Si a cualquiera de los tripulantes de la Enterprise bajo el mando de Pike le hubieran dicho que acabaría respetando al joven, alocado, y escandaloso James T. Kirk cómo capitán seguramente se hubiera reído antes de dar el hecho por imposible.

Pero así había sido.

Por extraño que pudiera parecer, el primero en aceptar a Jim cómo capitán fue Spock. Todo había sucedido tras los precipitados acontecimientos del Narada. Sin núcleo warp, con el casco de la nave agrietado, y todos los problemas técnicos posibles, Spock se sorprendió al ver entrar al capitán en funciones en el puente. Los pasos de Jim eran rápidos, su gesto determinado. Se sentó con una confianza desbordante en la silla de mando, apretó el intercomunicador, y comenzó a contactar con cada uno de los departamentos de la nave mientras solicitaba a su tripulación en el puente toda la información que eran capaces de darle. Durante dos horas distribuyó con maestría la carga de trabajo de la nave antes de dar por finalizado el turno alfa. Envió a todos los presentes a descansar y puso al día al relevo, el turno tau, para que comenzasen a funcionar cuanto antes.

–Capitán, ¿usted no va a descansar?– le preguntó Spock.

–Por supuesto, pero antes he de ir a ingeniería– dijo Jim levantándose para caminar junto a Spock, entrando en el turboascensor–. Scotty está teniendo problemas con varias turbinas, y apenas puede mantener la energía. Voy a ver si puedo ayudar.

–En ese caso me ofrezco para acompañar al capitán.

Jim negó con la cabeza.

–No, sé que usted necesita menos descanso que un humano, pero no deja de necesitarlo.

Antes de que pudiera replicar, el turboascensor se detuvo y Jim salió rápidamente de él rumbo al corazón de la nave. Por un instante Spock pudo ver la espalda del capitán, en ella aparecían tres manchas que oscurecían aún más su camiseta negra y que parecían haber dejado pegada la tela a la piel. Sin necesidad de un diagnóstico médico, Spock supo que aquellas eran manchas de sangre y se preguntó cómo habían llegado a la espalda del capitán.

Después de ocho horas de descanso, el turno alfa volvió al puente pues, en caso de emergencia, o tras un desastre cómo el acontecido, el grupo principal debía mantener una doble rotación, y no triple cómo era lo acostumbrado.

Al llegar al puente, y para sorpresa de todos, la silla principal no aparecía ocupada por el oficial Carrigan, encargado del grupo tau, sino por el propio Kirk que mantenía su concentración sobre varios padds que rodeaban su silla.

–¿Cuándo ha llegado?– preguntó Uhura en un susurro al compañero que iba a relevar al frente de las comunicaciones.

–No se ha ido– le contestó el hombre dando una larga mirada al capitán–. Llegó hace cosa de dos horas, después de estar ayudando con las reparaciones de los motores. Desde que regresó no ha parado de firmar órdenes, enviar informes, y hablar con la flota para ponerles al día de lo que ha pasado.

Uhura miró confundida hacia la silla antes de volverse hacia Spock. Una silenciosa comunicación se produjo entre ambos antes de que el Vulcano asintiese imperceptiblemente.

–Capitán– dijo el oficial de ciencia poniéndose junto a la silla del rubio. Ante la nula respuesta del más joven Spock volvió a llamarle, esta vez elevando la voz, hecho que hizo a Kirk saltar. El repentino moviendo pareció hacerle recordar sus heridas ya que no pudo disimular un gesto de dolor mientras tanteaba su costado.

–¿Sí, señor Spock?

–Capitán, según mis cálculos lleva usted más de setenta horas despierto. Es mi deber recordarle que la integridad del capitán es primordial para la nave.

–¿Cómo?– Jim parecía desconcertado al mirar a su alrededor–. ¿Ya han pasado ocho horas desde el cambio?

–Así es señor.

Pasándose una mano por los ojos Jim asintió.

–Está bien, le dejo al cargo del puente– le tendió un padd y remarcó las últimas anotaciones–. Scotty ha podido evaluar los daños, podrá restablecer la máxima potencia dentro de diez horas, por lo que alcanzaremos la tierra en tres días y media. Hasta entonces la prioridad es el abastecimiento de la enfermería y la comodidad del pueblo Vulcano. He distribuido a todos en las cubiertas superiores, y dejado con ellos a dos de nuestros enfermeros ya que han surgido algunos casos de estrés. Quiero que todos descansen y se sientan, dentro de lo posible, reconfortados.

Las palabras de Jim sorprendieron a Spock pues no esperaba que la atención del joven pudiese llegar hasta aquellos extremos. Los segundos de más que tardó en responder hicieron que Kirk le mirase preocupado.

–¿Está usted bien?

–Si capitán– tomó el padd de forma suave, algo que con el paso del tiempo Jim llegaría a identificar cómo una forma de gratitud por parte del Vulcano–. Me encargaré personalmente de ello. Ahora le sugiero que vaya a la enfermería para que puedan revisar sus heridas, y luego descanse.

–Sí, puede que ese sea mi itinerario– una sonrisa afloró en los labios de Kirk–. Spock, usted tiene el control.

El turno alfa fue tranquilo, tanto que a la hora y media Spock pudo llamar a la enfermería para interesarse por las lesiones de los capitanes.

–Spock a enfermería. Doctor McCoy, solicito los datos de la evaluación del capitán Pike y del capitán en funciones Kirk.

–El capitán Pike está despertando lentamente, pero aún tardará dos días en poder llegar a un estado consciente ya que ha de mantenerse sedado. En cuanto a Jim, él no ha venido.

–¿Puede comprobar que no le haya revisado otro facultativo y ya haya abandonado la enfermería?

Spock escuchó un par de tecleos rápidos antes de que una sarta de insultos fuesen lanzados a través del comunicador.

–No está aquí, y no lo ha estado. ¡Maldita sea!

–Voy a revisar las habitaciones del capitán– dijo Shock–. En cuanto le encuentre le haré ir a la enfermería.

Dejando el control del puente en Sulu, Spock fue a las habitaciones destinadas al capitán pero a mitad de camino detuvo sus pasos ya que Kirk no había sido asignado a aquellas habitaciones, ni tan siquiera a unos cuartos comunitarios ya que había subido en calidad de enfermo a la nave. Técnicamente Jim Kirk no tenía un lugar en el Enterprise. Dirigiéndose al panel más cercano, Shock comenzó a introducir diversas búsquedas hasta que una dio resultado y logró ubicar los últimos pasos registrados de Jim cerca del departamento de Scotty.

Al llegar a la zona de ingeniería Spock no tardó en ver una clara mejoría en la mayor parte de las estructuras sobre las que trabajaban más de la mitad del personal al cargo del escocés que ahora se acercaba a él.

–¿Qué puedo hacer por usted, primer oficial?

–Busco al capitán. Según mis datos ha estado aquí hace algo menos de trescientos minutos.

–Sí, nos ha ayudado con los paneles de las turbinas, pero hace un buen rato que no le veo, creo que finalmente se ido a dormir.

–¿Dónde le vio por última vez?

–Por allí– Scotty le indicó uno de los niveles superiores–. Si quiere mi consejo, empiece a buscar cerca de los tubos de agua, es uno de los lugares más tranquilos para dormir.

Preguntándose internamente acerca de los beneficios que tenía descansar cerca de un tubo de ayuda, y por qué el ingeniero jefe parecía creer en ellos, Spock subió por las pasarelas en busca del capitán.

Tras varios minutos su empresa tuvo éxito y encontró al capitán acurrucado contra uno de los tubos situados a ras de suelo. Más que dormir, Kirk parecía desmayado, la palidez de su rostro era notable, y las marcas sobre su piel resaltaban de forma alarmante, sobre todo alrededor de su cuello. Sabedor de que aquellas marcas las había causado él, Spock se reprendió mentalmente por su pasada pérdida de control y se agachó para despertar a su capitán.

–Capitán, capitán. Despierte capitán. Este no es un buen lugar para descansar.

Los ojos de Jim se abrieron, pero de forma lenta.

–¿Spock? ¿Qué haces aquí?

–Le buscaba capitán. Su jefe médico me informó de que no había ido aún por la enfermería.

Jim se llevó una mano a la frente.

–Es verdad. Se me ocurrió pasar por aquí, para comprobar el avance de las obras, el tiempo se me pasó y acabé acostándome un rato. Bones me va a matar.

–No creo que el oficial médico vaya a ser capaz de semejante acto, capitán.

–Tú no le conoces– murmuró Jim levantándose con trabajo–. ¿Cómo están las cosas en la nave?

–Bien capitán, de hecho es usted lo único que queda por comprobar.

–Dicho así suena muy mal– farfulló Jim bajando penosamente las escaleras para dirigirse al turboascensor.

–Es la verdad.

En cualquier otra circunstancia Jim habría replicado a su primer oficial, pero estaba demasiado cansado para elaborar una mordaz réplica y decidió ahorrar sus fuerzas. Entró en el turboascensor y miró con curiosidad a Spock.

–¿A dónde va?

–Con usted a la enfermería.

–No necesito una niñera.

–No soy una niñera. Tan sólo me aseguro de que el capitán sea revisado por la unidad médica.

El rubio trató de protestar pero el ascensor se detuvo en la enfermería antes de lo que él había calculado. Sin tiempo a reaccionar se vio arrastrado hacia la los dominios médicos por el agarre de Shock que rodeaba su codo con inaudita suavidad.

Tras varias horas, la enfermería lucía un aspecto mucho más tranquilo que horas atrás, lo que permitió que Bones les viese nada más entrar.

–Tráelo aquí– gruñó el médico indicando una de las tres camas libres.

–Hola Bones– le saludó alegremente Jim–. ¿Cómo está el capitán Pike?

–Mejor que tú– dijo sin miramientos Bones estudiando las lecturas que su tricoder le estaba mostrando–. Eres un imbécil.

–Gracias por tu recibimiento– dijo con ironía Jim.

–Si quieres te recibo con los brazos abiertos y una puta fanfarria para celebrar que andes por ahí con dos cosquillas rotas, la traquea inflamada, un esguince, las manos con principios de congelación, y tres laceraciones profundas en la espalda. ¿Cómo demonios conseguiste semejante lista de lesiones?

Mirando sus dedos, Jim pareció desconcertado hasta que recordó todo lo que había pasado en las últimas horas.

–Delta Vega, fue allí. La cápsula de transporte me dejó en una grieta en el hielo y tuve que ascender a través de la pared de hielo. Luego tuve un pequeño encuentro con la fauna de la zona y caí por un desfiladero.

Bones le miró con una ceja alzada, pero al ver que su amigo no se reía supo que aquello no era una broma.

–¡Maldita sea Kirk!

Sin cuidado alguno dejó un hipo sobre el cuello del rubio que soltó un pequeño grito.

–Eso que pinchas con una aguja es mi cuello, ¡y duele!

–Pues haberlo pensado antes de ponerte a corretear por ahí herido.

–Hacía mi trabajo, por si no lo recuerdas ahora la Enterprise está bajo mi mando.

–Muy bien, gran capitán, ¿y que habría pasado si una de tus dos costillas rotas hubiese perforado tu pulmón en medio del puente?

–Qué tú me habrías salvado.

La respuesta de Kirk fue rápida y vino acompañada de una sincera sonrisa que hizo recordar a Spock que el hombre ante él apenas contaba con veintidós años.

–Estúpido mocoso– murmuró Bones comenzando a retirar la camiseta para tratar las heridas de la espalda.

A pesar del gesto osco del médico, Spock vio cómo este actuaba con un gran cuidado, especialmente cuando ayudó al capitán a tumbarse boca abajo para poder limpiar sus heridas. La cura duró casi media hora, tiempo durante el cual Spock asistió a la estoica actuación del capitán que sólo se permitió sisear un par de veces a pesar de que su gesto mostraba claramente su dolor.

Cuando el doctor terminó, Jim apenas podía mantener los ojos abiertos. Aún así pidió a Spock que se acercase mientras McCoy iba a buscar el material que necesitaba para arreglar sus costillas.

–Spock, hazme un favor.

–Dígame capitán.

–No creo que tenga fuerzas para escapar de Bones hasta dentro de unas horas. Asegúrate de que Scotty recibe toda la ayuda posible. Comprueba el estado de nuestros invitados, y que el siguiente turno trate de reestablecer los escudos, no quiero que andemos paseando por el espacio sin defensa alguna.

–Lo haré capitán.

–Bien– murmuró Jim antes de cerrar los ojos.

Lo último que Spock vio fue el gesto resignado de McCoy al encontrar a su paciente dormido.

Siguiendo las órdenes de su capitán, Spock verificó la condición de sus compatriotas. Conversó en tono grave con su padre tratando de buscar un plan lógico al que ceñirse en cuanto la nave regresase a la Tierra hasta que Scotty le llamó desde la sala de máquinas. Fue hacia los dominios del ingeniero y se encontró con la grata sorpresa de que la energía había podido reestablecerse a toda la nave de forma fiable antes de lo esperado. Con la pequeña buena nueva, Spock volvió al puente y continuó su trabajo hasta que la voz de Checok le sacó de su pantalla.

–Capitán en el puente.

Se volvió y vio a Jim descendiendo las escaleras, tal y cómo lo había hecho horas atrás, pero esta vez con menos fuerza y un leve cojeo.

–Señor Spock, ¿cómo sigue la situación?

Situándose tras la silla del capitán, Spock procedió a dar su informe. Mientras hablaba siguió con interés las acciones de Jim que, con habilidad, abría, confirmaba y cerraba documentos en su padd. Al terminar su resumen Spock se inclinó sobre el capitán.

–¿Ha podido reposar el tiempo suficiente?– preguntó en voz baja el primer oficial– Me sorprende que el doctor McCoy le haya permitido abandonar la enfermería.

–No ha tenido más remedio. Mi condición está más que asegurada y mi presencia en la enfermería sólo mantenía ocupada una cama que otros necesitaban más que yo– se volvió y le dedicó una confiada sonrisa–. Espero que eso no suponga un problema para usted.

Spock no pudo evitar fijarse en la palidez del rostro del joven, pero asintió.

–Ninguno capitán.

–Perfecto. Pues pongámonos a trabajar.

Durante las ochenta horas de duró su viaje hasta la Tierra, Jim trabajó en todos los lugares de la nave con una energía contagiosa: ayudó a rehabilitar la sección de biología, reparó varios de los replicadores dañados de las cocinas, siguió los avances de Scotty y se mantuvo al tanto de cada nueva alta que se producía en la enfermería. Cuando la Tierra quedó a la vista, y las lanzaderas quedaron acopladas a la Enterprise para iniciar el descenso de sus tripulantes, Spock se acercó a su capitán.

–Es nuestro turno para ir a la Tierra, señor– el Vulcano le indicó uno de los transportes y Jim asintió.

Subieron a la pequeña nave y ocuparon dos sitios contiguos.

–Espero que el capitán pueda reducir su actividad los próximos días– dijo Spock–. El descanso le será beneficioso.

Su compañero suspiró, echando la cabeza hacia atrás.

–¿De verdad lo crees?

–Por supuesto. Poder dormir permite al cuerpo recargarse de energía para afrontar las horas de los días venideros, y el reposo deja que la mente descanse y se libere de las sobrecargas diarias que conllevan puestos de alta responsabilidad.

–Tus palabras son tan cálidas cómo un granizado– rió Jim–. La verdad es que no quiero descansar pues eso liberará mi mente, y no quiero pensar.

–¿Por qué señor?

Jim se movió para fijar sus pupilas azules en las suyas.

–El ataque de Nero sesgó con un único movimiento a la mitad de nuestra flota. Naves enteras desaparecieron y con ellas nuestros amigos, compañeros… demasiados muertos.

La respuesta de su capitán hizo tambalear su lógica y, por un instante, Spock no supo que decir. Durante los últimos días el hombre a su lado le había sorprendido de tantas maneras que ahora se veía incapaz de construir una réplica y sólo pudo mirarle con atención.

–Maldita sea, maldita sea– la voz del doctor McCoy le hizo regresar a la realidad, el médico acababa de entrar a la lanzadera dejándose caer al lado de Jim– Malditos sean estos transportes, maldita sea la flota estelar, maldito sea el universo.

La risa de Jim llenó la lanzadera.

–Vamos Bones, serán apenas unos minutos y ya estaremos en casa.

–Eso si no morimos antes– gruñó el médico abrochándose de forma osca el cinturón de seguridad.

Jim no tardó en iniciar una serie de comentarios cuyo único fin era calmar al angustiado médico de la Enterprise y aliviar el ambiente de la lanzadera pues todos sabían que, por fin, el viaje tocaba a su fin. La voz de Jim no llenó sólo el silencio sino que logró que otros más se uniesen a la conversación y Spock se encontró sorprendido por dos razones: la constante preocupación de su capitán por todos aquellos que le rodeaban, y el hecho de que en algún momento había pasado a considerarlo "su capitán".