Afinidad

Por Jaz Briefs

La mujer contemplaba pensativamente las estrellas.

De haber sido una noche como cualquier otra, él habría atravesado el patio rápidamente en un malhumorado silencio, pasado por alto el saludo de ella e ido directo a la cocina por su cena.

En una noche cualquiera… pero esta no era una noche cualquiera y Vegeta estaba exultante.

Tal vez por eso no se molestó en desaparecer la impresionante aura dorada que lo rodeaba. ¡Que demonios! ¡Él era el Príncipe de los Saiyajin! Algo en su orgulloso ser quería exhibir su corona, la que por fin había conseguido después de un año de extenuante esfuerzo y que ahora sí lo reafirmaba como el guerrero más fuerte de todo el universo. Así que exhibió su transformación con un andar majestuoso por el patio… aunque el único público fuera aquella vulgar terrícola.

… pero ella no acusó la más mínima reacción. Pese a que su aura dorada contrastaba dramática con la oscuridad, pese a que las piedras vibraban a su alrededor rompiendo el silencio, pese a que su calor corporal formaba una burbuja contra la gélida noche… la humana no desvió la vista del firmamento.

Vegeta jamás lo admitiría, ni siquiera a sí mismo, pero esa indiferencia lo molestó profundamente. Su euforia se mezcló de pronto con un mal humor inesperado que le hizo apretar los puños con fuerza.

Bulma seguía ajena a todo, casi como ausente contemplando el cielo. Finalmente él emitió algo muy parecido a un gruñido y entro a la casa dando grandes zancadas al tiempo que su melena volvía a ser de un lustroso azabache.

–Humana estúpida –murmuró, pateando lejos la infortunada silla que se había interpuesto en su camino. La maldita casa estaba a oscuras.

Refunfuñando se dirigió a la cocina que también estaba en penumbras. Encendió la luz confirmando lo que su olfato ya le había avisado: la cena no estaba lista. La inmaculada cocina no tenía ni rastros de las humeantes cacerolas que siempre saludaban sus sentidos luego de un duro día de entrenamiento. Tampoco estaba ahí la irritante madre que siempre le lanzaba comentarios atrevidos, ni siquiera el viejo con sus cigarrillos y su mascota de ojos extraños, o las chatarras ambulantes que ayudaban con la mesa. La verdad es que la casa no podría haber estado más desierta. Apretó los dientes con enojo. ¿Cómo se atrevían esos insectos a desatenderlo de esa manera?

Como respondiendo su pregunta, un monitor cerca del refrigerador se iluminó de pronto.

Joven y apuesto Vegeta –el rostro de la rubia extravagante se había materializado en la pantalla– mi esposo y yo volveremos más tarde así que no podré estar ahí para servirte la cena, pero descuida, la he dejado preparada para que mi dulce hija Bulma te la sirva. No te preocupes, debe estar por llegar, ya me encargué de informarle que te molesta mucho que te hagan esperar… aunque tal vez eso la haga retrasarse porque luces muy apuesto y varonil enfadado.

No cabía duda, así pasara siglos en esa casa jamás dejaría de sentirse secretamente incómodo ante las frases de esa mujer. La madre de Bulma se despidió agitando la mano alegremente y Vegeta, bufando todavía, exacerbado por las palabras de la Sra. Briefs, se dispuso a abrir el refrigerador para buscar su cena. No necesitaba la ayuda de la estúpida mujer terrícola como su madre había sugerido.

... pero un par de minutos después, Vegeta avanzaba con pasos rápidos al exterior de la casa. La maldita mujer estaba en el patio sin hacer nada y él no era ningún terrícola inferior como para tener que llevar a cabo tareas tan indignas. Preparar la mesa era tarea de los esclavos… y de las mujeres. Esta vez se detuvo frente a la humana que no parecía haber variado su postura ni un ápice.

–Oye terrícola, ¡mi cena no está en la mesa!

Ella parpadeó un par de veces, como si saliera de algún trance y apenas fijó su mirada en él.

–No te quedes mirándome como una estúpida, vamos, levántate inmediatamente y ve a servírmela.

–Mi madre…

–Ella no está en la casa –escupió impacientemente– No me importa a donde haya ido, sólo que tú estás aquí sin moverte. ¡Vamos, arriba!

Bulma abrazó aún más sus rodillas.

–Perdona, Vegeta. Seguramente en el refrigerador está todo. Sólo tienes que tomarlo y meterlo al microondas para que…

–¡El Príncipe de los Saiyajin no hará semejante cosa! ¡Es tu obligación hacerlo! Así que te levantarás en este instante y lo harás, mujer –ordenó perdiendo la poca paciencia.

–No tengo ánimos –confesó ella en voz baja– Si no quieres servir tú mismo la comida que mamá te ha preparado, puedes tomar el teléfono y pedir algo de comida a domicilio. A cambio de una buena propina y esa mirada asesina que a ti te sale tan bien, estoy segura que el repartidor se encargará de servir por ti –se acomodó mejor en el asiento– Vegeta, por favor… yo simplemente no puedo hacerlo ahora.

Respuesta incorrecta.

–¿No "puedes hacerlo" ahora? –se exasperó Vegeta– Yo te veo las mismas dos manos que siempre, idiota, y a menos que quieras quedarte con solo una, será mejor que te dejes de tonterías y vayas a hacer lo que te ordené.

Bulma suspiró profundo y se masajeó las sienes.

–No, no lo haré –dijo sencillamente con un tono diferente, frío y cortante, tan poco usual en ella– Te estoy ofreciendo soluciones y si no las aceptas no es mi problema. Ordena comida, come de lo que hay en el refrigerador o lárgate a los bosques y caza un oso, me da lo mismo. Pero déjame en paz esta noche, Vegeta. Realmente no estoy de humor para tus tonterías.

El Saiyajin se enervó con aquella respuesta, tanto que sintió dentro de sí un familiar calor en el pecho. Dio media vuelta y se largó pensando que no tenía caso perder los estribos y transformarse cuando todavía no aprendía a dominar la fase Super Saiyajin. Tampoco tenía caso matar a la estúpida humana ("¿por qué no?" Le preguntaba su mente), así que se alejó sin mirar atrás, dando un estruendoso portazo al entrar a la casa y prometiéndose que haría pagar a la terrícola por aquella insolencia.

Bulma se quedó en el patio hasta que las primeras luces del amanecer se dejaron ver. Sólo entonces emprendió el camino a su cuarto y se metió a él sin mayor ceremonia, sin saludar a Vegeta a quien se topó en el pasillo mientras se dirigía a su entrenamiento matutino y sin una palabra de disculpa por la noche anterior. El saiyajin la ignoró.


El Sr. y la Sra. Briefs regresaron ese mismo día de dónde demonios hubieran estado, así que Vegeta volvió a ser atendido a cuerpo de Rey, tal y como merecía… aún cuando esas atenciones no borraran su molestia contra la estúpida terrícola por el desplante de la noche anterior. Y hablando de ella, la humana no llenó la casa con sus gritos ese día, ni tampoco el siguiente. De hecho poco se le vio salir de su habitación salvo para tomar un poco de leche o un tazón gigante de fresas de vuelta a su habitación. Su madre fue la única en empeñarse en visitarla constantemente para llevarle pasteles y su aburrida chácara, tanto que al tercer día Bulma emergió de su habitación por fin, llevando su cabello nuevamente lacio sobre sus hombros (y no como si hubiera sido víctima de una explosión), un conjunto de ropa atrevido y muchas ganas de fastidiar a las personas a su alrededor.

Revoloteo por el laboratorio de su padre metiendo mano en los proyectos recientes, se le vio en el invernadero podando ramas y flores enteras con unas enormes tijeras y una expresión terrible junto a su madre, manejando a una velocidad supersónica por la autopista de la capital del Oeste portando mil paquetes de compras mientras los demás automovilistas se hacían a un lado aterrados… incluso se la vio fuera de la cámara de gravedad justo a la hora en que Vegeta terminaba de entrenar.

–¿Qué diablos haces aquí? –la cuestionó duramente secándose el sudor con una toalla blanca que al instante quedó ennegrecida y cubierta con algo de sangre.

–Vegeta… –sus ojos se detuvieron en el profundo corte que lucía su hombro. El saiyajin pensó que la mandaría al demonio apenas hiciera el amago de intentar arrastrarlo a su laboratorio para curarlo… pero Bulma pareció pensárselo mejor y, alzando la vista, preguntó en un tono casi alegre– ¿no crees que ya necesitas nuevos robots? Podría construirte unos nuevos con el triple de poder que los que tienes ahora, ¿qué tal? –El saiyajin arrugó el ceño. ¿Acaso era una clase de truco? Usualmente era él quien acudía al laboratorio de la mujer para ordenarle que le construyera un nuevo prototipo y ella la que se quejaba de sus pedidos argumentando tonterías, como que estaba ocupada con otros proyectos– Y ya que estamos, la gravedad de 150,000 es aburrida –prosiguió ella– tal vez podríamos hacer algo al respecto… ¿qué tal tirar hacia las 200,000 veces? Para un Súper Saiyajin como tú no debe representar ningún problema.

Se quedó sin habla un segundo, lo que le tomó a su ágil mente sobreponerse a la sorpresa. Así que la mujer sí lo había notado después de todo… y había decidido ignorarlo como si fuera una hazaña cualquiera. Por algún motivo el pensamiento había logrado que un extraño sabor a bilis se deslizara por su garganta.

–No necesito que una estúpida como tú se meta en mis asuntos –dijo finalmente arrojando la toalla al suelo– cuando quiera otras máquinas las pediré… y no a ti, sino al viejo. Es mucho más eficiente que tú y encima me ahorra parloteos imbéciles.

Bulma se quedó helada con la contestación. No es que Vegeta fuera precisamente un modelo de urbanidad, pero no esperaba un recibimiento tan brutal para su ofrecimiento. En el pasado tal vez hubiera recibido un asentimiento de cabeza. Y sin embargo en este momento pronunciaba unas palabras que, si bien no más hirientes que de costumbre, sí estaban pronunciadas con un tono venenoso que pocas veces le había escuchado.

Su mente de científica se esforzó al máximo en comprender por qué estaba tan molesto, pero sólo atinó a recordar su último encuentro en el patio. "La noche en que…"

–Vegeta, si estás molesto por la otra noche, quiero decirte que lo lamento mucho. Realmente estaba pasando por un mal momento y no fue mi intención que tú…

–¿Molesto dices? –la interrumpió con voz suave, tras una breve risa– No seas ridícula. Yo no desgastaría mis energías molestándome por algo que una humana insignificante como tú hubiera dicho o hecho. Y ahora apártate de mi camino, me estorbas.

Si su tono brutal la había lastimado, su indiferencia terminó de romper la tensa calma que había logrado imponer en su corazón.

–¡Eres un estúpido mono desagradecido, no sé ni para qué me molesto…! –¿acaso eran lágrimas lo que había aparecido de la nada en sus mejillas? Le pareció que sí, y estuvo seguro cuando escuchó un sollozo al tiempo que sacaba una cápsula y en menos de un segundo se alejaba volando a toda velocidad en su jet.

Vegeta se quedó petrificado, incapaz de sentir otra cosa que un profundo asombro. Nunca había visto a la mujer reaccionar de esa manera. Nunca, ni siquiera cuando se había esforzado por lanzarle insultos más fuertes a la cara. Usualmente ella los repelía con su descaro o se encargaba de insultarlo todavía más fuerte. Terminaban alzando la voz hasta que algún entrometido llegaba a tratar de apaciguar la tormenta. Pero al poco rato ya la tenía de nuevo a su espalda preguntándole alguna cosa estúpida como que si quería cenar o de dónde había sacado esa nueva herida.

Tan impresionado había quedado con el exabrupto de Bulma, que se olvidó que era él quien se suponía estaba molesto. Se dirigió a la casa aún confundido y cuando la madre de la mujer le preguntó por ella, sólo se encogió de hombros con indiferencia. La rubia lunática siguió comentando que era extraño que no hubiera regresado si se suponía que sólo iría a avisarle a él que la cena ya estaba lista. Vegeta terminó su comida en silencio, se dirigió a la ducha y dejó que el agua caliente se llevara cualquier otro pensamiento que no fuera la determinación de entrenar más duro para perfeccionar su transformación.


Se levantó con el sol, como siempre. Escuchó ruidos en la sala y alcanzó a divisar a la mujer frente al televisor, consumiendo una cantidad tan monstruosa de fresas que cualquiera la habría confundido con un saiyajin. Pasaba todo con una bebida terrícola espumosa cuyo sabor le disgustaba, pero que había aprendido a reconocer como "Champagne". Aunque levemente intrigado, siguió caminando sin más hacia su cámara de gravedad. La mujer volvió la cabeza cuando él abrió la puerta principal, pero no hizo comentario alguno. Siguió viendo la película terrícola llena de escenas de violencia y sangre.


–Deja de estar llorando como mártir y ve a reparar mi cámara de gravedad –ordenó una voz. Bulma levantó la cara sorprendida. No lo había sentido llegar… pero no era sorprendente considerando el hecho de que había estado muy ocupada la última hora llorando amargamente sobre la mesa del laboratorio. Se secó los ojos, repentinamente furiosa por ver invadida su privacidad.

–Ve y pídeselo a mi padre –respondió cortante, levantándose.

–Te lo estoy pidiendo a ti –respondió Vegeta cruzándose de brazos– el viejo no está ahora.

–Pues anda a esperar que regrese –Bulma empezó a caminar fuera del laboratorio pero una mano de hierro la detuvo.

–¿Qué diablos te pasa? –preguntó Vegeta con una voz baja, peligrosa.

–Me pasa que no estoy dispuesta a ir a arreglar tu cámara después de lo grosero que fuiste la última vez. ¿Acaso crees que…?

–No me refiero a eso –la cortó impacientemente, fastidiado– me refiero a los últimos días. Ya es bastante malo tolerar tus gritos histéricos y tu vulgaridad, pero esta actitud patética es mucho más repugnante.

–No te importa –fue lo único que se le ocurrió responder. Se había quedado sin palabras. Era el primero que se lo había preguntado de manera tan directa. El resto del mundo se había conformado con echarse a un lado cuando ella pasaba o a cuestionárselo silenciosamente cada vez que ella entraba en la habitación.

–Tienes razón, no me importa –respondió Vegeta después de un momento, soltándola. Parecía a punto de decir algo más, pero se lo pensó mejor y dando la vuelta, empezó a salir del laboratorio– pero ve ahora mismo a arreglar mi cámara de gravedad. Iré a echar una vuelta y más vale que esté reparada para cuando vuelva.


Los ojos de Vegeta no mostraron expresión alguna al verla ahí, dándole los últimos ajustes al generador de poder de la cámara de gravedad.

–Si ya la reparaste puedes largarte, necesito continuar mi entrenamiento. Ella asintió silenciosamente y tras guardar sus herramientas caminó hacia la salida. Vegeta se dio la vuelta para alcanzar el botón de encendido.

–Yamcha me engañó –le escuchó decir antes de que pudiera alcanzar el botón. Inconscientemente volvió la mirada hacia ella, que se había quedado muy seria en el umbral de la cámara de gravedad.

–¿Con que ese era el motivo de todo el drama? –hizo una pausa y un leve sonido despectivo– entonces eres aún más patética de lo que había pensado –se volvió nuevamente ignorándola, listo para prender la máquina, pero antes de que pudiera hacerlo escuchó la voz de la mujer más cerca.

–Sería patético que me hubiera puesto en ese estado por él, es cierto, pero el problema iba más allá de eso.

–No me interesa –dijo Vegeta empezando a perder la paciencia. No tenía la menor intención de verse inmiscuido en una conversación sobre la complejidad de las ridículas emociones humanas.

–El problema radicaba en lo que el hecho significó para mí –continuó ella, pensativa. Vegeta se dio la vuelta listo para gritarle que se largara cuando la vio tomar asiento en medio de la cámara en una posición de flor de loto. Era una imagen sin dudar extraña, y eso hizo que se quedara mirándola unos segundos más– tal vez muy pocas personas podrían comprenderlo. De hecho, creo que tú serías el único que podría hacerlo.

Aquello sí que era una afirmación extraña y totalmente estúpida por parte de la humana.

–¿Qué yo podría entender tus lloriqueos por ese insecto? –la sonrisa que adornaba su rostro era de lo más elocuente. Estaba ciertamente divertido.

–No me refería a eso –contestó ella muy seria, sin dejarse provocar– me refería a que tú comprenderías perfectamente lo que el hecho me hizo sentir… habiendo sido tú, el mismísimo Príncipe de los Saiyajin, derrotado por Goku, "un guerrero de clase baja" como le llamas.

–¿Qué tiene que ver eso con nada? –preguntó, toda contención súbitamente olvidada. Jamás tendría el poder de mostrarse impasible ante ese tema. ¡Ese estúpido de Kakarotto…!

–Todo –respondió Bulma serenamente– tú eras el mejor de tu especie, el sujeto más poderoso de tu estirpe. Te sentías orgulloso de tus fuerzas, te sentías invencible, sentías que podías conquistar el universo dado el momento, cuando te lo propusieras.

–¿Tienes algún punto, terrícola? –la conversación por algún motivo lo estaba empezando a incomodar.

–El caso es que cuando Goku te derrotó te quitó todo eso –resumió Bulma– apuesto que jamás pudiste volver a verte como el invencible gran guerrero… después de saber que un "insecto" había logrado aplastarte.

–No sabes de lo que hablas. Ese imbécil no me derrotó, y ahora más que nunca le enseñaré que yo soy el guerrero más poderoso del universo. ¡Lo aplastaré a él y a esas cucarachas que lo ayudaron la última vez… y de paso también volaré la tierra! ¡Nadie derrota al Príncipe de los Saiyajin, NADIE! –estaba enfurecido de nuevo. La terrícola había descrito con una precisión maldita sus sentimientos hacia el infeliz de Kakarotto y no estaba dispuesto a permitirle que siguiera burlándose de él– ¡LARGO DE AQUÍ!

–Yo me sentí igual que tú hace poco –confesó sin inmutarse, sin hacer ni el menor movimiento de levantarse.

El comentario lo desubicó ligeramente, tanto que dejó escapar una carcajada sarcástica.

–Dudo mucho que una terrícola insignificante como tú tenga alguna idea. ¿Cómo podrías…? ¡Que idea más estúpida!

–Has pasado más de un año viviendo en la Tierra… pero se ve que no tienes idea de cómo funcionan las cosas en este planeta. No es de extrañar, pasas todo el tiempo encerrado… –la mirada furiosa de Vegeta le hizo ver que debía llegar al punto de manera rápida si no quería terminar provocando una tragedia– pero bueno, el caso es que este planeta no tiene un Rey absoluto como tu planeta, le damos un valor distinto a la fuerza y más…

Hizo una pausa y toda su serenidad se diluyó dejando paso a la mueca consternada que le había visto en los últimos días.

–… pero si hubiera una Princesa en este planeta, esa sería yo.

Vegeta parpadeó confundido unos segundos y seguidamente rompió a reír con las carcajadas más estruendosas que alguien hubiera escuchado jamás en esa cámara de gravedad.

–¡Terrícola, tengo que reconocer que a veces ustedes pueden llegar a ser terriblemente divertidos…!

–Búrlate si quieres –en su tono no había el más leve signo de molestia– pero te digo la verdad. Como te mencioné antes, la supremacía en la Tierra se mide de manera diferente que en tu planeta natal. Aquí importan cosas diferentes para determinar quién es el… ¿debería decir "el clan más poderoso"? Digo, para hablar en tus términos. Pues bien, lo creas o no, mi familia vendría siendo ese clan. Somos la familia más adinerada de todo el planeta, la compañía más brillante en materia tecnológica que en nuestro planeta lo es todo… ¿puedes pensar en los tsufurujin? En esa civilización seguramente reinaban los más inteligentes. Y es nuestro caso…

–Los tsufurujin eran basura –cortó él dejando de reír– basura insignificante que mi padre aplastó sin esfuerzo. Por eso les arrebató su planeta y se convirtió en Rey.

–Los tsufurujin tenían poco que hacer contra la fuerza de los saiyajin –concedió Bulma calmadamente. Vegeta, sin proponérselo, asintió complacido– pero considera que en la tierra no existían los saiyajin… bueno, salvo Goku pero él es tan calmado que para el caso no cuenta. Por lo tanto el dominio del planeta recaía en el más listo. Mira, yo sé que te cuesta trabajo creerlo porque este planeta está en completa paz, pero mi padre y yo fácilmente habríamos podido construir tecnología suficiente para someter al resto de los humanos a nuestras manos.

–Pero no lo hicieron –dijo Vegeta comenzando a impacientarse nuevamente– viven tranquilamente junto con los otros terrícolas, como iguales, sin ser superiores en absolutamente nada.

–Eso es porque mi padre ama la paz y le hace feliz vivir de esta manera. Pero en cuanto a que no somos superiores en absolutamente nada… ¿Estás seguro? –ironizó ella– insisto Vegeta, tal vez se deba a que no conoces demasiados hogares, pero créeme si te digo que muy pocos humanos tienen el nivel de vida que tienes tú aquí. Muy pocas familias en el mundo podrían concederte todos y cada uno de tus caprichos sin la menor objeción, ofrecerte las montañas de comida que consumes diariamente sin que nos suponga el menor problema. Apuesto –prosiguió echándose hacia adelante retadoramente– que muy pocos lugares podrían tratarte a cuerpo de Rey como hacemos nosotros.

–Viven mejor que el resto, ¿y eso qué? –Vegeta empezaba a impacientarse nuevamente– termina con tu cháchara inútil y lárgate de una vez.

–Me sentía superior –dijo tras un suspiro– sentía que no había terrícola en el mundo más adinerada e inteligente que yo. Y sé que tengo la razón… eso sin contar que soy increíblemente hermosa e intrépida. Dices que no dominamos el planeta y tienes razón, pero yo siempre sentí que podía hacerlo si lo deseaba, que podría doblegar a cualquiera con un chasquido de mis dedos, con tan solo mi voluntad… pero a pesar de eso… a pesar de eso Yamcha me engañó…

Vegeta le dio la espalda nuevamente. Había tenido suficiente de parloteo imbécil, iba a prender su cámara de gravedad y ponerse a entrenar incluso si la estúpida mujer no salía pronto. Tal vez sentirse aplastada por la gravedad le diera una lección para la próxima vez… si sobrevivía.

– …Me engañó con una mujer que no es ni la mitad de lista, ni la mitad de hermosa, que no tiene ni una milésima del dinero que tengo yo. Y por supuesto, que no está ni cerca de ser lo valiente que soy yo. Hace mucho que no sentía lo mismo por Yamcha, pero su traición me dolió porque eso… lastimó mi orgullo –el dedo de Vegeta, que había estado a punto de presionar el botón se detuvo de repente. Vio de nuevo el rostro de la terrícola e increíblemente, estuvo seguro de que su expresión era la misma que la que alguien le hubiera visto a él, de haber estado a su lado mientras viajaba en su nave luego de la derrota en la Tierra.

La mujer dejó escapar una risa amarga.

–De repente me hallé preguntándome de qué demonios me servía ser la mejor terrícola del planeta… si no podría conservar a Yamcha a mi lado. Quiero decir, ¿no debería haber estado él de rodillas a mis pies? ¿Agradecido con todos los Kamis del universo por tener la oportunidad de estar al lado de una Reina… que digo una reina, de una Diosa como yo? ¿Y entonces por qué me cambiaba por esa… esa mujer? ¿Qué me había perdido? –Bulma alzó los ojos hacia Vegeta y lo encontró mirándola sin desprecio por primera vez en toda la conversación– incluso tuve un mal momento en que me cuestioné si no sería que en realidad la mujer tenía alguna virtud oculta de la que yo carecía por completo… –dejó escapar otro suspiro largo, pero esta vez su rostro mostró determinación al tiempo que se ponía de pie– pero al final me he dado cuenta de que no hay tal cosa. Yo sigo siendo el mejor partido que este mundo pueda ofrecer… pero Yamcha es sencillamente demasiado estúpido para notarlo. Puede que algún día se arrepienta de ese error… o puede que no, pero no me interesa ya. No tiene nada que ver conmigo y por supuesto que no voy a dejar que eso cambie jamás la percepción que tengo sobre mí. No volveré a olvidar lo que soy por causa de un cretino.

Se quedaron en silencio durante un muy largo rato. Bulma lo consideró una buena señal. Sin decir nada tomó su maletín y se encaminó a la salida. Estando a punto de cruzar el último escalón se detuvo para agregar en un tono mucho más ligero:

–No me costó mucho reparar tu cámara de gravedad, por cierto… es que las cosas suelen dejar de funcionar cuando "alguien" le arranca una pieza intencionalmente… sobre todo si ese alguien es un poderoso Super Saiyajin. Y es realmente curioso que pase justo cuando mi padre anuncia que se va de la ciudad por un par de días…

–No entiendo de qué hablas –murmuró con desprecio, dándose la vuelta… tal vez para ocultar el súbito calor que había subido por su rostro.

–Oh, no importa, diviértete –se despidió cerrando la puerta.

Vegeta activó por fin la máquina… que automáticamente encendió a 200,000 G. Su cuerpo se dejó caer al piso al tiempo que sus ojos se abrían por la sorpresa. Sólo un segundo le tomó convertirse en Súper Saiyajin y la presión en su pecho disminuyó en el acto pudiendo moverse libremente una vez más.

La pantalla frente a él se encendió y ahí estaba la mujer de nuevo, mostrándole su sonrisa descarada de siempre.

–Vaya, esa sí que es una transformación impresionante. Sé que Goku también es un Super Saiyajin, pero creo que tú luces más…

–¡Kakarotto es un insecto a mi lado, mujer, mi transformación es mucho más poderosa que la suya!

–Tú eres EL Super Saiyajin –aceptó Bulma con una sonrisa y por una vez lo dejó mudo– y yo la terrícola más interesante del planeta. Eso nos deja en casi un empate, ¡quién lo iba a pensar!…

Cortó la comunicación después de una risita, antes siquiera de que Vegeta hubiera podido lanzarle algún comentario.

Y aunque el saiyajin entrenó impecablemente las siguientes horas, no pudo evitar que una parte de su mente vagabundeara entre las palabras que le había dicho la humana.

"Eso… lastimó mi orgullo".

–Quién lo iba a pensar –murmuró con lo que hubiera podido ser la sombra de una sonrisa.