Título: Estocolmo *Traducción*

Autora: Tassy-Riddle

Traductora: LindenCorina15

Fandom: Harry Potter

Pairing: Harry Potter / Lord Voldemort (Tom M. Riddle)

Disclaimer: Nada en esto es mío y mucho menos "Harry Potter". Pertenece a J.K Rowling y a Tassy-Riddle.

Advertencias: Slash (Relación Chico x Chico) Lemon (sexo explícito entre los personajes), por lo tanto, si no te gusta o te sientes incómodo con esto, es simple: No lo leas.

Summary: Nombre del Paciente: Harry J. Potter. Diagnostico: Síndrome de Estocolmo. Cuando la víctima se enamora de su agresor, cabe destacar, ¿cuál es el límite entre la locura y el verdadero amor? Slash. Tom & Harry.


CHAPTER 1

Nota: (1) – Harry Potter y sus personajes no me pertenecen. Pero sí a J.K Rowling. Esta historia pertenece a Tassy-Riddle.

(2) – Es una historia Slash, o sea, relación Chico x Chico. Si no te gusta, o te sientes incomodo es muy simple: No leas.

(3) – Entre – "…" – Pensamientos

Entre –… – Diálogos y escenas.

Cursiva: Parsel (lengua de las serpientes)

~•~~•~~•~~•~

ESTOCOLMO

Nombre del paciente: Harry James Potter.

Diagnostico: Síndrome de Estocolmo.

―Por Merlín. – Murmuro asustada, encarando fijamente el nombre en letras doradas que estaba grabado en la ficha.

Cuando la Dra. Elizabeth Jane Owens tomó la ficha de su nuevo paciente aquella mañana, no esperaba encontrar el nombre del famoso niño-que-vivió, el mismo que había desaparecido hace seis años en el terrible ataque de Voldemort al Ministerio de Magia. Era cierto que el propio Albus Dumbledore, hace algunos días, viniera personalmente a pedirle asumir éste caso, pues, según palabras del director de Hogwarts, no había profesional mejor de aquella área específica y modestamente aparte, dos premios –Varita de Oro y Entidad Mágica del Año– comprobaban eso. Aun así, ella nunca imagino que aquella persona tan importante para Dumbledore, a punto de hacerla tratar la internación personalmente, fuese Harry Potter, el proclamada Elegido para destruir al Lord de las Tinieblas.

Ahora, ella pensaba, había sentido en los dos Aurores de guardia en la puerta de ese cuarto, que eran apenas más reservados y el confortable cuarto del ala psiquiátrica del Hospital de San Mungo, el único cuarto situado al final del extenso corredor enteramente blanco, reservado solamente para casos de alta peligrosidad o para celebridades mágicas que querían tener aquellos "problemas" escondidos de la prensa sensacionalista.

―Ten calma. – Habló para sí misma. – Él es apenas un paciente más que necesita de ayuda.

Diciendo eso, ella ingresó a la habitación donde se encontraba el chico, recordándose a sí misma que era una psicomaga que poseía dos doctorados en las mejores universidades mágicas de Zürich y Berlín. No podría dejarse perturbar por la fama impuesta de un chico luego de su primer año de vida.

―Buen día, Harry. – Saludó calmadamente, los ojos aun fijados en los papeles en sus manos. – Yo soy la Dra. Elizabeth Owens y me gustaría conversar un poco contigo.

Al levantar la mirada, sin embargo, las palabras murieron en su boca. El adolescente recostado en la confortable cama de lienzos blancos era indudablemente bello. El cuerpo esbelto y de músculos poco marcados, cubierto por una camisa blanca simple y un pantalón de algodón del mismo color, en conjunto con la cara libre de cualquier sombra de barba, formada por trazos finos y aquellos impresionantes ojos verdes, daban un aspecto angelical al chico que confundía con un joven de no más de dieciséis años –algo inequívoco, pues ella misma comprobó, al volver los ojos a la ficha, que su edad de ahora era veintiún años recién cumplidos–, no obstante, los cabellos negros como el ébano, esparcidos descuidadamente por la almohada, en contraste con su tez pálida y los labios finos y rosados, acrecentaban el aire sensual y al mismo tiempo tierno al joven. Como un ángel voluptuoso fugitivo del paraíso.

Pero algo estropeaba aquel ente tan sublime.

Y al encarar los ojos verdes, perdidos y tristes, notó que no había brillo alguno ahí. Apenas una tristeza profunda. Se dio cuenta, entonces, qué era ese motivo.

―Yo quiero volver a casa. – Una voz melodiosa, baja y suave, despertó a la Dra. Owens de su análisis inicial.

Con una expresión seria y un mirar fijo en los ojos sin brillo, ella se sentó en el sillón que había junto a la cama y pregunto enseguida:

―¿En dónde está su casa, Harry?

Silencio.

Y el mismo mirar sin brillo.

―¿Estás hablando de Hogwarts? – Ella insistió. – ¿Quieres regresar a Hogwarts? ¿Es eso?

―No. Yo quiero regresar a casa.

―¿Estás hablando, entonces, de la casa de tus tíos?

Ella suspiró y prosiguió a encarar sus propias manos como si buscase alguna cosa.

―Ojala pudiese ayudarte, Harry, pero para eso necesitas decirme que casa es para la cual quieres volver tanto.

Y el silencio, no obstante, continuó.

―¿Es Grimmauld Place?

―No. Ninguna de esas es mi casa, para ninguna de esas quiero volver, yo solo quiero volver con mi familia. – Los ojos verdes se fijaron en ella finalmente. – Con mi familia a la que me alejaron.

Los ojos de Harry siguieron los rápidos movimientos de la mano fina, pero libre de anillos, escribiendo contra un pequeño portapapeles. Y entonces, suspiro nuevamente. Ya había pasado por aquello.

―¿Quiere hablas más sobre esa familia?

―No. – Contestó firme. – Yo solo quiero regresar a casa.

―Escucha, Harry, yo estoy intentando ayudarte, pero…

―Ya conozco esa historia. – Interrumpió con indiferencia. – La otra psicomaga, en Hogwarts, habló la misma cosa, comenzó de la misma forma y también no llegó a ningún lugar. Yo no estoy loco. Yo solo quiero volver a mi casa.

Volviendo a mirar hacia la ficha de Harry, ella releyó el diagnostico, probablemente atribuido por la psicomaga que lo asistió en Hogwarts. El "Síndrome de Estocolmo" era algo serio, principalmente en una situación como esta, pero antes de confirmar el diagnostico de su colega de profesión era indispensable ella misma estudiar el caso. No era por nada que Dumbledore recurrió a ella para tal labor, a la final, en una situación con posibilidades catastróficas como esta, apenas la mejor psicomaga del continente mágico europeo podría revertir eso. Sin duda alguna, Harry Potter era su más nuevo y profundo desafío.

―Con permiso, Harry. – Se disculpó con una amigable sonrisa. – Volveré enseguida.

Diciendo eso, y recibiendo apenas un silencioso balancear de cabeza del joven, ella siguió al baño del mismo cuarto para lavarse el rostro y pensar algunos instantes en solitario. Era un lugar relativamente amplio, en colores blanco y azul claro, con una espaciosa ducha y al fondo –sin bañera, pues podría representar riesgos a los pacientes– el asiento del inodoro y un gran lavabo de mármol blanco justo al lado, y encima de éste se encontraba un espejo recubierto con una fina capa de seguridad que impedía a los pacientes quebrarlo, algo simple, pero que ayudaba a decorar y ampliar aquel tranquilo cuarto.

―"Recuérdate, Owens, no se debe dar crédito a los periódicos y a la prensa sensacionalista" – Reflexionó. – "Tú conocerás quien es Harry Potter aquí y ahora, libre de cualquier estigma".

Al enfrentarse a su reflejo en el espejo, se encontró con una mujer de cuarenta y cinco años, sin embargo, no parecía de más de treinta años, el pelo castaño claro cayendo en pequeños rizos sobre sus hombros y enmarcando el rostro de profundos ojos azules, éstos siempre destacando por la bata blanca que se superponía al conjunto sobrio de pantalones y una camisa blanca de vestir de color salmón, haciendo armonía con el delicado collar y pendientes de perlas, poniendo fin a su elegancia y profesionalidad a su lánguida imagen. Era una mujer bella e inteligente, una ex estudiante de la casa Ravenclaw, que se había formado en medimagia en la Universidad Mágica de Cambridge, especializada en psicomagia por el Departamento Psicomágico de Oxford y todavía tenía dos doctorados en esa área por las mejores universidades mágicas de Suiza y Alemania siendo en la primera, donde hizo su tesis con base en el Síndrome de Estocolmo y recibiendo el premio Varita de Oro por tal trabajo, un premio equivalente al Premio Nobel en Ciencias para los muggles. Era muy exitosa profesionalmente y en el ámbito afectivo contaba con el cariño de sus dos gatos persas, Freud y Young, porque no tenía tiempo para cualquier otro tipo de relación emocional, y bueno o malo, estaba muy feliz así. Vivía su vida tranquila como psicomaga jefe del departamento de psicomagia de San Mungo, es decir, hasta que el director de Hogwarts apareció con aquel que parecía su mayor desafío: Harry Potter.

Pero ella era conocida por nunca dejarse vencer por un reto.

―Es la hora. – Murmuró a sí misma, secándose el rostro con la toalla lanudo junto a lavabo.

Cuando regresó al cuarto, se encontró con el tranquilo semblante de Harry, aún en la misma posición, los ojos perdidos en la ventana protegida con barrotes de hierro. Respirando hondo, ella se volvió a sentar en el sillón junto a la cama y reinició la conversación con el chico.

―Según el profesor Dumbledore, – Notó un pequeño oscurecer en la mirada esmeralda. – tú pasaste los últimos dos meses sometido a terapias intensivas en Hogwarts, con una profesional adecuada acompañándote las veinticuatro horas al día, pero como tú mismo dices, no hubo resultados.

Él no hiso algún comentario.

Y el mirar aún detenido en la ventana.

―Como un favor personal, entonces, el profesor Dumbledore pidió para que yo lo recibiera aquí con seguridad reforzada y absoluta confidencialidad. – Ella continuó. – Solo yo y los Aurores sabemos quién está hospedado en este cuarto, pues todos los cuartos poseen magia auto-limpiante y la comida, como debiste de haberlo notado, aparece y desaparece de la mesa como en el comedor de Hogwarts.

Un suspiro desanimado fue la única reacción que él esbozó.

―¿Sabes por qué estás aquí?

Y ahora, una sonrisa cansada.

―Son siempre las mismas preguntas. – Respondió finalmente. – ¿Sabes por qué estás aquí? ¿Cómo te sientes sobre eso? ¿Y sobre tu infancia? ¿Qué es lo que estás sintiendo?

Ella dio una risa suave y aquello capturó la atención del chico.

―Estás en lo cierto. La mayoría de los psicomagos y hasta los mismos psicólogos muggles no son muy creativos en sus métodos y preguntas, pero como un punto a mi favor, debo decir que hago uso de técnicas distintas.

La respuesta recibida, no obstante, fue un frío mirar.

―Mi técnica consiste en conversar un poco y entonces, yo extraigo algunos recuerdos tuyos para estudiar en este Pensadero. – Indicó el pequeño recipiente de porcelana que llevaba consigo. – Después de analizarlas, reinicio la conversación contigo y así, vamos descubriendo los interesantes laberintos de la mente juntos.

―Si estoy de acuerdo con eso, ¿voy a poder volver a casa?

―Depende. Si yo obtengo resultados satisfactorios, podrás salir de aquí y hacer lo que quisieras.

―¿Así mismo?

―Sí. Ayúdame a entenderte y podrás tener mi palabra.

―Usted podrá darme su palabra, pero no irá en contra de lo que ellos quieren. – Sus ojos se escurecieron nuevamente. – Ellos no van a dejarla hacer eso.

―¿Ellos quién?

―Las personas que me secuestraron. – Respondió con seguridad. – Que me alejaron de mi familia.

―¿Y quiénes son esas personas, Harry?

Él la observó por algunos segundos para entonces, contestar con firmeza.

―Dumbledore y los otros.

Seguro…

Ella lo miró profundamente, era por lo menos, inesperado.

Aunque, considerando el cuadro analizado, era una reacción dentro de los patrones.

Era preciso, entonces, dar un paso a la vez tanto para ella misma como para el niño-que-sobrevivió entender lo que realmente pasaba allí.

―No te preocupes, Harry, si tú me ayudas a entender lo que ellos pensaron que estaba pasando, yo podré convencerlos de dejarte ir, ¿te parece?

―Si usted lo logra.

―Bueno, no perdemos nada con intentar, ¿no lo crees?

Harry apenas alzó los hombros y con una pequeña sonrisa, ella prosiguió.

―Me gustaría que te relajes y cerrases los ojos, así mismo, y dejes tu mente fluir libremente… Ahora quiero que dejes tu mente llevarte hace seis años atrás. ¿Cuántos años tenías en aquella época?

―Quince años.

―¿Y que estaba ocurriendo en aquel periodo?

―Estaba cursando el quinto año en Hogwarts. – Respondió monótonamente. – Habíamos formado el Ejército de Dumbledore para aprender aquello que Umbridge, la nueva profesora, no nos enseñaba.

―Hablas en plural, entonces dime, ¿Quién más estaba contigo?

―Hermione Granger y Ronald Weasley.

―¿Tus amigos?

―En la época en los que pensé que eran. – Sonrió con amargura.

Ella hiso algunas anotaciones y continúo enseguida:

―¿Te acuerdas de la batalla que ocurrió en el Ministerio de Magia?

El silencio que siguió a la pregunta, le alertó sobre una posible resistencia que Harry llegó a mostrar, pero después de algunos segundos él respondió tranquilo:

―Sí.

―Seguro, entonces me gustaría que pensases en ese día. Con los ojos cerrados, por favor, concéntrate en los momentos que viviste en el Ministerio de Magia hace seis años atrás.

Aproximando su varita, con un núcleo de pelo de unicornio dorado, al rostro sereno de Harry, ella comenzó a extraer para el pequeño Pensadero en su regazo los recuerdos que el niño-que-sobrevivió guardaba de aquel fatídico día.

~•~

―¡SIRIUS!

El grito desesperado dejó los labios de Harry.

―No… No puede ser… ¡SIRIUS!

Pero ya era tarde.

La intensa luz verde lo había alcanzado y entonces, su cuerpo se perdió por el misterioso arco cubierto por un velo negro que yacía en aquella sala abandonada. Quiso correr. Quiso impedir que él desapareciera para siempre. Quiso traerlo de vuelta, como quería traer a sus padres. Pero el poderoso agarre del Prof. Lupin lo detuvo, acompañado de afligidas palabras que le advertían del peligro de aquella acción impensada, que le informaban que ya era tarde. Él se había ido.

Y entonces:

―¡YO MATÉ A SIRIUS BLACK! – La risotada maligna en un tono infantil.

Y él se deshizo del agarre de su profesor y corrió. Corrió como si su propia vida dependiese de eso. Corrió empuñando la varita, y el odio centelleando en sus ojos verdes. Corrió tras de Bellatrix Lestrange. Corrió en busca de venganza.

―¡YO MATÉ A SIRIUS BLACK!

―¡CRUCIO!

En ese momento, ella paró de reír.

―¿El bebé Potter quiere jugar? – Preguntó, tirada en el suelo, con una cantárida infantil.

―"Tienes que quererlo…" – Harry oyó en su mente.

Sí, él necesitaba querer.

Necesitaba realmente querer herirla, hacerla pagar por lo que le había hecho a su padrino.

―"Vamos, Harry, conoces el hechizo…" – Parecía susurrar en su nuca.

Y él se acordó de Sirius.

Se acordó que por causa de aquella mujer caída a sus pies, él no lo vería nunca más. Por causa de aquella mujer, él perdió el único chance de tener una familia.

―"No tengas miedo, Harry, solo siéntelo…"

Y él no pensó en más nada.

Solo lo sintió.

―¡CRUCIO!

Y los gritos de Bellatrix hicieron eco en las paredes sombrías.

Tales gritos inundados de dolor, no obstante, eran música para sus oídos.

Parecieron pasar horas, cuando, en verdad, habían transcurrido pocos minutos.

Harry siquiera estaba consciente de la tranquila mano posada en su hombro, cuando, de repente, Albus Dumbledore apareció por entre las llamas verdes de una de las chimeneas. La expresión del director de Hogwarts era sombría, sus ojos fijándose en la mujer que se retorcía en el suelo, subiendo al semblante rabioso de Harry para, entonces, enfocarse en la persona detrás del chico.

―Suéltalo inmediatamente.

―Creo que no, mi querido Albus.

Cuando Harry oyó aquella voz serpentina tras su espalda, agrandó los ojos y pareció volver a la realidad. Al instante siguiente, detuvo la maldición y se viró rápidamente para encarar aquel ser que marcó su vida. El último encuentro de los dos había sido el año anterior, en el cementerio de los Riddle, y gracias a la trampa montada en el Torneo de los Tres Magos, el Lord Oscuro regresó a la vida con ayuda de la propia sangre del chico.

―¡Tú…! – Harry jadeó. A pocos centímetros de su rostro, lord Voldemort lo miraba con aquella grotesca cara de serpiente, los ojos rojos como la sangre ajena que tanto derramara, el cuerpo alto y delgado, la piel pálida semejante a verdaderas escaman que se destacaban por entre la túnica negra y sombría.

―Nos encontramos de nuevo, Harry.

Sin embargo, antes de que el niño-que-vivió pudiese pronunciar cualquier palabra, un poderoso hechizo de Dumbledore le apartó rápidamente del lord y arrojo a éste a cien metros de distancia. Ahora, caído en el suelo, Harry observaba una moribunda Bellatrix levantarse y huir por las mismas llamas en las que había aparecido Dumbledore, debajo de su furiosa, pero impotente mirar esmeralda, mientras que el director de Hogwarts y lord Voldemort comenzaban una batalla épica.

Harry no podía seguir la velocidad alcanzada por los hechizos.

Las intensas luces, volando de un lado a otro, en diferentes tonos de colores, casi lo cegaban.

De un lado, Voldemort conjuraba una enorme serpiente de fuego, de otro, Dumbledore se defendía con un poderoso muro de cristal.

―Por Merlín… – Murmuró Harry, abatido, encogiéndose en el suelo y protegiendo su rostro con las manos del polvo de vidrios, resultante de uno de los hechizos, que barría todo el piso.

De pronto, notó, aquel lugar fue sumido en el silencio.

En el instante siguiente, un intenso frío tomó cuenta de su cuerpo, consecuente del pequeño remolino helado que lo envolvió. Y entonces, por falta de aire, la sensación de que algo más quería entrar en su cuerpo lo sofocaba. Y a continuación, una total oscuridad.

―¿Harry…? – La preocupada voz del director de Hogwarts quebró el silencio, arrodillado al lado del chico, que se retorcía en el frío suelo en medio del polvo de vidrio.

Para completo horror de Dumbledore, al abrir los ojos, Harry lo encaró con un profundo mirar rojo-sangre y en el suave rostro del chico, marcado por los rasguños y hematomas de aquella batalla, mostrándose una sonrisa repleta de malicia.

―Harry…

―Ríndete, mi querido Albus, ya lo perdiste.

La melodiosa voz de Harry se encontraba llena de ironía.

Pero el chico parecía luchar contra la invasión de su enemigo.

Se retorcía y luchaba con todas sus fuerzas, acordándose de sus amigos.

―"¡Déjame en paz!" – Harry gritó en su mente, quebrando a golpes la especie de espejo que lo ataba.

Y una vez más, todo quedó oscuro.

Pero ahora podía respirar nuevamente.

Cuando abrió los ojos, con dificultad, observó la imponente imagen del Lord Tenebroso observándolo desde arriba, varita en mano y una sonrisa sarcástica en el rostro serpentino.

―Tú perderás todo, Harry Potter. – Declaró con maldad. – Y al final, para ti, solo quedaré yo.

Harry no entendió esas palabras.

Y Dumbledore, notando como los amigos de Harry acababan de llegar, siquiera tuvo tiempo de impedir lo que siguió. En una nube negra, como un remolino, Voldemort desapareció, llevándose consigo a Harry Potter, su mayor enemigo. Las últimas palabras que Harry oyó fueron las del Ministro de Magia, perplejo, indicando al fondo:

―Él volvió…

Y entonces, todo quedó oscuro.

Cuando Harry volvió a abrir los ojos, sintió que habían pasado días. Su cuerpo estaba adolorido y uno de los cristales de sus lentes se había quebrado, permitiéndole que apenas su ojo derecho enfocase lo que pasaba a su entorno. A juzgar por el intenso frío y por las húmedas paredes de piedra a su alrededor, la hipótesis más coherente seria estar en uno de los calabozos de la fortaleza de Voldemort, a espera de una muerte segura. Bien, pensó, al menos estaría con sus padres y con su padrino.

―Sirius… – Murmuró, sus ojos rápidamente llenándose de lágrimas.

Sin embargo, no se le permitió hundirse en el luto y llorar por la gran pérdida que habían sufrido, porque en el instante siguiente, las enormes puertas de hierro que guardaban la mazmorra se abrieron. Y el intenso dolor tomó su cicatriz.

―Vaya, vaya, tenemos una celebridad en mis dominios. – La serpentina voz hizo eco, repleta de malicia.

Con su visión turba debido al dolor y debilidad por el estado de sus gafas, Harry pudo distinguir apenas el semblante serpentino del Lord, envuelto en su túnica negra, encarándolo con una sonrisa de burla, al lado de él, se encontraban dos Mortífagos debidamente encapuchados y con sus mascaras de plata cubriendo sus rostros, pero Harry intuía que debían compartir la misma sonrisa.

―¿No vas a agradecer mi hospitalidad, Harry?

―¡Termina ya con esto!

―Crucio.

Los gritos del joven Gryffindor inundaron el ambiente y la sonrisa del lord apenas aumentó, acompañado de un tono frío:

―Soy yo quien da las órdenes aquí, niño, no olvides eso. En cuanto estés en mis manos, voy a decidir qué vas a comer, que vas a beber, como te vestirás… Soy yo quien va a decidir la hora de tu muerte y eso solo ocurrirá cuando dejes de serme útil, o quién sabe, puedo dejar a mis mortífagos divertirse un poco con el famoso niño-que-vivió. Todo eso va a depender de mi buena voluntad, ¿entendiste bien?

Harry apenas apretó los puños.

El dolor de aquel reciente Cruciatus aun le roía.

Pero nada era peor a la sensación de impotencia ante aquello.

―¿Lo has entendido?

Silencio.

―Crucio.

Y más gritos.

―¿Lo has entendido?

―S-sí…

―Buen chico.

Con una sonrisa perversa, el lord lo dejo solo.

Y Harry, por otra parte, se preguntaba por cuánto tiempo aguantaría todo aquello. La muerte parecía una opción tentadora ahora.

~•~

Cuando la Dra. Owens salió del Pensadero, una vez que el recuerdo de Harry llegase a aquel punto, pues era cuando acababa el fatídico día, su rostro estaba pálido y sus ojos dilatados de pánico. Al contemplar al chico recostado en la cama, no obstante, observó que éste descansaba con los ojos cerrados y el semblante tranquilo. Era por lo menos, impresionante. Solamente el hecho de estar en un recuerdo tan vivido con el Terror del Mundo Mágico ya le había dejado sus manos temblorosas y su cuerpo sudando frío, ni siquiera podía imaginar, entonces, lo que Harry había pasado allí. Era un ambiente propicio para cualquier trauma psicológico, sin duda alguna.

―En el día en que ocurrió la batalla del Ministerio, tú fuiste llevado por el Lord Tenebroso.

―No lo llame así.

―¿Así como?

―Con ese apodo horrible.

―¿Y cómo debo llamarlo?

―Tom.

Ella amplió los ojos, inevitablemente, cuando vio la sonrisa dulce y enamorada surgir en los labios del chico.

―¿Tom? – Preguntó atónita.

―Sí, es el nombre de él, Tom Marvolo Riddle. A él no le gusta mucho, pero lo convencí de que es lindo.

―Oh… realmente, es un nombre bonito, ¿pero no crees que la apariencia de él choca un poco con eso?

Contrariamente a lo esperado, desconcertándola aun más, los finos labios formaron una divertida y suave sonrisa:

―Usted piensa eso porque lo vió con aquella cara de serpiente horrible. Después de ese día, con ayuda de mi sangre nuevamente, él recuperó su antigua apariencia que no se compara con la otra.

La mano de la Dra. Owens se movía con una velocidad vertiginosa sobre el papel junto al portapapeles en su regazo, cada palabra de Harry era analizada a fondo, y a poco ella comenzaba a entender el escenario que se formaba allí. Un escenario que cada segundo se mostraba más propicio para el Síndrome de Estocolmo, en el que ella recordaba haber leído y escrito en su propia tesis: " A fin de que el Síndrome de Estocolmo pueda ocurrir, deberá observarse entre significativos rasgos, una relación de grave desequilibrio de poder en la que el secuestrador dice lo que el prisionero puede y no puede hacer".

Tal relación de evidente desequilibrio de poder, ella fue capaz de recordar ante todo, existirá constantemente en el cautiverio Harry.

Pero muchos recuerdos necesitaban un mayor análisis. Antes de que pudiera continuar su conversación con Harry, sin embargo, se escuchó un delicado sonido de campanas, lo que indicaba que en pocos minutos el almuerzo aparecería para él en la mesa. Y entonces se dio cuenta de que era hora de darle al chico un descanso.

―Nuestra mañana fue muy productivo hoy, Harry, para ser el primer día. – Sonrió con ternura. – Pero ahora te dejaré descansar un poco y comer en paz.

Él, sin embargo, asintió con la cabeza.

El mirar desinteresado y vacío de nuevo.

Cuando salió de la habitación y cerró la puerta detrás de sí, ella, a su vez, no pudo reprimir un suspiro. Ese chico sería realmente un desafío.

~•~

Esa tarde, para sorpresa de Harry, la Dra. Owens ingresó a su habitación acompañada por dos personas más y una alegre sonrisa. Uno de ellos era una mujer de veintidós años, pelo castaño ondulado que lleva un hermoso ramo de lirios y el otro, un hombre alto de su misma edad, pelo rojo, ligeramente curvado hacia atrás y una mirada incómoda que corría alrededor del perímetro.

No, pensó Harry los dos no podrían tener la osadía de aparecer allí.

―Tienes visitas, Harry.

―¿Cómo estás, Harry? – Hermione Granger, aquella que hasta ahora consideraba siempre su amiga, le preguntó en voz baja.

―Hola, amigo. – Saludó a su vez, Ron Weasley.

Pero él los ignoró de forma olímpica.

Hermione se sentó en la silla junto a la cama y Ron se quedó junto a la chica. La Dra. Owens, por su parte, los observó, ha algunos pasos, analizando todo.

―El Profesor Dumbledore nos dijo que ibas a venir hoy aquí, así que Ron y yo aprovechamos la oportunidad de verte, saber cómo te siente ... Er ... ¿Se siente cómodo aquí? ¡Esta habitación es increíble!

Tratando de contener su aire bullicioso, Hermione miró a su alrededor, aclarándose la garganta incómoda. La habitación era realmente magnífica, aunque, para opinión de Harry, fuese blanca de más. En el centro, estaba una cómoda cama individual, más grande que las camas normales y colchones con dos superpuestas, junto a él una blanca y cómoda silla, ocupado por la psicomaga antes y Hermione ahora, y detrás se veía una gran ventana protegida con rejillas mágicos totalmente anti-fuga, cubiertos por una cortina de suave color crema. En el otro lado de la cama había una pequeña mesa con dos sillas, en la que le servían las comidas a Harry y al lado de ésta, una pequeña estantería blanca, como todos los muebles, proporcionaba algunos libros: romances muggles y mágica diversificadas. Y en el fondo de la sala, junto a la puerta que daba al cuarto de baño, empotrada en la pared, había un pequeño armario para proporcionar la ropa que se pondría allí. Todos blancos de nuevo.

―El trabajo como un Auror es realmente difícil. – Comentó Ron para apaciguar el clima. – Tenías que haberlo visto, la semana pasada tuvimos un caso muy complicado, creo que hasta prueba pociones sería más tranquila.

―Tu eres el mismo blando, Ron, querías ver mis exámenes el año pasado en Derecho Mágico.

―Pero tú adoras eso, Mione, esos tantos libros...

―Salgan. – Una voz fría exigió.

Y Harry mismo los encaró para ordenar aquello.

―Pero... Harry...

―Acabamos de llegar, compañero.

―Sí, incluso viste las flores que traje para ti.

―Lirios. – Él los miró fríamente. – Odio los lirios.

―¡Pero eran tus flores favoritas!

―¡Fuera de aquí!

―Maldita sea, desde que ese maldito bastardo te secues...!

―¡CÁLLATE!

Al ver que la magia de Harry se alteraba, la psicomaga decidió intervenir:

―Señor Weasley, por favor, contenga sus comentarios. – Ella se aproximó con un suspiro. – No me gustaría aplicar un sedante para el control de la magia al señor Potter después de que ustedes salgan.

―Emm… – Apartó la mirada, sintiendo la mirada furiosa de Hermione en su cuello. – Lo siento, doctora.

Harry, por su parte, apretó sus puños tratando de normalizar su agitada respiración. Quería matarlos. Quería matarlos a todos. Quería matar a todos aquellos que lo había separado de Tom. Pero necesitaba calmarse primero, de lo contrario, la Dra. Owens no lo ayudaría a salir de allí.

Cuando Hermione se atrevió a hablar de nuevo, la puerta del cuarto se abrió para dar paso a una nueva persona, interrumpiéndola.

―¡TÚ! – Un enfurecido Harry miró al recién llegado. – ¡TÚ, TRAIDOR DE MIERDA!

Y al mismo tiempo, la magia del niño-que-vivió se descontroló.

Continuará...


Próximo capítulo: Un hombre tan hermoso... No, no podía ser aquel monstruo.

Pero los ojos rojos como la sangre no lo engañaban.

(...)

―Te llevaré a tu nueva casa, Harry. – Una sonrisa oscura se dibujo en los sensuales labios.

~•~~•~~•~~•~

N.T.: ¡Wii! ¡I'm back, people! De nuevo, con otra traducción, Y DE NUEVO, con uno de los maravillosos trabajos de Tassy-Riddle. Esta vez, les traigo ''Estocolmo'' uno de sus trabajos que más me gustó. Le agradezco a Tassy, como siempre, por permitirme traducir sus trabajos para que ustedes, lectores y lectoras de este fandom en latinoamerica y hablantes españoles, los disfrute. Agradezco también, para aprovechar, a los reviews de la historia anterior, ''Lágrimas de un Príncipe''. Muchas gracias por haber seguido aquella historia hasta el final, y espero lo mismo con ésta, ya que no se van a arrepentir. Es sumamente hermosa e impactante, tal como la misma autora. Un beso a Tassy, un abrazo, y muchos saludos a ella y a todos ustedes que leen este humilde trabajo.
Y bueno, dirigiéndonos un momento a este capítulo, ¿que les parece? Un inicio; ya sabemos como comenzó el síndrome en Harry, así que a partir de ahora, iremos analizando y desarrollando la evolución del mismo junto a la adorable dra. Owens hasta llegar a la actualidad. Y, bien, :3 viendo como evolucionó su relación con nuestro querido Tom xD Oh, y quien será aquel traidor misterioso? o.o
¡Nos vemos en la próxima! ;D
¡Gracias, Tassy-Riddle!