Un hombre solitario camina por la oscura noche parisina. Da pasos cautelosos, cuida mucho de no hacer ruido en el jardín real.

-Me faltan piezas en esté rompecabezas – dice él en voz baja, casi un susurró inaudible.

Está en un monologo interno entre él y sus pensamientos. Preguntas y respuestas, piezas que le faltan para completar el rompecabezas

Si tan solo supiese que es lo que está pasando a mí alrededor – se muerde ligeramente el labio inferior mientras que una de sus manos presiona su nuca.

El hombre dio unos cuantos pasos en silencio mirando con su vista de lince las puntas de sus botas oscuras, estaba tan sumergido en sus pensamientos que al escuchar una voz detrás de él se detuvo en seco y dibujó una pequeña sonrisa en su rostro. Una sonrisa de esas que dicaría a su propio hijo.

-Buenas noches – le respondió en tono amable a la persona que segundos antes lo había llamado a sus espaldas.

-Veo que no puede dormir señor – el joven que tenía ahora enfrente lo miró con gentileza y gran cariño.

- Los años no vienen solos y con el paso del tiempo, lo van marcando a uno cada vez más y lamentablemente para mi muchacho, el insomnio es una de esas marcas – el hombre de pelo entrecano y ojos azul intenso le contesto al joven en tono jovial sin perder la sonrisa de sus labios – Pero... – continuo él fijando su vista en su interlocutor – pero usted todavía es muy joven para tener este tipo de marcas.

-Se equivoca señor – respondió de manera enérgica y tenaz el joven teniente – En los últimos días han pasado muchos eventos y nadie que se preocupe por el rey puede dormir como es debido. Nadie está tranquilo, capitán – la cara del muchacho fue cambiando con cada una de sus palabras, paso de estar con una jovial sonrisa a estar que su rostros estuviera con temblé totalmente frio y preocupado. Tenía aquella postura que adquieren los hombres cuando vuelven de una fiesta y tienen que volver a ser soldados.

El hombre con muchos años más dibujó una sonrisa tierna en sus labios y miró al mozalbete de la misma manera, luego colocó su mano derecha sobre el hombro de su interlocutor y lo apretó ligeramente. Una muestra de fraternidad que tenía con unos pocos.

-Tranquilo amigo mío, usted debe pensar que si no duerme bien no puede servir como es debió a Francia y a todos, tanto al rey como a mí. Francia necesita de hombres que quieran servir a la patria – el joven a pesar de que había escuchado aquellas palabras con total tranquilidad, estaba esperando el momento para refutar a su maestro pero esté, mucho más vivaz levanto su dedo índice para que lo dejara seguir hablando – En cambio yo, que ya estoy viejo estoy acostumbrado a dormir poco y si, desde joven ya lo hacía pero créeme que es mejor que sigas mi consejo y duermas – hizo una pequeña pausa como si su cabeza se hubiera quedado en algún recuerdo y siguió – Vámonos a descansar que mañana abran nuevas cosas por hacer y hay que estar atentos para poder estar a las alturas de las circunstancias. Los atentados están muy cerca del rey – el hombre mayor le mostro la puerta que estaba no muy lejos de ellos dos e invito al joven a que se retirar primero – Que descanses

-Está bien – dijo el muchacho desganado. No podía negarse a cumplir una orden de un superior, menos de él. – Sera hasta mañana capitán, que tenga una buena noche.

- Buenas noches André – contesto el capitán de los mosqueteros inclinando levemente su cabeza.

Nuevamente el hombre de pelo entrecano quedo solo sumergido en la oscuridad, aunque estaba mal decir que se encontraba solo. Cuando él estaba con sus pensamientos nunca estaba solo. En aquel momento con tantas idea que iban y venían se podía decir como mínimo habían tres personas acompañándolo.

Dio un paso hacia adelante y se sentó en uno de los escalones de la entrada al palacio. Su mirada se había posado en aquel punto infinitamente de la oscuridad.

-Tranquilo – se repitió varias veces en voz alta – Siempre he sabido que soy una excelente persona para dar consejos, el problemas es que nunca he sido muy bueno para escucharme e intentar seguir los consejo, ni siquiera los míos – suspiro pesadamente - Es una verdadera lástima porque me hubiera ahorrado muchas eventualidades en mi vida. – Posó dos de sus dedos sobre su famoso bigote, una estampa de su persona. - ¿Qué estarás planeando Aramis? ¿Por qué me has...? – Sus palabras fueron ahogadas por el ruido de unos pasos muy acelerados - Alguien debe de tener mucha prisa esta noche... - se levantó impulsado por la curiosidad. No era común que algún cortesano se dejara escuchar tan tarde fuera del palacio. Sin duda esto debía ser algo de mucha importancia – Es mejor que vea de quien se trata pero hay que tener cuidado, no quiero que nadie me vea y quizás él tampoco quiere ser descubierto esta noche

El hombre se ocultó detrás de una de las columnas y pocos minutos después pudo ver una figura bajando por las escaleras principales, aquellas en las que él había estado minutos antes. El mosquetero agudizo su vista y vio que aquella persona no perdía la velocidad en su marcha sino todo lo contrario con cada paso iba aumentando su velocidad para adentrarse a los jardines reales para tomar el camino hacia la capilla real.

El mosquetero espero a estar nuevamente solo para salir de detrás de la columna y se quedó mirando hacia aquella dirección.

-¿Qué es lo que habrá sucedido? – se preguntó preocupado mirando el reloj que estaba en la pared y marcaba las doce en punto de la noche – Es media noche, no es normal que usted ande por estas horas por aquí – dijo sacudiendo la cabeza de un lado al otro.

El gascón se tomó unos segundos para verificar que todos los que vivían en aquel palacio estuvieran ya en sus respectivos dormitorios. Por las altas horas de la noche era arriesgo hacer aquel camino hacia la capital. Si alguien desde alguna ventana veía la situación se podía prestar a confusiones.

Miró y vio que estaba todo el palacio bajo la oscuridad de la noche.

Era su momento y su oportunidad para entender un poco más de lo que iba todo eso, era un gran rompecabezas y cada uno de los que se encontraban a su alrededor eran una nueva pieza. Solo debía unirlas.

-Averiguare que es lo que pasa.

Así fue como poco a poco el hombre comenzó a caminar cuidando de sus pasos hasta la capilla. Él necesitaba saber que era lo que estaba pasando. Pero más que nada necesitaba saber qué es lo que estaba pasando con ella en aquellos momentos. Con cada paso que daba su corazón iba latiendo cada vez con más fuerte. Ya no sentía el temor de que escucharan sus pasos sino que escucharan aquel corazón desenfrenado por su devoción.

Entró dentro de la capilla sin hacer ruido, no quería alarmarla, no quería ser escuchado en aquel momento. Cerró la puerta tras de sí y sin perder su vista ni un solo segundo de aquella mujer que estaba arrodillada frente al altar caminó hacia ella con la esperanza de poder contener sus propias emociones.

-Nuca podre reivindicarme – las palabras eran tan dolorosa que habían salido en un tono demasiado bajo. Un dolor demasiado grande que se podía sentir como calaba el alma de aquella beata.

Llegó a su lado y con un pequeño toque de sus dedos sobre el hombro de la mujer de pelo negro y ojos claros basto para llamar su atención.

-¿My lady? – él susurro consternado por verla en aquel estado. Ella lloraba y a él se le partía el alma. Algo no cerraba ¿Cómo era que alguien la había dañado y él tan vivaz con el mundo no se había enterado de aquel dolor tan grande?

La señora al sentir aquel roce, aquella voz se sobre salto del altar. Estaba sorprendida y asustada por verse atrapada en aquel estado de desolación, no era digno que nadie viera que podía llorar como cualquier otro mortal. A ellos no se les permitía llorar, menos en público. Menos por algo que había puesto en riesgo la seguridad y el futuro de Francia. Pero todo quedo en el olvido cuando ella al darse la vuelta vio aquellos ojos color verdeazulado y no puedo resistir esa necesidad de verse atrapada por aquellos brazos. Necesitaba un refugio, lo necesitaba a él.

-D'artagnan – murmuro ella en voz muy baja mientras que acomodaba su mejilla en el pecho del capitán de los mosqueteros.

Él le respondió aquel abrazo con la misma intensidad que unos años atrás lo había hecho por primera vez. D'artagnan cerró los ojos para poder disfrutar de aquel momento en el que tenía la suerte de tener a la mujer que tanto había amado durante la mayoría de su vida entre sus brazos. Ahora sentía que podía protegerla más que antes.

Pero pocos segundo duro aquel abrazo tan apasionado entre aquellos dos seres que se amaban tanto. Poco a poco sus cuerpos se fueron despegando para dejar apenas unos centímetros de distancias. Necesitaban ver sus caras, verse a los ojos.

Y fue aquello lo que se sucedió, se miraron a los ojos como tantas veces lo habían hecho durante años pero ahora estaban solos, tan solos como alguna vez lo habían estado antes. Ella se paró apenas en puntas de pies y rodeo con sus brazos el cuello de él. Se volvieron a mirar fijamente a los ojos, solo se podía ver el amor entre ambos. No tardaron mucho los ojos en cerrarse para que los labios del capitán fueran atrapados por los de la reina. Un beso al principio tan dulce y tierno como el de un par de jóvenes enamorados.

D'artagnan se separó de ella de manera lenta.

El beso había sido disfrutado por ambas partes pero para el pesar de los amantes podía ser de unos pocos segundos. No podían permitirse más que eso porque sus vidas estaban en peligro.

-Si alguien nos viera significaría la muerte...

-Si no lo beso moriría de todas maneras – las palabras habían salido de la boca de la reina con mucha precipitación, con mucha necesidad.

En aquellos momentos no importaba nada más que los sentimientos que estaban inundando aquella capilla. Ella se lanzó sobre él para besar aquellos labios que tanto había deseado por tanto tiempo y que habían sido negados por el destino cruel.

D'artagnan sentía la misma necesidad que su reina por aquel beso, por aquel contacto de aquellos labios tan cálidos. Este beso fue mucho más profundo y apasionado que el anterior. La adrenalina subía por el cuerpo de ambos amantes mientras que los labios aún estaban en aquel dulce contacto uno con el otro. Cualquiera que hubiera visto aquel beso de afuera no podría decir nada más que veía una pareja de enamorados.

El capitán de los mosqueteros, él más consciente de los dos en aquellos momentos en los que estaban dominados por sus propios sentimientos, corto aquel beso para transfórmalo en un cálido abrazo, llevando una de sus manos a la mejilla de su amada y sus labios al oído de ella.

-No soporto verla llorar, dígame que os sucede – él apenas se separó de ella para poder verla a los ojos y así poder entender más.

Ana de Austria lo miró a los ojos pero no dijo nada, no podía decirle nada. Debía guardar aquel secreto tan pesado que llevaba su corazón en aquellos momentos. No podía darle más peso a la espalda del hombre a quien amaba. Ella cerró los ojos para no sentir que aquellos ojos la estaban obligando hablar y lo abrazó con fuerza antes de separarse e intentar volver a mirar a los ojos a su capitán. Pero no pudo, estaba aquel secreto que no la dejaba, no podía. Simplemente no podía.

Comenzó a separase de D'artagnan lentamente y sin mirarlo llego hasta la puerta de la capilla. Estaba dispuesta a irse sin despedirse.

-Anne sé que amarte en una traición a Francia pero no amarte es una traición a mi corazón- D'artagnan no estaba seguro que era lo que pasaba por su cabeza pero no podía dejar pasar aquel momento. Él mejor que nadie sabía que aquellos momentos eran oro. Si no le decía lo mucho que la amaba, más tarde podría ser muy tarde.

La reina se detuvo para levantar la cabeza y mirarlo a él, a D'artagnan. Se sentía culpable por todo lo que estaba pasando a su alrededor pero esperaba que Dios en algún momento la perdonara y que lo perdonara a él también.

-Entonces ambos moriremos como traidores, D'artagnan – lo miró con amor y antes de que sus sentimientos volvieran apoderarse de ella, que la tentación la guiará hacia los brazos de aquel hombre nuevamente, bajo la cabeza sin decir nada más y se marchó por la puerta de la capilla

El mosquetero no pudo más que mirar la puerta de madera clavado en el piso. Tomó aire para dejar que pasaran los segundos, necesitaba estabilizar de nuevo su corazón. No podía perder los estribos de sus sentimientos. No podía dejar que todo pasara de nuevo. Su mente debía ser mucho más fuerte que su corazón.

Mientras tanto que el mosquetero intentaba seguir con sus vidas y su rompecabezas a las afueras de Paris, dos hombres que alguna vez habían sido mosqueteros, grandes mosqueteros, aun se encontraban hablando animadamente.

-Realmente es una locura – el Conde de La Fere miró al obispo quien se encontraba en su escritorio haciendo anotaciones. Athos habían intentado por todos los medios entender el plan de Aramis pero aquello no tenía ni pies ni cabeza, por primera vez estaba seguro que el plan de su amigo iba a fallar.

-No lo es – respondió el señor obispo sin mirar a su interlocutor. No podía permitirse perder ni un solo segundo. Su plan había entrado en marcha y no podía haber retrasos de ningún estilo. – Piénsalo bien, es la manera más fácil y perfecta de todas. No hay derramamiento de sangre, por lo tanto no hay muertes y nuestras conciencias estarán tranquilas. Incluso sin traición Athos, él también es hijo de un rey. Tanto nosotros como el pueblo francés estaremos felices.

Aramis estaba demasiado feliz con su plan como para ver las fallas, en cambio el conde mucho menos optimista quería tomar cartas en el asunto para que su amigo se diera cuenta de que no podía ser todo tan fácil. Nunca en todas sus luchas las cosas habían salido fáciles para ellos.

-A pesar de que eres inteligente, te faltan atar cabos sueltos en tu plan Aramis. El muchacho no está preparado aun, es un niño – alzo su mirada para ver a su amigo quien se había levantado de su asiento para buscar más vino – Dos hermanos aunque sean gemelos no actúan de la misma manera, eso tú lo sabes.

-Pero en pocas semanas podrá actuar igual que su hermano – le respondió el obispo al Conde con mucho entusiasmo mientras intentaba servirse un poco de vino en su vaso.

-Se darán cuenta. Luis tiene un carácter muy especial, cualquiera que esté a su alrededor se podría dar cuenta ante el mínimo error que Phillippe cometa ¿No lo has pensado? La vida del muchacho como la de nosotros corre peligro.

Aramis dejo la botella de vino vacía, eso había fastidiado al ex mosquetero pero más le había molestado las observaciones de su amigo. Él estaba seguro que su plan era demasiado perfecto como para fallar, confiaba mucho en el joven y si algún error salía a la luz, cuando eso pasara ya todo sería demasiado tarde como para que Luis XIV pudiera volver a ocupar el trono.

-Nada de eso ocurrirá mi querido Conde, la reina nos dará su apoyo y estoy seguro que D'artagnan tarde o temprano se reunirá con nosotros al plan. Es necesario que él se una a nosotros cueste lo que cueste, nadie conoce mejor al rey que él. Es su sombra día y noche. Ni Colbert, ni sus asesores ni siquiera los que lo ayudan a vestir se podrían dar cuenta del remplazo pero D'artagnan sí. Sus ojos son demasiado molesto para nosotros... pero es nuestro amigo y lo necesitamos de nuestro lado – Aramis miró a los ojos a Athos y el conde a parto la vista de inmediato. Él no podía permitirse pensar a D'artagnan como un nuevo aliado, el mosquetero se había interpuesto entre él y su venganza contra el rey. – Sé que no os agrada la idea Athos, pero tú sabes que es necesario. D'artagnan es nuestro amigo a pesar de todo, lo necesitamos.

Los ojos del Conde se incendiaron de rabia y se podía notar que se había puesto tenso con el nombre de su antiguo mejor amigo ahora enemigo.

-No te dará su apoyo, él es un traidor que ha preferido apoyar a un mocoso malcriado que ayudarnos a nosotros por el bien de Francia. – el señor de las tierras de Blois habló con bastante amargura. No había vino para ahogar aquel sentimiento en alcohol.

Ambos amigos se quedaron en total silencio. El obispo colocó su mano sobre el hombro de Athos y negó con la cabeza. Quizás el señor de la Fere podría engañar al mundo con aquel odio a su antiguo amigo pero a Aramis no, él conocía demasiado bien a Athos como para aceptar que odiara aquella persona que había querido durante tanto tiempo como a un hijo.

-Athos, no os duele que él sea un traidor sino que pueda morir defiendo al rey a quien ama. – su amigo bajo la cabeza sin contestarle. Aramis sabía que tenía la razón en aquellos momentos, quizás tenía falla en sus planes pero sabía cómo se comportaban sus amigos. – A pesar de que en estos momentos estés molesto con él, lo quieres y si muere te dolerá.

El Conde de la Fere miro al obispo y se separó de él caminando hacia la ventana. No quería escuchar de nuevo aquello. Él no lo quería, él no podía querer a un traidor, a alguien que había ayudado a enviar a su hijo a una muerte segura gracias a los celos y el poder del rey. D'artagnan sabía lo que el rey iba hacer y no había hecho absolutamente nada.

-No es cierto. Lo odio a él y a su a rey – las palabras salieron como mucho amargura de la boca de Athos pero en un segundo su semblante cambio cuando su ojos habían captado una figura desnuda que caminaba hacia una de las chosas de lugar. – ¿Ese no es Porthos? -
Aramis miró a Athos pero como no podía ver hacia afuera ya que su vista estaba tapada por su amigo negó con la cabeza.

-No intentes cambiar el tema querido Conde

-No Aramis, estoy hablando muy enserio, ven aquí y fíjate ese es Porthos – Athos se hizo a un lado para que el obispo pudiera mirar y no creyera que estaba intentado librarse del tema.

-Si, es él – Aramis había sonado demasiado desinteresado y aquello levanto las sospechas del Conde.

-Pero ¿Qué hace desnudo y caminando hacia granero? – Athos buscaba una explicación lógica a todo lo que estaba viendo y por lo visto su interlocutor lo sabía de sobras.

-Me imagino que se va colgar –Aramis hecho un último vistazo al granero en donde Porthos recién había entrado y volvió a su escritorio para sentarse y así retomar con su tarea.

-¡¿Se va matar?! – Athos volvió a mirar al granero y luego miro nuevamente a su amigo quien parecía totalmente ajeno a la decisión de su mejor amigo de matarse.

-Ha estado insinuando que lo haría y esta noche habrá tomado la decisión de hacerlo, hay que dejarlo que lo intente – El obispo no había levanto su vista del papel ni un sola vez, el Conde no podía creer todo aquello. Sus amigos poco a poco iban perdiendo el juicio. Primero D'artagnan ahora Porthos ¿Qué era lo que les ocurría?

-¡Se va a matar! – Athos le gritó a Aramis y se echó a correr para poder llegar al granero antes de que Porthos lograra su cometido de quitarse la vida.

El Conde corría escaleras abajo mientras escuchaba como Aramis lo seguía pero con paso muy tranquilo detrás de él. Porthos se iba a matar y el obispo no reaccionaba. A caso ¿Había entrado en shock? Pero no tenía tiempo que perder y al llegar a las afueras de la casa vio como el granero que se encontraba a unos cuantos metros más allá se derrumbaba frente a él.

Aramis llego al lado de Athos con una sonrisa amplia pero aun así sus ojos detonaban cierta preocupación al mirar el granero. El conde cada vez se hallaba más perdido en aquella situación.

-Soy genio no ingeniero – le dijo a su amigo antes de echarse a correr al granero pero en el camino se encontró a Porthos quien salía de las ruinas desnudo, con una gran viga en las manos atada a la soga con la cual había intentado matarse.

-Aramis tú lo hiciste, sabías que me quería matar y me lo has impedido – dijo el gran señor Du Vallon levantado la viga haciendo el ademan de pegarle a su amigo – ¡Admítelo! – inquirió el hombre muy molesto.

-Si he sido yo el que ha cortado las vigas. Porthos pero por el amor a Dios tapate – Aramis le lanzo una capa a Porthos para que dejara de mostrar todo en público y lo miro de manera muy sería –Ahora déjate de comportar como un verdadero inútil y empieza a comportarte como debes

Porthos al ver a Aramis y a Athos un tanto molestos con él se tapó dejando escapar un suspiro y agacho la cabeza. Asumía su responsabilidad se había comportado de manera muy tonta.

-Bien de acuerdo, me comportare

Tanto Aramis como Porthos pasaron poder delante del Conde quien se había quedado con la viga en la mano, al verse solo y con varias doncellas mirándola decidió echarla al montón de escombros. A veces el Conde juzgaba mal a las personas, se sentía un tanto culpable de dudar de Aramis.

Miró hacia al granero una vez más y al volver la cabeza hacia la casa en donde dormía y ver hacia una de las ventanas en el piso alto de la casa se encontró con que Phillippe se hallaba en la ventana. ¿Qué estaría pensado el muchacho de todo aquello? Seguramente que un par de locos los habían liberado.

Mientras tanto en Palais Royal el capitán de los mosqueteros movidos por sus propios pensamientos caminaba por los pasillos. Tenía que conseguir las respuestas para poder llegar a la verdad y la verdad estaba relacionado con aquello que estaba planeando Aramis. Con los años se había puesto muy perspicaz y ahora el capitán sabía que Anne podría tener las piezas que le faltaban para poder armar el rompecabezas

Llego hasta el cuarto de la reina y con sus nudillos toco suavemente la pared hueca. Sabía de sobras que a estas horas ella estaría sin la compañía de su dama de compañía de toda la vida.

D'artagnan espero pacientemente detrás de la puerta pero la verdad era que se le hacía demasiado larga por mucho que fueran cinco segundos. El hombre decidió entrar a la alcoba de su majestad si esperar de una voz que lo autorizara entrar.

Anne vio que la puerta del pasaje se abrió y levantó bastante apurada de la cama. Estaba muy asombrada con la actitud del mosquetero. Su cuerpo hablaba por ella. Aún tenía y sentía a flor de piel sus sentimientos. Se acercó al gascón para que su voz no sonara demasiado alto y si las paredes tenían oídos lo mejor era que no la escuchara, quería gritarle pero ya no estaban solos en la capilla. Ahora dentro del palacio debía cuidarse porque todo siempre llegaba a los oídos del joven monarca.

-¿Qué hace usted aquí? ¿A caso usted se ha vuelto loco? – ella le reprochó al mosquetero mirándolo a los ojos mientras sentía que su corazón volvía a latir con fuerza.

-Sabe usted que es así, estoy loco y sabe muy bien que si no fuera de esa manera no me hubiera enamorado de usted – D'artagnan sonrió mostrando sus dientes blancos y antes de que ella pudiera decir algo, él prosiguió – Pero me pongo más loco si no sé qué es lo que pasa a mi alrededor. Anne por favor dígame ¿Qué sucede? – Suplico él

- No me ha sucedido nada, D'artagnan. Nada sucede – la reina se alejó del mosquetero dando unos cuantos pasos hasta llegar al borde de su cama y sentarse. Ella sabía que el gascón no se iría fácil de allí.

El mosquetero la miro pero acostumbrado a las mentiras debía decir que los reyes eran los más malos a la hora de mentir. El hombre dio solamente un paso para acercarse a ella y la miro relajadamente. Casi que estaba feliz de la situación. La conocía demasiado bien.

-Entonces my lady ¿Por qué ha visitado la capilla llorando? Eso no es muy común en usted, no a estas horas por lo menos.

La reina no miro al mosquetero sino que miró hacia la ventana intentando evadir aquella pregunta con la mirada. Sabía que D'artagnan conocía perfectamente cada paso que daba tanto ella como el joven rey. Pero tenía que mentir, no era justo para él que supiese la verdad.

-Siempre voy a rezar a la capilla señor, es una pregunta un tanto rara para alguien que está vigilando todo el día a su majestad. Creí que usted sabía perfectamente los lugares a los que yo suelo concurrir, rezar es lo único que puedo hacer capitán. – Ana de Austria se paró de la cama para caminar hacia su tocador.

-No ha creído mal mi señora, se perfectamente que usted es muy devota pero se me ha hecho raro que haya ido a estas altas horas de noche. Son más de las doce mi señora, usted nunca sale tan tarde de vuestros aposentos. Como me ha dicho yo sé perfectamente cada movimiento que usted da. – el mosquetero volvió a sonreírse cruzando sus brazos por arriba de su pecho. Había dado unos pasos para que el espejo del tocador lo reflejara.

Ana de Austria miro al mosquetero intentando molestarse con él pero realmente no podía hacerlo. No luego de aquella terrible noticia pero tenía que seguir fingiendo. Después de todo llevaba años fingiendo que en su corazón no pasaba nada.

-¿A caso capitán usted me está vigilando? – la reina se levantó una de sus manos para tomar algo sin importancia del tocar. Había hecho aquella pregunta mirándolo atreves del espejo.- ¿Desconfías de mis palabras capitán?

D'artagnan sintió aquella pregunta muy profunda, tanto que llego a sentirse incomodo de cumplir su deber y de sentir aquello que sentía por ella.

-No...- la miro y dejó escapar un leve suspiro de sus labios – Majestad, no solo os protejo sino que me preocupo por usted. La amo y realmente se demasiado bien que algo está ocurriendo – D'artagnan dio unos pasos hasta llegar hasta el tocador y colocó su mano debajo de la barbilla de la reina madre – Se nota en vuestros ojos que estáis triste, lamentablemente my lady los ojos son las puertas al alma y su alma tiene un pesar muy grande en estos momentos. Por favor Anne – rogó el hombre colocándose a la altura de la soberana - dígame por favor que es lo que ocurre para poder yo así aliviar vuestro dolor.

La reina cerró los ojos y abrazó al mosquetero, demasiada insistencia por parte del hombre que amaba. No podía seguir con aquello de mentirle, de no decirle lo que realmente estaba sucediendo con ella porque sabía que D'artagnan insistiría hasta saber la misma verdad. Él siempre había sido diferentes a todos, no se conformaba fácilmente cuando la veía preocupada.

-Has ganado capitán os contare que es lo que está pasando – ella tomó la mano de él para conducirlo hasta los pies de la cama. El mosquetero la siguió sin decir nada simplemente la observó esperando poder escuchar aquello que tanto anhelaba. – Siéntate por favor.

D'artagnan sonrió de costado y negó con la cabeza para borrar un recuerdo de anteaño que pasaba por su cabeza. Un situación muy similar, no en ese lugar, pero era muy parecida la situación.

La sonrisa del hombre se borró al ver que la reina estaba seria y paso su mano por su bigote. Ya estaba entrando en cierto grado de nerviosismo.

-¿Recuerdas la noche en que Luis nació? – pregunto ella mirándolo a los ojos.

-Si claro, como podría yo olvidarme de aquella noche...- D'artagnan suspiro, sus recuerdos a pesar de exceso de alcohol de aquella noche eran demasiados nítidos. Tantos que aún podía sentir como su pecho se reducía y tenía aquel sabor agridulce – Una noche demasiado especial.

La reina se sentó al lado del mosquetero y tomo sus manos.

-No te he contado todo de aquella noche, D'artagnan... - ella trago saliva para poder empezar el relato pero justo en aquel momento la puerta de la alcohola real era llamada.

Ambos se miraron y D'artagnan se maldijo mentalmente así mismo por tener tan buena suerte. La reina por su parte mucho más rápida lo miró y le indicó el ropero con una elegante seña

Escóndete ahí

El capitán tenso la mandíbula y negó con la cabeza. Él no quería esconderse ahí, durante muchos años había sido rápido con los escondites pero los roperos le traían un recuerdo no muy grato.

-Detrás de la cortina... - dijo él casi al mismo tiempo que se iba a tirar al piso pero su brazo fue tomado por la mano de la reina, quien con poca fuerza pero tenacidad movía al mosquetero por la habitación

No podemos arriesgarnos a que te descubran aquí y a estas horas, por favor caballero escóndase en el ropero. El señor La Porte nunca le importo...

D'artagnan negó con la cabeza, él no podía comprarse con la mano derecha de la reina no estaba depuesto a meterse entre tanta ropa.

-Me asfixiare señora con vuestra ropa – suspiro adentrándose en el ropero pero no le quedaba otra que esconderse allí.

La reina le dedicó una sonrisa al mosquetero y cerró la puerta del ropero, luego se colocó una de sus batas de levantarse y camino con tranquilidad hacia la puerta de entrada.

Al abrir una de las hojas vio a un mensajero muy joven, el muchacho se veía muy ansioso pero al ver a la reina abrir lo había descontrolado más, ahora el joven transpiraba fríamente.

-Discúlpeme su majestad por venir a interrumpir vuestro sueño pero el señor Fouquet me ha mandado para que os entregará esta carta – el joven agacho la cabeza mientras extendía su mano, la cual llevaba una carta con el sello del superintendente.

Anne estaba muy apurada como para pedir más explicaciones al mensajero, lo miró con una sonrisa calidad y tomó la carta con elegancia.

-Gracias, puede decirle a M. Fouquet que mañana tendrá mi respuesta. Ahora si no hay nada más para mí, puede retirarse.

El muchacho se inclinó frente a su majestad haciendo una reverencia y salió del hall de la habitación mientras que ella cerraba la puerta detrás de si para volver a reunirse con el mosquetero.

La reina se adentró en su habitación para dejar la carta sobre su escritorio, la carta no era tan importante como lo que le tenía que contarle al gascón. Así que la dejo junto con otros papeles y camino hacia al ropero para abrir la puerta de su armario y ver que D'artagnan traía mala cara.

-Si su majestad fuera tan amable de ayudarme a salir de entre tantos vestidos porque están causando en mí una asfixia, y no sería nada bueno morirme de esta manera. Como buen soldado que soy prefiero un campo de batalla. – la reina le sonrió pero no dijo nada sino que se hizo a un lado y el hombre pudo liberarse de aquella trampa mortal que era la ropa femenina. – Nunca he entendido como podéis usar esta ropa, es como si fuerais cebollas, capas y capas de ropa

Anne se rio y volvió a indicarle la punta de la cama para que el mosquetero volviese a tomar su lugar.

-Os digo enserio, no os entiendo – suspiro y la miro de nuevo a su lado.

-Todo tiene una explicación caballero pero ahora sigamos con lo que había comenzado a relatarle – ella volvió a tomar aire antes de mirar a D'artagnan a los ojos – Todo comenzó aquella noche cuando Luis nació... - se hizo una pausa en donde solo se podía escuchar la respiración de ambos.

D'artagnan entendiendo que aquello que la reina tenía para decirle debía ser muy importante y doloroso. Así que tomó las manos de ellas y la miro

- Os escucho my lady, estoy aquí para escuchar cualquier cosa que salga de vuestra boca y pueda así ayudar a que no sufra tanto.

-Gracias – aquellas palabras del capitán la habían ayudado a su decisión de seguir adelante con el relato – No solo Luis nació aquella noche sino que también había dado a luz a otro pequeño, a Phillipe...

Los ojos del mosquetero se habían entrecerrado sin entender demasiado bien, o bien si había entendido aquellas palabras pero buscaba algo dentro de su cabeza que hiciera efecto. Le habían dado tal golpe en el corazón con aquella confesión que Ana de Austria lo había dejado sin habla. La reina con un poco de miedo lo miró esperando algo más de reacción del hombre.

-¿Phillipe? – D'artagnan busco los ojos de la reina

-Durante años creí que Phillippe había muerto durante el parto, aquello era lo que me había dicho Luis al nacer , él me dijo que él único que había sobrevivido al parto había sido Luis y que Phillipe había muerto – las palabras cada vez salían más baja y apretadas de la boca de la reina y D'artagnan estaba intentado salir de aquel transe en el que había entrado – el viejo rey en su lecho de muerte nos confesó a Luis y a mí que Phillippe no había muerto en el parto y que había sido apartado de la casa para vivir una vida en un pueblo al sur de Francia . – Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de la reina y D'artagnan que comenzaba a reaccionar poco a poco la miro para posar una mano sobre su mejilla y así limpiar una de aquellas gotas – pero Luis busco a su hermano y lo encontró ... lo encontró y lo envió a la isla Santa Margarita – Anne abrazo al mosquetero sin poder soportar más aquella confesión y se aferró a él con fuerza – Luis me ha hecho llegar una nota dándome el aviso de que Phillippe ha muerto en aquella cárcel solo

La reina se separó del mosquetero para mostrarle el papel que indicaba la muerte de aquel muchacho llamado Phillippe.

-Perdóname, siempre quise contarte la verdad D'artagnan pero ya llevabas una carga muy pesada como para que todo fuera peor.

El mosquetero trago saliva mientras leía aquel papel y luego cuando termino la carta miró a la reina quien no paraba de llorar.

-Yo, no sé qué decir – la cabeza de D'artagnan daba vueltas y el luchaba contra sus pensamientos para poder contestarle lo más lúcido que podía. Tenía demasiadas emociones en aquel momento. La amaba pero no entendía como había podido ocultarle algo así – Yo... - D'artagnan leyó la fecha de muerte de Phillippe y luego alzo la vista para ver a la reina con cierto brillo en los ojos. – No debo perdonarte nada my lady, tú no eres más que una pieza en este rompecabezas – D'artagnan toco la mejilla de la reina - ¿Hay alguien más aparte de ti sabe la verdad sobre Luis y Phillippe?

El mosquetero se levantó de la cama y la reina lo miro negando con la cabeza.

-No, no hay nadie más que sepa sobre el secreto.

D'artagnan se mordió el labio superior lleno de felicidad y se acercó a la reina para darle un beso corto en los labios.

-No lloréis más mi señora, Phillipe debe estar vivo y eso os puedo jurar como que soy gascón y os amo. Esto es obra de Aramis – D'artagnan coloco un dedo sobre los labios de la reina – Shhh nadie más puede saber esto, yo mismo encontrare a Phillippe para que os podáis ver con él

D'artagnan dejo un beso sobre la frente de la reina y sin que ella o alguien más le pudiese decir nada, esa misma noche desapareció del palacio real en busca de sus amigos.