Mina! Por fin, por fin por fin, traigo el segundo capítulo. Lo pensé y elaboré mucho, y espero que se note y que os guste. PURO LEMON, avisados estáis. Oh, y recomiendo encarecidamente releer la primera parte y seguir con esta del tirón...

Sin más espera...

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- No niego que follar en medio del pasillo tenga su punto, kenshi-san… ―le susurró Robin, acercándose a su oído―, pero no creo que te dé igual que alguien nos vea así… y estamos a 5 metros de mi habitación.

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Robin se levantó sin previo aviso y se acomodó la falda mientras todavía tenía un pie a cada lado del cuerpo de Zoro, dándole un contrapicado espectacular desde su perspectiva. La ya intensa respiración del kengou se trastocó un poco más con semejante vista, haciéndole cerrar los puños con fuerza y coger aire, hinchándole el pecho. Robin abandonó su posición y se quedó parada a su lado. Ante la atenta mirada de Zoro, sus manos subieron por debajo de la falda y comenzó a quitarse la ropa interior, lentamente, bajándola por sus muslos y dejando que Zoro contemplara el espectáculo. Al llegar a sus rodillas, se inclinó para sacar una a una sus piernas de la prenda, cruzándolas por delante para esconderse todo lo posible de la mirada del kengou. Quería tentarle, darle hambre. Una vez con el tanga en la mano, le miró intensamente a los ojos y lo dejó caer sobre su vientre, sonriendo ladinamente y volteando para marcharse de ahí.

Comenzó a caminar lentamente hacia su habitación, mirando hacia atrás y hacia él durante los primeros pasos, deshaciendo sus manos fleur e instándole a seguirla. Zoro se incorporó enseguida, agarrando la delicada prenda de encaje y sintiéndose las mejillas arder antes de meterla en uno de sus bolsillos. Se levantó, cubriéndose con el bóxer de nuevo. Y, sintiéndose como el perro que sin remedio alguno sigue a su dueño, siguió a Robin hacia su habitación, más consciente de lo que había estado ocurriendo que en cualquier otro momento anterior.

La morena abrió la puerta de su dormitorio y entró sin esperarle, quedándose de pie en medio de la habitación encarando la puerta. Zoro llegó unos segundos después, un poco cabizbajo. Su silueta se recortaba contra la luz que entraba del pasillo, con los músculos hiperoxigenados de su espalda haciéndole parecer todavía un poco más grande de lo que ya era. Unas manos fantasma cerraron la puerta tras su entrada y echaron el pestillo. Zoro se percató de ello y se le erizó el vello de la nuca.

La luz en la habitación era tenue, apenas suficiente. Pero no le hacía falta más para ver a Robin avanzar hacia él. La miró firmemente, todavía con las sensaciones a flor de piel y el deseo carcomiéndole, y pasó sus manos por sus caderas para agarrarla de nuevo. Robin le hizo retroceder hasta la puerta, acorralándole ella esta vez, y le besó con pasión mientras sus manos recorrían su torso y llegaban a su entrepierna lentamente.

La erección de Zoro latió irremediablemente bajo las manos de la arqueóloga. El beso era intenso y húmedo, sus lenguas se mezclaban y el cuerpo volvía a pedirle más. El kengou bajó una de sus manos por el trasero de Robin hasta colarse bajo la falda de nuevo. Apretó sus nalgas, y tuvo que gruñir en el beso. Robin empezó a masturbarle lentamente, sintiendo su respiración volverse errática al poco. La mano de él siguió bajando hasta colarse entre sus piernas desde atrás. Acarició sus pliegues con las yemas de los dedos, sintiéndola húmeda y suave, y subió por su trasero rozando el perineo. La morena gimió levemente y apretó las piernas enseguida, pero Zoro se encendió y la alzó por los muslos para llevarla a la cama en tres zancadas.

Se arrodilló en el suelo para dejarla sentada en el borde de la parte baja del colchón. La siguió besando con ansia, pasando las manos por sus piernas y loco por volverse a perder entre ellas. Poco a poco fue incorporándose, y en el ímpetu del beso, tirándola hacia atrás hasta quedar con medio cuerpo sobre el suyo y sus piernas rodeándole las caderas. Respiró profundamente, excitadísimo, apretándose contra la pelvis de Robin. Volvió a retirarse la ropa lo justo para penetrarla otra vez, apoyando su peso sobre el antebrazo derecho y guiándose con la otra mano hasta entrar en ella. Agarrándole el muslo, empezó a marcarle un ritmo que, aunque no muy rápido, era profundo y les hacía perder el aliento. Robin arqueó la espalda, sintiéndole claramente en su vientre, grueso entre las paredes de su vagina. Sentía la respiración de él en su cuello, fuerte y caliente, como la de una bestia conteniéndose. Gimió; el placer la estaba engullendo con cada embestida y cada vez eran más enérgicas.

- Zoro… ―susurró casi imperceptiblemente. Le abrazó por el cuello, arañándole la espalda―. Zoro..!

El kengou la mordió en el cuello y la penetró lo más fuertemente que pudo. Ambos gimieron, y él se quedó quieto ahí, en el fondo de su vagina, aguantando su propio orgasmo cuando sintió las contracciones del de Robin exprimirle. Ella se escondió en el hueco de su cuello, acallándose todo lo posible, apretándole con las piernas y marcándole los hombros con las uñas. Al cabo de un minuto, respirando apresuradamente todavía, su cuerpo empezó a relajarse y dejó de aferrarle. Zoro, desbocado, agarró su cara y la besó, atrapando sus labios entre los de él y mordiéndoselos un poco más fuerte de lo que debía. Iba a borrar de su cuerpo y de su memoria el contacto que hubiera tenido con cualquier otro hombre antes. Robin… Robin era suya a partir de ahora.

- Date la vuelta…

Robin miró hacia él, deshaciendo su abrazo y sintiendo cómo Zoro la agarraba para dejarla boca abajo sobre la cama, de rodillas sobre el suelo igual que él. Se irguió, y Zoro se apegó a ella por detrás, acariciando con ansia su cintura, amasando sus pechos y besando su nuca. Ella jadeó, sus manos eran firmes y no le daban un segundo de tregua. Zoro apretó la cadera contra el trasero de Robin, subiendo el vestido desde su cintura. Ella podía sentir su erección contra sus nalgas, y los besos de Zoro cada vez más hambrientos. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Zoro la agarró de un brazo y le hizo reposar el cuerpo sobre el colchón de nuevo, su cuerpo cubriéndola. Pasó una mano por su sien, agarrando su pelo suavemente entre los dedos y acariciando su mejilla. Con la otra mano, le acarició el cuerpo mientras bajaba hasta sus piernas. La agarró de la cadera cuando volvió a apretarse contra ella, logrando sacarle a Robin un suspiro teñido de excitación con el roce de sus cuerpos. Inmovilizándola contra la cama, guió su erección por los labios húmedos de su sexo, sintiéndola estremecerse por eso. Tanteó la entrada a su vagina, casi haciéndola suplicar. Sin embargo, siguió subiendo hacia su trasero y se detuvo ahí, estimulando su otra entrada con el pene bañado en sus propios fluidos, apretando de vez en cuando para hacerse paso.

Robin volvió a tensarse.

- Zoro! No-

- Déjame… ―la interrumpió, con tono firme pero suave.

Robin se volteó un poco para verle a la cara, con las mejillas un poco más sonrojadas.

- Me vas a hacer d-

- Déjame… déjame, por favor… ―la volvió a cortar, mientras agarraba su cadera con fuerza.

¿"Déjame, por favor"? Eso la sorprendió. No sonaba como algo que hubiera previsto oír de Zoro en estas cirunstancias. Pero, de nuevo, sentía en su agarre una fuerza y una tensión que comprendía iban más allá de la lujuria. El kengou le estaba suplicando a su manera para poder cumplir con algo que le estaba consumiendo por dentro.

Robin tragó saliva y cerró mucho los ojos. Zoro gruñó, empujándose a su interior y entrando en ella con dificultad, pero perdiéndose en el placer de su estrechez de igual forma. Miraba atentamente su pene adentrándose en su impresionante trasero, y sentía que, de alguna forma, la estaba haciendo suya y no había nada, ni un maldito beso con el maldito cocinero, ni nada en el mundo, que pudiera cambiar eso.

Robin agarró las sábanas con fuerza. Le estaba doliendo, pero ella sólo se mantenía callada. Era demasiado brusco… y demasiado grande. Y le faltaba una tonelada de lubricante para poder aguantarle. Quiso incorporarse y obligarle a parar pero Zoro la agarró de los brazos y la mantuvo contra la cama, resguardando el control que esta postura le otorgaba a él, y se incorporó un poco más, llegándola a penetrar más profundamente.

Robin no pudo evitar soltar el grito que había estado ahogando, que sonó alarmante incluso para él. Se detuvo en seco al oírla, y Zoro se percató, al apartar las manos, de las marcas de sus dedos en su piel, y vio las que le hizo antes, al ir a buscarla en plena ofuscación, empezando a amoratarse. El kengou sintió una punzada de vergüenza y remordimientos en el estómago. Nunca le habría hecho daño a propósito, pero… aquí se encontraba, viendo hematomas con la forma de sus manos e ignorando el presentimiento de que estaba perdiendo el control más de lo que debía de cintura para abajo. Echarle la culpa a los celos le sonaba patético… y confesar que necesitaba saber que la había tocado, al menos, lo mismo que otros, también. Pero no tenía más excusa que esas. Sin contar el detalle de que la deseaba desde hacía eones y que el control sobre sus impulsos simplemente se había ido al garete hacía un rato.

Fue un momento extraño. Ambos escuchaban la respiración del otro sin decir nada, como si fueran dos extraños, aunque sus cuerpos estuvieran conectados de tan íntima forma. Sin embargo, dadas las circunstancias, las palabras estaban quizá de más.

Zoro tragó saliva, serenándose por primera vez en la noche, y vio en el gesto de Robin una pequeña muestra de dolor al moverse y retirarse de su interior. Apoyó los codos a cada lado de ella y bajó la cabeza hasta el lugar de sus brazos donde la había lastimado. Dio un pequeño beso sobre las marcas y frotó la mejilla contra ellas.

- Perdóname. No quería hacerte daño… pero no vuelvas a acercarte a ese pervertido. Ni a ningún otro hombre.

Robin le escuchó sorprendida. Esa era, seguramente, la confesión más clara de celos que podría sacarle a Zoro jamás. Rió bajito, con su habitual discreción.

- No hacía falta que me rompieras para decirme que me quieres sólo para ti…

Robin se giró poco a poco hacia él, copando su cara con una mano. Zoro estaba serio, con la mirada un poco baja. Como si supiera que debería arrepentirse de lo que había hecho pero sólo pudiera llegar a hacerlo a medias, y eso mismo a su vez le hiciera sentir mal también.

La arqueóloga comprendía que para él era complicado gestionar todos esos pensamientos y sentimientos. Y entendía que, lo que primaba en él, era la necesidad de tenerla. De una forma más que física, que es lo que de alguna manera había querido llegar a trascender con todo este forcejeo.

Acarició su mejilla y metió los dedos por su pelo. Le atrajo hacia ella y le besó suavemente, sólo con los labios entreabiertos y humedeciendo los suyos. Zoro se sintió algo cohibido al principio, como si hubiera perdido el derecho a actuar. Pero pronto las caricias de Robin fueron haciéndose más demandantes y volvió a sentir ese animal en su interior haciéndole saltar por su presa.

"Mía, mía, mía…"

Zoro volvió a colocar sus grandes manos en su esbelta figura, subiendo y bajando por sus costados y su espalda, acariciando su largo cabello, con toda la calma que le quedaba en el cuerpo –que no era mucha. La agarró de la cintura al cabo de unos minutos y la subió a la cama de nuevo, rompiendo el beso y dejándola sentada frente a él. Besó sus rodillas y sus muslos, subiendo las manos desde sus tobillos y metiéndolas poco a poco por debajo de la falda sin dejar de besarla. Robin se recostó un poco más sobre la cama, apoyándose en los codos, mientras le veía subir por sus piernas y no podía evitar que se le agitara la respiración. Cuando los besos llegaron al borde de su falda, Zoro la miró a los ojos un segundo, buscando aprobación, mientras le subía la ropa con la mano derecha. Robin ni siquiera asintió, demasiado embebida en el momento y en lo jodidamente sexy que se veía Zoro así. Sin embargo, él pudo leer en sus ojos la expectación y volvió a enfocarse en su cadera, retirando la falda completamente, arrugándola por encima de su pubis.

Sintió el pulso enloquecerle al revelar su desnudez a tan escasa distancia. La sangre ensanchó su erección aún un poco más mientras miraba fijamente a su sexo, salivando. Se acercó finalmente, abriéndole las piernas y acomodándose entre ellas, lamiendo sus labios y cerrando la boca sobre ellos para chuparlos. Oyó a Robin jadear y la sintió flexionar las piernas un poco; le agarró la rodilla derecha por debajo y la acomodó sobre su hombro, abriéndole el ángulo un poco más para seguir comiéndosela.

Pasó la lengua suavemente por encima de su clítoris y Robin le agarró del pelo enseguida, ahogando un gemido y encorvándose bajo su boca cuando lo atrapaba entre los labios. Pasó la mano izquierda por encima de su pierna y se ayudó de los dedos para abrir su sexo y rozar esa perlita que la hacía estremecer tanto, mientras seguía lamiéndola, infiltrando la lengua entre sus labios rosados y empapados, bajando a la entrada de su vagina y sintiéndola caliente. Lamió varias veces su entrada, metiendo sólo la punta de la lengua y haciéndola retorcer. Después la agarró de la cadera, y la alzó unos centímetros incluso, mientras metía la lengua en su húmedo pasaje, haciéndola tirar la cabeza hacia atrás y gemir su nombre, atrapando sus suaves labios entre los de él al retirarse.

Con la mano libre empezó a rozar sus muslos de nuevo, acercándose cada vez más a su sexo. Pasó el índice y el corazón por su sexo, mojándolos con sus fluidos y la saliva. Volvió a centrarse en su clítoris, lamiéndolo con la punta de la lengua y succionándolo con suavidad. Robin no pudo contener un fuerte gemido cuando introdujo los dedos entre sus pliegues y entró en su vagina de una sola vez. Él mismo estaba resoplando y se creía capaz de eyacular en cualquier momento sólo mirando lo que hacía. Iba despacito, deleitándose en el espectáculo que suponía verse masturbando a Robin. Ella se dejó caer en la cama, con las piernas bien abiertas y la cara medio pegada a la almohada. Se relajó bajo su ritmo, respirando entrecortadamente y sintiendo el placer a flor de piel. Al cabo de poco se inclinó para mirarle y le encontró ensimismado, con algo de rubor en las mejillas, completamente perdido en la vista.

- ¿Te gusta lo que ves? ―le dijo Robin, con media sonrisa de las suyas –de las maliciosas-, despertándole del ensueño. Zoro volvió a incorporarse sobre ella y le metió los dedos con algo más de fuerza, haciéndola gemir y volver a cerrar los ojos.

- ¿Te gusta lo que hago? ―le contestó, un poco fanfarrón.

- Hummm… sí…

Zoro se inclinó sobre ella de nuevo mientras seguía el ritmo con sus dedos. Se colocó a su altura, besándola con pasión, agarrándola del pelo mientras metía la lengua en su boca y sus dedos la penetraban con más intensidad. Robin pasó un brazo por su cuello, arañándole los hombros. La otra mano fue a su espalda, bajando por su costado hasta su cadera, apretándole el culo. Zoro gruñó, y se escondió en su cuello cuando Robin bajó la mano hasta su pene y comenzó a masturbarle también. Le notaba ardiendo, duro, con la sangre palpitándole bajo los dedos y unas gotitas viscosas bañando su glande.

- Ven aquí…

La arqueóloga se movió hacia arriba y tiró de él, dejándole sitio para que subiera a la cama con ella. Zoro se quedó a cuatro patas sobre ella, y la vio morderse el labio antes de incorporarse e inclinarse hacia él, haciéndole quedar en cuclillas. Le besó mientras rozaba su pecho con los dedos suavemente, pasando a propósito por sus pezones. Bajó a su erección y fue delineándola con un dedo, sintiéndole tenso bajo su caricia. Zoro respiraba alterado y se agarraba a la sábana con fuerza, no queriendo perder el control de nuevo, pero… de verdad que…

- Me lo estás poniendo difícil, onna… ―dijo Zoro, con un hilo de voz, contra la boca de la morena.

- Shhh…

Robin le acalló y enseguida le miró a los ojos, prometiéndole con la mirada que iba a valer la pena. Empezó a dar pequeños besos por su marcada mandíbula mientras su mano se cerraba alrededor de su pene. Zoro cerró los ojos y respiró profundo, apretando los puños. La arqueóloga siguió bajando por su piel, besando su ancho cuello y los abultados músculos de sus hombros. Su mano siguió moviéndose por su miembro, tirando con cuidado de la piel hacia abajo para descubrir su glande y agarrarlo por ahí, de forma que al masturbarle le estimulara esa zona continuamente. Zoro ahogó un gemido y buscó la boca de ella, pero Robin siguió besándole cada vez más abajo.

Se inclinó sobre su pecho, lamiendo sus pezones y marcándolos con los dientes, haciéndole gruñir otra vez. Descendió un poco más por su cuerpo, besando sus primeros abdominales, y enseguida sintió su henchido pene rozando su escote. Zoro abrió los ojos y no pudo evitar mover un poco la cadera, adentrando la punta entre sus pechos durante un segundo antes de que se saliera sola. Robin sonrió con picardía y le miró a la cara, hallándole verdaderamente al límite de su aguante psíquico y sexual. Bajó entonces hasta su sexo, besando la base de esa imponente erección y acariciándola con toda la mano. Besó desde sus testículos, por todo su pene, hasta llegar a su glande. Abrió la boca ahí y pasó la lengua por encima, y luego por alrededor. Zoro la miraba con el corazón a mil, y no pudo evitar un "Oh, Dios" cuando la vio – y la sintió- metérsela en la boca.

Cerró los labios sobre su glande y bajó por su erección, rozando su lengua por su tronco y volviendo a subir, chupando la punta antes de repetir. Zoro llevó una mano a su cabeza, colocándole el pelo a un lado y sin poder apartar los ojos de ella. Se lo hacía lentamente, de forma que sentía su lengua y sus labios por todo su pene, su saliva dejando una fina capa sobre su miembro. La veía metérselo cada vez más adentro, hasta que casi lo tuvo entero en la boca. Robin le chupaba dibujando círculos, masajeando sus testículos, y Zoro empezó a respirar más aceleradamente, sintiéndose al límite. Acarició su cara y la separó un poco de él.

- Me voy a correr si sigues… ―Robin le miró sorprendida y enseguida sonrió pícaramente.

- Ya lo sé…

Se volvió a inclinar hacia él, pero Zoro no la dejó. La agarró del mentón y la alzó con cuidado hasta su altura de nuevo. La besó con fuerza y ansia mientras bajaba las manos a su trasero, atrayéndola a su cuerpo y subiéndola a sus piernas a horcajadas. Robin le abrazó por el cuello mientras respondía al extasiante beso, y le sintió gruñir en su boca cuando su pene volvió a rozar la humedad de su sexo. La levantó en vilo y la apoyó sobre su erección, sintiéndola resbalar por sus pliegues. Robin ahogó un gemido al sentir su pene deslizarse suavemente hasta volver a entrar en su vagina, y Zoro empujó su cadera para terminar de penetrarla, agarrándola firmemente de las nalgas y enterrándose en ella. Cortó el beso durante un segundo mientras la miraba con anhelo, y tragó saliva en cuanto sintió a Robin mover la cadera y empezar el vaivén sobre él. Apenas aguantó sin moverse, y volvió a embestirla más fuertemente, oyéndola gritar cada vez que llegaba a tocar su cérvix. Subió un brazo para sujetarla por la espalda y bajó a besos por su cuello, lamiendo sus pechos y dejando marcas rojizas en sus pezones al chuparlos.

Robin arañó su espalda, respiraba agitada y se sentía al borde del orgasmo de nuevo. Ella también movía la cadera para encontrarse con la de él, añadiendo fuerza a la penetración. Le agarró del pelo y le miró fijamente, perdida en su propio placer.

- No pares…

Zoro agarró su pelo también y siguió embistiéndola, sin apartar la mirada de sus brutales ojos azules, rezando por aguantar lo suficiente. Enseguida Robin gimió y los cerró, volviendo a abrazarle estrechamente, escondiéndose en su cuello. Apretó las piernas en su cadera y Zoro la sintió de nuevo contrayéndose alrededor de su pene, más intensamente que antes, y no pudo más que dejarse llevar. En un segundo volvió a tenderla sobre la cama, agarró su mano y la entrelazó con la suya, y empujó en su interior hasta que su propio orgasmo le quitó el aliento.

Casi dejó de moverse mientras se corría, sólo apretando su cadera contra la de ella durante unos segundos, sintiéndola empapada y estrecha. Robin se arqueó bajo su cuerpo, volviendo a la realidad sólo para encontrarle tenso sobre ella, conteniendo gruñidos en su oído. Poco a poco los macizos músculos de Zoro se calmaron y fue dejando algo de peso reposar sobre su esbelta figura. Robin apretó su mano con cariño y sintió un beso en su cuello al instante. Sonrió un poco, y poco a poco sus pulsos fueron normalizándose en el silencio.

- No deberías estar celoso… ―habló bajito la morena―. Soy tuya si me quieres.

Zoro se irguió lo justo para mirarla a los ojos. Estaba tan… bonita, que sintió que le faltaba el aire, que se le hacía un nudo en la garganta. Tragó saliva mientras la contemplaba, pasando el pulgar por su fino pómulo mientras intentaba pensar. De repente estaba tranquilo. Completamente relajado mientras sentía el calor de sus cuerpos unidos, como si toda la tensión que llevaba encima se hubiera evaporado; esa rabia y confusión mental de antes, olvidadas al mirar a la mujer que tenía debajo, su pelo esparcido por la cama y sus brillantes ojos claros.

Se acercó a su boca y la besó. Suavemente, posando sus labios sobre los de ella y haciendo un poco de presión, cerrando los ojos al contacto. Tan delicadamente, que Zoro mismo se estremeció. Porque estaba dejando que en ese beso se filtrara todo lo que estaba sintiendo, y tenía miedo ―o vergüenza, o lo que sea que fuera…― de que ella se diera cuenta…

- Y me quieres, ¿no?

Zoro tragó saliva.

- Sí.

- ¿Sólo para ti? ―Zoro se tensó un poco y pasó su mano por su pelo, alzándole un poco la cara.

- Sólo para mí.

Robin sonrió, como sonríe aquél que se sabe ganador de un juego. Y le miró con más cariño del que se había permitido a sí misma expresar jamás, mientras acariciaba ese pelo verde que tanto le gustaba y agradecía al cielo porque su plan hubiera funcionado esta vez.

- Pobre Sanji...

- A Sanji que le den por cu―

Robin le cortó poniendo un dedo sobre sus labios mientras reía levemente.

- Fufufu… Sólo para ti, Zoro.

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:3

Phew... Por Dios. Decidme qué os ha parecido. Dejadme reviews. Necesito saber!

Gracias por leer, muchas gracias.

Haré un pequeño drabble más para esta historia. Y tengo una pequeña idea loca que... que creo que me mataríais si escribiera. Pero quizá lo haga y la cuelgue aparte... Ya veremos. De momento, es todo por hoy.

Saludos, y hasta la próxima!