Los personajes no me pertenecen, pertenecen a Stephanie Meyer, la trama tampoco, solo la adapto a Crepúsculo.

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Capítulo 4.

Bella no sabía qué ponerse en su primera noche como amante. No era capaz siquiera de pensar en la pregunta sin desear soltar risitas tontas como una adolescente o salir corriendo de puro pánico. Pensárselo mejor no era una expresión adecuada para describir la montaña rusa de sus emociones: temor, excitación, preocupación y la necesidad de gritar. ¿Amante? ¿Ella? Era la mujer más normal del mundo. Su idea de la vida loca era pagar por que le hicieran la pedicura en lugar de hacérsela ella misma. ¿Cómo podía siquiera contemplar la posibilidad de ser la amante de Edward?

Y lo había hecho. Se había ofrecido y él había aceptado y muy pronto se acostarían.

No se lo podía imaginar. No con Edward. En realidad, con ningún hombre. Había pensado en la intimidad de Jacob, pero eso era diferente. No se había preocupado por nada. Sabía que sería dulce y amoroso y excitante.

-Te equivocas- dijo en voz alta mientras miraba el interior del armario.

Jacob había resultado ser un mujeriego y había salido de su vida para siempre. En ese momento estaba apunto de convertirse en la amante de un jeque increíblemente rico. Algo que aún no conseguía meterse en la cabeza.

No era que no estuviera satisfecha con que él hubiera aceptado su propuesta. Pretendía disfrutar de cada instante de su venganza. El objetivo la hacía un poco peor persona, pero estaba deseando vivir con ello. La condición de su propia alma le parecía menos preocupante en ese momento que la ropa que ponerse para esa noche.

Tenía mucha ropa de trabajo y toneladas de cosas informales: vaqueros, camisetas…Pero no auténtica ropa de amante. Nada que ella identificara como ropa de amante. No es que hubiera una sección así en las revistas de moda, pero tenía la sensación de que unos vaqueros y una blusa de algodón no eran lo que más adecuado si quería ponerse algo que Edward no le hubiera visto en la oficina.

Después de mirarlo todo una y otra vez, se decidió por un sencillo vestido azul de manga corta y unas sandalias de tacón. Se había bronceado la semana anterior para la boda, y le quedaba en las piernas el color suficiente para no tener que preocuparse de ponerse unas medias. Unos pendientes y una rápida pasada de brillo de labios completaron su aspecto.

Aún le quedaban unos minutos hasta que llegase el coche. Fue al cuarto de estar y dedicó el tiempo que le quedaba a empaquetar algunos regalos que faltaban por devolver.

Ver aquellos objetos que Jacob y ella habían ido colocando le entristeció. ¿Por qué había salido todo mal? ¿En que había fallado? De acuerdo, lo que le habían dicho sus dos mejores amigas sobre Jacob había sido uno de los fallos. ¿Por qué no las habría escuchado?

-Asumiré la responsabilidad por ser una estúpida-dijo en un murmullo mientras cerraba una ceja-, pero no por lo que ha hecho él. Él ha sido el mentiroso, no yo.

Oyó un coche que se detenía y miró por la ventana. Había una gran limusina negra delante de su puerta. Como era difícil que fuera de alguno de sus vecinos, Bella dejó lo que estaba haciendo y buscó su bolso.

Cinco minutos después había conocido a Arnold, el simpático chófer que le había acompañado hasta el asiento trasero del vehículo. La única ocasión en que se había subido a una limusina había sido en la fiesta de final de carrera, en la universidad, y su acompañante y ella había compartido con otras dos parejas (Rosalie & Emmett, Alice & Jasper). Aquello era completamente diferente.

Tenía bar, televisión y suficiente espacio como para una sesión de pilates.

-Éste no es mi mundo- murmuró para animarse.

Una voz en su interior se preguntó si sabía qué demonios estaba haciendo. Ser una amante era un concepto sobre el que no quería pensar. En realidad, serlo en carne y hueso era una realidad que le daba miedo y para la que no estaba preparada. A pesar de eso, tendría de enfrentarse con ella esa misma tarde.

-Yo fui a Edward- se recordó en voz alta-. Yo soy la que deseaba esto. Lo deseaba a él.

Y aún era así.

El tráfico iba sorprendentemente bien para ser una tarde de un día de diario, y en menos de cuarenta minutos estaba frente a una casa de una sola planta de madera y cristal.

Las plantas tropicales alineadas a los lados de la entrada, proporcionaba sombra. Dos altos muros a ambos lados proporcionaban privacidad. Cuando Arnold abrió la puerta trasera del coche, Bella pudo oír el sonido del océano.

-Que pase una buena tarde- dijo el chófer mientras sonreía-. Estaré esperando para llevarla a casa cuando terminen.

¿Terminar con qué?, quiso preguntar, pero no lo hizo. Mejor no saber.

Recorrió el sendero empedado hasta la puerta de dos hojas. Antes de que encontrara el timbre, la puerta se abrió y Edward apareció ante ella.

Podría haber dicho algo, no estaba segura. Había movido los labios, así que seguramente habría algún sonido, pero Bella no lo había oído. No podía pensar, apenas respirar mientras él la miraba.

No llevaba traje. Conocía a Edward desde hacía más de dos años y sólo lo había visto con traje. Habitualmente sin chaqueta. Se la quitaba nada más llegar al trabajo y sólo se la ponía para recibir a algunos clientes. Lo había visto cansado, maniático, meditabundo, con las mangas recogidas y la corbata floja, pero nunca lo había visto vestido informalmente.

Esa noche llevaba unos pantalones sastre y un polo. El último le dejó ver que sus impresiones sobre su cuerpo eran acertadas: mucho músculo dentro de algo que rozaba la perfección masculina.

Siempre había sabido que estaba fuera de su alcance a juzgar por las mujeres con quienes solía salir. En ese momento supo que estaba fuera de su alcance por el hombre que era.

Era rico, de la realeza y peligroso. También era guapo.

Se mordió la lengua para no disculparse por hacerle perder el tiempo y salir corriendo a la limusina para que la volviera a dejar en casa. Ella se lo había pedido, a él le había interesado y había tomado una decisión. Por alguna ignota razón, Edward la quería como amante. En cuanto dejara de hiperventilar, aceptaría esa realidad y se enfrentaría a ella.

-¿Estás bien?-preguntó Edward.

-No del todo- esbozó una sonrisa-, pero estaré bien.

-¿Qué te ayudaría?

-El transcurso del tiempo o una enfermedad mental.

-¿Quizá un poco de champán?-le ofreció con una sonrisa.

-Es una alternativa razonable- dijo ella mientras atravesaban el recibidor en dirección al salón.

Ver a Edward vestido con ropa informal había sido impactante. La visión del Pacífico al fondo como si se tratara de un cuadro maravilloso también. Unos ventanales desde el suelo hasta el techo eran la pared occidental del salón. Podía ver una franja de arena y después el azul del mar en movimiento.

-Me encanta la vista- dijo Bella.

-Me alegro. Me recuerda a Lubia. Mi casa en la Isla da al Océano Índico.

-¿Hay alguna diferencia?

Edward se acercó a una mesa baja de cristal en la que había una botella de champán metida en hielo y dos platos con aperitivos.

Edward abrió la botella.

-El olor-dijo finalmente-. El sonido es el mismo, pero si cierro los ojos y respiro hondo, siempre sé dónde estoy. En mi hogar el olor salado es más tropical.

-Mientras aquí huele como en Hollywood-dijo ella aceptando la copa que le ofrecía.

-¿Es ese olor?

-Estoy sólo imaginando- dijo ella mirando la botella de Dom Perignon. Había bebido champán antes, pero no tan caro-. Sé que Lubia es una hermosa isla tropical, pero cada vez que pienso en ello, sólo me imagino petróleo y arena.

-También es eso- dijo haciendo un gesto en dirección al sofá-. Te imaginas las clásicas imágenes del desierto. Eso es lo que te puedes encontrar en El Bahar o Bahania.

No estaba tan segura de que esos países estuvieran en su lista de viajes a corto plazo. Primero tenía que poner en orden su vida.

-Tú estas emparentado con la familia real de Bahania, ¿verdad?

Edward esperó a que ella se sentara en uno de los extremos del sofá y él ocupó el otro.

-El rey de Bahania y mi padre son primos,

-Una interesante familia, y muy interesante-probó el champán-. Está bueno-dijo.

-Me alegro de que te guste. ¿Quieres algo de comer?

-No, gracias.

¿Comer? ¿En ese momento? No era buena idea. Ya estaba bastante nerviosa. Comiendo sólo conseguiría revolverse el estómago y acabaría vomitando. Desde luego algo nada memorable en su primera visita a la cada de Edward.

Dios. ¡Estaba en su casa¡ ¡Había accedido a que fuera su amante¡ Pronto estarían desnudos, habría sexo y seguramente lenguaje soez. Su vida se había convertido en una película.

Bajó la copa y pensó en algo que decir. Era curioso cómo no les faltaba nada de qué hablar en la oficina. Evidentemente tenía negocios que comentar pero no en ese momento. Buscó algún tema típico de amante, pero ¿Cuál?

¿Y cómo iban a hacerlo? ¿Se acercarían y ella le dejaría? ¿Habría alguna señal o pregunta universal que tendría que entender? Si la había, no se iba a dar cuenta.

-Puedo oírte pensar de nuevo- dijo él con una sonrisa-. Estás nerviosa.

-¿Tú no lo estarías?

-En estas circunstancias?- consideró la pregunta-. Sí.

-Muy bien.

-A lo mejor si comentamos cuestiones logísticas te encuentras algo más cómoda.

Bella tenía serias dudas de que pudiera sentirse cómoda, pero bueno, cosas más extrañas habían sucedido.

-De acuerdo, hablemos.

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