EL EBANISTA DEL MILLÓN DE LIBRAS

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Este fic pertenece a la sexta actividad de los festejos celebrados por el

primer aniversario del foro I'm Sherlocked.

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Capítulo III Tras la tormenta viene la cama

Exactamente cincuenta y cinco minutos después, el asesino era detenido en la ebanistería Chippendale, donde Sherlock había arreglado su violín. Y no, no había sido el encargado.

—¿Cómo me han descubierto? —decía el arrestado atado a la única silla del taller.

—Que saliera corriendo nada más entrar no es que haya sido muy inteligente de su parte, pero matar a ese hombre tampoco, así que dejaremos ese tema —respondió Sherlock. Y se dispuso a relatar los hechos. —Buscábamos un anillo, concretamente el anillo de la familia Chute sustraído del Museo Británico hace dos semanas. ¿Por qué? Se preguntarán. Porque hallamos oro antiguo y de muy buena calidad en el bolsillo del señor...

—Smith —le susurró John.

—Medio país se llama Smith —protestó Sherlock por lo bajo, y prosiguió. —Encontramos dicho oro en el bolsillo del señor Smith y, como sabrán, el anillo mencionado coincide en fechas, pero en el taller del ebanista no había nada de oro, ¿dónde estaba? Allí desde luego que no, pero pensamos, ambos —recalcó, ante la mirada de John—, que si la madera puede ser bañada con oro el oro podía ser oculto bajo la apariencia de la madera. ¿Cómo? Con pintura de imitación madera, pero eso es fácil, vayamos a lo divertido. ¿Dónde está la relación en todo esto? En él —exclamó señalando al encargado de la tienda.

—Yo no he hecho nada —gimió el hombre asustado.

—En efecto, no ha hecho nada, no tiene nada que temer. Sólo es el punto común, y eso no se pena —inclinó la cabeza con una mueca de medio lado. —¿Por qué es el punto común? Se lo explicaré. Su marido, aquí presente —señaló ahora al arrestado— le compró el anillo al señor..., ¿Smith?, sí, Smith. ¿Por qué? Para regalárselo por su aniversario. ¿Por qué al señor Smith y no a otro? Porque sabía que él conseguía mercancía del mercado negro. ¿Cómo lo sabía? Oh, la mente humana, siempre tan retorcida —rio. — Su marido tiene una joyería, ¿no es cierto? Una pequeña y ruinosa joyería tres calles hacia el centro. La respuesta corta es que iba a medias con lo que compraba Smith, una especie de camello; la respuesta larga es que tenía un lío con él. Más que un lío, diría yo, por la duración de éste. Oh, me temo por su cara que no lo sabía —exclamó al ver la desolada cara del encargado— pero no llore, usted también estaba con él, están en paz —el arrestado enfureció de repente y tuvo que ser abatido en el suelo por cuatro agentes. —Era necesario decirlo, lo entiende, ¿verdad?

—Al grano, Sherlock —bramó Lestrade, que andaba por allí controlando a sus chicos.

—Sí, claro, cómo no —torció el gesto el detective ante la intromisión— el señor Smith compró el anillo por un precio, pero se lo vendió por otro mucho más elevado a su marido. ¿Cómo lo sabemos? Facturas, simple como eso. Ser organizado tiene sus inconvenientes. Sí, fuimos a su joyería con una orden, si es lo que intenta preguntar con tanto forcejeo —dijo mirando al susodicho, y volvió al encargado. —Cuando se enteró, porque frecuentaba los mismos sitios de venta, con menos asiduidad por la vida de casado, y fue a reclamarle el dinero que le había sido cobrado de más, obviamente, el ebanista se negó y forcejearon.

—Con lo que no contaba su marido era con la afición secreta del señor Smith, la taxidermia —el detective se estiró. —Había un montón de animales en la trastienda de la trastienda, disecados y escondidos. En plena lucha no fueron conscientes de que se dirigían al tanque de formol y, al chocar contra él, todo el contenido cayó sobre el ebanista. Murió en el acto abrasado por el mismo. Pero usted lo limpió todo e hizo que pareciera un robo o un ajuste de cuentas sesgándole el cuello con la cuerda del violonchelo. Se le fue un poco la mano —volvió a dirigirse al detenido. —Encontraréis los guantes que usó en su taller de joyería.

—No tienen pruebas —gruñó el apresado.

—Oh, claro que sí. ¿Me permite la mano izquierda? —pidió al encargado de la tienda, que se la tendió sin resistencia. —He aquí el anillo perdido —y se lo dio a un policía que lo ralló con un cúter a su alcance para comprobarlo.

—Es oro —gritó el policía. Sherlock rodó los ojos.

—Valorado en un millón de libras.

—¿Y mi padre? —preguntó el encargado bañado en lágrimas.

—No, eso fue muerte natural. Los asuntos del corazón son delicados. Fin del caso —clausuró el detective.

...

Con el caso resuelto, los inquilinos del 221B volvieron a casa. Después de haber examinado un cadáver y paseado por el mercado negro de Londres, terminado en la trastienda de la trastienda de una ebanistería, rodeados de animales disecados antes de llamar a Lestrade, para después acabar en la ebanistería del principio del día, necesitaban un merecido descanso; al menos John lo pedía a gritos.

—Quiero llegar a mi cama y dormir hasta mañana —decía el doctor entrecerrando los ojos.

—Ha sido un día excitante. Lástima que ya se haya acabado —protestaba el moreno.

—Sí, muy excitante, pero yo quiero dormir.

—Iba a comprarte algo en el mercado negro, pero como sé que no te gustan esas cosas y que me lo ibas a tirar literalmente a la cara, me estuve quieto—. John se sonrojó.

—¿A mí por qué?

—Porque quiero, ¿no puedo?

—Sí, claro, claro. ¿Qué era?

—Un canguro de madera o algo así, no lo recuerdo —dijo mirando para otro lado.

—Gracias —John se pasó la mano por la nuca.

—Si no te lo he comprado.

—Yo sé por que lo digo —sonrió. El detective no lo entendía, pero si había dicho "gracias" sería que lo habría hecho bien. Y sonrió también.

—¿Sabes que me besaste? —le recordó John.

—Sí, estaba allí.

—Y no me soltaste la mano.

—Sí, también estaba ahí.

—¿Y no tienes nada que decirme?

—No —fue la contestación.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente —respondió Sherlock. Y siguieron su camino hasta casa.

...

—Sherlock, ¿dónde estás? —gritaba John por toda la casa.

—En la cocina —contestó el moreno. Pero en la cocina no había nadie. —Sherlock, ¿me quieres decir dónde estás?

—No —se escuchó en algún lugar del apartamento.

—¡Sherlock Holmes, enfrenta tus sentimientos!

—No puedes obligarme —dijo la voz. John sólo quería dormir, no tenía ni hambre, aun no habiendo comido en todo el día pero, si era posible, antes quería dejar zanjado lo que había pasado, si es que había pasado algo realmente y no habían sido imaginaciones suyas. Aunque Sherlock no estaba por la labor.

Un sonido proveniente de su habitación le sobresaltó. Le había parecido como cosas cayéndose en masa, pero él no tenía nada que se pudiera caer así, salvo... Subió corriendo las escaleras.

—¿Estabas en el armario?

Estaba es la palabra. No es un sitio cómodo para hablar. ¿Vamos a la cama? —John rio por lo payaso que podía llegar a ser su compañero, tendiéndole la mano para ayudarle a levantarse.

—Sí, anda, vamos a la cama.

—¿Quieres sexo tan pronto?

—A hablar, Sherlock, a hablar. No adelantes acontecimientos —suspiró.

—Pero que si quieres... —dijo el moreno deslizando una mano por el trasero del doctor, que dio un respingón.

—¡Sherlock! —protestó.

—Hablar, hablar..., y después... —musitó en su oído. Ese plan era más tentador que dormir para John.

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N/A:

Thomas Chippendale (Otley, West Yorkshire, 5 de junio de 1718—Londres, 13 de noviembre de 1779) fue un ebanista inglés, creador de un estilo de muebles de lujo que alcanzó gran difusión y que se consideró típicamente inglés. El Chippendale del relato es su descendiente, dadas las fechas.

El anillo que se menciona en la historia pertenecía hace siglos a la colección de la familia Chute —propietaria de The Vyne, el palacio donde se celebra la exposición— antes de que pasara a manos de National Trust (fundación británica dedicada a preservar los lugares de interés histórico o de belleza natural) en los años treinta. El Museo Británico tiene exposiciones temporales, de ahí que puedan robarlo de allí.

Se dice que éste fue el anillo que inspiró a Tolkien en su obra "The Hobbit", y también se dice que está maldito.

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Hasta aquí este relato. ¿Qué tal? ¿Les gustó?

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¡Nos leemos!