Resumen: John descubre que no es un niño como todos los demás en su décimo cumpleaños. Conocerá a un misterioso niño, Sherlock, con el que compartirá toda clase de aventuras mientras crecen juntos. Pero el futuro les pondrá a prueba. ¿Serán capaces de sobrepasar todo y seguir juntos?

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CAPÍTULO 10

Era finales de agosto y final de verano pero todavía calentaban los rayos de sol por la mañana. John estaba sentado con la espalda recta mientras el hombre le escrutaba con la mirada.

— Y, con una trayectoria tan brillante, ¿cómo se te ocurrió tirar a la basura todo lo que conseguiste?— pregunto William Holmes con una ceja levantada.

El cabeza de la familia Holmes llevaba más de diez minutos haciéndole sentir cada vez peor. Mycroft, que se sentaba cerca, se controlaba por no echarse a reír al ver las caras que ponía el rubio.

— Es algo de lo que me arrepiento todos los días, señor. En septiembre voy a volver a estudiar— respondió orgulloso.

— Con veintidós años en primero de carrera, ya te vale aprobar esta vez.

John respiro aceleradamente y le mantuvo la mirada amenazadoramente. Abrió la boca y fue a contestarle.

— No olvides, padre, que yo ni si quiera he pisado el suelo de una universidad— le cortó el menor de los Holmes.

Estaba apoyado en el marco de la puerta, subiéndose la cremallera de la sudadera y con los rizos aun húmedos. William Holmes le miro con odio y con decepción y abrió un periódico, concluyendo la conversación.

A John le faltó tiempo para seguir a Sherlock hacia la salida de la casa.

— No tan rápido— Mycroft les alcanzó en el recibidor—. Tengo que hablar con John.

— No, hermano. No te va a coger pastelitos de la panadería de su madre— respondió Sherlock con una sonrisa de oreja a oreja.

Mycroft gruñó y cogió aire para poder ignorar aquello.

— Veras, John— le miro directamente—. Ya he tenido esta charla con Sherlock pero al ser su hermano mayor también tengo que hablarlo contigo. Tú eres médico, sabrás esto mejor que yo. Seguro que estas al tanto de todas las enfermedades de transmisión sexual que hay y...

— ¡Mycroft!— se quejó el Holmes pequeño.

— Sé que es incómodo pero no quiero disgustos. Por favor, utilizad precauciones.

— Mycroft, cállate. ¿Lo haces a propósito? Sabes de sobra que no vamos a utilizar eso porque no...

— Lo que tú digas, Sherlock. John, sé que tú tienes más cabeza que él— asintió a modo de despedida y regresó al salón.

John no dijo nada, solo siguió a Sherlock con la cabeza gacha.

Cada vez que alguien los confundía con una pareja, o les hablaban de sexo se creaba silencio y una sensación demasiado incomoda. Unos meses atrás, en casa de John, se besaron. Fue corto, pequeño y no volvió a repetirse. Ninguno de los dos lo mencionó nunca, como si fuera un recuerdo ya olvidado, algo sin importancia. Desde entonces las cosas habían cambiado. De nuevo eran los inseparables mejores amigos aunque nunca llegó a ser como al principio. Había una pequeña herida, una barrera que hacía que no pudiera ser igual que antes.

Sherlock se quedó con John en su piso, a pesar de las discusiones de sus compañeros para que el pagara una parte del alquiler también. Cuando empezó el verano John dejó el trabajo y ambos volvieron a su pueblo. Sherlock consiguió que le volvieran a aceptar la beca en la universidad y, aunque no quiso decir nada más, el rubio supo que el rector o algún cargo alto de esa escuela también tenían un pasado como el del moreno. Por las tardes se iban al bosque, a su árbol. John se transformaba a veces pero se quedaba sentado junto al moreno. Aquella tarde era como las demás solo que la incomodidad se extendería hasta el día siguiente.

— Perdona por lo de...

— No importa.

John se metió las manos en los bolsillos al sentarse bajo las ramas. Los últimos rayos del sol les daban directamente en la cara. Sherlock suspiró y se llevó una mano a la cara. Había tomado por costumbre delinear las marcas con las yemas de sus dedos distraídamente, como si ya fuera un tic.

— No deberías hacer eso— le sorprendió el rubio.

— No van a empeorar.

— Pero me recuerdas una y otra vez lo que te hice...

Sherlock retiró la mano y le miró de lado durante un rato. Después le dedicó una pequeña sonrisa triste hasta que le comenzó a temblar el labio. Flexionó las rodillas y escondió su cara entre sus brazos. El lobo no sabía muy bien qué hacer cuando se ponía así. Sherlock era muy suyo en cuestión de tocarle o intentar ayudarle.

— Si he dicho algo que te molesta...

— No, no es eso— Sherlock apoyó la barbilla sobre sus rodillas y entrecerró los ojos por la luz que le cegaba.

John se movió por la hierba hasta quedar detrás de él y puso una mano sobre su hombro.

— ¿Te acuerdas de esa colina?— señaló una pequeña montaña no muy lejana—. De pequeños te llevé en el lomo hasta la cima. Cuando llegamos clavaste un palo y dijiste que habíamos colonizado la montaña y era nuestra. Me pregunto si seguirá tu palo allí arriba...

— Han pasado años, no estará.

— Me hiciste cavar bien hondo para que el palo tuviera una buena sujeción, ya puede seguir clavado porque me hice polvo las manos por tu estúpido berrinche.

Sherlock soltó una pequeña carcajada aunque sonó aun triste. John le apretó el hombro.

— Y por esa zona de árboles tu...

— ¿Pensaste que no volvería nunca?— le cortó Sherlock sin mirarle.

El licántropo tomó aire y medito su respuesta.

— Sí. Yo no hubiera vuelto después de lo que te hice— murmuró—. Mycroft no quería ni recibirme en tu casa. Cuando regresé nadie me quería contar nada, no sabía que me habías buscado, yo hubiera...

— ¿La hubieras dejado si hubiera vuelto? No estoy tan seguro de eso.

— ¡Claro que sí! Por Dios, deja de actuar así. Si te digo que siempre me has importado es que es verdad. No vayas de pobre víctima. Joder... Sabes que la hubiera dejado y hubiera hecho cualquier otra cosa con tal de que volvieras antes.

John se apoyó contra el árbol y cerró los ojos tratando de calmar su respiración. No le venía nada bien estar alterado, no quería enfadarse y repetir aquello otra vez. Sherlock se escondió entre sus brazos de nuevo y estuvieron así hasta que se puso el sol.

El moreno no llevaba una chaqueta muy gorda y estaba temblando ligeramente. John le toco el hombro para indicarle que volvieran ya a casa pero cuando se quiso incorporar el otro le sujetó la muñeca con fuerza.

— ¿Qué haces...?— pregunto un John confuso.

Sherlock se movió por el suelo hasta quedar frente a él. Le miro a los ojos durante lo que al lobo le parecieron siglos. Abrió la boca para preguntar otra vez y su amigo le calló con un beso. Aquello le tomó por sorpresa y se quedó rígido con los ojos completamente abiertos. Sherlock tampoco se movía. Estaba quieto, presionando sus labios contra los del otro, esperando alguna reacción. John se separó unos milímetros necesarios para poder atrapar su labio inferior entre los suyos. El moreno respondió al instante, colocándose más cómodamente. El rubio apoyó la espalda en el tronco del árbol y llevó sus manos por la espalda del alto hasta enredar los dedos en sus rizos oscuros. Escuchó como dejaba soltar un suspiro de alivio y le abrazó más fuerte, demostrándole que estaba ahí y que no se iría.

Sherlock fue el que se separó y apoyó su frente contra la del otro, cogiendo aire. Le estaba sujetando del abrigo tan fuerte que no se irían las arrugas que estaba dejando. John le acarició la nuca y deslizó las manos hasta sus mejillas, sujetándole el rostro con cuidado.

— ¿Qué pasa?

— ¿Por qué...?

— Creo que es algo obvio.

Tras el rápido intercambio de palabras Sherlock esbozó una sonrisa que acabó siendo una pequeña carcajada. John sonrío también mientras sus pulgares le acariciaban sus marcados pómulos. El moreno levantó la vista y suspiró pero el rubio volvió a besarle antes de que hiciera nada más. Le abrazó por el pecho y le dio pequeños y cortos besos por los labios y la comisura de estos, volviéndole a demostrar lo que no se podía decir con palabras. Sherlock le abrazó por la cintura cuando profundizó los besos.

El lobo le dejaba llevar el control en todo momento, que fuera el quien pusiera el ritmo. Aquello no sería fácil para su amigo y solo quería hacerle sentirse bien otra vez. La lengua de Sherlock describió los labios de su viejo amigo, casi memorizando la forma y textura de estos, y cuando estuvo listo pidió paso hacia la boca de John. Este le recibió agradecido y su lengua acaricio la suya a modo de saludo. Sherlock se lo tomó bien y poco a poco fue avanzando. Pasó todo muy despacio, tenían todo el tiempo del mundo.

En algún momento el rubio desvió sus besos por la mandíbula de Sherlock, por su cuello y por la poca piel de su pecho que dejaba ver la camisa. Volvió a besarle la boca y sus manos empezaron a abriros botones de su camisa, con lentitud, dejando que el otro le detuviese en cualquier momento. Pero no pasó. La camisa quedó completamente abierta exponiendo su torso blanco como el marfil. Estaba frío bajo los dedos de John que rápidamente se pusieron a calentarle con caricias y roces. Notaba su diafragma contraerse y relajarse según donde tocaba. Resultó que Sherlock tenía los pezones muy sensibles cuando al acariciar varias veces el derecho soltó un pequeño gemido. Se separó y John pudo verle sonrojarse. No había visto algo tan bello en su vida. Para no asustarle se quitó el abrigo y la camiseta que llevaba, quedando en igual de condiciones.

El moreno le miro detenidamente y sus manos dibujaron cada una de las líneas del cuerpo de John. Sus brazos, su pecho, su estómago, hasta dejar las manos sobre sus hombros. El lobo las cogió con las suyas y besó ambas palmas con cariño.

A partir de ese momento los besos se volvieron más profundos, las caricias más fuertes y en pocos minutos sus pechos subían y bajaban con rapidez, buscando el aire, queriendo más. John no quiso realizar el primer movimiento. Estaba demasiado preocupado por la reacción que podía tener el otro y le concedió el mando de la situación. Las manos del moreno ya se habían aprendido de memoria todas las líneas del cuerpo del rubio. A veces presionaba, otras acariciaba o arañaba. También encontró el punto sensible de John detrás de la oreja y una zona del cuello que le hacía suspirar cada vez que besaba. Una de sus manos bajó hasta el muslo y se quedó allí mientras le seguía besando. Poco a poco se empezó a mover hacia dentro, queriendo descubrir más del cuerpo de John. Notaba como el otro se movía inquieto cada vez que avanzaba un poco más, como el pantalón de ambos cada vez quedaba más apretado.

Estaban en el bosque, de noche, con un frío infernal. En lo último en lo que pensaban era en las recomendaciones de Mycroft o en lo manchados que probablemente acabaría. Pero aquel era su rincón, su árbol, donde se habían sentado durante años y años, donde habían crecido juntos y no había ningún sitio mejor que aquel.

La mano de Sherlock prosiguió su aventura y con el dedo índice se aventuró a rozarle la entrepierna. John dejó de besarle en ese mismo momento.

— Sherlock, no... No tenemos que hacer nada. Tenemos que ir a nuestro ritmo. No apresurar las cosas.

El aludido negó enérgicamente con la cabeza mientras le miraba fijamente.

— Lo sé, John. Sé que tu no me forzarías a hacer nada que yo no quisiera. Por esa razón quiero hacerlo. Puede ser ahora o en unas semanas pero quiero hacerlo, llevo queriéndolo hacer demasiados años...

John levanto la vista y pareció sorprendido de escucharle decir aquello. Después sonrío y volvió a besarle.

— Está bien— le susurró al oído.

Sherlock se movió para quedar entre las piernas de John, cadera con cadera, y se dispuso a desabrochar el pantalón a su compañero. Bajó la cremallera para descubrir sus apretados calzoncillos grises. Estuvo acariciando el elástico durante varios minutos antes de atreverse y bajarlos lo justo para liberar la erección de John. Este gimió de alivio.

— Ya veo porque esa mujer no te soltó en tres años— bromeó el moreno.

— Cállate— respondió el otro completamente sonrojado.

No podía decir que había soñado miles de veces con ese momento pero no negaría que a partir de entonces no querría otra cosa. Aunque Sherlock hubiera avanzado de tal manera aún tenía reparos en tocar ciertas partes de su cuerpo. Pero este sabía lo que pensaba en cualquier momento y, cogiendo una de sus muñecas, le guío la mano hasta su propio pantalón. John le desabrochó el pantalón y le bajó los boxers negros hasta que ambos estuvieron igual. Con sumo cuidado tomó su miembro con la mano izquierda y la deslizó de arriba abajo una sola vez. El sonido que hizo el alto fue indescriptible. Repitió la acción y comenzó un suave bombeo, acariciando la punta de vez en cuando.

A Sherlock le tomó más tiempo del que debería reaccionar y hacer lo mismo con John. Este gimió levemente agradecido y mordió su labio inferior.

Pasados unos minutos los besos eran demasiado torpes y simplemente presionaron sus frentes juntas. Los jadeos era lo único que se escuchaba en el silencio sepulcral de aquel bosque. Sherlock fue el primero en llegar y cerró los ojos con fuerza, hundiendo su rostro en el hueco entre el cuello y el hombro de John. Este gruñó tan solo segundos después y alcanzó el clímax casi al mismo tiempo.

— Joder...

John besó con vagueza sus labios y abrazó con posesión a Sherlock. Este se dejó hacer y se acurrucó en su pecho. El cuerpo de John estaba siempre caliente y tras el orgasmo empezaba a notar lo frío que estaba el ambiente. El rubio beso sus rizos mientras enredaba un mechón de la nuca entre sus dedos.

— Deberíamos volver, te vas a resfriar.

El moreno respondió con un gruñido, dando a entender que no se movería de allí en un rato. Pasados diez minutos se limpiaron como pudieron y se empezaron a vestir. John le dejó su abrigo a Sherlock que, aunque le estaba un poco pequeño, abrigaba más que su sudadera.

— Espera— le dijo John con una sonrisa y empezó a desbotonarse de nuevo la camisa.

— ¿Otra vez?— el moreno le miro con una ceja abierta.

— No— dijo entre risas John—. Vamos a ver si sigue tu palo en la colina.

Sherlock abrió la boca para protestar. La verdad es que no quería volver a casa y encontrarse con la mirada de 'te lo dije' de su hermano mayor. Esperó a que su viejo amigo se desvistiera por completo y se transformó en apenas tres segundos.

El lobo, completamente adulto ya, era de alto como Sherlock a cuatro patas. Este acarició el pelaje del cuello. Desde que habían vuelto a hablar en invierno John se había trasformado pocas veces. Exactamente en las lunas llenas y porque era inevitable. Habían vuelto a tirarse el día entero en el pueblo pero no se había transformado ninguna vez porque simplemente le apeteciese. El licántropo le hizo una señal con la cabeza para que se subiera y se tumbó en el suelo para que se montara más fácilmente. El alto titubeó durante un momento pero finalmente se subió. John volvió a ponerse sobre sus patas y Sherlock se agarró fuertemente a su cuello. Si, aquello seguía causándole impresión.

El lobo fue caminando durante un buen tramo. Su amigo seguía tumbado sobre su lobo, agarrándose con posesividad a su cuello. Por muy genio que fuese también tenía miedo. Cuando llegaron a la falda de la colina John fue al trote haciendo más ligero el ascenso. En veinte minutos estuvieron arriba y el moreno se bajó casi corriendo para acariciarle el pelo del hocico. El lobo ronroneó y acaricio su rostro contra su cuerpo.

Estuvieron un buen rato buscando el palo pero no había ni rastro de él. John aulló para llamar la atención de Sherlock que se acercó con él a un árbol. Tallado en el tronco ponía "Esta montaña pertenece a Sherlock Holmes y su lobo John Watson." El moreno sonrío al ver aquello sin dejar de acariciar el pelo del licántropo. Había escrito eso con trece años, un día que estaba más enfadado que de costumbre con su padre.

Pasaron toda la noche yendo a los sitios donde solían jugar de pequeños y solo regresaron a casa cuando ya había amanecido.

— Ven a mi casa, mi madre trabaja y Harry esta con su novia. Te haré un desayuno que te vas a cagar.

Sherlock aceptó sin pensárselo dos veces. Media hora después la cocina olía un poco a quemado y a sirope de caramelo. Las primeras tortitas se quemaron un poco pero las últimas salieron en su punto. John se sorprendió de ver a Sherlock comer tantas. Después de encontrarle casi en los huesos su amigo empezó a comer más, recuperando su forma de antes. Seguía delgado pero no enfermizamente. Entre los dos fregaron los platos y recogieron la cocina.

— ¿Que hacemos ahora?

— Yo iría a echarme un rato, tú estabas perfecto pero yo me he recorrido todo el bosque con un peso muerto cagado de miedo encima.

Sherlock le dedicó una mirada amenazadora y el lobo rio. Le cogió de la mano y tiro de él hacia su cuarto. Tras quitarse los zapatos se tumbaron en la cama y echaron las cortinas para que no pasara la luz.

La cama de John era algo pequeña pero este se colocó de lado abrazado a la espalda del moreno y, de esta forma, cupieron los dos en el colchón.

— En dos semanas te vas a Londres a estudiar— murmuró Sherlock transcurrido un rato.

— Es verdad— respondió John contra su oído.

— He pensado…

— Sí, Sherlock. Puedes venirte conmigo— besó su cuello con cuidado y cerró los ojos abrazándole un poco más fuerte.

FIN