Alec se apresuró a alcanzar a Jace cuando salieron de la importante reunión con la Clave para determinar la estrategia para encontrar a Valentine. Todos, incluyendo la hermana de Alec, Isabelle, procuraban guardar la compostura y no mostrarse alterados, aunque en su interior brotara un fuego interminable de rabia e impotencia. El moreno dio con Jace a mitad del pasillo a los aposentos principales y alzó la voz para que Jace le escuchara.

— ¿A qué estás jugando?

— ¿A qué juego? ¿A qué te refieres? — el rubio se paró en seco, perplejo, girándose para mirar a su compañero.

—Te he visto con Clary esta mañana. Os habéis besado, Simon os ha visto y os ha interrumpido. Y también he visto cómo te alejabas cabizbajo, Jace. ¿Acaso te has puesto celoso de Simon? — La mirada del moreno se clavaba acusadora en los ojos dorados de Jace, quien no entendía el arrebato de su compañero.

—Alec, tranquilo. No es lo que parece…

—Es exactamente lo que parece —interrumpió Alec—, desde que llegó esa, no te has parado ni un instante a pensar en mis sentimientos. Creía que te importaba, pero veo que no me valoras una mierda. Siempre vas por la vida con la cabeza bien alta haciendo ver que no te importan los demás, pero ella sí te importa.

—No la encontré por casualidad, Alec. Ella estaba destinada a venir aquí, es una cazadora de sombras muy poderosa, más de lo que podamos imaginar. Ella es importante para nosotros… para mí.

— ¿Más importante que yo? ¿Más, incluso, que todo lo que hemos pasado juntos? ¿Cómo ha conseguido una niña escuálida como ella que olvides lo que eres para mí? — Alec estaba conteniéndose, tenía ganas de salir corriendo, hacer que Clary se largara de sus vidas como si nunca hubiera llegado. Tenía ganas de derramar lágrimas por Jace y sentía que a él no le importaba en absoluto todo lo que sentía.

El rubio comenzó a caminar en dirección a un Alec desanimado, a punto de llorar, con un color de ojos más oscuro del habitual. Todos creían que Jace era alguien sin sentimientos, frío, pero podía sentir incluso más que cualquiera de ellos. Su virtud y a la vez su defecto, era que no dejaba que se salieran a la luz sus sentimientos y emociones. Pero él quería de verdad a Alec, con toda su alma. Le dolía verle así.

—Alec… —dijo acariciándole la mejilla. — Te quiero. Si me pides que te explique lo que siento, sabes de sobras que no podré hacerlo. Me conoces demasiado bien, mejor que yo a mí mismo. No sé qué me ocurre con Clary, pero necesito que esté con nosotros. Eso no significa que no te necesite a ti también.

— Y tú me estás pidiendo que te comparta con ella… y no puedo. No quiero —Alec le miró a los ojos y Jace respondió con un beso dulce, de ésos que sólo da en momentos puntuales, momentos de real necesidad. Alec, sorprendido al principio, rodeó finalmente a Jace mientras sus labios se encontraban. Éste era el Jace que creía haber perdido, éste era el Jace de antes, el que no sabía de la existencia de una tal Clary, esa pelirrojucha de tres al cuarto que había interrumpido su historia. Jace cogió la cara del moreno y se apoyaron el uno en el otro, con los ojos cerrados, y aunque Alec estaba al borde del llanto, eso le hizo sentir que aún había algo, una chispa de un fuego intermitente, que no se apagaba, pero tampoco se terminaba de encender.

Ni siquiera Alec comprendía la relación que tenían. ¿Amor? ¿Amistad? ¿Fraternidad? Realmente, no sabía lo que sentía hacia Jace. Habían compartido momentos de tensión, momentos de besos tiernos, de besos apasionados, de encuentros carnales a escondidas de los demás. Y aunque no lo comprendía, sabía que la llegada de Clary le había puesto notablemente celoso.