TODOS LOS PERSONAJES PERTENECEN A BECCA FITZPATRICK; AUTORA DE LA SAGA ORIGINAL.


Capítulo Uno.

Coldwater, Maine.

Me senté pesarosamente en mi mesa de siempre, casi al final del salón de clase. Fijé la vista en la pizarra, donde un par de muñecos desnudos reposaban debajo de un par de letras que decían "Bienvenidos a la Reproducción humana (Sexo)".

Sonreí para mis adentros. Esta clase sería completamente aburrida, ya que, al fin y al cabo, no me enseñaría nada que no supiera ya.

Una chica que repentinamente se había quedado boquiabierta en la puerta llamó mi atención.

Era Nora.

La contemplé fijamente como hacía siempre, desde que había decidido entrar al instituto. Sus labios ligeramente entreabiertos dejaron escapar un suspiro.

Un estremecimiento me recorrió el cuerpo al mirar su boca, y una vez más, me imaginé mordiendo suavemente su labio inferior. Soñé como sonaría el gemido de placer al salir de su boca… Sus manos aferrándose a mi cabello, en clara señal de que le agradaba.

Sacudí levemente la cabeza para desechar esas imágenes, y me removí algo inquieto en mi mesa, mientras seguía contemplándola, pero esta vez con mi mirada fija en sus ojos. Esos ojos grises que me ponían tan…

Su amiga apareció a su lado. Le susurró algo a Nora entre dientes, y ella soltó una media sonrisa. Mis ojos bajaron nuevamente a sus labios, y contemplé de nuevo aquella boca.

Vamos, Jev. Concéntrate en tu único Objetivo: Matar pensé.

Pero era difícil concentrarse en matar a alguien te atraía como nunca nadie te ha atraído antes. Observé de mala gana como Vee tomaba lugar junto a ella un par de mesas por delante de mí. Si tan solo yo pudiera sentarme a su lado…

— ¡Equipo, a sus asientos! —Dijo aquel hombre que se hacía llamar entrenador, luego de haber hecho sonar esa cosa que le colgaba del cuello. Desde que lo había visto, tenía la clara impresión de que para él, la Biología y el Basquetbol tenían la misma forma de enseñanza. —Puede que no se les haya ocurrido, chicos, que el sexo es mucho más que una visita de quince minutos al asiento de atrás de un coche. El sexo es ciencia. ¿Y qué es la ciencia?

— ¡Un aburrimiento! —dijo alguien del fondo.

Decidí dejar de prestar atención. Por lo general me frustraba la inmadurez de algunas personas, y no quería ponerme de mal humor tan pronto por la mañana.

Dirigí mi mirada nuevamente hacía Nora, y su patética compañera que pensaba que era la reina del mundo solo porque había perdido su virginidad con un chico excitantemente misterioso. Aún me sentía algo incómodo cuando Rixon me recordaba aquello, asegurándome que Vee no lo recordaba porque había introducido en su cabeza la imagen de una persona diferente, alguien que nunca volvería a ver. Me exasperaba lo que había sucedido entre ellos… ¿Cómo esa chica había entregado su pureza a un completo desconocido a la primera? Rixon ni siquiera tuvo que pedirlo dos veces. Tuve que contener el impulso de lanzarme sobre ellas y llevarme a Nora lo más lejos posible de su personalidad tan desfachatada. Con solo pensar que Nora pudiera hacer lo mismo con cualquier chico que se le cruzase…

—El estudio de algo—La voz de Nora interrumpió mis pensamientos y me trajo de vuelta a la realidad. Al parecer, el "entrenador" le había hecho una pregunta.

El hombre se acercó a su mesa, y se inclinó hacía ella. Demasiado cerca.

Cerré mis puños con fuerza, y suspiré. Aléjaterugí en mi mente.

— ¿Qué más? —insistió.

—El conocimiento alcanzado por medio de la observación y la experimentación—Contestó Nora. Contuve una risa. Parecía que se fuera tragado el libro y estuviera escupiendo las palabras que sabía que eran correctas.

El hombre aquel se dio cuenta.

—Dilo con tus propias palabras—le dijo a ella.

Su lengua se abrió paso entre sus labios, tocando la parte superior de este con suavidad. Otro estremecimiento se abrió paso por mi cuerpo. Maldije para mis adentros. No podía permitir que ella tuviera ese grado de influencia sobre mí.

tienes que matarla, Jev. Gánate su confianza y mátala pensé con frustración.

Desvié la mirada de aquellas tres personas, y me concentré en dibujar unos garabatos en el pedazo de papel que reposaba sobre mi mesa. Recordé los motivos por los que estaba en Coldwater.

"—Así que… para ser humano, ¿tengo que matar al descendiente de Chauncey? —pregunté.

No exactamente. Ella tiene que hacer el sacrificio por voluntad propia, o no tendría caso—respondió él.

Reí sarcásticamente.

Oh, claro. Voluntariamente. ¿Es sumamente sencillo, no? Solo tengo que aparecer frente a ella y decirle: "Oye, descendiente de Chauncey, ¿Podrías por favor atravesarte el pecho con esta daga? Es que verás, quiero ser humano y necesito que te suicides" ¿En qué demonios estás pensando, Barba? ¿Crees que morirá solo porque un ángel caído se lo pide? —le pregunté.

Él me miró con una sonrisa jugando en la comisura de sus labios mugrosos.

Los humanos son capaces de morir por amor—dijo él.

Contuve el impulso de vomitar. Hace años que no sentía ni una pizca de simpatía por nadie.

¿me estás diciendo qué…?

Siempre puedes enamorarla—dijo él."

Regresé al presente y ahogué un suspiro. Necesitaba ganarme a Nora lo más pronto posible. Quería un cuerpo humano. Lo quería con todo mí… ¿Ser?

Cámbiame de mesa. Ponme junto a Nora. Ahora Gruñí en la mente del entrenador.

Un sonido agudo y chirriante se escuchó en toda la sala. El "entrenador" llamaba al orden a la clase. Estupendo.

—Quiero que todos los que estén sentados del lado izquierdo del pupitre (éste es el lado izquierdo) se cambien a los del asiento de adelante. Los de primera fila (Si, Vee tú también) se irán al fondo.

No sabía exactamente que sentí al tener la oportunidad de sentarme junto a Nora. Un poco de desesperación por matarla y obtener mi cuerpo cuanto antes, y mucha lujuria por tener tan cerca su cuerpo, también algo de obsesión al querer tocarla y todavía no poder, y ni mencionar el deseo de cubrir sus labios con los míos, aunque no pudiera sentirlos físicamente. Me estremecía con solo mirarlos, sin saber exactamente que tenia ella tan diferente a las demás.

Nora tenía la mirada levantada, estudiando a todas las personas que daban vuelta a su alrededor, hasta que su mirada se posó en mí. Volví a estremecerme. Maldición.

Lancé de mala gana mi cuaderno en la mesa junto a ella, y me senté. Ella me sonrió.

—Hola. Soy Nora—me dijo.

La observé fijamente, y le mostré una ligera sonrisa. Ya lo sé, chica. Vengo a matarte pensé. Ella me devolvió la mirada un poco titubeante por unos segundos, para después dirigirse a la pizarra frente a ella.

Permanecí mirándola mientras el entrenador explicaba lo que había que hacer. Ella parecía incómoda. Una sonrisa amenazaba con dibujarse en mi rostro, pero la contuve. El entrenador continuó hablando. Al parecer, quería un informe detallado sobre toda la información que tenía de Nora. Era fácil. Y para mi satisfacción, este trabajo me haría mantener los ojos alejada de ella un par de minutos.

Cuando el entrenador terminó de hablar, tomé una hoja de mi cuaderno, rasgando el papel y comencé a escribir.

Nora Grey.

-columnista de la revista digital del instituto.

-le gusta la poesía.

-Su música favorita es barroca

-Solo hace ejercicios cuando hay buen clima.

Con mi visión periférica, observé que giraba su rostro para observarme.

— ¿Qué escribes? —preguntó.

—Y además, puede hablar—susurré, mientras lo escribía.

Se acercó a mí, pero no lo suficiente. Intentaba ver lo que había escrito. Doblé el folio por la mitad, acercándole más a mí, instándola a que se acercara aún más por sus intentos de leer.

— ¿Qué has escrito? —quiso saber.

Se estaba exasperando. Me encantaba.

En un intento por más exasperación, tomé su hoja, la arrugué entre mi puño y la arrojé al cesto de la basura. Funcionó.

Enojada sacó otra página de su cuaderno, y preparó su lápiz para escribir.

— ¿Cómo te llamas? —me preguntó.

Sonreí. Su rostro estaba ligeramente rojo por la cólera. Me imaginaba su cara de un tono escarlata si supiera lo que quería hacer con ella.

— ¿Tú nombre? —insistió.

Mi nombre es Jev pensé. Pero no vi necesario recordarle esa información. Además, hace años que nadie me llamaba de esa forma.

—Llámame Patch. Lo digo en serio. Llámame—me insinué.

Guiñe un ojo al decirlo, y contemple con satisfacción como se ruborizaba un poco más.

— ¿qué haces en tu tiempo libre? —preguntó.

—No tengo tiempo libre.

—Supongo que esta tarea lleva nota, así que ¿por qué no me lo pones fácil?

Me recliné en el respaldo de la silla, y crucé mis dedos por detrás de mi cabeza. Era posible que ella no hubiera captado el doble significado de sus palabras.

— ¿Quieres que te lo ponga fácil?

Otra insinuación. No entendía completamente lo que estaba sucediendo, pero me agradaba. Me gustaba ver como se sonrojaba, ver como se enojaba. Y Aún más, me encantaba verla asustada. Si tan solo me recordaras… pensé, irónicamente, recordando el momento en que tuve que borrar su memoria, luego de haberla conocido en aquel restaurante.

—En mi tiempo libre… hago fotos—dije, pensativo.

Observé con incredulidad como escribía "Fotografía" en su hoja.

—No he terminado—dije—tengo una colección bastante completa de una columnista de la revista digital que cree en la alimentación orgánica, que escribe poesía en secreto y que se estremece de sólo pensar que tiene que escoger entre Stanford, Yale y… ¿Cómo se llama esa grande que empieza con H? —Me miraba sorprendida, con la mandíbula colgándole. Contuve una carcajada. —Pero al final no irás a ninguna de ésas.

—Ah, ¿no?

Me resultaba placentero hacerla sentir incómoda, pero ya había perdido el rubor. Quería que lo recuperara. Metí la mano debajo de su asiento y la arrastré más cerca de mí. Su cara se tornó roja de nuevo, pero fingió que no le importaba la proximidad.

—Y aunque consiguieras entrar en las tres universidades, las despreciarías por considerarlas un cliché del éxito—continué—Pontificar es la tercera de tus tres grandes debilidades.

— ¿Y cuál es la segunda? —preguntó, algo molesta.

—No confías en nadie—lo pensé mejor—Rectifico: Solo confías en las personas equivocadas.

— ¿Y la primera?

—Te empeñas en tener todo controlado.

Pude sentir como se estremecía. Pero vi que claramente no estaba dispuesta a dejarse intimidar por mí. Casi reí. Ya lo veríamos.

— ¿Duermes desnuda? —pregunté.

Conocía la respuesta, por supuesto. Antes de entrar al instituto, hubo varias noches en las que iba a espiarla a su casa.

—Claro, a ti te lo voy a contar. —Sonreí.

— ¿Has ido al psicólogo alguna vez?

—No. —Mintió. También conocía la respuesta a esa pregunta.

— ¿Has hecho algo ilegal?

—Pues Claro que no. ¿Por qué no me haces una pregunta normal? Cómo… qué música me gusta—dijo ella, algo irritada.

—No voy a preguntarte lo que puedo adivinar.

— ¿Sabes qué tipo de música me gusta?

—Barroca. Cuando se trata de ti todo tiene que ver con el orden, el control. Apuesto a que tocas… ¿El chelo? —pregunté, conociendo también la respuesta.

—Error.

Dsk. Dsk. Resultaban patéticos sus intentos por mentir. Trate de no reír. Miré una vez más sus labios, tratando de no dejarme llevar por el impulso de acercarme y besarla aquí mismo.

Deseché ese pensamiento inmediatamente. Una vez más, como ya había pasado en varias ocasiones, contemple el acto de matarla. Algo se removió inquieto dentro de mí. Déjate de babosadas, es la única forma de ser humano pensé, antes de saber si realmente esas emociones se debían a que no deseaba matarla.

— ¿Qué es eso? —le pregunté, dirigiendo mi atención a la marca en su muñeca.

Sabía lo que era, por supuesto. Ella se alejó, como si repudiara mi contacto.

Me sorprendí.

—Una marca de nacimiento.

—Parece una cicatriz. ¿Eres suicida, Nora? —la miré. Esperaba que contestara "Si, soy suicida y estoy esperando que un ángel caído venga a pedirme que me mate para él" pero sabía que eso no pasaría. — ¿Padres casados o Divorciados?

—Vivo con mi madre.

— ¿Y tú padre?

—Murió el año pasado.

— ¿Cómo murió?

—Lo mataron. Ésas son cosas personales, si no te importa—dijo, con voz queda.

Estaba incomoda, podía sentirlo. Pero por primera vez no me sentía feliz con esa situación. Ese tema parecía lastimarla. No quería lastimarla… aún.

—Tiene que ser duro. —le dije, medio disculpándome.

Me encontré pensando en cuanto había sufrido esta chica antes de que yo apareciera… Si tan solo yo pudiera…

El timbre de salida me devolvió a la realidad.

Me levanté del asiento rápidamente antes de que me pusiera a consolar a la pelirroja. ¿Qué me estaba pasando? Era justo como ese día en el restaurante… Cuando tenía la necesidad de…

—Espera—escuché llamarla a mis espaldas. — ¡Un momento! —Continué caminando— ¡Patch! Aún no tengo nada sobre ti.

Con el bolígrafo aun en la mano, me acerqué a ella y escribí en su palma mi número telefónico antes de darme cuenta realmente de lo que estaba haciendo.

—Esta noche estoy ocupada—dijo ella, observando su mano.

—Yo también—le dije.

Di media vuelta y me encaminé al estacionamiento, a por mi moto. Sabía que llamaría, tarde o temprano. Y estaba ansioso por esa llamada.