Hola de nuevo!

Aquí de vuelta esta universitaria aburrida, esta vez con una historia un poco más larga. Y si, M, porque nunca se sabe lo que puede pasar (o lo que me puede dar por poner).

Un par de cosas: esta historia va dedicada a mi editora-sama (que no va a leer esto aquí, pero que se queda hasta las tantas ayudándome con todo lo que escribo), y a MaPa-kun, que siempre es la primera en comentar y darme una alegría (y a todos los que han comentado mis otros fics, también).

Disclaimer: One piece es de Oda, ese tío que se niega a escribir romance, pero al que queremos igual. Mía, la trama.


Prólogo: De marimos desafortunados y viejas brujas vengativas

El Shin Sekai es un gran mar. Conocido por ser la segunda mitad del impredecible Gran Line es, sin duda, el lugar donde los piratas, tras superar los retos impuestos durante la primera parte de su viaje, son realmente puestos a prueba. Salvaje, peligroso y lleno de vida, el Shin Sekai es un lugar solo adecuado para lo más fuertes.

Pero, dejando de lado las cientos de zonas de ese mar donde podrían estar ocurriendo acontecimientos peligrosos e interesantes, nos vamos a centrar en una pequeña isla comercial sin demasiado ajetreo, dónde rara vez ocurre nada digno de mención (O eso parece, porque si no, no estaríamos aquí).

Y es que en esta tranquila islita, está a punto de suceder un desas… algo bastante particular, que involucra a alguien a quien conocemos. De hecho, en este instante por las calles de la isla pasea (o da vueltas sin rumbo, si queréis ser más exactos) cierto espadachín peliverde, perteneciente a cierta tripulación bien conocida por todos nosotros.

Sí, en esta pequeña y tranquila isla han desembarcado, con el fin de conseguir provisiones (traduzco: con el fin de conseguir comida antes de que Luffy recurriera al canibalismo), los archiconocidos Mugiwara. Y sí, el que en este instante está, como se dice en mi tierra, más perdido que un requinto (que ni idea de lo que es, pero suena bien puesto aquí), es nada más y nada menos que el segundo de a bordo del futuro Rey de los Piratas, Roronoa Zoro.

Y os preguntaréis, ¿Qué hace Zoro dando vueltas sin rumbo él solo por la isla? (y yo vuelvo a traducir: ¿quién ha sido el idiota al que se le ha ocurrido dejarlo solo? ¡Podría acabar en la Isla Gyojin o flotando en medio del océano!). Pues bien, en defensa de los mugiwara podemos decir que el espadachín estaba… ¿cómo decirlo? De tan mala leche que si alguien se le acercaba a menos de tres metros lo convertía en oni guiri.

Oh, sí. Últimamente Roronoa Zoro estaba de un humor aún peor del habitual. Algo bastante difícil si tenemos en cuenta que este hombre vive reprimiendo sus instintos asesinos. Y esto tenía una sola razón.

-Soy completamente imbécil. Un completo y profundo baka.- ese era el pensamiento que más se repetía en la mente del kenshi. Durante las últimas tres semanas, nuestro espadachín ha dedicado mucho tiempo a auto torturarse con una sola idea.- ¿Por qué me tiene que pasar esto? ¿A mí? Que le pase a ese idiota de Sanji, normal, pero ¿yo?

¿Alguien ya entiende todo este drama? ¿No? Es muy simple. Tres semanas atrás, el férreo autocontrol al que Zoro lleva sometiéndose desde hace casi tres años se fue al diablo. Simplemente, pasó. Hace tres años, Zoro se juró a sí mismo que nada ni nadie se interpondría en el camino de su sueño ni en el de su capitán, y hasta ahí todo bien. Durante un tiempo, no hubo nada que pusiera en peligro ese juramento. Ni distracciones ni nada que lo hiciera dudar.

Y entonces, llegó ella.

¿No? ¿Todavía nada? Pues sigo.

Nico Robin, por aquel entonces Miss All Sunday, sentada sobre la baranda del Merry, sonriendo como un demonio. En el instante en el que la vio, el estomago del joven espadachín se contrajo y el corazón se le puso en un lugar cercano a la tráquea. Durante un minuto, lo único que vio fueron un par de deslumbrantes ojos azules que lo desarmaron por completo. Quería acercarse a ella, y no precisamente con intención de herirla. Pero, por suerte, su cerebro le recordó que lo que tenía en frente era una enemiga y desterró todo a un lado. Control absoluto. Ella era el enemigo. La derrotarían y él no volvería a tener que controlarse de esa forma nunca más. Todo correcto.

Y entonces llegó la catástrofe. Ella surgiendo de las profundidades del Merry y declarándose nakama. Luffy aceptando. Todos cediendo a su encanto. Y él…

Él con el corazón temblando de miedo.

Los siguientes mese habían sido una montaña rusa. Había llegado a creer que teniéndola cerca se acostumbraría a lo que provocaba en él, y acabaría por olvidarlo. Pero había sido mucho peor. Lo supo en Skypia, cuando Enel la atacó, y creyó que podría despedazar a ese aspirante a "Dios de segunda". Cada instante de cercanía con ella lo hacía todo mucho más intenso. El deseo brutal que había sentido la primera vez que la vio no se suavizó en absoluto. Y no tardó mucho en unirse a sentimientos con lo que no sabía si era capaz de lidiar. Cariño, deseo de protección, confianza. Que se hubiera mentido a sí mismo diciendo que nada de eso importaba no sirvió de nada en Ennies Lobby, oyéndola rogar por su propia muerte, y sintió que se le hacía pedazos el corazón. Ella no debía morir. Él necesitaba que ella viviera.

Los dos años de separación no habían sido de gran ayuda tampoco. Porque cada noche de sueño y cada minuto que se permitía descansar estaban llenos de imágenes de ella. Y no era nada casto, puro, menos inocente. Eran imágenes que hacían que Sanji pareciera un santo. Y que de vez en cuando su imaginación lo llevara al imaginarse con ella escenas mucho más cotidianas, más propias de una pareja, era una verdadera tortura.

Y el reencuentro… ¿cómo era físicamente posible que ella fuera aún más hermosa que dos años atrás? Pero lo era.

Aún así, Zoro lo soportaba. Tenía un control absoluto sobre sí mismo. Nada ni nadie lo haría dudar de eso.

¿Y entonces, qué había pasado?

Oh, muy simple. Dicho finamente, su autocontrol se estaba yendo a la mierda. No sabía por qué. Quizás por todo el tiempo que llevaba reprimiéndose. Quizás porque ya no ponía tanto empeño en reprimirlo. Quizás porque que ella lo llamara por su nombre de pila era como una descarga eléctrica bajando por su columna, de tal intensidad que harían que Enel se avergonzara. O una combinación de los tres.

Pues ahí tenéis el gran problema de Zoro. Nico Robin.

Y sé que ahora mismo, todo el mundo está pensando lo mismo. Pobre Zoro, cree que se debilitará si empieza una relación con Robin… (No con esas palabras, pero ya me entendéis).

Pues no, muchas gracias. Zoro puede ser muchas cosas, pero no uno de esos tíos que se pone en plan machote frente a las mujeres. Él no le tiene miedo a las relaciones (al contrario que cierto rubio que antes se hace okama que estar con una sola chica). Quizá no sea un romántico empedernido, pero el peliverde tiene algo muy claro: no hay nada que haga más fuerte a un hombre que tener alguien por quien luchar. Y si por él fuera, Robin sería parte esencial de su mundo. Ella, sus nakama y su sueño, en ese orden. No habría nada que nuestro kenshi deseara más (llego a ponerme más cursi y estornudo arcoíris. No mezcléis chocolate con té de vainilla, da estas cosas como resultado).

Y pensaréis: Entonces, si así están las cosas, ¿cuál es exactamente el problema de Zoro?

Y yo digo: ya lo puse más arriba. Nico Robin.

Porque por muy seguro que estuviera el Kenshi…

-¡Baka! Enamorarte como un crío de una mujer que no puede corresponderte.

Y así, llegamos al motivo que tiene a Zoro dando vueltas él solo por una isla desconocida mientras sus demás nakama hacen recados. Una conversación entre las mujeres del barco había dejado al espadachín algo muy, muy claro. ¿Yo, enamorarme, Nami? No digas tonteríasyo no soy capaz de sentirme así por nadie. Nunca he conocido a nadie por el que tenga más cariño que el de amigo, y no creo que pase nunca. Y aunque la navegante había seguido insistiendo, la morena no había cedido. Las frases se habían vuelto aún más tajantes, hasta que… lo siento, Nami, pero no. No hay nadie, ni lo habrá, por el que sienta algo como eso. Si te digo la verdad, ni siquiera creo en ello.

Zoro había decidido alejarse tras la última frase. Había escuchado la conversación por accidente, tras la puerta del acuario, y deseaba no haberlo hecho nunca. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que aún albergaba esperanzas con la morena.

Con un suspiro, Zoro siguió caminando a través de las calles de la isla. Un bar. Eso era (por si alguien no se había dado cuenta) lo que buscaba el kenshi. Un bar sucio, grande y ruidoso donde sirvieran un licor de esos que te dejan K.O. cuatro días y te provocan daños cerebrales permanentes después del primer lingotazo. Eso era lo que Zoro necesitaba en ese instante. Un lugar donde olvidar su moreno problema. Y si de paso se metía en una pelea multitudinaria donde podía ponerse a rajar gargantas sin que se lo echaran en cara, mejor que mejor.

Pero tras dos horas dando vueltas sin rumbo, estaba empezando a perder la esperanza de llevar a cabo su plan. Aquel pueblo parecía el reino de los ex alcohólicos, porque no había un maldito bar a la vista. ¿Qué hacían, esconderse bajo las piedras? Al peliverde estaba a punto de darle un ataque y empezar a cortar edificios como si fueran brochetas. Su cabreo alcanzaría en cualquier momento su punto máximo. Y pasar por decimoquinta vez por delante de la misma tienda de verduras no ayudaba en nada a mejorar su humor.

En eso estaba el espadachín, maldiciendo, blasfemando y acordándose de todas las madres de todos los habitantes de la isla, cuando una manita se aferró a su espalda. Y digo manita porque era tan pequeña que al principio Zoro la confundió con la mano de un niño, sujetándolo por debajo de la faja y tirando hacia abajo para llamar su atención. El kenshi respiró hondo, tratando de calmarse (bestia y todo, pero no iba a rajar a un crio) cuando al darse la vuelta para mirar al pequeño inoportuno.

-¡IAAAAAAAH!

No, Zoro no ha gritado como una chica. Las chicas hacen ¡kya! Y Zoro ha hecho ¡ia! Es muy distinto. Y plenamente justificado. Porque lo que tiraba de la ropa del pirata no era un niño pequeño, sino una viejecita diminuta y arrugada como una pasa, que tenía un parecido sorprendente con el viejo-zombi de Thriller Bark, solo que mucho más arrugada. La nariz se le curvaba hacia delante como un pico, pico que en ese momento clavaba en el brazo del kenshi, olisqueando como un perro.

-Huele a pirata…

-¡¿Pero qué hace?!-, Zoro saltó alejándose de la anciana, que se lo quedó mirando como si fuera completamente idiota (Zoro, no la anciana).

-Olisquearte.

-¡La gente normal no olisquea a los demás!

La anciana no parecía especialmente ofendida por eso. Se acercó de nuevo al kenshi con pasitos rápidos, arrastrando por el suelo el borde del kimono, que le quedaba realmente enorme e impedía verle los pies. Se detuvo frente al espadachín y lo miró con el seño fruncido debajo de un par de raquíticas cejas.

-Eres pirata.

-¡¿Y a usted que le importa?!

La viejecita asintió con energía, haciendo ruiditos de conformidad mientras daba vueltas alrededor del peliverde, examinándolo desde todos los ángulos. Zoro la observaba paralizado y se iba poniendo más rojo a cada segundo que pasaba. ¿Por qué todas las cosas extrañas le pasaban a él? Respiró hondo, luchando por tranquilizarse. La vieja solo lo miraba, pero aquello le daba muy mala espina al espadachín. Solo era una ancianita. ¿Y entonces, por qué tenía ganas de echar a correr en dirección contraria a la de la vieja? Pero no. Él era Roronoa Zoro y podía mantener la calma incluso en un momento tan raro como ese.

O al menos eso pensaba…hasta que la anciana le saltó a la espalda.

El espadachín se tambaleó, cogido por sorpresa, mientras la mujer se aferraba a su cuello con sus huesudas y pequeñas manos. La ancianita afianzó las rodillas en los costados del kenshi y asintió, complacida.

-¡¿Pero qué…?!-, el espadachín intentó atraparla para poder quitársela de encima, pero la mujer esquivaba sus manos y se escurría hacia los lados con tanta habilidad como Luffy robaba comida.

-¡Adelante! ¡Arre!

-¡¿Tengo pinta de caballo, señora?!

- He. Dicho. Arre.

La mujer recalcó cada palabra con un rodillazo directo a los riñones del espadachín. Zoro boqueó y giró sobre sí mismo tratando obligarla a soltarse, pero la mujer parecía una maldita garrapata. Una garrapata que además seguía dándole rodillazos.

-¡Corre! ¡Al galope!

Esto no podía estar pasándole a él. Resignado, el kenshi comenzó a correr mientras la viejecita le tiraba de las orejas para dirigirlo, como uno de esos niños que tratan de cabalgar al perro.

-¡Bájese!

-No.- la anciana le tiró del pelo, obligándolo a detenerse.-, me vas a llevar. A la tetería de Miss Marie, por favor.

¿Parezco un maldito taxi? El peliverde se resignó. Si llevaba a la vieja a donde quería ir, se la podría quitar de encima. Pero ¿por qué era a él precisamente a quien le pasaban cosas tan bizarras? El cejas de caracol estaría encantado de llevar encima a una mujer, aunque fuera a la vieja pasa deshidratada. Pero no. Esto tenía que pasarle a él de entre todos sus inútiles nakama.

-Llévame.-, Zoro respiró hondo y asintió. Solo era una viejecita. Ni siquiera pesaba nada. y mientras no lo viera ninguno de sus nakama, podría conservar algo de dignidad en toda aquella llocura. Sobre todo ella, que parecía tener algún tipo de habilidad para encontrarlo en las situaciones más vergonzosas, algo demostrado en Water 7. Aunque aquello era mucho peor que hacer de niñera.

-¿Dónde está ese lugar?

-Llévame.

-Señora,- intentó reprimir el tono de amenaza y sonar amable, mirando a la vieja por encima del hombro,- yo no soy de esta isla. No sé dónde está esa cafetería o lo que sea. Así que…

-¡Arre!

Al peliverde no le quedó más remedio que empezar a correr, con la ancianita golpeándole la cabeza con sus furiosos puñitos sin dejar de chillar. Decir que aquel día Zoro dio más vueltas que en toda su vida sería quedarse corto. Pasó por callejones, puentes, barrancos, por dentro de casas y por encima de tejados. Y, por supuesto, un par de veces a la pasa se le antojó un camino en particular, que solía pedir golpeando al kenshi en la cabeza o tirándole de las orejas según le diera en el momento. Demos gracias a que Zoro es paciente o la vieja hubiera acabado de cabeza en los Cabos Gemelos haciéndole compañía a Laboon. Ventajas de convivir con Luffy y compañía, supongo.

Cuando por fin le permitió detenerse era casi de noche y el kenshi estaba extenuado, no por el ejercicio (estamos hablando de alguien que pasa la mitad de su vida entrenando con pesas de diez toneladas. Mejor, estamos hablando de alguien que vive con Luffy) como por los chillidos de la vieja en su oído.

-¿Ya hemos llegado?

-Este lugar…

-Oi, vieja, ¿ya estamos? ¿Me puedo ir?

-Tú, pirata del demonio…-, la ancianita saltó ágilmente de la espalda de Zoro y se paró frente al kenshi, mirándolo con los ojos entrecerrados-. Me has traído a este lugar…

-Ya le dije que no soy de aquí, no conozco la isla.- Zoro trataba de justificarse mientras la viejita se le acercaba con cara de amenaza. El espadachín retrocedió por reflejo,- ¿qué le pasa?

-Me has traído hasta aquí. Y ahora…

-Señora…

-¡Ahora tendrás lo que te mereces!

-Espere, ¿qué…? ,- Zoro retrocedió y cayó al suelo de espaldas, incapaz de dejar de mirar a la vieja. La mujer se acercó con paso lento, irguiéndose de forma amenazadora. ¿Pero no era un intento de enana arrugada hasta hace unos segundos? ¿Y de donde había salido esa expresión psicópata? Lo último que se oyó fue el grito desesperado del kenshi,- ¡NO! ¡ESPERE!

En el barco pirata de Mugiwara no Luffy, el Thousand Sunny, había una sensación de intranquilidad generalizada. Ya pasaba de media noche y el espadachín no aparecía. No era como si Zoro nunca se emborrachara o se metiera en una pelea, y acabara llegando a las tantas de la noche, normalmente perseguido por unas cuantas docenas de marines con ánimo masoquista (porque hay que ser muy masoca como para tocarle las narices al kenshi, a menos que te llames Sanji). Pero aún así, el peliverde no solía desaparecer tanto tiempo. Lo normal era que, incluso cuando se perdía, se acabara encontrando con uno de sus nakama y llegando al barco relativamente temprano.

-Puede que la marina lo haya capturado, y estén torturándolo ahora mismo, mientras hablamos. Aunque me imagino que para torturar a kenshi-san harían falta métodos especialmente crueles y sangrientos. Quizás el Bol de oro o la Gota…-. Robin, siempre tan positiva, consiguió que Nami se la quedara mirando con expresión de pánico.

-Necesitas un hobby,- le aseguró la akage,- hacer punto o maquetas.

-Las agujas son peligrosas. Podría…

-¡No quiero saberlo!

Mientras las dos mujeres del barco conversaban, el resto de la tripulación se repartía por la cubierta, esperando la llegada del espadachín. Normalmente ya se habrían ido a dormir y hubieran dejado al peliverde a su aire, pero no podían evitar sentirse algo nerviosos. No era solo que no hubiera aparecido, sino que nadie lo había visto en todo el día. Luffy, que había pasado el tiempo de bar en bar y de restaurante en restaurante, devorando todas las especialidades culinarias de la isla (que al parecer eran muchas y todas deliciosas) no había encontrado ni rastro del kenshi. Ussop y Franky, que habían visitado armerías y tiendas de suministros en busca de combustible y artillería para el Sunny, más de lo mismo. Sanji, que había pasado la mañana aprovisionándose en el bullicioso mercado no se había cruzado ni una sola vez con el espadachín. Ni tampoco Chopper, Brook, Nami o Robin, que se habían ido de compras en busca de medicinas, papel para partituras y cantidades industriales de ropa, respectivamente, sabían nada de él. Y, como ya he dicho, con el sentido de la orientación del kenshi, lo normal era habérselo encontrado un par de veces, dando vueltas sobre sí mismo sin saber dónde demonios quedaban la derecha o la izquierda.

-¿Estará bien? A lo mejor está herido.

El tono de preocupación del pequeño médico hizo callar a las dos mujeres. Robin sonrió, intentando tranquilizar a su nakama, antes de agacharse para quedar a la altura de la mirada del renito.

-Zoro es muy fuerte,- le recordó,- no le va a pasar nada. Y si no vuelve pronto, iremos a buscarlo.

Antes de que Chopper pudiera responder, un sonido ronco se extendió por todo el Sunny. Los mugiwara miraron alrededor, nerviosos. Había sonado como si algo grande se acercara. Podían sentir una ligera vibración en los oídos, como un ¿ronroneo?

Y un segundo después, el causante del sonido saltó a la cubierta. A pesar de que estaba oscuro y no se podía ver bien, estaba claro que era grande, enorme. Probablemente podía tragarse a Chopper de un bocado y le sobraría sitio en la boca para la cabeza de alguno de ellos. Cada paso que daba provocaba un leve temblor en la cubierta, y el sonido constante que salía de su garganta le recordó a Robin a un motor de cortacésped. En apenas tres zancadas de sus largas patas se quedó en el centro de la cubierta, ante la mirada atónita de los presentes.

-¡Casi se me sale el corazón del pecho!

-Es un…

-¡¿Pero que hace aquí un tigre?!- el grito de pánico de Usopp provocó que el animal se volviera para mirarlo con un rápido movimiento de cabeza. El tirador retrocedió asustado para esconderse detrás de Franky, que se levantó las gafas de sol y soltó un silbidito admirado.

-Es SÚPER enorme. ¿Se habrá escapado de un zoo?

-… pero yo no tengo corazón, ¡Porque soy solo huesos! -, la risa de Brook retumbó por la cubierta, mientras los mugiwara se alejaban cuidadosamente del animal. Sanji se colocó frente a Nami, dispuesto a protegerla. Claro que la intención le duró lo que tardó en mirar el escote de la navegante y desmayarse por falta de sangre.

-¡Sugoi!,- Luffy saltó desde la parte de arriba de la cocina, donde había estado sentado y calló justo frente a animal, que ni siquiera se inmutó. De hecho, el enorme gato parecía absolutamente indiferente ante las reacciones de los humanos a su alrededor,- ¡vamos a quedárnoslo! ¡Un barco pirata necesita una mascota!

-¿Pero ese no era Chopper?,- Nami miró a su senchou, dudosa, hasta que cayó en la cuenta de lo que había dicho,- ¡ES UN TIGRE, BAKA! ¡LOS TIGRES NO SON MASCOTAS!

-Chopper no es una mascota…-, susurró Sanji, aún semienconsciente,- es meshi de emergencia.

-Jo, Nami…-, Luffy hizo un pucherito en dirección a la navegante. Luego se acercó al tigre con una enorme sonrisa y le palmeó la cabeza alegremente,- no puedes ser la mascota. Pero puedes ser mi nakama.

-¡ESO TODAVÍA MENOS!

Mientras, el tigre seguía como si no pasara nada. Ni siquiera había movido un músculo cuando Luffy lo tocó. Chopper, que se había refugiado en los brazos de la arqueóloga, mantenía la mirada clavada en el animal. Había algo raro. Ignorando los gritos de Nami, el renito saltó a la cubierta y se acercó lentamente al tigre. Ese olor…

-Oi, Robin,-llamó el médico, si quitar los ojos del animal,- ¿podrías acercar algo de luz?

Los gritos de Nami se detuvieron cuando una Robin fleur salió del interior de la cocina con una linterna en la mano. El pequeño isha la tomó sin decir nada y enfocó con ella al animal, que había permanecido hasta ahora parcialmente en la sombra. En cuanto le dio la luz, se oyó un jadeo de sorpresa por parte de todos (excepto Luffy, que estaba ocupado recibiendo una paliza de Nami, y Sanji, que intentaba recuperar el sentido).

Oh, sí. Era un tigre. Grande y aterrador. Un tigre grande y aterrador… al que le faltaba el ojo izquierdo, y que en lugar de ser naranja con rayas negras… era verde. Verde claro con líneas negras y una gran cicatriz que, hasta donde podían ver, le partía el pecho en dos, desde la clavícula izquierda hasta la cadera derecha.

Y que los miraba como si fueran todos completamente idiotas.

Robin fue la primera en reaccionar. La Robin fleur se deshizo en una lluvia de pétalos y la auténtica se agachó para quedar a la altura de la enorme cabeza, con la mirada puesta en el ojo negro del animal. Tragó saliva.

-¿Zoro?

El tigre ronroneó.