Resumen: John descubre que no es un niño como todos los demás en su décimo cumpleaños. Conocerá a un misterioso niño, Sherlock, con el que compartirá toda clase de aventuras mientras crecen juntos. Pero el futuro les pondrá a prueba. ¿Serán capaces de sobrepasar todo y seguir juntos?

Capitulo: 1/10
Rating: +18 (en capítulos posteriores)
Beta: Ranchel

¿Hola? ¿Sereis buen s y no me matareis? ¿No? Gracias. Lo sé, lo sé. Tengo dos fics sin acabar y parados desde hace casi un año.
Pero ahora hablemos de este. Está ACABADO. Lo que quiere decir que no os abandonaré con este. Tengo los diez capitulos escritos y corrregidos.
Subiré uno cada semana, aproximadamente.

Este fic está inspirado en los dibujos y comics de flyingrotten (links en mi perfil, los dibujos contienen SPOILERS de capítulos futuros). Muchas de las escenas son mi interpretación de alguno de sus dibujos.
No habría podido hacer este fic sin Ranchel por betearme y aconsejarme tan maravillosamente y Momo que no sé como no se ha hartado de mi ya.

Os dejo con el capítulo.

CAPÍTULO 1

John corría por el campo con su avión nuevo. Lo movía en el aire una y otra vez sin dejar de hacer ruidos de motor con su boca. Era feliz. No se esperaba ningún regalo para su decimo cumpleaños y cuando bajó a desayunar y descubrió el paquete envuelto en papel de periódico se puso eufórico. Era un avión de madera, solo constaba de dos piezas pegadas malamente, pero hacía años que no recibía ningún regalo. Abrazó a sus padres y a su pequeña hermana y en cuanto le dejaron salió fuera a jugar con él.

Era 6 de Agosto y hacia un calor horrible pero no parecía importarle. Escalaba las rocas para elevar el avión lo más alto posible.

A la hora de la comida regresó a casa. Estaba acostumbrado a salir a jugar por el campo y no tuvo problema para regresar a la pequeña casita que había construido su padre.

— ¡De mayor voy a conducir un avión!— gritó lleno de alegría cuando ya estaban todos sentados en la mesa y su madre repartía la comida.

— Se dice pilotar y no, no lo serás. No tenemos dinero ni para comer, ¿como vamos a pagarte el entrenamiento?— le contestó su padre furioso.

— Albert...— susurró la madre—. Seguro que eres piloto, cariño, y nos llevas a todos a América.

John sonrió y dejo que su madre le colocara una servilleta al cuello para no mancharse. Aquel día había puré de patata, como cada lunes miércoles y sábado.

Después de comer se echó la siesta junto a la cuna de su hermana. Esta no paraba de llorar pero John se había ido acostumbrando a escucharla todas las noches. Nada mas despertarse cogió su avión y salió de nuevo al exterior. Esta vez fue al rio y se quitó los zapatos para poder bañarse. Dejó el juguete junto a la orilla y se metió al agua. Estaba fría, como le gustaba a él.
Pescando ranas se le pasó el tiempo volando y no supo que llegaba tarde a casa hasta que vio a su padre caminar hacia él con los ojos entrecerrados por la furia.

— ¡Que cojones te pasa! ¡Mira qué hora es! ¡Tu madre está preocupada!— le gritó y se metió al agua con botas para cogerle del brazo y tirar de él—. ¡Si es que vaya hijo que tengo!

Cogió los zapatos de John con la otra mano y le empujó camino de vuelta a casa.

— Papa, mi avión...— gimoteó John.

— El avión, el avión. Estoy del avioncito hasta los huevos— le gritó.

John miraba hacia atrás llorando en silencio. Su primer regalo en mucho tiempo y ahora lo había dejado en el rio.

Llegaron a casa enseguida, su padre le hacía daño en la muñeca de apretar tanto pero John estaba acostumbrado y sabía que era mejor no quejarse. Antes de entrar Albert soltó a John.

— Ponte los zapatos y que sea la última vez que no vuelves a la hora.

Tiró los zapatos a la tierra y entró dentro. El niño se sentó en una piedra y se los ató. Tenía la ropa aun húmeda y tenia frio. También llevaba los pies manchados de barro por haber caminado descalzo pero mejor sería no decírselo a su madre.

Entró en silencio y se sentó en la mesa para cenar sopa que comió con rapidez ya que estaba caliente.

— Me voy a dormir ya, mamá— se metió al cuarto que compartía con su hermana y se quitó la camiseta.

— No he podido comprarte un trozo de tarta. Pensé que el avión seria mejor, ¿donde lo tienes?— le dijo cariñosamente.

— Está... Lo tengo guardado en un sitio secreto.

— Claro que si, cielo. Que duermas bien, que ya eres mi chico mayor... Ya tienes diez añazos. Me acuerdo de cuando eras un bebé y movías las manitas así...

— Mamá...— dijo John avergonzado.

— Vale, vale. Ya eres muy mayor para mimos. Buenas noches, hijo— le besó en la frente y salió del cuarto.

Harriet lloraba en su cuna lo que hacía que John no escuchase los gritos de su padre pero no podía dejar de pensar en su avión. Estaba encima de la hierba, junto al agua. Pensó en ir a buscarlo al día siguiente pero alguien podía quitárselo... Su madre se metió en la cama poco después y su padre se fue al bar del pueblo, a unos veinte minutos andando. Si lo planeaba bien nadie se daría cuenta.

Esperó a que su madre se durmiera y salió de la cama. Las luces estaban apagadas pero no chocó con nada en su camino hacia la puerta. La abrió sin hacer ruido y salió fuera. Hacia frio, por las noches siempre hacia frio y más con el pijama que llevaba. Corrió por el bosque oscuro hacia el rio.

— ¡Sí!

El avión seguía en el mismo sitio. Lo cogió y lo observó con la poca luz de la luna que se colaba entre los árboles.

En el camino de vuelta pasó por un claro. La luna era llena y más grande de lo normal. John se quedó mirándola, era bonita. Elevó el avión al cielo y lo puso a contraluz. Veía la luna y la sombra del juguete. John rio contento.

Echó a correr hacia casa pero paró nada más empezar a moverse. Los pies le dolían de pronto, tanto que tuvo que sentarse ya que no podía seguir de pie. Las piernas le empezaron a picar, primero un poco y cada vez más y más. John lloraba de la angustia. Se rascaba y rascaba pero no pasaba el picor. Este se extendió por su cuerpo, espalda y hasta los brazos. La cara le empezó a picar y se rascó con fuerza hasta que de pronto sintió dolor. Se miró las manos y gritó del susto. Aquellas no eran sus manos. Tenían pelo, mucho pelo, y en lugar de uñas tenia garras.

John se puso de pie y echó a correr. Gritaba y gritaba pero ya no eran sonidos humanos. Se asustó cuando escuchó un ladrido pero siguió corriendo hacia el bosque donde las piernas le fallaron y cayó rodando al suelo.

Cerró los ojos con fuerza. Solo era un sueño. No tenía que haber salido de casa por la noche. Papa le pegaría. Mamá lloraría. Abrió los ojos y los cerró de golpe. Veía cosas raras, olía todo. Podía escuchar el sonido de los insectos al batir las alas como si los tuviese dentro de la cabeza. Intentó taparse las orejas con los brazos pero estos se sentían raros y llenos de pelo. Se revolvió en el suelo, frotándose con fuerza contra la tierra para intentar quitárselos, como si llevase puesto un disfraz. Gritaba y gritaba. Con su nuevo oído pudo escuchar algo aproximándose hacia él, unas pisadas sobre la tierra húmeda. No le importó, intentó arañarse e incluso morderse para quitarse aquella piel hasta que se hizo daño.

— No hagas eso...

John se congeló de pronto y giró la cabeza hacia donde provenía la voz. Parpadeo varias veces para quitarse las lagrimas de los ojos. Era un niño como él, o como lo era antes. John sollozó y volvió a arañarse la cara.

— Para, te vas a hacer daño.

La voz se escuchó casi encima de él y John dio un respingo. El niño estaba junto a él y tenía una mano extendida, casi tocándole. John intentó ponerse en pie y se cayó al suelo. Tenía que alejarse de él. Con gimoteos consiguió sostenerse sobre las cuatro patas pero al intentar caminar se tropezó y volvió a caerse al suelo.

— Espera, no te vayas.

El niño caminó hacia él y se puso de cuclillas junto a él. John le observaba aterrado, sin poder dejar de llorar. Su pecho subía y bajaba muy deprisa, aun así no tenia aire suficiente. Se dejó caer al suelo y se tumbó de lado. Podía ver sus cuatro patas sobre la hierba y eso solo hizo que llorara de nuevo. No comprendía, no entendía que estaba pasando. Solo quería despertar de esa pesadilla.

— Tienes que tranquilizarte...— le susurró el niño como si aquello fuera un secreto.

John le miró e intentó hacerle caso. El niño misterioso le sonrió y John pudo verlo en la oscuridad. Cerró los ojos y se imaginó que seguía en su casa, en la cama, con Harriet llorando a su lado y mamá durmiendo junto a él.

Tras unos minutos notó que algo le tocaba la pata y la quitó como un acto reflejo. Abrió los ojos y vio al niño tumbado junto a él. Tenía la mano junto a su pata y la tocó de nuevo, John no la retiró esta vez.

— ¿Mejor?

El niño tenía la cabeza llena de rizos negros y unos ojos grises muy claros que lo impresionaron. El chico misterioso le sonreía como si pudiera comprenderle y eso tranquilizó al rubio. Aun así no se atrevió a moverse. Quería estar con su madre, que le tratara como a un bebe, pero quería estar con ella.

El niño se sentó y le acarició el lomo. John se tensó pero rápidamente sintió una sensación relajante y dejó que le acariciara.

— Te he visto... Eres como en mis cuentos de cuando era pequeño— John le miraba fijamente extrañado—. Es muy raro, pensaba que solo pasaba en los libros— el niño retiró la mano y se la metió en los bolsillos—. Mi tía Agatha, me regaló un libro hace muchos años de gente como tú, que con la luna llena se transformaban en monstruos medio lobos, pero tú eres más como un perro, como Tika, es mi perra— siguió hablando el niño—. Yo me llamo Sherlock— John gimoteó y apoyó la cabeza sobre una de sus patas—. Creo que se te pasara cuando salga el sol por la mañana. Si quieres puedo quedarme contigo.

John levantó la cabeza de nuevo y la ladeo. Sherlock le sonrió por milésima vez y se puso a observar el bosque. No entendía porque seguía aquel niño con él, ¿no se asustaba? Si le había visto transformarse en aquel perro como es que no huía y se escondía. Él se asustaría si viera alguien así. John se puso a pensar si aquel niño no tenía amigos y se había quedado a su lado por eso. Él tampoco tenía amigos. Los niños del colegio no le hablaban pero el prefería estar solo. Quizá aquel niño si podía ser su amigo. Se lo preguntaría cuando pudiera hablar. También le preguntaría que hacia fuera de casa tan tarde por la noche.

— ¿Ahora puedes oler más cosas? ¿Ver más lejos? ¿Oír mejor?— preguntó de pronto Sherlock emocionado.

John ya había notado ese cambio y le dolía la cabeza pero solo suspiró deseando que aquello acabase.

En algún momento se durmió y cuando despertó ya era de día. Gritó de alegría al ver su cuerpo de personita como siempre. Estaba desnudo y hacia frio pero eso era lo menos importante en aquel momento. Aquel chico, Sherlock, ya no estaba. John corrió hacia casa lleno de alegría. No sabía que diría, tampoco sabía dónde había dejado su avión. Cuando entró todo estaba en silencio. El reloj marcaba las seis y media así que sus padres aun seguirían durmiendo. Se metió en la cama y cerró los ojos, durmiéndose de nuevo hasta que su madre le despertó mas tarde.

Tocaba baño y John lo agradeció ya que tenía suciedad por todas ían una pequeña bañera que se llenaba con agua no muy caliente pero al rubio le encantaba jugar con el agua y chapotear. Su madre le preguntó por el avión y le dijo de nuevo que lo tenía escondido para que no se lo quitaran. Podía volver al claro e intentar buscarlo pero casi no recordaba por donde había estado corriendo. En realidad para John, la aventura de anoche era un sueño, o al menos el lo sentía así. Era imposible que hubiera pasado aquello y solo de pensarlo volvía a tener miedo así que prefirió dejarlo en un sueño.

Era tiempo de recoger las pequeñas verduras que tenían en su huerto y a John le encantaba ayudar a su madre. Luego ella preparaba una sopa de verduras riquísima y guardaba el resto para gastarlo durante varias semanas. A Harriet también le gustaba porque cuando se la daban dejaba de llorar. Y así, poco a poco, se le olvidó la noche de su cumpleaños y también del niño misterioso, Sherlock.

Pasaron las semanas y todo era como siempre, septiembre se acercaba y eso significaba volver al colegio. John estaba emocionado el uno de septiembre. Ya había desayunado y se había peinado y todo. Su madre le dio un beso y le guardó una manzana en la mochila.

— Ve con cuidado, cariño, no vayas corriendo.

— Sí, mamá. ¡Adiós, Harriet!

Salió de casa y se echó a caminar hacia el pueblo. Le gustaba su colegio, pero sobretodo le gustaba su profesora. La señorita Grace era una chica joven y amable, les había enseñado a multiplicar con juegos y a John le caía muy bien. A veces salían fuera a ver la naturaleza y los pájaros. Todos los niños la querían, todos menos Tom y sus amigos. Él se reía de su profesora y les robaba la comida a algunos niños. También se reía mucho de John y de los agujeros que llevaba en los pantalones pero este había aprendido que ignorándole era como mejor podía evitarle. Algunas veces le había pegado pero nunca se chivó.

John sabia que ese año iba a ser diferente, lo notaba. El primer día había sido genial. Su profesora les había mandado escribir una redacción contando lo que habían hecho durante el verano. Casi todos se habían ido a la costa pero él había hecho lo mismo de todos los años. También explicó que tenía un avión pero que lo perdió en el campo. Cuando llegó a casa le contó todo lo que había hecho a su madre.

La primera semana de colegió se le pasó volando. Ya era de noche cuando estaba jugando con una pelota cerca de su casa. Su madre le había dejado salir por haberse portado tan bien pero no podía alejarse mucho de casa. Chutó la pelota y la tiró lejos para ir corriendo a por ella. Fue cuando todo le vino de nuevo.

El picor, el escozor... Estaba pasando de nuevo. Miró al cielo. La luna volvía a estar llena, habían pasado cuatro semanas y ahí estaba otra vez, llena, brillante y más grande de lo normal. Casi burlándose de él. Se metió entre los árboles y se hizo un ovillo en el suelo hasta que dejó de picarle. Abrió los ojos una hora después. No le gustaba esa vista nueva, no le gustaba ver en la oscuridad ni oler la comida que hacían en el pueblo ni nada de eso. Su madre se estaría preocupando y saldría a buscarle fuera. Entonces saldría su padre y se pondría a chillar y a buscarle. No podía encontrarle así. Intentó ponerse de pie y lo consiguió. Otra cosa era caminar. Eso sí que era difícil. No recordaba ni como andaban los perros así que se pasó argos minutos intentando moverse con soltura.

— ¡Niño—lobo!

John se giró hacia el sonido. Estaba muy lejos pero le pudo escuchar y reconoció su voz, era Sherlock.

— ¡Niño—lobo!

Con cuidado se puso a caminar hacia él hasta que le encontró. El niño sonrió y corrió hacia él, se tiró al suelo y se sentó de rodillas para quedar a la misma altura.

— ¡Hola! Ya sabes andar. Te iba a enseñar yo— John le miró con curiosidad—. Hoy es luna llena otra vez— dijo señalando al cielo—, puedo decirte cuando va a ser Luna llena para que estés preparado, tengo un libro sobre eso.

John se sentó sobre las patas traseras. Ahora parecía muy contento pero era como si se hubiera olvidado de que le abandonó la última vez. Le dijo que se quedaría con él y al despertarse ya no estaba.

— Mira lo que te he traído.

Sherlock llevaba una bandolera y sacó un espejo de su interior. Se lo puso delante a John para que se viera y este sollozó nada mas verse reflejado. Era un perro, un gran perro peludo de color marrón claro. John se apartó y caminó unos pasos alejándose de él. Sherlock le siguió y se sentó de nuevo a su lado.

— No tienes que estar triste. Eres un perro muy bonito. Y solo te pasa una vez al mes— le explicó como si lo supiera todo del tema.

John se tumbó sobre la hierba y bufó. El niño de rizos apoyó la cabeza sobre su lomo.

— Yo te ayudaré. Le pediré a mamá que me compre un libro sobre niños—lobo y lo traeré el próximo día.