Resurrección

Hessefan


Disclaimer: Shingeki no kyojin desde ya que no me pertenece, no estaría haciendo un fanfic; todo de Hajime Isayama.

Prompt: "Eres la única persona que conozco en esta ciudad... y en el mundo". [Fandom Insano]

Beta: Kaith Jackson.

Advertencias & Notas: Muy probable que termine siendo un What if? a futuro (no estoy en la mente de Hajime así que no sé qué son los titanes, de dónde viene y qué buscan de nosotros). Rating T de comienzo, pero más adelante cambiará y terminará siendo un K (¿?) Sí, claro *sarcasmo*, llegará al M por lo menos (dicen que el límite es el cielo). Posibles spoilers del manga, pero hay mucho que será invención (de ahí a que exista una gran posibilidad de que esto termine siendo un what if?). Muerte de (muchos) personajes. Pinta muy angst, pero no se lo crean. En general no se dejen llevar por lo que "ven", nada es lo que parece.


Capítulo 1: "Entre los muertos".


Abrió los ojos sintiendo que había pasado demasiadas vidas inconsciente. El cuerpo no le respondía, pero podía oler la sangre, oír el silencio y paladear una derrota incomparable en esa aparente victoria.

Intentó apretar los puños, obligándose a reaccionar; pero a duras penas logró ladear la cabeza. El panorama ante sus ojos era desolador. Cadáveres por doquier adornaban un nuevo camposanto. Su propio cuerpo tardaría en regenerarse y hasta que eso no ocurriese le resultaría imposible caminar.

Sus brazos ya no estaban, tampoco sus compañeros o el enemigo tan recelado al que la humanidad le había temido hasta entonces y al que le habían obligado a enfrentar. Supo, apenas logró pararse, que era el único que seguía en pie.

Decidió aferrarse con uñas y dientes a esa ligera esperanza anidándose en él. Era su cordura, lo único que le quedaba. Ni Mikasa, ni Armin… a su alrededor todo era destrucción, era muerte, era madera siendo comida por el fuego, restos apilados y cuervos sobrevolando su cabeza.

Los que conoces están muertos, le dijo la voz de su consciencia.

Incluido el titán simio y su propio padre; pero en esa marea de angustia y desesperación alguien agonizaba bajo los escombros. Vio una mano moviéndose y el emblema tan característico de la Legión.

Alguien vivía… no estaba solo. No todavía.

Quitó con ansiedad las vigas, apartándolas; no fue ligera la sensación de déjà vu, a tal punto que por un instante temió encontrar a su madre enterrada allí.

—¡S-Sargento!

Una sonrisa se dibujó un sus labios, una nerviosa y perturbada que contrarrestaba con las lágrimas que sus ojos necios se empecinaban en derramar; como si llorar fuera a revivir a los muertos.

Los ojos de Rivaille, dilatados, se posaron en la figura que lo contemplaba con horrorosa consternación. Sentir alivio en el umbral de la muerte por haber cumplido con su trabajo, era lo único que le quedaba a él, así como a Eren todo ese odio carcomiéndole las entrañas.

—Idiota —murmuró.

Quien había sido el mejor soldado de la Legión, tal vez el único en el presente, cerró los ojos sintiendo consuelo de no haberle fallado a Irvin, ni mucho menos a Eren.

Ninguna muerte, al final, había sido en vano.

—Sargento, resista… yo… —Miró hacia los costados, la desesperación había cobrado forma; lucía como la noche que los envolvía, aterradora y fría.

Estaban muy lejos de las Murallas y de cualquier ayuda médica.

—Imbécil —¿Solo insultos tenía para él? ¿Solo desprecio? La voz entrecortada por el dolor—, no salgas corriendo, no tiene sentido.

—No diga eso, yo iré en busca de…

—No puedo mover mis piernas.

Eren tuvo miedo de mirar, pero lo hizo. En efecto, bajo las ruinas, donde debería haber piernas, solo había un amasijo de carne. La sangre brotaba por una herida abierta en el estómago. Comprendió, en ese preciso instante, que ninguna ayuda médica valdría en esas circunstancias.

Volvió a llorar, sin importarle hacerlo frente al Sargento, sin importarle quedar como un niño inmaduro y temeroso. En el fondo lo era, seguía siendo el mismo Eren que veía a su madre ser devorada por un titán, el mismo Eren que ante un tribunal le exigía a esos cerdos del culto que le cargaran a él todo el peso que ellos, por cobardía y egoísmo, no querían ni sabían sobrellevar.

Había sonado tan gallardo, tan valiente, pero la realidad era espeluznante. Eren nunca dejó de ser un chiquillo que necesitaba de constante vigilancia; si había llegado vivo hasta entonces había sido gracias a la sobreprotección de Mikasa, la ayuda de Armin, el apoyo de Irvin y la vigilancia de Rivaille.

Sin embargo…

—No quiero que muera, Sargento… no me deje solo.

—¿Todo… terminó?

El muchacho asintió, dándole a entender que el enemigo había muerto, que por fin habían logrado cumplir ese objetivo que toda la Legión por igual había tenido hasta entonces. Él podía irse en paz y Eren por fin sería libre. ¿Lo sería?

Le daba pena dejar al crío con pesada carga, pero él ya no podía hacer nada al respecto. La vida se le apagaba y no encontraba, en todo el dolor que padecía, palabras idóneas para confortar al chico. Siempre había sido al revés, solía ser él quien se acercaba a los moribundos para dedicarles algunas palabras de consuelo.

"Tu muerte no ha sido en vano".

Pero ahora, siendo él el moribundo, no hallaba palabras certeras para consolar a quien lloraba aferrado a su cuerpo. Comprendía el dolor emocional de Eren y por una extraña razón se volvió muy suyo, a tal punto que la idea de morir dejó de consolarle.

La muerte era aterradora. Comprendía Rivaille por qué el ser humano se aferraba a la vida, era un miedo tan natural.

El último recuerdo que conservó de esa vida, eran los ojos húmedos y los labios trémulos del muchacho, murmurando recuerdos y gratitudes. No logró escucharlo porque se había sumido en un silencio absoluto. Tampoco lo necesitó, en el fondo sabía lo que pretendía decirle, lo que su propia muerte le orillaba a hacer y a decir de manera insensata. Esa aplastante sensación de que era la última vez que podrían decir todo lo que callaron por orgullo o vanidad.

"Con que así es la muerte…"

De padecer ese inmenso dolor, ahora no podía sentir nada, ni siquiera oír; pero podía ver y eso lo destrozaba. Hizo un esfuerzo sobrehumano para alargar su muerte y así poder contentar al joven aunque fuera unos minutos más. Contemplar esos ojos que vigilaban con atención cada uno de sus suspiros le alteraba. Alguno, tarde o temprano, sería el último. Y sabía que no podría evitarle a Eren ese dolor.

Cuando al final sucedió, Eren tuvo la sensación de que lo que había muerto era el mundo, no solo el hombre que había aprendido a admirar sin idolatría. Temía que al llegar a la Muralla se encontrase con la desagradable realidad de que ya no quedaba nadie vivo. Era un absurdo, pero la soledad en la que estaba sumido le hacía alucinar incoherencias.

Miró a su alrededor, buscando alguna solución, la salvación. Y vio el emblema, mofándose de él. Sobre la mesa, el suero del que su padre le había hablado durante la batalla. No lo dudó.

Aunque Rivaille después lo odiara por ello… no lo dudó.

El suero no podría revivir a un muerto, pero sí regenerar a un moribundo.

(…)

Sentía sed y muchísimo calor, no entendía por qué, incluso no recordaba cómo había llegado a ese punto. Con lentitud empezaron a llegar imágenes a su cabeza… voces, gritos, escenas vividas. Abrió los ojos para contemplar, por unos breves segundos, la luz filtrándose a través del techo destrozado. Cada vez que una rama del árbol se mecía, los rayos le acariciaban el rostro como si fueran lengüetazos del sol.

Giró la cabeza al sentir con claridad una presencia que reconocía; no se percató en ese momento de sus sentidos agudizados.

Allí lo vio, sentado muy cerca y con la cara hundida entre las piernas encogidas. Lucía más pequeño de lo que en verdad era. Estaba sucio, olía fatal y la sangre seca ya parecía barro negro entre los dedos y las uñas.

—E-Eren… —La voz le rasgó la garganta. Trató de sentarse y en ese instante lo recordó. Se miró las piernas notándolas en perfectas condiciones. La herida en su vientre era solo una marca profunda, que cicatrizaba con lentitud— ¿Qué hiciste? —cuestionó entumecido.

Y un nuevo recuerdo llegó a él. El suero con el virus adentrándose en su torrente sanguíneo, el dolor en cada vena y en cada célula que en su cuerpo se había detenido.

Eren le había salvado la vida a un precio demasiado alto, pero no podía negar que se la había salvado.

Respiró con dificultad comprendiendo lo que estar vivo significaba, que ahora en su cuerpo existía la misma corrupción por la que Eren había sido despreciado. La misma corrupción que había hecho a los titanes casi inmortales. Se permitió sentir enojo y a la vez gratitud por la osadía del joven soldado.

Recordó una conversación con Hanji sobre el tema, pero no era momento para dedicarse a lamentarse por lo que ya no se podía revertir. Reprocharle al muchacho lo que había hecho era aún más sonso. Su prioridad, en ese momento, era quitar a Eren de ese lastimoso estado.

Estiró una mano para tocarle el hombro y hacerle volver en sí. Eren lo miró, desencajado, tenía esa expresión de paranoia que tantas veces había visto en soldados que, luego de tanto padecer, debían ser internados en centros de salud.

Eso le preocupó; no le extrañaba que estuviera en shock, solo le alteraba la idea de que no lograse superar esa condición.

—Todo estará bien. —Esas palabras parecieron ser mágicas, porque Eren pestañeó regalándole una expresión más normal, llena de angustia y cansancio, pero más propia.

—Rivaille —clamó con un nudo en la garganta.

—Tranquilo, chico… todo terminó. —Le nació, de manera natural, la necesidad de tomarle de la nuca para permitirle que escondiera el rostro en su pecho.

Que llorase lo que le quedaba por llorar.

No dejaba de pensar en ello, en que todavía era muy joven, en lo injusta que había sido la humanidad a obligarle ser algo que nunca quiso ser. También en que había perdido a su mejor amigo y a su hermana, y en que estaba solo en el mundo de una manera demasiado literal, porque nadie que lo hubiera conocido en el pasado, en el presente estaba vivo.

A excepción de él.

¿Cuántos días habían pasado? ¿Cuánto tiempo Eren había estado allí esperando a que el suero hiciera efecto y cada órgano destrozado dentro de su cuerpo se recompusiera? Debía ser más de lo pensado porque Eren estaba demacrado y temblaba con los labios resecos de quien no ha probado agua en más de tres días. Benditos genes que lo mantuvieron con vida.

Se separó del muchacho y le permitió esos minutos de enajenación mental mientras él trataba de encontrar una salida a tanta locura.

En lo que sería el cuartel del enemigo buscó elementos que les ayudara a llegar hasta la ciudad. Recogió los informes de Hanji, desperdigados por el suelo y trató de ignorar los cadáveres ya putrefactos de sus compañeros.

Recién le propuso a Eren salir de allí cuando en medio de su pesquisa para hallar algo qué comer se encontró con el cadáver de Mikasa Ackerman.

—No es sano estar cerca de cadáveres en estado de descomposición, podemos enfermarnos. —De nuevo volvía a recordar el enorme detalle de que no eran humanos normales. Miró la jeringa en el suelo, ya vacía y usada en él. Sintió la presión en la boca del estómago y necesitó separarse de Eren para poder vomitar. Bilis, porque no tenía nada más en el estómago.

Afuera e inclinado bajo la copa de un árbol escuchó el murmullo del agua. Se dejó guiar por el sonido de un arroyuelo y, arrastrando consigo a Eren, logró llegar hasta la vera.

—Tenemos que limpiarnos un poco —le dijo con calma, mientras le quitaba los tirantes del equipo. Eren seguía temblando y respirando con dificultad, con la mirada perdida y sin voluntad, sin esa que tanto lo caracterizaba—. Hay caballos dando vueltas. Trataré de conseguir uno. Eren —le llamó la atención.

—S-Sí, Sargento.

—No me trates con tanta formalidad, creo que ya no hay necesidad de ello. —Era cierto, la Legión en el presente solo eran ellos dos—. Debemos comer algo, beber agua y partir cuanto antes.

No tenía sentido hablarle a Eren, lo comprendió desde el momento que despertó, pero lo hacía con el único fin de ver si conseguía hacerle reaccionar. Por ese motivo no dejó de plantearle sus ideas sobre ir en busca de algún equipo que estuviera sano, de tomar un caballo y buscar alguno de los manzanos que habían visto de camino a la guarida del enemigo.

Había otras cuestiones, más intrínsecas y elementales, pero de momento debía encargarse de estimular a Eren. Lo demás vendría con el tiempo.

Miró hacia la nada. Estaban lejos de la muralla y llegar a ella les tomaría un par de días. Luego volvió a prestar atención al muchacho, para encargarse de él sin ninguna obligación de hacerlo, pero con la necesidad de no dejarle caer en ese abismo que con tanto empeño se negaba a abandonar.

Después de todo, Rivaille mismo reconocía que era aterrador abrazar la soledad. La diferencia es que a él no le afectaba tanto porque estaba demasiado acostumbrado a ella. Había quedado huérfano desde temprana edad y a los compañeros de andanza de su precoz juventud no podía llamarles precisamente "amigos"; recién cuando conoció a Irvin pudo entender mejor ese concepto.

Le quitó la camisola y más tarde el pantalón. Lo dejó tiritando en el sitio, encorvado y tapándose los genitales, para quitarse la chaqueta y desabrocharse la camisa.

—Entra al agua y lávate. Tienes la cara y las manos llenas de sangre.

Eren obedeció como un autómata, cuando sus pies tocaron el agua cerró los ojos deteniendo sus pasos, pero Rivaille le tomó de un brazo y lo arrastró consigo. El agua apenas les llegaba por arriba de los muslos y el chico no quería sentarse. No le obligó, en cambio tomó agua entre las manos para dejarla caer sobre la cabeza del muchacho.

Eso pareció funcionar un poco, pues Eren lo miró, como si recién reparase en que él estaba allí y, en efecto, haciendo algo que no tenía por qué hacer. Poco a poco volvía a ser el de siempre.

No lo detuvo ni se encargó él de bañarse, le relajaba sentir las gotas escurriéndose por su cabeza, el ligero hilillo recorrerle la espalda y el pecho, dándole escalofríos.

Notó que quien lo bañaba con tanta calma también estaba manchado de sangre, con lo mucho que odiaba estar sucio. Sonrió de manera tan parca e interna que Rivaille no se percató del gesto. Empezó a frotar los brazos de Eren, primero con energía, luego con suavidad, todo con el fin de quitarle la costra de sangre pegada y ya seca en la piel.

—¿Qué haremos, Rivaille?

El susodicho se permitió sentir alivio al oírle hablar. Suspiró y se tomó su tiempo para contestarle, dejó de bañarlo para empezar con su propio cuerpo. Eren entonces se dio cuenta que debía encargarse de sí mismo.

—¿Te refieres a cómo llegaremos? —cuestionó con suspicacia, pero Eren negó con la cabeza— ¿Te refieres a qué diremos cuando lleguemos? Pues… no sé… tenemos dos días para pensarlo. Algo se me ocurrirá. —Alzó los hombros, con la aparente indiferencia de siempre en la mirada, que no era tal.

Como si fueran Adanes, salieron del río y exploraron en los alrededores para hallar prendas un poco más limpias y decentes que las que tenían. Rivaille no le permitió volver a la parte del castillo destrozado en donde estaban los cadáveres de sus amigos.

Buscaron, hasta que encontraron entre los muertos con qué vestirse.


Oh, sí, mucho Blood plus en mi vida (desde ya que la trama no será igual o una pseudo adaptación, porque hay enormes diferencias entre un universo y otro, pero lo cierto es que sí: inspiró esto). Habrá romance, pero la pareja tardará en ser pareja. No es AU, sin embargo… no quiero spoilear mi propio fic.

Lo que sí pido es paciencia: antes de actualizar quiero encontrar a un beta que esté dispuesto a betear este fic y, de paso, ayudarme a no perder la línea. Puedo asegurar que tendrá su final, nunca dejé un fic inconcluso, además tengo bastante escrito (incluido el final); es cuestión de tiempo (y de que encuentre una beta XD).

EDIT: YAY! Conseguí beta :=) ¡Muchas gracias Kaith Jackson!

No sé cuántos capítulos tendrá, soy malísima para calcular, así que nunca me hagan caso cuando tiro un aproximado XD. Gracias a Petula Petunia por ayudarme a elegir un título para este fic.

¡Muchas gracias por leer!