EL EBANISTA DEL MILLÓN DE LIBRAS

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Este fic pertenece a la sexta actividad de los festejos celebrados por el

primer aniversario del foro I'm Sherlocked.

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Capítulo I Da igual cómo empiece el día

Si alguna vez el mundo iba a acabarse, sin duda sería ese día. Tiros, gritos, palabras que no deben repetirse inundaban todo Baker Street en ese momento, hacía una hora, dos...

Sherlock está muy aburrido, fue lo primero que pensó John, pero al ver que el escándalo no cesaba se planteó otros motivos, entre ellos, el que su compañero hubiera perdido la cabeza.

Cerró la puerta de su habitación, la ventana..., incluso se tapó los oídos en acto de desesperación; inútil. Lo que había estado intentando evitar por tres largas horas se hacía inevitable; tendría que bajar.

Bajó las escaleras tropezándose, llevándose las manos a la cara con paciencia. ¿Qué hora sería? ¿Las 6:00?, ¿las 6:30? Le mataría, le haría trocitos y los distribuiría por la pared tras el papel pintado, era su pensamiento mientras se acercaba al foco del ruido. Y, cuando su pie derecho tocó el suelo del salón, el desastre cesó.

—No creas que no voy a quejarme porque hayas parado.

—Tenía que intentarlo.

De pie, con el arma en la mano y la disconformidad en las facciones, estaba Sherlock y, a un metro escaso en línea recta, una cara sonriente más agujereada que un colador. Pobre pared, huiría si pudiera, pensó todo el que alguna vez la vio.

—¿Qué tienes ahora, Sherlock? Son las...

—6:00, lo sé, mi teléfono tiene reloj.

—¿Y no tiene juegos? Bájate algunos y déjame dormir, es sábado y estoy libre.

—Pues libérame del aburrimiento —y disparó de nuevo a la pared. John le quitó el arma de la mano.

—No, otra vez no. ¡Siempre igual! —exclamó, tan efusivo que disparó sin querer al techo y trozos de pintura cayeron sobre él.

—Ése no he sido yo —rio Sherlock. John gruñó quitándose el polvo blanco de encima y dejó la pistola lejos, muy lejos de las manos del detective.

—¿Por qué no tocas el violín?

—Encima de la estantería puedo cogerla, y sin escalera —chasqueó la lengua. John volvió a gruñir.

—Que por qué no tocas el violín —volvió a preguntar el mayor.

—Está roto.

—¿Roto?

—Sí, el puente, no lo entenderías —hizo un gesto con la mano y se dejó caer en el sillón.

—Pues arréglalo.

—A las 7.

—¿Por qué a las 7?

—Es cuando abren los ebanistas—. John miró su reloj; las 6:15.

—Pues voy haciendo el desayuno. No se te ocurra volver a coger la pistola —dijo el doctor camino de la cocina.

—No tiene más balas —musitó el moreno viéndole partir.

...

—Podríamos ir a un ebanista de Glasgow, ya puestos —protestó John tras tres cuartos de hora en taxi.

—Sí, pero me gusta éste —contestó sin atenderle Sherlock. —Ah, ironía —el mayor sonrió moviendo la cabeza.

— Mira —señaló un letrero antiguo— Ebanistería Chippendale.

—Es aquí, pare —dijo el detective al taxista, mirando a John para que pagara.

—Algún día tendrás que pagar tú —espetó bajando del coche tras Sherlock y su violín, después de guardar la cartera.

—Sí, algún día.

—¿Por qué aquí? ¿Qué tiene de especial?

—Chippendale es conocido como el mejor ebanista del mundo. ¿Qué lees en esos libros que siempre llevas?—. John prefirió no contestar.

—Aún está cerrado —escucharon desde el taller al abrir la puerta principal.

—Tenemos una urgencia —contestó Sherlock sin hacerle caso, llegando con John hasta la voz.

El taller era pequeño y encantador. Una gran diversidad de instrumentos musicales hechos en madera cubrían las cuatro paredes en su totalidad. El suelo había quedado oculto bajo kilos de serrín. Sólo una parte de la habitación se mantenía al margen, la mesa donde el artesano trabajaba en una guitarra española. Dejó las herramientas y se volvió para verles.

—¿Qué les urge tanto?

—¿Señor Chippendale?

—Creo que se refiere a mi padre. A él le falló el corazón el mes pasado, yo estoy al cargo.

—Lo sentimos —exclamó John dando disimulado en el costado de Sherlock.

—Sí, lo sentimos —dijo éste captando el mensaje. —¿Arreglaría mi violín?

—Imposible hasta la semana que viene. Puede dejarlo...

—Hoy.

—Hoy no puedo.

John no sabía si lo que iba a hacer era para bien o un pase VIP a la desesperación entre los chirridos del violín en los malos días, pero la música, por muy estridente que fuera, no haría agujeros en la pared.

—Tiene que ser hoy —insistió el moreno. John se tomó de la mano. —¿Qué haces? —le dijo entre dientes.

—Cállate —susurró. —Verá..., es que es nuestro aniversario y lo necesitamos hoy. ¿Podría hacernos un hueco? Es muy especial para nosotros —Sherlock estaba alucinando por fuera y riéndose por dentro.

—¿Aniversario? Yo cumplo el segundo en unos días. Estamos esperando la adopción, ¡qué horror de burocracia!—. El menor intentaba no rodar los ojos.

—¡Qué nos va a contar! —llevamos meses moviendo papeleo —y apretó un poco más la mano del moreno, que no daba crédito a tanta imaginación.

—¡Qué demonios! Déjeme echarle un vistazo, les haré un hueco. Sherlock le dio el violín en su funda al ebanista sin soltar la mano de John y el hombre, nada más sacarlo, se puso a trabajar.

—Ya puedes soltarme la mano —musitó el mayor.

—No —respondió Sherlock casi sin mover los labios y una sonrisa de control.

—Es un violín sensacional —exclamó el encargado.

—Lo sé, lo elegí yo —no tardó en decir el detective.

—Sólo es el puente, tardaré un momento. Dónde tenía yo..., siéntense..., si encuentran una silla, perdonen el desorden —decía al aire. No, no había ninguna, así que se quedaron de pie, cogidos de la mano.

—Te mataré —susurró John.

—Me lo dices a menudo. Estás perdiendo credibilidad —rio Sherlock.

—Y, ¿en qué trabajan, si puedo preguntar?

—Detective Consultor. ¿Por qué? ¿Tiene un caso? —inquirió ansioso. John rezaba porque así fuera; implicaba correr a marchas forzadas, pero era una eternidad mejor que Sherlock aburrido.

—Sí, puede que tenga uno.

—¡Bien! —exclamó el doctor sin darse cuenta. —Perdón. ¿Decía?

—No sé si será relevante, pero hace una semana que no veo al artesano de dos calles hacia el centro.

—Se habrá fugado con su amante.

—Tienes una obsesión con eso, ¿eh?

—No lo sé, sólo me parece raro que haya desaparecido sin decir nada. Nos veíamos cada día —decía el encargado.

—Oh, ¿ves? Amantes, siempre son amantes.

—Calla —pidió John. Sherlock puso los ojos en blanco.

—No se lo digan a mi marido, sólo fue una tontería, yo le quiero.

—Tranquilo, no diremos nada —le tranquilizó el mayor. —¿Es tan amable de indicarnos el número y la calle?

—Les llevaré personalmente en cuanto acabe aquí —y siguió trabajando en el violín.

...

—Así que aquí es —sentenció Sherlock sacando la lupa.

—¿Por qué tengo que pagar yo la reparación de tu violín?

—Porque no llevo dinero encima. ¿Me lo coges? —le tendió la funda con el instrumento dentro, como nuevo.

—Sí, claro —ironizó el mayor.

Sherlock se dispuso a investigar, observando cada partícula visible de la fachada del local; la pared, la persiana metálica, el hueco entre ellas..., todo. John sujetaba el violín y pensaba en un posible almuerzo que Sherlock probara; su tarea era la más difícil.

—No podemos entrar sin una orden.

—Lo sé, conciencia —protestó el moreno. Vamos a dejar el violín donde debe estar y llamamos a Lestrade.

...

Una vez hubo comprobado que el violín se encontraba en plenas cualidades con una melodía agradable y otra no tanto, para el gusto de John, llamaron —el doctor llamó previo lanzamiento telefónico— a Lestrade. Una explicación breve de los hechos y se encaminaron al lugar de observación en el primer taxi libre.

Lestrade y compañía llegaron a los pocos minutos, lo que alegró al detective. Esos ineptos de Yard dañan mis pruebas, decía constantemente.

—¿Qué es eso que no puede esperar, Sherlock?

—Una cita contigo seguro que no —respondió el detective al DI. ¿Haces los honores? —le indicó la puerta. Unos policías no tardaron en abrirla, y lo que vieron revolvió el estómago de uno de ellos.

—Es fantástico —exclamó el detective.

—Sherlock, contrólate —le susurró el doctor.