Tras muchos días de espera por vuestra parte, aquí os dejo el siguiente capítulo de esta historia, espero y deseo que os siga gustando hasta el final, disculpad la tardanza, he estado algo enfrascada en mi nuevo proyecto. Buybuy y hasta el siguiente.

Castigo

Fue cuestión de unos segundos tener la certeza de que Sirius y la mestiza se conocían de antes. Lo que dejó en claro que Sirius no podía ser de fiar.

No tardó en tomar la decisión de que no podía permitir una interactuación entre ellos.

—Mine.

Tanto Hagrid como Minerva aparecieron a espaldas de Sirius, ella traía unas ropas en sus manos, a las que no le dio importancia.

Hagrid solo miró a Sirius con desconfianza:

—Quiero que la vigiles mientras atiendo a un invitado inesperado.

—Como desees Harry.

—Tú, ven conmigo.

Inquirió señalando a Sirius, este frunció el ceño y tras mirar a la mestiza, se decidió a ir, él se giró a mirarla también:

—Recuerda mi orden. Piensa bien el castigo que quieres que ella sufra en tu lugar.

Sin más se largó de allí seguido de Hagrid, dejando solas a las dos mujeres. En cuanto la puerta se cerró, McGonagall, la observó de forma hostil.

—Esto es para ti.

Declaró molesta, entregándole unas ropas y con ellas una nota. Hermione observó la nota y seguidamente a ella.

—¿Qué?

—El joven Black me ha pedido que te lo hiciera llegar. No sé lo que dice.

Curiosa, dejó las ropas a un lado y abrió la nota, en ella había poco escrito.

—"Mantén al chico ocupado. Sedúcelo si es preciso."

Tras leer eso en voz alta, se quedó unos instantes intentando procesar la información, cerciorándose de que había leído correctamente la nota en cuestión y la había comprendido.

Seguidamente fijó sus ojos en McGonagall quien la observaba furiosa:

—Está de broma, ¿cierto? Sirius jamás diría tal cosa.

McGonagall entrecerró los ojos:

—No es una orden del joven Black, está claro que quien quiere que entretengas a mi chico es Albus.

Esas palabras perturbaron a Hermione, que repasó la nota y efectivamente reconoció los trazos de Albus en ella.

—Yo no, jamás sería capaz de tal cosa. ¿En qué está pensando ese viejo loco?

—Parece creer que puedes tener cierta influencia en él. No es el único que lo ha pensado. Todavía no comprendo porqué mi muchacho te ha permitido tantas cosas hasta el momento. Estoy por pensar que le pareces divertida.

Hermione estrujó la nota furiosa y encaró a la mujer.

—Me importa una mierda lo que le parezca a ese miserable. No soy uno de sus juguetes. No pienso entrar en semejante tontería.

Minerva la observó por unos instantes en silencio, para seguidamente declarar:

—Me importa muy poco lo que decidas hacer chica. Solo te advertiré algo, en el momento en que hieras a Harry, será mi propio puñal el que se clavará en ti. Si Albus y su panda de rebeldes cree que pienso permitir que lo hieran, estáis muy equivocados.

Hermione la observó sorprendida:

—Si tanto lo amas y apoyas sus perversidades, ¿por qué haces esto?, ¿Por qué me has entregado la nota y me traes esta ropa?

—Harry no es como Albus cree, y quiero que te acerques lo suficiente a él para que lo conozcas realmente. No sé qué tienes, pero hay algo en ti que me hace creer que una vez veas la realidad no serás injusta.

—¿Injusta?, Estás loca vieja, pienso matarlo si se me presenta la oportunidad, así muera yo a la par que él. Asesinó a mi tío, no esperes que olvide eso.

Estaba furiosa con esa mujer, ¿cómo se atrevía ella a decir tales cosas?

—Harry ha sufrido muchas cosas. Quizás matar a tu tío sea la única cosa que pueda reprocharle.

—¿Y qué me dices de los mestizos?, Es un asesino.

McGonagall la fulminó con la mirada, enfadada caminó hasta la mesa de Harry y rebuscó unos papeles, seguidamente los revolvió y sacó uno de ellos.

Caminó hasta ella y le lanzó el documento a la cara:

—Ahí tienes a tus mestizos. Todos los que han sido presentados ante Harry solo han sido despojados de sus poderes y reubicados.

No puede permitir que la gente sepa que no acaba con sus vidas. Si ellos pensasen tal cosa, nadie lo respetaría. Pero mi chico no ha matado a ninguno de ellos.

Todavía me pregunto por qué tú sigues aquí. Solo ha restringido tu poder, no te lo ha arrebatado. ¿Te has entregado a él?

Hermione la miró dejando en claro el asco que eso le producía, y McGonagall se encontró perdida. Esa muchacha tenía que tener algo, algo que a Harry le atraía, sino no comprendía nada de nada.

La observó mientras ella repasaba el informe que le había dado y se percató de que ella se mordía el labio inferior y estaba sorprendida.

La contempló detenidamente, descubriendo que lo que los hombres de Harry decían era cierto. Su figura era esbelta, no era una chica demasiado alta, pero sí contaba con las curvas que conseguían encandilar a los hombres.

Sus cabellos no eran nada del otro mundo, solo una maraña de esparadrapo rizado y enredado, lo llevaba corto, desde que Dolohove y Filch le habían hecho aquello, ella se lo había mantenido por encima de los hombros, siempre recogido, dejando dos mechones rebeldes que le caían por el rostro.

Su semblante era moreno y tenía algo en esa mirada suya, era una chica inteligente, se había percatado de ello y poderosa, pues pese al collar que restringía su poder había sido capaz de formular algunos hechizos que le habían hecho la vida imposible a Harry.

—Has de darte un baño antes de ocupar tus nuevas ropas.

Ella recordó que McGonagall estaba presente y la miró, seguidamente fijó sus ojos en la bañera del lugar y frunció el ceño:

—Iré a lavarme a…

McGonagall negó:

—Harry ha ordenado que a partir de ahora compartirás todo con él. Comerás cuando él coma y te bañaras aquí.

Aseguró que como ya duermes aquí, era un desperdicio que te tuvieses que ir a lavar a otro lugar todas las mañanas.

Asegura que es para facilitarte las cosas.

McGonagall sonrió ante la cara de fastidio de ella, que miraba la bañera con disgusto. Ella miró la misma, definitivamente Harry estaba dispuesto a terminar con todas las bromitas que ella le había ocasionado.

Ahora, o deshechizaba la bañera, o se bañaba con agua fría como él. Y con las comidas, lo mismo, o sufría las consecuencias, o la comida de Harry volvería a ser buena.

Todavía se preguntaba cómo demonios habían conseguido dormir en la misma alcoba sin matarse.

Miró al rincón donde ella tenía las mantas apiladas. Harry se había negado a dejar que subieran una cama a su cuarto y la obligaba a dormir en esa esquina. Ella solo podía imaginar que Harry había creado una barrera entre ellos para dormir en las noches tranquilo, sino no conseguía comprender.

La chica sonrió de medio lado e inquirió:

—Si se cree que con esto todo se arregla está muy equivocado, no sabe que desde niña, no he contado con la ventaja de agua caliente para lavarme. Eso fue un lujo que conocí al llegar aquí.

McGonagall no dijo nada, la contempló coger las ropas de forma digna y acercarse al lugar reservado para el baño. Cerró la puerta con un fuerte portazo y suspiró, definitivamente esa muchacha era indomable.

Recogió los papeles y los ordenó, dispuesta a que Harry no descubriese que le había mostrado a nadie lo que él había hecho con los mestizos.

La muchacha se tardó un poco en el baño, incluso la escuchó tararear y no pudo evitar sonreír de medio lado. Eso iba a desquiciar a Harry.

Cuando la puerta del cuarto de baño fue abierta y McGonagall levantó la mirada se quedó congelada.

Las ropas que portaba eran las mismas que una saciadora debía portar. No obstante, no fue eso lo que la dejó congelada, era el cómo le quedaban estas.

Albus era un maldito cretino. Y esa joven iba a significar o el fin de algo o el principio. No obstante ni siquiera el ver lo sumamente hermosa que esa joven se veía, la hacía dejar de entender lo que acababa de descubrir.

—¿Qué significan estas ropas?, creí que esa idiotez de ser una saciadora había quedado descartada. Yo no soy una puta como Chang.

Inquirió furiosa mirando su ropa. Seguidamente añadió:

—Además, creí que las ropas eran de color beis para todas, ¿por qué demonios tengo el negro? Ese es de Chang.

—Era.

Dijo molesta, ella la miró sin comprender y seguidamente se acercó a la chica y la acompañó hasta colocarla frente al espejo del cuarto.

Cuando Hermione se miró se quedó congelada, abrió los ojos al máximo y maldijo furiosa. En esos tres meses había cambiado. Antes era demasiado delgada, era comprensible, después de todo había días en que no podía hacer más de una comida, otros ni eso.

Pero desde que llegó allí, había tenido sus tres comidas y no podía decir que hubiese hecho demasiados esfuerzos.

Su cuerpo antes de niña más que de mujer, había tomado forma. Parecía haber querido demostrar el punto que los Black más de una vez le habían hecho ver.

Que ella contaba con belleza. Descubrirlo en ese instante la enfureció, no deseaba que ninguno viera aquello. Solo uno.

Cuando tenía las ropas de una criada más, nada de eso se veía, el dichoso vestido tapaba todo, pero con aquellas ropas la cosa cambiaba.

La falda llegaba un poco por encima de las rodillas, revelando unas largas y fuertes piernas morenas y delgadas. Su cuerpo se ensanchaba un poco en unos generosos muslos que desembocaban en una cadera firme y un vientre plano.

Vientre que quedaba cubierto, exceptuando su ombligo, por una camiseta que se ataba a su cuello, justamente podía pillarla con el collar de restinción y cubría parte de su espalda por detrás, pero no del todo, la parte baja de la espalda quedaba al descubierto y la de sus hombros también, por delante acababa en dos picos a cada lado. Otra cosa que esa maldita camiseta no cubría, era el nacimiento del canalillo de sus pechos.

Estos sí los cubría al completo, pero hacía un dibujo de rombo desde su cuello hacía abajo.

Su cabello, mojado y ondulado, caía sobre sus hombros con cuidado.

—No pienso vestir así.

Inquirió furiosa, McGonagall la miró a través del espejo:

—Créeme niña, si pudiera impedirlo lo haría. No me agrada para nada. Pero hay algo que vas a tener que entender.

Harry esta noche ha dejado en claro a quién le perteneces.

—Yo no lo pertenezco a nadie.

Inquirió furiosa, McGonagall a su vez negó:

—Te equivocas, con tus estúpidos jueguecitos, has obligado a mi muchacho a tener que hacer esto. Llevas el negro, para dejar en claro que le perteneces al señor. Ninguno de sus hombres podrá tocarte.

Te he contemplado niña, y no soy la única. Muchos de los hombres de Harry te han echado el ojo. Algunos para nada adecuados. Los hay incautos, como puede ser ese grandullón de Krum con el que simpatizas, pero Dolohove no es tan sumiso y recatado.

Ni Fenir tampoco. Desde que Riddel se marchó están demasiado ociosos y te ha puesto en su mira. Fenir es un sádico, no importa si eres una saciadora o no, eso a él no le importará para nada.

Pero con esas ropas que portas la cosa cambia, da una razón para que Harry te permita todas tus idioteces, y deja en claro que ninguno pueda tocarte.

—No deseo que ninguno de esos miserables piense que tengo nada con alguien como su señor.

McGonagall negó, e iba a decir algo cuando la puerta se abrió, por esta entraba Harry hablando con Sirius, quien parecía furioso por algo.

—Te digo que te equivocas Harry, si tan solo quisieras es…

Sirius se quedó mudo al mirar hacia ella y Hermione enrojeció ante sus ojos grises.

McGonagall no se perdió semejante forma de actuar de ambos, y Harry al ver que Sirius callaba de golpe la absurda excusa que le estaba dando, quiso averiguar la razón de aquello.

Cuando sus ojos descubrieron a la mestiza que llevaba amargando su existencia durante tres meses se quedó congelado.

¿Pero qué demonios estaba pensando McGonagall para hacer aquello?

Él no había solicitado que la vistieran así, maldita fuera su suerte. Miró de una a otra y abrió la boca para reclamar, pero se encontró con que no era capaz de dejar salir ni una sola palabra de sus labios.

Cuando sus ojos se encontraron con los atigrados de McGonagall esta le devolvió la mirada y se irguió. Supo enseguida lo que se le venía encima.

—Después de semejante espectáculo que diste, en el gran salón, me obligaste a actuar.

—¿Actuar?, Maldita sea Minerva, esto es volverte loca.

Minerva achicó los ojos y él dio un paso hacia atrás, chocó contra Sirius, quién al recibir el peso de Harry pareció volver a la realidad.

McGonagall caminó furiosa hasta ellos, e incluso Sirius retrocedió a la par. En cuanto llegó a su altura, la anciana parecía haber crecido diez palmos y tanto Harry como Sirius se encogieron.

El dedo de Minerva se clavó en su pecho con fuerza:

—Mira bien con quien hablas jovencito. Si no hubieses actuado como un macho cabrío en celo, yo no habría tenido que hacer tal cosa. Ahora quedará protegida de cualquiera de esos desalmados a los que tú mismo les has dado paso libre para tomarla pese a no ser una saciadora de las tuyas.

—Un momento yo no…

—¿Tú no?, ¿Quién la forzó a besarte en mitad del gran salón?, ¿Quién ha permitido sus chiquilladas en silencio durante todo este tiempo y luego la besó dejando en claro que ella no podía evitar eso?

La has expuesto a que todos la puedan tocar sin más. Al menos así ella estará protegida de esos desarmados que sirven al desgraciado de Riddel.

—Yo no quiero que esté protegida de nada. Maldición, se merece lo que le pase, has sido testigo de todo lo que…

La mano de McGonagall le cruzó la cara, dejándolo helado en el sitio, ella jamás le había golpeado. Al verla a los ojos, supo que había dicho algo que no debía:

—Jamás se te ocurra decir que una mujer merece que la violen. ¿Qué pensarías si le hicieran tal cosa a Luna, a mí o incluso si se lo hubiesen hecho a tu madre en su día? No es culpa de ella que tú hayas hecho el idiota, ahora acarrea con las consecuencias. Sé que no te agrada que te mezclen con gente de su clase, no obstante, ahora no eres prioridad.

No dijo nada de inmediato, solo fijó sus ojos en la mestiza y quitando su mano de su rostro, entre dientes inquirió:

—Fuera.

Minerva lo entendió en el acto, cogió a Sirius del brazo y lo sacó de allí junto con ella. En cuanto la puerta se cerró, McGonagall agarró a Sirius con mayor fuerza y tiró de él:

—¿Qué haces Minerva?

McGonagall no habló en el acto, tan solo lo llevó hasta una de las salas más alejadas, furiosa entró en esta con Black tras ella, en cuanto cerró la puerta se giró a encarar a Sirius, sus ojos brillaban furiosos:

—¿Cómo fuisteis tan estúpidos de permitir que la hija de Jane fuese atrapada?

Sirius abrió los ojos al máximo sorprendido:

—¿Cómo sabes tú qué…?

—Conocí a Jane, maldito idiota, ¿creísteis que tardaría mucho en darme cuenta de que esa muchacha es su hija?, Más importante, que olvidaría que Jane estaba casada con George Granger.

—Espera un segundo Minerva, esto…

—Estáis todos locos, ¿cómo se le ocurre a Dumbledore ordenar a una Granger a que seduzca a Harry?, ¿Sabes lo que pasará cuando Harry descubra esto?

—¿Qué Albus qué?, Un Momento, ¿por eso la vestiste así?

—Albus ordenó que ella lo distrajera, que si era preciso lo sedujera. No sé qué pasará entre ellos, pero algo te voy a advertir, porque quiero que se lo digas a Albus de mi parte. Si tengo que hacerlo, la mataré. No dejaré que ella acabe con él.

No sé qué planeasteis al dejarla entrar aquí, o si llegó por error, Harry desconoce que sea una Granger, pero no dudes que si se entera, el destino de esa muchacha está sellado.

—No permitiré que le pase nada Minerva.

La seriedad de Sirius la hizo fruncir el ceño:

—¿Qué es esa mocosa para ti?

—La hija de Jane, y la prometida de Regulus.

Esas palabras la dejaron congelada.

—¿De Regulus dices?, Saca a tu hermano de aquí cuanto antes Sirius. O morirá.

Sirius la miró unos instantes seriamente:

—¿Qué quieres decir?

—Tú eres hombre, ¿consentirías que besaran o esclavizaran a tu prometida sin hacer nada? Si Regulus hace algo contra Harry morirá, Sirius debes hacer que Regulus marche a cualquier otro lugar.

—No lo hará, no se alejará de Hermione.

—Entonces lo perderás.

Sirius se quedó callado, comprendiendo que lo que Minerva le decía era cierto, Regulus no soportaría ver cómo habían vestido a Hermione. En cuanto viera aquello, enloquecería.

—Veré qué puedo hacer.

—Dile que hay gente que se ha percatado de su comportamiento extraño. Luna es una de ellas. No le ha dicho nada a Harry, ella está con nosotros. Pero su esposo es fiel a Harry.

Harry fue el único que lo apoyó cuando Luna y él declararon que se amaban y deseaban contraer nupcias. Para el resto del mundo, Luna se casó obligada, y Harry suponía que así también conseguiría que Luna estuviese un poco más alejada de la corte. No obstante el casarla no había solucionado nada.

Mientras Minerva y Sirius discutían ese asunto, Harry y Hermione se enfrentaban a su propio mundo.

Tras un buen rato después de que Minerva se marchara y el silencio comenzara a ser incómodo. Hermione se decidió por levantar al fin la mirada hacia él desafiante.

Lejos estaba ella de saber, que justamente ese gesto, esa mirada y pose, sería lo que ocasionaría que las cosas en el interior de Harry comenzaran a cambiar.

Fue en ese preciso instante, en el que él, no vio a una mestiza, no vio a una enemiga, sino una muchacha fuerte, decidida y que era muy capaz.

Harry se encontró a sí mismo admirando a esa muchacha ante él, quien pese a todo lo que le había hecho hacer seguía sin perder esa fortaleza, enfadado por admirarla, apretó los puños y apartó la mirada de ella y de ese cuerpo que antes ocultaba tan bien.

Maldita y mil veces maldita Minerva. Antes cinco de los suyos se habían percatado de ella, con aquellas ropas, todos desearían que ella portara las ropas de color beis para rifársela.

—Estoy esperando que me digas el castigo que has elegido que infrinja a tu hermana.

Caminó hasta su mesa sin dedicarle una nueva mirada, ella retuvo la respiración, era evidente que se había olvidado de aquello.

—No dejaré que le hagas daño.

—No está en tu mano decidir tal cosa. Te advertí que no jugaras conmigo. No te importa lo que le pase a tu persona, así que tendré que buscar otra forma de castigarte.

Tú hermana es la opción más viable. Aunque si lo prefieres, tu madre o tu padre podrían suplirla bastante bien, elige entonces, te doy ese beneficio.

Hermione apretó los puños furiosa y lo fulminó. Él ni siquiera le dedicó una mirada.

—Yo recibiré el castigo, ningún otro lo hará.

—Elegirás o lo haré yo por ti, te aviso, siento predilección por tu hermana, es la más frágil de los cuatro, quiero ver cuánto aguantaría.

De pocos pasos se puso ante él lo obligó a girar y para su completa sorpresa le cruzó la cara. Agarró su mano incluso antes de que esta se alejara de él.

Más lo único que hizo fue respirar agitadamente, ¿acaso todas las mujeres se habían vuelto locas?, ¿Qué manía tenían con abofetearlo?

—Jamás, vuelvas a hacer eso, te lo advier…

—No, me da igual, te enteras, me importa una mierda lo que digas. No consentiré que toques a Caroline, ni que te acerques a Lucas o Ariatna, ellos son todo lo que tengo y lucharé contra ti y contra el mundo por protegerlos.

Acaba de una vez con esto, acaba conmigo y déjate de estupideces.

—Maldita seas.

Antes de parar a pensar porqué lo hacía, la acercó a él y la besó. La pilló por sorpresa y ella no pudo actuar de primeras, del mismo modo que no había actuado en el gran salón.

Antes de darse cuenta, la había encerrado entre la pared y su propio cuerpo, intensificó el beso hasta tal punto que consiguió que abriera los labios.

Devoró su boca con ansia, y deseo. Esa maldita lo encendía de maneras que jamás ninguna chica lo había provocado. Ese deseo de ella de luchar contra él, su forma de enfrentarlo, de querer proteger a los suyos.

Se quedó estático cuando sintió la mano de ella ir hasta su nuca y enredar sus dedos en su cabello, antes de darse cuenta, sintió como la lengua de ella respondía a la suya.

Cómo se unía al juego. Sorprendido soltó la mano que antes había sujetado, esperando como reacción que lo apartase, pero no fue el caso. Ella lo acercó más.

¿Qué demonios estaba pensando?

Decidió demostrarle que no pensaba dejar que jugara con él y la siguió. Sus cuerpos se amoldaron uno al otro de perfecta forma, la sujetó de la nuca, forzándola a no separarse hasta que él quisiera, y ella ni protestó.

Eso lo descolocó. Se separó de ella y la observó.

Sus ojos estaban cerrados y respiraba agitadamente, cuando los abrió había odio, sí, pero estaba mezclado con determinación:

—Si este es el precio estoy dispuesta a pagarlo. Deja a los míos fuera y seré tuya. No me resistiré, pero has de jurar que jamás tocarás a Caroline, Ariatna o Lucas. No volverás a amenazarme con ellos.

Sorprendido por sus palabras la soltó y se apartó de ella. Era hermosa, y no se refería solo a lo que esas malditas ropas le estaban mostrando. Lo peor de todo, es que ella le recordaba a su madre.

Porque la hermosura que él acababa de ver en ella, era la misma que recordaba de su madre. Aquella que entregaba todo por cualquiera, que daba hasta lo que no tenía por quien lo precisaba. Que dio su vida por él.

Cuando recobró el habla inquirió:

—Acuéstate, mañana comenzará tu castigo.

Esas palabras la sorprendieron, pero no se quedó a ver qué hacía o decía ella, tan solo se encerró en el baño.

No salió de allí hasta que pasó un buen rato, cuando lo hizo, la encontró recostada en su lugar completamente dormida.

Se acercó a ella con cuidado y vio que efectivamente estaba dormida por su respiración pausada. Se agachó y retiró su cabello de su rostro. Por unos instantes la observó.

—¿Por qué tuviste que aparecer? Todo iba perfectamente bien, ahora todo mi mundo va a cambiar por tu culpa.

Sé que me vas a traer problemas.

Suspiró agotado y se puso en pie. Desde esa posición la observó:

—Protejo.

Una barrera apareció alrededor de ella y seguidamente se fue a su cama, se cambió de ropa e ingresó en su propia cama. Desde allí la observó cambiar de posición y volvió a maldecir a McGonagall por la ropa que le había entregado. Eso iba a resultar un maldito quebradero de cabeza.

Y los problemas efectivamente llegaron nada más aparecer ella en el gran salón. Los ojos de todos sus hombres la devoraron. Y tuvo que maldecir y agradecer a McGonagall, porque del mismo modo que la miraron, apartaron la mirada al ver el color de sus ropas.

—Su desayuno mi señor.

La escuchó decir, él tan solo le señaló una silla a su lado, ella observó el lugar sin comprender y después a él.

—Minerva ya te advirtió de que comerás lo mismo que yo. Si yo caigo intoxicado por algo tú lo harás conmigo. Y si algo tiene mal sabor, bien, ambos lo sufriremos.

Enfadada ella ocupó el asiento que él le señaló, de forma mecánica le sirvió a él un trozo de bollo y ella se cogió otro. Antes de dar un mordisco, él intercambió los trozos.

Ella lo miró molesta y él solo sonrió.

Como respuesta, ella cogió el trozo de bollo y lo mordió desafiándolo con la mirada. Tragó con asco, pero no dejó que él notara nada, cuando él mordió su propio trozo de bollo y masticó, la miró de vuelta.

Por toda respuesta a su mirada asqueada, ella solo dio otro mordisco más y sonrió inocentemente.

Estaban en ese intercambio de miradas, cuando la hermana de él apareció:

—¿Qué significa esto Harry?

El aludido miró a su hermana:

—Ojo por ojo hermana.

La muchacha era todo lo contrario a su hermano, uno de cabello negro, la otra rubia como el oro, uno de ojos verdes jade, la otra de ojos como la plata, él era alto, delgado pero de físico fuerte.

Ella era más delgada y parecía un pequeño duende travieso.

—¿Me lo explicas?

Inquirió interesada mientras se sentaba en la silla que había justo a la izquierda de su hermano. Hermione no pudo evitar percatarse que Caroline ocupaba el asiento contiguo a Luna Potter.

—Es muy sencillo, aquí Hermione. Por cierto, qué maleducado soy. Hermione, te presento a mi hermana Luna, Luna, esta es la mestiza que me ha estado haciendo la vida imposible estos tres últimos meses, Hermione.

Luna inclinó la cabeza y la observó, la sonrisa que le dedicó la descolocó:

—Caroline habla mucho de ti, y también de Alana.

Abrió los ojos sorprendida y al ver el brillo en esos ojos supo enseguida que Caroline había hablado más de la cuenta.

No contestó, solo volvió a dar un bocado al asqueroso bollo y se sorprendió a sí misma entendiendo que si quería comer bien, tendría que hacer bien las comidas de ese miserable. Eso, o buscar la manera de jugársela.

—Creo que ya he terminado, levanta mestiza, tenemos trabajo que hacer.

Tanto ella como la hermana de este lo miraron interrogativamente:

—¿Trabajo Harry?, creí que te tocaba decretar los castigos de los que han transgredido la ley.

—En efecto. Ella lo hará a partir de ahora. He pensado que ¿quién mejor para decretar los castigos de esa inmundicia que uno de ellos?

Se sorprendió al ver que la hermana se ponía en pie rápidamente y voleaba la servilleta de tela al suelo:

—¿De qué estás hablando?

—Lo que has oído, y te recuerdo que no te debo explicaciones querida hermana, aquí quien manda soy yo.

—No puedes obligarla a eso, es inhumano, no…

—No te he pedido tú opinión. Ella fue la que eligió su propio castigo, así que aparta.

La cogió a ella del brazo con fuerza y cuando lo miró a los ojos ella se estremeció.

¿Qué demonios había planeado ahora él?

Cuando llegaron a la sala comprendió que lo que venía no le iba a gustar nada. Lo siguió hasta la gran silla que había al frente de la enorme sala y él le indicó donde quería que se situara.

Los primeros casos los resolvió él, pero cuando llegó un sangre pura arrastrando a un muggle, al ver la sonrisa en su rostro supo que era la ocasión que había estado esperando.

—Soy McHover señor, le traigo a este desalmado, entró en mis tierras y mató a uno de mis soldados. Robó también dos de mis animales.

—McManair, ¿cuál es la sentencia por robo?

La voz de él sonó fría, más de lo que en alguna ocasión lo había escuchado.

—Son treinta latigazos por cada pieza que ha sido robada.

—¿Y por asesinato?

—La muerte mi señor.

Hermione abrió los ojos sorprendida, y el muggle palideció:

—Yo no maté a nadie, yo no…

—Silencio desgraciado.

El sangre pura golpeó al muggle ocasionando que este callera al suelo, Hermione dio dos pasos hacía el frente, pero él agarró su brazo con fuerza impidiendo que se moviera:

—No tenga prisa querida, McManair te entregará el látigo en breves para que impartas la sentencia.

Ella se giró sorprendida por sus palabras y palideció:

—No, eso no.

Él solo sonrió ante su reacción. Tiro de ella y la volvió a colocar en su puesto anterior.

—Bien, McManair, el látigo, este hombre recibirá sesenta latigazos y seguidamente la horca.

Cuando tengas el látigo McManair, entrégaselo a mi mestiza, ella tendrá el honor de hacer justicia en ese indeseable ladrón y asesino.

—NO. Un momento señor, os juro que no asesiné a nadie que no…

Él solo hizo un gesto con su mano y eso consiguió que el hombre callara, y ella enfureció. McManair le entregó el látigo y la miró furioso, era evidente que no le agradaba que otro impartiera la sentencia, era un sádico que disfrutaba de su trabajo.

—Adelante querida, no tenemos todo el día.

Ella lo miró y por primera vez no había más que súplica en sus ojos, le estaba rogando que no le hiciera aquello. Él pareció perturbarse ante su mirada y apartó los ojos:

—Hazlo. Es tu castigo.

Ella tragó en seco, miró el látigo y seguidamente al hombre al que tenía que golpear.

—No puedo hacerlo, yo….

—Te lo advierto, es tu última oportunidad.

Ella lo miró y se percató de que no solo era la suya, se refería a que si ella no obedecía no solo ella pagaría las consecuencias.

—Al menos…Quiero saber que de verdad se merece la sentencia.

Esas palabras hicieron que el sangre pura gruñera furioso:

—¿De qué hablas escoria?, ¿Acaso dudas de mi palabra?

Ignoró al tipo y miró solo a Potter:

—Si quieres que lo haga, concédeme eso, deja que sepa que lo merece, que es culpable y lo haré, asumiré mi castigo y el de él.

Vio la duda en sus ojos, pero de un momento a otro asintió, hizo un movimiento con su mano y la voz del muggle inundó el lugar.

—Yo no maté a nadie.

Se giró a mirar al muggle y al sangre pura, este último intentó golpear al muggle pero ella lo impidió.

El sangre pura furioso fue a golpearla a ella, pero pareció pensárselo mejor, revisó sus ropas y lo vio entrecerrar los ojos y apretar el puño con fuerza, dispuesto a contenerse. Ella se giró a mirar al muggle.

—Aseguras que no mataste a nadie. Quiero que me digas qué pasó, sin mentiras, sabré si mientes.

El tipo comenzó a relatar cómo había entrado en la casa, como había ido a los establos y allí se encontró con un soldado ciertamente, pero que este estaba muy ocupado para verlo a él, estaba entretenido con una muchacha.

Por lo que pudo entrar en el granero sin ser visto y robar dos gallinas, aseguró que cuando huía, se encontró con el sangre pura y con el soldado. Este último sangraba por el cuello, la muchacha gritaba, y aseguraba que había sido ella la que había instigado al soldado.

El muggle explicó que la muchacha era la hija del sangre pura.

—MALDITO EMBUSTERO.

El señor McHover, se lanzó contra el muggle, pero fue detenido por Hagrid, el guardián personal de Potter.

—Está mintiendo, es menti…

—Silencio. ¿Me quieres explicar qué gana este miserable muggle admitiendo que robó y negando que asesinó?

Creo que es más piadoso recibir la horca que los latigazos.

Inquirió Potter con desgana. El sangre pura los miró a uno y otro:

—Mi señor, no podéis creer eso. Está mintiendo.

—McManair, ¿cuál es la sentencia por mentir a su señor y asesinar a un soldado?

La voz de ella retumbó en la sala, McManair la miró furioso y no contestó, ella miró a Potter y este entrecerró los ojos, la miró furioso y seguidamente a McManair, este tragó en seco e inquirió:

—Son veinte latigazos y cien galeones de pago a la familia del asesinado.

Enfadada miró a Potter:

—¿Cien galeones?, ¿Por qué él se libra de la horca?

—Te aconsejo que no discutas.

Escuchó que le decía Hagrid, lo miró furiosa pero se calló, quizás era mejor mantenerse callada, sino, no podría hacer su siguiente jugada. Había librado al muggle de la horca, esperaba poder librarlo de los latigazos también.

—Jamás, ese indeseable tomó a mi hija y…

—Será mejor que te calles McHover, estoy muy tentado a mandarte a la horca por tener la osadía de creer que podías mentirme. Recibirás los latigazos y pagarás a la familia de ese hombre, pues según comprendí, fue tu hija quien predispuso y consintió.

—Mi señor eso…

—¿Prefieres que en lugar de cien sean trescientas?

El tipo calló en el acto y apretó los puños, seguidamente la miró a ella y la fulminó con la mirada.

—Hagrid, apartalo de mi vista. Primero recibirá su castigo el muggle.

Hagrid asintió y salió de la sala con el tipo, ella miró al muggle, quien le devolvió la mirada con súplica.

—Estoy esperando Hermione.

Que dijera su nombre la hizo sentir extraña, pero más cuando el muggle pareció reconocer su nombre, abrió los ojos y la miró fijamente, era evidente su sorpresa.

—¿Me permites que le haga unas preguntas?

—Estas rozando el límite.

Inquirió este furioso, ella lo tomó como un sí, y se dedicó a hacerle varias preguntas, sobe cuantos eran en su familia, como vivían, donde y en qué condiciones, le preguntó por sus hijos y el dinero que entraba en casa, siguió con varias cuestiones.

—Mestiza ya.

—No puedo ejecutar la sentencia.

Inquirió molesta y tiró el látigo a los pies de él, quien lo recogió y se acercó a ella.

—¿Acaso crees que esto es un juego? No es una opción lo que te estoy dando, sino una orden.

—Pero es que no es culpable.

—Robó, lo es.

—Pero lo hizo por un motivo válido por…

—Nada, harás lo que te digo, o compartirás la sentencia con él.

Ambos se miraron desafiándose uno al otro, y ella inquirió:

—Perfecto, átame a mí también y dame treinta de los sesenta latigazos, pero hazlo tú.

—¿Crees que no seré capaz? Me parece que no entiendes la situación.

Tiró de ella a la par que miraba hacia McManair quien con una sonrisa en los labios cogió al muggle y lo siguió.

Se encaminó hacía las cuerdas y ella comprendió que definitivamente recibiría los latigazos:

—Espera, escúchame. Solo quiero ser justa, solo. Por favor dame dos días.

Extrañado él se detuvo y la miró:

—¿De qué estás hablando?

—Te juro que si tras ese tiempo piensas igual lo haré, por muy en desacuerdo que esté, lo haré. Pero dame dos días de tu tiempo y te mostraré algo.

—¿A qué estás jugando ahora?

—A nada, solo quiero que veas la realidad, que veas mí realidad. Permíteme eso.

—Tu realidad, ¿acaso te has vuelto loca?

Ella negó y lo encaró.

—Quiero mostrarte algo, estoy segura de que luego cambiarás de opinión, de que…

—¿Piensas que voy a seguirte a una trampa segura?

Enfadada por su desconfianza lo agarró del antebrazo con fuerza, él la miró sin comprender:

—Estoy dispuesta a un juramento inquebrantable contigo, con las condiciones que pongas, no me importa.

Él la miró a los ojos, había mil preguntas en ellos, duda e incertidumbre, pero también curiosidad, él se sentía curioso por lo que ella le proponía.

Lejos estaba ella de saber, que lo que le causaba curiosidad no era su proposición sino ella y su forma de ser.

—McManair, encierra a ese en las mazmorras hasta nueva orden. Ejecuta la sentencia de McHover.

Tú, ven conmigo.