Hola chicas aquí traigo una nueva adaptación, espero que les guste tanto como me gustó a mi. Como siempre les recuerdo que la historia no me pertenece sino a Michelle Reid yo solo la adapto a Crepusculo y los personajes son de Stephenie Meyer. Disfrutenlo y si les gusta dejemenlo saber con un Review

Nessa


La novia del millonario

Bella no podía dar a su pequeña hermana en adopción, pero sabía que aunque ella le diera todo su amor, no tenía medios económicos para hacerse cargo de un bebé. Estaba desesperada, tratando de tomar la mejor decisión para Nessie, cuando conoció al atractivo magnate griego Edward Cullen.

Casarse con él era la solución a todos sus problemas, pensó Bella, sin imaginar que muy pronto iba a enamorarse perdidamente de un hombre que sólo se había casado con ella para tener un heredero.

Capítulo 1

DARLA en adopción? —repitió Bella consterna da—. ¿Quieres que deje a Nessie en manos de un extraño?

Allí estaba Bella en medio de su pequeño y destar talado apartamento. Se dirigía a su tía como si estuvie ra tratando con el diablo.

Lo cierto es que le costaba creer que aquello estu viese pasando de verdad. En las últimas tres semanas la tragedia se había cebado con su vida de forma verdade ramente insistente. Y ahora esto.

—Voy a hacer como si no hubiera oído tus palabras, tía Carmen —dijo Bella, sosteniendo a un bebé en sus brazos y estrechándolo aún más contra su pecho.

—No, tú vas a hacerme caso —repuso la tía con de cisión—. ¿Crees de verdad que te propondría esta solu ción si pudieras hacerte cargo de la niña?

-¡Por supuesto que puedo hacerme cargo de ella! —exclamó Bella airadamente

Carmen llevaba un traje de chaqueta gris que le senta ba impecablemente. Tenía el cabello rubio recogido de modo elegante e iba discretamente maquillada. Parecía querer hacer hincapié en sus palabras mirando a su al rededor.

—Por Dios, lo único que te he pedido es que me ayudes a pagar el alquiler —adujo Bella.

Se sentía como un gato callejero pidiéndole limosna a una reina.

—Ya veces hay que ser cruel para ser de utilidad —murmuró Carmen a la defensiva—. Eso significa que tengo que ser despiadada para que abras bien los ojos.

Como Bella se imaginaba, le estaba diciendo de manera elegante que no pensaba soltar ni un duro. En fin, la tía Carmen nunca había sido conocida por su gene rosidad.

— ¡Nessie ni siquiera es tu hija! —exclamó la tía.

—Pero es mi hermana —sostuvo Bella enfadada—. ¿Cómo pretendes separarla de mí?

Aquello había sido un auténtico sollozo. ¡Había so portado demasiadas preocupaciones y disgustos duran te los últimos seis meses!

—Tu hermanastra —la corrigió Carmen—. Ni siquie ra conoces al padre.

La tía miró con verdadero desprecio a la pequeña de tono rosáceo y cabellos oscuros.

—¿Y eso qué más da? —preguntó Bella con los ojos azules llenos de indignación.

De acuerdo, su madre había tenido una aventura con un camarero español, ¿y qué? Al menos había sido capaz de atraer a un hombre, cosa que con su padre no había logrado.

—Por nuestras venas corre la misma sangre —pro siguió Bella.

¡Lo malo era que con la tía Carmen ocurría lo mismo!

Pero casi nunca se notaba. La madre de Bella siempre decía que su hermana no tenía corazón. Era fuerte y dura. Y eso lo plasmaba en su trabajo. Estaba consagrada exclusivamente a su carrera profesional como alta ejecutiva de uno de los bancos más impor tantes de Europa.

Antes que pedirle ayuda, Bella tenía que haber en contrado otra solución a sus quebraderos de cabeza.

Para la tía Carmen aquello no suponía más que una rémora para los años venideros. Por eso, ella, que había sacrificado amor e hijos por su carrera, le había dicho a su única sobrina que se deshiciera del bebé.

A Bella le dieron náuseas.

— ¡Maldita sea, solo tienes veintiún años! —excla mó Carmen, impaciente—. Has dejado la Universidad y ni siquiera tienes trabajo. No tienes con qué vivir y me nos aún con un bebé a tu cargo. Y ahora me vienes con que no tienes para pagar el alquiler.

—Pronto encontraré un trabajo, estoy segura —ase guró Bella orgullosa.

—¿Qué tipo de trabajo? —La desafió su tía—. ¿Sir viendo mesas en un restaurante como el padre de la niña? ¿Fregando suelos? Si prefieres ser la criada de otros en vez de acabar la carrera y ser lo que tu madre quería que fueses... ¿Y quién va a cuidar a Nessie mientras estés fregando suelos? Una niñera por horas resulta excesivamente cara. Después de todo, la heren cia de tu madre apenas dio para su entierro.

Aquellas palabras fueron el colmo.

—Seguro que tengo derecho a recibir asistencia por parte del Estado —gritó de pronto Bella.

—Oh, claro —respondió la tía—. Los días en que el Estado lo pagaba todo han pasado a la historia. Y Nessie también tiene derecho a crecer en un ambiente que le permita todo lo que pueda estar a su alcance. O es que crees que te va a estar muy agradecida de vivir pobremente.

Tras la brutalidad del discurso, Bella se tambaleó llena de confusión.

¿Sería mejor para Nessie mantenerse alejada de su hermana? Bella intentó ponerse en el lugar de la pe queña.

Puede que su tía tuviera razón: Nessie podría re criminarle algún día el tipo de vida que le había induci do a llevar.

Silenciosamente, se dirigió hacia la cuna y allí de positó a la criatura. Bella había adelgazado mucho; los vaqueros y la camisa de algodón que llevaba le estaban grandes. Sin embargo, hacía un par de meses tenía un aspecto de lo más saludable.

Pero hacía un par de meses, Nessie no había naci do aún. Y la madre de Bella, estaba todavía viva, ex pectante ante el nacimiento de su futura hija. Se iba a tratar del comienzo de una nueva etapa que pondría fin a un triste pasado.

Tan solo hacía tres años, Bella era la hija única de unos padres que estaban completamente locos por ella.

Luego, su padre se quitó la vida al comprobar que su negocio había quebrado, dejando a su familia con lo puesto. Para pagar sus deudas, su viuda tuvo que ven der la casa, los muebles, incluso hasta parte de su ropa. En Londres vivían en Holland Park. Y tuvieron que abandonar aquella zona residencial para instalarse en un piso alquilado del East End.

Victoria Swan no se había recuperado después de que el que fuera su esposo durante veinte años se suici dara, dejándola en la miseria. Para colmo, había perdi do a la mayoría de sus amistades. Bella había tenido que abandonar el colegio privado al que asistía. De he cho, tuvo que terminar el último curso de educación secundaria en un instituto público. Ella también se quedó sin buena parte de sus amigos.

Aquellas circunstancias contribuyeron a que Victo ria Swan sintiera por momentos una gran amargura y desilusión. Se vio obligada a ponerse a trabajar. Lo cual, teniendo en cuenta que se había pasado la vida entre algodones, no resultó demasiado fácil. Aunque pareciera raro, fue la propia tía Carmen quien le consi guió el empleo. Se trataba de un puesto de dependienta y asesora de imagen de unos almacenes de lujo. Su es tilo innato y su exquisito sentido de la estética bien le valieron para ello.

En aquella nueva situación, Victoria Swan de mostró ser una señora con clase. Era una mujer alta y esbelta, de cabello rubio que a sus cuarenta y dos años demostró ser una excelente vendedora.

Por eso, cuando su jefa, que se había puesto enfer ma, tuvo que ir de viaje de negocios a Madrid no dudó en enviar a Victoria. Una vez en la capital española ten dría que entrevistarse con varios proveedores del sector de la moda.

Lo demás era historia. Cuando ella volvió a casa, Bella no podía creerse el cambio que se había opera do en ella. Tenía aspecto de ser feliz y de estar en paz consigo misma. Un par de semanas después ya sabía la razón.

—Estoy embarazada —le había anunciado su ma dre.

Y ocho meses después nació la pequeña Nessie. Era menuda, de piel blanca y tenía los cabellos cobrizos.

La diferencia entre los suyos y los de su madre y Bella que eran tan oscuros, era realmente cómica. Sin embargo, ambas se enamoraron del bebé a primera vista.

Enseguida, se llevaron a Nessie al apartamento de dos habitaciones, cocina empotrada y un único cuarto de baño. Un par de semanas después, Victoria volvió al trabajo. Era el mes de agosto y Bella estaba de vaca ciones en la Universidad; por eso era ella quien se ocu paba del bebé. Ya se encargarían de encontrar a un can guro más adelante. De momento, estaban disfrutando de lo bella que era la vida.

Pero la tragedia se cernió de nuevo sobre sus vidas. Victoria Swan sufrió una hemorragia muy grave de la que no se recuperaría. Bella se quedó no solo com pletamente conmocionada, sino sin medios econó micos.

En el exterior, sonó el claxon de un coche. La tía Carmen consultó su reloj y frunció el ceño.

—Tengo que marcharme —dijo ella—. Santo cielo, ¿no puedes dejar a esa niña quieta y escucharme un rato?

Como quejándose de su reproche, la niña lanzó un gemido. Bella le acarició instintivamente la mejilla sonrosada y una ola de cariño la inundó por completo.

Aquello no era justo. No podía ser justo que le ocu rrieran tantas tragedias. Quería conservar a Nessie. Quería que su madre estuviese de nuevo con ella. Y su padre también. Ojalá que su vida volviera a ser como cuando era más joven.

—¿Qué opciones tengo? —preguntó Bella al borde de las lágrimas.

A su espalda, la tía sonrió pensando que por fin es taba entrando en razón.

—Existen listas de espera llenas de padres que te estarían muy agradecidos si tú...

— ¡No quiero que nadie me agradezca nada! —ex clamó Bella, fulminándola con la mirada.

— No —contestó Carmen, comprendiendo que era mejor cambiar de estrategia—. Es gente que quiere darle un hogar a la niña. Una familia que la colmará de cariño, seguridad y todo lo que eso implica.

«Pero yo no tendría lugar en esa vida», pensó Bella llena de desolación. Trató de imaginarse unos brazos extraños que acunasen, alimentasen y quisiesen a su hermana.

Bella sintió que le invadía la desesperación y a continuación se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Se puede hacer de forma muy discreta —conti nuó la tía Carmen—. Algunas agencias privadas solo aceptan a lo mejor de la sociedad. Sería el tipo de fami lia que le daría a Nessie todo lo necesario para hacer la feliz el resto de su vida. Vale la pena planteárselo, al menos en beneficio de la niña.

En beneficio de la niña..., la astuta ejecutiva del mayor banco europeo estaba jugando su baza.

—Podrías volver a la Universidad y terminar la ca rrera —prosiguió Carmen—. Estaría dispuesta a ayudarte para ello, pero no para esto.

Y la tía dirigió una mirada por el apartamento destartalado.

—No permitiré que destroces dos vidas, cuando las dos os merecéis mucho más... —siguió diciendo la eje cutiva.

—Pensaré en ello —murmuró Bella. Pero nada más pronunciar esas palabras notó como se le desgarraba el corazón.

—Está bien —respondió la tía—. Mientras tanto, me pondré en contacto con varias agencias...

El claxon del coche sonó otra vez, interrumpiéndo la. Carmen miró a su sobrina y se impacientó viendo la desolación que se revelaba ya en su rostro. Abrió el bolso y sacó una billetera de piel.

—Mira, te dejo esto —dijo ella poniendo un fajo de billetes sobre el brazo del sofá—. Te resultará útil hasta que nos volvamos a ver dentro de dos días. Espero que para entonces, hayas tomado una decisión.

—Gracias —repuso Bella, mirando el dinero. Sin embargo, las dos sabían que no estaba siendo sincera.

—Bella, trata de pensar con la cabeza y no con el corazón —le sugirió Carmen, al despedirse.

Por fin, la tía salió del apartamento, dejando a Bella atónita ante la cantidad de dinero que le había dejado.

Eran las monedas de Judas. Un escalofrío recorrió la espalda de la joven. Porque eso era lo que significa ba el dinero: el precio de la traición a nuestros seres queridos.

Con el corazón latiéndole dolorosamente, Bella ex tendió y alcanzó el manojo de billetes. Trató de averi guar a cuánto ascendía la traición en aquellos momentos.

Pero no había terminado de contar los billetes cuan do cayó al suelo algo que la hizo abrir la puerta de in mediato.

El apartamento estaba en el primer piso. Se lanzó escaleras abajo y atravesó el portal. Soltó un par de ju ramentos que habrían hecho sonrojar a su madre de es tar viva. Bella iba persiguiendo a la tía Carmen con el fajo de billetes y una tarjeta de crédito oro apretados en el puño de la mano.

Al salir a la calle, notó como el viento frío del norte le azotaba la cara. Solo llevaba la blusa y por eso tenía frío, pero se quedó mirando por donde se había ido su tía.

Se trataba de una calle estrecha pero con mucho trá fico. Las casas eran de estilo Victoriano y en sus días de apogeo fueron sin duda muy elegantes. Pero ahora, se habían convertido en viviendas compartidas por varios inquilinos.

Había coches aparcados en ambas aceras. Eran vie jos y baratos y definían perfectamente a sus propietarios. Por eso, el lujoso automóvil de la tía Carmen desta caba tanto. Estaba a punto de arrancar, justo enfrente de Bella.

— ¡Tía Carmen! —exclamó ella, tratando de captar su atención.

Pero el viento acalló su voz y, a continuación, la tía entró en el coche y este aceleró.

Sin pensarlo dos veces, Bella se abalanzó sobre el automóvil para interceptarlo antes de que fuera dema siado tarde.

Lo que ocurrió luego pasó tan deprisa que todo que dó sumido en un mar de ruido y confusión. Bella fue consciente del sonido de un insistente claxon, situación que recordaría hasta el último día de su vida. Del mis mo modo que recordaría la camioneta que se lanzó contra ella sin lograr frenar a tiempo.

Sonó un frenazo y luego se esparció un olor a neu máticos chamuscados por todas partes. La gente que pasaba por allí comenzó a gritar para advertirla de lo que ocurriría a continuación.

Notó un porrazo, pero no sintió dolor en absoluto.

Inmediatamente después, se vio tumbada en el sue lo y un desconocido se inclinó sobre ella. Mientras tan to, por detrás alguien balbuceaba algo de modo in sistentemente.

—Se tiró encima de la camioneta —decía otro hom bre—. No pude hacer otra cosa. Se tiró encima de mí...

¿Acaso se refería a ella? Bella se quedó desconcer tada.

—No se mueva —le ordenó una voz pausada.

Bella detectó un acento extranjero, notó su tono aterciopelado y sonrió.

—De acuerdo —accedió ella.

Parecía tan fácil. Seguía sin sentir dolor. Solo tenía la sensación de estar flotando.

—¿Voy a morir? —preguntó Bella con curiosidad.

—No, mientras yo esté aquí para evitarlo —contes tó el extraño.

De nuevo, ella sonrió. ¡Qué arrogante era aquel tipo! De pronto, Bella notó como le ponía la mano so bre su hombro, mientras le pasaba la otra por el resto del cuerpo, como si tuviera perfecto derecho a hacerlo.

—Me duele el pecho —confesó ella, tratando de calmarse a sí misma.

Pero él no pareció entenderla.

—¿Alguien ha llamado a una ambulancia? —gritó el hombre.

Bella no sabía a quién se dirigía pero tampoco le importaba mucho. De pronto, oyó unos pasos apresura dos.

—Lo he visto —adujo la voz, sin aliento—. No puedo creer que se haya tirado al coche de ese modo. Era su tía. Bella se sumió en el desconsuelo.

—¿Le duele? —preguntó el hombre con preocupa ción.

Le estaba tocando la muñeca derecha y sí, le dolía mucho.

Vio unas deportivas italianas y oyó la voz de su tía.

—¿Qué diablos te ha hecho abalanzarte así contra mi coche?

Bella levantó la muñeca herida y abrió, los dedos con esfuerzo. En su mano se encontraban no solo un montón de billetes sino también la tarjeta de crédito.

—Te dejaste esto —explicó ella—. Pensé que po drías necesitarlo...

Durante unos instantes se hizo el silencio mientras todos miraban la tarjeta.

—¿Conoce a esta chica? —le preguntó incisiva mente el desconocido a Carmen—. ¿Es la sobrina a la que ha ido a visitar esta mañana?

—Sí —asintió Carmen Denali con tan mala gana, que Bella no pudo evitar una mueca de dolor.

¿Cómo podía avergonzarse de un miembro de su fa milia? La joven se sintió desolada, pero aun así le ali vió ver que ya no era el centro de la atención.

—Mire, señor Cullen —dijo con cierta ansie dad Carmen, cosa poco frecuente en ella—. Si quiere de jar la cuestión en mis manos todavía puede alcanzar el vuelo con destino a Madrid.

Fue entonces cuando Bella fue consciente de que el desconocido alto y pálido no era otro que el jefe de la tía Carmen. Se trataba de un magnate de gran relevan cia. No era algo casual, que la tía Carmen se hubiera puesto nerviosa.

—Creí que le había dicho que no se moviera —le reprendió el hombre a Bella.

—Estoy bien, de verdad... —mintió ella—. No hay motivo para que pierda usted su avión. Me voy a poner de pie ahora mismo.

—Más vale que se quede dónde está hasta que ven ga la ambulancia y vean lo que le pasa.

Bella no tenía la mínima intención de ir al hospital. Entonces, la tía Carmen se encargaría de librarse de Nessie.

—Oh, no... —recordó ella mientras trataba de po nerse de pie.

Había dejado al bebé en el apartamento.

Tenía la cabeza cargada, los hombros rígidos y sen tía náuseas.

—¿Dónde cree que va? —le preguntó el desconoci do, agachándose.

—Me tengo que ir —murmuró Bella a duras penas.

Dándose cuenta de la gente que se había acercado, dio unos pasos y luego se acordó del dinero y la tarjeta de cré dito. Aquello era la causa de todo lo que había ocurrido...

—Toma, es tuya —le dijo a su tía delante de todo el mundo.

Carmen recogió el dinero y la tarjeta de crédito, real mente violenta.

Bella dio media vuelta y se dio cuenta de que el desconocido se dirigía a su encuentro.

—Gracias por su ayuda —le comunicó ella y luego comenzó a caminar.

Pero se dio cuenta de que el hombre iba en mangas de camisa.

No llevaba la chaqueta...

Desconcertada, Bella vio que la prenda reposaba en plena calzada.

—Oh, lo siento —exclamó ella, intentando agachar se para recogerla.

Pero el hombre fue más rápido y en un solo movi miento se hizo con ella.

—Lo siento mucho —se excusó Bella una vez más.

Él apenas reparó en ello.

—Así está mejor —afirmó el desconocido, ponién dole la chaqueta a Bella sobre los hombros—. Lo ne cesita más que yo en estos momentos. Está temblando.

—Pero... —murmuró Bella y después sintió un mareo.

La muñeca le dolía, apenas podía respirar y su ca beza estaba a punto de estallar. De pronto fue conscien te del corro de gente que la estaba mirando.

Bella notó que un brazo la tomó por los hombros.

—Vamos —dijo con tranquilidad el jefe de su tía—. Dígame donde vive y la ayudaré a volver a casa.

—No es necesario, de verdad... — se resistió Bella.

—Sí lo es, se lo aseguro —insistió el hombre—. No pienso dejarla sola hasta que esté seguro de que la ha visto un médico.

¡Era realmente curioso que el desconocido se toma se tanto interés! A Bella se le llenaron los ojos de lá grimas, sin saber exactamente por qué.

—Pero si ni siquiera fue su coche el que me golpeó —exclamó ella, sollozando y emitiendo una protesta al mismo tiempo.

—No, fue mi camioneta la culpable —repuso una voz masculina—. ¿Está usted segura de que se encuen tra bien?

—Sí, de verdad —sostuvo Bella con una leve son risa—. Solo estoy un poco aturdida. He sido una estú pida, siento mucho lo ocurrido.

—Está bien —concluyó el conductor de la camio neta, aliviado por poderse marchar sin más complica ciones.

Bella se sintió mareada de nuevo. El brazo que la estaba sosteniendo por los hombros la sujetó con más fuerza.

—Vaya usted delante, señorita Denali —ordenó el banquero con voz grave.

Callada como una muerta, Carmen Denali caminó ha cia el apartamento y se introdujo en él. El magnate y Bella lo hicieron tras ella. La tía iba a detestarla por mostrarle a su jefe una casa en tan malas condiciones

—No tiene por qué tomarse tantas molestias — murmuró Bella incómodamente—. Estoy bien.

—No, no lo está —repuso el hombre—. Tiene la muñeca derecha herida, una brecha en la cabeza que debe ser examinada. Y al respirar jadea, lo que indica que debe tener alguna costilla rota.

Bella cerró los ojos. ¿Cuándo iban a terminar tantas desgracias?

No era cuestión de planteárselo, porque las cosas parecían ir de mal en peor.

Cuando llegaron a su apartamento, Bella, entró primero. Allí estaba la tía Carmen, puesta delante del ten dedero procurando ocultarlo con verdadero celo. Aque llo hizo sonreír a Bella, lo que no ocurría desde hacía varios meses.

Pero su sentido del humor desapareció al compro bar que el jefe de su tía estaba contemplando el desor den del apartamento. Él era un hombre rico y en la ca lle le esperaba una limusina en la que podía viajar con todo lujo. Llevaba ropa hecha a la medida y no cabía duda de que poseería una serie de residencias, a cual más señorial. Y en esos momentos, aquel hombre se encontraba en la casa más modesta que habría visto en su vida.

Bella se sintió avergonzada. Tampoco sabía muy bien por qué, al fin y al cabo se trataba de un extraño.

Sin embargo, se volvió para observar la expresión de desagrado que reflejaba aquel rostro tan atractivo.

Bella se sintió molesta.

Como para humillarla aún más, del otro lado de la habitación se oyó un suave gorgoteo.

Entonces, Bella se quitó a toda prisa la chaqueta del desconocido y se la tiró bruscamente.

Él se quedó perplejo.

—No tenía por qué haber venido —le gritó ella—. Es más, preferiría que no lo hubiera hecho.

— ¡Bella! —exclamó su tía, furiosa.

—Me importa un bledo —sostuvo ella—. Lo único que quiero es que os vayáis de aquí.

Cruzó la habitación y se dirigió hacia donde estaba la cuna de Nessie. La niña estaba durmiendo tranqui lamente.

Súbitamente, a Bella le brotaron las lágrimas. Cuando se inclinó para ver al bebé, se dio cuenta de que le dolían la muñeca y las costillas.

Se hizo el silencio. Aún no se habían marchado y ella empezó a notar un temblor acalorado por todo el cuerpo.

—Por favor, váyanse —les rogó.

A continuación, Bella se desmayó.

Puede que el hombre lo viera venir. El caso es que, él la recogió en sus brazos a medida que la cabeza y las piernas de Bella perdían fuerza. Finalmente, se oyó una sirena de ambulancia.

Ella no tuvo certeza de lo que ocurrió a continua ción. Solo recordaba el viaje en la ambulancia en com pañía del jefe de su tía, que llevaba en sus brazos a Nessie.

La que no estaba era la tía Carmen.

—Vendrá más tarde —repuso el desconocido, cuan do Bella preguntó por ella—. Tenía que atender unos asuntos urgentes.

Bella frunció el ceño y se preguntó por qué no se ocupaba él de sus propios asuntos urgentes. Pero enton ces llegaron al hospital y a ella la llevaron directamente al servicio de rayos-x.

Los médicos le dijeron a Bella que tenía una contu sión en las costillas. Sin embargo, el hueso escafoide de la muñeca estaba fracturado y se lo tendrían que es cayolar.

—¿Qué ha pasado con Nessie? —preguntó ella cuando vio que el personal médico de la ambulancia desaparecía—. ¿Cómo me las voy a arreglar con el bra zo escayolado? ¿Dónde está la tía Carmen?

—Si quiere que venga, vendrá —le dijo una voz grave que empezaba a serle muy familiar.

Bella había imaginado que una vez ingresada en el hospital, el jefe de su tía se marcharía. Pero para su sorpresa, pudo comprobar que había permanecido con ella todo el tiempo.

—No —respondió Bella, compulsivamente.

No es que le importara donde estuviese su tía pero tenía que saber qué era de ella y lo que iba a hacer con Nessie.

—No deje que me quite al bebé —le rogó Bella al desconocido.

—Le prometo que eso no ocurrirá —dijo la voz gra ve.

Eso es lo último que recordó Bella. No supo si el hombre estuvo con ella a partir de entonces.

Cuando ella recuperó la conciencia, se vio en una cama de hospital con el brazo escayolado y un cabestri llo. Comprobó que le habían dejado sueltos el pulgar y los otros dedos. Aun así, Bella sabía perfectamente que no iba a ser capaz de ocuparse de una niña de dos meses.

Y la fractura iba a tardar ocho semanas en soldarse.

Ocho semanas...

Con un profundo suspiro, cerró los ojos y trató de imaginarse que aquello era solo una pesadilla.

—¿Preocupándose de nuevo? —preguntó la voz grave.