¡He vuelto! Se me dañó la laptop de nuevo (pinche laptop), pero en la nueva me pudieron renovar el nuevo Word. Chicos, de verdad soy tan feliz. Ahora sí puedo cumplir mi promesa :D

Disclaimer: Lamentablemente ninguno de los personajes de Percy Jackson me pertenece. Son propiedad de Tío Rick *llora, llora*

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— ¿Percy…?— articuló débilmente Annabeth, ya consciente, con sus ojos grises levemente abiertos. Estaba acostada en una camilla improvisada, con su camisa empapada en sangre. Las cazadoras, sobre todo Phoebe, quien era la que tenía más experiencia, le daban ambrosía y néctar, tratando de detener la hemorragia. Los ojos de Percy estaban totalmente abiertos, su cara estaba contraída por la impotencia, el miedo y la preocupación. Parecía impedirse a sí mismo acercarse a ella, pero sus orbes verde mar estaban nublados en preocupación. Thalia se le aproximó, tocándole levemente el hombro.

—Tenemos que dejarla sola. Mis cazadoras no podrán trabajar bien así— le dijo, incitándole a que saliera de la enfermería. Percy parecía reacio a hacerlo, pero cuando le dirigió una mirada a Annabeth, vio que ésta había quedado inconsciente de nuevo y su piel tenía un tono pálido enfermizo. Si no fuera por la sangre brotando de su pecho, Amanda hubiera podido pensar que estaba muerta. El hijo de Poseidón salió, devastado, hundido en la tristeza, el miedo y la preocupación. Pero la hija de Atenea no dudó ni por un momento que en algún instante, aquello pasaría a furia.

—Fue un baño de sangre— le explicaba James a Susan, afuera de la enfermería. Mathew estaba un poco más alejado, sentado solitariamente encima de un tronco. La rubia pensó que su porte era parecido al de su hermano. Al lado del pequeño hijo de Poseidón, se encontraba Jason, que trataba de hablarle y lo convencía de que comiera algo de ambrosía. Levantó sus ojos azules cuando Thalia salió y puso su atención en Percy. —Demasiados monstruos. Definitivamente era un ataque coordinado. Menos mal que llevé suficientes armas y Amanda tenía el carcaj ése de flechas que le diste, porque si no… uf, carajo, no quiero saber lo que habría pasado—le siguió explicando el hijo de Marte a la cazadora. Susan pareció notar su presencia y la de la hija de Zeus.

— ¿Cómo está Annabeth?— preguntó Jason, mientras la expresión de Mathew se hacía más sombría. Thalia miró hacia abajo, nerviosa. Los ojos de Percy destellaron con furia e impotencia. Amanda decidió responder.

—Inestable. Están tratando de detener la hemorragia. Perdió demasiada sangre— le informó. Ella sabía de medicina como cualquier hija de Apolo, pues no era tan difícil. No mencionó que, por el tiempo que había pasado, podía infectarse. O, peor, el cuchillo podía estar envenenado. Decidió que esos pensamientos eran mejores para guardárselos a sí misma. James torció su boca en una mueca y Susan se llevó su delicada mano hacia la boca. El hijo de Poseidón menor se siguió encogiendo en su sitio. La teniente se masajeó las sienes.

— ¿Qué pasó allá?— interrogó Thalia con inquietud. Amanda sabía que ésta pregunta estaba indirectamente dirigida a Mathew, ya que seguramente Jason ya le habría contado todo a su hermana, todo lo que había pasado desde que llegaron. El hijo de Júpiter le dio un leve codazo al mencionado hijo de Poseidón y éste pareció reaccionar, levantando sus ojos verdes, como el mar. Era curioso, porque Amanda siempre había pensado que los tenía más azulados. Percy se quedó congelado al verse, prácticamente, reflejado como si tuviera doce años de nuevo. Hasta James parecía tenerle compasión.

—Estábamos en una misión. La estábamos buscando a ella— apuntó con su barbilla en donde Amanda estaba ubicada. Todos esperaron en silencio a que continuara, aunque un aura de confusión los rodeaba a todos. —varios mestizos habían desaparecido, incluida ella. Así que, Annabeth y yo fuimos a investigar. Habíamos llegado a Ohio y entonces aparecieron todos esos monstruos de la nada— en la parte de "mestizos desaparecidos" a Jason sus blancas mejillas se le tornaron rojas.

— ¡Me dijiste que nadie iba a notar que te habías ido! —le recriminó el romano rubio. La hija de Atenea se sonrojó de vergüenza. Mathew parecía confundido, pero Percy no quitaba su vista de él. James hizo el esbozo de una sonrisa, pero Susan y Thalia seguían igual de serias.

—Whoa, whoa, whoa. Párense—pidió la hija de Zeus, levantando una mano para que se hiciera el silencio— ¿pueden decirme qué demonios está pasando? ¿Qué es esto de las misiones? ¿Semidioses desaparecidos? ¡¿Por qué Quirón no me dice nada?!- espetó. Mathew y ella intercambiaron una mirada. Sus ojos verdes parecían vidrios rotos. Sabía que se estaba culpando por todo lo ocurrido. Percy sonrió un poco.

—Sí, cuéntenme…— dijo el hijo de Poseidón y, sorprendentemente, fue el otro hijo de Poseidón el que alzó la palabra. Pero no era para compartir historias, ni mucho menos.

— ¿Aquí está Leo?— preguntó esperanzado. Amanda y Jason lo miraron con confusión. La hija de Atenea sabía lo bien que Mathew y el hijo de Hefesto se llevaban, pero tampoco era para que todos estuvieran allí. Seguramente estaría sano y salvo en el Campamento Mestizo, escuchando los cantos de los hijos de Apolo en la fogata, paseando entre los campos de fresa o trabajando en las fraguas de la cabaña de Hefesto, expandidas personalmente por él. Al encontrarse sólo con el silencio, el chico bajó la cabeza.

—Annabeth y yo tuvimos noticias de Quirón. Leo y Piper desaparecieron—al decirlo, instantáneamente pareció que el hijo de Júpiter se fuera a desmayar ahí mismo. Percy estaba demasiado sorprendido para hablar, Thalia abrió los ojos como platos y James frunció el ceño, seguramente preguntándose quién carajos serían Leo y Piper. El corazón se le contrajo.

¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? ¿Por qué de repente todo iba de mal en peor? ¿Por qué, siempre que había algo bueno, aparecía algo mucho más malo? ¿Por qué la vida de un semidiós era tan ardua? ¿Por qué, por qué, por qué?

Si alguien le hubiera preguntado alguna vez si quería ser mestiza, la respuesta habría sido un gran y bonito no.

Se dio cuenta que el cabello de Mathew, sin contar el color, era totalmente igual al de Percy, desordenado, como si fueran olas del mar. Se preguntó por qué sus pensamientos habían tomado ese rumbo.

Jason parecía a punto de hiperventilar. Susan miró a todos, con sus ojos castaños fundidos en preocupación. James levantó una mano, como diciendo "alto todo el mundo". Percy levantó una ceja, consternado.

— ¿Saben qué?—soltó Thalia, harta de la situación—vamos a contar las versiones y todo eso, cuando Annabeth despierte. Ya. Así todos nos enteramos y punto. Ahora, no sé, váyanse a la enfermería o algo, tengo demasiadas cosas que hacer—se notaba que estaba alterada. Dejaba una estela de aire eléctrico por donde pasaba. Jason suspiró, seguramente preocupado por su hermana y asustado de lo que ésta pudiera hacer. Las cazadoras afuera de las carpas observaban con los ceños fruncidos a los chicos y se preguntaban qué habrían hecho para que su teniente se enfureciera tanto. Tal vez fue sólo su imaginación, pero pudo notar, en la postura y la chispa en sus ojos, que muchas estaban tentadas a sacar sus arcos y utilizarlos como dianas.

Las groserías de James la devolvieron a la realidad.

—Hija de Atenea—bufó, con cierta sonrisa traviesa en su rostro. Se levantó y se fue hacia alguno de los árboles, seguido por Susan, que la miró divertida. Ella alzó una ceja, desconcertada, pero advirtió que Percy y Jason se estaban riendo por lo bajo, pero luego el pelinegro debió recordar a situación y la tensión que se vivía, causando que la sonrisa se esfumara de su rostro. El único que no hacía movimiento alguno era Mathew. Decidió ignorar la pequeña escena que se había montado y miró al castaño con preocupación. Trató de pensar sus palabras con precaución.

—Voy a ir a buscar a mi hermana—se excusó el rubio después de un largo silencio, rascándose la nuca, con un deje de alerta por la desaparición de Leo y Piper. Percy pudo sonreír.

—Sí, ve a evitar que haga alguna barbaridad—Jason lo miró mal, pero no dijo nada. Se levantó silenciosamente y fue a buscar a Thalia, ganándose, por el camino, un par de golpes por las cazadoras. Realmente, la imagen del romano siendo aporreado por niñas de 12 años era sumamente divertida. Sonrió un poco. Hizo un breve intercambio de miradas con Percy. Se dio cuenta de lo que quería hacer. Miró a Mathew antes de ampliar su sonrisa e irse a donde se encontraban el hijo de Marte y la cazadora.

Lo último que vio de esos dos, fueron los ojos del pequeño hijo de Poseidón brillar de admiración

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Percy

Estaba totalmente convencido de que todo el mundo greco-romano-inmortal estaba contra él. Y todos (monstruos, dioses, espíritus de la naturaleza, lo que sea, ¿realmente importa especificar?) tenían un gigante objetivo en común: hacer que la vida de Percy Jackson apestara lo más posible.

Bueno, él podía empezar desde el principio. Primero, creía que era un chico problema normal, con dislexia, THDA, lo que sea. Luego, vienen los dioses, sabe que es un semidiós, hijo de Poseidón, y lo culpan de un robo que ni siquiera cometió, enterándose de que hay un tipo llamado Cronos que quiere revivir, con la ayuda del que él creía que era su amigo, apuñalándolo por la espalda. Después, tuvo que cruzar un mar terrible y, posteriormente, morirse de nervios porque habían secuestrado a Annabeth; rescatar a la diosa Artemisa y cargar con el cielo, la maldición del titán Atlas. El verano siguiente, realizó una búsqueda por el famoso Laberinto de Dédalo. Luego, tuvo que detener definitivamente a Cronos, obtener la maldición de Aquiles, salvar el Olimpo, etc. Después de eso, tuvo a la novia más maravillosa del mundo y los cuatro meses más felices de su vida.

¡Pero no! ¡La mitología griega no podía dejarlo tranquilo con su vida feliz! Viene la maldita Hera, le borra la memoria y le induce en un coma de seis meses para luego despertar en el Campamento Júpiter, totalmente desorientado. Luego le devuelven los recuerdos y tiene que detener a Gea y a los gigantes (porque detener a los titanes no era suficiente). Después de reencontrarse con su novia, tiene que verla ir en una búsqueda suicida sola para recuperar una estatua. ¡Oh sí! ¿Y qué pasa después? ¡Pues después de recuperarla, los dos caen en el Tártaro! Sí, en el TÁRTARO. Posteriormente ellos salen, dejando a dos amigos impresionantes en el infierno, cerrando las puertas, y saliendo directico a Atenas a salvar el mundo (por segunda vez). Y lo hicieron, por los pelos. Tío… luego de eso vivió las semanas más maravillosas de su vida (de nuevo), pero ¡no! Viene Zeus a darle una misión y no dejándolo ser feliz (otra vez) y lo envía al maldito laberinto (¡de nuevo!) haciendo que cayera en una extraña oscuridad dejándolo inconsciente.

Y bueno, posteriormente, se despierta en una carpa ajena del campamento de las Cazadoras de Artemisa donde se da cuenta que pasaron dos años –sí, leyeron bien, DOS años- en los que todo el mundo creía que estaba muerto. Oh sí, la alegría más hermosa de la vida, perderte, no seis meses, ni ocho, sino dos años de tu vida –y, extrañamente, parecía como si los hubiera vivido, ya que tenía el cuerpo de un muchacho de 19-. Y cuando vuelve al mundo, hay una nueva profecía y… bueno, está bien claro que él no puede –ni podrá- tener una vida tranquila.

Parecía como si las Moiras se rieran en su cara. Era, tal cual, como si le dijeran, "¿Entonces tu madre escogió el nombre Perseus porque fue el único héroe que tuvo un final feliz? JA JA JA, ¡haremos entonces tu vida lo más terrible posible!"

Oh dioses… su madre. Su madre pensaba que estaba muerto.

Y Annabeth se estaba muriendo. Annabeth se estaba muriendo. Su Annabeth se estaba muriendo. Trató de evitar ese tipo de pensamientos. Lo único que quería era tenerla en sus brazos, ver su sonrisa, tomar su mano y besarla. Sentir sus dulces labios de nuevo. Pero, por lo que le habían contado Amanda y Thalia, parecía que la hija de Atenea no había curvado las comisuras de sus labios desde que él se "murió".

Oh, malditas Parcas. Una vocecita en su cabeza le susurró "no maldigas a las Parcas, querido". Se encogió de hombros. Ya su vida era lo suficientemente terrible: ¿qué más podía pasar?

Miró hacia su derecha. A su lado, estaba el hermano menor que Amanda le había contado. Tenía un cabello castaño similar al suyo, ojos verdes idénticos y un par de pecas en la cara. El niño tenía la piel más blanca que él y había algo en el chico que lo inquietaba. Sus orbes verdes parecían vidrios rotos. Tenía rasguños en todos los brazos. Percy sospechó que se estaba culpando a sí mismo por lo sucedido. Un destello de simpatía surgió por su pequeño hermano. Él era un experto en no perdonarse los errores.

Según, también, lo que la hija de Atenea le había contado, él lo admiraba. Trataba de averiguar qué había hecho y nunca se cansaba de oír sus aventuras. Percy supuso que en ese momento no se veía muy heroico.

Los dos se quedaron en silencio mientras el viento pasaba suavemente a través de las hojas y los árboles. Amanda, James y Susan parecían demasiado ajenos a los hijos de Poseidón, al igual que Jason y Thalia, alejados levemente del campamento de las cazadoras. El niño levantó sus ojos del piso.

—Supongo que esto es tuyo—dijo, prácticamente con un hilo de voz. Percy observó, atento, como él metía su mano en los bolsillos de sus sucios vaqueros y sacaba un reluciente bolígrafo. Sintió cómo un nudo se formaba en su garganta y casi perdía la respiración. Su espada. Anaklusmos.

Contracorriente—susurró, impresionado. Desde que despertó, siempre había pensado que inevitablemente se había esfumado y él no la vería nunca más en su vida. Mathew pudo dibujar una media sonrisa, haciendo que sus ojos verdes destellaran de admiración. La tomó lentamente, destapando la tapa del bolígrafo, haciendo que eventualmente se convirtiera en su espada. El sol brilló en su hoja y el bronce celestial lanzaba destellos al aire. Cerró los ojos. Tenerla empuñada le hacía recordar todas sus aventuras, todos los peligros que había sufrido y todas las victorias que había obtenido. Luego se acordó del chico a su lado. Rio nerviosamente.

—Ahora se supone que es tuya…—comentó, un poco incómodo. No se sentía bien cambiando de arma, pero su hermano se la merecía. Él negó con la cabeza.

—Era tu espada, Percy—pronunció su nombre como si la sola mención de él le emocionara. Movió las manos al frente de él, como si estuviera haciendo una barrera—además, no me la merezco. Tú hiciste tantas cosas…—añadió con cierto tono soñador. Percy sólo rio suavemente, pensando que, hace unos años, él estaba así por otros héroes, como Hércules. Aunque luego le dijeran que era un imbécil… bueno, quería conocer al Starbucks de la Antigua Grecia. Tapó de nuevo la espada.

—Eh… sí, por supuesto—dijo, ahora ruborizándose. Pero luego, el sentimiento se transformó en otro que él no pudo identificar. Sus amigos siempre confiaban en él y creían que él era un héroe, pero siempre se sentía más como un fraude. Ahora, su hermano, con sus ojos destellando de admiración y respeto, sentía que no podía decepcionarlo. Pero sabía que lo haría. Tarde o temprano. Trató de apartar esos pensamientos (¡wow! Pasar tanto tiempo en coma realmente puso a su cerebro ponerse filosófico) y hacer una sonrisa—creo que deberíamos presentarnos formalmente. Yo soy Percy Jackson—dijo, extendiéndole una mano hacia él.

—Mathew White—respondió, estrechándosela. Por un instante, sintió ese cariño que tienen los hermanos mayores hacia los menores y se olvidó de todas sus preocupaciones. Un nombre se grabó en su mente como fuego. Annabeth. Haberla olvidado momentáneamente hizo que él se sintiera increíblemente culpable.

—Er, y dime, Mathew, ¿qué pasó allá, con Annabeth?—apenas pronunció la pregunta, la sonrisa del niño se esfumó automáticamente de su cara. Percy quiso darse un golpe.

—Fue mi culpa. Estaba acabando con una quimera, entonces una hidra se me vino hacia adelante, no me fijé… Annabeth me advirtió, pude esquivarla, pero una empusa se me puso detrás con un cuchillo. Ella se puso entre nosotros—explicó, con culpabilidad en la voz. Pero él se impresionó. A los doce años, por más poderoso que fuera Percy, no habría podido luchar con esa cantidad de monstruos. Sin embargo, su corazón latía, nervioso, por el estado de la rubia. Supuso que una conversación con su hermano mataría el tiempo. El pelinegro colocó su mano en el hombro del castaño.

—No es tu culpa—afirmó—mira, yo soy un experto en no perdonarme los errores. Sé cómo se siente. Pero tú hiciste todo lo que pudiste—el niño pareció impresionado. Realmente impresionado.

—Yo no pude salvar a mi madre de ellos—masculló su hermano. Percy observó, contrariado, el semblante sombrío que él tenía. ¿Acaso…? El pelinegro arqueó una ceja, mientras veía el perfil de Mathew White y se daba cuenta que se parecía a Nico Di Angelo. Por supuesto, el hijo de Hades era diferente, pero su hermano le recordaba a cuando el niño estaba antes de la muerte de Bianca. Pensó en él. No le había preguntado a Thalia acerca del rey fantasma. En ese año, él debería de tener… 15 años, si es que seguía vivo. Miró a su lado de nuevo, al semblante serio del niño, como si estuviera hundido en sus tristes recuerdos, y se prometió a sí mismo que él jamás dejaría que a su hermano le pasara lo mismo que a Nico.

Realmente, ¿qué le había pasado? Tenía demasiados pensamientos de lo habitual (o lo que era habitual hace dos años). Mathew abrió la boca para decir algo, pero antes de que pudiera articular sílaba alguna, una cazadora salió de la enfermería. Los miró con inquietud.

— ¿Dónde está la teniente Thalia?—preguntó, evitando sus ojos. Seguramente era porque no estaba habituada a tener tantos hombres en la Cacería (4, en total) —la muchacha ya está estabilizada y fuera de peligro. Sólo necesita descansar y recuperarse—dijo con cautela, como si alguien pudiera oírla. Inmediatamente, Mathew se relajó, aliviado y Percy sintió como si el cielo hubiera sido quitado de sus hombros. Hizo ademán de entrar, pero la doncella eterna le lanzó dagas con los ojos, advirtiéndole que no sería buena idea entrar si no quería ser apaleado por todas las compañeras de la niña diosa. En un pensamiento espontáneo, se preguntó dónde estaría Artemisa.

—Cara de pino está por allá—señaló Percy, indicando el punto de árboles donde estaban Thalia y Jason. La cazadora parecía a punto de matarlo por insultar a su líder, pero se fue silenciosamente. El fantasma de una sonrisa aleteó en los labios de su hermano.

—Creo que todas las cazadoras te van a odiar—comentó, ya más divertido. El hijo de Poseidón se preguntó seriamente si se había imaginado todo. Tal vez el coma le había causado algún tipo de alucinación o algo parecido. Se apresuró a corregir a su hermano.

—Corrección: todas me odian por el simple hecho de ser hombre—aclaró, haciendo que el castaño se riera suavemente. Pero luego puso cara de confusión.

— ¿Por ser hombre? Pero si ellas son tan simpáticas conmigo…—comentó, algo desconcertado. Antes de que Percy pudiera hacer algo, su hermano sonrió levemente y se paró.—Bueno, le voy a dar la noticia a los demás—dijo, añadiendo un movimiento con las cabeza, señalando a Amanda, Susan y James charlando, un poco tensos, pero tratando de relajarse. La morena estaba sentada en una de las ramas de los árboles.

—Ah, claro, hombre…—dijo, antes de notar que ya se encontraba completamente solo. Miró silenciosamente hacia la enfermería, con el rumor del viento despeinando sus cabellos negros, oyendo a la distancia los recuerdos que habían quedado atrapados en la tierra hace dos años atrás…

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Al principio, Percy pensó que era un sueño.

El resto del día pasó muy borroso para él. Entre los gritos de alegría provenientes de Thalia por saber que su amiga estaba bien, las recomendaciones de Jason para que fuera a descansar, las groserías del tipo que se llamaba James y las teorías de la profecía, su cabeza no pudo más que estar confundida. Era como si alguien le hubiera puesto cera de abeja en los oídos y todo hubiera pasado como un recuerdo pasado. Al final, llegó la noche y por fin, se pudo ir a su carpa a descansar. Sus articulaciones se sentían cansadas y su cuerpo más agotado que nunca. Cayó en los brazos de Morfeo antes de poder darse cuenta. Extrañamente, esa noche no tuvo las típicas pesadillas de semidiós, sino una noche reparadora. Eso lo hizo sentirse extremadamente bien, pero también alerta.

—Percy…—alguien susurró suavemente, como si estuviera fascinado por su presencia, pero a la vez la voz tenía un inmenso dolor. Eso lo hizo despertarse completamente y, por instinto, metió la mano en su bolsillo, buscando su espada. Apenas hizo contacto visual con la persona, se detuvo, al igual que su corazón. Estaba preocupado, pero no podía evitar estar feliz.

— ¿Annabeth?—preguntó a la cabellera rubia en frente de él— ¿no se supone que debes de estar descansando?—dijo, con la preocupación tiñendo su voz, pero la hija de Atenea sólo lo abrazó. Se aferró a él como un niño a un globo, evitando que éste se vaya. Luego notó que estaba sollozando.

—Estás… estás vivo—dijo entre sollozos. Percy contuvo las ganas de separarse de ella y limpiarle las lágrimas, pero tener a Annabeth de nuevo entre sus brazos lo hacía sentirse completo, como si tuviera la parte que le faltaba de su vida. Él la rodeó con sus brazos.

—Por supuesto que estoy vivo, pero tú…—dijo, separándola levemente de él, mirando hacia su pecho. Estaba preocupado de la herida que le habían hecho en el día a la rubia aunque no quería que la separaran de él. La hija de Atenea lo calló con un beso.

Había olvidado lo que se sentía tener los labios de Annabeth en su boca. Podía sentir los sentimientos entre los dos, su cerebro derritiéndose, sólo pensando en ellos dos. La atrajo más hacia él, los dos compartiendo el calor del otro, mientras la rubia colocaba sus brazos alrededor de su cuello. Percy empezó a acariciarle el cabello, que estaba mucho más largo de lo que él recordaba y ella cada vez más profundizaba el beso. Sus labios sabían al sabor dulce que siempre habían tenido. El hijo de Poseidón se detuvo cuando, mientras tenía sus brazos alrededor de la espalda de ella, sintió los vendajes.

—Annabeth—dijo, separándola de él. Fue como si le hubieran arrancado la piel, pero estaba preocupado por ella—estuviste a punto de morir. Tienes que descansar— la hija de Atenea se encogió de hombros. Sus ojos grises estaban absortos en la oscuridad.

—He estado peor.

Percy no supo exactamente si eso le aliviaba o le preocupaba. Pero, a pesar de sus súplicas, los dos salieron fuera de la carpa, con el aire nocturno de Minnesota recibiéndolos. Al ver hacia el cielo, el pelinegro podía observar una cantidad impresionante de estrellas. Se recordó de la vez que estaba en su camarote en el Argo II y Annabeth lo despertó, los dos teniendo un tipo de "evento romántico" en las compuertas del barco. Suspiró con nostalgia.

— ¿A qué te refieres con "he estado peor"?—preguntó, alarmado. La rubia sonrió un poco, haciendo un gesto con la mano de despreocupación.

—Cuando tuve que recuperar el tridente de tu padre, por ejemplo, que casi me despedaza un calamar gigante. O esa vez que tuve que ir al Inframundo a recuperar un objeto de Hades y casi caigo en el Tártaro de nuevo. O la misión…—enumeró, casi dándole un infarto al hijo de Poseidón. Las carpas plateadas estaban silenciosas y la luna iluminaba todo con una leve luz blanca. Se alejaron un poco, metiéndose entre los árboles, hasta llegar a un claro no tan lejos, pero si lo suficiente como para hablar con libertad. Percy observó a Annabeth. Había cambiado. Su cabello rubio estaba más largo, sus atributos más pronunciados y atractivos (realmente estaba hermosa y él no dudaba que otros chicos la veían así). Tal vez estaba un poco más alta, pero él seguía siendo el más alto. Pero lo que más se le notaba era la madurez de sus rasgos, sus ojos grises, impenetrables para cualquiera excepto él. Estaban llenos de dolor, de soledad, de sufrimiento, de tristeza, de cualquier sentimiento horrible. Aun cuando sonreía levemente, se podía ver el dolor y la frialdad de ella.

Conocía a Annabeth lo suficiente como para saber que ella había tratado de ocultarles todo a todos. La líder que se guarda todo para sí misma y no deja que la protejan. Incluso ahora, sus ojos tenían una tristeza que rompía en mil pedazos el corazón de Percy. Se la imaginaba sola, llorando, gritando, sufriendo, teniendo pesadillas, guardando todo para ella misma con llave y dándole la espalda a sus sentimientos.

Se sentaron en la fresca hierba de verano. El brillo blanco de la luna iluminaba levemente el bosque, tiñendo de plateado toda la escena. Annabeth se acurrucó junto a él, enterrando su cabeza en su pecho. Percy la rodeaba con sus fuertes brazos mientras ella lo abrazaba, seguramente repitiéndose que todo era real. La miraba con amor y ternura, porque al fin podía tenerla allí, abrazada contra él, la cabeza de ella reposando suavemente en su hombro. Sentía el latido del corazón de la rubia y del suyo. Una horda de monstruos pudo haber aparecido frente a ellos, pero a él no le importaba. Estaban ellos dos. Juntos.

—Te extrañé tanto…—susurró suavemente Annabeth, aunque luego negó con la cabeza—no creo que la palabra "extrañar" defina cómo me sentía—Percy la abrazó más fuerte cuando notó que ella tenía lágrimas en los ojos, para demostrarle que él estaba allí. «Es real» se dijo «Estamos juntos»

—Pasé meses sin hablar con nadie, Percy. Sólo entrenaba. Me iba a misiones suicidas. Todas las noches tenía pesadillas con el Tártaro—murmuró. Los sentimientos que sentía el hijo de Poseidón eran indescriptibles. Sentía miedo, preocupación, furia a sí mismo, por causarle ese daño a Annabeth y furia hacia los dioses, por hacer que él fuera allí. Él sabía lo mucho que habían sufrido en ese lugar, pero algo le debió de haber pasado, porque Percy casi no recordaba lo que había sucedido. Quería decir, sí lo recordaba, pero era como si lo supiera, pero la memoria estuviera en blanco. Se odiaba a sí mismo por ello. Él debió de ser el que tuviera pesadillas con el Tártaro, no ella. Él se merecía sufrir, no ella. Podía verla, esperando por él, mientras la estaba dejando. No era justo —Dime que esto es real y que de verdad estás aquí. Que esto no es un sueño—rogó. Percy la abrazó mucho más fuerte, con cuidado de no hacer nada con los vendajes y la besó. Ella le correspondió y su cerebro se derritió de nuevo.

Se separaron, pero ella seguía abrazada a él. Sus rizos rubios estaban apoyados en su pecho, mientras Percy tenía sus brazos alrededor de ella. Cuando el hijo de Poseidón la miró, Annabeth ya estaba dormida. El peso de la cabeza de ella en su hombro su cuerpo pegado al de él, simplemente era hermoso. Y supo, que ya nada podía separarlos, ni siquiera las Moiras con la obsesión de arruinar su vida. Ahí estaba completo y nadie podría separar a Annabeth de él.

Estaban bien. Estaban juntos.

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14 de agosto, 13:15 p.m

¡Hola chicos! Aquí vengo con actualización y tuvieron el ESPERADO reencuentro y el esperado momento percabeth. Carajo… ustedes, chicos, realmente tienen que agradecerle a viria. Si no fuera por ella, yo habría dejado esto como para dos capítulos después, concentrándome en los otros personajes. Tranquilos que en el próximo capítulo aparecerán los demás y se aclarará todo.

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS A ESAS HERMOSAS, BELLAS, GENEROSAS Y SOLIDARIAS PERSONAS QUE ME DEJAN UN REVIEW O UN FAVORITO! Son lo mejor chicos c: Gracias a MirandaLightwoodO'Shea, Mitchel0420 (que me ha dejado review en cada uno de los capítulos que he publicado, especiales gracias) a Annie Santamaria, al review anónimo, a darkenegel-sora y sobre todo a ELI.J2 que también me deja review bastante. ¡También muchas gracias a todos los demás!

Por favor, dejen su review. Eso me anima para escribir y me saca una sonrisa. Gracias por leer

¡Nos leemos en el próximo capítulo!

Dejen su review. ¡Es gratis :D!

-Tris Chase