Crónicas de un experto espadachín de la era Meiji

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Notas de la autora:

Hace unos días volví a ver el capítulo del famoso anillo de compromiso. Es un capítulo que me hace reír un montón por el «descoloque» de Kenshin y los métodos de Sano y Yahiko para intentar quitarle el anillo. En serio, me río muchísimo, pero he tenido que aprender a no analizarlo en profundidad porque cuando lo hago siempre me deja una sensación amarga. Es decir, imaginaros que eso sucediera en realidad: mientras que Kaoru deja al descubierto que quiere casarse con él, Kenshin la rechaza de plano. Porque no es un: «ahora no es un buen momento», es que se horroriza ante la idea :-s . Y eso me suele llevar a pensar en cómo lo llevaría el autor si lo hubiera metido como capítulo entre los arcos de Shishio y Enishi. Y siempre llego a la conclusión de que no lo haría así. Incluso si Kenshin no se viera dispuesto a casarse de repente. Porque para mí, para entonces, Kenshin ya está enamorado de ella y no gestionaría tan insensiblemente el «incidente».

El caso es que eso me llevó a la pregunta de «¿en qué momento del manga Kenshin se enamora de Kaoru?». En el manga, no se reflejan en profundidad los pensamientos de cada uno, pero por ejemplo, el enamoramiento de Kaoru es mucho más evidente que el de Kenshin. Sabemos que se preocupa de ella, pero hasta el arco del Jinchu no hay un indicativo claro. Porque en el manga no se nos adentra en estos sentimientos de Kenshin.

Y es entonces cuando me dio la venada de este fic. En un principio no tenía reparos en subirlo, pero luego sí me los dieron y por eso han pasado unos cuantos días desde que lo empecé. El problema del fic es que es la versión «novelada» del manga. Es decir, no es una idea original, es la historia del manga girando en torno a Kenshin. A pesar de que los diálogos están algo cambiados (porque la transcripción literal ya sería plagio y piratería ¬_¬º), se dice prácticamente lo mismo. Incluso hay pequeñas cosas de cosecha propia, pero la historia que se cuenta es la misma. La «única» diferencia es que está narrado según la experiencia de Kenshin.

Como siempre, los fics los hago para mí, para entretenerme yo. Así que si hay alguien que encuentra «políticamente incorrecto» que se suba un fic así, lo mismo me da quitarlo. Como digo, durante unos días decidí conservarlo para mí. Además, realmente no cuento nada nuevo. Es sólo mi versión de la perspectiva de Kenshin. Así que tampoco iba a dejar colgada a nadie por quitarlo (sólo tenéis que ir al manga para terminar con la historia). Pero por si a alguna le interesaba leerlo, pues lo voy subiendo.

Una última cosa más. Este fic sí que lo escribo según me da. No va a haber periodicidad de actualización ni nada por el estilo, básicamente porque nadie se puede quedar colgado con esta historia (luego siento presión nula sobre el tema). Repito: si la quieres terminar, lee el manga :-s . De modo que si a alguien le interesa cómo va, o se pasa por aquí a menudo y entonces lo verá sin más o será recomendable que le marque el follow. Porque en serio, no va a haber periodicidad establecida.

Espero que os guste ;-) .

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Disclaimer: El mundo de «Rurouni Kenshin» pertenece a Nobuhiro Watsuki. La siguiente historia no tiene ánimo de lucro, ni nada parecido. Sólo es una historia escrita por divertimento.

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Capítulo 1: Kenshin, llamado Battosai Himura

¿Cuánto hacía… cuatro años? ¿Tal vez cinco, sin pasar por allí? Puesto que era de noche, Kenshin no podía valorar los cambios producidos en Tokio. Las calles estaban desiertas y si no fuese por la luz de la luna, no podría moverse por el laberinto de calles. Tenía que buscar un lugar para dormir. Al entrar en la ciudad, había perdido de vista la orilla del río, pero al no conocer el lugar, no podía ubicarse para volver a encontrarla. Dudaba que dentro de la ciudad hubiera una zona arbolada donde refugiarse, por lo que no le quedaba más remedio que buscar el río y resguardarse bajo un puente.

El invierno era la peor estación del año, sobre todo para alguien como él que no tenía un techo sobre su cabeza. Las inclemencias del tiempo cada vez le pasaban mayor factura y dormir bajo el frío de finales de enero no ayudaba para nada a su cuerpo.

Kenshin siguió caminando intentando localizar su objetivo, portando sus escasas pertenencias en una pequeña bolsa. No necesitaba más para la vida de vagabundo que llevaba; siempre moviéndose sin quedarse en un sitio el tiempo suficiente para encariñarse del lugar.

A esas horas de la noche, Tokio era una ciudad fantasma. Sólo sus pasos se escuchaban en la semioscuridad, sin nadie a quién poder preguntar para orientarse…

—Un momento, ésos no son mis pasos —susurró para sí al escuchar cómo alguien se aproximaba corriendo por su espalda.

—¡Alto ahí, Battosai! —gritó la persona que estaba tras de él. Era la voz de una mujer y puesto que en ningún momento le había visto de cara, no podía entender cómo le había podido reconocer. Kenshin se giró asombrado ante la voz que demandaba su atención—. ¡Al fin te encuentro! ¡Prepárate a poner fin a tus asesinatos! ¡No permitiré que vuelvas a aterrorizar a las gentes de la ciudad!

—¿Ehh? —Kenshin se sorprendió como pocas veces lo había hecho en su vida. Una mujer, con una espada de madera y vestida para la pelea, le estaba amenazando. ¿Y qué había dicho sobre que estaba matando a gente? Se extrañó aún más.

Pero ni siquiera pudo abrir la boca antes de que la mujer se le echara encima con intención de atacarle con la espada. Con sus buenos reflejos, pudo apartarse de la trayectoria del certero ataque, pero no se dio cuenta de las cajas que había a un lado en el camino y cayó sobre ellas de forma estrepitosa.

En cuanto le vio en el suelo, la joven perdió su postura ofensiva y le miró extrañada.

—¿Es usted realmente Battosai, el asesino? —su voz teñida de una clara incredulidad.

Y Kenshin supo que el «reconocerle» había sido totalmente fortuito. Era evidente que estaba buscando a otra persona, alguien que al parecer estaba cometiendo asesinatos por la ciudad.

—No, claro que no. Sólo soy un vagabundo que acaba de llegar a la ciudad —se defendió él.

La mujer le miró atentamente y terminó por bajar su bokken.

—¿Y se puede saber qué hace paseándose a estas horas con una espada? —Se acercó hasta él y comenzó a recriminarle con dureza—. ¡Portar espadas está prohibido! Con ese comportamiento sólo llama a que le confundan con un delincuente.

—Esta espada es inofensiva —replicó él desde el suelo y tendiéndosela para que pudiera observarla. La joven agarró la empuñadura y la extrajo de su vaina—. ¿Lo ve?

—Tiene el filo invertido —susurró perpleja analizándola con atención—. Y está en perfectas condiciones. No parece usada.

Kenshin aprovechó ese momento para levantarse del suelo.

—Esa espada no sirve para matar. —Se quitó el polvo de la ropa al ponerse en pie.

—¿Y por qué lleva una espada que no…? —Un silbato interrumpió su pregunta y al momento, la mujer se tensó—. ¡La policía! ¡Debe ser Battosai! —Echó a correr lanzando al aire su espada invertida—. ¡Esta vez no se me escapa!

Kenshin recuperó la espada que tan despreocupadamente había desdeñado la joven y pocos segundos después, había desaparecido en la oscuridad de la noche.

Ahí estaba pasando algo raro donde al parecer él era el protagonista cuando hacía años que no pisaba esa ciudad. Se dirigió sigiloso hacia el lugar donde provenían los gritos de varios hombres que intentaban reducir a otro.

Cuando llegó, la mujer se estaba batiendo en duelo contra un hombre que triplicaba su tamaño. La diferencia de fuerzas era más que evidente, sin llegar a contar con que el hombre manejaba una espada de verdad frente a la de madera de la muchacha. Dudaba entre si lo que mostraba esa mujer era valentía o insensatez.

El hombre la estaba arrinconando contra la pared y estaba a punto de embestir contra ella. Kenshin se puso en marcha en el acto para quitar a la mujer de la trayectoria de la espada, la cual esquivó por poco. El filo se enterró en la pared y le siguió un improperio del atacante.

Más silbatos y gritos de hombres que se acercaban al lugar interrumpieron el enfrentamiento.

—¡Soy Battosai Himura, de la Escuela Kamiya! —gritó el hombre huyendo calle abajo.

—¡Espere! —gritó la joven, y ante su intento de ir tras él, Kenshin la sujetó para detenerla.

—Es absurdo que le siga. Está herida —hizo obvio lo evidente—. Ha dicho el nombre de su Escuela, de modo…

—¡No! —negó con vehemencia—. La Escuela Kamiya es mi escuela y ese asesino está manchando el nombre de mi familia.

—Pero no puede seguirle en las condiciones en las que está —insistió intentado hacerle entrar en razón—. Debe ir a casa a curarse.

Con gran reticencia, la mujer aceptó y la acompañó hasta su casa para asegurarse de que no se metía en más líos.

La casa en cuestión era un recinto bastante grande aunque descuidado. Tras la entrada, un camino de piedra llegaba al edificio principal —la residencia— la cual estaba rodeada por un jardín. Había un dojo y un pequeño almacén. Era grande y el lugar hablaba de tiempos mejores donde sus habitantes habían vivido en prosperidad. Pero salvo la mujer que tenía a su lado, no parecía vivir nadie más allí.

Sin embargo, se equivocaba. Cuando entraron por la puerta, un hombre mayor se acercó hasta ellos apareciendo por el pasillo de la casa.

—Señorita Kaoru, ¿ya ha regresado? —lo preguntó con una voz neutra que llamó la atención a Kenshin. No parecía ni alegre ni disgustado. Teniendo en cuenta que la joven había salido a batirse contra Battosai, habría esperado de alguien cercano a ella que se preocupara más por su regreso.

—Se me ha escapado. Así que regresé a casa —respondió ella—. Necesito curarme esta herida del brazo.

Se dirigieron al dojo para realizarle la cura y Kenshin aprovechó para analizar con más detenimiento el lugar. No era un dojo para albergar a muchos alumnos, pero sí a más de los que tenía, que en esos momentos esa cifra se elevaba a cero. En el panel lateral sólo colgaban las tablillas indicadoras de maestros y discípulos, y el único nombre que allí se mostraba era el de Kaoru Kamiya como maestro ayudante.

—La escuela perdió a todos sus alumnos hace dos meses, cuando empezaron los asesinatos de Battosai —respondió Kaoru a una pregunta no formulada. Kenshin se giró hacia ella y se acercó para ver cómo era la herida que le habían infligido. Pudo comprobar que el hombre que la atendía tenía conocimientos básicos de atención médica pero poco más. Le vendó el brazo mientras ella seguía hablando—: Ya nadie se acerca siquiera aquí desde que todo empezó. No entiendo por qué utiliza el nombre de esta escuela. Pero de lo que sí estoy segura es que tengo que detenerle.

—No es rival para él —replicó lisa y llanamente—. Para un kendoka es imprescindible analizar al contrario y evaluar sus fuerzas con las de uno mismo. Es evidente que ese hombre es más fuerte que usted. Si se vuelve a enfrentar a él, podría morir.

—Pero debo limpiar el nombre de mi familia.

—Ningún nombre vale tanto como la vida de una persona.

—Mi padre fundó esta escuela. Es la escuela que enseña la técnica de la espada que protege la vida. Mi padre enseñó eso a sus discípulos, sin embargo, le llamaron a filas en la guerra de Seinan y murió; en una guerra que iba en contra de sus creencias. Ahora, ese hombre va por ahí manchando el nombre de lo que mi padre defendió durante diez años —expuso amenazando la congoja a su voz. Le miró con las lágrimas contenidas en sus ojos—. Un simple vagabundo como tú no puede entenderlo.

Kenshin la observó sin agregar nada. Entendía lo que quería decir, pero no estaba de acuerdo con esa lógica. La vida era un bien que había que preservar. Era algo que había aprendido duramente en el transcurso de la guerra de restauración.

—De todas formas, en estos momentos no puede hacer nada con ese brazo hasta que se cure. —Kenshin se acercó hacia la puerta, pero antes de salir añadió—: Estoy seguro de que su padre no querría que su hija perdiera su vida intentado limpiar su nombre. Ningún padre quiere eso para sus hijos.

Cuando salió al frío de la noche, volvió otra vez al problema inicial: no sabía dónde quedaba el río. Sin embargo, a diferencia de antes, ahora tenía un nuevo dilema delante. Alguien se estaba haciendo pasar por él en Tokio. Y lo hacía bajo una falsa escuela. No tenía ni idea de por qué alguien querría perjudicar a una pobre chica huérfana.

Pero lo que sí tenía claro era que no podía dejar aquello así.

— * —

Llevaba tres días en Tokio y aún no tenía una pista consistente sobre quién podría ser el autor de los asesinatos. Paradójicamente, desde que el verdadero Battosai estaba en la ciudad, el falso no había vuelto a actuar. Aunque salía por las noches en su busca, éstas eran tranquilas y mansas, sin ningún altercado sospechoso.

Sin embargo, no podía rendirse. No estaba orgulloso de su nombre, pero tampoco podía permitir que alguien se hiciera pasar por él y se dedicara a matar a inocentes.

—¡Eh, tú! ¡No te muevas! —gritó alguien a su espalda. Kenshin apenas hizo caso del problema que se estuviera formando—. ¡El pelirrojo de la espada! —Kenshin se giró en el acto. Porque al parecer, el problema era con él—. ¿No sabes que está prohibido llevar espada? —le acusó.

Kenshin se movió con toda intención de escapar, pero varios hombres le franquearon la huida. No pudo evitar suspirar. Por norma, era capaz de evadirse de cualquier policía que le avistaba. Por desgracia, a veces también ocurría que le cercaban entre varios, y salir corriendo dejaba de ser una opción. En esos casos, sólo quedaban dos alternativas: o dejarles inconscientes o dejarse arrestar. Y por supuesto, siempre era esa última. Nunca podría enfrentarse a unos hombres que lo único que querían era hacer cumplir la ley.

Aunque con el frío que hacía esos días, esta vez habría agradecido tener encima aunque fuese el techo del calabozo, era un muy mal momento. Tenía que cerciorarse del asunto del falso Battosai, y varias noches encerrado no era una buena opción.

Los policías le apresaron y le redujeron tirándole al suelo. A Kenshin le pareció excesivo pero entendía que algunos guardias se pusieran nerviosos al tener que enfrentarse a un experto de la espada. Los policía en la actualidad portaban un bo de madera; una vara que era fácil de cortar con una espada de verdad. Su entrenamiento estaba dirigido a hacer frente a los disturbios habituales de los civiles, no a enfrentarse con espadachines expertos.

—¡Anda! Pero si es el vagabundo —se elevó una voz por encima del resto—. ¿Todavía sigue aquí?

Kenshin miró a la mujer que le hablaba y le costó varios segundos identificar en ella a la muchacha del dojo Kamiya. Iba vestida con un bonito kimono de flores, en lugar de las prendas de entrenamiento que llevaba cuando la conoció.

—¿Señorita Kaoru? No la había reconocido vestida tan femenina. —Kaoru no se tomó a bien su comentario y se giró sin dirigirle más la palabra—. ¡Espere! Era una broma.

Kaoru le miró con el ceño fruncido y luego habló con los policías.

—¿De qué se le acusa?

—De infringir la ley de prohibición para portar armas. —Kaoru resopló y Kenshin habría jurado que se había mordido un reproche por ello, a fin de cuentas, ella misma se lo había dicho cuando se conocieron—. Un momento, ¿acaso no es usted del dojo de Battosai? —preguntó con sospecha el hombre.

Kenshin presenció con asombro la transformación de la chica. De parecer una joven inocente a ser la mujer con más carácter que había visto nunca.

—¡¿Cómo se atreve a injuriarme en público?! —gritó a todo Tokio por el volumen de su voz—. ¡Ya he dicho mil veces que ese hombre no tiene nada que ver con mi escuela! ¡¿Cómo demonios se lo tengo que decir, eh?!

—¡No me levante la voz! ¡Está hablando con las autoridades!

—¿Y por eso no le puedo gritar? ¡Eso es abuso de poder! —le acusó ella.

—¡Usted lo ha querido! —la amenazó el policía.

—Espere un momento, buen hombre. —El anciano que acompañaba a Kaoru se acercó a él y le tendió la mano. Kenshin pudo ver, por el ángulo que tenía desde el suelo, que le había puesto en su mano un soborno—. Seguro que se pueden arreglar las cosas de otra manera.

El policía miró a su alrededor y, cerrando la mano sobre la del anciano, se quedó con el dinero.

—Vigile los modales de esa mujer —reprochó fingiendo benevolencia—. Por esta vez, lo dejaré pasar.

La policía se marchó abriéndose paso por entre el gentío y dejando a Kenshin en el suelo. Kaoru se acercó a él y le ayudó a levantarse.

—¿Se encuentra bien? —se preocupó ella.

—Sí, no tiene importancia. —Y luego musitó para sí mismo con disgusto—. La policía de esta ciudad no es de fiar.

—¿Por qué está aún en Tokio? ¿Tiene algo pendiente? —curioseó la chica.

—En realidad, no. —Y cambió con descuido al tema que verdaderamente le interesaba—. ¿Y qué hay de los maleantes que se hacen pasar por sus discípulos? ¿Sabe algo?

—Tengo una sospecha —dijo ella contra todo pronóstico.

—¿Ah, sí? —No quería sonar interesado aunque no estaba seguro de que no se filtrara en su tono.

—En la afueras de Tokio hay una Escuela donde se concentran jugadores y delincuentes. Se llama Kiheh-Kan.

—¿Kiheh-Kan?

—Sí, hace un par de meses, justo cuando empezaron los ataques, un ex samurái se hizo cargo de él. Dicen que el hombre mide dos metros y es muy corpulento —informó Kaoru—. Encaja con la descripción de Battosai. No hay muchos hombres con esa constitución.

Kenshin analizó la viabilidad de esa información. Por supuesto, era la primera pista que tenía sobre ello —aunque resultase falsa— por lo que no perdía nada yendo a investigar.

—Señorita Kaoru, debo volver a casa a preparar la comida —dijo de pronto el anciano.

—Claro, no hay problema —respondió ella con una sonrisa, y el hombre partió.

—Ese hombre estaba en su casa el otro día.

—Sí, es Kiheh —contestó solícita—. Apareció ante mi casa herido poco después de que mi padre muriera en la guerra. Lo recogí y ahora se hospeda en mi casa. —Kaoru fijó la mirada en su espalda y sus ojos mostraron cariño—. Sé que se preocupa por mí y por tener que llevar sola la escuela.

—¿Por qué lo dice?

—Me ha recomendado en varias ocasiones que venda el dojo y viva tranquila. Pero no puedo; es el legado de mi padre —declaró Kaoru con emoción—. De modo que me ayuda con las tareas domésticas —terminó diciendo con una sonrisa como si estuviera haciendo un chiste al que sólo ella le encontrara la gracia.

Kenshin miró hacia el lugar por donde se había marchado el hombre.

—¿Y qué sabe de él? ¿De dónde ha salido? —inquirió algo preocupado Kenshin. Era una total irresponsabilidad, por parte de la muchacha, el recoger a la gente sin más en su casa.

—No lo sé. —Sus sospechas se confirmaron y abrió los ojos con sorpresa. Kaoru sonrió por su reacción—. Sé lo que piensa: ¿a qué clase de personas puedo estar dejando entrar en mi casa? —sugirió y se rio.

El problema era que eso no era precisamente lo que más le preocupaba. Esa chica era demasiado inocente para su propio bien. No era tanto el problema de a quién dejaba entrar, sino que confiaba en el primer extraño que se aparecía en su puerta sin saber si sus intenciones eran buenas o no. Un día se podría llevar el susto de su vida.

—Pero lo cierto es que no me importa lo que hayan hecho antes —continuó diciendo Kaoru—. Todos tenemos secretos en nuestro pasado que preferimos ocultar. ¿No es eso lo que le sucede a usted? ¿Acaso no es por eso que es un vagabundo?

Inocente o no, esa muchacha le había impresionado. Cualquier persona no podía hacer lo que ella hacía: desentenderse de semejante manera del pasado sospechoso de la gente.

—Sí, se puede decir que sí —contestó él.

Kaoru le miró con una nueva sonrisa.

—Supongo que no tiene dónde quedarse. ¿Por qué no se viene a mi casa? —le propuso.

Definitivamente, algún día le iba a suceder algo muy malo a esa pobre chica si seguía acogiendo a cualquiera que se le presentara en el camino.

—No, gracias. Tengo algo que hacer.

—Hace un momento dijo que…

—Lo he recordado ahora. Mejor me voy.

Kenshin se puso en camino para intentar encontrar la Escuela, pero Kaoru le detuvo.

—¡Espere! —le pidió ella. Kenshin la escrutó con curiosidad sin saber qué le diría a continuación. La mujer era bastante imprevisible—. Quería darle las gracias por lo del otro día.

El hombre la miró sorprendido. Teniendo en cuenta el mal genio que se había gastado esa noche y lo que le había dicho en el calor del momento, no esperaba que se lo agradeciera.

—¿Se ha puesto enferma? —bromeó y a Kaoru le indignó que su disculpa por el comportamiento que tuvo se lo tomara a risa.

—¡Estoy intentando disculparme, idiota! —le gritó enfadada.

—Vale, ¡disculpa aceptada! —se retractó inmediatamente de su broma—. No se preocupe por eso —dijo conciliador—. Y ahora, debo irme.

Kenshin se marchó de allí dejando a la joven con el desconcierto pintado en su rostro. Pero necesitaba investigar lo de la Escuela que le había comentado, de modo que puso rumbo hacia allí. Si Kaoru estaba en lo cierto y el falso Battosai estuviera fuera de la ciudad, eso explicaría por qué llevaba tres días en Tokio sin dar con una pista de un paradero sospechoso en el que pudiera estar.

Le costó más de lo que esperaba encontrar referencias verdaderas del dojo, pero por la noche, había conseguido llegar a su destino.

—¿Perdón? ¿Hay alguien? —preguntó. Y tuvo que hacerlo reiteradas veces hasta que consiguió que por cansancio, alguien le atendiera. Pero podía sentir que había gente en el interior y no iba a largarse de allí sin preguntar.

—¿Qué demonios quiere? —espetó de malos modos el hombre que abrió la puerta—. El maestro Hiruma no está en estos momentos.

—De modo que se llama Hiruma —comentó Kenshin en tono inocente.

—¿A quién buscaba, si no? —cuestionó extrañado.

—Pensaba que encontraría a Battosai aquí.

El hombre compuso un gesto ladino en su rostro y Kenshin supo que las sospechas de Kaoru eran fundadas.

—¿Quién es, Nishikawi? —preguntaron tras él y un grupo de hombres armados se acercó a Kenshin. Más hombres aparecieron por el jardín hasta rodearle—. ¿Quién es este enano?

—Estoy buscando a Battosai.

—¿Para qué? —contestó el hombre con actitud agresiva.

—Quiero pedirle que deje de cometer crímenes y se entregue a las autoridades. —Porque eso sería lo más sencillo para todos. La otra alternativa era que él le obligara a entregarse, lo cual sería doloroso para unos cuantos de los allí presentes.

Los hombres se rieron ante la sugerencia.

—¿En verdad crees que el gran Battosai va a entregarse a las autoridades porque tú lo digas? —Y se echó a reír a carcajadas. Kenshin le ignoró.

—¿Me vas a decir dónde está o voy a tener que sacarte la respuesta? —amenazó él, y entonces, el primer inconsciente de la noche le atacó.

— * —

Sus peores previsiones se habían confirmado: Kaoru había sido engañada y estaba a punto de sufrir las consecuencias de su ingenuidad. Tras dejar a todos inconscientes en menos de tres minutos, había conseguido que el líder del grupo cantara lo que tenían planeado.

Al parecer, querían adquirir la propiedad de Kaoru y, como ella se negaba a venderla, habían desprestigiado su Escuela para que la ruina la obligara a venderla. Pero no habían contado con la determinación de Kaoru, algo que cualquier persona con dos dedos de frente sabría casi al momento. Kenshin se había encontrado en dos ocasiones con la joven y ya sabía que era poseedora de esa férrea voluntad.

El mayor problema era que ella había metido sin querer al enemigo en su casa y creyéndose en la seguridad de su hogar, se iba a encontrar con un grupo de hombres que no quería ni siquiera empezar a pensar lo que podrían hacerle.

Kenshin apresuró más el paso con la esperanza de llegar a tiempo. Le llevaban ventaja y encima ella estaba sola.

Los hombres todavía estaban allí cuando franqueó la puerta de la residencia. No le llevó mucho más tiempo que antes el dejar a los que estaban allí fuera de combate. Vio que uno de los hombres abría la puerta del dojo y Kenshin se acercó a él.

—¿Qué quieres? —preguntaron desde dentro.

—Es muy fuerte —gimió el matón antes de tirarle al suelo de un empujón.

El más corpulento de todos —el que se tenía que estar haciendo pasar por Battosai— estaba en medio de la estancia sujetando a Kaoru en el aire. La joven no presentaba heridas de consideración y con eso pudo respirar más tranquilo.

—Si es… el vagabundo —susurró Kaoru suspendida aún por el brazo de Hiruma.

—¿Qué haces tú aquí? —espetó el grandullón—. ¿Acaso eres como ella y también piensas que la espada protege la vida?

Hiruma debía dar por sentado que sabía de qué habían estado hablando, cosa que no era cierta porque acababa de llegar. Pero dedujo rápidamente que se estaba mofando de los ideales de Kaoru sobre utilizar la espada para proteger a la gente.

—No —contestó sin ambages acercándose a ellos—. La espada es un arma; el kendo, el arte de matar. Ésa es la verdad por mucho que se quiera adornar con palabras bonitas —sentenció deteniéndose a pocos metros del hombre—. Las creencias de la señorita Kaoru son propias de alguien que nunca ha matado. No es más que un ideal utópico. —Hiruma se jactó al ver expuesta de esa forma los sentimentalismos de Kaoru—. Aun así, reconozco que prefiero sus bellos ideales a la realidad —terminó diciendo con una sonrisa.

Hiruma le evaluó de arriba abajo.

—¿Puedo deshacerme de él? —preguntó al anciano.

—No te canses. Tus hombres se encargarán de él.

—Si no queréis salir heridos, no os acerquéis —avisó cuando los luchadores que había en el dojo se pusieron en posición de ataque.

Varios de ellos se le acercaron a la vez, pero Kenshin era demasiado diestro en peleas con varios oponentes. El «Hiten Mitsurugi» era el arte por excelencia para matar, y él estaba muy versado en dicha técnica.

Antes de que siquiera pudiesen saber qué les golpeaba, los hombres fueron cayendo al suelo por obra y gracia de su espada de filo invertido.

—¡¿Qué clase de brujería es ésta?! —exclamó Kiheh viendo el desarrollo de la pelea—. ¡Acaba con varios de un solo golpe!

Cuando Kenshin terminó con el último, descubrió con ironía que había sudado más corriendo de una escuela a la otra que con esa pelea. Eran unos simples matones que se aprovechaban de los más débiles.

—No es brujería —contestó Kenshin a la absurda pregunta del anciano—. La técnica de Battosai no proviene de la Escuela Kamiya, sino del «Hiten Mitsurugi», una antigua técnica originaria de la época de los guerreros. Combina la velocidad divina con los movimientos letales de la espada, de forma que se pueda luchar contra varios oponentes a la vez.

Incluso estando a cierta distancia, pudo oír los jadeos de Kaoru y Kiheh cuando ataron cabos.

—No puede ser… —susurró Kaoru perpleja—. ¿Es el verdadero Battosai?

Hiruma rio complacido y finalmente se dignó a centrar su completa atención en él. Soltó a Kaoru sin delicadeza, haciendo que se golpeara contra el suelo.

—¡Qué interesante! —se jactó el hombre—. Si lo llego a saber, habría saldado esta cuenta contigo la otra noche. —Hiruma desenfundó su falsa espada de madera mostrando así una espada verdadera—. El mundo no necesita dos Battosai… ¡Y ése es mi nombre!

Hiruma alzó los brazos para asestarle un golpe vertical a dos manos, pero Kenshin saltó y le infligió un potente ataque que le dejó incrustado en el suelo.

—No le tengo ningún apego al nombre de Battosai —expuso Kenshin hacia la montaña de carne humana que estaba tirada en el suelo—. Pero no puedo dejar que un hombre como tú lo use. —Kenshin se encaró ahora contra Kiheh y le apuntó con la espada—. Tu turno. El cerebro que ha maquinado esto se merece un castigo a su medida. —Kenshin giró teatralmente su espada—. ¿Quieres que probemos el otro filo?

El anciano casi se desmayó en el sitio del miedo y Kenshin resopló con desprecio cuando el hombre se meó encima.

—Qué típico. —Kenshin se acercó al hombre y cogió el contrato que había tirado al suelo al entrar en pánico—. Todos los cerebros son unos cobardes —comentó rompiendo el contrato de venta de la propiedad impregnado con la sangre de Kaoru como firma.

La joven no era capaz de articular palabra y Kenshin casi sintió pena por ella.

—Lo siento, señorita Kaoru. No era mi intención ocultarle mi identidad, pero habría preferido mantenerla en secreto por cuestiones evidentes. —El nombre de Battosai, incluso una década después de sus actos en la guerra, aún causaba pavor entre la población—. Ya está solucionado su problema. Hasta otra.

Kenshin esperaba de corazón que el tema sobre la reputación de su escuela se arreglara tras eso. Cuando la policía arrestara a esa banda, constaría la conspiración urdida para conseguir quitarle la propiedad a Kaoru. Así, su nombre se restauraría y la Escuela podría volver a tener alumnos.

—¡Espere! —exclamó de pronto cuando ya estaba saliendo por la puerta—. No se vaya. No puede dejarme sin más. —Kenshin se giró aturdido por esa petición—. ¿Cómo voy a levantar la escuela yo sola? ¿No podría ayudarme?

¿Ayudarla? ¿Ayudarla con qué?, pensó desconcertado. Él no sabía cómo se mantenía una escuela y por supuesto, él no tenía pensado transmitir su técnica a nadie.

—¿Yo? —dijo incrédulo.

—Sí —le confirmó aunque no fuese necesario—. No me importa lo que haya hecho en su pasado; por favor, quédese.

Si la primera vez que se lo oyó decir le había impresionado, esta vez le había dejado perplejo. Cuando lo dijo en relación con Kiheh realmente no sabía nada de ese hombre. Podía mantener una actitud pasiva ante la ignorancia. Pero en su caso era totalmente distinto. Sabía que era Battosai, y por tanto, era consciente de que había sido un asesino sin igual. Kaoru no era capaz de entender la transcendencia de sus palabras. Acababa de ignorar años de su vida como asesino consagrado; años de los que había pasado una década intentando buscar una forma de expiar sus crímenes.

Y ella los había desechado de un plumazo.

Kenshin sonrió afectadamente saboreando unas palabras que no estaba seguro de volver a oír. Esa mujer era demasiado ingenua.

—No puede ir así por la vida. Hay muchos más hombres como Kiheh que buscan formas de aprovecharse de gente inocente. —Kaoru se sonrojó ante la evidente recriminación de Kenshin, a fin de cuentas, todo había empezado al dejar que se instalara el anciano en su casa.

—Sí, tiene razón —estuvo de acuerdo ella, aunque apenas fue un murmullo.

—Quedarme sería una mala idea —retomó la oferta de hospitalidad—. Su escuela se ha visto arrastrada por la mala reputación de Battosai. Si llegara a conocerse que el verdadero se hospeda aquí…

—Pero yo no he pedido que Battosai se quede aquí —le interrumpió con vehemencia—. Se lo estoy pidiendo a usted, el vagab… —Kaoru se llevó una mano a la boca mortificada por lo que había dicho.

Aquella conversación estaba inquietando a Kenshin. Porque decía más de lo que ya de por sí decía y que era bastante. A esa mujer, en verdad le daba igual que hubiera sido un asesino. Sólo se guiaba por el hecho de que ya no lo era. Pero lo que realmente le estaba incomodando era que Kaoru era una persona que no soportaba la soledad, hasta el punto de que era capaz de recoger a la gente que se encontraba por la calle. Era una mujer tan ingenua que incluso cinco minutos después de haber sufrido el susto de su vida por su extremada bondad, volvía a pedirle a un desconocido que se quedase con ella.

Estaba convencido de que si se marchaba de allí, Kaoru encontraría en breve otra alma a la que recoger. Y puesto que no parecía tener juicio para valorar a las personas, era carnaza para los timadores, estafadores y delincuentes de todo tipo.

Kaoru se giró ante su silencio no soportando encararle por más tiempo.

—Está bien, ¡váyase si quiere! —exclamó con un enfado que sabía que no tenía. Su reciente petición así lo atestiguaba—. Pero al menos, podría decirme cómo se llama. Battosai era su nombre durante la guerra, ¿verdad? ¿O quizás prefiere mantener en secreto su identidad?

Y entonces supo que se iba a quedar allí un tiempo. Y no sólo por lo oportuno del momento. Era invierno y el tiempo empezaba a pasarle factura por dormir a la intemperie. Aunque normalmente buscaba un lugar donde guarecerse, no siempre lo encontraba, y más de una vez había tenido que dormir al pie de un árbol.

En verdad estaba cansado de vagar; llevaba haciéndolo diez años y no le vendría mal descansar de sus viajes y quedarse una temporada en un lugar.

Pero lo que más le preocupaba a Kenshin, era la necesidad de compañía de Kaoru. Si no se quedaba él, buscaría a otra persona y esta vez, él no estaría allí para protegerla si dicha persona tenía malas intenciones. Siendo una mujer de tan fuerte carácter, era una contradicción que se mostrara desamparada. Kenshin intuía que Kaoru no era consciente de su propia fortaleza, pero al haberse quedado huérfana de pronto, aún no había podido asimilar su situación en su totalidad.

Cerró la puerta y escuchó un suspiro resignado provenir de Kaoru.

—Kenshin. —Ella se tensó en cuanto le oyó—. Me llamo Kenshin Himura. —Kaoru se giró con la sorpresa rezumando de su rostro—. Lo cierto es que estoy algo cansado de vagar. Así que, si no le importa, me quedaré algún tiempo aquí. —Toda ella se iluminó ante la idea y Kenshin no pudo evitar sonreírle.

Al menos, mientras estuviera allí, ni Kaoru se seguiría sintiendo tan sola, ni él permitiría que más individuos se le acercaran. Era un crimen permitir que malnacidos se aprovecharan de buenas personas como Kaoru.

De pronto, la joven frunció el ceño y le miró como si fuese la primera vez que lo hacía.

—Espere un momento —dijo suspicaz—. Si participó en la guerra de restauración, ¿cuántos años tiene? —preguntó atónita. Y ante la nula respuesta de Kenshin, siguió—: ¡¿No pretenderá hacerme creer que tiene más de treinta años?! —le acusó.

—¿Cuántos años? ¿Ehh? —dudó nervioso mientras contaba con los dedos—. Pues no sé… ¿Cuántos años tengo? —preguntó al aire con tono despistado mientras reía.

— * —

Notas finales:

Éste es el primer capítulo del manga. Tiene una extensión del doble que el resto y por eso es más largo. Tengo ya escrito el segundo y ocupa la mitad. Creo que más o menos así serán todos, con la salvedad de que empiece a «juntar» varios capítulos en uno.

Estoy empezando con ello y no he avanzado mucho, así que acepto sugerencias, recomendaciones y peticiones, porque no voy a escribir sobre todos los capítulos del manga (me podría morir x_x). Sólo los interesantes para la relación de los protas ^_^º

Espero que os haya resultado interesante ;-)