CUANDO CAE LA TORRE

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Summary: Todos sabemos que Peeta ayudó a Katniss a recomponerse tras Sinsajo, pero, ¿y si hubiera sido al revés?

Corrección del fanfiction gracias al beteo de Manhattan y Juliper; los fallos que queden son responsabilidad mía, que soy muy bruta.

Disclaimer: Los Juegos del Hambre le pertenecen a Suzanne Collins.

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Prólogo

No parecía posible, pero era exactamente lo que había ocurrido. Un buen día, Peeta estaba plantando prímulas bajo su ventana y al siguiente desapareció.

Aquel día la había dejado pan caliente en la mesa y dado la sopa cuidadosamente, cucharada a cucharada, como si fuera una niña. La había cogido en brazos, llevado al baño, desvestido y sumergido en una bañera de agua cálida y espumosa. La había lavado el pelo, y acariciado su cuerpo desnudo con jabón, y ella no se había sentido cohibida ni un solo momento. ¿Qué importancia tenía el cuerpo de alguien cuyo corazón estaba muerto? Absolutamente ninguna, ese cuerpo, el suyo, no era más que el envoltorio cetrino de un alma sin vida. Aunque tenía que reconocer que mientras el agua se repartía en su piel, en las suaves manos de Peeta, la parecía que poco a poco su interior se entibiaba.

Aquel día un mar de tristes pensamientos la nublaban la vista mientras Peeta la envolvía en la toalla como si arropara a un cadáver. La acostó bajo las sábanas y se quedó con ella, hasta que se durmió.

Eso fue todo. Al día siguiente él no estaba.

Al principio, ella esperó pacientemente, un día tras otro, hasta que al fin pensó que era mejor olvidarle, que quizá le había vuelto a nublar la vista un súbito odio, la convicción de que ella era un muto y, quién sabe, era posible que le hubieran vuelto a internar.

Aunque se repetía día tras día estas palabras, la realidad era que en casa de Peeta había movimiento, él estaba allí pero, por algún motivo, no salía.

Cuando pronunció la primera palabra en semanas, fue para preguntar por él. Haymitch había ido a comer con Sae y ella, un estofado que él mismo había cocinado y que, para sorpresa de la chica, no tenía mal sabor. Fue entonces cuando Katniss le preguntó por Peeta.

—¿Qué cómo está? —inquirió Haymitch dejando caer una ebria carcajada— ¿Tú qué crees? —En ese momento, Sae, que se encontraba sorbiendo el caldo de su estofado, le dirigió a Katniss una mirada triste—. Abandonado como un perro, ¿no te parece? —Haymitch la observó con dureza, tras la nebulosa del alcohol que circulaba por su cuerpo desde el carajillo matutino.

Aquellas palabras partieron a Katniss por la mitad, como si la hubieran desgajado con un hacha, y solo se le ocurrió preguntar "por qué".

—Esta chica es increíble —gruñó Haymitch, Sae le amonestó con un gesto muy expresivo, pero él decidió seguir siendo franco y duro con su, antaño, tributo—. Su familia ha desaparecido del mapa, sus amigos, todo ser al que amaba ya no existe —masculló quien fuera el mentor de Katniss, impregnando con el olor de su aliento toda la sala—. ¡Me equivoco! —gritó como un loco—. ¡Le quedas tú, que es peor que nada!

Sae le golpeó el hombro, pero él no cesó. Katniss sintió sus ojos llenarse de lágrimas, y un intenso ardor le llenó el pecho. Corrió escaleras arriba, hasta su habitación, dejando su comida a medias, y se encerró en ella. Pudo escuchar como Sae discutía con Haymitch, como este montó en cólera y se marchó del lugar dando un portazo. Sae llamó a la puerta, pero Katniss no respondió. Cerró los ojos y apretó la almohada contra su boca y gritó, y el grito quedó amortiguado en la tela. Tras gritar, lloró, sin lágrimas, porque ya no le quedaban, y poco a poco el agotamiento la dejó sin habla, se sumió en una especie de estado vegetativo, con los ojos perdidos en la nada, y la poca esperanza que alguna vez surgió en su corazón, hecha pedazos.

Se dio la vuelta, mirando al techo, perdida, y le pareció que un brillo intenso relampagueaba en sus ojos, brevemente, provenía de algún lugar, fuera. Se levantó, miró por la ventana, y vio a Peeta cerrar las cristaleras de su casa, y cuando cerró la última, la luz reflejada en el cristal volvió a rebotar en sus pupilas. Ella pegó la frente en el cristal, pensando que daría la poca vida que le quedaba por verle otra vez, por sentirle. Escuchó abrirse la puerta de la habitación tras ella, Sae pidió permiso para entrar, Katniss no contestó.

La que fuera la cocinera más creativa del Quemador, inventando platos sin apenas ingredientes, puso su pesada y anciana mano en su hombro y musitó:

—Hasta las torres más firmes pueden caer.