Prólogo: En las cataratas.

Sargento Lance Rivaille, los pomposos de arriba lo consideraban (y llamaban) "El mejor soldado" y sus apreciadas alimañas Sargento Levi o Levi simplemente. Él, con sus ciento sesenta centímetros de altura había matado a más titanes de lo que se podían contar con los dedos y era poseedor de más seguidoras (y seguidores) que el club de los adoradores de los muros.

Era sexualmente atractivo, tenía esa clase de fuerza de la que no hace falta presumirle al público… Fuerza Levi, decían sus alimañas, era una especie de energía magnética que hacía que te hicieras pis encima cuando su mirada se posaba encima de ti. E incluso cuando no lo hacía y andaba de lo más despreocupado matando titanes por allí y por allá, completamente ignorante de su magnetismo y sin prestarte atención, la Fuerza Levi venia y te cogía tan brutalmente que te desmayabas en el éxtasis más puro y sexualmente satisfactorio que podrías tener.

Y eso era real… ¡No podía ser más jodidamente real! Habían cientos de rumores de recatadas damiselas que circulaban por ahí, sin que nadie pudiera evitar prestar atención y parar la oreja lo más discretamente que se podía. Y que decían millones de cosas, ese tipo de cosas que no se dicen en voz alta y mucho menos en la calle a menos que se quiera presumir de aquello.

Una de esas recatadas damiselas juraba haberse desmayado cuando lo vio entrar a su habitación, salvándola del ataque de un titán y sintiendo su eso contra su pierna. Y aquella damisela juraba que era el eso más grande que había sentido y que ni siquiera estaba duro. Y nadie se atrevía a negar su palabra. Nadie.

Porqué… ¡joder!, Levi era ardiente. No solamente ardiente, sino jodidamente ardiente. Y al mismo frío como la noche antártica. Oscuro. Total. Misterioso. Magnifico.

Levi es importante, imponente, glorioso.

Levi es fuerte, pero no solo fuerte, es brutalmente, encaprichadamente, sexualmente fuerte. Es un ¡BOOM! Sonoro y devastador lleno de agilidad sobrenatural, músculos y tensión sexual (suya no, tensión sexual de aquellas personas que lo ven combatir sintiendo rinocerontes ebrios y urgidos en su estómago), que viene y hace que te obsesiones y que lo desees.

Si Levi fuera un día, sería uno lleno de ese frio fantasmal que cala en los huesos, lluvioso, torrencial, lleno de niebla fantasmal que preocupa y deja los sentidos adormecidos. Un día perfecto para matar o tener sexo salvaje frente a la chimenea con el agarre de turno.

Hablando de agarres…

También se decía por ahí que Levi jugaba para los dos lados y que en los dos lados, a pesar de su estatura y condición física, era el dominante. El que tenía todo ese atractivo animal que ocasionaba muchas explosiones de ovarios y desmayos a su paso y que también tenía cierta actitud abierta hacia el sadomasoquismo y el bondage. Más de cinco personas había secundado lo del sadomasoquismo, más de ocho lo del bondage y otros tantos que tenían miradas culpables y avergonzadas.

Solo Monesvol sabía qué tipo de parafilias practicaba Levi, cuantas eran casi peligrosas y cuantas lo eran. Pero a nadie le importaba eso, porque la Fuerza Levi hacia que los calores hirvieran y que la mente se embotara y que después recordaras todo tan vívidamente que sentía que ibas a desfallecer de nuevo. Al día siguiente Levi no estaba. Levi nunca se quedaba, tenía cosas que hacer, deberes que cumplir, subordinados que maltratar. Lo único que podías encontrar (con mucha suerte), era un cigarro a medio terminar en el cenicero.

Erase Levi, el Director de la Sinfónica de los Gemidos.

Era Levi, con la mirada fría, la sonrisa arrogante y la sensación que el poder que emanaba de ese cuerpo casi felino te iba a hacer morir.

Era un día llamado "Levi", un día que aparece a media noche del jueves y desaparece antes del inicio del viernes, un día que te deja con esa sensación de querer morir en medio de las lagunas de mercurio que posee aquel ser sobrenatural.

Levi es completo, único, más allá del humano. La obra magna del ser que supuestamente gobierna allá arriba. Es perfección en sus movimientos, en su mirada, en su todo.

Y Eren… pobre Eren, más cerca de lo que muchos desearían estar y sufriendo, sufriendo la Fuerza Levi en todo su esplendor y núcleo, derritiéndose a cada paso que daba detrás suyo, sintiendo el embriagante aroma a vino tinto y cigarros de buena marca. Eren era la víctima más reciente de la Fuerza Levi, Hanji Zoe lo supo (y lo sabe) cuando lo vio enrojecer y ponerse nervioso ante la cercanía del Sargento en el sillón, mientras ella lo examinaba e intentaba curarlo de la paliza propinada. Casi rió y tuvo que morderse la lengua para no hacerlo. Ella misma había sido una víctima tiempo atrás y sabía lo que sentía caer. Así que cuando los dejo solos, días después de aquella vez, en el mismo sillón, sonrió burlonamente mientras veía al pobre Eren clavar la mirada en el suelo y mover las manos nerviosamente.

Pobre Eren.

Y la cosa no hacía más que empeorar.

Érase una mañana calurosa, érase un Levi entrenando patadas y golpes con un muñeco de goma en medio de un campo de entrenamiento algo alejado y rodeado de numerosos arbustos; arbustos en los que se encontraba escondido Eren a una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para ver al Sargento Levi golpear con fuerza medida aquel estúpido y vulgar muñeco.

Eren se sentía como una persona mala, una persona sucia, un vil acosador que observaba a una obra de arte con tanta atención que no se perdía ninguno de sus movimientos casi pornográficos. Después de todo, las obras de arte estaban hechas para ser admiradas. Yaeger, embelesado, atontado, aturdido, lelo. Y Levi, con las gotas de sudor cayéndole por el cuerpo, en aquel cuerpo que era deseado por la mayoría de mujeres y la mitad de los hombres, vestido solamente con unos pantalones y alguna prenda molesta sin mangas que le impedía ver su abdomen. Abdomen que Eren deseaba morder y besar y sentir cerca al suyo. El rojo se le volvió a subir a las mejillas ante ese pensamiento tan… tan sucio y sintió como el Erencito que tenía entre los pantalones comenzaba a despertar.

MierdaMierdaMierdaMierda

Pero en su mente era Levi besándolo, Levi mordiéndolo, Levi moviéndose junto a él. Era Levi, Levi, Levi y Levi en todas las partes de su mente, en todas las partes de su cuerpo. Trato de pensar en cosas desagradables, en Mikasa con la regla, en Ymir, en titanes. Pero no funciono, porque el titán se convirtió en Levi, un Levi gigantesco, poderoso y muy desnudo que estaba más bueno que comer con las manos y él se volvió un Eren débil pero lleno de tensión sexual no resuelta.

De repente el Erencito en sus pantalones ya no era chiquito y le comenzaba a doler. Mierda, pensó, ¿Y ahora que carajos hago? Tenía que huir, lejos, muy lejos y afilar la espada o, podía irse no muy lejos y buscar alguna fuente de agua que este lo suficientemente fría como para que el Erencito vuelva a dormir.

¡Vergüenza debería darte, Eren Yaeger! Ni siquiera lo has tocado y ya tienes un problema ahí abajo.

Pero a pesar de sus planes para huir, su cuerpo deseaba, necesitaba quedarse ahí. Mirando, contemplando. Y de la nada, casi le da un jodido infarto. Era Levi quitándose la prenda que anteriormente había odiado por cubrir su abdomen y dejándola por ahí, en un lugar que Eren no llego a ver por que su ojos estaban fijos, completamente fijos en su abdomen definido y la fina sombra de vello oscuro que descendía a partir del ombligo y más abajo

¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡Y NO! ¡Estúpido Eren! ¡Deja de mirar! ¡Malo, Eren! ¡MAAALO!

Y el Erencito entre sus pantalones se moría por salir y tener contacto con algo más allá de la tela.

Y era Levi, con los músculos tensos y dando golpes y las gotas de sudor bajando. Bajando. Y el bulto que tenía en los pantalones blancos que usaba para entrenar. Eren observo que al parecer ahí faltaba tela, que el espacio era muy pequeño para el Sargento Levi. Se preguntó cuánto mediría.

¡EREN MALO!

Erencito volvió a quejarse dentro de sus pantalones.

Okay. Tenía que buscar un lago, un rio o si era posible un océano entero como poder mandar a dormir a Erencito. Salió de entre los arbustos y gateo en la dirección contraria a la de Levi, intentando alejarse todo lo que pudiera de aquel hombre. Cuando estuvo seguro de que ya no sería visto, se levantó y echo a correr, buscando desesperadamente alguna señal de agua corriendo.

Encontró una especie de cascada pequeña después de unos quince minutos, muy bonita y rodeaba de vegetación. Se quito la ropa, bueno, prácticamente se la arranco y se metió dando un salto. El frío lo atravesó y maldijo en voz alta, aunque poco a poco se fue acostumbrando y vio, satisfecho, cómo Erencito comenzaba a volver a su forma normal. Dio un gran suspiro y cerro los ojos, algo relajado.

.

—Eren.

Mierda.

Erase un Rivaille, cerca de la pequeña catarata y un Eren, a punto de desfallecer.