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Habían pasado más de cinco minutos, y aún no lograba recomponer la respiración a su habitual ritmo pausado. Seguía inspirando con la boca abierta, tratando en vano de atrapar la mayor cantidad de aire, mientras su pecho subía y bajaba abruptamente, enmarcando sus cada vez más notorias costillas. Eso y el sudor que le pegaba las sábanas a la piel, y los cabellos al rostro.

A su lado, el muchacho rubio estaba en mismas condiciones, pero él se cubría los ojos y la frente con el antebrazo.

- Mierda… - su voz jadeante evidenciaba que desfallecía. Siempre pasaba lo mismo. Aunque algunas veces, era ella la que acababa al borde del desmayo, doblada en una posición extraña, sin apenas la fuerza para recostarse bien, y era él quien la tomaba en brazos y la depositaba correctamente sobre la cama.

Y aunque esta vez había conseguido quedar consciente, sentía que no podría levantarse en un buen rato. Estaba exhausta, y eso era poco decir. Draco Malfoy había desarrollado la habilidad de absorber toda su energía en una sola sesión de sexo duro.

Cho no recordaba muy bien cómo habían comenzado esos furtivos encuentros. Aquel año, cuando ya se sabía que Quien-No-Debe-Ser-Nombrado había regresado y su amenaza era latente, el ánimo general del estudiantado se había vuelto aprehensivo y temeroso. Todos buscaban algo a lo que aferrarse con desesperación. Para recordarse que había algo por lo que valía la pena luchar.

Pero Cedric se había ido –se lo habían arrebatado, mejor dicho- y de su relación con Harry sólo quedaban vestigios de una pasión que jamás alcanzó a prenderse. Y Michael… había sido divertido encontrar cierto consuelo en él, pero Michael no era la clase de chico con el que quisiera estar en una situación así. Aunque Draco tampoco lo era. Pero no estaba en ninguna clase de relación material, mucho menos formal. Sólo era eso. Sexo.

El rubio prefecto de Slytherin también había cambiado en el transcurso de ese verano. No es que Cho lo hubiera conocido en algún grado de profundidad antes, pero tras saberse que Lucius Malfoy estaba en Azkaban por el accidente en el Ministerio de la Magia ocurrido a fines del curso anterior, el muchacho se había vuelto más taciturno y solitario. Ya no buscaba pleitos de ningún tipo, los que se habían vuelto famosos por sus encontronazos con Harry, y no era de ninguna forma el mismo chico que se pavoneaba por Hogwarts con aires de realeza.

Y ella se encontraba perdida en un mar de incertidumbre. Aquel era su último año en Hogwarts, tenía la presión de los EXTASIS y la promesa de que saldría a sumergirse en la guerra al acabar su curso. No tenía ni la más remota idea de qué sería de su futuro.

Los entrenamientos intensivos de Quidditch no eran suficientes. Y la tensión había encontrado un método para desaparecer. Para dejarla lo suficientemente drogada como para perder la noción del tiempo y del espacio. Las horas se convertían en minutos, y los lugares en ráfagas de imágenes sueltas, como el torbellino de colores de un viaje en traslador.

En esos momentos nada importaba. Sólo la adictiva sensación de llegar al orgasmo una, dos, tres hasta cuatro veces. Gritando como una condenada, bebiendo de la majestuosa figura de su compañero. Ni siquiera podía catalogarlo como amante, pues hasta ellos tenían algo más parecido a una relación, lo que ella nunca tendría con Draco. Y tampoco le importaba. Era la primera vez que no se detenía a pensar en cómo se sentiría Draco, qué creía, si pensaba si eso estaba bien o mal, si estaba enamorado de ella. A Cho sólo le bastaba que se le pusiera tan dura como para partirla en dos, porque era una señal inequívoca de que estaba tan caliente por ella, como ella lo estaba por él. Era una atracción física y sexual tan superficial, que no le importaba ser egoísta.

Ni tampoco hacer las cosas más impensadas por saciar ese deseo de atracción.