V.

Ya habías afrontado las verdades acerca de tu propio cuerpo, de que tú tenías un espacio muy pequeño dentro de ti, mientras que él probablemente era más grande de lo que se consideraba normal. Los azares del destino te llevaron con un hombre digno de tu confianza, pero con un grave problema de compatibilidad con lo que respecta al tamaño de ambos.

Con cuidado habías jugado el palo de la escoba y habías quedado desconcertada al no ser capaz de llegar más lejos, ya fuera por la forma de tu himen o las dimensiones de tu intimidad. Habías encontrado tu decepcionante límite, y quizás esto no te ayudaría mucho al final. Con un lánguido sentido de resignación decidiste que simplemente lo harías con él y te tragarías las consecuencias físicas que fuera a infligirte.

Por supuesto él tomaría las precauciones necesarias, como siempre, pero tú querías ver qué tan capaz era él de arruinarte.

Era un sucio y desagradable secreto tuyo, pero encontrabas cierto placer en el pensamiento de competir con él, ver todas sus debilidades mientras exponía las tuyas. Querías poseerlo tanto como querías que él te poseyera a ti, y sólo enorgullecerte te esas vergonzosas debilidades al estar sola con él. Era casi romántico, pero más repugnante que nada. Te gustaba lo repugnante, y lo tenías que admitir.

Ya era hora. Fuiste a su apartamento, era una tarde lluviosa, y como siempre, él te estaba esperando… pero habías notado el cambio en él. Su rostro, que siempre pareció marcado por años de estrés, dolor y constante exposición a las más brutales matanzas, algo en él era diferente… La manera en la que su entrecejo estaba fruncido, el movimiento de sus pupilas y la inmediata tensión que apretaba sus músculos…

Él sentía por ti, lo sabías. Tú significabas un cambio en él, y esto era lo que más te complacía. No podías negar que tu cuerpo se había acostumbrado a encenderse cuando estabas en privado cerca de él y se sentía bien después de haber cruzado por el camino lluvioso. No te habías mojado demasiado, pero tuviste la consideración de quitarte las botas antes de entrar a su pequeña residencia… tu cuerpo estaba tieso, y todo a tu alrededor estaba frío. Cuando te invitó a sentarte en la silla de su pequeño comedor, la cercanía con él te hizo temblar, como si estuvieras naturalmente reaccionando al calor corporal de otro cuerpo vivo.

Para tu sorpresa, él parecía haber puesto uso a su cocineta y ya había comenzado a calentar una tetera con agua. Nunca le habías visto preparar algo él mismo, pero tampoco suponías que él debía de hacerlo a menudo. El té negro que hizo fue bastante mediocre, pero digerible y el calor de la bebida te ayudó a relajar sólo un poco tus hombros. Luego él confirmó con disgusto que nunca le salía bien el té, por eso tenía que dejarle a alguien más hacerlo. Tú simplemente asentiste y continuaste bebiendo. Tampoco podías decir que eras buena haciendo té, mucho menos que lo bebías mucho, pero esto era un buen gesto de su parte.

Levi te miró a través de las sombras tempranas, el cuarto se había puesto muy oscuro por culpa de la lluvia, pero tú lo mirabas fijamente, dando a conocer en silencio tus intenciones más sinceras. Tras intercambiar paz por unos segundos más, él se levantó de su silla y caminó alrededor de la mesa para encontrarte. Tú te quedaste sentada mientras él se inclinaba ligeramente sobre ti, su mano gentilmente tomó tu barbilla y te besó entre tus ojos para luego besar tu nariz. Tomaste la iniciativa de besar sus labios antes que te volviera a tentar.

Fue sólo por un instante breve, y tú te levantaste de la silla para quitarte la chaqueta de tu uniforme y también tu bufanda roja. Estabas por hacer lo mismo por él, pero Levi caminó alejándose de ti, yendo a su cama, si es que él asumía lo correcto sobre tus intenciones, y claro que lo hacía, pero te sorprendió lo rápido que actuó.

La parte de desvestirse era bastante problemática tanto para ti como para él, porque los arneses eran una medida obligatoria para cada miembro de la milicia, y eran además eran un poco complicados de poner y quitar. Usualmente uno podía tardarse a lo menos un minuto entero en quitarse todo correctamente. Levi ya tenía más destreza a la hora de quitarse los arneses, así que terminó antes de que llegaras al borde se su cama. Apenas estabas quitándote los tuyos, pero él se movió a tu lado y con su mirada pidió permiso para ayudarte; no era como si necesitaras su ayuda, pero todo se trataba de un sencillo gesto de deferencia.

Le permitiste que desabrochara los arneses en tus muslos, deliberadamente teniendo contacto indirecto con tu entrepierna para enfatizar el trato que ibas a recibir poco después. Él sabía el efecto que toque tenía sobre ti, algo que los afectaba a ambos y lo reconocían mutuamente en silencio.

Ya habías acabado de retirarte los arneses de tu espalda y cintura, no perdiste tiempo para tomar su rostro y besarlo con cierta sutileza. Ya tenía su mano acariciando tus muslos interiores y aún no te quitabas la ropa… todavía podías saborear el té negro en su boca, amarga pero cálida. Siempre te vencía en aquella área, arrebatándote el aliento y profundizando su exploración en tu boca hasta donde le era posible.

Y te vencía, porque si él te respondía el beso con toda la destreza, terminabas sintiendo aquel cosquilleo molesto por todo tu cuerpo. Habías despojado a Levi de su camisa, tus manos palpaban la musculatura firme de su pecho y abdomen, mientras sus manos se habían desviado a hacer precisamente lo mismo que tú hiciste, claro, sin dejar de besarte. Esto era quizás muy diferente a la vez que le indujiste asfixia, pero cuando te besaba con tal intensidad no podías respirar del todo, y la verdad es que era una sensación agradable…

Ahora estabas acostada, justo debajo de él, mientras lo único que quedaba de ustedes eran los pantalones, pero la fricción suave era el calentamiento que necesitaban por ahora. Sólo tenías un número determinado de ideas de lo que él podría intentar hacer contigo después, pero lo que tú querías era una idea fija y fácil de seguir, y aquello se centraba en el básico acto de fornicar…

Dejó de besarte, pero te le adelantaste para quitarte los pantalones y ropa interior mientras tomabas una distancia considerable de Levi. Cuando quedaste completamente expuesta, sólo te sentaste hasta donde estaba la almohada de la cama, mirándolo con timidez. Quizás estabas sonrojándote demasiado, pero esa era la idea: crear una imagen que pudiera jugar con él. Tenías en mente una idea clara y te gustaba como la representabas dentro de tu cabeza.

— Antes… quiero que me mires. No hagas nada todavía, sólo quiero que me mires —susurraste, entre suspiros pequeños y modestos mientras abrías los muslos, brindando con tus dedos una vista completa de tu interior, sin embargo no dejabas de mirarlo a los ojos—. Mira si parezco estar lista. Observa cuánto me puedes herir, cuánto me puedes sanar. Sólo… mírame, y no te toques.

Podías observarlo en su rostro, él estaba excitado por lo que le mostrabas, lo que le decías. La atención de Levi era tuya y sólo tuya. Querías que él observara cómo lo hacías tú misma, y hacerle saber que sus ojos eran suficiente motivación. Él se sentó frente a ti, manteniendo una mirada expectante sobre ti, sobre tus manos húmedas.

Fue un poco difícil concentrarte en tus propias acciones mientras procurabas mirarlo directamente. Una de tus manos acariciaba el interior de tus pliegues mientras que dos dedos de tu otra mano encontraron su camino al interior de tu cavidad. Habías doblado las rodillas mientras tus manos se movían a un ritmo lento y suave, respirabas muy hondo por la nariz y entrecerrabas los párpados con satisfacción por verle cautivado.

Suspiraste más cálidamente. Ya podías poner tres de tus fríos dedos en tu interior, y resbalaban con facilidad dentro y fuera de ti. Aunque estabas un poco agitada hasta ahora, querías tomarte tu tiempo, hacerlo anticipar más… que se desesperara.

Te relamías la boca y luego soplabas, dichosa de ver su mirada turbulenta, ansioso de poder tocarte pero obediente a tu única instrucción. Detuviste la estimulación de una te tus manos, dejando sólo la que usabas para insertar tus dedos. Con esos dedos empapados y ahora cálidos expusiste el interior de tu carne, para que él pudiera ver lo que tú habías hecho contigo. No pudiste evitar sonreír ligeramente.

— Ven —murmuraste, con voz pasiva. Tu piel se erizó cuando él se inclinó y tomó tu tobillo con un agarre firme, pero con gentileza te jaló hacia él mientras descendía su rostro hacia tu ingle.

Tu corazón estaba bombeando violentamente y respiraste hondo. Cuando Levi posó ambas manos sobre tus muslos y dio una lamida sobre la sensible piel, te estremeciste instantáneamente gimiendo del puro gozo. Estaba succionando, saboreándote, bebiéndote sin contención. Tenía que gustarle demasiado el sabor de tu sexo para demostrarse tan apasionado, o quizás sólo buscaba hacerte perder la razón.

— Estás escurriendo mucho… —espiró Levi— Estás tan caliente y palpitante que parece que no vas a aguantar un poco más.

Cada maniobra con su boca enviaba escalofríos por tu espalda, y no podías evitar sacudir tu cadera a las intensas sensaciones que te invadían con increíble facilidad. Chillabas y suspirabas sin control, y la presión se acumulaba dentro de ti como una corriente de agua que no tenía a dónde ir. Tus manos habían agarrado el cabello de Levi, mientras él no se detenía. Sentías que su lengua entraba una y otra vez a ti, explorando hasta donde le era posible, hasta donde podías aguantar sin gritar; no te avisó, pero usó uno de sus dedos para friccionar tu desprotegido botón de nervios con cierta agresividad. Rezongaste, no sin antes convulsionar tu espalda por el fuerte efecto que tuvo sobre ti y que tan cerca estuvo de hacerte venir.

Pero no lo hizo. No instantáneamente. Sus manos recorrieron tu cintura y estómago, él tenía la suficiente fuerza física para mover tu cuerpo más abajo, y al momento de hacerlo, su lengua y sus dientes alcanzaron la parte superior de tu genital, estimulando todos los puntos correctos mientras sus manos acariciaban tus costillas y luego sentían la blanda carne de tus senos.

Te viniste tan repentinamente, pero sentiste que duró una eternidad antes de que tu cuerpo dejara de descarriarse en espasmos sutiles. Antes de que tu cuerpo se calmara, Levi se apoyaba con ambas manos sobre la colcha de la cama mientras tu cabeza ocupaba el espacio entre sus brazos. Podías verle desde abajo, aquel rostro que perdió su frío y cansancio, y alcanzaste los labios delgados de ése rostro un tanto enfermizo, sintiendo la humedad familiar que los impregnaba. ¿Por qué le gustaba tanto ése sabor? No podía ser tan especial, ¿o sí? Era a final de cuentas, algo que te pertenecía.

Ibas a besarlo, pero él frunció el entrecejo y murmuró algo que sonó a "qué asco", pero terminó cediendo a tu voluntad, besándote en la boca de todas maneras. Habías probado algo distinto, y realmente no lo identificabas como algo gustoso, pero estabas tan emocionada que no te importó… Era el sabor de tus propios fluidos, pero no era la gran cosa, si era algo que provino de ti.

Terminó recostándose de lado, no paraste de besarlo con el mismo deseo, pero insististe a enganchar tu pierna sobre su muslo. En respuesta a tu avance, sus dedos ásperos acariciaron uno de tus glúteos y recorrió tu muslo hasta el punto donde tu rodilla descansaba sobre su pierna, jalándote más hacia su cuerpo. Debido a la cercanía, podías sentir su erección rozarte justo debajo de tu ombligo, y simplemente decidiste que tenías que liberarlo. Mientras continuabas robándole los labios, tu mano se escabulló a los botones de sus pantalones y él gruñó el instante.

Fue una parada abrupta, pero quizás no lo suficiente para ponerte de mal genio con él. Sus ojos inspiraban seriedad, no enojo ni frustración, y sabías que él iba a hacerte la pregunta nuevamente.

—¿De verdad estás lista? No importa cuántos triques te has metido ahí, todavía te va a doler —dijo con aquella severa voz, no como advertencia sino confirmación.

Finalmente pudiste sonreír, maliciosamente, pero era una sonrisa sincera a final de cuentas. Tus manos se movieron hacia su rostro caliente y ligeramente lo estrujaste.

— Estoy bien. Ya no quiero seguir dando vueltas al asunto… Quiero que tú también sientas cómo se me parte la carne —musitaste mientras intercambiabas una mirada fascinada con él—. Sé que tú lo has estado anticipando desde que comenzamos a hacer esto, Levi. ¿Así que qué estás esperando?

Dada tu decisión final, tu cuerpo se despegó de él y entonces le observaste quitarse los pantalones. Esta era la primera vez que lo mirabas completamente desnudo, y te tomaste unos segundos para admirarlo en silencio, incluso parecía un poco más alto cuando no tenía ropa puesta. Levi se sentó en el centro de la cama, mirándote con cada vez menos paciencia. Obviamente indicaba que ibas sentarte sobre tu regazo para comenzar.

Tragaste saliva y te colocaste justo encima de su pelvis, donde su miembro estaba bien parado, pero de la manera en la que estabas pegada a él, su rostro estaba justo entre tus senos y no podías mirarle bien el rostro a menos que arquearas un poco la espalda. Apoyaste tus manos sobre sus hombros, sólo por si acaso.

A pesar de todo, estabas todavía nerviosa, y él lo notaba por cómo te temblaban los brazos. Sus manos te sujetaban del torso con firmeza, brindándote el balance que fueras a necesitar mientras lentamente descendías tu cadera sobre el miembro erecto. Por un segundo, tu sensible carne rozó con la de él, y en eso rodeaste con un brazo su cuello y tu pecho se apoyó sobre el suyo mientras respirabas profundamente. Tu otra mano bajó hacia tu ingle, mientras ciegamente separabas tus delicados labios para facilitar la entrada de la punta de su bálano. De nuevo tragaste saliva cuando bajaste tus caderas, aceptando la incómoda presión inicial. Fue en este instante cuando el agarre de Levi alrededor de tu tórax se tensó ligeramente. Te detuviste, suspiraste despacio mientras tu aliento golpeaba su nuca. Esto te iba a tomar más tiempo del que creías.

— ¿Vas a llorar? —preguntó la voz de tu mayor.

— No lo sé, ¿pretendes hacerme llorar? —tu brazos aún temblaban un poco, pero no estabas adolorida del todo, sólo poco acostumbrada a tal grosor y calor invadiéndote.

Sus manos fuertes descendieron a tu cadera, quizás motivado por picardía, te empujaron más abajo, encajando un poco más profundo aquel desproporcionado pedazo de carne, lo que te hizo gemir y abrazarlo más fuerte— Si quieres seguir con esto, siéntete libre de gritar lo que necesites, sólo dime cuándo debo detenerme —murmuró.

— … No te vayas a asustar si ves un poco de sangre —con esto dicho, dejaste tu peso caer completamente sobre su regazo, abriendo paso a un ardor que te hizo estremecer.

Aguantaste la respiración, acallaste cualquier quejido, pero por fin lo podías sentir: la punzante molestia que yacía en un rincón tuyo que su virilidad acababa de penetrar y ahora se sentía como un calor un tanto incómodo que llenaba más de lo que originalmente hubieras sido capaz de soportar. Y claro, estabas adolorida, porque no estabas acostumbrada a algo de ésa magnitud dentro de tu zona más íntima. Tus músculos internos estaban pulsando alrededor de su longitud, y sentías tu rostro ponerse más caliente de lo usual.

Pasaron unos instantes quietos, tu cuerpo entero estaba rígido y respirabas pausadamente mientras seguías aferrando tu brazo alrededor de su cuello. Levi, no sabías que clase de expresión tendría en su cara ahora mismo, esperó en silencio a que te relajaras un poco mientras sentías su mano masajear suavemente tu cadera. Admirabas la paciencia que te tenía incluso ahora, justo cuando podías sentir el inquieto pulso de su miembro dentro de ti… ¿o era ése pulso el tuyo? No sabrías decir.

Muy cuidadosamente moviste tu pelvis contra la suya, incitando el primer tortuoso movimiento con ése terrible falo dentro de tu estrecho espacio, pero respondiendo al ardor, retardaste más el vaivén que tenías en mente realizar. No creíste que todavía podría hacerse más doloroso, pero sí que lo hizo y estabas enteramente consciente de que ahora estabas sangrando (el idiota iba a quejarse de ello, estabas segura). Lo intentaste otra vez, tratando de concentrarte menos en la aflicción que sentías, pero si te despegabas un poco de él, el mínimo vacío que dejaba en tu interior te hacía encogerte aún más y dejabas de moverte.

Levi reconocía que tenías complicaciones acerca de esto, su mano acarició la línea de tu espina, un atentado para reconfortarte. No sabías si era del todo efectivo, pero por lo menos lo intentaba.

Seguías moviendo con dificultad tu cadera sobre él, sólo para ser recompensada con más malestar, y te estabas cansando rápidamente. Te estabas enfriando, pero tu interior se sentía aún como una quemadura. Ya te habías hartado de ser tan mala para hacer esto.

— Levi… ¿p-puedes… recostarme? —gemiste a su oído, lo hiciste sonar como una súplica, pero no tenías mucha voluntad para endurecer tu voz ahora.

Él exhaló cansado, probablemente estuvo esperando a que dijeras eso, ya que al instante te tomó del torso mientras poco a poco te inclinaba sobre la blanda superficie de la cama, pero incluso aquel cambio tan sencillo terminó esparciendo más la sensación de dolor. Y en lugar de aferrarte más, trataste de controlarte, dejando que tu espalda descansara mientras le permitías retirar su miembro de ti. Lo podías ver flácido, y mientras los segundos transcurrían, el vacío dejaba de ser desgarrador, sólo una molestia.

La expresión de su rostro, podías contemplarlo, evidenciaba cierto desasosiego. Podías imaginarlo, en cualquier segundo iría a buscar algo para limpiar la sangre, pero no lo hizo. Él se quedó contigo, besó tus párpados y acarició tu frente sudorosa, como si realmente ya no le importara la suciedad.

Tu cuerpo se sentía magullado y frío, pero cuando besó con ternura tu rostro, cuando su mano acarició tu cuello hasta tu hombro, parte de la dolorosa frigidez comenzó a desvanecerse, derretirse en una tibieza confortante. Tus manos colgaban de su nuca, ocasionalmente tratabas de bajarlo más para que te brindara calor corporal. Estaba lloviendo justo fuera de la ventana, y hacía fresco.

Sus besos descendieron a tu cuello, marcas pequeñas y suaves sobre tu piel que erizaban cada invisible vello de tu cuerpo. Era una sensación muy agradable y no deseabas que se detuviera aún. Tus muslos estaban abiertos, su cadera estaba pegada a la tuya, lento y seguro volviste a sentir el endurecimiento de tu genital, pero controlaste el miedo. Ya no temblabas.

Levi se enderezó, tomó tus piernas y las separó un poco más mientras una de sus manos frotaba su propio miembro, antes de acariciar tu hendidura que había recuperado su calor. Sus dedos se empaparon de tu sustancia, y sorprendentemente no era tanta sangre como habías esperado. No te penetró enseguida, él sabía dónde y cómo consolarte en caso de que no estuvieras lo suficientemente relajada. Estabas respirando más tranquila, como hacías antes de conciliar el sueño.

Él volvió a inclinarse sobre ti, y la presión volvió, pero respiraste hondo y le dejaste terminar. No hacía falta tensar tu cuerpo. Al momento se unirse contigo, sólo besó tu boca, apaciguó cualquier expresión de dolor que tuvieras que mostrar. El ardor todavía estaba ahí, vivo y constante, pero ahora te sentías protegida de él, como si ya no pudiera lastimarte del todo.

Tus brazos no se quedaban quietos, y tampoco los de él. Ni siquiera se había movido desde que entró en ti, pero ya estaba besándote con languidez. Tu cuerpo estaba prácticamente pegado al de él, y podías detectar el tambor de sus latidos, la humedad de su sudor, la tensión en la que entraban sus músculos cuando hacía un esfuerzo por no equivocarse.

Enterró sólo parte de sí mismo en ti, y pronto movió sus caderas hacia delante y atrás, presionando suavemente por donde te habías lastimado. Gruñiste ligeramente, otra vez haciendo frente a lo incómoda que era la diferencia de tamaños entre ustedes, pero trataste de relajarte lo mejor posible. Aun así, era como un escocer persistente.

—No tan rápido… —murmuraste, mirándolo a los ojos mientras tus dedos tomaban su nuca— sólo… no vayas rápido.

Y así lo hizo. Aunque cada impulso pélvico causaba dolencia, el modo en el que estaba pegado sobre ti, rozaba precisamente el punto de nervios que contratacaba el malestar. Pero todavía así, iba irremediablemente lento, demasiado lento como para causarte un efecto más positivo.

También podías notarlo en su rostro, él estaba fatigado y frustrado, y hacer que no te doliera tanto le estaba tomando mucho control. No sabías cuánto más seguiría así. Hubieras podido indicarle que fuera más rápido, pero no lo hiciste. No estabas lista.

Transcurrieron varios minutos de esta manera, moviéndose lento, a veces apenas moviéndose del todo, pero ya habías llegado al punto en el cual el dolor ya no te importaba demasiado. Él tomó tu expresión indiferente como el inminente fracaso de la sesión. No estabas excitada y él estaba al borde de la extenuación. Lo mejor era detener esto ahora.

Cuando se retiró, tú suspiraste casi de alivio. Cuando volviste a mirarlo, su semblante era tan oscuro por la ausencia de luz que apenas podías distinguir sus facciones. Si estaba enojado o desilusionado no podías distinguirlo del todo.

— … Eso fue un desastre, ¿estás de acuerdo? —dijo Levi mientras se bajaba de la cama, pero en vez de ir a buscar lámparas o algún objeto con cual limpiarse, se quedó mirándote.

— No sé qué es lo que estuve esperando —respondiste, tu voz recuperó algo de potencia—, pero definitivamente pudo haber sido mejor, ¿no?

— Bueno, yo ya estoy acabado. Si todavía quieres intentarlo de nuevo, será para la próxima vez.

Aquella afirmación te resultó un tanto reconfortante, a la vez causaba conflicto con tus pensamientos dado que no sólo acababas de experimentar la pérdida de tu virginidad, sino que también resultó poco placentero. Pero querías confiar en que esto no sucedería de nuevo.

Te levantaste de la cama después de que Levi te recomendara un baño rápido, pero al caminar, sentiste de nuevo el dolor. Definitivamente tenían que trabajar en este aspecto de la relación.