Sin mí?

— Ya he dicho que lo siento.

— Y, ¿quién es ése que ha hecho esto de ti?

— No importa.

— Algo así dijo él. ¿Es de la guerra?

— Algo así.

— ¿Vendrá a nuestra boda? —John no contestó, a las nulas ganas de seguir hablando se le unió la falta de saber la respuesta.

Con toda sinceridad, no sabía qué haría más allá de dormir en breve, exceptuando la boda. Mary, cansada de esperar una respuesta que no llegaría esa noche, se desahogó con el aire y se marchó a dormir. Esa noche dormiría sola, John tenía mucho en qué pensar.

...

Tras cuatro días madurando lo sucedido, el doctor se levantó más temprano que de costumbre. La boda sería en tres días, Sherlock acababa de volver de la nada..., todo era demasiado confuso. Necesitaba un cambio. Y lo más fácil y rápido de cambiar era ese bigote.

A él ni siquiera le gustaba, lo llevaba porque a su prometida sí parecía hacerlo. Prometida, qué gran palabra, sonrió para sí. Abrió el cajón del mueble del lavabo y sacó una máquina de afeitar eléctrica.

...

Incluso a esas horas las calles de la ciudad estaban ya atestadas; Londres nunca dormía. John caminó por ellas sintiéndose terriblemente solo entre la multitud, y decidió rodearse de soledad física. Las calles se hicieron cada vez menos atractivas a la vista y, lo que John buscaba, más solitarias. Pero, incluso entonces, se sentía observado. Decidió no hacer caso a esa sensación y seguir caminando, no pudiendo zafarse de ella. Era como si cientos de ojos le observaran, miles.

Un chico de no más de quince años salió de un callejón apuntándole con una navaja. Él no llevaba su arma y, aunque la hubiese llevado, no la habría usado.

— Dame todo el dinero —exigió el ladronzuelo.

— No llevo nada encima —suspiró John.

— No te creo.

— Tú mismo.

Un hombre alto salió de entre las sombras de las callejuelas y se dirigió hacia ellos con paso firme, pero la cabeza baja.

— Viene conmigo —exclamó, y el chico, sin mirarle, desapareció corriendo por donde había llegado. — Sígueme —dijo el hombre misterioso. Y John le siguió.

Pasaron por calles estrechas y plazas con sustancias insalubres, nada nuevo en el mundo, hasta que llegaron a un bosque y entraron en él. Acabaron en un claro lleno de escombros y casas precarias en apariencia deshabitadas. El extraño, que en realidad ya no lo era, se paró.

— No debes caminar solo por aquí —sentenció levantando la vista para ver a John. Él evadió contestar.

— Así que vives aquí —miró una casa medio derruida a su izquierda.

— Sí —le sonrió— te la enseñaré —y saltó a un árbol para acceder directamente al hueco de lo que podría haber sido una ventana. John, con esfuerzo y la ayuda de su mano, subió con él.

El lugar se veía peor que desde fuera, que ya era malo. Una sola habitación, un traje colgado en una percha en una viga, papeles y cosas de las que no recordaba ni el nombre y una bañera en el centro.

— Los colchones tienen chinches y aquí hay mucha humedad —dijo el más alto.

— Te ves horrible —fue la respuesta de John.

— Lo sé. Mejoraré —hizo una mueca de desagrado. — He escuchado que te casas —ambos rostros se ensombrecieron.

— Sí, en tres días. ¿Vendrás?

— ¿En calidad de qué?

— Lo sabes muy bien —una pequeña sonrisa apareció en el doctor y el ambiente se destensó.

La imagen recordaba a aquel encuentro tras el disparo certero que Sherlock no pidió y que tanto agradeció sin decir nada.

— Te has afeitado.

— Tú tendrás que hacerlo.

— Estás mejor así.

— Por eso lo he hecho. Tú estás horrible —y rieron. Sherlock había vuelto, ¿qué cambiaría ahora?

Hay cosas que nunca cambian.