Capitulo 1: Mal presentimiento

Desperté esa mañana con una leve sensación de pesar, como si supiera que algo malo fuera a pasarme. Me levanté de la cama y me froté el ojo izquierdo con una mano. ¿A qué podía deberse aquello? Luego recordé, era una sensación familiar…algo que ocurría cada año. Aquel día era el día de la cosecha, el día en el que un chico y una chica de cada distrito eran elegidos para participar en los juegos del hambre. Y yo sabía muy bien que si mi nombre salía en la cosecha, mis posibilidades de ganar eran casi nulas.

Mis ojos se desviaron a la otra cama, que estaba al otro lado de la pequeña habitación con piso de madera barata, la cama donde mi hermana pequeña yacía dormida sin preocupaciones. Adara Mason, mi hermana, tenía siete años, a duras penas sabía lo que significaba la cosecha para todo niño o niña mayor de doce años. Lo único que sabía era que "se iban y no volvían mas", que es lo que le había dicho mi madre el año anterior, cuando la niña, preguntó por curiosidad cuando nos encontrábamos en la plaza, mientras yo caminaba a la sección de las niñas de catorce años.

El rostro de Adara parecía sereno y calmado, todo lo contrario al mío, no me tomen a mal, yo nunca estaba nerviosa en las cosecha, o no tanto, pero aquel día..era diferente..porque yo tenía un mal presentimiento.

En esos tiempos, yo era una chica de quince años recién cumplidos, de aspecto frágil. Era delgada y un poco baja para mi edad. Pero yo era fuerte, todos los que me conocían bien lo decían. Yo ayudaba a mi padre con su trabajo como leñador en mi tiempo libre, me divertía, era buena cortando leña con el hacha, también arrojándolas con buena puntería y así cortar los troncos más finos. Eso hacía que las chicas me miraran despectivamente y los chicos…No podía estar segura, pero más de un par de veces habré captado admiración en sus ojos cuando me miraban, nada más. Por supuesto que no me miraban como a una chica, hasta donde yo sabía, me miraban como a uno de ellos, un chico. Casi siempre iba desaliñada, con mi corto cabello hecho un desorden y mis uñas siempre cortas al ras y llenas de tierra.

Me bajé de la cama y salí del cuarto, mas silenciosa que una sombra para no despertar a Adara, la verdad es que la envidiaba un poco, pero si me ponía pensar, ella algún día cumpliría los doce años y estaría en el grupo de edad elegible. Pero eso me asustaba. Aunque la envidiaba por algo tan estúpido como eso, yo amaba a mi hermana.

Cuando salí de la habitación, lo primero que encontré fue a mi madre, que me asustó un poco, ya que no esperaba encontrármela tan temprano.

-Buenos días, Johanna.- Me dijo con una cálida sonrisa.

Yo le sonreí y la miré, como si todavía tuviese doce años.

-Buenos días, mamá.- Le dije –Adara sigue durmiendo. ¿Qué hora es?- Pregunté, en mi tono se notaba lo despistada que estaba con respecto a la hora.

-Las 11 de la mañana…- Dijo mi madre –La cosecha empieza a la 1, creí que te gustaría dormir hasta tarde hoy…- Me dijo con preocupación.

-Está bien, gracias.- Le dije después de asentir.

Mi madre pasó de largo y yo caminé en la dirección contraria. A esa hora mi padre de seguro estaba trabajando, pero iba a volver en poco menos de media hora, el día de la cosecha los dejaban salir antes. La cosecha era obligatoria, incluso para aquellos que no tenían hijos o estos no estaban en edad elegible. La única excusa para no ir era estar a punto de morir…recordé aquel año, mi primera cosecha, en la que tuve que asistir con fiebre.

Entré en la cocina y mi expresión cambió al no oler a comida caliente. Lo único que encontré sobre la mesa fue media hogaza de pan de tres días y unos pedazos de queso. Me senté en una de las sillas y tomé un cuchillo. Corté un pedazo de pan y uno más pequeño de queso, coloqué el pedacito de queso sobre el de pan y lo dejé sobre la mesa. Abrí el viejo refrigerador y saqué una jarra de leche, llené un vaso y lo puse sobre la mesa. Observé mi manjar con hambre mientras colocaba la jarra de nuevo en el refrigerador y luego me senté en la mesa. Volví a observar mi desayuno, como si yo fuera la predadora y la comida la presa. Sonreí y ataqué. Comí el pan con queso rápidamente y después bebí la leche.

Escuché el inconfundible ruido de unos pies relativamente pequeños golpeando el suelo, descalzos, miré en la dirección del sonido y vi a mi hermana de pie, mirándome con su viejo conejo de peluche en brazos. Traté de sonreírle, pero yo sabía que la niña estaba angustiada, así que me ahorré la sonrisa, como solía hacer. Ví a mamá entrar en la cocina y pasar de largo.

-Johanna.- Dijo en un susurro – No quiero ir a la cosecha, me da miedo.

La miré, mi expresión mostraba una mezcla de compasión y una ira casi absurda. Si, casi, porque me daba un poco de rabia que mi hermana se quejara de la cosecha cuando no estaba en edad elegible, ya iba a tener tiempo y motivos de sobra para quejarse cuando cumpliera los doce años. De todas formas, si alguien salía elegido en esta familia, esa iba a ser yo, al menos por ahora. Por unos instantes, mi mente se debatió entre contestarle o no, al final decidí no contestarle, no estaba de humor y hablar del tema solo iba a ponerme peor.

Saqué mi viejo vestido verde de la cosecha de mi armario y lo miré. En verdad era viejo, lo tenía desde los doce años, y quien sabe de quién era antes de que fuese mío. Las puntas mojadas de mi cabello se pegaban a mi rostro y algunas gotitas de agua caían por mi cara. Terminé de secarme con una toalla y me vestí rápidamente. Estiré las mangas del vestido para que me cubrieran las muñecas, como ya me estaba empezando a quedar chico, las mangas parecían más cortas. Peiné mi cabello y este, al estar mojado, quedó lacio y parecía más largo de lo habitual, me llegaba hasta los hombros.

Me miré en el espejo partido, las ojeras claras que estaban siempre debajo de mis ojos, hoy eran uno o dos tonos más oscuras. 'Deber ser por el estrés' Pensé, apartándome del espejo y tomando mis zapatos. Odiaba esos zapatos, iban a juego con el vestido, pero a mí me gustaban mis botas de cuero, aunque estuviesen gastadas y algo rotas en la punta.

Un ruido proveniente de la sala me hizo saltar un poco sobre la cama. Tenía que ser la puerta principal, mi padre volviendo del trabajo. Luego escuché sus pasos, si, definitivamente era mi padre ¿Quién más podía tener pasos tan pesados en esa casa?

Adara entró en la habitación envuelta en una toalla azul y buscó su ropa para cambiarse. Cuando estuvo lista, tomó una cinta de color blanco y me obligó a arrodillarme para estar a su altura. Sonrió cuando lo hice y colocó la cinta en mi cabello.

-Listo.- Dijo con una leve sonrisa.

Nos dirigimos a la sala, donde, a diferencia del resto de los días, todo estaba en calma. Mis padres nos esperaban al lado de la puerta, ambos con la preocupación escrita en el rostro. Yo intenté sonreír una vez más, pero, al igual que antes, no pude.

Dejamos la casa y yo le eché una rápida mirada. No quería ser ni estaba siendo pesimista, pero la verdad es que yo tenía alguna que otra posibilidad de salir elegida. Y nunca estaba de más echarle una quizás última mirada a la casa.

Era una linda mañana, el sol no estaba tan fuerte a pesar de ser mediodía y había una ligera brisa que hacía evidente que eran los comienzos del verano. Lo que no encajaba con el hermoso ambiente era el clima general. Mirara donde mirara, había hombres, mujeres, niños y niñas con la mirada fija en el suelo, todos dirigiéndose a la plaza. Yo caminaba arrastrando los pies y llenándome los zapatos de polvo, pateando cualquier roca que se me cruzara en el camino.

Finalmente llegamos a la plaza, donde ya había bastante gente reunida en torno a un escenario que había sido colocado hacia unos días en frente del edificio de justicia. Los adultos y los niños pequeños se quedaban atrás y los que se encontraban en la franja de edad elegible se dirigían, preocupados o indiferentes, a sus respectivos sectores. Yo caminé hacia el sector reservado para las chicas de quince años y esperé en silencio a que comenzara la cosecha, o ceremonia, como ellos preferían llamarla.

El alcalde Barrington se paró en el podio, junto con Bea, la mujer del Capitolio que se encargaba de elegir a los dos tributos. Junto a ellos, sentados en unas sillas al costado del escenario, estaban Blight y Naya, un hombre y una mujer que habían ganado ediciones anteriores de los Juegos del Hambre, este año serían los mentores de quienes fueran elegidos. Blight era un hombre relativamente joven, de unos treinta y siete años que parecía bastante saludable. Naya era mayor, tenía unos cincuenta años y era bastante delgada, no parecía muy sana. Su expresión era dura y severa y casi nunca sonreía.

El alcalde aclaró su garganta y ojeó por última vez unos papales que tenía en su mano. Acto seguido empezó con su discurso anual. Su discurso siempre era el mismo, salvo por un par de cosas sin importancia que cambiaba cada año. Tan aburrido, falso y rutinario como la escuela y las propagandas del Capitolio. El discurso siempre trataba de cómo el Capitolio nos salvó a los distritos de la guerra y la pobreza a pesar de nuestra rebelión y como creó los Juegos del Hambre para disciplinarnos.

Una vez terminado el discurso, Bea, la acompañante del distrito 7, prácticamente le sacó el micrófono al alcalde y esbozó una enorme sonrisa que en vez de agradar asustaba. Bea era alta y delgada y estaba vestida enteramente de distintos tonos de azul, al igual que su cabello picudo, que también era azul. Se aclaró la garganta y nos miró.

-Bienvenidos a la cosecha, ciudadanos del distrito 7-Dijo en voz alta y clara.-Hoy es un magnífico día para todos nosotros ¡ya que voy a elegir a un valiente niño y niña para que representen a este distrito tan fabuloso en los sexagésimo sextos Juegos del Hambre !-Gritó con alegría.

Miré a mí alrededor para ver a mucha gente tragar saliva, algunas niñas se tomaban de las manos con sus amigas y miraban al frente mordiéndose los labios con fuerza. Yo solo esperaba sin hacer ningún gesto que delatara que estaba nerviosa, ya que eso me hacía ponerme peor.

Bea asintió sonriendo y empezó a caminar hacia la urna de los chicos, ella siempre empezaba un año con las chicas y otro con los chicos. Al parecer este año les tocaba a los chicos, nadie se acordaba de eso excepto ella. Con una última mirada al público, metió su mano en la urna y la mantuvo unos segundos ahí.

Varias personas contuvieron la respiración cuando Bea por fin tomó un papel con fuerza. Y no solo los chicos que aguardaban, también sus padres, sus hermanos, sus amigas, por ende, casi todos los presentes. Bea sacó el papel y lo sostuvo en alto por unos segundos, mientras todos se preguntaban quien era el desafortunado que había sido elegido.

-¡Aaron Clark!- Leyó en voz alta y clara.

Miré alrededor nuevamente, buscando al chico, no tenía ni idea quien era. Segundos después, un chico flacucho de pelo negro y piel pálida empezó a caminar hacia el podio. Al parecer tenía trece años y, cuando le vi la cara, vi que tenía los ojos llorosos. Se secó las lágrimas de un manotazo y subió al escenario sin mirar atrás. Me di cuenta, usando el lado de mi mente fría, que si ese niño no tenía unos cuantos trucos bajo la manga, iba a morir en el baño de sangre inicial o, con suerte, en el segundo día.

-Ahora las chicas-Dijo Bea con una sonrisa.

Sentí mi pulso acelerarse y puse una mano sobre mi pecho y respiré hondo, no tenía por qué salir elegida.

-¡Johanna Mason!-Dijo Bea con voz alta y cantarina.

Mis ojos se abrieron de par y mi pulso se aceleró aún más. Sentía que la sangre me hervía dentro de las venas al escuchar mi nombre. Respiré hondo y traté de calmarme, pensando que lo que ya estaba hecho, ahora tenía que hacer lo mejor por ganar, empezando desde ahora.

Por alguna razón no fui capaz de hacerlo, de mostrarme fuerte; y la desesperación del momento me ganó. No era dueña de mis actos. Mis ojos se llenaron de lágrimas y antes de darme cuenta estaba llorando como una niña pequeña, patética y débil. Probablemente lo era en el fondo después de todo. Incluso Aaron parecía más valiente que yo ahora mismo. Me escurrí las lágrimas y di un paso, pero las rodillas me temblaron. Apreté los puños, tratando de encontrar valentía en alguna parte de mí.

Y al parecer lo hice, porque caminé hacia el escenario con paso relativamente seguro y me paré al lado de Bea. Al hacerlo, noté que Aaron, mi ahora compañero de distrito, no era mucho más bajo que yo, y eso por alguna razón me hacía sentir débil. Bea posó una mano en mi hombro y otra en el de Aaron.

-Damas y caballeros ¡Les presento a los tributos del distrito 7! ¡Aaron Clark y Johanna Mason!-Anunció con una sonrisa.-Ahora, estréchense las manos-Dijo, tirando de ambos para que nos colocáramos uno al lado del otro.

Estiré mi mano, un poco temblorosa, para tomar la del otro chico, que me miró con los ojos rojos y cargados de miedo. Yo le devolví una mirada parecida y le estreché la mano. El alcalde Barrington leyó el Tratado de la Traición mientras yo me limitaba a mirar al suelo, no quería hacer contacto visual con nadie. Al terminar el alcalde, dos agentes de la paz tomaron a cada uno de nosotros del brazo y nos escoltaron hacia el interior del edificio de justicia. Yo mantuve siempre la vista hacia abajo, de vez en cuando dejando caer algunas lágrimas de miedo y rabia.

Lo que yo no sabía era que esas lágrimas de cobarde iban a conducirme a la victoria.