Hola... Sip, aquí estoy... No, no me di a la fuga. Es sólo que he estado llena de cosas ultimamente.

"Bienvenidos al mundo de Edward" este cap es para que sepan lo que se siente ser él (bueno y malo) ;)
Gracias por sus comentarios y favoritos! Cada uno me alegra muchisíiiisimo y espero seguir recibiendolos, siempre los respondo.

ENJOY!


De Flores Y Puntos Ciegos.

Capítulo 2

Capítulo beteado por Zaida Gutiérrez Verdad

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EPOV

Tres respiraciones.

Cuatro respiraciones.

Cinco malditas respiraciones.

Seis malditas respiraciones.

—Edward, dudo mucho que maldecir a mitad del ejercicio te ayude.

Su tono era calmado, con ese fastidioso dejo profesional que tienen todos los doctores y que me pega directo al hígado. ¿Por qué diablos no puede hablar normal?

—Jessica, ¿puedes dejar de hablar como una maldita doctora? Ya te dije que esto no funciona. No siento nada.

—Funciona Edward, sólo tienes que poner de tu parte. —Pausó—. Y soy doctora.

Sus palabras se ganaron un bufido de mi parte.

—Eres psicóloga, Jessica. Es muy distinto a un médico, en realidad es como el fastidioso e impresionable medio hermano. —Completé con una sonrisa.

Escuché como sus dedos tronaban y supe que había logrado algo, ella no hacía eso muy a menudo.

—No soy médico, pero tengo un doctorado en ciencias conductuales, así que soy doctora. —Su tono de voz sonaba agitado y acomodé mis lentes oscuros sobre mi rostro sólo para ocultar mi sonrisa de suficiencia. La escuché tomar una inhalación profunda—. No abro cuerpos ni opero órganos, pero trato con mentes y corazones diariamente. Hay más de una forma de salvar o dañar vidas y tú lo sabes.

—Me da igual Jessica, esto no funciona. —Espeté frotando mi cara con mi mano.

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Ir al parque, respirar, escuchar los pajaritos. Sí, sí, sí...

—Se llama focalización sensorial, Edward. Tienes que respirar profundo y conectarte con algo más que no sean tus pensamientos egocéntricos, algo que esté fuera de ti. ¿Lo hiciste?

Estaba a punto de responderle que en realidad sí lo había intentado e incluso había ido al estúpido parque aunque fui tontamente interrumpido, pero algo llamó mi atención y me hizo fruncir el entrecejo.

—¿Qué quieres decir con pensamientos egocéntricos?, ¿estás llamándome egocéntrico? —Ataqué.

Ella sólo se quedó en silencio y era en momentos como este donde más detestaba ser ciego. Podía imaginarla rodando los ojos, ella me había dicho que eran verdes y aun podía recordar ese color, o tal vez tomando su cabeza entre sus manos como muestra de cansancio.

—Lo que quiero decir es que tienes que recordar lo que hay allá afuera. Ahora, ¿hiciste el ejercicio o no?

—Lo hice— Percibí el leve rasguño de un bolígrafo sobre papel —Pero hubo un problema— Un sonido seco de lo que presumo fue el bolígrafo cayendo con fuerza sobre el papel.

—Cuéntame— Demandó mi psicóloga saliendo un poco de su profesional tono ¡Por fin!

—Estaba respirando y contando y toda esa mierda que dijiste, pero una niña se sentó a mi lado y no paraba de fastidiarme.

—¿Una niña? —Inquirió escéptica.

—No una niña exactamente. Supongo que era una chica... sonaba como una chica... Pero definitivamente actuaba como una niña. —Expliqué recordando a la chica de hace una semana, ¿cómo es que se llamaba?

—¿Por qué dices que actuaba como una niña?

—¡Por muchas cosas! Para empezar, no paraba de hablar diciéndome que no debía tener los ojos cerrados porque me podían robar y llamándome maleducado porque no quise mirarla o darle mi nombre. —Di una media sonrisa ante la ironía de que ella fuese tan persistente en que la viera, y escuché nuevamente el sonido de la pluma y el papel—. ¿Qué se supone que estas escribiendo? —pregunté, esta vez más cansado que molesto. Esta era una buena señal, generalmente me sentía cansado cuando la sesión estaba por terminar.

—Nada importante, ¿qué más me dices de esta chica?

—Nada importante, Jessica. —Repliqué ampliando mi sonrisa—. Se dio cuenta de mi problema cuando Mary llevó a Chester y me fui con él y mi bastón en mano. Me dio su número y eso es todo.

—¿Te dio su número? ¿La chica te dio su número? —Inquirió en tono de chisme. Malditos psicólogos chismosos.

—No, Chester. Por supuesto que la chica —contesté con sarcasmo.

—Pero...

Los constantes pitidos de mi reloj la interrumpieron a mitad de la oración ¡Sí, toma eso!

—¡Oh! Se acabó el tiempo. —Declaré desdoblando mi bastón—. ¡Adiós Jessica! —Me levanté rápidamente y me encaminé hacia la puerta.

Añoraba con ansias el día en que pudiera decirle "Hasta nunca". Cuando ya había abierto la puerta y estaba a punto de traspasarla, habló nuevamente:

—Recuerda que tienes que hacer el ejercicio. Espero resultados en tu próxima visita.

Maldición. Me mantuve de espaldas a ella y resistí las ganas de mostrarle mi dedo medio, en lugar de eso sólo resoplé y seguí hacia la salida.

Visita... ¡Se supone que las visitas son voluntarias! La única razón por la que hacía esto era porque estaba cansado de las constantes quejas de mi hermano Emmett y los pedidos de Esme.

Escuché los ladridos de Chester y los arrumacos que le hacía Lauren, la secretaria de Jessica.

—Aquí tiene, señor Cullen. Ese perrito suyo es un amor —dijo ella entregándome la correa del perro en la mano.

Sí, todo un amor. Porque amor es lo único que él hace, y se encarga de hacerlo por toda mi casa con su apestoso olor. Le di una pequeña sonrisa y seguí mi camino hacia la dulce libertad.

—Vámonos a casa, Chester —anuncié mientras abandonábamos el edificio.

La clínica estaba a sólo un par de cuadras de mi casa, así que podía caminar con más confianza. Percibía el bullicio de las calles de Seattle a mí alrededor, los murmullos de las personas, los sonidos del tráfico y las patas de Chester sobre el pavimento.

Ya tenía unos años de experiencia caminando con Chester por los alrededores de mi casa, pero aún me sentía extraño. Más que andar, mis pies se arrastraban, pero definitivamente era mejor que tener a mamá o Emmett siguiéndome a todos lados para vigilar si estaba a salvo.

Me detuve cuando Chester lo hizo y con mi bastón sentí la orilla de la acera y los pies de otras personas rodeándome, así que asumí que los autos estaban pasando. Un minuto después continuamos el camino.

Chester hizo un cruce, ladró y supe que habíamos llegado. Abrí la puerta y lo primero que hice fue soltar a mi perro y mi bastón y dirigirme a mi habitación. Adoraba estar en mi casa, era el único lugar que conocía casi a la perfección y podía andar libremente sin tener que preocuparme por chocar con algo o alguien, especialmente sin preocupar a mi familia.

Me lancé a mi cama y aparté los lentes de mi cara, lanzándolos al suelo alfombrado. Mi celular comenzó a vibrar en el bolsillo de mi pantalón y lo contesté con un gruñido.

—Voy para allá. —Reconocí su grave voz de inmediato.

—Hola Emmett. Muy bien, ¿y tú? —Repliqué con sarcasmo.

—Hola hermano. Voy llegando.

—¿Para qué quieres...

Un largo pitido me hizo saber que había terminado la llamada. ¡Diablos! Cinco minutos, ¡sólo cinco minutos tuve de paz!

Dos minutos después escuché el azote de la puerta de mi casa y el escandaloso grito de mi hermano, que a su vez activó el escandaloso ladrido de mi perro.

—¡Edward!

—Maldición —murmuré pasando las manos por mi cuello y caminando con pereza hacia la sala, donde provenía su voz—. Soy ciego, no sordo.

Arribé a la habitación y sólo escuché silencio. No me sorprendió, porque generalmente era lo que escuchaba cada vez que lo mencionaba, excepto un par de personas y la chica del parque que no me acuerdo como se llamaba, ¿algo con pato en inglés?

Escuché algo pesado caer sobre el suelo, supongo que su bolso del gimnasio porque siempre venía aquí al salir, es decir, todos los días, y a Emmett farfullar algo que no pude captar.

—¿Estás listo para irnos? Mamá ya está haciendo la cena.

—Ya le dije hace dos días que no iba a poder ir. —Gruñí.

—Lástima por ti, Edward, pero vas a ir. —Gruñó de vuelta.

—¡No eres mi padre! —grité a la oscuridad.

—¡Gracias a Dios!

Estaba harto de tener estas mismas discusiones todo el tiempo, de escuchar sus reclamos y gritos como si fuera nuestro padre y como si le molestara quién soy. A nuestro padre ni siquiera le importaba.

—Voy a darme un baño y cuando salga más te vale que estés listo para irnos —dijo en tono cansino abandonando la habitación.

Sigo teniendo treinta años, ¿verdad? ¿Por qué diablos mi hermano me trata como si tuviese cinco?

Caminé unos poco pasos hacia el sofá y me dejé caer pesadamente. Presioné un botón en mi reloj y éste sonó expresando que eran las cinco de la tarde ¡Sí! ¡Hora de mi programa favorito! Tomé el control que estaba en una mesita a mi lado, donde siempre debía estar, y lo encendí. Inmediatamente reconocí la voz de la agente Scout del FBI. Aún era muy extraño para mi escuchar la televisión sin realmente verla, pero este siempre había sido mi programa favorito y cuento con la suerte de que en los programas policiales les gusta narrar.

Iba a mitad de resolver el caso de la porrista que había sido encontrada muerta bajo las gradas del campo de fútbol, cuando la voz de Emmett emergió nuevamente.

—¡Listo! Vámonos —anunció sonando unas llaves.

—No.

Y las llaves cayeron al piso.

—¡Maldición! Dame tu teléfono. Tú mismo vas a hablar con mamá y serás el que le diga que su precioso hijo no quiere ir a comer la cena que preparó especialmente para él. —Saqué mi teléfono y estaba a punto de marcar yo mismo cuando la garra de mi hermano me lo arrebató de entre los dedos—. Yo me encargo de eso, vamos a poner el altavoz.

Gruñí ante el hecho de que Emmett no abandonaba su tono de reprimenda ni un segundo. Lo escuché sentarse junto a mí en el sofá y teclear algo en mi celular hasta que finalmente llegó el sonido del primer repique. Sonaron varios pitidos y eso era muy raro porque mamá generalmente contestaba de inmediato, parecía que vivía con el teléfono pegado a la cintura.

—¿Aló? —Una femenina voz irrumpió y me pareció extraño. La voz de mamá suena más aguda hoy.

—Hola mami, soy tu Osito. Estoy aquí con tu preciado hijo Edward que no quiere ir a visitarte —explicó Emmett pronunciando mi nombre con fastidio.

—¿No se supone que era yo el que iba a decírselo

—Tú ibas a encontrar la forma de endulzarlo, así que no, yo lo digo como es.

Del otro lado del teléfono se escuchó su voz nuevamente.

—Chicos, pero yo...

—Ya lo sé mamá, hay muchos "peros", el punto es que tu hijo es un amargado.

—¡Hey! —exclamé dándole un empujón—. No es asunto tuyo y lo siento mamá, pero no quiero ir a casa. Soy un hombre adulto, tomo mis decisiones...

—Edward. —Me interrumpió la chica, y digo "chica" porque en ese momento me di cuenta que esa definitivamente no era la voz de mi mamá.

Me quedé en silencio con las manos en el aire y creo que Emmett debió haber notado el cambio, porque habló nuevamente.

—¿Mami? —Se escucharon unas risas del otro lado. Emmett se acercó a mí para susurrarme—. Viejo, creo que esa no es mamá.

Risas más atronadoras salieron del teléfono y extendí mi mano para tomarlo, pero sólo pude palpar la tela del sofá.

—¿Quién eres y qué haces en el discado rápido de mi hermano? —Inquirió Emmett sonando un poco más lejos de mí y me di cuenta que debía tener el teléfono en su mano.

—Emmett, ¿a qué número llamaste?

—¡Al ocho! Mamá siempre es el ocho, ¿no? —respondió perplejo y lo único que pude hacer fue pegar mi mano en mi frente.

—¡El cinco! ¡Todas las semanas te digo que es el cinco! —exclamé con ira y era en estos momentos donde más odiaba que lo único que pudiese ver fuera negro.

—¡Diablos! Es que en el mío es el ocho... —dijo mi hermano sonando un poco arrepentido y las risas volvieron a resonar desde el auricular—. Eso no responde a mi pregunta, ¿quién eres?

Oh, no. Traté de hablar lo más rápido posible en dirección al teléfono.

—En realidad no tienes que...

—Soy Bella Swan.

Y se lo dijo. Después de todo parece que no estaba tan lejos con lo de la chica y el animal acuático. Pato, cisne... Prácticamente lo mismo.

—Edward, ¿quién es Bella Swan? —Inquirió en tono sugerente.

—Ah...

—Él no sabe quién soy —respondió la chica antes que yo—, porque no se tomó la molestia de llamarme cuando le di mi número.

Emmett se rió estruendosamente y dio unos silbidos.

—¡No llamaste a la chica! ¿Qué diablos te pasa Edward?

—Eso mismo pensaba yo. —Confirmó Bella riendo junto a mi hermano.

—Ya cállate, no estoy...

—¿Me estas mandando a callar? —Inquirió su femenina voz en el teléfono y sentí que me trababa.

—No, no, no. Es a mi hermano, mi hermano.

Las risas de ambos me inundó nuevamente.

—No sé por qué diablos no te llamó, pero suenas como una chica muy genial. Creo que estabas apuntando al Cullen equivocado.

—Bueno, gracias por al menos darme el apellido. —Replicó ella—.Te diré qué, puedes decirle a tu hermano que voy a estar en el parque mañana en la tarde y ambos pueden pasar a saludarme.

—Emmett no tiene que decirme nada. ¡Estoy escuchándote! —exclamé con exasperación de que esta chica estuviese hablando de mí.

—Pues aparentemente a alguien le falla un sentido. —Objetó Bella y yo me sumí en silencio, ¿acaso ella había hecho una broma por mí...?—. Porque no me parece que escuches muy bien.

—Allí estaremos —aseguró Emmett antes de que yo pudiera reaccionar y rápidamente me acerqué a él.

—¿Cómo que allí estaremos? Yo no voy a ningún lado.

—Edward —gruñó Bella con fastidio.

—¿Qué?

—¡Estoy escuchándote! —exclamó repitiendo mis palabras.

Mi hermano se burló de mí nuevamente (porque eso ya no es risa, es burla) —Hasta mañana, Bella.

Escuché el sonido de las teclas de mi teléfono y comprendí que Emmett ya había cortado la llamada.

—Hermano, tenemos una cita mañana.

—Ni siquiera conozco a esa chica. —Suspiré apretando los puños.

Sentí a Emmett alejándose del sofá mientas hablaba.

—¡La conoces más que yo! Se llama Bella, lo demás lo averiguaremos después.

—¿Cómo se supone que voy a conocerla si no puedo verla?

Los pasos de Emmett pararon antes de responder.

—Para llevar varios años con tu condición sigues siendo un bastardo superficial, ¿cierto?

Suspiré nuevamente, presionando mis hombros con mis manos. Quise decirle que no era una "condición" y tampoco llevaba "varios años", son cinco años que llevo siendo ciego, pero no mencioné nada. Tomé el control del televisor y le di volumen sólo para darme cuenta de que mi programa ya había terminado.

—¡Y no terminé de ver mi programa! ¿Estás contento ahora?

—Claro que sí Edward, mi propósito en la vida es amargarte la existencia. Misión cumplida. —Objetó con sarcasmo destilando en su tono.

Apagué el aparato y lancé el control a lo que supuse era la mesa a mi izquierda, pero escuché perfectamente como caía sobre el suelo de madera. Excelente.

Emmett se acercó a mí y me golpeó ligeramente en la cara con lo que estaba seguro era su apestosa bolsa de gimnasia ¿Cómo lo sé? Porque mi nariz funciona muy bien y él suele hacer eso. De verdad tengo que considerar cambiar de cerradura y no dejarlo venir después del gimnasio.

—Y prepárate, porque todavía no termino —anunció Emmett—, vamos a ir a visitar a mamá... Papá estará allí.

Inmediatamente solté un largo y cansado gruñido desde lo más profundo de mi ser, porque sabía muy bien que era mi condena. Ahora sí tengo que ir.

Estaba enfurruñado en el asiento delantero de la camioneta de Emmett, con un brazo cruzado en mi pecho y mi otra mano sobre mi boca. Mi hermano había intentado varias veces plantear una conversación, pero yo me negaba a darle más que monosílabos.

—Mamá se va a alegrar mucho de verte hoy —agregó en un intento más. Mamá debería alegrarse de ver cualquier cosa, igual que tú.

—Sí.

Aparté mi mano de mi boca para tomar el bastón doblado a mi lado y apretarlo con fuerza.

—Esa vecina tuya es muy amable al cuidar de Chester por ti, ¿cómo es que se llama?

—Mary —respondí tajante.

Las pocas veces que visitaba a mis padres no solía llevar a Chester por la misma razón por la que me liberaba de él apenas entraba a mi casa, son lugares que conozco de pies a cabeza y al estar con mi mamá o mi hermano, que se la pasaban vigilándome todo el tiempo, no era necesario ningún otro guía.

—Pensé que te había dicho que le dijeras Alice —murmuró en tono curioso, como si estuviera muy interesado.

—Es Mary —dije rompiendo mi récord de monosílabos.

—Es una chica muy linda y te mira como si fueras una estrella de cine, se nota a leguas que le gustas...

—Tiene catorce. —Interrumpí nuevamente.

—Oh.

Eso dio por terminada la conversación y el resto del camino a la casa Cullen fue en apacible silencio.

Cuando llegamos escuché los maullidos del gato de mi madre anunciando nuestra llegada. Emmett siempre dice que debe ser el alma de un perro encerrada en el cuerpo de un gato, porque ningún gato normal haría eso. Me bajé rápidamente y caminé a través del corto sendero de grava que me sabía de memoria, incluso paseando mis dedos en las puntas afiladas de la baja cerca de madera de la entrada.

—¡Edward! —La voz de mi madre estaba llena de emoción y sus pasos eran apresurados, hasta que finalmente se abalanzó sobre mí.

Podía imaginarla pretendiendo hacer tareas de jardinería mientras secretamente esperaba ansiosa ver el auto de sus hijos cruzar la esquina para poder saltar sobre ellos. Lo sé perfectamente porque es lo que ha hecho desde siempre.

—Hola mamá —respondí con una sonrisa sincera y aspirando su aroma a pastel de manzana, mi favorito.

—¡Me alegra tanto que estés aquí! Te horneé un pastel de manzana.

Apreté un poco más su mediana figura y la solté. A mi lado, mi hermano habló nuevamente.

—Hola mamá, no sé si me recuerdas, soy tu otro hijo, al que llamas Emmett...

—¡Claro que te recuerdo, mi Oso! ¡Ven acá!

Suspiré ante las demostraciones de afecto de Esme y continué mi camino dentro de la casa. Ciertamente no podría saberlo pero, según Emmett, mi madre no había cambiado ni un detalle de la casa en los pasados cinco años. No ha movido ni un mueble ni cambiado una figurilla de su lugar. De todos modos, esto me daba aún más confianza para caminar en la casa donde viví los primeros diecisiete años de mi vida.

Caminé derecho a lo que sabía que era la sala y antes de toparme con el sofá hice un giro a la izquierda para llegar a la cocina. No tuve que escucharla para saber que mi madre estaba pegada a mis talones, vigilando cada paso.

—¿Dónde guardaste mi pastel? —Inquirí con una sonrisa y abriendo la puerta de la nevera.

Esme soltó una pequeña risa antes de hablar.

—Aquí lo tengo, está un poco caliente. —Di unos pasos hacia ella y depositó una bandeja en mis manos, con un concentrado olor a manzana dulce que me aguaba la boca—. Pero nada de dulce antes de la cena.

Tomé mi lugar de siempre en la pequeña mesa redonda de la espaciosa cocina mientras oía a mi madre y a Emmett moviendo platos para servir la comida. Minutos después todos estábamos saboreando la deliciosa y picante carne asada de Esme Cullen y el silencio se tendió sobre nosotros. La pregunta pendía en el aire y preferí dejarla caer antes de prolongar la tensión.

—¿Dónde está papá?

Más silencio. Finalmente mi madre aclaró su garganta y me respondió.

—No lo sé. Sólo me dijo que estaría aquí, no me dijo la hora.

Era típico de Carlisle dejarnos así o aparecer horas después para comer y no decir una palabra. Definitivamente era muy distinto al hombre con quien me crié. Quizás por eso se había separado de Esme hace un par de años. Supongo que mi accidente no sólo me cambió a mí.

—¿Cómo va el trabajo, hijo? —cuestionó mi madre afectuosamente, tomando mi mano entre las suyas y acariciándola.

—Está bien, los adolescentes siguen sin ser fanáticos del piano y los niños son... niños, pero la paga es buena —expliqué recordando lo mucho que me había esforzado en aprender cuando era pequeño. Las lecciones de principiante de Esme y luego mis clases en el conservatorio. Ahora los niños lo aprenden como si fuera hablar o caminar.

—Eso es porque eres un excelente profesor.

Escuché a Emmett removerse en su silla a mi derecha y supuse por qué. Él sabía muy bien que a mí no me gustaban para nada los niños y que tampoco disfrutaba enseñarles música. Niños sabelotodo con manos pegajosas sobre mi precioso piano y voces demasiado agudas... Pero Esme no necesitaba saber eso.

—Gracias mamá. —Repliqué tajante, colocando una cucharada repleta de arroz en mi boca.

—Edward tiene una cita. —Soltó Emmett de repente, seguido por el chirriante sonido de un cubierto cayendo sobre el plato.

—¿Edward tiene una cita? —Repitió Esme con incredulidad.

¿Desde cuándo soy tan feo como para que eso cause tanta sorpresa?

—No tengo ninguna cita.

—¡Claro que sí! —exclamó mi hermano.

—Que no.

—Que sí.

—¡Que no!

—¡Que sí!

—¡Niños, ya basta! —exclamó Esme golpeando la mesa—. ¿Quién es la chica? —Su tono cambió de forma extraña.

—Se llama Bella, se conocieron en un parque y ella le dio su número y lo invitó a salir. Yo también la conoceré mañana —explicó Emmett antes que de que pudiera decir algo.

—Cállate Emmett, voy a clavarte el tenedor en la mano. —Lo amenacé en voz baja.

—¡Edward Marcus Cullen, no hables así! —Oh, no. Mi nombre completo, esto es malo—. Creo que... es un poco directo de parte de esa chica hacer todo esto, pero supongo que vivimos en un mundo moderno.

Sus palabras me hicieron sonreír. Vivimos en un mundo moderno, pero Esme, aunque no es tan mayor, se niega a usar el celular que le regalé y definitivamente detesta las computadoras.

—No importa mamá, de todos modos no voy a ir. —Suspiré.

Continué comiendo en silencio, desafortunadamente eso no duró mucho.

—Ya le dijiste que sí Edward, tienes que ir. —Insistió Emmett.

—Yo no le dije nada, lo hiciste así que debes ir.

—Por alguna incomprensible razón esta chica quiere una cita contigo Edward. ¡Ponte los pantalones y sal de una vez!

—¿Edward tiene una cita? —Las mismas palabras que Esme había dicho hicieron eco desde el pasillo y reconocí de inmediato la voz de mi padre.

El silencio se estiró un momento hasta que mi madre respondió.

—Una chica lo invitó a salir, pero él no tiene que ir si no quiere hacerlo. —Lo último pareció una advertencia, seguramente dirigida a mi hermano.

—Hola Esme. —El tono de mi padre se suavizó profundamente.

—Hola Carlisle.

Emmett y yo repetimos los saludos y la silla a mi izquierda fue movida.

—¿Cómo está el trabajo, Emmett? —preguntó Carlisle en tono formal.

—Muy bien. A los chicos todavía no les gusta demasiado mi materia, pero no puede esperarse mucho de «Historia Universal».

Mi hermano, a diferencia de mí, se llevaba excelente con los niños. Aunque supongo que uno ya no es niño a los catorce, pero teniendo veintinueve eso me sonaba muy lejano. De todos modos Emmett había elegido eso por preferencia y no por obligación.

Pasamos el resto de la comida en silencio, como siempre. Mi padre evitó dirigirse demasiado a mí y yo le correspondí. Esme evitaba a Carlisle y yo no estaba muy contento con mi hermano, así que la cena estuvo prácticamente llena de pequeños comentarios al azar entre nosotros.

Sí. Como siempre.

Más tarde esa noche Emmett me llevó a mi casa. No había terminado de detener el auto cuando yo estaba abriendo la puerta, y justo cuando había puesto un pie sobre la acera y estaba a punto de salir, él habló nuevamente.

—Te busco mañana a las siete de la mañana.

—¿Qué? ¿Para qué?

—Pues para ir al parque a ver a Bella, por supuesto —aclaró como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿Por qué diablos tendría que ser a las siete de la mañana? ¡El mundo entero está durmiendo los sábados a las siete de la mañana! —aseguré a mi exasperante hermano.

—A algunos de nosotros nos gusta despertar temprano. Además, Bella dijo que te vería a la misma hora, yo no sé qué hora es esa y asumo que tú no vas a querer decírmelo, ¿cierto? —Arguyó usando el mismo tono desesperado que yo.

Maldito grandulón que me conoce tan bien y que no aprende a marcar el maldito número correcto. ¡Esta misma noche lo cambio!

—No lo creo. —Repliqué saliendo del auto, pero sin dejarme cerrar la puerta él continuó.

—Ah... Sí lo creo. Yo sé que te gusta dormir, pero voy a venir Edward, voy a entrar con mi llave y voy a golpear la puerta de tu habitación hasta que te canses, y Dios sabe que si tengo que cargarte sobre mi hombro, meterte en esa ducha y hacer que...

—¡Ok, basta! —Gruñí derrotado. Le di un momento más a mi orgullo antes de continuar—. Es a la una de la tarde... Más o menos.

Pude captar el sonido de una ligera y muy baja risa que seguro intentaba disimular.

—Muy bien, a la una será. Buenas noches hermanito.

Azoté la puerta de su auto y caminé directo hacia mi casa. Hermanito, se supone que yo soy su hermano mayor.

Fui directamente a mi habitación y tras de mi iba Chester, chocando su hocico contra mis piernas sin motivo alguno.

Me di una ducha rápida y me regodeé internamente en el hecho de estar en mi casa, caminar libremente y hacer todo lo que quisiera. O casi todo.

Me puse los audífonos para escuchar un poco de rock de los ochentas y antes de dormirme por completo pensé en la chica pato de mañana... ¿Era pato? ¿Por qué siempre se me olvida su nombre? ¡Qué más da!


Oh-oh... un poquito fastidiosa la familia, creo que a todos nos pasa a veces, ¿verdad? jaja
¿Qué tal Edward? Un poquito testarudo a mi parecer pero Emmett sabe torearlo, ¿o no? ;)

PD: Me dio penita lo de Esme y Carlisle porque son geniales juntos :( pero así tiene que ser :/
Para la próxima... el resto de nuestra gente favorita :D

¿Saben este cuadradito blanco de aquí abajo? ¡Anímense a usarlo y comentar! :D Sus opiniones son bienvenidad y debidamente respondidas :)

Un abrazo,
Alessa.